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El Cerezo y la Katana

El Cerezo y la Katana

Autor: : Sol Cánaves Díaz
Género: Romance
Durante el periodo Edo, en Japón, los hombres luchan entre ellos, la sangre nipona de hermanos y hermanas se derrama constantemente, y Hirotaro, un humilde samurai, lucha al servicio de su Emperador. En medio de todo ese caos, surge un pequeño retoño de cerezo, Sakura, la hermosa princesa, hija del máximo gobernante del país del Sol Naciente. Entre ellos surge la pasión y el amor, completamente prohibidos, no sólo por las leyes mismas de su señor, sino también por la promesa de matrimonio que separa a ambos amantes. Cuando el deber manda no hay lugar para el amor.

Capítulo 1 Ichi

A mi padre, que me enseñó a no desfallecer ante mi enemigo.

A mi madre, por transmitirme su amor hacia la cultura japonesa.

A mi hermano, por hacer de mí una guerrera.

A la vida, por todo lo que tengo.

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¿Una flor caída

volviendo a la rama?

Era una mariposa

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Me enlistaron en el ejército japonés a la tierna edad de diez años. Mi madre y padre, incapaces de seguir manteniéndonos a mí y mi hermana, nos vendieron. Mi hermana fue a parar a una okiya(1), y yo... a servir al emperador.

En aquel entonces no era más que un simple muchacho de campo, había pasado mi vida cosechando el arroz, cuidando de las gallinas, ayudando a mi padre con la pequeña huerta que teníamos. No hacía nada más que jugar y trabajar; no sabía leer ni escribir y apenas si sabía montar a caballo. La noche en la que nos separaron a mí y a mi hermana fue la última vez que vi a mis padres.

Unos samurais me levantaron en andas de mi cama, mientras otros sujetos se llevaban a mi hermana a una carreta diferente de la mía. La llamaba a gritos, llamaba a mis padres, pidiendo socorro, pero nadie acudió. Me arrojaron dentro de la carreta y emprendimos el viaje hacia la ciudad de Edo.

Con el bamboleo de la carreta, iba llorando y limpiando mi rostro con mi sucia manga, el samurai que estaba frente de mí se quitó el casco. Era un hombre de edad madura, y una cicatriz le cruzaba la cara, tenía un parche en el ojo por lo que supuse que le faltaba dicho órgano.

¬-¿Cómo te llamas? -me preguntó, dirigiendo su único ojo hacía mí.

-Koichi -le dije, mirando mis manos entrelazadas-. Me llamo Koichi.

-Koichi-kun(2) -repitió mientras se rascaba su quijada, pensativo-. Mi nombre es Nobunaga, soy uno de los servidores del emperador.

-Es un honor conocerle, Nobunaga-sama -susurré con suimisión, al mismo tiempo que inclinaba mi cabeza, en señal de respeto.

¬-¿Cuántos años tienes, Koichi? -preguntó mientras me miraba fijamente.

¬-Diez inviernos, señor. Soy el hijo menor de una humilde familia de campesinos -respondí.

El samurai desvió la mirada de mí y la posó en una humilde choza que quedaba a poca distancia; allí la carreta se detuvo y descendieron otros dos samurais. Luego de unos minutos, regresaron a la carreta trayendo en andas a dos muchachos de más o menos mí misma edad, llorando, gritando y llamando a sus padres que los observaban desde la entrada del hogar. Los subieron en la carreta, donde estábamos Nobunaga-sama y yo, nos miraron con el rostro lleno de lágrimas y resentimiento.

-¿Cómo te llamas? -dijo Nobunaga-sama, formulando la misma pregunta que me había hecho a mí, pero esta vez dirigió su horrible ojo al muchacho que parecía de edad más avanzada.

-Mi nombre es Souta -respondió el niño-, éste es mi hermano menor, Yuki.

El viejo Samurai se presentó a sí mismo y preguntó la edad de los niños, Souta tenía once inviernos y Yuki tan sólo siete.

Durante el viaje hacia la ciudad de Edo se habló poco y nada, dormíamos a la luz de las estrellas y la luna, comíamos lo que nos daban nuestros acompañantes, y rara vez pedíamos que se detengan para hacer nuestras necesidades naturales.

Entablé lazos con Yuki y Souta, necesitaría de amigos dentro del enorme palacio imperial; al cuarto día de nuestro viaje, llegamos a las afueras de Edo. Las edificaciones se veían a lo lejos, para muchachos de campo, como nosotros, aquel mundo civilizado era algo que escapaba a nuestra imaginación, ni siquiera en nuestras fantasías más locas nos hubiéramos imaginado el conocer algún día la capital del imperio. Conforme nos acercábamos, divisábamos a lo lejos el imponente palacio del emperador; se erigía orgulloso, poniendo en la sombra tanto a edificios menores como a las personas que por allí pasaban.

Las murallas protegían al palacio de la mirada de los indeseados, a cada costado de la entrada había dos guardias, los cuales nos abrieron la pesada puerta para dejarnos entrar, pudiendo así, apreciar más de cerca el palacio. Nos alejamos de las edificaciones principales para ir a las caballerizas y cuarteles; donde teníamos nuestro sitio.

Nos llevaron al interior de los cuarteles, donde estaban las habitaciones de los pupilos y discípulos; Yuki, Souta y yo compartíamos una diminuta habitación en el segundo piso, apenas había luz y una pequeña ventana que daba a una parte del palacio. Armamos los futones3 y nos miramos desconcertados, mientras Yuki lloraba en el regazo de su hermano mayor, yo miraba el atardecer desde la ventana. Nobunaga-sama entró y nos dejó ropas limpias, tabis(4), guetas(5) y zoris(6); nos miró y nos recomendó que descansáramos, pues mañana empezaba nuestro entrenamiento.

-¿Para qué, Nobunaga-sama? -pregunté.

-Para ser un samurai.

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ACLARACIONES DE AYUDA AL LECTOR

1 Albergue que da alojamiento a una maiko o geisha mientras dura su nenki, o contrato.

2 El sufijo –kun es sufijo honorífico, una demostración de respeto de un mayor hacia un menor, depende de la edad se utiliza –san (personas de misma edad o de un menor hacia un mayor) –chan (entre muchachas jóvenes o hacia una persona a la que se le tiene mucha confianza o a los niños pequeños) y –sama (versión más respetuosa y formal de san. Suele usarse en el ámbito profesional para dirigirse a los clientes, (llamándoles o-kyaku-sama, señor cliente) o a personas de mayor categoría que el hablante, aunque también puede usarse para referirse a alguien que uno admira profundamente. Cuando se utiliza para referirse a uno mismo, sama expresa arrogancia extrema o la intención de reírse de uno mismo, como en el caso de ore-sama) y -dono (sufijo arcaico extremadamente formal. En la época de los samuráis se utilizaba para denotar un gran respeto hacia el interlocutor pero en condición de igualdad. Tiene un significado similar al del "Don" o "Doña" español, aunque no indica procedencia noble.)

3 Cama tradicional japonesa consistente en un colchón y una funda unidas y suficientemente plegables como para poder ser almacenado durante el día y permitir otros usos en la habitación, además de como dormitorio.

4 Calcetines tradicionales japoneses que utilizaban indistintamente hombres y mujeres

5 Sandalias japonesas hechas de madera que se usan encima de los tabis, poseen suelas de madera haciendo que el calzado se eleve a unos centímetros del suelo.

6 Sandalia asiática de paja de arroz.

Capítulo 2 Ni

A la mañana siguiente nos despertaron antes de la salida del sol. Nuestro día empezó con un baño (pues los samurais de rango mayor detestaban nuestro hedor) y luego de vestirnos empezamos con nuestros quehaceres como discípulos: Mantener aseado en cuartel, limpiar las caballerizas, cepillar a los caballos, darles de comer y de beber, lavar la ropa de nuestros superiores, limpiar el jardín de las ramitas secas del otoño y abastecer al cuartel de agua.

Luego, almorzábamos y teníamos nuestras clases: nos enseñaron a leer y a escribir, historia, poesía, pintura, kyujutsu (el arte del arco), kenjutsu (el arte de la esgrima), juttejutsu (el arte de la equitación), Aikido y sojutsu (el arte de la lanza) entrenábamos duramente y luego de la caída del sol, regresábamos a nuestras habitaciones a descansar, pues el día siguiente era más duro que el anterior.

Al principio, tanto Souta como yo, queríamos huir de allí y regresar con nuestras familias, pero con el transcurso del tiempo descubrimos el culto mundo de los samurais, su dedicación, su perfeccionamiento diario, nos enamoramos de su tradición y costumbres; a partir de aquel momento en que nos habían aceptado como discípulos, nuestro destino había dejado de ser el de un pobre campesino para pasar a ser el de un noble samurai.

Souta se dedicó con cuerpo y alma a descubrir los misterios que encerraban el arco y la flecha, el pequeño Yuki encontró el consuelo para sus lágrimas en la lanza, y yo me dediqué por completo al kenjutsu.

Ocurrió un día de invierno en el que estaba practicando con mi bokken1, en el jardín, repasando las lecciones del día, cuando apareció una chiquilla, no aparentaba tener más de unos 5 años; supuse que se trataba de una de las niñas que servía en el palacio pues llevaba un sencillo kimono de trabajo, sucio y andrajoso, me sonrió abiertamente, pude apreciar que le faltaba un diente.

¬-¡Hola!, Mi nombre es Asuka, ¿cómo te llamas? -me preguntó.

-Me llamo Koichi -respondí en tono cortante, no tenía intenciones de relacionarme con una niña como ella.

Riendo y hablando me tomó de la mano y me llevó con ella a alimentar a los peces del estanque, jamás había visto animalitos tan graciosos y multicolores como ellos y Asuka imitaba a la perfección su forma desenfrenada de devorar la comida que les arrojábamos. Pronto nos aburrimos y Asuka me pidió que le mostrase como practicaba con mi bokken, le enseñé los movimientos que estaba practicando antes de que ella llegase; la niña maravillada aplaudía y me alentaba. Su risa era como las campanillas de viento mecidas por una suave brisa.

-¿Quieres probar? -le pregunté ofreciéndole mi bokken. Asuka lo tomó con manos temblorosas, experimentó su peso, su textura. En seguida tomó confianza y empezó a hacer las mismas exclamaciones que yo al realizar los movimientos; sin embargo, no supo controlar bien la fuerza al blandir mi espada de madera y esta golpeó el tronco del árbol, rebotó y golpeó a Asuka en la sien. Al momento, el lugar donde recibió el golpe empezó a sangrar; en vez de llorar, la niña se reía con la misma alegría que antes.

Detrás de nosotros escuché un grito de angustia y desesperación, giré sobre mí mismo y vi al jefe del cortejo de la princesa, con todo el cortejo por detrás y Nobunaga-sama; venían corriendo directamente hacia nosotros.

-¡Princesa! -gritó el jefe- ¡Princesa Sakura!

-¿Princesa? -repetí, mirando a Asuka, la cual me sonrió con una sonrisa culpable.

-¡Insolente! -exclamó el jefe del cortejo- ¿Cómo te atreves a raptar a la Princesa?

Al ver la herida sangrante en ella, me dirigió una mirada de odio, tomó la katana de Nobunaga-sama y se preparó para dirigirme un golpe mortífero. Nobunaga-sama tomó la espada por la hoja y lo detuvo, a pesar de que su mano estaba sangrando, no dejó de sostenerla, con mano firme.

--Yo no hice nada! -me defendí enfurecido- Yo estaba practicando...

-¡Koichi-kun! -la potente voz de mi maestro se resonó en todo el jardín, dirigiéndome una mirada para que me calle. Guardé mi bokken e hice una profunda reverencia de cuarenta y cinco grados en señal de respeto, sumisión y disculpas.

Para sorpresa de todos, Asuka (o Sakura) fue quien habló, ahí fue donde dejó de ser una simple chiquilla juguetona y adquirió el porte de una princesa.

Precedió a explicar lo que había sucedido, luego de finalizado su relato, hizo una reverencia en señal de respeto hacia Nobunaga-sama, el cual se arrodilló ante ella en el piso, reverenciándola, y tiró de mi nagabakama(2) para que lo imite.

Sakura pidió disculpas una vez más y se alejó con su cortejo. Yo levanté la vista para verla alejarse, y cuando esta se perdió de vista, me puse de pie. Nobunaga-sama me observaba con su único ojo. Yo tragué saliva.

-No serás castigado pues jamás conociste a la princesa -dijo, colocando su mano en mi hombro-, pero de ahora en más, trata de mantenerte alejado de ella, no porque desconfíe de ti, sino porque el jefe del cortejo es muy especial en cuanto se trata a la seguridad de su pequeña flor de cerezo.

-Sí, sensei -afirmé ofreciéndole una reverencia.

Me desperté una fría mañana de invierno, más temprano de lo normal, todavía estaba oscuro. Souta y Yuki dormían profundamente, tomé mi abrigo y mi bokken y salí de mi habitación. Caminé lentamente por los corredores intentando no hacer ruido; al parecer todavía era de noche. Salí del cuartel y vi como caía la nieve lentamente. Me senté en la entrada, de piernas cruzadas, mientras me maravillaba con los remolinos de copos que provocaba el viento al pasar suavemente. Escuche que alguien se acercaba, pero no me di vuelta para ver quién era.

-Estoy aquí por estar, y la nieve

sigue cayendo -susurró mi acompañante, se trataba de Souta. Me di vuelta para mirarlo y mi compañero de habitación me sonrió abiertamente-: Es el haiku(3) que recitó el maestro en la clase de ayer.

-Lo sé -le respondí.

-¿Qué haces despierto tan temprano? -preguntó, sentándose a mi lado.

-Lo mismo que tú -respondí-: Veo la nieve caer.

-Algo maravilloso, ¿no es así? -suspiró mirando la copa de los árboles decoradas de un blanco inmaculado.

Continuamos en silencio, uno sentado al lado del otro, sólo escuchábamos nuestras respiraciones, y observábamos como nuestro aliento hacía extrañas figuras en el aire.

De repente, Souta empezó a llorar, yo lo miré sorprendido, dejó caer un par de lágrimas y luego se las secó con su manga.

-Tendremos nuestra primera batalla en un par de semanas -sollozó, mirándome a los ojos.

Yo me quedé mudo, había olvidado nuestro verdadero propósito como estudiantes de soldados: Servir al emperador. Había estado absorto en aquél maravilloso mundo y ahora debía enfrentarme al infierno.

-Te prometo que no moriremos en nuestro primer combate -le respondí.

¿Estaba en el infierno?, ¿acaso era una pesadilla? Estaba parado junto a Nobunaga-sama en medio de un caos, sangre, miembros amputados, muerte, oscuridad... La nieve, antes blanca y pacífica, ahora estaba teñida de escarlata, hacía un frío terrible, mis manos, aferradas al estandarte de nuestra división, estaban azules.

-Koichi-kun -dijo Nobunaga-sama. Lo miré, incapaz de creer lo que había ocurrido, jamás, en mis diez años, había visto semejante masacre, tanta sangre, tanta muerte-. Ya todo terminó, vamos.

Apenas podía seguirle el paso; la densa nieve hacía casi imposible mi andar, sumado al peso de la armadura y el estandarte no entendía cómo era posible que pueda moverme aunque sea un poco. Los soldados pasaban cerca de nosotros montados en sus caballos, arrastrando heridos y cantando canciones de victoria; otros soldados iban separando los cadáveres de nuestros compañeros de los del enemigo, retiraban sus armaduras y armas y las apilaban en una carreta. Souta, que había crecido bastante en los escasos meses desde que llegamos, ayudaba en esa tarea.

Nobunaga-sama me ayudó a montar en su caballo y nos dirigimos al galope hacia la villa en donde se hospedaría el ejército. Algunos soldados se nos habían adelantado y estaban festejando por su cuenta, tirados en las entradas de los burdeles, bebiendo sake y siendo atendidos por mujeres. Nosotros, simplemente nos dirigimos hacia la posada, mi superior le pidió a la dueña que prepare un baño, comida y bebida.

Una vez en la habitación, Nobunaga-sama se despojó de su armadura, y se preparó para su baño; yo tomé sus ropajes y los acomodé, me dispuse a limpiar su armadura de los restos de sangre. Mientras lo hacía reproducía en mi mente lo ocurrido en aquella tarde, cada movimiento de los sables y lanzas, cada gesto, cada grito de guerra y de dolor... La valentía que habían demostrado los soldados enemigos, pese a ser menos que nosotros habían luchado con valor.

-Morir en batalla es el mayor honor que un samurai puede alcanzar. -había dicho Nobunaga-sama, en el cuartel mientras bebía sake y miraba la nieve caer-. Un samurai no soporta la derrota, por eso comete seppuku(4). Si tu enemigo ha caído, y desea acabar con su vida, no le niegues ese honor.

Nobunaga-sama ingresó a la habitación, ya aseado y cambiado listo para dormir.

-He ordenado que preparen un baño para ti también, por si deseas asearte -gruñó mi superior, yendo lentamente hacia el futon, arrastrando los pies, se lo notaba cansado. Yo sabía que mis deseos no era lo que a él le preocupaba; había aprendido que sus "sugerencias" o "preocupaciones" eran en realidad órdenes directas que debían ser cumplidas-. Yo iré a dormir, así que trata de no hacer ruido cuando regreses.

Me levanté del piso, hice una reverencia antes de salir y me dirigí hacia el baño. Algunos soldados estaban tirados en el pasillo, dormidos de la borrachera; tuve extremo cuidado en no pisarlos. En el baño me relaje y trate de no pensar en lo que había visto en el campo de batalla; sin embargo, mi mente inquieta seguía rememorando cada detalle insignificante, desde la forma en la que saltaba la sangre hasta los bellos y macabros dibujos que formaba cuando tocaba la nieve blanca y pura.

-Basta -me dije a mi mismo-. Te vas a volver loco si sigues pensando en eso. Este es el camino que elegiste, esta batalla no será la última que verás.

Salí del baño en rumbo a la habitación, los ronquitos de mi superior se escuchaban desde el pasillo. Muy lentamente, me metí en el futon y cerré los ojos, intentando conciliar el sueño.

Los días en aquella villa pasaron lentamente, todos los días salíamos a combatir, los refuerzos llegaban diariamente desde distintas partes del imperio, engrosando cada día más y más las filas de las hordas del emperador.

Durante mi estancia en aquel lugar aprendí a tocar la flauta, era un medio de relajación muy efectivo luego de las batallas, no era tan artístico como Nobunaga-sama o Souta que creaban haikus que deleitaban al lector más exquisito; o como el pequeño Yuki, que había transformado a su lanza en su compañera de baile y cada movimiento suyo estaba suavemente mecido, líquido, etéreo, armonioso. La flauta fue mi compañera en aquellos momentos de soledad, cuando observaba las nubes de tormenta formarse lentamente, animadas por el viento que soplaba voraz; o en los fríos inviernos viendo la nieve flotar grácil y liviana.

Para la festividad del año nuevo, regresamos al palacio del emperador. Yo en aquel entonces había cumplido los once años; la ciudad se vistió de fiesta y alegría, los fuegos artificiales iluminaban a la ciudad con un brillo irreal.

De vez en cuando, cuando estaba haciendo mi guardia, veía pasar el cortejo de la princesita Sakura, desde aquel incidente con mi bokken había evitado todo tipo de contacto con ella o con cualquiera de su cortejo, estaba prohibido mirarla a los ojos, bajo pena de muerte; sin embargo, ella intentaba volver a establecer contacto conmigo, a lo que huía despavorido, y ella bajaba la mirada, entristecida. Con el correr de los años, aquel interés hacia mi persona fue disminuyendo, hasta desaparecer. Jamás me percate de lo sola que se podía llegar a sentir al tener a todo el mundo alrededor de ella, velando por ella, vistiéndola, alimentándola... y sin una mirada tierna que cobije la suya, acarreando la muerte a cambio de tal atrevimiento.

Los años en el cuartel transcurrieron lentamente, vi florecer los cerezos del palacio cuatro veces, maravillándome de cada flor, cuando sin darme cuenta, me había convertido en hombre. En mi decimoquinto cumpleaños celebré mi mayoría de edad, la ceremonia del gembuku. Para su cumpleaños número quince, Souta había recibido un caballo y un verdadero arco, y se le permitió usar el moño alto como símbolo de su virilidad. Para mi festejo, Nobunaga-sama presentó ante mí una soberbia armadura y una bellísima caja de madera blanca, larga y lustrada; al abrirla me encontré con una bellísima katana5 de mango blanco, esta brillaba como si estuviere siendo reflejada por la luz del sol. Al verla me quedé sin habla, era lo más hermoso que había visto en mi vida.

-Ahora te pertenece a ti -dijo Nobunaga-sama-, junto con esto.

Me entregó un pergamino sellado con el sello imperial, lo abrí con dedos temblorosos y leí muy lentamente cada oración. Si mi sorpresa era grande en ese momento, luego de leer el contenido del pergamino no podía articular palabra: Nobunaga-sama me reconocía como su hijo y era su único heredero.

-Esto, no... no puedo aceptarlo, Nobunaga-sama -susurré con toda mi humildad, dejando el pergamino ante él y reverenciándolo.

-¿Por qué no? -preguntó tajante-. Todos mis hijos varones murieron en las guerras y todas mis hijas están casadas, quiero que recibas mi herencia.

Yo levanté la vista, imposible de creerlo, pasaría de ser el hijo de un campesino a ser el de un noble samurai, con todos los derechos y privilegios, con un apellido y una herencia.

-Por favor, acéptalo, hijo mío -suplicó, Nobunaga-sama, una lágrima nació de su único ojo y recorrió su mejilla; yo tragué saliva nervioso.

-Está bien, padre -acepté, inclinándome ante él, honrándolo y reverenciándolo, como todo hijo debía hacer.

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NOTAS DE AYUDA AL LECTOR

1Sable de madera para los que los aprendices practiquen sin lastimarse.

2Pantalón tradicional japonés, bastante holgado.

3 Poema breve, generalmente formado por tres versos, de cinco, siete y cinco moras respectivamente. Comúnmente se sustituyen las moras por sílabas cuando se traducen o componen en otras lenguas. La poética del haiku generalmente se basa en el asombro y el arrobo que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza.

4Vulgarmente conocido como harakiri, suicidio ritual japonés por desentrañamiento, si bien en japonés se prefiere el término seppuku (切腹), ya que la palabra harakiri no se usa por considerarse vulgar.

5Sable samurái, símbolo de su estatus.

Capítulo 3 San

Mi padre adoptivo me rebautizó con el nombre de Takanashi Hirotaro, ahora formaba parte de los samurais, tenía un apellido(1), podía pasearme por las calles de la ciudad portando mi katana y mi wakizashi(2), orgulloso de ambas. Con el correr del tiempo, dejé de lado la posibilidad de usar el chonmage(3) y preferí usar mi cabello corto para mayor comodidad.

Souta también fue adoptado por uno de los samurais que había quedado sin herederos; Yamaguchi-sama lo acogió y lo rebautizó bajo el nombre de Yamaguchi Masamune. Masamune, por su parte le suplicó a su padre que adoptase también al pequeño Yuki, y cuando este cumplió los quince años recibió el nombre de Yamaguchi Yoshiie.

Los tres nos dedicábamos a las tareas de los cuarteles, sólo que ahora ya no dormíamos en el ático: Cada uno tenía su habitación propia, cómodamente amueblada, en las mansiones de nuestros padres. Apenas despuntaba el alba nos entregábamos a nuestras labores y enseñanzas; intentábamos ser amables con aquellos niños que habían corrido nuestra misma suerte y tratábamos de no darles mucho trabajo, aunque no muchos merecían ese trato.

Llegó, pues, el día en el que mi padre me obligó a convertirme en hombre, tenía dieciocho años. Masamune, que ya había pasado por eso, me acompañó hasta el distrito del placer; durante el trayecto no mencionamos una palabra, pero mi corazón galopaba desenfrenado conforme cada paso que daba.

En la puerta del burdel, Masamune me palmeó el hombro y me deseo lo mejor, dejó que entre sólo. En el interior ya me estaban esperando, una señora mayor se inclinó y me guio hacia una habitación en uno de los pisos superiores sin articular sonido. En aquella habitación me esperaba una jovencita quizás un par de años más joven que yo, la cual sumisa y muda, me despejó de mis armas, mi ropa y se llevó, sin pena ni gloria, mi inocencia.

Al salir, Masamune me esperaba de brazos cruzados, apoyado contra la pared de un muro; al verme repitió el mismo gesto que me hizo antes de que entrara y ambos regresamos hacia nuestros hogares en absoluto silencio.

Nuevamente tuvimos que enfrentarnos a poderosos enemigos; esta vez mi puesto ya no era en el estandarte de la división, sino en el frente de batalla, sobre mi caballo, con Yoshiie y Masamune a mi lado. Fue así como recibí mi decimonoveno cumpleaños.

¬-Mira cómo se preparan para morir -dijo Yoshiie. Poco quedaba del antiguo Yuki, aquel joven de quince inviernos, alto, fornido, de mirada penetrante y atemorizadora había desplazado al pequeño niño tímido y miedoso que alguna vez había llegado al cuartel. Miraba airoso al enemigo desde la montura de su caballo pelirrojo, su lanza brillaba con destellos rojos a la luz del Sol del atardecer, clamando sangre; Yoshiie la acarició como quien acaricia la cabeza de un niño impaciente y excitado.

-Te apuesto una botella del mejor sake a que mato más enemigos que tú, hermanito -se burló Masamune, preparando su carcaj.

-Que sean dos -accedió su hermano, aumentando la apuesta.

Mi padre se acercó al galope hasta donde nos encontrábamos nosotros tres, se lo veía nervioso; a pesar de haber librado innumerables batallas se comportaba como si fuese la primera vez que batallaba. Nos dio las indicaciones de último minuto y regresó al lado de Yamaguchi-sama.

-¿Por qué tu padre se encontraba tan nervioso, Hirotaro? -preguntó Yoshiie.

-Desconozco el motivo -respondí, mirando hacia su dirección; mi padre hablaba con Yamaguchi-sama, el movimiento de sus manos demostraban que estaba nervioso por algo en especial, y se movía inquieto en la silla de montar mientras se retorcía las manos-. Aguarden aquí, que nadie se mueva hasta que dé la orden.

Taloneé a mi caballo y galopando me acerqué hasta donde estaba mi padre. Al verme llegar, Yamaguchi-sama interrumpió su charla; me miró preocupado.

-Padre, ¿qué sucede? -pregunté-. Lo noto inquieto y preocupado.

-Hemos recibido una información que aún no ha sido confirmada -dijo mi padre, acariciando el mango de su katana-: Recibimos la noticia de que el enemigo ha conseguido armas de fuego del exterior.

-¿Armas de fuego, padre? -pregunté mirándolo incrédulo-. No puede ser posible, los únicos que poseemos tales armas somos nosotros y no nos deshonraríamos utilizándolas para el combate.

-Hijo, veo shinigamis por todos lados -susurró mi padre. Empalidecí, pues que mi padre vea shinigamis era un muy mal augurio, los ángeles de la muerte se arremolinaban sobre él, como aves de rapiña, esperando su caída-. Temo que esta sea mi última batalla.

-Padre, por favor, no diga eso -supliqué con la cara seria y en voz baja.

-Prométeme de que llevarás a las hordas del Emperador hacia la victoria -suplicó tomando mi mano, sus manos estaban frías como el hielo y temblorosas-, no permitas que el enemigo se haga con el poder de estas tierras, guía a tus hermanos y honra mi nombre.

-Padre, yo...

-Sé humilde, ante todo y ante todos. -continuó hablando mientras lloraba tranquilamente-, no caigas en vicios, ama a tu mujer, respétala, enséñales el bien a tus hijos y se honesto, contigo mismo y con los demás.

Luego hizo algo que nunca se había hecho: Descendió de su caballo, me reverenció y besó mí frente estando yo montado en mi caballo.

Ante la mirada incrédula de todos los soldados, lentamente volvió a montar. En señal de respeto y humildad me incliné ante él y volví al galope con mis compañeros.

-¿Qué sucedía? -preguntó Yoshiie.

-Información de última hora -gruñí, les expliqué rápidamente la nueva adquisición del enemigo.

-Deberíamos dar voz de aviso -sugirió Masamune, mirándome-. Yo me encargaré del flanco izquierdo, tú del derecho.

Ambos salimos cabalgando, revisando a nuestra tropa con la mirada, cuando estuve seguro de que alcanzaría a hacerme oír por todos, hablé. Mi voz sonaba como un tambor de guerra.

-¡Soldados! -rugí-. ¿Están listos para dar la vida por su Emperador?

Mis tropas gritaron al unísono, afirmando su entrega por el supremo jefe.

-¡He sido informado que nuestro enemigo ha decidido caer aún más bajo utilizando armas de fuego! -continué-. ¡No deben permitirles recargar!, ¡avancen sobre ellos y llévenlos directo al infierno!, ¿entendieron?

Los soldados gritaron nuevamente de la misma forma.

-¡No les den el privilegio del seppuku!, ¡ellos ya han escogido morir deshonrosamente!, ¡acaben con ellos! -vociferé levantando mi katana y rugiendo junto con ellos.

Volví al galope hacia mi puesto, Masamune volvía también.

-Se acercan -susurró Yoshiie-: Puedo oler su hedor.

--¡PREPÁRENSE! -gritamos Masamune y yo.

A nuestras espaldas gritaron miles de hombres, sedientos de sangre listos para dar la vida, parecían una jauría de perros rabiosos, deseando aquel grupo de corderos que venían a por nosotros. Mi corazón latía desenfrenado, la adrenalina empezó a correr por mis venas, mis manos se aferraron con fuerza al mango de mi katana, que latía también.

Tuvimos el primer contacto del enemigo, su número era casi parecido al nuestro, considerando que poseían armas de fuego era un enemigo importante, rogaba a los dioses que no hayan tenido mucho tiempo para practicar con aquel nuevo juguete. Cuando el enemigo terminó con su formación pudimos apreciar los colores de sus estandartes y el brillo de sus armaduras con aquel Sol, rojo como la sangre.

¬-Hoy la tierra se teñirá de escarlata -dijo Masamune.

-Pero no con nuestra sangre -dije yo-, sino con la de ellos.

El enemigo gritó y se desplegó rápidamente, yo aguardé hasta tenerlos al flanco de tiro de los arqueros. Dicha división estaba a cargo de Masamune, el cual dio la orden de atacar. Una lluvia de flechas se desplegó sobre ellos, como demonios que caen sobre su víctima indefensa. Cayeron unos cuantos de ellos; pero el enfrentamiento aún no acababa.

-¡Soldados! -grité, desenfundando mi espada. Mis hombres gritaron al unísono. Cuando vi que se encontraban donde yo quería que estén, di la orden de atacar-. ¡Ataquen!

Mi caballo se irguió sobre sus cuartos traseros, y con una jauría de perros salvajes me lancé al ataque.

El plan era el siguiente: Cuando yo me encontrara cerca de la línea que habíamos preparado con mis compañeros, Masamune daría la orden de disparar a los arqueros con flechas incendiarias y así el círculo de aceite entraría en combustión para que no puedan escapar de nuestro encuentro y no puedan utilizar los fusiles.

Cuando Masamune me encontró en las proximidades de aquel corral de muerte que habíamos preparado, dio la orden. Los arqueros dispararon y el corral de muerte entró en combustión; cuando se armó el círculo, nuestras tropas parecían enviadas desde el mismo infierno, el enemigo gritó asustado, intentando huir, pero yo ya los tenía al filo de mi espada. Empecé a cortar cabezas, miembros y a perforar pechos casi desenfrenadamente; cuando me encontraba en el campo de batalla perdía la noción de quien era, me volvía un demonio, un ser sediento de sangre.

Escuché el primer disparo, comencé a reír a las carcajadas, aquellos fusiles no les serviría, no con mis hombres que habían sido preparados bajo un riguroso entrenamiento. No con mis hermanos, Yoshiie y Masamune, dos locos en el arte de la guerra... No conmigo que había sido enviado desde el mismo infierno para acabar con ellos.

Yoshiie apareció a mi lado, blandiendo elegantemente su lanza, su cara parecía una máscara noh(4), inexpresiva excepto por una macabra sonrisa, manchada de sangre, barro y sudor que dibujaban enigmáticos dibujos. Sus ojos estaban fijos en sus víctimas, tenía la pupilas dilatadas, los manos aferradas a su lanza; su lengua recorrió sus labios, saboreando la sangre de sus enemigos que había saltado a su rostro. Realmente era un demonio enviado para acabar con los que se interponían en su camino.

La batalla fue una carnicería, las armas de fuego que nuestro enemigo poseía no sirvieron de nada. Con un último giro de mi katana separé la cabeza del cuerpo de un soldado enemigo y la batalla acabo. Mis hombres y yo festejamos aquella victoria, esa noche seguramente sería un desenfreno total: sake, sushi de la mejor calidad, buena compañía para mis hombres y el permiso de dormir hasta tarde. Sin embargo, todo eso acabo cuando Masamune me llamó a gritos, desesperado.

¬-¿Qué sucede? -pregunté, mirando hacia su dirección.

-Hirieron a tu padre -respondió.

Deje caer mi katana ante la sorpresa, fui corriendo a su encuentro, esperaba que su herida no sea de gravedad. Mi padre estaba tirado en el suelo, cerca había unos cuantos enemigos y compañeros caídos, se aferraba el pecho con una mano, al parecer había recibido el único disparo que se había efectuado durante la batalla.

Mi padre levantó la vista, mi sombra se desplegaba sobre él, mi casco con cuernos formaba una tétrica imagen junto con el Sol que se encontraba a mi espalda.

-Un shinigam... -susurró.

Me quité el casco y lo miré.

-No, padre, soy yo... -dije arrodillándome a su lado y tomando su mano.

-Hijo... parece que mi hora a llegado -susurró-. Lo único que me molesta... es morir de esta forma... tan deshonrosa.

-Padre... no.

Mi padre tomó su katana y la puso en mi mano. Me miró con su único ojo, su vista estaba llena de lágrimas, me suplicaba con ella.

-Haz lo que tienes que hacer - ordenó.

Lo ayude a sentarse correctamente, le quite la armadura, abrí su kimono y coloqué sus mangas debajo de sus rodillas; le pedí a mis hombres que traigan agua, sake y un pedazo de tela que no haya sido manchado con sangre(5). Mi padre limpió sus manos mientras la sangre brotaba de su pecho lampiño y su vientre salía por encima de la cintura de su armadura. Tomé su katana por el mango, la desenfuné y uno de mis hombres empapó el filo con el sake. Mi padre tomó su wakizashi y apoyó su punta en la boca de su estómago, del lado izquierdo. Me paré detrás de él, y alrededor nuestro, los soldados se arrodillaron; me preparé, levanté su katana, listo para dar el golpe final.

-Tras esta vida, la muerte; ¿habrá otra después de ésta? -recitó mi padre antes de hundir la daga en su estómago; se trataba de un haiku que había escrito hacia un par de semanas, y luego clavó la daga en su cuerpo, abriendo su vientre de izquierda a derecha en forma horizontal. Continuó abriendo su estómago hasta el esternón, como debía ser realizado el seppuku, me hizo la señal para que procediera: asintió con la cabeza. Exclamé un único grito y corté la cabeza de mi padre, el cuerpo sin vida cayo delante, haciendo una última reverencia a la vida y recibiendo la muerte con humildad. En silencio, mis hombres y yo le dedicamos una reverencia, me arrodillé a su lado, dejé su katana, lo reverencié nuevamente para levantarme con cuidado.

-Preparen su cuerpo para el funeral -ordené, yendo hacia el campamento.

Me encerré en mi tienda de campaña, de un tirón empecé a quitarme la armadura, las espadas y me senté en el suelo a llorar. Si bien Nobunaga-sama no era mi padre biológico había llegado a sustituir a mi verdadero progenitor gracias a la dedicación y al amor con el cual me había tratado durante los años que había permanecido a su lado. Sentía la necesidad de llorar su muerte, le iba a estar eternamente agradecido; gracias a él me había convertido en samurai, tenía un apellido, una herencia... Era alguien en este mundo.

-¿Hirotaro? -dijo una voz detrás de mí, se trataba de Yoshiie. Sin dejar de darle la espalda me puse de pie mientras me secaba las lágrimas.

-Dime -respondí, mi voz salió gruesa y oscura.

-Es acerca del funeral de tu padre -respondió, su voz sonaba distante para mis oídos.

-¿Qué sucede? -quise saber.

- ¿Deseas que sea incinerado o enterrado? -preguntó.

Me quedé en silencio, meditando. El cuerpo de mi padre no podía ser enterrado entre sus enemigos, sería una ofensa a su memoria.

-Crémenlo -decidí, mirando a Yoshiie por sobre mi hombro-. Preparen la pira, avisa a los hombres que tendrán tres días para descansar, el viaje de regreso será un poco más largo que el de ida, nos desviaremos un poco.

-¿Hacia dónde? -preguntó Yoshiie.

-Quiero depositar los restos de mi padre en el pie del Monte Fuji -respondí.

El cuerpo de mi padre descansaba sobre la pira, la Luna se cernía sobre nosotros, alumbrando aquel ritual, su último ritual. Mis hombres y hermanos estaban detrás, en absoluto silencio, vistiendo yukatas negras.

Su cuerpo vestía la mortaja blanca de los difuntos, humedecí sus labios con un poco del mejor sake del batallón, lo necesitaría en el largo viaje hacia el otro mundo, y puse en la palma de su mano seis monedas de oro para que cruce el río que lo llevaría al otro mundo.

Había un profundo silencio en el ambiente, sólo se escuchaba el soplar del viento, las banderas de las diferentes divisiones flameando suavemente, el crepitar de las hogueras... el resto era completo silencio.

Masamune se acercó con una antorcha, puso una mano en mi hombro y lo apretó con fuerza. Yo miré la pira funeraria, suspiré y lentamente acerqué la antorcha a la pila de madera. Esta encendió lentamente y luego, al tocar el aceite, avivó su intensidad. En pocos segundos, su cuerpo se vio envuelto en llamas, incliné la cabeza y oré por el descanso de su alma; unas lágrimas solitarias brotaron de mis ojos, y cayeron a mis pies. En silencio hice una reverencia y dejé al cuerpo de mi padre solo, mientras este iniciaba su viaje hacia la eternidad.

Mi tropa se emborracho como nunca en esos tres días que permanecimos en la aldea, nunca supe si fue porque yo se los permití o porque estaban desolados por la pérdida de mi padre. En cuanto a mí... no importaba cuanto lo intentaba, ni la compañía más lujuriosa, ni el mejor sake de todo Japón podía llenar ese vació en mi pecho; me refugié en mi flauta y en mi espada, me refugié en el arte de la guerra, cada movimiento de mi espada, cada grito era una forma de llenar momentáneamente ese hueco en mi corazón. Sin embargo, sabía que a los pies del monte que había elegido, el alma de mi padre encontraría la paz que tanto necesitaba.

Por las noches me atormentaban pesadillas de todo tipo, me levantaba de mi futon y caminaba por toda la casa a oscuras. Había heredado una fortuna considerable para ser un joven de samurai de veinte años, mi hogar quedaba a pocos minutos a caballo del Palacio imperial, era una pequeña mansión aunque demasiado grande para mí solo. Sin embargo, la compañía de mi perra, Gin, era más que suficiente para mí; al volver de mis labores en el palacio me dedicaba una sonrisa y me acompañaba en mi solitaria ceremonia del té.

Yoshiie me sorprendió un día en que estaba orando frente al santuario de mi padre; en el butsudan(6) se encontraba la tablilla mortuoria de color negro con los nombres de mi difunto padre grabados en letras doradas. Frente al butsudan estaba la katana que había pertenecido a él, descansando en su suporte.

-Mi señor Hirotaro -dijo una de mis sirvientes-, el señor Yoshiie está aquí.

Primero terminé de orar, hice una reverencia y me puse de pie.

-Gracias, prepara sake y comida para nuestro invitado -pedí, mi sirvienta nos reverenció a ambos y se retiró de la habitación en silencio.

-¿Qué sucede hermano? -pregunté, Yoshiie había crecido considerablemente durante los últimos años a mi lado.

-Tengo buenas noticias -anunció, su sonrisa se ensanchó-: Voy a casarme.

Aquella buena nueva me dejó sin habla, no imaginaba al pequeño Yoshiie casado, apenas tenía diecisiete años, pero estaba infinitamente feliz por él.

-Tú eres mayor que yo -me recordó-. ¿Por qué aún no estas casado?

-Ríete si quieres, no me interesa el matrimonio -respondí, Yoshiie lanzó una carcajada-. Mi destino es la guerra, no entiendo como estas manos que quitaron tantas vidas podrían tratar amablemente a una mujer.

Mi sirvienta llegó con el sake y con algo de arroz y pescado para mi invitado y para mí, hizo una reverencia y se retiró.

-Bueno, pues, la noticia que tengo para ti te vendrá muy bien -dijo sorbiendo un poco de sake.

-¿Cuál es? -pregunté.

-El Emperador está impresionado con tus últimas victorias y ha decidido ascenderte a un puesto muy importante -respondió mirándome por encima de su taza-: Serás el jefe de la guardia de la princesa Sakura.

Esa noticia me sorprendido.

-¿Ha olvidado ya mi incidente con su pequeña flor de cerezo cuando éramos niños? -pregunté, tomando un poco de pescado.

-Al parecer, ni lo recuerda -rio Yoshiie de manera burlona-. Deberás presentarte mañana ante el emperador, a mediodía, en la sala del trono.

-Allí estaré -respondí.

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NOTAS DE AYUDA AL LECTOR

1Solo las clases de élite podían tener un apellido, el resto de las castas carecían del mismo, cosa que se modificó en el período Meiji.

2Sable más pequeño, parecido a una daga.

3Moño alto característico de los samuráis.

4Máscara de teatro japonés, algunas son realmente atemorizantes.

5En el ritual del sepuku, morir con las manos manchadas de sangre es un deshonor, es por eso que Nobunaga-sama lava sus manos y las envuelve con un pedazo de tela limpia.

6Santuario armario de madera con puertas que encierran y protegen a un icono religioso, típicamente una estatua o un rollo de pergamino mándala. Algunas sectas budistas ponen placas conmemorativas "ihai" para sus parientes difuntos dentro o junto al Butsudan, significa "Casa de Buda".

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