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El Capricho del CEO

El Capricho del CEO

Autor: : Francis Wil
Género: Romance
Sinopsis: Mickaela Frost nunca imaginó que su vida tomaría un giro tan inesperado al mudarse con su madre, empleada de una adinerada familia en cuya mansión también reside. Lo que parecía ser solo una transición hacia una nueva etapa laboral en una galería de arte pronto se convierte en un intrincado juego de emociones, secretos y tentaciones. Kael, el enigmático hijo de los dueños de la mansión y su jefe en la galería, tiene una capacidad innata para desarmarla con su descaro y carisma, aunque sus interacciones estén cargadas de tensión, sarcasmo y momentos de inesperada vulnerabilidad. Sin embargo, lo que comienza como un choque de personalidades revela poco a poco un vínculo que ambos intentan ignorar. Pero no es solo Kael quien complica las cosas. El padre de Kael, un hombre poderoso y encantador, pronto pone su atención en Mickaela. Bajo la apariencia de un mentor interesado en ayudarla, esconde un objetivo mucho más personal: seducirla y convencerla de que Kael es un niño inmaduro incapaz de merecerla. Su fascinación por Mickaela amenaza con romper los límites, enfrentándola a una elección peligrosa. Entre el magnetismo de Kael, los intentos de manipulación de su padre y la creciente presión de los secretos familiares que empiezan a salir a la luz, Mickaela se ve atrapada en una red de sentimientos y decisiones que podrían cambiar su vida para siempre. En un mundo donde el poder y los privilegios dictan las reglas, ¿puede Mickaela mantener su integridad y seguir los dictados de su corazón, o sucumbirá ante las fuerzas que intentan controlarla?

Capítulo 1 Fiesta en la piscina

Capítulo 1 -Fiesta en la piscina

Narrador:

Mickaela se despertó al oír la música a todo volumen que atravesaba las paredes finas de la casa de huéspedes. Miró la hora en su celular: 2:34 AM. Apretó los dientes, frustrada. Sabía que su madre estaba con los patrones en su estanci de campo y que no debía haber nadie más en la mansión. Sin embargo, la fiesta en la piscina seguía viva. Molesta, se levantó de la cama y se puso una bata ligera sobre el camisón.

-Solo voy a decirles que bajen el volumen, nada más -se dijo para si misma mientras bajaba las escaleras hacia la puerta principal.

Caminó descalza hacia los jardines, sintiendo la humedad de la hierba en sus pies. A medida que se acercaba a la piscina, la música se hacía más fuerte. Escuchó risas, el sonido de vasos tintineando, y el chapoteo del agua. Cuando cruzó la última hilera de arbustos, la imagen frente a ella la dejó paralizada. Allí estaba él. Kael. Recostado sobre una tumbona, con un vaso de whisky en la mano, sus piernas extendidas con la despreocupación de alguien que siente que el mundo le pertenece. El cabello un poco más largo que antes, la misma sonrisa descarada dibujada en su rostro mientras una chica en bikini le susurraba algo al oído. Mickaela sintió cómo la sangre le hervía.

-¿De todas las personas en el mundo, por qué tenía que ser él? -se surroró para ella misma

Kael alzó la vista por un momento, como si hubiera sentido su presencia. Sus ojos se encontraron, y el tiempo pareció congelarse. Él frunció el ceño al principio, como si estuviera tratando de recordar de dónde la conocía. Se sentó lentamente, dejando el vaso a un lado y apartando a la chica sin prestarle más atención.

-Tú... -murmuró, entre intrigado y sorprendido. Luego su expresión cambió a una mezcla de diversión y confusión -¿Qué haces aquí?

Mickaela sintió cómo le temblaban las manos, pero intentó ocultarlo cruzando los brazos sobre el pecho.

-Podría preguntarte lo mismo.

-Bueno, esta es mi casa -respondió él, todavía analizándola con la mirada, como si intentara encajar las piezas del rompecabezas -¿Y tú? ¿Quién eres?

Ella sintió un nudo en el estómago. Sabía que era cuestión de segundos para que él recordara el baño en la universidad, esa noche que la había dejado marcada. Pero no parecía que aún lo hubiera hecho.

-Eso no importa -contestó ella, intentando sonar firme -Lo que importa es que quiero dormir y tú tienes la música tan alta que es imposible.

Kael entrecerró los ojos, como si quisiera descifrarla. Luego, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

-No puedo creer que haya alguien viviendo en esta propiedad que no conozco. ¿Eres parte del personal?

Mickaela apretó los dientes.

-Vivo con mi madre, pero eso no es asunto tuyo.

Kael se puso de pie, acercándose lentamente a ella, su mirada fija y segura. Ella retrocedió un paso por puro instinto, pero él siguió avanzando, como si estuviera decidido a acortar la distancia que los separaba.

-No tienes pinta de ser hija de una sirvienta -dijo con una voz suave, casi un susurro -¿Estás segura de que no nos conocemos?

Mickaela sintió cómo su corazón se aceleraba. Cada paso de él hacia ella era como una embestida silenciosa, una carga de tensión que se acumulaba con cada segundo.

-No -mintió, bajando la vista para evitar que él pudiera leer la verdad en sus ojos -No nos conocemos.

Kael esbozó una sonrisa lenta, esa sonrisa que ella recordaba perfectamente. Era la misma sonrisa que había visto justo antes de que la besara por primera vez, en el baño de la universidad.

-¿Seguro? Porque tengo la sensación de que tú y yo tenemos algo pendiente... -Ella sintió cómo se le cortaba la respiración. Su mente gritaba que tenía que irse, alejarse de él antes de que todo el pasado volviera a salir a la superficie. Pero su cuerpo no respondía. Estaba atrapada en la red invisible que Kael siempre había sabido tejer alrededor de ella. -Escucha, no sé quién eres ni por qué estás aquí, pero puedo decir que esto es... interesante. -Kael la miró con más intensidad, como si cada palabra fuera un reto que él esperaba que ella aceptara -¿De verdad no vas a decirme aunque sea tu nombre?

Mickaela apretó los labios. La cercanía entre ellos se volvía insoportable. El aire estaba cargado de tensión, como si el pasado y el presente estuvieran a punto de chocar en cualquier momento.

-No importa quién soy -respondió finalmente -Solo apaga la música.

Kael la miró en silencio durante un largo momento, su expresión cada vez más intrigada. Algo en ella despertaba su curiosidad, una chispa que él no terminaba de comprender.

-¿Por qué siento que hay algo que debería recordar? -dijo en voz baja, como si hablara más para sí mismo que para ella.

Mickaela sintió cómo la ira y la frustración crecían dentro de ella. "¿De verdad no se acuerda? ¿Después de todo lo que pasó entre nosotros?"

-Olvídalo -espetó ella, dando un paso hacia atrás, dispuesta a marcharse -Solo baja el volumen.

Cuando giró para irse, sintió la mano de Kael sujetar su muñeca con firmeza, pero sin fuerza. Un toque que la detuvo en seco.

-Espera.

El contacto de su piel contra la de él despertó una avalancha de emociones que había intentado enterrar durante años. Un fuego que nunca se había apagado del todo. Ella lo miró, con los ojos ardiendo de rabia y algo más.

-No tienes derecho a tocarme -susurró, con la voz quebrada por la mezcla de sentimientos que la consumían.

Kael soltó su muñeca de inmediato, como si su toque hubiera sido un error que él no entendía del todo.

-Lo siento -murmuró, dando un paso atrás -No quise...

Mickaela sintió cómo la furia subía rápidamente dentro de ella.

-Eres un imbécil -soltó, sin molestarse en medir sus palabras.

Kael sonrió con una mezcla de soberbia y diversión, lo que solo avivó su enojo. Sin decir nada más, Mickaela se dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la casa de huéspedes, sin importarle que sus pies descalzos chapotearan en el césped mojado. En su prisa por alejarse de él, sintió un tirón brusco. El borde de su salto de cama se había enganchado en una rama baja. Intentó liberarlo rápidamente, pero los dedos torpes por la frustración se lo impidieron. Y entonces, al ver que Kael venía hacia ella con esa calma exasperante, simplemente dejó de luchar. Con un movimiento rápido, se deshizo del salto de cama y lo dejó tirado en la hierba. Ahora solo llevaba su pijama: una fina camisola de verano que se pegaba a su piel con la humedad de la noche. No se molestó en cubrirse ni en mirar hacia atrás; siguió su camino con la cabeza alta, sintiendo el aire fresco acariciar su piel expuesta. Kael, que no había dejado de seguirla, soltó una leve risa detrás de ella, como si disfrutara de su desafío. Mickaela apretó los dientes y aceleró el paso. Pero, justo antes de llegar a la piscina, sintió la necesidad de comprobar si él seguía detrás. Se giró bruscamente. Y ahí estaba él. A solo unos metros, caminando con esa tranquilidad irritante, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en ella con esa intensidad que la hacía tambalear. El corazón le dio un vuelco, pero no dejó que él lo notara. Dio un par de pasos hacia atrás, sin apartar la mirada de él. Fue entonces cuando su talón resbaló en el borde mojado. Antes de que pudiera reaccionar, perdió el equilibrio.

-¡Mier*da! -exclamó, justo antes de caer de espaldas al agua con un chapoteo estrepitoso.

La piscina la recibió con un frío que le cortó la respiración. Se hundió unos segundos antes de sacar la cabeza, tosiendo y tratando de apartarse el cabello empapado del rostro. Cuando finalmente pudo ver con claridad, allí estaba Kael, de pie en el borde de la piscina, observándola con una expresión que era mitad diversión, mitad curiosidad.

-¿Estás bien? -preguntó, agachándose un poco, sin perder la sonrisa.

Mickaela lo fulminó con la mirada mientras se sujetaba al borde de la piscina, jadeando.

-Perfectamente -gruñó, escupiendo agua -Ahora lárgate.

Kael soltó una risa baja, como si la situación fuera lo más divertido que le había pasado en mucho tiempo.

-¿Y perderme esto? Ni pensarlo.

Capítulo 1 -Fiesta en la piscina

Narrador:

Mickaela se despertó al oír la música a todo volumen que atravesaba las paredes finas de la casa de huéspedes. Miró la hora en su celular: 2:34 AM. Apretó los dientes, frustrada. Sabía que su madre estaba con los patrones en su estancia de campo y que no debía haber nadie más en la mansión. Sin embargo, la fiesta en la piscina seguía viva. Molesta, se levantó de la cama y se puso una bata ligera sobre el camisón.

-Solo voy a decirles que bajen el volumen, nada más -se dijo para si misma mientras bajaba las escaleras hacia la puerta principal.

Caminó descalza hacia los jardines, sintiendo la humedad de la hierba en sus pies. A medida que se acercaba a la piscina, la música se hacía más fuerte. Escuchó risas, el sonido de vasos tintineando, y el chapoteo del agua. Cuando cruzó la última hilera de arbustos, la imagen frente a ella la dejó paralizada. Allí estaba él. Kael. Recostado sobre una tumbona, con un vaso de whisky en la mano, sus piernas extendidas con la despreocupación de alguien que siente que el mundo le pertenece. El cabello un poco más largo que antes, la misma sonrisa descarada dibujada en su rostro mientras una chica en bikini le susurraba algo al oído. Mickaela sintió cómo la sangre le hervía.

-¿De todas las personas en el mundo, por qué tenía que ser él? -se surroró para ella misma

Kael alzó la vista por un momento, como si hubiera sentido su presencia. Sus ojos se encontraron, y el tiempo pareció congelarse. Él frunció el ceño al principio, como si estuviera tratando de recordar de dónde la conocía. Se sentó lentamente, dejando el vaso a un lado y apartando a la chica sin prestarle más atención.

-Tú... -murmuró, entre intrigado y sorprendido. Luego su expresión cambió a una mezcla de diversión y confusión -¿Qué haces aquí?

Mickaela sintió cómo le temblaban las manos, pero intentó ocultarlo cruzando los brazos sobre el pecho.

-Podría preguntarte lo mismo.

-Bueno, esta es mi casa -respondió él, todavía analizándola con la mirada, como si intentara encajar las piezas del rompecabezas -¿Y tú? ¿Quién eres?

Ella sintió un nudo en el estómago. Sabía que era cuestión de segundos para que él recordara el baño en la universidad, esa noche que la había dejado marcada. Pero no parecía que aún lo hubiera hecho.

-Eso no importa -contestó ella, intentando sonar firme -Lo que importa es que quiero dormir y tú tienes la música tan alta que es imposible.

Kael entrecerró los ojos, como si quisiera descifrarla. Luego, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

-No puedo creer que haya alguien viviendo en esta propiedad que no conozco. ¿Eres parte del personal?

Mickaela apretó los dientes.

-Vivo con mi madre, pero eso no es asunto tuyo.

Kael se puso de pie, acercándose lentamente a ella, su mirada fija y segura. Ella retrocedió un paso por puro instinto, pero él siguió avanzando, como si estuviera decidido a acortar la distancia que los separaba.

-No tienes pinta de ser hija de una sirvienta -dijo con una voz suave, casi un susurro -¿Estás segura de que no nos conocemos?

Mickaela sintió cómo su corazón se aceleraba. Cada paso de él hacia ella era como una embestida silenciosa, una carga de tensión que se acumulaba con cada segundo.

-No -mintió, bajando la vista para evitar que él pudiera leer la verdad en sus ojos -No nos conocemos.

Kael esbozó una sonrisa lenta, esa sonrisa que ella recordaba perfectamente. Era la misma sonrisa que había visto justo antes de que la besara por primera vez, en el baño de la universidad.

-¿Seguro? Porque tengo la sensación de que tú y yo tenemos algo pendiente... -Ella sintió cómo se le cortaba la respiración. Su mente gritaba que tenía que irse, alejarse de él antes de que todo el pasado volviera a salir a la superficie. Pero su cuerpo no respondía. Estaba atrapada en la red invisible que Kael siempre había sabido tejer alrededor de ella. -Escucha, no sé quién eres ni por qué estás aquí, pero puedo decir que esto es... interesante. -Kael la miró con más intensidad, como si cada palabra fuera un reto que él esperaba que ella aceptara -¿De verdad no vas a decirme aunque sea tu nombre?

Mickaela apretó los labios. La cercanía entre ellos se volvía insoportable. El aire estaba cargado de tensión, como si el pasado y el presente estuvieran a punto de chocar en cualquier momento.

-No importa quién soy -respondió finalmente -Solo apaga la música.

Kael la miró en silencio durante un largo momento, su expresión cada vez más intrigada. Algo en ella despertaba su curiosidad, una chispa que él no terminaba de comprender.

-¿Por qué siento que hay algo que debería recordar? -dijo en voz baja, como si hablara más para sí mismo que para ella.

Mickaela sintió cómo la ira y la frustración crecían dentro de ella. "¿De verdad no se acuerda? ¿Después de todo lo que pasó entre nosotros?"

-Olvídalo -espetó ella, dando un paso hacia atrás, dispuesta a marcharse -Solo baja el volumen.

Cuando giró para irse, sintió la mano de Kael sujetar su muñeca con firmeza, pero sin fuerza. Un toque que la detuvo en seco.

-Espera.

El contacto de su piel contra la de él despertó una avalancha de emociones que había intentado enterrar durante años. Un fuego que nunca se había apagado del todo. Ella lo miró, con los ojos ardiendo de rabia y algo más.

-No tienes derecho a tocarme -susurró, con la voz quebrada por la mezcla de sentimientos que la consumían.

Kael soltó su muñeca de inmediato, como si su toque hubiera sido un error que él no entendía del todo.

-Lo siento -murmuró, dando un paso atrás -No quise...

Mickaela sintió cómo la furia subía rápidamente dentro de ella.

-Eres un imbécil -soltó, sin molestarse en medir sus palabras.

Kael sonrió con una mezcla de soberbia y diversión, lo que solo avivó su enojo. Sin decir nada más, Mickaela se dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la casa de huéspedes, sin importarle que sus pies descalzos chapotearan en el césped mojado. En su prisa por alejarse de él, sintió un tirón brusco. El borde de su salto de cama se había enganchado en una rama baja. Intentó liberarlo rápidamente, pero los dedos torpes por la frustración se lo impidieron. Y entonces, al ver que Kael venía hacia ella con esa calma exasperante, simplemente dejó de luchar. Con un movimiento rápido, se deshizo del salto de cama y lo dejó tirado en la hierba. Ahora solo llevaba su pijama: una fina camisola de verano que se pegaba a su piel con la humedad de la noche. No se molestó en cubrirse ni en mirar hacia atrás; siguió su camino con la cabeza alta, sintiendo el aire fresco acariciar su piel expuesta. Kael, que no había dejado de seguirla, soltó una leve risa detrás de ella, como si disfrutara de su desafío. Mickaela apretó los dientes y aceleró el paso. Pero, justo antes de llegar a la piscina, sintió la necesidad de comprobar si él seguía detrás. Se giró bruscamente. Y ahí estaba él. A solo unos metros, caminando con esa tranquilidad irritante, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en ella con esa intensidad que la hacía tambalear. El corazón le dio un vuelco, pero no dejó que él lo notara. Dio un par de pasos hacia atrás, sin apartar la mirada de él. Fue entonces cuando su talón resbaló en el borde mojado. Antes de que pudiera reaccionar, perdió el equilibrio.

-¡Mier*da! -exclamó, justo antes de caer de espaldas al agua con un chapoteo estrepitoso.

La piscina la recibió con un frío que le cortó la respiración. Se hundió unos segundos antes de sacar la cabeza, tosiendo y tratando de apartarse el cabello empapado del rostro. Cuando finalmente pudo ver con claridad, allí estaba Kael, de pie en el borde de la piscina, observándola con una expresión que era mitad diversión, mitad curiosidad.

-¿Estás bien? -preguntó, agachándose un poco, sin perder la sonrisa.

Mickaela lo fulminó con la mirada mientras se sujetaba al borde de la piscina, jadeando.

-Perfectamente -gruñó, escupiendo agua -Ahora lárgate.

Kael soltó una risa baja, como si la situación fuera lo más divertido que le había pasado en mucho tiempo.

-¿Y perderme esto? Ni pensarlo.

Capítulo 2 La lunas

Capítulo 2 -La lunas

Narrador:

Kael le extendió una mano y aunque a regañadientes, ella la tomó. Mickaela emergió de la piscina con el cabello empapado y las gotas de agua cayendo en cascada por su piel. Su respiración era agitada, no solo por el frío del agua, sino también por la mezcla de humillación y furia que sentía. Se plantó frente a Kael, quien estaba de pie bajo la luz de la luna, completamente inmóvil, observándola. Por un momento, creyó que la estaba mirando a los ojos, pero pronto notó que su mirada se dirigía más abajo. Siguió la línea de sus ojos y su corazón dio un vuelco: su camisola mojada se había pegado completamente a su cuerpo, dejando poco a la imaginación. La tela traslúcida revelaba cada curva, cada detalle, como si no llevara nada puesto. El rubor subió por su rostro como un incendio, y un calor incómodo se extendió por todo su cuerpo. Cruzó los brazos sobre su pecho con brusquedad y le lanzó una mirada fulminante.

-Eres un idiota -soltó con la voz temblorosa, aunque no estaba segura si era por el frío o por la ira.

Kael no respondió de inmediato. Su sonrisa torcida, esa que parecía disfrutar de cada instante de su incomodidad, permaneció intacta. Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza y dijo con una voz tranquila:

-¿Siempre eres tan agradecida con la gente que te saca de problemas?

Mickaela apretó los dientes. No iba a darle el gusto de una respuesta. En cambio, se giró sobre sus talones y comenzó a caminar apresuradamente hacia la casa de huéspedes. Sentía la humedad del césped bajo sus pies descalzos, y el aire fresco de la noche hacía que su camisola mojada se pegara aún más a su piel.

Kael la observó irse, sus ojos nunca abandonando su figura hasta que la oscuridad la envolvió por completo. Su sonrisa se amplió, llena de un interés que no se molestó en ocultarr. Cuando Mickaela llegó a la casa de huéspedes, jaló con fuerza la manija de la puerta. Nada. Probó de nuevo, pero la puerta permaneció firmemente cerrada. Un nudo de frustración se formó en su garganta. Revisó frenéticamente el suelo para ver si se le habían caído al salir con el apuro, pero no encontró nada.

-¡Mier*da! -gritó, pateando la puerta con fuerza.

Desde la distancia, Kael escuchó el sonido de su grito. Con las manos aún en los bolsillos, comenzó a caminar tranquilamente hacia ella, disfrutando de la situación como si fuera un espectador en un espectáculo especialmente entretenido.

-¿Y ahora qué te pasó? -preguntó cuando llegó a su lado, con un tono que estaba a medio camino entre la burla y la curiosidad.

Mickaela giró hacia él con el rostro aún más encendido, esta vez de pura frustración.

-Dejé las llaves dentro, y esta maldita puerta no se abre desde afuera.

Kael la miró por un momento, evaluando la situación. Luego, encogiéndose de hombros, respondió:

-Hay un juego de llaves en la casa principal. Acompáñame. Y de paso, te doy algo seco para que te pongas. -Hizo una pausa y agregó con una sonrisa -Antes de que te congeles.

Mickaela lo fulminó con la mirada, pero no tenía otra opción. La noche estaba demasiado fría y la camisola mojada comenzaba a ser insoportablemente incómoda. Sin decir nada, lo siguió a regañadientes. El interior de la mansión estaba en penumbra, pero Kael se movía con una facilidad que indicaba que conocía cada rincón. La guio hasta su habitación, abriendo la puerta con un gesto despreocupado.

-Aquí -dijo, sacando una sudadera amplia y una toalla de un cajón- Cámbiate mientras voy por las llaves. -Sin esperar respuesta, salió, cerrando la puerta detrás de él.

Mickaela dejó escapar un suspiro de alivio al estar sola. Sin perder tiempo, comenzó a deshacerse de la camisola mojada. La tela cayó al suelo con un sonido sordo, y el frío de la noche la hizo estremecerse mientras secaba su piel rápidamente con la toalla. Cuando estaba deslizándose la sudadera por los brazos, la puerta se abrió de repente. Mickaela se quedó congelada. Kael estaba ahí, de pie, observándola. Su espalda estaba descubierta, y el tatuaje de la luna en todas sus fases se extendía a lo largo de su columna como una obra de arte. Kael se quedó inmóvil por un segundo, sus ojos recorriendo cada detalle del tatuaje.

-Hermoso -murmuró sin pensar.

Mickaela se dio la vuelta rápidamente, sorprendida y furiosa al verlo. Cruzó los brazos sobre su pecho, aunque la sudadera ya cubría casi todo.

-¡Ahora también eres un pervertido, además de un ruidoso! -le espetó, con el rostro ardiendo de rabia.

Kael no pareció afectado. Su sonrisa despreocupada volvió a aparecer mientras la miraba a los ojos.

-Solo observaba los tatuajes. La luna... es magnífico. -Hizo una pausa, como si estuviera considerando algo -He pensado hacerme uno igual.

Mickaela lo miró con desdén, aunque sus palabras la habían tomado por sorpresa. El descaro de Kael parecía no tener límites, y eso la frustraba aún más.

-¿Dónde? -preguntó, con una sonrisa cargada de sarcasmo mientras cruzaba los brazos sobre el pecho -Si tu cuerpo ya es todo un lienzo. ¿Qué más puedes agregar? ¿Un mapa para no perderte?

Kael soltó una risa suave, ese tipo de risa que hacía que todo pareciera un juego para él. Se encogió de hombros, como si el comentario de ella solo lo hubiera entretenido más.

-Veo que lo has observado -replicó, con un destello travieso en los ojos. Su tono era ligero, pero había algo en la forma en que lo dijo, una especie de desafío implícito que hizo que Mickaela sintiera un nudo en el estómago -Me gusta, es interesante...

Ella abrió la boca para replicar, pero no encontró palabras que fueran lo suficientemente mordaces. Las mejillas le ardían, y no sabía si era por la ira o por otra cosa que no quería admitir. En vez de responder, dio un paso hacia él y extendió la mano.

-Dame las pu*as llaves de una buena vez -exigió, pero su tono sonó menos firme de lo que pretendía.

Kael levantó una ceja, haciéndola esperar a propósito, con esa sonrisa de medio lado que parecía diseñada para sacarla de quicio. Finalmente, alargó la mano lentamente, como si estuviera entregando algo más valioso que un simple juego de llaves. Cuando las llaves estuvieron al alcance de Mickaela, ella se las arrancó de un tirón. Su gesto fue tan brusco que casi perdió el equilibrio, pero logró recuperar la compostura.

-¿Sabes algo? -dijo, clavándole la mirada -Eres un imbécil.

Kael, lejos de ofenderse, sonrió con aún más satisfacción, como si las palabras de Mickaela fueran un cumplido disfrazado.

-Lo tomaré como un cumplido -dijo con un guiño.

Ella apretó los dientes, intentando contener la explosión de emociones que bullía dentro de ella. Sin decir nada más, giró sobre sus talones y salió de la habitación con pasos rápidos. Kael la observó mientras se iba, el movimiento de su cabello húmedo y el leve temblor de sus hombros atrapando su atención. Cuando Mickaela desapareció tras la puerta, él se quedó allí un momento más, la sonrisa todavía en sus labios, como si acabara de ganar un pequeño triunfo. Kael se quedó en la puerta, viéndola desaparecer una vez más en la oscuridad. Su sonrisa, más amplia que nunca, era un reflejo de algo que ni siquiera él estaba seguro de entender del todo.

Capítulo 3 La Sorpresa en la Galería

Capítulo 3 -La Sorpresa en la Galería

Narrador:

El eco de sus pasos resonaba en el piso de mármol brillante mientras Mickaela cruzaba las puertas de cristal de la galería. Era su primer día de trabajo, y aunque había tratado de mantener la calma, no podía evitar sentir un nudo de ansiedad en el estómago. Su madre había mencionado que sería un buen sitio para empezar, pero nada la había preparado para el lujo y la elegancia del lugar.

-Buenos días, tú debes ser Mickaela -dijo una voz femenina, dulce pero con un toque de altivez.

Mickaela levantó la vista y se encontró con una mujer alta y espectacularmente arreglada. Llevaba un vestido entallado, maquillaje impecable y unos tacones que resonaban con cada paso que daba.

-Soy Naomi, la secretaria del señor Donovan. Encantada de conocerte -dijo con una sonrisa perfecta, aunque ligeramente condescendiente -Sígueme, te llevaré a su oficina.

Mickaela asintió y la siguió en silencio, recorriendo los pasillos decorados con obras de arte que parecían inalcanzables. El aroma de café recién hecho y madera pulida flotaba en el aire. Naomi se movía con gracia, como si flotara sobre los tacones.

-¿Qué tal llevas tu primera impresión? -preguntó Naomi, lanzando una mirada por encima del hombro, su tono amable pero distante.

-Recién empiezo, pero... bien, creo -respondió Mickaela con una sonrisa tensa.

Naomi sonrió de nuevo, esta vez con una pizca de diversión.

-No te preocupes, estoy segura de que te irá bien. El jefe... es bastante particular, pero ya lo verás.

Llegaron frente a una puerta de madera maciza al final del pasillo. Naomi la abrió con un gesto elegante y se hizo a un lado para dejar pasar a Mickaela.

-Adelante, aquí te espera.

Mickaela entró con paso firme, aunque su corazón latía con fuerza. Y entonces lo vio. Sentado detrás de un escritorio amplio, con una expresión relajada y una taza de café en la mano, estaba Kael. Al verla, arqueó una ceja, claramente sorprendido pero sin perder la compostura.

-Vaya, vaya... -dijo él, dejando la taza sobre la mesa con un leve sonido a lozas -Parece que el destino tiene sentido del humor.

Mickaela se quedó helada, la boca entreabierta, sin poder creer lo que veía.

-¿Tú...?

Kael se levantó de la silla lentamente, como un depredador que acaba de encontrar a su presa. Mickaela seguía inmóvil en la puerta de la oficina, procesando lo que veía. Ahí estaba Kael, parado tras su escritorio de madera oscura, mirándola con esa mezcla de arrogancia y tranquilidad. Su sonrisa ladeada no presagiaba nada bueno.

-Bienvenida a la galería -dijo con un tono pausado, casi divertido -Parece que ahora trabajas para mí. Y eres la nueva galerista -Mientras hablaba, Kael bajó la vista hacia el currículum que tenía sobre el escritorio. Mickaela sintió un escalofrío recorrerle la columna al ver la ligera curva de sus labios -Mickaela Frost... -leyó en voz alta, como si saboreara cada sílaba. Luego levantó la vista hacia ella, con una chispa juguetona en los ojos -Encantado -Entonces, con una calma exasperante, rodeó el escritorio. Sus pasos eran lentos, seguros, como si el momento le perteneciera por completo -Yo soy... -hizo una breve pausa, como si disfrutara alargar la tensión-Kael Donovan

Al llegar a su lado, extendió la mano hacia ella, esperando que se la estrechara. Mickaela lo miró con los ojos entrecerrados. Ella cruzó sus manos al frete del cuerpo en lugar de tomarle la mano, dejando en claro que no pensaba hacer las cosas fáciles.

-Bueno, jefe... -dijo, enfatizando la palabra con una pizca de ironía -¿Algo más que deba saber para empezar mi "gloriosa" jornada laboral?

Kael sonrió aún más, disfrutando de su actitud desafiante.

-Por ahora no. Solo... intenta no desaparecer esta vez, Mickaela -Ella frunció el ceño, sintiendo cómo esa última frase llevaba más peso del que parecía. Sin esperar una respuesta, Kael se dio la vuelta y regresó a su silla, dejando el aire entre ellos cargado de tensión. -Naomi te dará un recorrido por la galería. Bienvenida a bordo, Frost -Mickaela se quedó unos segundos más, sintiendo su corazón tamborilear en sus oídos. Cuando ella dio media vuelta para irse, la voz de Kael la detuvo -Me alegra poder ponerle nombre por fin a la chica de las lunas.

Mickaela sintió que el mundo se detenía por un instante. Giró lentamente para mirarlo, pero él ya había vuelto a sumirse en su computadora, con una expresión que mezclaba satisfacción y desafío. Sin decir nada, ella salió rápidamente de la oficina, con el sonido de su corazón retumbando en sus oídos. A cada paso, la sensación de que este encuentro marcaría el comienzo de algo inevitable se hacía más fuerte. Mickaela aprovechó su hora de almuerzo para pedir un sándwich a la rotisería cercana. Estaba sentada en un pequeño rincón de la galería, disfrutando de unos minutos de tranquilidad, cuando vio a Kael salir de su oficina, acompañado de Naomi. La forma en que él colocó una mano en la espalda de su secretaria mientras ella sonreía coquetamente dejaba poco a la imaginación. No era difícil notar que entre ellos había algo más que una simple relación profesional.

Kael la miró un momento desde la distancia, una sonrisa ladeada jugando en sus labios.

-Voy a almorzar -dijo con tono despreocupado, como si le estuviera avisando por pura cortesía.

Mickaela levantó la vista de su sándwich, conteniéndose para no rodar los ojos.

-Buen provecho -respondió con indiferencia, volviendo a concentrarse en su comida.

Él rió suavemente, disfrutando de su actitud desafiante, y se fue junto con Naomi sin agregar nada más. Mickaela respiró profundo, decidida a ignorarlo. La hora del almuerzo era suya, y no pensaba desperdiciarla pensando en el arrogante de su jefe. Mientras mordía el sándwich, un joven entró a la galería, llamando su atención. Era alto y sus ojos parecían brillar con curiosidad. Vestía con una elegancia casual, como alguien que estaba acostumbrado a moverse en lugares como ese. Se detuvo frente a uno de los cuadros más grandes, observándolo en silencio. Mickaela se limpió las manos con una servilleta y se acercó.

-Es una obra interesante, ¿no? -dijo, intentando iniciar una conversación mientras se colocaba junto a él.

-Sí, tiene algo hipnótico -respondió el joven sin apartar la mirada del lienzo.

-El artista juega mucho con los contrastes -añadió ella -La forma en que utiliza la luz hace que la escena parezca viva...

Hablaron un rato más sobre la obra, disfrutando del intercambio. Mickaela encontró la conversación sorprendentemente agradable. Había algo encantador en la manera relajada y segura del joven, que hacía que el tiempo pasara más rápido de lo que esperaba. En ese momento, la puerta principal se abrió, y Kael regresó. Al ver al joven, su expresión cambió a una mezcla de sorpresa y diversión.

-Ryan -lo saludó, caminando hacia ellos -Te esperaba más tarde.

Ryan sonrió y se encogió de hombros.

-Andaba por la zona y pensé en pasar a visitarte. Quería conocer a tu nueva galerista también.

Ryan volvió su mirada hacia Mickaela, y una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

-Por cierto, no me habías dicho que era tan bonita.

Mickaela sintió el calor subirle al rostro ante el comentario, pero antes de que pudiera responder, Kael habló, interponiéndose entre ellos con una sonrisa afilada.

-O más bien, tan hermosa -añadió, como si quisiera tener la última palabra. La tensión en el ambiente era evidente. Kael y Ryan intercambiaron una mirada cargada de significados, mientras Mickaela intentaba decidir si ese momento era una broma privada entre dos amigos o parte de algún juego más complejo que no terminaba de entender. Kael dio un paso adelante, con una sonrisa perezosa y satisfecha, como si estuviera disfrutando más de lo que debería del momento incómodo. -Mickaela Frost -dijo él, inclinando ligeramente la cabeza hacia ella -Y este es Ryan Hale.

Ryan extendió su mano hacia ella, una sonrisa encantadora pintada en su rostro.

-Un placer conocerte, Mickaela -dijo con voz suave y cálida.

Mickaela le tomó la mano, pero antes de soltarla, Ryan la giró y depositó un beso ligero en el dorso, como si fuera un caballero sacado de otro tiempo. Ella parpadeó, sorprendida, mientras él le dedicaba una sonrisa galante. Kael resopló, con una expresión divertida en su rostro, y cruzó los brazos.

-Ah, ya veo cómo es esto. A él le das la mano y dejas que te la bese, ¿pero a mí ni siquiera me la quisiste extender? -protestó Ryan, fingiendo estar ofendido.

Mickaela, incómoda con la atención de ambos hombres, le soltó la mano de golpe a Ryan. Este dejó escapar una breve risa, encantado por su reacción.

-Kael, no la asustes -bromeó Ryan, mirando a su amigo -No todavía, al menos.

Ambos se miraron, compartiendo una sonrisa cómplice, como si ese intercambio fuera solo uno de los muchos juegos que entendían sin palabras. Kael le pasó el brazo por los hombros a Ryan, dándole una palmada amistosa mientras ambos se encaminaban hacia la oficina.

-Que nadie me moleste en un rato rato -le dijo Kael a Mickaela sin volverse, su tono casual, como si no fuera consciente del pequeño torbellino de emociones que acababa de dejar atrás.

-Yo no soy tu secretaria, díselo a ella -rezongó

-Ella se tomará la tarde libre, es que la he dejado muy exhausta... -y le guiño un ojo, mientras Ryan reía.

Ella soltó un bufido y se quedó quieta, observando cómo los dos amigos se internaban en la oficina entre murmullos y risas que no alcanzaba a descifrar. Mickaela apretó los labios, incómoda y confundida por lo ocurrido. No sabía exactamente qué hacer o cómo sentirse al respecto. Decidió volver a su lugar y terminar el almuerzo, aunque la comida ahora le supiera insípida. El ambiente seguía cargado, como si la energía de Kael y Ryan hubiera dejado una huella en la galería que era imposible ignorar. La sensación de que estaba en medio de un juego peligroso, en el que no entendía todas las reglas, la perseguía incluso mientras intentaba concentrarse en su trabajo.

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