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El Caballero Escocés

El Caballero Escocés

Autor: : cibene
Género: Romance
Amor Traición e intriga en las tierras altas de Escocia

Capítulo 1 El Salvaje Escocés – Chapter 1

El Salvaje Escocés – Chapter 1

***

Norwood Park, Inglaterra. 1706

Cuando la señorita Lynetta Beauly retó a la señorita Margot Armstrong a que le revelara qué era lo que más le gustaba de los jóvenes caballeros que revoloteaban a su alrededor como moscas en torno a un panal, aparte, por supuesto, de una fortuna notable y de convenientes contactos... la señorita Armstrong fuenincapaz de recitar un solo nombre con un mínimo de confianza.

Porque le gustaban todos. Le gustaban los altos, los bajos, los anchos, los delgados. Le gustaban con empolvadas pelucas y con el pelo recogido en coletas naturales. Le gustaban a caballo y en carruaje, o recorriendo a pie los inmensos jardines de Norwood Park, donde ella residía con su padre y sus dos hermanos. Le gustaba la forma en que la miraban y le sonreían, la manera que tenían de reírse, echando la cabeza hacia atrás, de todas las cosas divertidas que ella les decía. Algo que, al parecer, hacía con bastante frecuencia, porque siempre había alguno que terminaba exclamando:

-¡Qué ingeniosa sois, señorita Armstrong!

A Margot le gustaban tanto los jóvenes caballeros que, con ocasión del decimosexto aniversario de Lynetta, convenció a su padre de que la permitiera dar un baile en Norwood Park, en honor de su querida amiga.

-¿Lynetta Beauly? -había preguntado su padre con un suspiro de aburrimiento, clavada la mirada en la última carta que traía noticias de Londres-. Todavía no la han presentado en sociedad.

-Pero lo harán esta Temporada -le había recordado Margot, esperanzada.

-¿Cómo es que sus padres no le organizan un baile? -había vuelto a inquirir su padre mientras se rascaba debajo de la peluca con la punta de una pluma de ganso.

-Papá, ya sabes que no tienen recursos...

-Tú personalmente tampoco los tienes, Margot. Yo soy la única persona en Norwood Park que posee los recursos necesarios para proporcionar un baile a esa joven, a la que por cierto no guardo especial aprecio -había sacudido la cabeza ante la absurdidad de la ocurrencia-. ¿Se puede saber por qué estás tan ilusionada con ese evento?

Margot, aparentemente, se había ruborizado. Lynetta solía decir que ese era uno de sus mayores defectos: que le resultaba imposible disimular lo que pensaba porque su delicada tez cambiaba de crema a rosa subido a la menor ocasión.

-Entiendo -había replicado su padre, perspicaz, y se había reclinado en su sillón, con las manos apoyadas sobre el vientre-. Algún joven caballero ha llamado tu atención. ¿Es eso?

Bueno... no iba a esforzarse por desmentir aquello, pero, en realidad, todos ellos habían llamado su atención. Se había puesto a juguetear con uno de sus rizos.

-Yo no diría tanto como eso -había mascullado mientras estudiaba los dibujos de la tapicería de brocado de las sillas del despacho de su padre-. En realidad no hay nadie en particular.

Su padre había sonreído.

-Muy bien. Diviértete. Da ese baile -había dicho, para despacharla luego con un gesto.

Pocas semanas después, todo el mundo en un radio de ochenta kilómetros a la redonda de Norwood Park arribaba a la zona, ya que era bien conocido que un baile allí no tenía rival en cuestión de suntuosidad y calidad de invitados, con la excepción de Mayfair, el distrito londinense.

Bajo cinco lámparas de cristal y pan de oro, resplandecientes cada una con decenas de velas de cera, jóvenes damas ataviadas con un asombroso despliegue de colores giraban por la pista de baile al animado son de los seis músicos traídos directamente de Londres. Sus peinados en forma de torres, verdaderas obras maestras de alambres y redecillas, se alzaban elegantes desafiando la ley de la gravedad. Sus parejas de baile, todos atractivos jóvenes de buenas familias, lucían sedas y brocados, con bordados de intrincado dibujo en sus casacas y chalecos. Llevaban pelucas recién empolvadas, y sus zapatos brillaban hasta reflejar el resplandor de las velas de las lámparas.

Bebían champán francés embargado, cenaban caviar... y se escabullían de cuando en cuando detrás de un macetero de helechos para robar un beso a su dama.

Margot lucía un vestido hecho especialmente para la ocasión, de seda color verde claro que, según Lynetta, complementaba perfectamente con sus ojos del mismo color y su cabello castaño rojizo. A la torre de su peinado había añadido diminutos mirlos de papel. Y lucía el centelleante collar de perlas y diamantes de su difunta madre.

En honor del aniversario de Lynetta, Margot había encargado una tarta, una auténtica estructura comestible de casi un metro de alto que era una reproducción de Norwood Park, y que en aquel momento se hallaba en el centro del comedor para admiración de todos. Sobre las almenas de hielo se alzaban figurillas danzantes hechas de mazapán. En una esquina se distinguían las diminutas figuras de dos muchachas, una de pelo rubio y la otra de color caoba, representando a las dos amigas.

Había asistido tantísima gente que apenas había lugar para que todos bailaran al mismo tiempo. Margot, particularmente, había bailado muy poco aquella noche. Lo que no había obstado para que no dejara de vigilar al señor William Fitzgerald con la esperanza de que pudiera cambiar su suerte.

Oh, el señor Fitzgerald estaba absolutamente impresionante con sus brocados de plata y su peluca de rizos. Margot llevaba ya quince días admirándolo y había pensado que, dadas las atenciones que él le dedicaba, su interés era mutuo. Aquella noche, sin embargo, había alternado con todas las damas solteras que se habían cruzado en su camino excepto con ella.

-No debes tomártelo tan a pecho -la había aconsejado Lynetta, todavía acalorada por el esfuerzo de haber bailado tres danzas seguidas-. Claramente se debe a una de dos razones: o se está reservando el mejor baile de la noche para ti, o no puede soportar la idea de sacarte porque eres una bailarina horrible.

Margot fulminó a su amiga con la mirada.

-Gracias, Lynetta, por recordarme esa falta mía de habilidad para la danza - según Lynetta, ese era precisamente su segundo mayor defecto, el de su incapacidad natural para seguir un ritmo.

-Bueno... -su amiga se encogió de hombros-. Yo solo quería ofrecerte una explicación de por qué no se ha dignado a lanzarte una mirada de interés en toda la noche.

-Por favor, querida, no te esfuerces tanto en hacerme comprender la absoluta falta de interés que ese caballero tiene por mí.

-Mejor será entonces que la culpa la tenga tu manera de bailar, en vez de algo peor -replicó alegremente Lynetta.

-¿Y qué podría ser peor que eso? -exigió saber Margot, levemente ofendida.

-Solo quería decir que yo preferiría sentirme minusvalorada por mi falta de talento para el baile que, por mi incapacidad para entablar conversación, por ejemplo -explicó dulcemente Lynetta-. A ti siempre se te ha dado muy bien entablar conversación.

Margot se disponía a discutir ese punto cuando, en aquel preciso instante, una ola de conmoción recorrió la multitud. Las dos amigas se apresuraron a mirar a su alrededor. Margot no veía nada raro.

-No veo nada -dijo Lynetta mientras Margot y ella estiraban sus cuellos en dirección a la puerta.

-Ha venido alguien -comentó un caballero, cerca de ellas-. Una presencia inesperada, al parecer.

Margot y Lynetta perdieron repentinamente el aliento, mirándose la una a la otra con ojos desorbitados. Solo había una persona de importancia cuya presencia no fuera esperada aquella noche: la del inmensamente atractivo Montclare, que les había transmitido su hondo pesar por no haber podido asistir al evento. Lord Montclare reunía todos los requisitos adecuados que lo convertían en un codiciado partido: poseía una fortuna de diez mil libras anuales; heredaría algún día el título de vizconde Waverly; tenía unos preciosos ojos de ciervo, de largas pestañas, además de una encantadora sonrisa; y, por último, desconocía lo que era la soberbia o la arrogancia.

Capítulo 2 El Salvaje Escocés – Chapter 2

El Salvaje Escocés – Chapter 2

Corría el rumor de que había puesto el ojo en cierta heredera de Londres... algo que no había logrado desesperanzar del todo a Margot y a Lynetta.

Las muchachas, como si se hubieran comunicado con el pensamiento, volaron hacia la balconada que se alzaba sobre el vestíbulo para ver al inesperado huésped. Llegaron allí con tanto apresuramiento que sus guantes resbalaron sobre la pulida piedra de la barandilla cuando se inclinaron sobre ella.

No era Montclare.

-Oh, vaya -masculló Lynetta.

Ni siquiera era uno de los numerosos caballeros que llegaban a Norwood Park procedentes de Londres para tratar de temas de negocios con el padre y los hermanos de Margot. Francamente, los hombres que acababan de atravesar la puerta principal para entrar en el suelo de mármol del vestíbulo no se parecían en nada a ninguno que Margot hubiera visto antes.

-Dios mío -murmuró Lynetta a su lado.

Dios mío, efectivamente. Eran cinco, todos ellos altos y de hombros anchos, musculosos. Todos llevaban el cabello natural recogido en largas coletas, a excepción del hombre que los encabezaba, de pelo oscuro en forma de una maraña de rizos que le caían sobre los hombros, como si no se hubiera molestado en arreglárselo. Sus abrigos, salpicados de barro, eran largos y tenían una abertura por detrás, para poder montar a caballo con comodidad. Sus calzones y chalecos no eran de seda ni brocado, sino de basta lana. Llevaban botas viejas y de tacones gastados.

-¿Quiénes son? -susurró Lynetta-. ¿Gitanos?

-Salteadores de caminos -murmuró Margot, y su amiga soltó una risita.

Al sonido de la risa de Lynetta, el hombre que guiaba el grupo alzó la cabeza, como si fuera un animal olfateando el viento. Sus ojos se clavaron en Margot, que perdió el aliento: incluso a aquella distancia pudo ver que sus ojos eran de un azul hielo, punzante. Él le sostuvo la mirada mientras, parsimoniosamente, se quitaba los guantes de montar. Margot pensó que debía desviar la vista, pero no pudo. Un escalofrío le recorrió la espalda; tenía la horrible sospecha de que aquellos ojos podían asomarse directamente a su alma.

Alguien habló entonces, y los cinco hombres empezaron a avanzar. Pero justo antes de que su líder desapareciera debajo de la balconada, alzó una vez más la mirada hacia Margot. Una mirada tan intensa como penetrante.

Un nuevo escalofrío le recorrió la espalda.

Una vez que desaparecieron los hombres, Margot y Lynetta regresaron al salón de baile, decepcionadas de que la llegada de los forasteros no hubiera aparejado la de Montclare, y rápidamente concentraron su atención en otra cosa.

Lynetta bailó mientras Margot permanecía a un lado, esforzándose por disimular su nerviosismo. ¿Tan evidente era su torpeza en el baile? Al parecer sí, porque nadie se había animado a sacarla.

Después de lo que le parecieron horas de espera, sonó una campanilla anunciando que la tarta estaba servida. Un criado le ofreció una copa de champán. Le gustaba la sensación de cosquilleo que le subía a la nariz y bebió varios sorbos mientras esperaba en compañía de Lynetta a que Quint, el mayordomo de Norwood Park, les sirviera un trozo de tarta.

-¡Oh, Dios! -susurró frenéticamente Lynetta, dando un codazo a Margot.

-¿Qué?

-Es Fitzgerald.

-¿Dónde? -musitó Margot con el mismo tono de inquietud, al tiempo que se pasaba la punta de la lengua por el labio superior para secar cualquier resto de champán.

-¡Viene hacia aquí!

-¿Me está mirando? ¿Es hacia mí a quien se está acercando? -inquirió Margot, pero antes de que su amiga pudiera contestar, el señor Fitzgerald ya se había plantado ante ella.

-Señorita Armstrong -la saludó, y le hizo una reverencia al tiempo que adelantaba una pierna y barría el aire con un brazo.

Margot había notado últimamente que los jóvenes caballeros llegados de Londres habían adoptado esa clase de reverencia.

-Señorita Beauly -se dirigió esa vez a Lynetta-. ¿Me permitís que os felicite por vuestro aniversario?

-Gracias -respondió Lynetta-. Umm... Os suplico me perdonéis, pero quiero, eh... Creo que tomaré un poco de tarta -y se apartó incómoda, dejando a Margot a solas con Fitzgerald.

-Ah... -Margot podía sentir el corazón aleteándole en el pecho-. ¿Qué os parece el baile?

-Magnífico -respondió el caballero-. Os merecéis toda clase de elogios.

-Oh, no es para tanto -pudo sentir también la absurda sonrisa que empezaba a dibujarse en sus labios-. Y Lynetta me ha ayudado, por supuesto.

-Por supuesto -el señor Fitzgerald se desplazó para colocarse a su lado y, a través de la ceñida manga de su vestido, Margot pudo sentir una reverberación eléctrica allí donde su brazo rozó el suyo-. Señorita Armstrong, ¿me haríais el honor de concederme el próximo baile?

Margot ignoró la punzada de pánico que la recorrió por dentro. Pánico a que pudiera romperle un dedo de los pies de un pisotón...

-Estaría encantada...

-Señorita Armstrong.

-¿Perdón? ¿Qué? -preguntó con voz soñadora cuando alguien le tocó un codo.

-Vuestro mayordomo -sonrió el señor Fitzgerald, señalando con la cabeza al criado que se había acercado a ella por detrás.

Margot se obligó a desviar la vista del caballero para fijarla en Quint.

-¿Sí? -inquirió con un dejo de impaciencia.

-Vuestro padre os pide que os reunáis con él en el salón familiar.

Margot parpadeó extrañada. ¡Qué momento tan inoportuno!

-¿Ahora? -exclamó, forzando un tono angelical, pero siseando un poco. -¿Queréis que os guarde la copa hasta que volváis? -se ofreció el señor Fitzgerald.

Margot esperaba no parecer tan ridículamente complacida como se sentía por dentro. Aun así, no confiaba en ninguna de las jóvenes damas que circulaban a su alrededor como tiburones.

-Umm... -miró suplicante a Quint-. ¿No podría esperar mi padre?

Pero, como siempre, el mayordomo le devolvió la mirada con gesto impasible.

-Sus instrucciones son que os reunáis con él inmediatamente.

-Vamos -la animó el señor Fitzgerald con una cálida sonrisa-. Me concederéis ese baile a la vuelta -le quitó la copa de los dedos e inclinó cortésmente la cabeza.

-Sois muy amable, señor Fitzgerald. No me ausentaré más que un momento -Margot se giró en redondo y, tras fulminar con la mirada al viejo Quint, se recogió las faldas y empezó a retirarse.

Nada más entrar en el salón familiar, la asaltó un olor a hombres y caballos, y tuvo que reprimir una sensación de repulsión. La sorprendió ver a su padre sentado con los hombres de rudo aspecto que habían llegado poco antes a Norwood Park. Su hermano Bryce estaba allí, también, observando a los cinco visitantes como si fueran animales salvajes del bosque. Cuatro de aquellos hombres estaban devorando sus pitanzas, semejantes a una manada de lobos que no hubieran comido en mucho tiempo.

-Ah, aquí está mi hija, Margot -dijo su padre, levantándose y tendiéndole una mano.

Margot, reacia, avanzó para tomársela y hacerle una reverencia. Advirtió entonces, dado que se hallaba cerca de él, que el hombre de los ojos azul hielo estaba cubierto de polvo y suciedad, consecuencia, sin duda, de haber pasado varios días en el camino. Viendo su barba oscura y descuidada, se preguntó distraída si no habría perdido su navaja barbera. Su mirada arrogante la recorrió de la cabeza a los pies, desde la punta de su sofisticado peinado, cuyos pajarillos de papel parecieron interesarle, hasta su rostro y su corpiño.

«Qué grosero», pensó Margot para sus adentros. Lo miró con los ojos entrecerrados, pero su indignada reacción pareció agradarle. Sus ojos azules relumbraron mientras se levantaba. Alto como una torre, le sacaba más de una cabeza.

-Margot, te presento al jefe de clan Arran Mackenzie. Mackenzie, esta es mi única hija, la señorita Margot Armstrong.

Vio que una de las comisuras de su boca se alzaba levemente. ¿Sería consciente de la descortesía de aquella mirada tan fija? Margot ejecutó otra perfecta reverencia y le ofreció la mano.

-¿Cómo estáis, señor?

-Muy bien, señorita Armstrong -respondió.

Su voz tenía un marcado y vivaz acento escocés que le produjo un escalofrío. -¿Y vos? ¿Cómo estáis vos? -preguntó a su vez, tomando su mano en la suya. Era una mano enorme, y Margot sintió la callosidad de su pulgar cuando le rozó los nudillos. Pensó entonces, por contraste, en los dedos largos y finos, de uñas perfectamente manicuradas, del señor Fitzgerald. El señor Fitzgerald tenía manos de artista. Aquel hombre, en cambio, tenía garras de oso.

-Muy bien, gracias -respondió, y retiró suavemente la mano. Miró expectante a su padre, que no parecía tener prisa alguna en despacharla ahora que ya la había presentado a aquellos hombres. ¿Cuánto tiempo tendría que permanecer allí? Pensó de nuevo en el señor Fitzgerald, que estaría en aquel momento esperándola en el baile, con una copa de champán francés en cada mano. Podía imaginarse a las jóvenes damas que se estarían arremolinando a su alrededor, dispuestas a lanzarse sobre él como gavilanes.

-Mackenzie va a recibir una baronía -le informó su padre-. Será lord Mackenzie de Balhaire.

¿Qué diantre podía importarle eso a ella? Pero Margot, siempre la hija perfecta, sonrió levemente mientras mantenía baja la mirada.

-Debéis de sentiros muy complacido.

El hombre ladeó la cabeza como buscando sus ojos antes de contestar.

-Sí que lo estoy -repuso, y bajó atrevidamente la mirada a su boca-. Dudo mucho, sin embargo, que podáis entender lo sumamente complacido que me siento, señorita Armstrong.

Un intenso escalofrío recorrió la espalda de Margot. ¿Por qué la estaba mirando así? ¡Era tan osado, tan insolente! ¡Y con su padre allí delante, mirándolo todo como si nada!

-Gracias, Margot -intervino su padre desde algún lugar cercano. No estaba segura de dónde estaba, ya que parecía incapaz de desviar la vista de aquel hombre bestial-. Puedes volver con tus amistades.

¿Y ya estaba? Se sentía como si fuera la oveja premiada del condado, a la qué hubieran hecho desfilar para poder verla bien. «Mirad que lana tan buena». Se sintió vejada. A veces su padre parecía olvidarse de que no era una baratija que pudiera exhibir para suscitar admiración.

Mirando firmemente aquellos ojos azul hielo, dijo:

-Ha sido un placer haberos conocido -no había sido ningún placer, sino una molestia, y esperaba que él pudiera verlo en sus ojos. Bueno, si no podía verlo seguro que sus compañeros sí. Todos habían dejado de comer y la estaban mirando como si nunca hubieran visto a una dama antes. Lo cual, a juzgar por sus ropas y por sus horrorosos modales en la mesa, resultaba bastante creíble.

-Gracias, señorita Armstrong -dijo él con un acento tan rítmico y vivaz que fue como si una pluma le acariciara todo lo largo de la espalda-. Pero el placer ha sido completamente mío, os lo aseguro -sonrió.

Aquellas palabras y aquella sonrisa hicieron que Margot experimentara un extraño calor. Se retiró apresurada, deseosa de alejarse todo lo posible de aquellos hombres.

Para cuando llegó al salón de baile, sin embargo, se olvidó de aquel episodio, porque el señor Fitzgerald estaba bailando con la señorita Remstock. Su copa de champán no estaba por ninguna parte, con lo que cualquier otro pensamiento voló de pronto de su cabeza.

Al día siguiente, por la tarde, su padre le informó de que había aceptado entregar su mano en matrimonio a aquella bestia de Mackenzie... para hacer luego oídos sordos a sus súplicas.

Capítulo 3 El Salvaje Escocés – Chapter 3

El Salvaje Escocés – Chapter 3

Las Tierras Altas de Escocia. 1710

Bajo la luna llena, el aire de la cálida noche de verano estaba tan quieto que uno podía escuchar el distante rumor del mar casi como si se hallara en la caleta sobre la que se alzaba el castillo Balhaire. Los ventanales del antiguo castillo estaban abiertos de par en par a la tibia noche, y una brisa entraba por ellos ventilando el humo de las antorchas de estopa que iluminaban el gran salón.

El interior del castillo medieval había sido transformado en un suntuoso espacio digno de un rey... o al menos de un jefe de clan escocés enriquecido con el comercio marítimo. El jefe en cuestión, el barón de Balhaire, Arran Mackenzie, estaba repantigado en los muebles del gran salón con sus hombres, delante de un buen lote de cerveza y rodeado de sus perros, todos pastores escoceses.

En lo alto de la torre de vigía, tres centinelas pasaban el tiempo arrojando monedas sobre una capa extendida en el suelo, a cada tirada de dados. En la última, Seamus Bivens ya había aligerado del peso de dos sgillin a su viejo amigo Donald Thane. Dos sgillin no era precisamente una fortuna para un guardia de Balhaire, gracias a la generosidad que Mackenzie prodigaba a los que le eran leales, pero, en cualquier caso, cuando Seamus se llevó otros dos más, Donald se mostró especialmente sensible a aquella merma de su bolsa y de su orgullo. Siguió un cruce de palabras exaltadas y los dos hombres se levantaron atropelladamente, requiriendo sus respectivos mosquetes, apoyados contra la pared.

Sweeney Mackenzie, el comandante, no tenía ningún problema con que sus hombres se pelearan, pero un ruido extraño llegó hasta sus oídos, con lo que se levantó también y se interpuso entre ambos, separándolos con una mano en el pecho de cada uno.

-Uist! -chistó para acallarlos-. ¿Habéis oído?

Los dos centinelas se quedaron inmóviles y estiraron los cuellos, escuchando. El ruido de un carruaje acercándose resonaba en las fantasmales sombras de las colinas.

-¿Qué diablos? -masculló Seamus y, olvidada la furia que había sentido contra Donald, agarró el catalejo y se apoyó en el muro.

-¿Y bien? -preguntó Donald, pegándose a su espalda-. ¿Quién es? Un Gordon, ¿verdad?

Seamus sacudió la cabeza.

-No es un Gordon.

-Un Munro, entonces -dijo Sweeney-. He oído que han estado vigilando las tierras Mackenzie -corrían tiempos relativamente tranquilos en Balhaire, pero un cambio repentino en las alianzas entre clanes no habría sorprendido a nadie.

-No es un Munro -declaró Seamus.

Podían ver ya aproximarse el carruaje tirado por cuatro caballos, con dos jinetes a la cola y otros dos a los laterales. El postillón portaba una pértiga con linterna para iluminar el camino, aparte de los fanales propios del coche.

-¿Quién diablos será para presentarse aquí tan entrada la noche? -gruñó Donald.

De repente, Seamus se quedó sin aliento. Bajando el catalejo, entrecerró los ojos y volvió a mirar por él mientras se inclinaba hacia delante.

-¡No! -murmuró, incrédulo.

Sus dos compañeros intercambiaron una mirada.

-¿Quién? -exigió saber Donald-. No puede ser un Buchanan -dijo, con la voz convertida casi en un murmullo, refiriéndose al más tenaz de los enemigos de los Mackenzie.

-Es... es lady Mackenzie -dijo Seamus, casi susurrando.

Sus dos compañeros perdieron también el aliento. Sweeney se giró en redondo, recogió su arma y corrió a advertir a Mackenzie de que su esposa había regresado a Balhaire.

Desafortunadamente, bajar desde la parte más alta de Balhaire no era tarea fácil y, para cuando Sweeney llegó al patio del castillo, el coche ya había atravesado las puertas de la muralla. La portezuela del carruaje se abrió, desplegando la escalerilla. El comandante vio un pie pequeño posándose sobre el escalón y echó a correr a toda velocidad.

***

Arran Mackenzie adoraba la sensación de tener un dulce bulto de mujer en su regazo, así como el aroma de su pelo en la nariz, sobre todo con el dorado calor de la buena cerveza arropándolo en sus líquidos brazos. Había dado buena cuenta del lote que su primo y primer teniente de la fortaleza había destilado. Jock Mackenzie se tenía por un buen maestro cervecero.

Arran estaba repantigado en su silla, acariciando lentamente la espalda de la mujer mientras se esforzaba morosamente por recordar su nombre. ¿Cómo se llamaba? ¿Aileen? ¿Irene?

-¡Milord! ¡Mackenzie! -gritó alguien.

Arran ladeó la cabeza para distinguir algo detrás de los rubios rizos de la mujer que tenía sentada en el regazo. Sweeney Mackenzie, uno de sus mejores soldados, le estaba gritando desde el fondo del salón. El pobre hombre se apretaba el pecho como si el corazón le fallara. Tenía un aspecto verdaderamente frenético mientras paseaba la mirada por la habitación atestada de gente.

-¿Do-dónde está? -le preguntó a un borracho que tenía al lado-. ¿Do-dónde está Mackenzie?

Sweeney era un guerrero feroz y un comandante plenamente consagrado a su cargo. Pero, cuando estaba nervioso, tenía tendencia a tartamudear como cuando los dos eran niños. Por lo general, había pocas cosas que pudieran agitar tanto a un veterano como él.

-¡Aquí, Sweeney! -gritó, haciendo a un lado a la mujer. Sentándose derecho en su sillón, indicó al hombre que se acercara-. ¿Qué es lo que te ha puesto en este estado?

Sweeney se dirigió apresurado hacia él.

-Ella ha vu... vuelto -logró pronunciar, casi sin aliento.

Arran frunció el ceño, confuso.

-¿Quién?

-La... la... la... -los labios y la lengua de Sweeney parecían haberse enredado.

Tragó saliva e intentó soltar la palabra.

-Toma aliento, hombre -dijo Arran, levantándose-. Tranquilízate. ¿Quién ha venido?

-La... lady Ma... Ma... Mackenzie.

Aquel nombre pareció flotar entre Arran y Sweeney, elevándose en el aire. ¿Se lo había imaginado Arran, o de repente todo el salón se había quedado quieto, paralizado? Tenía que tratarse de algún error... Cruzó una mirada con Jock, que parecía tan perplejo como él.

Volviéndose nuevamente hacia Sweeney, dijo con tono tranquilo:

-Respira otra vez, hombre. Tienes que estar equivocado.

-No está equivocado.

Arran giró bruscamente la cabeza al oír aquella voz femenina tan familiar, de acento inglés. Escrutó el fondo del salón, pero las antorchas producían más humo que luz y el espacio se hallaba en sombras. No consiguió distinguir a nadie en particular, pero el rumor de alarma que se alzó entre las dos decenas de almas que allí se reunían se lo confirmó: su esposa había vuelto a Balhaire. Después de una ausencia de más de tres años, había regresado de manera inexplicable.

Aquello indudablemente sería contemplado como una gran ocasión por una mitad de su clan, mientras que la otra lo vería como una desgracia. Solamente se le ocurrían tres posibles razones para que su esposa pudiera estar allí en aquel momento: una, que su padre hubiera muerto y ella no tuviera ningún lugar adonde ir, salvo con su marido legal. Dos, que se hubiera acabado el dinero que le había dado. O tres... que quisiera divorciarse de él.

Desechó la posibilidad de la muerte de su padre. Si el hombre hubiera muerto, él se habría enterado. Tenía a un agente destacado en Inglaterra para vigilar de cerca a su desleal esposa.

La multitud se partió en dos mientras la belleza de cabello castaño rojizo se deslizaba por el salón como un esbelto galeón, seguida de dos hombres vestidos con finas ropas y empolvadas pelucas.

Era imposible que se le hubiera acabado el dinero. Arran era más que generoso con ella. Demasiado, en opinión de Jock. Y quizá tuviera razón, pero nadie podría decir de Arran que no se ocupaba de mantener adecuadamente a su mujer.

La gran entrada de su esposa fue súbitamente alterada por uno de los viejos perros de caza de Arran. Roy escogió aquel momento para deambular por el pasillo despejado y dejarse caer justo allí, con la cabeza entre las patas sobre el frío suelo de piedra, ajeno a las actividades de los humanos que lo rodeaban. Suspiró sonoramente, dispuesto a dormir una siesta.

Su esposa, elegantemente, se levantó los faldones de la capa y pasó por encima del animal. Sus dos escoltas prefirieron rodearlo.

Mientras ella continuaba caminando hacia él, Arran tuvo que plantearse que quizá la tercera posibilidad fuera la más plausible. Se había presentado allí para pedirle el divorcio, una anulación... lo que fuera con tal de liberarse de él. Y sin embargo se le antojaba bastante improbable que hubiera hecho un viaje tan largo solo para pedírselo. ¿No habría sido mejor enviar a un agente? O quizá lo que pretendía era humillarlo una vez más.

Margot Armstrong Mackenzie se detuvo con las manos juntas y una sonrisa en beneficio de la multitud que la contemplaba boquiabierta. Sus dos escoltas se colocaron directamente detrás de ella, escrutando desconfiados el salón, con las manos apoyadas en la empuñadura de sus espadines. ¿Temerían verse obligados a combatir para salir de allí? Era una posibilidad, porque algunos miembros del clan tenían una expresión demasiado expectante, como si estuvieran entusiasmados ante la posibilidad de una pelea.

No había habido una muerte, entonces. Ni tampoco una falta de fondos. Lo que no podía descartar era el divorcio, pero, por la razón que fuera, Arran experimentó un repentino ataque de furia. ¿Cómo se atrevía a volver?

Se levantó del sillón, situado en el estrado, y se dirigió hacia ella.

-¿Acaso ha nevado en el infierno? -le preguntó con toda tranquilidad.

Ella miró a su alrededor.

-No veo aquí rastro alguno de nieve -repuso al tiempo que se quitaba los guantes.

-¿Habéis venido por mar? ¿O montada en una escoba?

Alguien en el estrado soltó una risita.

-Por mar y en carruaje -explicó con tono agradable, ignorando la pulla. Ladeando la cabeza, recorrió su cuerpo con la mirada-. Lucís buen aspecto, mi señor esposo.

Arran no dijo nada. No sabía qué decirle después de tres años y temía que cualquier cosa que hiciera desatara un torrente de emociones que no estaba dispuesto a compartir con el mundo.

Ante su silencio, Margot paseó la mirada por todo aquello que la rodeaba: las toscas antorchas de estopa, los candelabros de hierro, los perros que vagabundeaban por el gran salón. Era algo completamente distinto de Norwood Park. Nunca se había interesado por aquel inmenso salón, el corazón de Balhaire desde hacía siglos. Siempre había aspirado a algo más delicado: una habitación elegante, el salón de baile de un Londres o un París. Pero, para Arran, aquella habitación era de lo más funcional. Había largas mesas donde se sentaban los miembros de su clan, con enormes chimeneas a cada extremo para calentarlo. Unas pocas alfombras ahogaban el sonido de las botas en la piedra, y él siempre había preferido la parpadeante luz de las antorchas.

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