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El Contrato del CEO y la Deuda de Amor

El Contrato del CEO y la Deuda de Amor

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
-Firma en la línea de puntos, Valeria. Veinticuatro meses. Cero sentimientos. Obediencia absoluta. A cambio, la vida de tu hermano estará a salvo. Valeria Soler nunca imaginó que su futuro tuviera un precio, hasta que el corazón de su hermano menor comenzó a fallar. Desesperada, ahogada en deudas médicas y sin opciones, acepta el trato de un hombre que parece carecer de alma: Alexander Vance. Alexander es el CEO más temido y despiadado de la ciudad. Frío, inalcanzable y con un imperio que proteger, necesita desesperadamente una esposa de conveniencia para cumplir una cláusula testamentaria y mantener a raya a una ex prometida obsesiva. Valeria, acorralada por la necesidad, es la marioneta perfecta para su plan. Las reglas del juego son simples: compartir el techo, sonreír ante las cámaras y jamás cruzar la línea hacia el corazón. Sin embargo, la rebeldía y la luz de Valeria comienzan a agrietar la coraza de hielo del magnate. Pronto, las miradas robadas, los roces accidentales y los celos posesivos amenazan con incendiar el estricto contrato que los une. Justo cuando el falso matrimonio empieza a sentirse peligrosamente real y Alexander parece dispuesto a entregarle el mundo entero a sus pies, los fantasmas del pasado despiertan. Valeria descubre que su encuentro no fue casualidad. Alexander esconde un oscuro secreto, uno que conecta la tragedia de su propia familia con la sangre de los Vance. ¿Fue el destino lo que los unió, o su "amor" es solo el pago de una oscura y antigua deuda?

Capítulo 1 El precio de un milagro

El olor a antiséptico siempre había sido el aroma del miedo para Valeria. Sentada en la incómoda silla de plástico de la sala de espera, observaba cómo las manecillas del reloj de pared avanzaban con una lentitud tortuosa. Cada segundo era un recordatorio de que el tiempo de Leo se agotaba.

-¿Señorita Soler?

Valeria se puso de pie de un salto. Sus manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos, temblaron ligeramente. Frente a ella, el Dr. Mendoza sostenía una carpeta con una expresión que le heló la sangre. No era la mirada de un médico que trae buenas noticias; era la mirada de alguien que se prepara para dar un golpe de gracia.

-Dígame que ya lo autorizaron -suplicó Valeria, con la voz apenas por encima de un susurro-. Dijeron que la revisión tardaría 24 horas. Ya pasaron treinta.

El médico soltó un suspiro pesado y la guio hacia su oficina. Una vez dentro, cerró la puerta, ofreciéndole una privacidad que Valeria supo que no quería.

-Lo siento mucho, Valeria. El seguro ha clasificado la cardiopatía de Leo como una "condición preexistente no declarada". Han denegado la cobertura total de la cirugía.

El mundo pareció detenerse. Valeria sintió un pitido agudo en los oídos que ahogó el ruido del hospital.

-¿Preexistente? -logró decir, sintiendo que el aire le faltaba-. Leo tiene ocho años. Nació con esto, ellos lo sabían cuando firmamos la póliza. ¡Es ilegal que hagan esto ahora!

-Sus abogados son expertos en encontrar grietas en los contratos, hija -dijo el doctor con verdadera lástima-. Sin la cobertura, el hospital requiere un depósito inicial para programar el quirófano. Estamos hablando de doscientos mil dólares solo para empezar.

Doscientos mil dólares. Para Valeria, esa cifra podría haber sido de doscientos millones; era igual de inalcanzable. Sus ahorros se habían esfumado entre consultas, medicamentos y las noches que tenía que faltar al trabajo para cuidar a Leo cuando la fiebre subía demasiado. Su sueldo en la cafetería apenas cubría el alquiler del pequeño apartamento donde vivían.

-Tiene que haber otra forma -dijo ella, con lágrimas quemándole los ojos-. Haré turnos dobles, pediré un préstamo...

-Valeria, siendo realistas, ningún banco te dará esa cantidad con tus ingresos. Y Leo no tiene meses. Tiene semanas. Si no se opera antes de que termine el mes, su corazón simplemente... dejará de luchar.

Valeria salió de la oficina del médico como un fantasma. Caminó por el pasillo hasta la habitación 402. A través del cristal de la puerta, vio a su hermano pequeño. Estaba pálido, conectado a monitores que dictaban el ritmo de su frágil existencia, pero al verla, sus ojos se iluminaron y le dedicó una sonrisa débil mientras sostenía su desgastado muñeco de superhéroe.

Se dio la vuelta, incapaz de dejar que la viera llorar. Se apoyó contra la pared fría del pasillo y se deslizó hasta el suelo, escondiendo el rostro entre las manos. Estaba sola. Estaba rota. Y su hermano iba a morir porque ella no tenía el dinero suficiente para comprar su vida.

-Haría cualquier cosa -sollozó para sí misma, con una desesperación que le quemaba las entrañas-. Lo que sea. Solo... por favor, sálvenlo.

En ese momento, el eco de unos pasos firmes y metálicos resonó en el pasillo. Una sombra larga y elegante se proyectó sobre ella. Valeria levantó la vista, limpiándose las lágrimas con rudeza.

Frente a ella, un hombre que parecía haber sido esculpido en mármol frío la observaba con una intensidad calculadora. Traje de tres piezas, una presencia que exigía espacio y unos ojos grises que no mostraban ni un ápice de compasión, pero sí un interés profundo.

-¿Cualquier cosa, señorita Soler? -La voz del hombre era profunda, aterciopelada y peligrosamente tranquila.

Valeria se quedó sin aliento. Reconocía ese rostro de las portadas de las revistas de finanzas. Era Alexander Vance. El hombre que no hacía caridad, solo inversiones.

-¿Quién es usted? -preguntó ella, poniéndose de pie y tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos.

-Soy el hombre que va a pagar la cirugía de su hermano -respondió él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal-. Pero antes de que el primer centavo llegue a la cuenta de este hospital, usted tendrá que firmar algo para mí.

Valeria sintió un escalofrío. Sabía que estaba a punto de hacer un pacto con el diablo, pero mientras miraba a través del cristal a su hermano, supo que no tenía otra opción.

-¿Qué quiere de mí?

Alexander esbozó una sonrisa lenta, carente de calidez.

-Quiero su libertad por los próximos dos años. Quiero una esposa.

Capítulo 2 Una propuesta en el infierno

El silencio que siguió a las palabras de Alexander Vance no era un silencio ordinario. Era una densa neblina que parecía absorber el pitido constante de las máquinas de monitoreo y el murmullo distante de las enfermeras en el pasillo. Valeria sentía que el suelo bajo sus pies se volvía líquido. "Quiero una esposa", había dicho él, con la misma naturalidad con la que un hombre de su calibre pediría un café expreso o cerraría una adquisición hostil de una empresa multimillonaria.

Valeria parpadeó, sintiendo que las lágrimas que aún mojaban sus mejillas se enfriaban contra su piel. Miró a aquel hombre. Alexander Vance era la personificación del poder absoluto. Su traje oscuro, hecho a medida, no tenía una sola arruga, y su presencia convertía aquel lúgubre pasillo de hospital en una extensión de su oficina en el último piso de un rascacielos.

-¿Una esposa? -repitió ella, con la voz quebrada-. Señor Vance, esto debe ser una broma de muy mal gusto. Mi hermano se está muriendo a unos metros de aquí. No estoy para juegos.

Alexander no se inmutó. No hubo rastro de ofensa en su rostro, ni siquiera una pizca de incomodidad ante la evidente angustia de la mujer frente a él. Simplemente ajustó el gemelo de plata de su muñeca izquierda con una precisión mecánica.

-No bromeo con los negocios, señorita Soler. Y mucho menos bromeo con mi tiempo -respondió él, dando un paso más hacia ella.

El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo, cuero caro y algo metálico y frío, invadió los sentidos de Valeria, borrando por un instante el omnipresente olor a desinfectante. Él era demasiado alto, demasiado imponente. Ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-Venga conmigo -ordenó él, más que sugirió-. Este no es lugar para discutir los términos de un contrato que definirá el resto de su vida.

-No voy a ir a ninguna parte con usted -replicó Valeria, aunque su resolución flaqueaba al ritmo que recordaba la cifra de doscientos mil dólares-. Ni siquiera lo conozco. Solo sé lo que dicen las noticias... que es un hombre sin escrúpulos.

Alexander arqueó una ceja, y por primera vez, una sombra de algo parecido a la diversión cruzó sus ojos grises.

-Entonces sabe lo suficiente. Sabe que si hago una promesa, la cumplo. Y mi promesa es esta: si usted acepta mis términos, el mejor equipo quirúrgico del país estará aquí mañana al amanecer para salvar a ese niño. Si se queda aquí esperando un milagro gratuito, para el viernes estará eligiendo un ataúd pequeño.

El golpe fue brutal. Valeria ahogó un sollozo, llevándose una mano a la boca. La crudeza de Alexander era aterradora, pero era real. La realidad era su enemigo más cruel en ese momento.

-Cinco minutos -dijo Alexander, consultando su reloj de pulsera de edición limitada-. Hay una cafetería privada en la planta baja. Mi chofer ya ha despejado un área. Usted decide: cinco minutos de conversación por la vida de su hermano, o el orgullo de una mujer pobre por su muerte.

Sin esperar respuesta, él se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus pasos resonaban con una autoridad que parecía hacer que incluso las paredes del hospital se apartaran a su paso. Valeria miró hacia la habitación de Leo. Vio su pequeña mano pálida descansando sobre la sábana. No tenía elección. Nunca la había tenido desde el momento en que el corazón de su hermano decidió fallar.

Caminó tras él, sintiéndose como una condenada al cadalso.

La cafetería estaba desierta, a excepción de dos hombres corpulentos de traje negro que custodiaban la entrada. Alexander estaba sentado en una de las mesas del rincón, con un café humeante frente a él que no tocaba. Cuando Valeria se sentó frente a él, se sintió pequeña, desaliñada y fuera de lugar con su suéter de lana gastado y sus jeans viejos.

-¿Por qué yo? -fue lo primero que ella preguntó, con los ojos fijos en sus propias manos temblorosas sobre la mesa-. Hay miles de mujeres que matarían por llevar su apellido. Modelos, herederas, mujeres que saben cómo moverse en su mundo. Yo no soy nada de eso.

Alexander la observó en silencio durante un largo rato. Sus ojos recorrían su rostro con una intensidad que la hacía sentir desnuda. No era una mirada lujuriosa, era la mirada de un tasador evaluando una joya o una propiedad.

-Precisamente por eso, Valeria -dijo él, pronunciando su nombre por primera vez. Su voz sonaba extrañamente íntima y autoritaria al mismo tiempo-. No necesito una mujer que quiera mi dinero, porque ya tengo demasiado. No necesito una mujer con ambiciones sociales, porque las ambiciones de los demás suelen estorbar las mías. Necesito a alguien que me deba todo. Alguien cuya lealtad esté garantizada por una deuda que nunca podrá pagar con dinero.

-Me quiere como a un perro fiel -escupió ella con amargura.

-La quiero como a una esposa ante el mundo -corrigió él-. Mi abuelo, el fundador de Industrias Vance, dejó una cláusula arcaica en su testamento. Para consolidar mi posición como presidente vitalicio y acceder al fondo de reserva del imperio, debo estar casado y mantener ese matrimonio durante al menos dos años.

Alexander hizo una pausa, y su expresión se endureció.

-Además, hay una mujer, Isabella de la Roca. Usted probablemente la conoce por las columnas de chismes. Está convencida de que estamos destinados a estar juntos por una alianza de familias. Su obsesión ha empezado a afectar mis negocios y mi paz mental. Un matrimonio con alguien... inesperado... como usted, terminará con sus pretensiones de un solo golpe.

Valeria soltó una risa seca y nerviosa.

-Así que soy el escudo contra su ex novia loca y la llave para su herencia. Es un negocio muy rentable para usted, señor Vance.

-Es un negocio rentable para ambos -replicó él fríamente-. Usted obtiene la vida de su hermano, la mejor educación para él, una casa donde no tenga que preocuparse por las goteras y una cuenta bancaria que nunca se vaciará. A cambio, usted me entrega dos años. Vivirá en mi casa, asistirá a los eventos que yo decida, sonreirá cuando yo lo diga y, lo más importante, seguirá mis reglas.

-¿Qué reglas?

Alexander se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos.

-Regla número uno: no cuestionará mis decisiones en público. Regla número dos: mantendrá una conducta impecable; no quiero escándalos. Regla número tres: esto es un contrato comercial. No habrá contacto físico más allá de lo necesario para mantener las apariencias frente a terceros. Y la regla más importante de todas, Valeria...

Él hizo una pausa intencionada, y sus ojos grises parecieron volverse de acero.

-No se enamore de mí. No habrá espacio para el romance en esta casa. No soy el príncipe azul de los cuentos que usted probablemente lee. Soy un hombre de negocios, y usted es mi adquisición más reciente.

Valeria sintió una punzada de humillación, pero la rabia empezaba a suplantar al miedo.

-No se preocupe por eso, señor Vance. Su ego es lo suficientemente grande para los dos, no hay espacio para que yo sienta nada por usted.

Alexander asintió, aparentemente satisfecho con la respuesta. Sacó una pluma estilográfica de oro de su bolsillo y un documento de apenas dos páginas que parecía haber estado esperando en su chaqueta. Lo deslizó sobre la mesa hacia ella.

-Es un acuerdo preliminar. Mañana, mis abogados traerán el contrato completo de cincuenta páginas, pero esto es suficiente para que yo dé la orden de iniciar la cirugía de Leo hoy mismo.

Valeria miró el papel. Los términos estaban ahí, fríos y claros. Su nombre junto al de él. El precio de su libertad escrito en tinta negra.

-¿Y si me niego? -preguntó ella, en un último intento de rebeldía.

Alexander se puso de pie con elegancia, abotonando su chaqueta.

-Entonces me iré de aquí. Mi chofer me llevará a una cena de negocios y usted regresará a la habitación de su hermano a ver cómo se apaga su vida mientras se pregunta cuánto vale realmente su orgullo. La decisión es suya, Valeria Soler. Pero decida ahora. Mi oferta expira en cuanto cruce esa puerta.

Valeria miró el papel y luego la puerta de la cafetería. Pensó en Leo, en sus manos pequeñas, en su risa que se volvía cada vez más débil. Pensó en las noches que había pasado llorando en el suelo de la cocina porque no sabía cómo pagar la luz.

Con los dedos temblando violentamente, tomó la pluma. El metal estaba frío, igual que el hombre que la observaba. Firmó con trazos rápidos, como si quisiera terminar con la agonía lo antes posible.

Alexander tomó el papel, lo revisó brevemente y lo guardó. No hubo una felicitación, ni un apretón de manos.

-Bienvenida a la familia Vance, Valeria -dijo él, con una voz que no contenía alegría, solo triunfo-. Mañana a las seis de la mañana, un coche vendrá a buscarla. Traiga lo esencial. El resto de su vida anterior... considérelo basura.

Alexander se dio la vuelta y salió, seguido por sus guardaespaldas. Valeria se quedó sola en la cafetería desierta, con el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza en sus oídos. Había salvado a su hermano, pero acababa de darse cuenta de que, para hacerlo, había tenido que entregar su propia alma al hombre más peligroso que jamás había conocido.

Miró por la ventana y vio el coche negro de Alexander alejarse bajo la lluvia. La deuda de amor acababa de empezar, y el interés iba a ser mucho más alto de lo que ella jamás imaginó.

Capítulo 3 La Letra Pequeña

El amanecer trajo consigo un milagro envuelto en papel de regalo corporativo. A las cinco y media de la mañana, un equipo de especialistas que Valeria solo había visto en reportajes médicos internacionales cruzó las puertas del hospital. No hubo preguntas sobre seguros médicos ni miradas de lástima; solo una eficiencia militar. El Dr. Mendoza, el cardiólogo que la noche anterior le había dado la sentencia de muerte de su hermano, ahora caminaba detrás del cirujano jefe, asintiendo con una sumisión que a Valeria le resultó desconcertante.

-Todo está cubierto, señorita Soler -le había dicho el administrador del hospital, un hombre que antes ni siquiera le sostenía la mirada, ofreciéndole ahora un café de máquina como si fuera un manjar-. El señor Vance ha dejado instrucciones muy claras. Leo entra a quirófano en una hora.

Valeria apenas tuvo tiempo de besar la frente pálida de su hermano antes de que las enfermeras lo prepararan.

-Voy a estar bien, Vale -susurró el niño, aferrando su muñeco gastado. Estaba somnoliento por los sedantes preliminares, pero sus ojos oscuros brillaban con una confianza ciega en su hermana mayor-. Tú siempre me cuidas.

-Siempre, mi amor -respondió ella, con la garganta apretada en un nudo que le impedía respirar con normalidad-. Cuando despiertes, todo será diferente. Te lo prometo.

A las seis en punto, tal como Alexander había advertido, el teléfono de la recepción sonó. Era para ella.

El descenso al vestíbulo fue el paseo de un condenado. Al cruzar las puertas automáticas del hospital, el aire frío de la mañana la golpeó, pero no tanto como la visión del sedán negro de lujo aparcado en la entrada, flanqueado por un chofer de traje impecable. No había escapatoria. El contrato preliminar que había firmado en la cafetería la había atado con cadenas invisibles pero indestructibles. El hombre le abrió la puerta trasera sin decir una palabra.

El trayecto hacia el distrito financiero transcurrió en un silencio opresivo. Valeria miraba por la ventana tintada cómo los barrios modestos y conocidos de su vida cotidiana se iban transformando en avenidas flanqueadas por rascacielos de cristal y acero. Eran monumentos a la ambición, torres donde hombres como Alexander Vance jugaban a ser dioses con las vidas de los mortales.

El coche se detuvo frente a la Torre Vance, un obelisco moderno que parecía perforar las nubes grises de la ciudad. El chofer la guio a través del inmenso vestíbulo de mármol blanco. Las miradas de los empleados se clavaron en ella de inmediato. Con su ropa gastada por la mala noche, su cabello alborotado y el cansancio marcado en ojeras profundas, Valeria parecía un intruso en un ecosistema de trajes de diseñador y maletines de cuero.

La subieron por un ascensor privado que no tenía botones, solo un lector biométrico. El estómago de Valeria dio un vuelco cuando la cabina se disparó hacia el último piso, dejándola con una sensación de vértigo puro.

Las puertas se abrieron con un suave susurro, revelando la guarida del lobo.

La oficina de Alexander Vance era inmensa, minimalista y gélida. Paredes de cristal del suelo al techo ofrecían una vista panorámica y vertiginosa de la ciudad bajo sus pies, un recordatorio visual de que él estaba por encima de todos. No había fotografías familiares, ni plantas, ni un solo adorno personal. Todo era cromo, negro y gris.

En el centro del espacio, detrás de un escritorio de obsidiana que parecía tallado en un solo bloque de oscuridad, estaba él.

Alexander leía un documento, absorto, ignorando su llegada. Llevaba una camisa blanca impecable con las mangas ligeramente remangadas, revelando antebrazos fuertes y un reloj que probablemente costaba más que todo el barrio donde Valeria había crecido.

Valeria se quedó de pie en el umbral, sintiéndose miserable y diminuta. Pasaron dos largos minutos en los que el único sonido fue el rasgueo de la pluma estilográfica de Alexander sobre el papel. Era una táctica de poder, y ella lo sabía. Quería que ella sintiera el peso de su irrelevancia.

Finalmente, Valeria se aclaró la garganta.

-Dijeron que subiera -murmuró, odiando cómo su voz tembló ligeramente.

Alexander levantó la vista lentamente. Sus ojos grises, fríos e impenetrables, la recorrieron de pies a cabeza con una lentitud insultante, evaluando el daño que la noche y la angustia habían causado en ella. No mostró ni aprobación ni disgusto. Era un hombre mirando un activo fijo.

-Siéntese, Valeria -ordenó, señalando una de las sillas de cuero blanco frente a su escritorio.

Ella cruzó la vasta extensión de la alfombra gris y tomó asiento. La silla era tan ergonómica y suave que casi la absorbió, haciéndola sentir aún más pequeña.

Alexander cerró la carpeta que tenía delante y deslizó hacia ella un pesado bloque de papeles encuadernados en una sobria carpeta azul oscuro.

-Cincuenta y dos páginas -anunció él, apoyando los codos sobre el escritorio y uniendo las yemas de los dedos-. El contrato definitivo. Léalo.

Valeria tragó saliva y acercó el documento. La portada rezaba "Acuerdo de Matrimonio y Confidencialidad". Al pasar la primera página, se encontró con una muralla de jerga legal, pero a medida que avanzaba, las cláusulas se volvían dolorosamente claras y específicas. Eran grilletes hechos de tinta.

-Cláusula 4.1... -leyó Valeria en voz alta, frunciendo el ceño-. El matrimonio tendrá una duración exacta e irrevocable de veinticuatro (24) meses a partir de la firma del acta civil. Ninguna de las partes podrá solicitar la disolución anticipada sin incurrir en penalizaciones financieras severas.

-Si usted intenta huir o solicitar el divorcio antes del plazo, el costo total de los tratamientos médicos de su hermano, más intereses y daños y perjuicios, recaerá sobre usted -aclaró Alexander con tono monocorde-. Lo que significa la ruina absoluta. E ir a la cárcel por fraude, si mis abogados deciden ponerse creativos.

Valeria sintió un escalofrío. Continuó leyendo, pasando las páginas con dedos temblorosos.

-Cláusula 7.2... Obligaciones de residencia. -Valeria levantó la vista-. ¿Debo mudarme hoy?

-A mi mansión en las afueras de la ciudad, sí. Se le asignará una suite en el ala oeste. Yo resido en el ala este. Sus pertenencias actuales no son necesarias; todo lo que requiera será proveído por mi personal.

Valeria bajó la mirada de nuevo al papel, sintiendo cómo le arrebataban hasta el derecho sobre su propia ropa. Pero fue la siguiente sección la que hizo que el calor le subiera a las mejillas.

-Sección 8: Intimidad y Conducta Física -Valeria leyó para sí misma antes de abrir mucho los ojos. Susurró las palabras, incrédula-. Bajo ninguna circunstancia se espera, requiere o permitirá la consumación física del matrimonio en el ámbito privado. Ambas partes mantendrán dormitorios separados y respetarán los límites físicos establecidos.

Ella levantó la mirada hacia Alexander, sintiendo una extraña mezcla de profundo alivio y una punzada de indignación por lo clínicamente que estaba redactado.

-Se lo dije ayer -respondió él, notando el rubor en el rostro de la joven-. No la traje aquí para calentar mi cama, Valeria. Ese tipo de compañía es fácil de conseguir y no requiere cincuenta páginas de acuerdos de confidencialidad. Usted es una pantalla. Nada más.

-Me alegra que estemos de acuerdo, señor Vance -replicó ella, inyectando todo el veneno que pudo en su voz-. Creer que me resultaría remotamente atractivo compartir una cama con un témpano de hielo requeriría de mucha imaginación por mi parte.

Por un microsegundo, la mano de Alexander se detuvo en el aire antes de tomar su taza de café. Fue una vacilación imperceptible, una ligera tensión en la mandíbula, pero Valeria la vio. A él no le gustaba que le respondieran.

-Continúe leyendo, señorita Soler. La cláusula nueve es de vital importancia.

Valeria bajó la vista de nuevo, respirando hondo para calmar el latido errático de su corazón.

-Cláusula 9: Obediencia y Conducta Pública. La Segunda Parte (Valeria Soler) deberá mostrar total devoción, afecto y sumisión hacia la Primera Parte (Alexander Vance) en todo evento público, social o familiar. Esto incluye, pero no se limita a: tomarse de la mano, aceptar muestras de afecto moderadas (abrazos, besos en la mejilla o labios frente a la prensa), y respaldar incondicionalmente cualquier declaración de la Primera Parte.

Valeria apretó el papel hasta arrugar las esquinas.

-En resumen -dijo ella, cerrando el documento con un golpe seco sobre la mesa de obsidiana-, en privado no puedo acercarme a usted a menos de dos metros, pero en público debo actuar como un perrito faldero enamorado que besa el suelo por donde camina.

-Una analogía vulgar, pero precisa -concedió Alexander, recostándose en su silla-. La prensa cree que soy un hombre despiadado e incapaz de amar. Mi abuelo creía lo mismo. Isabella cree que solo ella puede ablandarme. Usted debe convencerlos a todos de que, de alguna manera incomprensible, me ha convertido en un hombre de familia devoto. Su trabajo es que el mundo crea que la adoro.

-Y a cambio, ¿yo no recibo nada más que el pago del hospital? -preguntó ella, desafiante.

-Lea la página cuarenta y cinco.

Valeria abrió el documento en la página indicada. Abrió los labios con asombro. Había una asignación mensual detallada. Era una cifra astronómica. Más de lo que ella habría ganado trabajando cincuenta años en la cafetería.

-Al finalizar los veinticuatro meses, si ha cumplido satisfactoriamente con todos los términos, recibirá un bono de separación de dos millones de dólares, libres de impuestos, además de un fideicomiso educativo para su hermano -Alexander se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre el escritorio-. Cuando cruce esa puerta en dos años, nunca más tendrá que trabajar, preocuparse por dinero o volver a ver mi rostro. Será libre, y será rica.

Valeria miró la cifra. Dos millones de dólares. Era el precio de su alma. Era el costo de fingir durante setecientos treinta días que amaba a un hombre que la despreciaba. Pensó en Leo, en su sonrisa, en la oportunidad de darle la vida que merecía.

No había duda alguna. Nunca la hubo.

-Hay algo que falta en este contrato, señor Vance -dijo Valeria, levantando la barbilla y mirándolo directamente a los ojos grises.

Alexander frunció el ceño.

-Mis abogados no cometen errores.

-No lo dudo. Pero le falta una cláusula a favor de la Segunda Parte -dijo ella, apoyando sus manos sobre la madera fría del escritorio-. Yo cumpliré con todo. Sonreiré, usaré su anillo, me mudaré a su museo de cristal y actuaré como la esposa perfecta ante las cámaras. Pero usted me respetará en privado. No seré su saco de boxeo emocional, ni toleraré humillaciones a puerta cerrada. Si soy su socia en esta farsa, me tratará como tal.

El silencio que siguió a su demanda fue absoluto. Alexander se quedó inmóvil, evaluándola. Debajo de la ropa gastada y el agotamiento, Valeria irradiaba un orgullo que el dinero no había podido comprar ni aplastar. Alexander había esperado a una mujer sumisa, destrozada por las circunstancias, agradecida de recoger las migajas de su mesa. En cambio, tenía frente a él a una fiera acorralada que aún tenía dientes.

Lentamente, las comisuras de los labios de Alexander se curvaron en lo que podría considerarse el fantasma de una sonrisa.

-Tiene mi palabra -dijo él en voz baja. Tomó la pluma de oro y se la tendió.

Valeria tomó la pluma. Sus dedos rozaron brevemente los de él, provocando una descarga de energía estática que la hizo sobresaltarse. Alexander no se movió, pero sus ojos se oscurecieron por un instante.

Sin dudarlo más, Valeria firmó su nombre en la última página del documento. Al soltar la pluma, sintió que una pesada puerta de hierro se cerraba a sus espaldas. Ya no había marcha atrás. Era oficialmente propiedad del imperio Vance.

Alexander tomó el documento y verificó la firma.

-Excelente -dijo, poniéndose de pie y abotonándose la chaqueta del traje con un solo movimiento fluido-. Puede ir a lavarse la cara al baño de invitados que está cruzando el pasillo. Tiene diez minutos.

Valeria parpadeó, confundida por la repentina prisa.

-¿Diez minutos? ¿Para qué?

Alexander tomó un pequeño estuche de terciopelo azul de su cajón y lo dejó sobre la mesa.

-El juez nos espera en el ayuntamiento a las nueve en punto para firmar el acta civil -respondió él, implacable-. Hoy es el día de nuestra boda, querida esposa. No queremos llegar tarde.

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