Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > El CEO y la tentacion
El CEO y la tentacion

El CEO y la tentacion

Autor: : Mundo Creativo
Género: Romance
Carlos Montoya, exitoso CEO de una firma internacional, vive atrapado en un matrimonio vacío con Sofía. Durante un viaje de negocios a una ciudad extranjera, se ve acompañado por su secretaria, Claudia. La química entre ellos, siempre reprimida, explota una noche cuando ambos cruzan la línea entre lo profesional y lo personal. Lo que comienza como un momento de vulnerabilidad se convierte en un dilema que cambia todo: Carlos debe elegir entre la seguridad de su matrimonio y la atracción irresistible hacia Claudia, mientras Sofía comienza a sospechar que algo ha cambiado en su relación.

Capítulo 1 El CEO y su Rutina

Carlos Montoya se despertó como lo hacía todos los días, exactamente a las seis de la mañana. A esa hora, el sonido de su despertador se mezclaba con la suave luz del sol filtrándose a través de las cortinas de su dormitorio. Su cama, grande y elegante, permanecía ocupada solo por él. Sofía, su esposa, ya no compartía las noches con la misma cercanía que antes. Aunque dormía en la misma habitación, siempre había una distancia invisible entre ellos que parecía aumentar con cada año que pasaba.

Carlos estiró los brazos y se incorporó lentamente, observando la vista desde su ventana: la ciudad que nunca dormía, el ajetreo que no descansaba, y la misma sensación de insomnio que invadía su vida personal. Había construido su imperio a base de trabajo incansable, decisiones firmes y un enfoque inquebrantable. Pero cuando se trataba de su matrimonio, parecía que la estructura que había creado con tanto esfuerzo se desmoronaba poco a poco, como un edificio que había perdido su cimiento.

Se levantó y fue directo al baño, donde los rituales matutinos se sucedieron de manera casi automática: el agua fría, el afeitado con la precisión de un cirujano, la ducha rápida para despertar los sentidos. Todo era parte de la rutina que Carlos conocía de memoria. Cada día era igual, marcado por las mismas acciones, los mismos horarios, y, sin embargo, con una sensación cada vez más agobiante de vacío.

Tras vestirse con un traje oscuro de corte impecable, Carlos descendió las escaleras de su casa. En la cocina, Sofía estaba sentada en la mesa, leyendo el periódico. Su presencia no alteraba el aire, no había calidez ni alegría en su rostro. Sofía ya no era la mujer con la que Carlos había soñado casarse. Ni siquiera sabía si había sido él quien cambió o si era ella la que se había desvanecido en la monotonía de su vida.

-Buenos días -dijo Carlos, sin mirarla realmente, más por costumbre que por deseo genuino de conexión.

Sofía levantó la vista, pero su sonrisa era fría, casi mecánica.

-Buenos días -respondió, como si esas palabras no significaran nada, como si los buenos días se hubieran convertido en una formalidad vacía entre ambos.

Carlos se sirvió un café, el mismo que siempre tomaba, fuerte y sin azúcar. Sofía no hablaba mucho últimamente. Habían pasado por momentos difíciles, y la distancia emocional que se había ido gestando entre ellos era más evidente ahora que nunca. Carlos sabía que algo no iba bien, pero la verdad era que ya no sabía cómo arreglarlo. No era por falta de intentos, sino porque, en algún punto, se dio cuenta de que las cosas simplemente habían dejado de importar.

Sofía dejó el periódico sobre la mesa y se levantó para recoger su bolso. Carlos observó cómo se movía por la casa con esa misma expresión distante, como si ya no fuera parte de su vida. Ella había estado más centrada en sus propios intereses últimamente, en sus amigos, en sus proyectos personales. En parte, Carlos sentía que todo eso era una forma de escapar de él, de un matrimonio que ya no tenía chispa. Pero él no podía culparla. Tal vez era él quien no sabía cómo volver a encender esa chispa.

Cuando Sofía se acercó para darle un beso en la mejilla antes de irse, la sensación de frialdad en el aire se volvió más densa. Fue un gesto automático, sin pasión, sin intención. Como si fuera un acto de cortesía para dar por terminado otro día más.

-Nos vemos esta noche -dijo ella, y antes de que Carlos pudiera responder, ya estaba fuera de la casa.

Carlos permaneció en la cocina por un momento, la taza de café entre las manos, mirando al vacío. La sensación de soledad lo invadió, a pesar de tener todo lo que cualquier hombre podría desear: éxito, dinero, poder. Pero a veces, esos logros parecían vacíos. No importaba cuánto dinero ganara, cuántas empresas comprara, ni cuántos proyectos llevara a cabo, la ausencia de algo genuino en su vida lo estaba matando poco a poco.

El reloj marcó las 7:15 a.m. y Carlos debía salir para su oficina. La rutina no permitía retrasos. Se subió al coche, condujo a través de las calles congestionadas, viendo el mismo paisaje cada mañana. La ciudad nunca cambiaba, pero él sí. Aunque no podía definir cuándo ocurrió el cambio, Carlos sentía que algo dentro de él se había quebrado. Y lo peor de todo era que no sabía si aún estaba a tiempo de arreglarlo.

Cuando llegó a la sede de su empresa, fue recibido por su asistente, que le entregó un informe con los resultados financieros de la semana. Carlos apenas lo miró. Su mente ya estaba en otro lugar. Mientras recorría los pasillos del edificio, el sonido de sus pasos resonaba en su cabeza. De alguna manera, esos pasos sonaban solitarios, aunque estuviera rodeado de empleados que lo admiraban, que lo seguían con devoción. Nadie sabía lo que sucedía dentro de su cabeza, ni siquiera Sofía.

En su oficina, Carlos se sentó en su sillón de cuero negro, un símbolo del poder que había alcanzado. Pero, aunque todo a su alrededor le recordaba su éxito, no podía deshacerse de esa sensación de vacío. Miró la pantalla de su computadora, revisó algunos correos y ordenó llamadas. Pero su mente seguía vagando, regresando a la misma pregunta que se hacía cada día: ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Cómo había llegado a este punto?

A lo largo de su carrera, Carlos había aprendido a tomar decisiones difíciles. Había enfrentado mercados inestables, negociaciones complicadas, e incluso traiciones dentro de su propio círculo cercano. Pero nada de eso se comparaba a la desconexión que sentía con Sofía. No sabía si aún la amaba, o si alguna vez lo había hecho. La pasión, que una vez los unió, ahora parecía un recuerdo lejano, algo que había desaparecido con el tiempo. No había peleas, no había gritos, pero tampoco había amor. La vida con Sofía había caído en la rutina. Y en la rutina, nada cambiaba.

En ese momento, alguien tocó la puerta de su oficina. Era su jefe de operaciones, Marco Ruiz, quien le traía una actualización sobre un nuevo proyecto que estaban evaluando. Carlos asintió con la cabeza, fingiendo interés, mientras sus pensamientos volvían a vagar. Marco comenzó a hablar sobre cifras, ganancias y proyecciones de mercado, pero Carlos ya no estaba escuchando. Sus ojos se deslizaban por la ventana, observando cómo la ciudad se extendía ante él, como un vasto océano de oportunidades, pero a él ya no le parecía tan atractivo como antes. La vida profesional, a pesar de su éxito, ya no lo llenaba como solía hacerlo.

Después de la reunión, Carlos decidió dar un paseo por los pasillos del edificio. Necesitaba despejar su mente, aunque no estaba seguro de qué esperaba encontrar. El sonido del aire acondicionado y el murmullo de las conversaciones lo rodeaban, pero él no se sentía parte de ese entorno. Era como si estuviera viendo todo desde afuera, como un espectador de su propia vida.

Se detuvo frente a la ventana, mirando la ciudad de nuevo, y en ese preciso momento pensó en Claudia. Su asistente. La joven que había comenzado a trabajar en la empresa hacía poco tiempo. Aunque siempre había mantenido una distancia profesional, algo en ella lo había atraído. Quizá era su frescura, su manera de ver el mundo sin las pesadas cargas que Carlos llevaba sobre sus hombros. En su mirada había una chispa, una vitalidad que él ya no podía recordar. Había algo en ella que lo hacía sentir vivo, aunque sabía que eso era peligroso. Un simple pensamiento pasajero.

Carlos suspiró y volvió a la realidad. La rutina, una vez más, había invadido su vida.

Y por más que tratara de encontrar un resquicio de emoción, todo volvía a ser lo mismo: un ciclo interminable de decisiones, correos electrónicos, reuniones, y una vida con Sofía que se desvanecía lentamente. La pregunta seguía ahí, latente: ¿Cómo salir de este vacío?

El sonido del teléfono lo sacó de sus pensamientos. El día seguía, implacable, y Carlos no podía permitirse dejarse llevar por lo que sentía. Al menos, no aún.

Capítulo 2 Un Matrimonio Frío

Carlos volvió a casa tarde, como siempre. El reloj marcaba las 8:30 p.m., pero en su interior ya había dejado de contar las horas. Desde que Sofía había comenzado a mostrarse distante, cada tarde se sentía más vacía que la anterior. La casa, antes un lugar donde compartían risas, conversaciones largas y hasta silencios cómodos, ahora parecía una gran estructura vacía, llena de habitaciones que nunca se utilizaban como antes. El eco de sus propios pasos resonaba en la entrada como una bienvenida que ya no quería recibir.

Al abrir la puerta, el aroma de la cena flotaba en el aire, pero era el tipo de aroma que evocaba más una obligación que un deleite. Sofía, como todos los días, estaba en la cocina, preparando algo sencillo, lo mismo de siempre. En los primeros años de su matrimonio, Carlos había aprendido a disfrutar de las pequeñas cenas que ella preparaba con tanto esmero. Le gustaba ver cómo se concentraba en la cocina, como si cada plato fuera una extensión de su amor. Pero eso ya no sucedía. Ahora, lo que solía ser una comida agradable, se había convertido en un ritual vacío.

-¿Qué tal el día? -preguntó Sofía sin mirarlo, sin levantar la vista de la olla en la que removía una sopa.

Carlos dejó sus cosas en el hall y se acercó. No sabía si responder con sinceridad o simplemente cumplir con la formalidad. La honestidad, a estas alturas, se había vuelto incómoda.

-Como siempre -respondió, intentando que su tono sonara más entusiasta de lo que realmente se sentía.

Sofía asintió ligeramente, como si no le interesara lo suficiente como para preguntar más. Él había estado esperando un gesto, algo que rompiera la barrera invisible entre ellos. Pero nada sucedió. Ella siguió con su tarea, con el mismo aire de indiferencia que la había acompañado durante las últimas semanas.

Carlos dejó escapar un suspiro silencioso, tan leve que casi no se notó. No quería ser cruel, no quería enfrentarse a la realidad de lo que había en su matrimonio, pero lo sentía. Era inevitable. La chispa que una vez los unió parecía haberse apagado, y todo lo que quedaba era un vacío que no sabían cómo llenar.

Sofía colocó los platos sobre la mesa, uno frente a él, otro frente a ella. Los cubiertos, perfectamente alineados. La cena, tal como siempre. Pero nada de lo que estaba frente a Carlos lo llenaba. No podía dejar de pensar en lo lejos que estaban el uno del otro. Incluso el silencio que había entre ellos ahora era pesado, denso, como una carga que ninguno de los dos quería llevar, pero que parecía imposible de soltar.

Sentados en la mesa, la conversación, si es que se le podía llamar conversación, fue escasa. Sofía preguntó sobre los avances de su trabajo, pero en su tono no había verdadera curiosidad, solo una formalidad que ya se había vuelto costumbre. Carlos respondió con frases cortas, sin más detalles, sin ganas de profundizar. No sabía si era él quien se había vuelto un extraño, o si era ella quien ya no sabía cómo llegar a su corazón. Pero algo en su interior le decía que lo de ellos ya no tenía remedio.

Después de unos minutos de comer en silencio, Sofía rompió la quietud.

-Carlos, hay algo que necesito hablar contigo -dijo, su voz sonando más seria de lo habitual.

Carlos la miró, un poco sorprendido, porque hacía tiempo que no escuchaba esa expresión en su voz. La última vez que Sofía le había hablado con seriedad había sido cuando intentaron discutir su futuro, pero incluso esa conversación terminó rápidamente en un silencio incómodo.

-¿De qué se trata? -preguntó Carlos, consciente de que no podía evitar la sensación de tensión en el aire.

Sofía lo miró por un momento largo, casi como si estuviera calculando sus palabras, buscando la forma de decir lo que llevaba meses guardando.

-Creo que tenemos que hablar sobre lo que está pasando entre nosotros. -Su voz sonaba más fría que nunca, más distante de lo que Carlos habría imaginado.

Carlos se quedó en silencio, su tenedor suspendido en el aire. Ya sabía a qué se refería. Habían hablado de eso antes, sin llegar a ninguna conclusión, sin querer enfrentar la realidad. Sofía siempre había sido una mujer que prefería evadir los problemas hasta que ya no quedaba opción, hasta que el daño era tan grande que no podía ignorarlo más.

-¿De qué estás hablando, Sofía? -preguntó él, tratando de sonar más tranquilo de lo que realmente se sentía. Su estómago se había encogido al escuchar esas palabras. La familiaridad de la conversación lo hacía sentir impotente.

Sofía suspiró, poniéndose más seria, aunque sus ojos no mostraban ira ni frustración, sino una profunda tristeza que él reconoció, pero que nunca supo cómo interpretar.

-Carlos, ¿alguna vez te has detenido a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí? -preguntó ella, su tono bajo y melancólico.

Carlos miró a Sofía, intentando comprender si en sus palabras había alguna expectativa, alguna esperanza de cambio. Pero sabía que no era así. Ella no quería cambios, ella ya había decidido que lo que quedaba entre ellos no valía la pena.

-Lo sé, Sofía. -Carlos dejó el tenedor sobre el plato y se reclinó en su silla, como si hubiera tomado una decisión. El peso de la situación le cayó de golpe. -Sé que no hemos estado bien últimamente. Pero... ¿qué quieres que haga? Ya no sé cómo salvar esto.

Sofía lo observó fijamente, como si estuviera buscando algo en sus ojos, algo que ya no estaba allí.

-No sé si se puede salvar, Carlos. -Su voz era apenas un susurro. -Creo que hemos llegado a un punto donde ya no sabemos quiénes somos el uno para el otro. Y lo peor es que, a veces, creo que ni siquiera nos importa.

Carlos sintió un dolor profundo en el pecho. Las palabras de Sofía no eran una acusación, pero eran un golpe directo a su alma. Él había sabido, en el fondo de su ser, que las cosas no estaban bien, pero siempre había tratado de evadirlo. Se había concentrado tanto en su carrera, en las demandas del día a día, que había ignorado las señales de que su matrimonio se estaba desmoronando.

La idea de perder a Sofía, aunque distante, le dolía más de lo que quería admitir. Había estado tan ocupado con su éxito, con el constante ritmo frenético de su vida laboral, que había dejado de ver a la mujer que alguna vez lo había amado. O, tal vez, ella también había cambiado. Tal vez había dejado de amarlo antes de que él se diera cuenta.

-Entonces, ¿qué hacemos ahora? -preguntó Carlos, su voz ronca, como si le costara sacar las palabras. -¿Dejamos que esto siga como está? ¿O intentamos hacer algo, aunque sea un esfuerzo, para ver si podemos arreglarlo?

Sofía cerró los ojos, como si tratara de encontrar una respuesta dentro de sí misma. Después, lentamente, sacudió la cabeza.

-No sé si podemos hacer algo, Carlos. Y no sé si quiero seguir luchando por esto. La verdad es que me siento vacía. Y no sé si quiero pasar el resto de mi vida así, intentando hacer algo funcionar cuando ya no queda nada.

Carlos tragó saliva. La sinceridad de las palabras de Sofía lo golpearon con fuerza. La frialdad con la que lo dijo, sin lágrimas, sin rabia, solo un profundo vacío, lo hizo darse cuenta de lo lejos que habían llegado. Ella había dejado de luchar. Y él... él ya no sabía cómo luchar por ella.

Ambos se quedaron en silencio, sin saber qué decir o hacer. Sofía se levantó de la mesa sin decir nada más y se retiró a su habitación. Carlos permaneció sentado en la oscuridad de la sala, mirando la mesa, el plato intacto frente a él, el mismo escenario que había visto tantas veces antes. Pero esta vez, algo era diferente. Ya no había esperanza en el aire. La distancia que existía entre ellos no podía ser ignorada más.

Carlos se quedó allí, inmóvil, escuchando el sonido de su propio respiración, enfrentando por primera vez la verdad que había estado evitando durante tanto tiempo: su matrimonio estaba terminado.

La pregunta ahora era, ¿cómo seguir adelante cuando todo lo que había conocido se desmoronaba?

Capítulo 3 La Secretaria Eficiente

Carlos Montoya había comenzado a notar la presencia de Claudia Rodríguez con más frecuencia en los últimos meses, aunque ella siempre había estado ahí, en un segundo plano. Su papel como secretaria ejecutiva de Carlos estaba claro: eficiente, discreta y profesional. Sin embargo, algo en su manera de moverse por la oficina, su habilidad para anticiparse a las necesidades del CEO y la rapidez con la que resolvía los problemas de último minuto, le había llamado la atención de una forma que no podía ignorar. Claudia no era solo una secretaria.

Era la pieza fundamental que mantenía la maquinaria de su vida profesional funcionando sin problemas, como un engranaje preciso y eficaz.

Carlos la había contratado hace un par de años, poco después de que su asistente anterior se hubiera retirado. En ese entonces, él pensó que Claudia era simplemente una joven brillante con una ética de trabajo impecable. Pero en los últimos tiempos, la percepción de Carlos había cambiado. Había algo en ella que despertaba una curiosidad que no podía explicar.

Claudia, con su cabello oscuro y su mirada aguda, nunca parecía estar fuera de lugar. Siempre vestía con sobriedad y estilo, con una elegancia discreta que no pasaba desapercibida. Cada vez que entraba en su oficina, con su paso firme y su aire sereno, Carlos notaba cómo su presencia llenaba el espacio, no con estridencia, sino con una sutil autoridad que solo algunas personas poseían. No se trataba de una belleza deslumbrante, sino de una presencia tranquila, controlada, como si estuviera completamente en sintonía con el entorno que la rodeaba.

Ese día, como todos los demás, Carlos llegó temprano a su oficina. Había pasado una noche complicada, entre pensamientos de su matrimonio y los nuevos dilemas que surgían a diario en su vida profesional. Necesitaba encontrar algo de enfoque, algo que lo sacudiera de la desgana que sentía al enfrentar su vida personal. Su mirada fue directamente a la pantalla de su computadora, pero en el fondo sabía que no sería capaz de concentrarse hasta que tuviera una charla con Claudia. Había algo en ella que lo tranquilizaba, aunque no entendía bien qué.

A las 8:00 a.m. exactas, como siempre, Claudia entró en su oficina. Llevaba un vestido de líneas sencillas y elegantes, con su cabello recogido en una coleta alta. Se detuvo por un momento en la puerta, dándole tiempo para que la viera. A pesar de lo inquebrantable que era en su trabajo, había algo en la manera en que Claudia siempre lo miraba que dejaba entrever una pequeña chispa de simpatía, una compasión discreta que no podía ser ignorada.

-Buenos días, señor Montoya -dijo Claudia con su voz suave y precisa.

-Buenos días, Claudia -respondió Carlos, levantando la vista por fin de la pantalla de su computadora. Ella había sido siempre eficiente, pero hoy notó algo más en su expresión. Tal vez fue la ligera preocupación que vio en sus ojos al verlo llegar tan temprano o quizás la sutil forma en que se adelantó para entregarle un café recién hecho, tal como le gustaba. En ese momento, Carlos sintió una ligera incomodidad, un pensamiento fugaz que no supo cómo interpretar.

Claudia le entregó la taza sin decir nada más, como si hubiera leído en su rostro que no necesitaba más palabras. En su trabajo, era experta en leer las personas, en saber cuándo alguien necesitaba espacio o cuándo lo que se requería era una intervención rápida. En todo lo relacionado con su empleo, Claudia era impecable. Desde las tareas más simples, como organizar su agenda, hasta los detalles más complejos de la empresa, como coordinar reuniones con altos ejecutivos. Nada se le escapaba, nada parecía fuera de su alcance.

Carlos tomó el café y se recostó en su silla, mirando a Claudia por encima del borde de su taza.

-Claudia, ¿cómo logras siempre tener todo tan organizado? -preguntó él, con una media sonrisa. Era una pregunta sincera, aunque él sabía que no podría obtener una respuesta directa.

Claudia sonrió brevemente, pero sin una pizca de arrogancia. No era su estilo.

-Es una cuestión de prioridades, señor Montoya. Y de práctica. -La respuesta fue breve, pero cargada de una sabiduría que Carlos no podía dejar de notar. Había algo en su calma que lo fascinaba.

-Siempre me sorprende tu eficiencia. -Carlos se inclinó hacia adelante, dejando la taza sobre la mesa. -Eres una pieza fundamental para todo lo que hacemos aquí.

Claudia asintió sin perder su compostura, su actitud reservada y profesional nunca flaqueando. Su modo de operar era siempre impecable, y aunque él sabía que era una profesional en todos los aspectos, Carlos no podía evitar pensar que había algo más en ella. Tal vez esa misma eficiencia escondía algo más: una capacidad de manejar situaciones más complejas de lo que la mayoría de la gente pensaba.

-Gracias, señor Montoya. Es mi trabajo -respondió Claudia con una sonrisa ligera, pero sin mucha más emoción.

Carlos observó por un momento cómo Claudia comenzaba a preparar los documentos para la primera reunión del día. Su habilidad para anticiparse a lo que él necesitaba lo dejaba sin palabras a veces. No importaba lo complejo de la situación, Claudia siempre tenía una solución. No solo era competente, sino que tenía una discreción natural que la convertía en una persona invaluable para él. A diferencia de muchas personas en su vida, ella nunca lo presionaba para hablar de temas personales, nunca lo juzgaba. Pero lo observaba con una perspicacia sutil que Carlos no podía evitar notar. Algo en su mirada lo entendía de una manera que ni su esposa ni sus colegas eran capaces de hacer.

En ese momento, Carlos sintió una ligera incomodidad. ¿Qué era lo que lo atraía de Claudia? No era algo evidente. Ella nunca había cruzado las líneas profesionales. Siempre había sido perfecta en su rol, y su relación con él había sido estrictamente laboral. Pero, al igual que con todo lo demás en su vida en este momento, algo se sentía diferente. Era como si la rutina, que lo había envuelto durante años, estuviera comenzando a romperse, y Claudia, en su quietud, en su capacidad de entenderlo sin decir una palabra, había comenzado a ocupar un lugar en su mente.

A lo largo de la mañana, Claudia le presentó los informes de la junta que debía presidir, organizó su agenda para la tarde y gestionó un par de llamadas urgentes que llegaron de clientes internacionales. Todo sucedió con una fluidez que parecía inalcanzable para cualquiera que no estuviera tan metido en los detalles del negocio. Cada vez que Carlos la observaba, notaba que sus movimientos eran rápidos, pero siempre controlados. Nunca parecía fuera de lugar, nunca parecía estar bajo presión, aunque él sabía que su carga de trabajo era enorme.

En una pausa entre las reuniones, cuando Claudia regresó a la oficina de Carlos con un archivo adicional, él no pudo evitar soltar un comentario más personal.

-Claudia... -dijo, con el tono más relajado que había usado con ella en mucho tiempo-, ¿alguna vez te cansas de ser tan... eficiente?

Claudia se detuvo por un segundo, mirando a Carlos sin perder su compostura. Una leve sonrisa apareció en sus labios, casi imperceptible.

-No, señor Montoya. Es mi naturaleza. Aunque... -hizo una breve pausa-, a veces también me gustaría que las cosas fueran un poco menos predecibles.

Carlos no pudo evitar una ligera sonrisa ante su respuesta. Era una rara muestra de vulnerabilidad por parte de ella. Era casi como si, por un breve momento, Claudia hubiera dejado escapar una parte de su ser, algo más allá de la imagen que proyectaba como la secretaria perfecta. Carlos no sabía si eso significaba algo más, pero la pequeña chispa de curiosidad se encendió dentro de él una vez más.

En esos momentos de aparente calma, mientras las horas pasaban rápidamente entre llamadas, correos electrónicos y reuniones, Carlos no podía dejar de pensar en la mujer que estaba frente a él. Claudia no era solo una secretaria; era una constante, un pilar que sostenía el caos a su alrededor. Y de alguna manera, sin quererlo, ella había comenzado a ocupar un lugar en su mente de una manera que nunca había anticipado.

Por supuesto, Carlos sabía que no podía permitirse pensar en ella de esa manera. Sabía que había líneas profesionales que no debía cruzar. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar preguntarse: ¿qué pasaría si alguna vez esa fina línea entre lo profesional y lo personal se desdibujara?

Y lo que más le preocupaba era que, en el fondo, ya sabía la respuesta.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022