Mis piernas, mi vida entera, se fueron en un instante.
La fría voz del médico pronunció la palabra 'amputación', mientras mi prometido, Mateo, un hombre de negocios implacable, me prometía amor eterno y un futuro juntos, incluso si era en una silla de ruedas.
Pero la realidad era un blog anónimo, "Mi Amor Clandestino", donde una tal "X" detallaba sus encuentros apasionados con "M", mi Mateo. Él la visitaba a diario en su "prisión dorada", prometiéndole una vida juntos una vez que su "novia enferma" estuviera fuera del camino.
Sabía que Ximena era la mujer que me había atropellado, la que, obsesionada con Mateo, me había acosado. No entendía por qué Mateo, quien parecía tan devoto a mí, jugaba este retorcido juego. ¿Por qué me mantenía cerca si su corazón y acciones estaban con otra?
El dolor no era solo físico; era el de un corazón traicionado, la humillación de ser un peón en sus juegos psicópatas. Sentía cómo se burlaban de mí con cada palabra dulce de Mateo, cada post de Ximena.
La desesperación me consumió hasta que, en el parque donde nos dimos nuestro primer beso, y donde él corrió a responder la llamada de Ximena en nuestro aniversario, tomé una decisión. Tragué un frasco entero de analgésicos, buscando la única paz que me quedaba.
Pero al abrir los ojos de nuevo, estaba de vuelta. Mis piernas estaban allí, perfectas, y el calendario marcaba el día antes del accidente. Era una segunda oportunidad, no para revivir un amor, sino para reescribir mi destino y escapar de ese infierno.
Sofía abrió los ojos lentamente, el blanco estéril del techo del hospital fue lo primero que vio, un blanco que le pareció frío y vacío. Un pitido rítmico y constante llenaba el silencio de la habitación, y un dolor sordo recorría todo su cuerpo, pero su mente estaba extrañamente en calma, como si flotara en una neblina.
"Sofía... mi amor, despertaste."
La voz de Mateo, rota por el alivio, la trajo de vuelta a la realidad. Giró la cabeza con esfuerzo y lo vio a su lado, sentado en una silla, con la cara pálida y ojeras oscuras bajo los ojos, su ropa estaba arrugada, como si no se hubiera movido de allí en días.
"Mateo..." susurró ella, con la garganta seca.
Él se levantó de un salto y le tomó la mano, sus dedos fríos se aferraron a los de ella. "Estoy aquí, mi vida, estoy aquí. No te dejaré sola nunca más." Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras besaba su mano una y otra vez. La calidez de su contacto era familiar, un ancla en medio de la confusión.
"¿Qué... qué pasó?" preguntó Sofía, los recuerdos eran borrosos, fragmentos de metal retorcido y el sonido ensordecedor de un claxon.
El rostro de Mateo se contrajo de dolor. Se apartó un momento y golpeó la pared con el puño cerrado, un golpe seco que resonó en la habitación. "¡Fue mi culpa! ¡Todo es mi culpa! Si no te hubiera presionado para ir a esa estúpida cena... ¡Si tan solo hubiera estado contigo!" Su voz era un gruñido de rabia y autodesprecio.
"No, Mateo, no digas eso," dijo Sofía, aunque su propia memoria aún no lograba armar el rompecabezas.
Justo en ese momento, la puerta se abrió y un hombre con traje, el asistente de Mateo, se asomó. "Señor Mateo, la junta de la junta directiva está por comenzar, lo están esperando."
Mateo ni siquiera lo miró. "¡Cancela todo!" gritó. "¡No me importa la junta, no me importa la empresa! ¡Nada es más importante que Sofía! ¡Diles que si vuelven a molestar, están todos despedidos!"
El asistente asintió, asustado, y cerró la puerta de inmediato. Sofía sintió una punzada de calidez a pesar del dolor, él siempre había sido así, poniendo su mundo entero a sus pies. Le dio un apretón débil en la mano.
Mateo se volvió hacia ella, su furia se disipó tan rápido como llegó, reemplazada por una devoción abrumadora. "Voy a traer a los mejores médicos del mundo, mi amor. Te recuperarás, volverás a bailar, te lo juro."
Poco después, la habitación se llenó de gente, una docena de médicos con batas blancas rodearon su cama, hablando en susurros y revisando sus gráficos. Mateo los había convocado a todos, los mejores especialistas del país, como si su sola presencia pudiera curarla. Él se mantenía a su lado, vigilando cada movimiento, cuestionando cada diagnóstico.
"Necesitamos revisar las heridas de sus piernas, la circulación," dijo uno de los médicos.
Mateo asintió y, con una delicadeza infinita, tomó el borde de la sábana blanca para levantarla. Sofía sonrió débilmente, agradecida por su cuidado.
Pero en el momento en que la sábana se levantó, la sonrisa se congeló en su rostro. El aire se le escapó de los pulmones.
Donde deberían estar sus piernas, solo había dos bultos de vendas apretadas que terminaban abruptamente debajo de sus rodillas. No había nada más. El silencio en la habitación se volvió pesado, sofocante.
El mundo de Sofía se derrumbó. Sus piernas. Sus piernas de bailarina, las que le daban vida, las que la convertían en fuego sobre el escenario, las que contaban historias con cada taconeo. Ya no estaban.
Un grito ahogado escapó de sus labios y su mente la transportó de vuelta a ese instante fatídico, el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado, el brillo de los faros acercándose a una velocidad imposible, y detrás del volante, el rostro de Ximena, contorsionado por el odio. Ximena, la mujer que se había obsesionado con Mateo, la que la había acosado durante meses.
"Esa maldita..." susurró Mateo con veneno en la voz, al ver la expresión de Sofía, comprendiendo qué recordaba. "No te preocupes, mi amor. Ella no volverá a hacerte daño. Nunca más."
Más tarde, Mateo le confesó lo que había hecho, su voz era fría y dura. "La encerré. Está en un lugar donde no verá la luz del sol, donde pagará cada segundo por lo que te hizo. Me aseguraré de que sufra."
La idea de Ximena encerrada debería haberle dado a Sofía una sensación de justicia, pero solo sentía un vacío inmenso. Los días se convirtieron en semanas. Mateo no se apartaba de su lado, cuidándola con una devoción que rozaba la obsesión, pero Sofía notó algo extraño. Casi todos los días, él salía por unas horas, siempre a la misma hora, siempre con una excusa vaga.
Una tarde, mientras navegaba sin rumbo por internet en su tableta, una amiga le envió un enlace a un blog anónimo. "Amiga, esto es muy raro, se parece mucho a tu historia," decía el mensaje.
Sofía abrió el enlace. El blog se titulaba "Mi Amor Clandestino". El último post describía con lujo de detalles un encuentro romántico, el autor anónimo contaba cómo "M", su amante, la visitaba todos los días en su "prisión dorada", llevándole su comida favorita y prometiéndole que pronto estarían juntos, que solo necesitaba un poco más de tiempo para resolver las cosas con su "novia enferma".
El corazón de Sofía se detuvo. Cada detalle, cada palabra, era una daga. "M" era Mateo. La "prisión dorada" era el lugar donde tenía a Ximena. Y la "novia enferma"... era ella.
Los días siguientes, Sofía se obsesionó con el blog anónimo. Cada tarde, después de que Mateo se marchaba con su excusa habitual, ella actualizaba la página frenéticamente. Y cada día, había una nueva entrada de Ximena.
"Hoy M me trajo un vestido rojo, dijo que me veía hermosa con él, que era el color de la pasión que sentíamos."
"M me contó que su novia no deja de llorar, qué patética. Me dijo que solo está con ella por lástima, que su verdadero amor soy yo."
"Hablamos de nuestro futuro, de una casa junto al mar, lejos de todo y de todos. Me prometió que se desharía de ella pronto."
Sofía leía cada palabra y sentía cómo el veneno se extendía por sus venas. Para escapar del dolor, empezó a tomar más analgésicos de los que le recetaban, buscando el olvido en la niebla de los medicamentos. Se pasaba horas durmiendo, solo para no tener que pensar, para no tener que sentir.
Una tarde, Mateo regresó de su "reunión importante" con una sonrisa radiante. Llevaba una pequeña caja de regalo en la mano.
"Te traje algo, mi amor," dijo, sentándose a su lado en la cama.
Sofía lo miró con los ojos vacíos. Él abrió la caja y sacó un delicado collar de perlas. "Para la mujer más hermosa del mundo."
Pero Sofía no veía el collar, solo recordaba la entrada del blog de la noche anterior. "M me regaló un collar de perlas, dijo que hacían juego con mi piel. Me lo puso y me besó el cuello, fue tan romántico."
"¿Dónde estabas, Mateo?" preguntó ella, su voz apenas un susurro.
Él pareció sorprendido por la pregunta. "Ya te lo dije, en una reunión. Fue aburridísima, no podía esperar a volver contigo." Su sonrisa era perfecta, su mirada sincera. Demasiado perfecta.
"Este collar... es bonito," dijo ella, tocando las perlas frías.
"¿Te gusta? Me recordó a uno que usaba tu abuela, el que tanto te gustaba cuando eras niña," dijo él, evocando un recuerdo íntimo, un recuerdo que ahora se sentía manchado, contaminado.
Sofía sintió una oleada de náuseas. Cada gesto de amor, cada palabra dulce, era una mentira.
"¿Cómo está Ximena?" preguntó de repente, mirándolo fijamente.
La expresión de Mateo se endureció. "No menciones a esa mujer. Está donde se merece, pudriéndose. No pienso en ella." Su voz era fría, llena de un odio que ahora a Sofía le parecía una actuación.
"¿La has visto?" insistió ella.
"¿Para qué querría ver a esa basura?" respondió él, con un tono cortante. "Mi único interés es que sufra lo más posible por haberte destruido la vida."
Él cambió de tema rápidamente, con una sonrisa forzada. "He estado pensando... en cuanto salgas de aquí, nos casaremos. Ya empecé a ver lugares, quiero que tengamos la boda de nuestros sueños."
Matrimonio. La palabra resonó en la mente de Sofía como una broma cruel.
"Mírame, Mateo," dijo ella, su voz temblando. "No tengo piernas. Soy una inválida. ¿De verdad quieres casarte con... esto?"
El dolor y la inseguridad en su voz eran genuinos. Una parte de ella, una parte desesperada y rota, todavía anhelaba que él negara todo, que sus miedos fueran infundados.
Mateo la tomó por los hombros, su mirada era intensa, casi fanática. "¡No vuelvas a decir eso! ¡Te amo, Sofía! ¡Te amo más que a mi vida! No me importa si tienes piernas o no, ¡te amaría aunque fueras solo una cabeza! ¡Nunca te abandonaré, nunca! ¡Te lo juro por mi vida!"
Sus palabras eran una cascada de promesas apasionadas, las mismas promesas que probablemente le susurraba a Ximena en su "prisión dorada".
Sofía cerró los ojos, agotada. No tenía fuerzas para discutir, para confrontarlo con la verdad que había descubierto. Asintió débilmente, permitiéndole creer que le había creído.
"Está bien, Mateo," murmuró. "Me casaré contigo."
La sonrisa de alivio y triunfo en el rostro de él fue casi insoportable.
Los días siguientes, Mateo se volcó en los preparativos de la boda. Trajo a los mejores organizadores, catálogos de vestidos, muestras de flores. La habitación del hospital se convirtió en una oficina de planificación de bodas, un escenario surrealista para el drama que se desarrollaba en el interior de Sofía. Él la trataba como a una muñeca de porcelana, sin dejar que nadie la tocara, eligiendo todo por ella, una sobreprotección que ahora la asfixiaba.