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El CEO, un mafioso y yo

El CEO, un mafioso y yo

Autor: : ANKH
Género: Romance
Paulina, es una joven enfermera, conoce a Sr. Rizzo durante sus pasantias. Él es un hombre que logra envolverla en sus encantos, provocando en ella las más profundas pasiones... -No, soy Camile, la esposa del Sr. Rizzo.- Al saber que está casado Paulina decide renunciar a lo que siente por él. Después de las pasantias, Paulina consigue empleo en una clínica privada en su ciudad natal. Por circunstancias del destino, vuelve a toparse con el Sr. Rizzo de nuevo..¿O será, un Sr.Rizzo desconocido? Aunque aquello le parece raro, este Sr. Rizzo sigue provocando en ella, cosas inexplicables.. Es una trampa de amor? Un amor prohibido? Nadie lo sabrá excepto Paulina...

Capítulo 1 Un sueño hecho realidad

"El futuro pertenece a los que creen en la belleza de sus sueños."

Eleanor Roosevelt

Paulina Santos Carusso

Siempre he sido una chica diferente al resto de mis hermanas: Andrea y Valentina, ellas son coquetas y extrovertidas, yo en cambio soy introvertida y callada. Mientras ellas salen a disfrutar con sus amistades, yo prefiero quedarme con mi madre, ayudarla en los quehaceres de la casa, y estudiar. Eso sí que me apasiona.

Estoy en el quinto semestre de enfermería, ya falta menos para mi graduación. Escucho la voz de mi madre que me llama desde la cocina:

-¡Pau! La comida está lista. Ven que se enfría. -Ya bajo -le grito desde arriba porque sé que no dejará de llamarme hasta que no esté allí, con ella.

Ella sirve la comida. Se sienta a mi lado, ora para bendecir la comida. Es una costumbre que aprendió desde muy pequeña. Mi abuelo Leonardo Carusso de origen italiano, llegó al país luego del período de post guerra en 1945, "IL nonno" como lo llamábamos era devoto de la Rosa Mística y mi madre heredó esa tradición catolicista en extremo. Yo también creo mucho en la virgencita, siempre le prendo una vela, le coloco tres rosas y le pido para que me ayude a pasar algún examen de la universidad.

Oramos en silencio, ella se persigna y luego comemos. Después de almorzar, mamá toma su siesta matinal y yo aprovecho de leer un poco. El mundo de la historia me envuelve, de no haber estudiado enfermería sería historiadora, de seguro. Una vez que cumpla con mi pasantía rural podré escoger a dónde trabajar. El lunes comienzo en el pueblo de Icabarú, una zona indígena al sur del país.

Aunque soy citadina y desde siempre hemos vivido en una de las zonas más pudientes de la capital "Vista hermosa", me atrae la idea de conocer los orígenes étnicos de mi tierra. Aprovecho de limpiar mi maleta y adelantar guardando algunas cosas, en especial el uniforme de enfermera que mamá me hizo. Me emociona realmente dar un paso más en mi carrera como futura enfermera y ayudar a muchas personas, así como lo hizo mi abuela Paulina Martinelli. Sí, por ella mi madre al nacer, me puso su mismo nombre. Siempre se han impresionado con el parecido físico que tenemos mi nonna y yo.

Mi abuelo siempre nos contaba que ella fue una heroína, la conoció durante la guerra; él era soldado y ella hacia trabajo voluntario atendiendo a los heridos luego de los enfrentamientos en el campo de batalla. Allí se enamoraron y un año después de estar de novios se casaron. Mi abuela quedó embarazada rápidamente, continuaba la situación de caos que siempre queda después de la guerra, hambre y desolación.

Por eso cuando mi madre nació, ellos decidieron escapar de Lombardia y viajar a América del Sur, para ofrecerle un mejor estilo de vida. El barco donde huyeron fue atacado en plena alta mar y una granada fragmentaria explotó hiriéndola gravemente, ella murió. Mi abuelo, no tenía dos minutos que le había quitado de los brazos, a mi madre, aquello fue un milagro. Esa historia siempre me conmovió mucho.

Aún me conmueve sobre todo después que el nonno murió, porque él nunca pudo superar la ausencia de mi abuela Paulina. Se dedicó solo a criar a mi madre hasta que ella fue toda una adolescente y conoció a mi padre en Santa Elena donde vivieron muchos años después de llegar de Italia. Allí, se enamoró de mi padre, quien era un garimpeiro, razón por la cual mi abuelo lo rechazaba. Fue entonces, que mamá se casó a escondidas del él, y quedó embarazada a los dieciséis años, tuvo a mis hermanas y luego a mí. Después de mi nacimiento él desapareció sin dejar rastro. El nonno no fue sólo un abuelo, fue prácticamente un padre para mí y mis hermanas.

Es domingo, ya tengo listo mi equipaje, estoy esperando el carro ejecutivo que me llevará a Icabarú. Debo salir antes de las diez de la mañana para poder llegar en doce horas a mi destino. Es bastante lejos de la capital, pero ya quiero conocer el lugar donde estaré trabajando y haciendo mi pasantia como enfermera residente.

Todo nuevo ciclo genera ansiedad y todo cierre tristeza, dar un paso hacia mi futuro, hace que me sienta agitada por lo que vendrá en adelante. Mas, también me provoca gran tristeza, tener que despedirme por unos meses de mi madre y mis dos hermanas. A pesar de que somos muy distintas, no significa que no las adore, cada una de ellas es muy especial para mí. Hora de despedirme, abrazos por doquier, lágrimas de alegría y tristeza se entremezclan.

-¡Dios y la virgen te cuiden mi niña! -me dice mamá, dándome un beso en la frente.

-Cuídate hermanita -Valentina llora y me abraza con fuerza.

Andrea es un tanto menos sentimental, sólo sonríe y agita su mano para despedirme. El auto se detiene, guardo mi equipaje en el baúl y subo. Es ese el instante, en que te das cuenta que no hay marcha atrás. No puedo evitar mis lágrimas, trato de disimular para no provocarle mayor tristeza a mamá.

¡Adelante, Icabarú me espera!.

Son largas horas de carretera, apenas nos detenemos a comer e ir al baño o tomar algunas fotos del viaje. El señor Samuel es muy gentil. Le pido que se detenga para fotografiar el puente colgante sobre el Río Cuyuní, el cual fue diseñado por el mismo Gustavo Eiffel, aquello me llena de orgullo.

Ya comienza a oscurecer. Finalmente llegamos al puesto de salud donde haré mi pasantía. Debo presentarme antes, para confirmar mi inicio a las 6:00 de la mañana. Allí me recibe el Dr. Fabricio Núñez.

-Bienvenida señorita Paulina. -me saluda amablemente.

-¡Gracias doctor! -respondo sonriendo.

Estoy agotada del viaje, necesito descansar. Helen, es la primera enfermera que conozco en aquel lugar, me sonríe amigablemente, seremos compañeras en aquella medicatura. Ella me muestra el lugar, es apenas, una construcción divida en tres compartimentos: la recepción y sala de espera, un baño y una sala de emergencia, compartida en dos ambientes, uno para suturas y otro para casos de emergencias mayores; además de una pequeña oficina que es usada como consultorio para el médico atender a los pacientes y descansar durante sus guardias nocturnas.

-¿Qué edad tienes? -me pregunta Helen.

-Veintiuno, recién cumplidos.

-Vaya eres muy joven. Espero puedas adaptarte pronto. Es una zona indígena, ellos tienen su propia lengua, pero pocas veces tenemos emergencias en este lugar. Ya sabes como son los indígenas, ellos usan las plantas para curarse. Sólo si no lo logran es que vienen por aquí -me platica Helen.

-Gracias por el dato. -le guiño un ojo.

-Bueno, te dejo para que te recuestes un rato. Normalmente usamos la camilla que esté desocupada o el mueble que está en la oficina del médico. Estos consultorios de atención médica, son muy poco dotados de mobiliario.

-Está bien, aún no tengo mucho sueño. Le escribiré a mi madre para avisarle que estoy bien.

-Pues si logras tener señal aquí, sería un milagro. -me responde.

Ella sale hacia la recepción, yo escribo el mensaje y cruzo los dedos para que pueda enviarse. (Mensaje enviado) muestra la pantalla. Me emociono por ello y me recuesto en la camilla; sin darme cuenta me quedo dormida. De pronto escuchó la voz de un hombre cerca de mí. Me incorporo rápidamente en la camilla y frotó mis ojos.

-¡Buen día señorita! -me saluda aquel hombre sonriendo. Es alto, moreno, ojos claros y debe medir 1,70 de altura y pesar unos 90 kilos, es un hombre excesivamente guapo.

-Buen día, disculpe. Me quedé dormida. -trato de excusarme.

-Soy el Dr. Carlos Godoy. ¿Usted debe ser la nueva enfermera si no me equivoco?

-Sí, soy yo. Un placer -me bajo de la camilla, le extiendo la mano y él me apreta con fuerza.

-Bienvenida entonces señorita Santos. Trabajará a partir de hoy conmigo en el horario nocturno. Ya era hora de que la pobre Helen tuviese un descanso.

-Sí, por supuesto. Ya voy a cambiarme. Camino hasta el baño con mi maleta, saco mi uniforme de enfermera y me cambio velozmente. Salgo a la recepción, me siento a esperar a que llegue algún paciente. El doctor está parado frente a la puerta y me mira fijamente.

-Necesitamos tomar café. -comenta. -Sí, es necesario. -yo respondo sin entender su indirecta.

-Sí, en la oficina tenemos una cafetera pequeña. Helen prepara el café allí todos los días.

Su comentario me parece algo grosero, acabo de llegar y no tengo porque saber que además de ser enfermera, también debía hacer el papel de secretaria. Me levanto y voy hasta la oficina. Él se hace a un lado para que yo pueda entrar y hacer el café. Lo preparo como a mí me gusta, medio fuerte, medio dulce. Le sirvo una taza y me sirvo la otra para mí.

-Tenga, disculpe por no saber cuáles son mis funciones acá. -le entrego la taza y vuelvo a mi escritorio.

Escucho su risa atorrante. Camina hacia mi escritorio.

-Señorita Santos, yo soy médico y me ha tocado lavar el baño o limpiar el área de emergencia. Aquí somos un equipo. Si tiene alguna queja, póngala.

Su tono es sarcástico y déspota. Intento no molestarme y le respondo:

-Trabajaré como parte de un equipo. Pero, creo que también hay que aprender a pedir favores.

Mis palabras parecen enfurecerlo, une el entrecejo y luego suelta otra carcajada. Respiro profundamente para no caer en su juego. Por suerte para ambos, llega un paciente. Es un niño de algunos seis años y un hombre rubio, de ojos claros, muy alto y fornido lo trae en brazos. Su mirada se cruza con la mía.

-Doctor, este niño creo que fue picado por un alacrán. -Colóquelo en la camilla. -le pide el médico mientras comienza a examinarlo.

-Señorita Santos, por favor traiga el termómetro, está sudando frío.

-¿Es familiar suyo Sr. Rizzo?

-No, es el hijo de mi capataz. Mientras el médico revisa al niño, la mirada de aquel hombre es inquisidora y penetrante, me perturba de tal manera que un año más tarde, siento el mismo escalofrío recorrerme entera y mi corazón acelerarse como el reloj de una bomba a punto de estallar. No imaginé que me perdería en su mirada para siempre.

Capítulo 2 Emprendedor meta-legal

Emprendedor meta-legal

Piero Rizzo

"Cuando sabes qué quieres y lo quieres lo suficiente, encontrarás una forma de conseguirlo."

Jim Rohn.

Camile se levanta del sofá, toma la botella de vino, sirve ambas copas mientras la miro fijamente. El vino francés Henri Jayer Richebourg Grand Cru, es uno de los más costosos que he comprado,15mil dólares la botella. Siempre me ha gustado degustar lo mejor en todo, sin excepción, inclusive las mujeres con las que he follado, las más exquisitas, elegantes y ricas de la ciudad. Todas ellas las he saboreado como buenas copas de vino.

No es por creerme el más codiciado por ellas, es que simplemente lo soy. Ninguna de ellas ha podido resistirse a un Rizzo. Bueno a mí y a mi padre, porque el lucer de mi hermano, ese es la excepción de la estirpe italiana. Siempre hay una oveja blanca en toda familia.

Ella regresa con las copas en la mano, se sienta sobre mi pierna, siento su fuego desde adentro y eso me excita. Camile sabe como ponerme. Es tan igual a mí, que si existe una alma gemela, ella sería la mía. Tomamos el vino, ella coloca su copa sobre la mesa y se desliza suavemente a horcajadas sobre mi muslo. Eso es suficiente para que mi falo se endurezca y mis venas palpiten. Yo trato de hacerme el duro, no me gusta que sienta control sobre mí y me crea vulnerable ante sus caricias.

Continúo degustando mi copa de vino, ella coloca su mano sobre mi lámpara de aladin y la frota con fuerza, se me escapa un ¡shhhhhh!, ella sonríe ufana, segura de que me tiene en su poder. La sujeto de las caderas para hacerla levantar, ella me mira desconcertada, le propino una nalgada para recordarle quien es el jefe. Sonríe picaramente, levanta su pierna y la saca de su pantie, luego la otra, la lanza sobre la alfombra; se voltea y regresa al sofá, a horcajadas se sienta de frente a mí, coloca sus manos em mi pecho y nuevamente desliza con suavidad sus labios verticales sobre mi pierna para provocarme.

Es inevitable que quiera meter mi falo en su boca. La sujeto por la cintura, dirijo sus movimientos de suaves a intensos y de intensos a rápidos. Ella comienza a gemir tras sentir el roce de su hendidura con mi muslo bien definido. Sube su otra pierna y queda rozando con su vagina la cremallera de mi pantalón, lentamente la abre para que el genio aparezca.

-Pide tres deseos en uno Aladina -le digo sonriente.

-Que me folles duro, y me hagas estallar en dos tiempos.

-¡Concedidos!

Sostengo mi falo con mi mano y ella lo envaina con su tejido cavernoso. El vino enciende mi cuerpo y mi rostro por entero, ella comienza a moverse como toda una jinete, podría estar en la Derby Epson fácilmente si considerarán el sexo como un deporte.

Trato de controlar su desbandada repentina, gime y su piel choca con la mía, mientras la sostengo con fuerza para evitar que mi dragón escupa fuego tan rápidamente. Eso le provoca impotencia y a la vez la excita, por lo que debo usar mis manos y mi boca para que sea ella quien se corra primero y quede yo, como el vencedor.

La beso mientras con las manos aprieto sus pezones por sobre la blusa de polyester que lleva puesta, levanto la blusa y me inclino para chupar sus rosados y erectos pezones. Ella gime desesperada, es mi momento de arremeter y desarmarla, elevo mi pelvis y le hago gritar desesperada de placer. Ella se estremece sobre mí falo, logro mi cometido con dos o tres movimientos más. Veo su rostro de satisfacción, además de sentir su humedad.

Luego, ella se pone de pie, se arrodilla entre mis piernas, es mi turno.

¡Qué vida tan dura! ¡Ahhhh!

Ella lo lame completo, lo introduce en su boca, lo muerde con suavidad. A veces temo que quiera comérselo, acaricio sus cabellos y ella me mira mientras chupa como chupeta bombom bum la cabeza de mi dragón. Es experta, sí. Me conoce perfectamente. Es sólo tocarme y decodificar mis señales de acceso al placer.

-¿Te gusta? -le pregunto.

Ella asiente como niña inocente. Se desliza más abajo y yo me ruedo para que su lengua recorra mis testículo. Luego la sujeto por el cabello y dirijo sus movimientos para acelerar la fricción de sus labios húmedos con mi falo ardiente. Apretó mis glúteos con fuerza y jadeo, mientras ella recibe mis fluidos que se deslizan por sus labios hasta su cuello. Camile se saborea y eso me gusta. Me complace que sea hermosa, inteligente y perra. Rara combinación en una mujer. Ella es perfecta para mí.

Es una mujer sensacional, lo supe desde el primer día que la vi llegar al liceo. Aunque parecía ser algo tímida, algo me dijo que dentro, muy dentro moraba una lobezna en espera de su alfa. Me gusta hacerla mía, su virginidad me pertenece, he sido el único en darle las mejores noches de placer. Aunque a veces se pone algo terca y necia. No entiende que mientras más mujeres pruebo, ella es la única a la que amo.

Sus celos insuflan mi ego, me hace sentir el más fuerte y el más codiciado. No me comparo al imbécil de mi hermano. Realmente sólo compartimos el mismo óvulo. Eso no lo puedo negar, tuvo que luchar conmigo desde el principio. Por eso he tenido que demostrarle que soy mejor que él, más astuto, más valiente y más decidido. Cuando quiero algo, hago lo que sea para obtenerlo.

Nunca me dejó vencer por nada, ni por nadie. La vida es una batalla de poder, gana el que sobrevive. Yo soy un campeón, un vencedor.

Esta es la vida que tengo y que me encanta vivir, llena de dinero, lujos, mujeres, cómplices, ¡ah! y muchos empleados. Soy el jefe de la zona y todos me llaman El lobo. Comencé hace un par de años en este mundo de los negocios meta-legales. No nací para estudiar como Massimo, lo mío es 20% de esfuerzo y 80% de ganancias. ¿No es esa la fórmula de emprendedorismo exitoso? Soy Piero, un narco emprendedor y este es mi territorio.

Capítulo 3 Mi primer día de trabajo

"La mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella.

Oscar Wilde

Paulina

Estoy preparando el antídoto para colocarle al niño, mientras el hombre apuesto, lo coloca sobre la camilla de la sala de tratamiento. Su proximidad me provoca sensaciones muy fuertes, nunca antes sentí algo así. Es como si su sola presencia desatara un incendio en mi interior; como si mi cuerpo fuese altamente inflamable y volátil, y su proximidad flameante provocara una llamarada intensa en mi ser.

-¿Es nueva por acá? -me pregunta.

-Sí, recién llegué ayer.

-Finalmente una mujer hermosa en el consultorio.

Sonrió algo apenada por su comentario. El doctor entra y le pregunta:

-Sr. Rizzo, es importante verificar que animal pudo haberlo picado, porque no es ni de alacrán ni de serpiente.

-Doctor usted sabe que estamos cerca de la selva, cualquier animal pudo ser, una tarántula, un escorpión amarillo; por esta zona son muy comunes.

Me quedo sorprendida y algo asustada, lo que menos pensé fue en estar rodeada de ese tipo de animales.

-Ok por ahora, le colocaremos un antídoto para contrarrestar el esparcimiento del veneno. Pero deberá estar pendiente de la evolución del niño, porque este tipo de medicamentos puede provocar reacciones alérgicas algo peligrosas.

-¿Cuándo puedo llevarme al chico?

-Sólo debe esperar algunos minutos mientras la enfermera le coloca el tratamiento y luego podrá llevarlo de regreso a su casa. ¿Me podría acompañar a mi oficina? Tengo algunos asuntos que plantearle.

Él voltea a verme, pareciera que prefiriera quedarse conmigo. Pero yo estoy ansiosa de que se aleje. Necesito recuperarme de aquella extraña pero a la vez, divina sensación.

Minutos después sale del consultorio. Toma al niño entre los brazos, me guiña un ojo y se despide:

-Bienvenida a Icabarú señorita...

-Paulina, soy Paulina -respondo intuitivamente, nunca había hecho algo así. Todo era diferente en ese momento para mí.

Él se aleja, sube a su Jeep plateado último modelo. Yo regreso a mi escritorio. Escucho al Dr. Godoy conversar en voz poco audible. Imagino habla por teléfono, al menos que sea equizofrénico y por eso me haya tratado de aquella manera tan rara.

Durante la mañana sólo tuvimos dos pacientes, tal como lo había comentado Helen, son pocos los casos que se reciben en ese consultorio. Lo que no lograba sacar de mi mente era la presencia de aquel hombre. Intento recordar su nombre, es cuando me percato que no llené la ficha.

Comienzo a llenarla, dejando el espacio en blanco del nombre del paciente. Me pongo de pie y voy a la oficina del doctor, doy dos golpes a la puerta. Escucho su voz dándome consentimiento para entrar.

-Doctor, disculpe, el niño que ingresó temprano, como se llama.

-¿No tomó los datos cuando llegó el Sr. Rizzo?

-No, disculpe iba a hacerlo cuando usted me llamó para preparar el tratamiento que se le aplicaría al niño.

-Es obligatorio, tomar los datos antes de ingresar el paciente, imagine que venga solo y se muera acá dentro, ¿cómo vamos a notificar sobre su muerte?

-Lo siento. No volverá a pasar, creí que lo primordial era atender al niño.

-A ver Paulina, ambas cosas son indispensables. ¿Estamos?

-Sí, señor.

-Por ahora coloca sólo el dato de quien lo trajo, el señor Rizzo.

-¡Con su permiso! Nuevamente disculpe.

Cierro la puerta, quisiera morderme los codos de la rabia. No sé por qué todo me estaba saliendo mal con aquel doctor. Siempre he sido responsable, ordenada y sobre todo muy eficiente.

Me siento a llenar el registro de pacientes, debo esperar que Helen llegue, ella si podrá decirme cuales son mis funciones y sobre todo, quién es aquel hombre de mirada perturbadora.

Durante la hora de descanso, el Dr. Godoy sale a almorzar a uno de los pocos restaurantes que hay en la zona. Yo no tengo horario de salida, debo esperar que el regrese además de tener que buscar donde comer. Y eso sin decir, que tampoco sé dónde quedarme esa noche. Por suerte, el turno de Helen, me permitirá dormir un poco, pero igual no tendré cómo averiguar sobre alguna pieza pequeña o habitación donde pueda vivir esos seis meses.

Una hora después, el doctor regresa. Se acerca al escritorio:

-¿Alguna novedad?

-No, doctor.

-Ten, te traje algo para que comas. Voy a descansar unos diez minutos. Por favor, no me molestes al menos que sea de gravedad el caso.

-Está bien doctor. ¡Gracias por el almuerzo!

-De nada señorita Santos, no tiene que agradecerme. Somos un mismo equipo.

Él entra a su oficina, yo destapó el envase, la comida huele bien por lo menos, es arroz, carne en paila y tajadas. Como rápidamente para evitar que llegue alguien y deba dejar la comida a la mitad. Afortunadamente nadie llega durante ese tiempo. También siento algo de sueño luego del almuerzo. Me levanto para servir un poco de café.

La tarde transcurre lentamente. Ningún tipo de emergencias o casos por atender. Me recuesto del escritorio y me quedo dormida. Escucho que alguien golpea el escritorio. Abro los ojos, reacciono rápidamente al ver frente a mí, al Dr. Godoy.

-Debes dejar de hacer eso Paulina. No puedes dormirte y dejar el consultorio abierto. Cualquiera puede llegar y robar lo poco que tenemos.

-Disculpe es que no dormí bien anoche.

-Es parte de los sacrificios que hay que hacer. ¿Escogiste esta carrera por tu propia cuenta o eres una de las que estudio esto para complacer a sus padres?

-Si, si -respondo algo nerviosa, él me mira sorprendido y decido aclarar mi respuesta-. Sí lo hice por vocación. Amo ayudar a las personas y esta es una forma de hacerlo.

-Entonces, hazlo bien.

Veo la hora, apenas serán las cuatro. Me levanto para preparar más café. Sirvo un vaso para mí y una taza para el doctor.

Tomo el vaso, como si fuese agua, necesito espabilarme y estar activa. Cuando Helen llega, yo estoy hiperactiva, arreglando el escritorio. Ella me mira extrañada por mi actitud.

-¿Estás bien? -me pregunta.

-Si, por supuesto. Me alegra que hayas llegado. Necesito preguntarte algunas cosas.

-Sí, claro, déjame cambiarme el uniforme y nos tomamos un café. Llegué antes porque estaba comprando algunas cosas para llevarle a mi abuela.

Mientras ella se cambia, pienso "más café" no creo que sea buena idea. Pero me levanto a servirle un poco. El Dr. Godoy ya se ha quitado la bata para irse. Yo aún no sé a dónde iré. Tocan a la puerta, es el Dr. Núñez, a diferencia de Godoy, él es más agradable, amable y risueño. Claro también es un poco mayor. Calculo que tenga algunos 45 años, mientras que Godoy diez menos que él.

-Buenas tardes señorita Santos. ¿Qué tal su día de trabajo?

Antes de responder, el Dr. Godoy se me adelanta y responde por mí.

-Debe ponerse las pilas, la encontré dormida dos veces y sin decir que no sabe hacer el trabajo de recepción.

Siento un nudo en la garganta, quiero llorar, sólo bajo la cabeza. El Dr Núñez, me coloca la mano sobre el hombro.

-Es normal, nadie viene aquí sabiendo lo que va a hacer. Tu mismo cuando llegaste tuviste que ponerte las pilas.

-¡Jajajaj! -ríe a carcajadas tratando de simular que fue gracioso el comentario de su colega.

-Me sirves una taza de café, por favor.

-Sí, doctor -finalmente respondo.

El Dr. Godoy sale del consultorio. Él me mira y sonríe:

-No le hagas caso, sé que poco a poco sabrás como resolver todo. Ve y descansa. -me dice el Dr. Núñez.

Le sonrió, tomo la taza para Helen, quien ya está sentada en el escritorio.

-¡Gracias linda! Siéntate, dime qué necesitas saber.

Intento decirle pero aún estoy algo sensible por el comentario displicente del doctor.

-Necesito saber cuáles son mis funciones aquí.

-Tu función real es apoyar al doctor de guardia y aplicar el tratamiento. Pero... -hace una pausa y suspira- tu función aquí es de asistente, recepcionista, cocinera y hasta de vigilante. Es un pueblo Paulina y el gobierno no se ocupa en mandar personal suficiente, aunque en la nómina estatal aparezcan diez funcionarios, si acaso cuatro son reales, los otros es sólo para abultar la nómina y quedarse con esos pagos.

La miro sorprendida. Todo aquello me desconcierta.

-¿Dónde puedo hallar una pieza o habitación donde pueda quedarme estos meses?

-Bueno, yo vivo sola, puedo hacerte un espacio en mi casa.

-¿De verás? Estoy estresada con eso. Pero ¿no vives con tu abuela? No me gustaría incomodarlas.

-No, vivo sola. Te voy a dar la llave para que te des un buen baño y descanses. En la nevera hay comida, puedes tomar algo para comer. Ya luego ajustamos cuenta.

Es inevitable que mis ojos se llenen de lágrimas, la abrazo y le doy un beso en la mejilla

-Tranquila, no es para tanto.

-Gracias, gracias, gracias. ¿Cómo llego hasta allá?

-Es fácil queda a unas cuantas cuadras, sólo sube dos de ellas y después cruzas a la izquierda. O si quieres, le escribo a un sobrino que trabaja haciendo carreristas, no puedes andar por allí, con esa maleta.

-Nuevamente, gracias Helen. -le respondo algo más tranquila.

Minutos después llega el muchacho, debe tener algunos diecisiete años. Subo al carro pequeño de vidrios oscuros.

-Buenas noches -lo saludo.

-Buenas noches señorita -responde él- Mi tía me dice que es a casa de ella que va.

-Sí, allí mismo.

-Vamos pa'lla entonces.

Conduce y en menos de cinco minutos estamos frente a la casa. Le pago la carrera.

-Deje eso así, usted es amiga de mi tía, así que también es mi amiga.

-¡Gracias!

-Bienvenida al pueblo señorita. Yo soy Ramón.

-Yo soy Paulina, Ramón. Nuevamente gracias.

Bajo del auto, saco mi maleta del baúl, abro la puerta de la casa tipo vivienda donde vive Helen. Enciendo las luces, entro. Es un lugar pequeño pero muy hermosamente arreglado.

Abro la nevera, tomo un vaso con agua, busco el baño, saco de mi maleta la toalla, verifico que esté bien cerrada la puerta y me meto para darme una buena ducha. Me desvisto, el agua está tibia, siento como recorre mi cuerpo. Como un gatillo mental viene a mi mente la sensación de fogosidad que experimenté en la mañana, mientras veía al Sr. Rizzo, por lo menos sé su apellido. Por lo menos podré preguntarle a Helen por él; su apellido no suele ser muy común, mucho menos en esa zona fronteriza e indígena.

Después de la ducha, preparo un sándwich de jamón y queso, me sirvo un vaso con jugo de naranja y ceno. Después de cenar, saco un camisón de algodón, me visto y me recuesto en el sofá. No puedo dormirme, creo que exageré en la cantidad de café.

Mientras repaso con mi mente, los rasgos varoniles de aquel hombre mi cuerpo se estremece, acaricio mi rostro, mis hombros, las formas de mis senos, mis caderas y mis entrepiernas. Todo aquello es nuevo para mí, y muy placentero.

No sé cuándo por fin me quedé dormida, pero la alarma de mi celular programada para las 5:00 de la mañana, me despierta. Me pongo de pie, arreglo la sala para dejar todo en orden, saco de mi cartera mi cepillo dental, voy al baño, lavo mi rostro, me cepillo. Me arreglo para irme hasta la medicatura y llegar antes de que Helen termine su guardia.

Bajo una cuadra hasta llegar a la calle principal. Hay pocas personas a esa hora por allí. Camino un poco más rápido, soy nueva en aquella zona y me pone nerviosa no ver algunas personas en las paradas de los buses. Pronto oigo un carro que se acerca en misma dirección y va detrás de mí. No quiero voltear porque no sé qué haría si descubro que realmente estoy en peligro.

Poco a poco, el auto avanza, el hombre que conduce, comienza a llamarme:

-¡Eh! Muñeca, voltea.

Mi corazón late agitadamente, no quiero voltear. Mentalmente comienzo a orarle a mi vigen Rosa Mística. El auto acelera y cuando volteó a ver, me cruzo con la mirada y la sonrisa burlesca del Dr. Godoy.

-Ven, te llevo.

Respiro profundamente, aunque venía pidiendo que apareciera alguien, no esperaba que fuese él y que nuevamente provocara aquella sensación de angustia y temor en mí.

Subo al auto rápidamente. Antes segura con aquel detestable hombre que sola por aquel lugar, en plena madrugada. Detiene el auto, bajo y le doy las gracias. Necesito hablar con Helen antes de que se vaya, pero al llegar al consultorio, me encuentro con que Rafael, el niño que había estado el día anterior, acababa de ser ingresado con una reacción alérgica.

Helen y el Dr. Núñez ya recibieron al niño y le están poniendo tratamiento antialérgico. Para no entorpecer su labor, espero a que ellos salgan de la sala de emergencia, atenta a cualquier eventualidad. Pero esta vez el niño está acompañado de una joven muy bonita.

Ella se acerca a mí, para preguntarme por el niño:

-¿Cómo está el niño?

-Están colocando tratamiento ¿es usted su mamá? -le pregunto al ver la ficha vacía para llenarla.

-No, soy Camile, la esposa del Sr. Rizzo. El niño es hijo del capataz, pero no puede estar con él en este momento.

Su respuesta me deja atónita, es casado. Era lógico. Un hombre como aquel tan varonil y atractivo no podía estar soltero.

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