Mi matrimonio de seis años con Mateo era una cárcel helada. Él, siempre de espaldas, yo anhelando un amor que nunca llegó. Para el mundo, éramos la pareja perfecta; para mí, una soledad insoportable.
Una noche, esa farsa se desmoronó. Lo encontré en la capilla privada, no rezando, sino besando febrilmente el retrato bizantino de su prima, Isabel. Susurró: "Isabel... mi santa, mi pecado".
No me negaba su cuerpo por pureza, sino porque su obsesión era ella. ¡Mi marido era un hipócrita!
Pero lo peor estaba por llegar. Isabel, la musa de su locura, no era menos cruel.
Humillaciones públicas en la Feria, mi obra maestra artística destrozada a cuchillo. Y él, ¿qué hizo? La protegió.
En el hospital, después de que Isabel me agrediera, ¡Mateo autorizó un injerto de mi propia piel para cubrir un rasguño de ella!
Y más tarde, al elegir salvarla a ella en una explosión, mi amor, herido desde hace tiempo, finalmente murió.
¿Cómo pude amar a un monstruo así? ¿Qué hice para merecer este desprecio, este abandono total? Me sentía un objeto, despojada de mi dignidad y hasta de mi cuerpo. La rabia, fría y pura, era lo único vivo que quedaba en mí.
Basta. Un amor así no me merece. Con el corazón hecho pedazos y la piel marcada, tomé una decisión: lo dejaría, buscaría mi libertad lejos de la jaula dorada y de las mentiras. Encontraría mi propia felicidad, una que no dependiera de la aprobación de nadie. Este infierno, para mí, acababa de terminar.
La cama estaba fría.
Como siempre.
Sofía se dio la vuelta y miró a Mateo. Él dormía de espaldas a ella, una silueta rígida bajo las sábanas de lino. Seis años de matrimonio y el espacio entre ellos en la cama seguía siendo un abismo.
Ella se levantó, se puso una bata de seda y salió al balcón. La noche en la hacienda de los Vargas era silenciosa, solo se oía el susurro del viento en los viñedos.
Sacó su teléfono y marcó el número de su hermano.
"Javier", dijo en voz baja.
"¿Sofía? ¿Qué pasa? ¿Es él otra vez?" La voz de Javier sonaba despierta y preocupada.
"Sí", respondió ella, con la voz rota. "Se acabó, Javi. Voy a divorciarme".
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
"Ya era hora", dijo Javier finalmente, su tono una mezcla de alivio y enfado. "Te lo advertí desde el principio. Ese hombre no es para ti. Vive en otro siglo".
"Lo sé. Fui una idiota. Pensé que podía cambiarlo, que mi amor sería suficiente".
"El amor no lo arregla todo, Sofía. Menos a un fanático".
"Lo sé ahora", susurró ella, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a quemarle los ojos.
"Escúchame", dijo Javier, su voz volviéndose práctica. "Tengo todo listo en Lisboa. El apartamento está a tu nombre, el estudio también. Cuando estés lista, solo tienes que coger un avión. Aquí puedes empezar de cero".
"Gracias, Javi".
"Somos hermanos. Ahora, intenta dormir. Mañana hablamos con los abogados".
Colgó el teléfono y se quedó mirando la oscuridad. Una sensación de liberación, frágil pero real, comenzó a crecer en su pecho.
Pero no podía dormir. Una inquietud la empujó a caminar por los pasillos silenciosos de la enorme hacienda. Sus pasos la llevaron, como tantas otras veces, hacia la capilla privada de la familia.
La puerta estaba entornada.
Un sollozo ahogado llegó desde dentro.
Sofía se asomó con cuidado. Era la tercera vez que encontraba esta escena.
Mateo no estaba arrodillado ante el altar. Estaba de espaldas, frente a un retablo que ella sabía que ocultaba algo. A la luz de docenas de velas, su marido, el hombre que le negaba su cuerpo por un "voto de pureza", estaba besando un lienzo.
Un retrato de su prima, Isabel Vargas.
No era un retrato normal. Estaba pintado al estilo de un icono bizantino, con un fondo dorado y una expresión de santidad perversa. Había varios más a su lado, todos de Isabel, en diferentes poses de devoción.
"Isabel... mi santa, mi pecado...", susurraba Mateo, su voz rota por la pasión y la culpa.
Sofía sintió un frío que no era de la noche. Se apoyó contra la pared, el cuerpo entumecido.
El problema no era que Mateo no sintiera deseo.
El problema era que no lo sentía por ella. Su matrimonio entero había sido una mentira, un escudo para ocultar una obsesión prohibida y sacrílega.
Recordó el día que lo conoció, en una recepción en el Palacio de Dueñas. Él estaba en un rincón, hablando de teología con un sacerdote, ajeno al bullicio de la fiesta. Javier le había dicho que se mantuviera alejada, que los Vargas eran "veneno antiguo".
Pero ella se había sentido atraída por su seriedad, por su aire de hombre atormentado.
Durante meses, intentó de todo para llamar su atención. Llevaba vestidos atrevidos a las misas a las que él asistía, hablaba de arte moderno que sabía que él consideraría pecaminoso, se reía demasiado alto en su presencia.
Nada funcionó. Él la miraba con una indiferencia educada que la volvía loca.
Javier se reía de sus intentos. "¿De verdad quieres casarte con un monje?"
Y entonces, una tarde, sin previo aviso, él se le había acercado. "Sofía", dijo con su tono formal. "Mi familia cree que eres una buena elección. Cásate conmigo".
No hubo flores, no hubo una rodilla en el suelo. Fue una transacción.
Y ella, en su ceguera, había aceptado con lágrimas de felicidad, creyendo que había ganado.
Qué ingenua había sido.
Ahora, de pie frente a la capilla, todo encajaba. La noche de bodas, cuando él le habló de su voto de pureza. Los años de rechazo. Su piedad exagerada.
Todo era por Isabel.
Mateo se levantó, dio una última mirada anhelante a los retratos y se giró para salir.
Sofía se escondió en la oscuridad de un recodo.
Lo escuchó susurrar una última vez, "Te amo, Isabel", antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo.
Las lágrimas de Sofía cayeron en silencio. Se secó la cara con rabia. Ya no había dolor, solo un vacío helado y una determinación de hierro.
A la mañana siguiente, lo esperó en el gran comedor. Él entró, impecable en su traje, con la misma expresión distante de siempre.
"Buenos días", dijo él, sentándose en la cabecera de la mesa.
"Mateo", dijo ella, su voz sorprendentemente firme.
Él la miró, arqueando una ceja.
"Quiero el Mercedes deportivo que tienes en el garaje de Madrid. El rojo".
Él frunció el ceño, confundido. "¿Para qué?"
Sofía sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos. "Para irme. Me hará muy feliz".
Los trámites fueron rápidos. El dinero de la familia Serrano abría todas las puertas. En menos de veinticuatro horas, Javier le confirmó que su residencia portuguesa estaba aprobada y el traslado de sus pertenencias, en marcha.
Sofía miró su mano. El anillo de bodas, una pieza de platino con un diamante enorme, parecía un grillete. Se lo quitó y lo dejó sobre la cómoda. Se sintió más ligera al instante.
Seis años. Había sacrificado su vida social en Madrid, sus amigos, su galería. Había aprendido a cocinar los platos andaluces que a él le gustaban, había cambiado su ropa colorida por tonos discretos, había fingido interés en la viticultura y en obras de caridad católicas.
Todo por un hombre que la veía como un mueble.
"Se acabó", se dijo a sí misma en el espejo. "Nunca fue tuyo para empezar".
Esa tarde, sus amigas vinieron a buscarla.
"¡Sofía! ¿De verdad vas a venir a la Feria?", preguntó Clara, sus ojos abiertos de par en par.
"Claro que sí", respondió Sofía, saliendo de su vestidor.
Llevaba un espectacular traje de flamenca rojo sangre, con volantes que se movían como llamas. Su pelo estaba recogido en un moño bajo, adornado con un clavel rojo. Se había maquillado con los labios rojos y los ojos marcados.
Era la Sofía de antes. La que Mateo había intentado borrar.
"Dios mío, estás increíble", dijo Clara. "Pero... ¿y Mateo?"
"A Mateo que le den", respondió Sofía, cogiendo una copa de manzanilla de la bandeja que ofrecía un sirviente. "Esta noche voy a bailar hasta que me duelan los pies".
Y lo hizo. En la caseta de unos viejos amigos, bailó sevillanas con todos. Rió, bebió y sintió cómo la vida volvía a correr por sus venas.
"Cuidado", le susurró Clara al oído. "Mateo está en la caseta de al lado. Con toda su familia".
Sofía miró discretamente. Lo vio, sentado muy erguido en una silla, con su traje gris impecable, una mancha de austeridad en medio de la alegría desbordante de la Feria. Parecía un juez en un carnaval.
Un amigo de Mateo, Ricardo, se acercó a su mesa.
"Hombre, Mateo, tu mujer está desatada esta noche", comentó Ricardo con una sonrisa.
Mateo ni siquiera se giró. "Sofía conoce sus límites", dijo con frialdad.
Sofía escuchó el comentario y sintió una punzada de dolor. Ni siquiera le importaba. Su indiferencia era casi más insultante que un ataque de celos.
Pero entonces, todo cambió.
Isabel Vargas llegó a la caseta, vestida con un traje de flamenca blanco, como una virgen inocente. Saludó a todos con una sonrisa dulce y se sentó junto a Mateo.
La alegría de Sofía se agrió. Siguió bailando, pero ahora sus movimientos eran más desafiantes, su risa más forzada.
Un rejoneador famoso, un hombre guapo y bronceado, se acercó a Isabel.
"Señorita Vargas, es usted la flor más bella de la Feria. ¿Me daría el honor de su número de teléfono?"
Isabel sonrió, coqueta. "Bueno, no sé si debería..."
Antes de que pudiera terminar la frase, Mateo se levantó de un salto. Su calma se había hecho añicos.
"Ella no le dará nada", dijo Mateo, su voz era un témpano de hielo. Agarró a Isabel del brazo con una fuerza que hizo que ella soltara un gritito.
"Mateo, me haces daño", se quejó Isabel.
"Vámonos. Tu comportamiento es impropio de una señorita Vargas", siseó él, arrastrándola fuera de la caseta ante la mirada atónita de todos.
La posesividad que nunca había mostrado por su propia esposa, la derrochaba ahora por su prima.
Isabel empezó a llorar. "¡Me has dejado en ridículo! ¿Por qué te pones así? ¡Solo estaba siendo amable!"
Mateo la miró, su mandíbula apretada, luchando por encontrar una excusa que no revelara la verdad monstruosa de su obsesión.
Sofía lo vio todo desde la distancia. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió dolor. Sintió una especie de piedad burlona. Pobre Mateo, tan atrapado en su propia mentira que ni siquiera podía admitir ante el mundo, o ante sí mismo, por qué la visión de otro hombre hablando con Isabel lo volvía loco.
Isabel se secó las lágrimas falsas y miró a Mateo.
"Todo sería más fácil si ella no estuviera, ¿verdad? Podríamos volver a ser como antes".
La sugerencia flotó en el aire, venenosa y clara.
Mateo no respondió. Solo apretó más el brazo de Isabel.
Isabel se zafó de él y caminó directamente hacia Sofía. Su cara ya no era la de una víctima, sino la de una depredadora.
"Tú", dijo con desprecio. "Lo arruinas todo".
Antes de que Sofía pudiera reaccionar, Isabel cogió un pesado jarrón de cerámica de una de las mesas y, con una expresión de pura locura, se lo estrelló en la cabeza.
El mundo de Sofía se volvió negro.