En un mundo donde las expectativas de la belleza parecen dictar la dirección de la vida de una mujer, Nelly Arriaga siempre se sintió fuera de lugar. Su figura curvilínea, lejos de ser un estigma, era su sello de identidad. Creció rodeada de prejuicios, de miradas furtivas y susurros detrás de su espalda, todo porque no encajaba en el molde de lo que la sociedad consideraba "hermoso". A pesar de la presión constante para encajar, Nelly nunca dejó que las críticas socavaran su confianza. Sabía que su fuerza residía en lo que era, no en lo que los demás querían que fuera.
El aroma del café recién hecho impregnaba la estancia cuando Nelly dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. El líquido oscuro tembló en la porcelana, igual que su corazón en el pecho. Su madre la observaba con una expresión tensa, los labios presionados en una línea delgada, como si estuviera a punto de pronunciar una sentencia inapelable.
Nelly ya tenía una idea de lo que su madre estaba por decir, no era una tonta que no sabía nada, aunque tuviera que aceptar las imposiciones de sus padres. Suspiró profundamente, preparándose para lo que venía.
-Ya deja el rodeo, mamá, ¿dime qué es lo que tienes por decir de una vez? -sentenció Nelly, ya cansada de ver a su madre buscar las palabras correctas.
-En dos días, se anunciará tu compromiso -dijo su madre con seriedad, como si eso fuera suficiente para que Nelly tuviera que aceptar la noticia.
-¿Mi compromiso? Si no tengo novio aún, ¿cómo voy a tener una fiesta de compromiso? -preguntó ella en tono burlón, aunque la bilis le subía por la garganta.
-Ya habíamos hablado de esto, Nelly.
-No lo acepto -replicó Nelly con firmeza-. Quedamos en que me casaba este año, pero yo elegía, y aún no me presentan a los candidatos.
-La familia Cisneros es la mejor opción, Nelly. Ya es una decisión tomada.
El eco de esas palabras se estrelló contra su pecho como una ola helada. Nelly sintió la sangre helarse en sus venas.
-¿Me estás diciendo que... me tengo que casar con un hombre que ustedes eligieron? ¿En qué siglo estamos, Doris? -Su voz salió rasposa, incrédula.
-Respeta a tu madre, Nelly -habló su padre con voz ronca y fuerte, la mirada fija en su hija.
-El peor error que cometió mi abuelo fue nombrarse su heredera y exigir que me case para recibir todo -resopló Nelly, sintiendo la rabia crecer en su interior. No era como si le importara mucho el dinero, sino que sus padres no la dejarían en paz, no permitirían que sus tíos reclamaran la herencia al ver que ella no se casaba.
Su padre, sentado en la cabecera de la mesa, dejó escapar un suspiro y se pasó una mano por el rostro. Sus ojos, normalmente duros, parecían evitar los de su hija.
-Es lo mejor para la familia -murmuró, sin mirarla directamente.
Nelly soltó una carcajada ácida. El aire se volvió denso, como si la casa misma conspirara para encerrarla en esa absurda realidad.
-¿Y qué hay de lo que yo quiero? ¿Y no comiencen con que no es un buen futuro para mí? -preguntó, cruzándose de brazos, como si ese gesto pudiera sostenerla de pie.
-A veces, querer no es lo importante -sentenció su madre con frialdad-. Es lo que se necesita.
-Eso lo decidirá tu esposo -dijo su padre, y Nelly negó con la cabeza riendo, sintiendo la ironía de la situación.
El reloj en la pared marcó un segundo eterno. Nelly sintió una opresión en el pecho, como si un peso invisible la aplastara contra el suelo.
-¿Y quién es el afortunado? -preguntó Nelly, con una sonrisa amarga, sabiendo que la respuesta no le gustaría.
-Adrián Cisneros.
El nombre cayó sobre la mesa como una piedra pesada. Frío, imponente. Nelly parpadeó, intentando recordar lo poco que sabía de él: un empresario exitoso, distante, de esos hombres que parecen esculpidos en hielo. Un escalofrío recorrió su espalda.
-No es mi tipo -espetó, sintiendo una mezcla de rabia y miedo.
Su madre se enderezó, alisando las arrugas invisibles de su blusa.
-Tampoco tú eres el suyo.
El comentario fue un golpe directo, pero Nelly solo sonrió, afilada como un cuchillo.
-Gracias por el cumplido, madre.
-No es eso, hija...
-Genial, estaré en un matrimonio de ensueño -la interrumpió Nelly, sarcástica.
La rabia hervía en su estómago, pero bajo esa furia, muy en el fondo, un miedo sordo comenzó a enredarse en su pecho. Porque sabía que, en su mundo, lo que su familia decidía era ley. Y porque, aunque jamás lo admitiría en voz alta, no estaba segura de poder salir de esa... sin perderse en el intento.
Nelly necesitaba aire fresco, un respiro de la atmósfera opresiva de su casa. Llamó a su mejor amiga, Lucía, y quedaron en tomar un café en su lugar favorito, "El Rincón de Emma". Un lugar acogedor, con mesas de madera rústica y un aroma embriagador a café recién hecho.
Al llegar, Lucía ya la estaba esperando, sentada en una mesa junto a la ventana. Su sonrisa cálida y sus ojos brillantes siempre lograban animar a Nelly, incluso en los peores momentos.
-¡Nelly! ¡Qué bueno verte! -exclamó Lucía, levantándose para abrazarla.
-Hola, Lu -respondió Nelly, sintiendo un leve alivio al ver a su amiga.
Se sentaron y pidieron dos cafés. El silencio inicial fue cómodo, como el de dos amigas que se conocen a la perfección.
-¿Cómo estás? -preguntó Lucía, observando a Nelly con atención.
-Pues... -Nelly dudó un momento, sin saber cómo abordar la noticia-. Tengo algo que contarte.
-¿Qué pasa? ¿Todo bien? -preguntó Lucía, preocupada.
Nelly respiró hondo y soltó la bomba:- ¡Me caso!
La reacción de Lucía fue una mezcla de sorpresa y preocupación.
-¡No me digas! ¿Con quién?
-Con... Adrián Cisneros -respondió Nelly, observando la expresión de su amiga.
La sonrisa apenas visible de Lucía se desvaneció al escuchar el nombre.
-¿Adrián Cisneros? -Pregunto como si buscara que Nelly le dijera que no era el Cisneros que ella se imaginaba.
-Sí -respondió Nelly, -. Yo también quedé así.
-Bueno... -Lucía dudó un momento, buscando las palabras adecuadas-. Has escuchado los rumores... sobre su exnovia y su hermano.
-¿Qué tipo de rumores? -preguntó Nelly, sintiendo una punzada de curiosidad.
-Al parecer, Karina Lugo y Adrián tuvieron una relación muy intensa -comenzó Lucía-. Y, según dicen, el hermano de Adrián se metió en la relación, eso provocó que él se cerrara a otra relación y es por eso que su padre buscaba una esposa.
Nelly se quedó en silencio, procesando la información. No sabía qué pensar. ¿Qué clase de relación tendría con Adrián? ¿Sería él un hombre frío y distante marcado por la traición?
-No me preocupa -dijo Nelly, tratando de convencerse a sí misma-. No me voy a dejar intimidar por él. Tampoco me mantendrá encerrada.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Lucía, confundida.
-Que no voy a ser una esposa sumisa como mis padres creen -respondió Nelly con determinación-. Voy a hacer lo que me dé la gana. Le haré la vida imposible hasta que decida qué hacer con su vida.
Lucía la miró con una mezcla de admiración y preocupación.
-Nelly, no te metas en problemas -le advirtió-. No sabes cómo es Adrián Cisneros.
-No me importa -replicó Nelly-. No voy a permitir que nadie me diga lo que tengo que hacer. Es suficiente con que me arrebaten mi libertad.
El resto de la tarde transcurrió entre risas y confidencias. Nelly necesitaba ese momento de distracción, de libertad. Pero la conversación con Lucía había dejado una semilla de duda en su interior. Vivir con un hombre que seguía sufriendo por su pasado, no sería para nada fácil.
Al llegar a casa, Nelly se encontró con sus padres en la sala de estar.
-¿Dónde estabas? -preguntó su madre con tono de reproche.
-Tomando un café con una amiga -respondió Nelly, sin mirarla a los ojos.
-Más te vale comportarte -le advirtió su padre-. Recuerda que tu compromiso es en dos días.
Nelly asintió sin decir nada y se dirigió a su habitación.
Al cerrar la puerta, se dejó caer en la cama y suspiró. Escuchar sobre el pasado de Adrián le había afectado más que La noticia de su compromiso, aunque no lo quisiera admitir. Pero no iba a permitir que nadie la controlara. Iba a demostrarles a todos que ella era dueña de su propio destino aun estando casada.
El sonido de la lluvia golpeando los ventanales era lo único que rompía el silencio en la lujosa oficina de Adrián Cisneros. La luz tenue de la lámpara de escritorio proyectaba sombras alargadas en las paredes, dándole a la habitación un aire sombrío, casi lúgubre. Él estaba sentado en su imponente silla de cuero, la mirada fija en la pantalla del ordenador, pero su mente estaba lejos... atrapada en un pasado que nunca lo soltaba del todo.
Creció en una casa grande, pero fría. No fría por el clima, sino por la ausencia de calidez. Su padre, Eduardo Cisneros, era un hombre de negocios duro, implacable. Un hombre que medía el valor de las personas por su utilidad. Su madre, Patricia, había sido una presencia casi fantasmagórica, sumisa a los deseos de su esposo, siempre con la mirada perdida y las palabras atrapadas en la garganta.
Una cena cualquiera, años atrás...
-Los hombres no se quiebran, Adrián -gruñó Eduardo, dejando su copa de vino sobre la mesa con un golpe seco.
Adrián, de apenas diez años, apretó los labios y miró su plato, sintiendo que cualquier palabra que dijera solo empeoraría las cosas. A su lado, su hermano Alan, de solo cinco años, jugaba nerviosamente con los bordes de su servilleta, evitando la mirada de su padre.
-No quiero excusas, solo resultados. ¿Es tan difícil de entender? -insistió Eduardo, con la mirada fija en su hijo.
Adrián asintió sin levantar la vista. Sabía que no debía mostrarse débil. Su padre odiaba la debilidad.
Patricia suspiró y posó una mano temblorosa sobre la de su esposo.
-Eduardo... es solo un niño.
-No. -Él apartó su mano con brusquedad-. Es mi heredero. Y no voy a criar a un inútil.
Adrián tragó en seco. En ese momento, supo que no importaba cuánto se esforzara; para su padre, nunca sería suficiente.
De vuelta al presente...
Adrián pasó una mano por su mandíbula, sintiendo la tensión acumulada en cada músculo. Su infancia había sido un entrenamiento constante para ser el hombre que ahora era: frío, metódico, incapaz de permitirse el lujo, de sentir demasiado, y otro suceso lo terminó de sumir en ese estado.
El sonido de su teléfono lo sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla: Alan.
Exhaló con frustración antes de responder.
-No es un buen momento.
-Nunca es un buen momento contigo -respondió su hermano, con un tono de resentimiento velado-. Solo quería recordarte que no eres el único que tuvo una infancia difícil, Adrián. No uses eso como excusa para encerrarte en tu mundo perfecto y vacío.
-No necesito que me psicoanalices.
-No, claro que no -su voz sonaba cargada de sarcasmo-. Pero tal vez sí necesitas recordar que, si sigues viviendo para cumplir expectativas ajenas, vas a terminar como tu padre.
Un latigazo de rabia le recorrió el cuerpo.
-No vuelvas a compararme con él.
-Entonces deja de actuar como él. Y ya olvida lo que pasó con esa mujer, te hice un gran favor.
La línea se cortó. Adrián se quedó con el teléfono en la mano, la mandíbula tensa. No era su padre. No cometería sus errores. Y, sin embargo, esa voz en su cabeza nunca dejaba de recordarle que, a veces, la sangre pesa más que las intenciones. Aunque Alan no le creyera, había perdonado lo que pasó, pero no olvidaba, eso era muy difícil.
Miró su reflejo en el vidrio de la ventana. Un hombre impecable, con traje a medida, con el mundo a sus pies. Pero, si miraba lo suficiente... aún podía ver al niño que intentaba demostrar que era digno de ser amado.
Y no estaba seguro de haberlo logrado. Aunque su padre le dijera lo contrario.
Sus recuerdos y pensamientos dolorosos fueron interrumpidos nuevamente, esta vez eran unos toques en la puerta. Adrián dio el pase y vio que se trataba de su padre.
-Padre -saludó Adrián sin ninguna expresión en su rostro, la voz carente de calidez.
-Te di la oportunidad de elegir a tu futura esposa, aun así no pusiste interés -habló su padre, Eduardo Cisneros, tirando una carpeta sobre el escritorio con un golpe seco. El sonido resonó en la oficina, enfatizando la frialdad del ambiente.
Adrián abrió la carpeta sin responder nada a su padre, su ceño se frunció al ver a una mujer curvilínea pero muy hermosa en esas fotos. La observó detenidamente, analizando cada detalle de su rostro, su cuerpo, su expresión. Luego, pasó a la siguiente página, donde se detallaba su información personal.
-Imaginé que elegirías una empresaria -continuó Eduardo-. Aquí solo dice que es heredera, estudió Lengua y Literatura, Escritura Creativa y está estudiando Filosofía y Psicología. -Adrián leyó cada línea muy incrédulo.
¿Qué tanto estudiaba esa mujer? ¿Quién en su sano juicio estudiaba tanto y no ejercía?
-Ella solo necesita un esposo para cobrar la herencia, y sus padres nos vieron como una buena opción -explicó Eduardo, como si estuviera hablando de un negocio más.
-¿Ella aceptó sin problema? -indagó Adrián, sintiendo curiosidad por la respuesta.
-Digamos que por su rebeldía no le quedó de otra -respondió su padre con una sonrisa maliciosa.
Adrián suspiró, escuchar a su padre decir que era una mujer rebelde, ya le daba dolor de cabeza. Se imaginó a una mujer contestona, desafiante, que no se dejaría manipular por nadie. Una mujer muy diferente a lo que él estaba acostumbrado.
-¿Qué pasa si no me gusta? -preguntó Adrián, sintiendo una punzada de fastidio.
-No tienes opción -respondió su padre con frialdad-. Es la mejor opción para la familia.
-Siempre es lo mejor para la familia -murmuró Adrián con sarcasmo.
-Así es -afirmó su padre sin inmutarse-. Y tú, como mi hijo, tienes la responsabilidad de cumplir con tu papel.
-¿Cuándo es la boda? -preguntó, cerrando la carpeta y dejándola sobre el escritorio.
-En dos semanas, antes, debes conocerla -respondió su padre-. Quiero que todo esté perfecto.
-Como usted diga -respondió Adrián, sin ninguna emoción en su voz.
Su padre asintió y salió de la oficina, dejando a Adrián solo con sus pensamientos.
Se sirvió un whisky y se sentó en su silla, mirando las fotos de Nelly en la carpeta. Era hermosa, no podía negarlo. Pero su rebeldía lo preocupaba. ¿Cómo sería su vida con una mujer así? ¿Sería capaz de controlarla?
Suspiró y bebió un sorbo de whisky. No quería pensar en el matrimonio, no ahora. Tenía muchas cosas en qué pensar, como la empresa, su familia, su pasado...
Pero la imagen de Nelly seguía presente en su mente. Su rostro angelical, su sonrisa desafiante, su mirada inteligente.
No entendía por qué su padre insistía en que se casara con una mujer que no conocía, una mujer que no encajaba en su mundo, ni siquiera en sus gustos. Él siempre había sido un hombre de negocios, un hombre que valoraba la eficiencia y la practicidad. ¿Qué sentido tenía casarse con una mujer que solo buscaba el dinero?
Suspiró y se levantó del escritorio. Caminó hacia la ventana y observó la ciudad desde su oficina en el piso 20. La lluvia seguía golpeando los cristales, creando un sonido relajante.
Pensó en su vida, en su infancia, en su padre. Él no quería ser como su padre, no quería ser un hombre frío y calculador. Pero, al mismo tiempo, sentía la presión de cumplir con las expectativas de su familia, de mantener el legado de los Cisneros.
La idea de pasar el resto de su vida con una mujer que no amaba lo aterraba. Tampoco era como si quisiera encontrar el amor, ya no creía en eso, pero sí quería tener una familia, quizás quería ser feliz. Pero, ¿era eso posible en su mundo?
Sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos. No podía permitirse dudar, no ahora. Tenía que ser fuerte, tenía que cumplir con su papel.
Pero, en el fondo, una pequeña voz le decía que tal vez, solo tal vez, había otra opción. Renunciar al legado Cisneros y hacer una vida como CEO de su propia empresa. Aunque la imagen de su madre, cuando le pidió que no dejara solo a su padre, lo hacían olvidar todo.
El restaurante privado en el último piso del hotel más exclusivo de la ciudad estaba diseñado para impresionar. Luces tenues, una vista panorámica de la metrópoli iluminada y un ambiente tan refinado que parecía sofocante. Nelly se ajustó el escote de su vestido rojo, cruzando las piernas con despreocupación mientras tamborileaba los dedos contra la mesa de madera oscura.
No estaba nerviosa. Estaba furiosa.
La habían obligado a estar allí, a encontrarse con un hombre que solo conocía por los medios y que, según su madre, era "una oportunidad que no podía desaprovechar".
Como si ella fuera un negocio.
Levantó la copa de vino blanco y bebió un sorbo justo cuando la puerta de la sala privada se abrió.
Adrián Cisneros entró sin prisa, con la seguridad de alguien que está acostumbrado a que el mundo se acomode a su voluntad. Su traje negro impecable parecía hecho para complementar su porte rígido y su expresión impasible. Nelly lo escaneó sin ninguna vergüenza, se podía decir que sería muy envidiado por muchas mujeres. Adrián caminó y cuando sus ojos la encontraron, apenas si mostró una reacción.
Un vistazo rápido. Un juicio silencioso.
Nelly conocía esa mirada. La había visto demasiadas veces antes frente a las cámaras.
"No eres lo que esperaba".
La diferencia era que a ella no le importaba.
-Llegas tarde -dijo Nelly, inclinando la cabeza con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
Adrián se sentó frente a ella con movimientos calculados, deslizándose en su asiento sin prisa. Fijó su mirada en ella y pudo apreciar mejor esa mirada inteligente y calculadora.
-No suelo hacer esperar a la gente...
-Entonces debo ser especial -interrumpió con sarcasmo-. Ya llevo casi una hora aquí.
Un silencio tenso se instaló entre los dos mientras el mesero servía el vino en la copa de Adrián. Él lo tomó con elegancia, pero no bebió de inmediato. Sus ojos la recorrieron con una precisión casi quirúrgica.
-¿Cuánto sabes de mí? -preguntó con voz baja, firme.
Nelly se apoyó en el respaldo de la silla, jugando con el tallo de su copa.
-Lo suficiente para saber que esto no es tu idea -respondió, con una sonrisa ladeada-. Y que tampoco eres mi tipo.
Adrián alzó una ceja. Rebelde era poco, Nelly demostraba que era de armas tomar.
-No veo por qué eso, importe. No estamos aquí por atracción, sino por conveniencia.
-Qué romántico -Nelly rodó los ojos-. Me alegra ver que no eres del tipo que endulza las cosas.
-No veo el sentido de perder el tiempo con falsedades.
-Vaya, pues déjame ahorrártelo, entonces -se inclinó ligeramente hacia él-. No pienso convertirme en la esposa decorativa que esperas.
Adrián la observó en silencio por un momento antes de apoyar los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.
-Y yo no pienso ceder un solo centímetro de mi vida para acomodarme a tus ideas de libertad o alguna exigencia.
El aire se volvió denso entre ellos. Dos voluntades opuestas, chocando como espadas afiladas.
Nelly sonrió primero, pero esta vez fue un gesto genuino. Un destello de desafío en sus ojos.
-Entonces esto va a ser muy interesante.
Adrián tomó un sorbo de su vino, imperturbable.
-Sin duda -dijo Adrián viéndola directamente a los ojos, con gran interés de verla tan segura.
Ninguno de los dos era capaz de decir en voz alta la verdad, ya se habían dado cuenta en esa primera reunión: que se subestimaron mutuamente. Y eso solo haría el juego aún más peligroso.
Mientras que en la elegante sala de estar de la mansión, Cisneros irradiaba un aire de opulencia y poder. Los muebles de caoba pulida brillaban bajo la luz de los candelabros de cristal, y la chimenea de mármol crepitaba suavemente, llenando el ambiente con un calor reconfortante. Eduardo Cisneros, un hombre de negocios imponente y de mirada penetrante, estaba sentado en un sillón de cuero, sosteniendo una copa de whisky en su mano. Frente a él se encontraban los padres de Nelly, Doris y Roberto, visiblemente nerviosos ante la presencia del patriarca.
-Agradezco que hayan aceptado mi invitación -comenzó Eduardo con voz grave, rompiendo el silencio que reinaba en la sala-. Mi hijo Adrián y su hija Nelly están destinados a unirse en matrimonio.
Doris asintió con la cabeza, mientras que Roberto permanecía en silencio, con la mirada fija en él.
-Mi hijo es un hombre ocupado, pero estoy seguro de que sabrá cumplir con sus obligaciones conyugales -continuó Eduardo-. Sin embargo, deseo que este matrimonio sea más que una simple unión de conveniencia. Quiero que mis nietos crezcan en un hogar estable y lleno de amor.
Doris sonrió tímidamente, buscando apoyo en su esposo.
-Nelly es una mujer rebelde, pero estoy seguro de que sabrá comportarse como una esposa, debe hacerlo -añadió Roberto, con un tono de voz controlado.
Eduardo frunció el ceño.
-No me interesa una esposa sumisa -replicó con firmeza-. Quiero una mujer fuerte, que tenga sus propias opiniones y que no tenga miedo de enfrentarse a nadie. No por nada elegí a Nelly.
Doris y Roberto se miraron sorprendidos. No esperaban esa reacción por parte de Eduardo.
-Nelly es una mujer inteligente y con carácter, muy difícil de controlar... -dijo Doris-. Pero estoy segura de que sabrá ser una buena compañera para su hijo.
-Eso espero -respondió Eduardo-. Porque no toleraré ninguna falta de respeto hacia mi hijo.
Un silencio incómodo se instaló en la sala. Doris y Roberto no sabían qué decir.
-Confío en que este matrimonio será beneficioso para ambas familias -dijo Eduardo finalmente, levantándose de su sillón-. Ahora, si me disculpan, tengo asuntos que atender.
Doris y Roberto se levantaron también y se despidieron de Eduardo con una reverencia. Al salir de la mansión Cisneros, ambos suspiraron aliviados.
-¿Crees que Nelly cumpla con lo que Cisneros quiere? -preguntó Doris, nerviosa.
-No me confío, pero me interesa que Nelly esté casada por un año o la herencia pasará a manos de mi hermano -respondió Roberto-. Eduardo Cisneros es un hombre impredecible, necesitaremos hablar con Nelly.
Doris asintió con la cabeza.
-Sí, pero me preocupa su rebeldía -dijo Roberto-. No quiero que arruine este matrimonio por su comportamiento.
-No te preocupes -replicó Doris-. Yo me encargaré de que Nelly se comporte como debe ser.
Roberto suspiró.
-Espero que tengas razón.
Mientras tanto, la cena entre Nelly y Adrián transcurría con una tensión palpable. A pesar de la elegancia del lugar y la exquisitez de la comida, ambos se sentían incómodos, como si estuvieran representando un papel que no les correspondía.
-No entiendo por qué aceptaste este matrimonio -dijo Nelly, rompiendo el silencio-. Se nota que no te hace feliz.
Adrián la miró con frialdad.
-No te metas en mis asuntos -respondió-. Tú tampoco estás muy contenta, ¿verdad?
Nelly sonrió con ironía.
-No me casaría contigo, ni aunque fueras el último hombre en la Tierra.
-El sentimiento es mutuo -replicó Adrián-. Pero ambos sabemos que no tenemos opción.
Un silencio incómodo volvió a instalarse entre ellos. Nelly jugueteaba con su copa de vino, mientras que Adrián observaba la ciudad a través del ventanal.
-¿Qué vas a hacer después de la boda? -preguntó Nelly, tratando de romper el hielo.
-Seguir con mi vida -respondió Adrián-. No pienso cambiar nada.
-¿Y yo? -preguntó Nelly-. ¿También seguiré con mi vida?
-Por supuesto -respondió Adrián-. Pero cada uno por su lado.
Nelly negó con la cabeza.
-No me parece -dijo-. Te seguiré a donde quieras que vayas.
Adrián se carcajeó, veía en Nelly una mujer difícil de controlar.
-Yo no espero que seas la mujer ideal -replicó Adrián-. Solo quiero que cumplas con tu papel.
-¿Y cuál es mi papel? -preguntó Nelly con sarcasmo.
-Ser la señora de Cisneros -respondió Adrián-. Y no meterte en mis asuntos.
Nelly soltó una carcajada.
-Eso no va a pasar -dijo-. No voy a ser tu florero, no me dejaré menospreciar y mucho menos humillar.
-Ya lo veremos -replicó Adrián-. Pero no te confíes.
La cena continuó en silencio, con ambos sumidos en sus pensamientos. Al terminar, Adrián se levantó y le ofreció su mano a Nelly.
-Te llevaré a casa -dijo.
Nelly aceptó su mano y ambos salieron del restaurante, Nelly no paraba de preguntar o comentar cosas que, más que molestarle a Adrián, le hacían reír.
No entendía la decisión de su padre en escoger a Nelly.