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El CEO De Mi Corazón

El CEO De Mi Corazón

Autor: : Domenica R
Género: Romance
Abigail Johnson, escapó del matrimonio arreglado y buscó a su amor verdadero. Pero la vida era caprichora, un accidente le hizo despidió a su esposo, también la vida ideal. Lo peor es que su padre le pidió que se casara de nuevo con su ex prometido. Paul Williams, un hombre digno y merecido pero también desconocido para ella. Pero cuando ella se convirtió en una Williams en base de lagrimas y sollozos, notó algo inusual: poco a poco, su esposo nuevo se conincide a su amor viejo... Acaso, ella era tan cruel como comentaron las familias de su exesposo, cambió su corazón tan rápidamente?

Capítulo 1 Cap-1:

-Usted es señora O´Connor?- La voz de desconocido le preguntó a Abigail por la llamada, el corazón late con un presentimiento de todo su tamaño por ese tratamiento tan formal.

-Sí...-

-Su esposo se topó un accidente. Está muy peligroso, necesite que usted llegue cuanto antes...-

-Por favor. No pasa nada..- Abigail suplicó al dios en el camino. Acababaron superar todas dificultades juntos para quedarse juntos: Abigail escapó del matrimonio arreglado de su padre, incluso abandonó el derecho de heredera para estar al lado de Liam. El futuro feliz que planeaban en la playa todavia en la mente.

Liam y Abigail eran una pareja recien casada. Pero lamento que la combinación no logró las bendiciones de padre de la chica. El joven no era adinerado pero diligente, el padre de Abigail, Julian no vio las virtudes que tenga el joven, siempre desprecia al joven y sus familias por situación financiera.

Un frío glacial, más penetrante que cualquier invierno, se apoderó de ella. Corrió por las calles como un alma en pena. Al llegar a la sala de emergencias, su mundo se desmoronó con unas pocas palabras de un médico de rostro cansado:

-Lo sentimos, señora O'Connor. Hicimos todo lo posible. Su esposo, Liam, no resistió las heridas. -dijo el médico viéndola con tristeza

"No resistió". Las palabras carecían de sentido, pero portaban una verdad devastadora. Un zumbido llenó sus oídos. Abigail en shock se sento en la silla donde habia estado antes a la espera de notcia, todo a su alrededor desapareció y en su cabeza se repetia una y otra vez las palabras del doctor.

-No puede ser verdad -dijo Abigail negando con lágrimas inundando sus ojos- Doctor, digame que no es verdad

-Su esposo ingresó gravemente herido señorita, hicimos todo lo que pudimos pero las heridas eran muy graves, su cuerpo no resistio -dijo el medico con compasión, -La policía te explciará más detalles sobre el accdiente.-

Abigail solo lloro, un llanto desgarrador y desconsolado, no lo podia creer tenia un futuro perfecto planeado con Liam, se habian casado, ya tenian su hogar y ahora estaban intentando tener hijos y todo eso se habia ido a la basura por culpa de un maldito accidente.

-Debe venir conmigo -dijo una voz suave a su lado. Era una joven enfermera, Rosa Barreto, cuyo rostro reflejaba una pena genuina-. Necesitamos... que realice la identificación.

Abigail se puso de pie y moviéndose como un autómata, siguió a Rosa por un pasillo frío hasta una puerta metálica. El aire dentro de la morgue era gélido. Sobre una camilla yacía una forma cubierta por una sábana blanca.

-¿Está lista, señora? -preguntó Rosa con respeto.

-Nunca se está preparado para este momento -dijo Abigail desviando su mirada de la camilla

-Lo se, pero es necesario, cuando este lista solo digamelo y proceder -dijo la enfermera tratando de darle tiempo a Abigail para prepararse

Abigail, con lágrimas silenciosas, asintió. Rosa retiró la sábana. Allí yacía Liam. Pálido. Sereno. Ausente. Un grito desgarrador, surgido desde lo más profundo de su alma, escapó de sus labios.

-¡No! ¡Liam!

Su cuerpo cedió, y se aferró a Rosa como a un salvavidas. La enfermera la sostuvo con fuerza, permitiendo que el llanto convulsivo de Abigail empapara su uniforme.

-Ya pasó, señora. Ya no siente dolor -murmuró Rosa, acariciando su espalda-. Déjelo salir, yo la sostengo.

*

-Era un accidente, el conductor consumió alcohol, el coche fuera de control y chocó a la motocleta de señor O'Connor en otro carril.- el policía explicó lo que pasó en Liam a la mujer recien viuda, con cara de compasión.

Abigail quedó callada y escuchaba, como si su alma no estara acá.

-Y encontramos esto en el escenario del accidente. Suponguemos que se pertenece al señor. Que descanse en paz.- El policía entregó una cajita a Abigail.

-Gracias.- Abigail lo recogió y abrió, una collar bonita, de formato muy familiar para la joven.

Era la collar que ella había probado en la tienda, era bonita y la quedaba muy bien, pero por fin no lo compró por el precio. Liam lo recordó y tomó en serio en su corazón.

Pero no volvería, ella solo quería que vuelva.

Las gotas de lagrimas se caeron por las mejillas de nuevo.

*

Abigail, con los ojos hinchados y rojos, se aferraba a la mano ya fría de Liam. La habitación era tranquila, solo el tenue zumbido de los fluorescentes interrumpía el silencio.

Al otro lado de la cama, las familias de Liam también llegaron. Verusca, la madre de Liam, sollozaba con un pañuelo apretado contra la boca, mientras su esposo David la sostenía con un brazo firme, su propio rostro marcado por una pena silenciosa y estoica. Micaela, la hermana menor de Liam, se aferraba al brazo de Abigail, como si entre las dos pudieran encontrar la fuerza que una sola no tenía.

-Tienes que hacerlo, Abby -la voz de David sonó ronca, cargada de una emoción que apenas podía contener-. Los médicos lo han explicado. Esta... esta donación... es lo que Liam hubiera querido. Ayudar a otros. Dar vida cuando a él... cuando a él se le ha negado.

Verusca asintió con dificultad, secándose las lágrimas. -Mi hijo tenía un corazón tan grande... -susurró, su voz quebrada-. Que siga latiendo en alguien más... es la única manera de que un pedazo de él no se marche del todo.

Su esposo era simpático y generoso, firmó un acuerdo de donación de su cuerpo cuando era vivido. Y ahora era el momento, el médico les explicó su corazón iba a salvar a otra persona en peligro. Él, que siempre fue generoso, sin duda habría dicho que sí.

Abigail miró el rostro sereno de su esposo. Recordó su sonrisa, su energía, su forma de abrazar la vida.

-Yo... yo firmaré -dijo Abigail, con una voz que no reconocía como suya-. Para que su corazón... siga siendo tan fuerte y bueno como siempre fue.

Fue Micaela quien, entre lágrimas, apretó su mano. -Él te amaba tanto, Abigail. Estaría orgulloso de ti en este momento.

El trámite fue rápido, sombrío. Un coordinador de donaciones les explicó el proceso con profesionalidad y tacto. Firmaron los formularios en un acto que sentían a la vez desgarrador y profundamente significativo. Era la última decisión que podían tomar por Liam, el último acto de amor.

Mientras salían de la oficina, con un vacío aún más profundo en sus pechos, el teléfono de Abigail vibró. Un mensaje de su padre, Julián.

"Abigail, ven a casa inmediatamente. Tu madre ha empeorado mucho. Los médicos no son optimistas. No puedo pasar por esto solo. Necesito que estés aquí."

Un nuevo golpe de realidad. Abigail palideció, la familia O'Connor lo notaron y le preguntaron con preocupación. -qué pasó cariño?-

-Es mi papá... mi madre... -no pudo terminar la frase, les mostró el mensaje con gotas, abrumada por la culpa de tener otra preocupación cuando acababa de perder a su esposo.

Verusca fue la primera en reaccionar. Tomó el rostro de Abigail entre sus manos, con una ternura maternal que hizo que nuevas lágrimas brotaran de los ojos de la joven.

-Mija, escucha -dijo Verusca con firmeza-. Ve. Ahora mismo. Tu lugar en este momento también está con tu familia.

-Pero el funeral... los arreglos... -balbuceó Abigail, sintiéndose dividida.

-Nosotros nos encargaremos de todo -intervino David con un tono paternal-. Liam entendería. Tú fuiste su mundo, y tu familia también es importante.

-¡Exacto! -añadió Micaela, empujándola suavemente hacia la salida-. Vete, Abby. Ya has pasado por demasiado. Has perdido a un esposo, no puedes arriesgarte a perder a tu madre también. Nosotros te mantendremos informada de todo. Ve.

Abigail se sintió abrumada por su apoyo. En medio de su dolor, la familia de su esposo le estaba dando un salvavidas, una razón para moverse, para seguir funcionando. Los abrazó a todos, una despedida cargada de un dolor compartido y un agradecimiento infinito.

-Gracias... -fue lo único que pudo decir antes de girarse y caminar rápidamente por el pasillo, secándose las lágrimas con la manga, sin saber lo que esperaba en el lugar que se llama hogar...

Capítulo 2 Cap-2:

El silencio en la oficina del CEO de Williams Enterprises solo era roto por el suave crujir de las páginas de un contrato. Paul Williams, con la espalda erguida y la mirada fría y analítica que lo había convertido en el heredero más codiciado de la ciudad, revisaba una cláusula final. De pronto, un gesto de dolor crispó sus facciones. Su mano derecha se aferró al costado izquierdo de su pecho, sobre el impecable traje de seda. Una punzada aguda, como un relámpago de fuego, le arrancó el aliento.

-Lucier... -logró articular con voz ronca, antes de que una oscuridad repentina nublara su visión. Su cuerpo, antes una torre de fuerza y control, se desplomó sobre la fría superficie de su escritorio de caoba, haciendo caer un vaso de cristal con un estruendo seco que resonó en el lujoso despacho.

Lucier Valente, su vicepresidente y amigo de toda la vida, irrumpió en la oficina al escuchar el ruido. La sangre se heló en sus venas.

-¡Paul!-gritó, arrodillándose a su lado mientras sacaba su teléfono con manos temblorosas-. ¡Llama a una ambulancia! ¡Ya! -le ordenó a su secretaria, cuyo rostro había palidecido por el pánico.

Minutos después, el sonido estridente de la sirena atravesó el corazón financiero de la ciudad. Paul fue trasladado a toda velocidad al hospital, con Lucier a su lado, sosteniendo su mano inerte y repitiendo su nombre como un mantra desesperado.

-En la Mansión Williams-

Paula Williams, de 17 años, intentaba concentrarse en su clase online de literatura cuando el sonido de su teléfono personal la sobresaltó. Era un número desconocido. Una voz grave y profesional le informó que su hermano había sufrido una emergencia médica y estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos.

El mundo de Paula, ya fracturado desde la muerte de sus padres en aquel trágico accidente aéreo, se hizo añicos una vez más. Sin pensar, colgó la clase, agarró su chaqueta y salió corriendo de la mansión, con el corazón latiendo desbocado en su pecho. Paul era todo lo que le quedaba.

-En el Hospital-

La espera en la fría penumbra de la sala de espera de la UCI fue una tortura. Paula llegó con el rostro bañado en lágrimas, encontrándose con Lucier, quien la envolvió en un abrazo silencioso. Él, siempre el pilar de fuerza, ahora parecía vulnerable, con el cabello desordenado y la corbata floja.

-Los médicos están con él -murmuró Lucier, su voz ronca por la preocupación-. Dicen que fue un infarto masivo.

-¿Un infarto? Pero... es joven, es fuerte... -sollozó Paula, aferrándose a la chaqueta de su amigo.

-Su corazón... siempre fue débil, Paula. Lo heredó. Los médicos nos advirtieron hace años, pero él nunca quiso bajar el ritmo.

Después de lo que pareció una eternidad, el cirujano salió con expresión grave.

-El señor Williams está estable por ahora. Logramos salvarle la vida, pero su corazón ha sufrido un daño severo. -El médico hizo una pausa, mirando las caras llenas de angustia frente a él-. Su única esperanza para una recuperación completa y una vida normal es un trasplante de corazón. Lo hemos puesto en lo más alto de la lista de espera. Ahora... es cuestión de tiempo y de... suerte.

Paula dejó escapar un llanto ahogado. El destino le estaba arrebatando a la única familia que le quedaba. Lucier la sostuvo con más fuerza, su propio rostro era una máscara de preocupación y determinación. Haría lo que fuera necesario, gastaría toda la fortuna de los Williams si era preciso, para conseguirle un corazón a su hermano.

*

La espera en la suite privada del hospital era una pesadilla de relojes que no avanzaban y de café amargo. Paula se había quedado dormida sobre el hombro de Lucier, agotada por el llanto. De repente, el sonido de la puerta al abrirse los sobresaltó a ambos.

Era el Dr. Rojas, el cirujano cardíaco principal. Pero esta vez, su rostro, aunque cansado, no tenía la sombra de la gravedad de horas anteriores. Una leve y casi imperceptible sonrisa se dibujaba en sus labios.

-Señorita Williams, Señor Valente -dijo, y su voz sonaba más ligera-. Tenemos un corazón.

Paula se incorporó de un salto, la somnolencia desaparecida de sus ojos. -¿Qué? ¿Cómo? ¿Ya?

-Es un milagro -susurró Lucier, poniéndose de pie con una mezcla de incredulidad y esperanza.

-No es un milagro, es un acto de enorme generosidad -aclaró el médico con solemnidad-. Un donante joven, fallecido en un trágico accidente. Es una compatibilidad excelente. Tenemos que llevar a Paul a quirófano de inmediato.

Paula sintió que las piernas le flaqueaban. -¿Y... y las probabilidades?

-Son las mejores que podemos tener en esta situación. Su hermano es fuerte. Esto es su segunda oportunidad. -El Dr. Rojas se giró hacia Lucier-. Firmaremos los consentimientos finales. Tenemos que darnos prisa.

En cuestión de minutos, el pasillo se llenó de un frenesí controlado. Enfermeras y asistentes prepararon a Paul, que yacía inconsciente y conectado a una maraña de tubos y máquinas. Paula y Lucier observaron, con el corazón en un puño, cómo lo trasladaban hacia el quirófano. Paula se llevó una mano a la boca, conteniendo un nuevo llanto, esta vez de puro alivio tembloroso.

-Va a salir bien, Paul -murmuró Lucier, mirando la puerta que se cerraba-. Tienes que salir bien.

Las horas de la operación fueron una agonía diferente. La espera anterior era pasiva, de desesperanza. Esta estaba cargada de una tensión electrizante, de la posibilidad tangible de la salvación. Finalmente, tras una eternidad, el Dr. Rojas apareció de nuevo. Su rostro estaba pálido y mostraba las huellas del esfuerzo.

Paul...Está bien?

Capítulo 3 Cap-3:

-La operación ha sido un éxito. El nuevo corazón está latiendo en su pecho. Fuerte y regular.

Paula lanzó un grito ahogado y se abrazó a Lucier, riendo y llorando al mismo tiempo. -¡Lo logró! ¡Dios mío, lo logró!

-Aún está en estado crítico -precisó el médico-, y los próximos días serán cruciales para monitorizar el rechazo. Pero, señorita Williams, su hermano ha superado la prueba más grande. Ahora, a esperar.

-Días Después-

Paul flotaba en una bruma de sedantes y dolor. La primera vez que la conciencia se filtró, fue solo una sensación: un peso enorme en el pecho, un latido ajeno y potente que resonaba en sus oídos como un tambor lejano. Luego, llegaron los sueños. No eran los sueños abstractos a los que estaba acostumbrado. Eran vívidos, impregnados de una felicidad tan pura y despreocupada que le resultaba completamente ajena.

Soñaba que corría por un campo de girasoles bajo un sol abrasador, riendo, con la mano entrelazada con la de alguien. No podía verle el rostro, solo sentía la textura suave de su piel, la confianza en su agarre. Soñaba con la sensación de la brisa salada en el pelo, abrazando una cintura delgada frente a un atardecer en la playa, enterrando el rostro en el cuello de esa mujer invisible y sintiendo una paz absoluta. Soñaba con bailar en una cocina pequeña, con música de la radio, girando a una figura que se reía con una voz que no podía escuchar, pero cuyo eco de alegría le llenaba el pecho de una calidez que no conocía.

Eran destellos. Sensaciones. Una felicidad robada. Cada vez que despertaba, la realidad del hospital, el dolor y la fría eficiencia de las enfermeras lo golpeaban con crudeza. Y con él, llegaba una extraña nostalgia, un anhelo por esos sueños, por esa mujer sin rostro. Una tarde, mientras Lucier le leía en voz baja los reportes empresariales, Paul lo interrumpió, su voz aún débil.

-Lucier...

-¿Sí, Paul? ¿Necesitas algo?

-Esos sueños... -murmuró Paul, con la mirada perdida en el techo blanco-. Son tan reales.

-Es la anestesia, los medicamentos -dijo Lucier, con un tono tranquilizador.

Paul negó lentamente con la cabeza. -No. No es eso. Es... una sensación. Como si... como si estuviera recordando algo que nunca viví.

Se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro cargado de curiosidad.

-¿Quién es ella?

Lucier frunció el ceño, confundido. -¿Quién?

-La mujer de mis sueños -dijo Paul, y por primera vez desde que lo conocían, había un destello de algo que no fuera pragmatismo o ambición en sus ojos-. La sensación... nunca la sentí con Valeria. Nunca.

Paula, que entraba en ese momento con un ramo de flores frescas, se detuvo en la puerta al oírlo. Intercambió una mirada de desconcierto con Lucier. Su hermano, el hombre de hierro, estaba hablando de sueños y de sensaciones que nunca había tenido con su ex novia. Era desconcertante. Era aterrador.

La recuperación de Paul era lenta pero constante. El nuevo corazón latía con una fuerza que le resultaba a la vez extraña y esperanzadora. Los sueños, sin embargo, persistían. Esa mujer sin rostro y la sensación de una felicidad que nunca había poseído se convertían en una presencia constante en su mente, un eco perturbador y seductor a la vez. Fue en medio de esa neblina de convalecencia que recibió una visita inesperada. Julian Johnson, un hombre de negocios conocido por su astucia y su ambición, fue anunciado en la suite. Lucier, siempre protector, frunció el ceño.

-Johnson... ¿Qué querrá? Sus negocios no se cruzan con los nuestros de manera significativa.

-Déjalo pasar, Lucier -dijo Paul, su voz aún débil pero con la autoridad intacta-. Será interesante romper la monotonía.

Julian entró con una sonrisa cordial que no lograba ocultar el cálculo en sus ojos. Portaba un costoso arreglo floral y una carpeta de cuero.

-Paul, mi muchacho. Qué alivio verlo recuperándose. La ciudad no es la misma sin su genio en las salas de juntas.

-Julian -Paul asintió con la cabeza, sin corresponder a la sonrisa-. Agradezco la visita. Supongo que no es solo por cortesía.

-Directo al grano, como siempre. Me agrada -Julian se sentó, colocando la carpeta sobre sus rodillas-. He venido a hacerle una propuesta. De negocios, por supuesto, pero con un... componente personal.

Paul levantó una ceja, interesado a pesar de sí mismo.

-Mi hija, Abigail -continuó Julian-, acaba de pasar por una... situación difícil. Quedó viuda hace poco.

En ese momento, Paula, que entraba silenciosamente con una bandeja de té, se detuvo al oír el nombre. Puso los ojos en blanco con discreción, colocando la bandeja sobre la mesa auxiliar.

-Sí, Abigail Johnson -murmuró Paula, dirigiéndose a su hermano con un tono ligeramente desdeñoso-. Se casó con ese muchacho, Liam O'Connor, en contra de los deseos de su familia.

Paul escuchó, su rostro permaneció impasible. La noticia le resbaló. La tragedia ajena era solo un dato más en una ecuación.

Julian aprovechó el silencio. -Mi Abigail necesita estabilidad. Una nueva dirección. Y usted, Paul, tras este susto de salud, quizás esté considerando la idea de establecer una familia, de asegurar su legado de una manera más... tradicional.

Paul sintió un latido extraño en su pecho, una leve punzada que no era dolor, sino algo más profundo. ¿Una familia? Los sueños de esa mujer, de esa felicidad doméstica que nunca anheló, cruzaron por su mente. Julian, sin saberlo, había tocado una fibra sensible que el nuevo corazón había activado.

-Continúe -instó Paul, su voz serena.

Julian abrió la carpeta. -Le ofrezco una alianza. Usted se casa con mi hija, le da su apellido y la protección del nombre Williams. A cambio... -hizo una pausa dramática-, yo le cedo el control del veinte por ciento de las acciones de Johnson & Sons, le transfiero la propiedad de los terrenos del norte, que sé que codicia para su nuevo proyecto logístico, y... liquido todas las deudas que su empresa contrajo en la última expansión hacia el mercado asiático.

Era una oferta obscenamente generosa. Paul observó los documentos que Julian deslizó hacia él. Los beneficios eran tangibles, cuantificables. Inmediatos. Mientras los leía, la imagen de la mujer sin rostro en sus sueños volvió a él sin razón. Tal vez... tal vez este matrimonio arreglado no fuera tan malo.

Tal vez, al establecer una familia, esa sensación de felicidad que perseguía en sueños pudiera hacerse realidad de alguna manera. Era una idea ilógica, pero el corazón en su pecho pareció latir con fuerza, como si la aprobara.

-Si es una trampa, los beneficios que llevan por el matrimonio son verdaderos.- Pensaba Paul, además sí que ya llegó la edad de considerar cosas tal como esta.

-Acepto. -dijo Paul.

Déjame a ver qué truquitos estás usando.

Paula abrió la boca para protestar, pero una mirada de Paul la silenció.

-Excelente -Julian se puso de pie, extendiendo su mano-. No se arrepentirá, Paul. Esto será bueno para ambas familias.

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