Soy Sofía Romero, una arquitecta prometedora, y la noche de la inauguración de la majestuosa Torre Solara, mi obra cumbre que mi prometido, Mateo, se atribuía, sentía que había tocado el cielo. Esos tres años de dedicación finalmente daban sus frutos.
Pero la felicidad se desvaneció al instante cuando Isabel, la asistente de Mateo, me expuso ante cientos de invitados como una "trepadora inmoral", proyectando fotos y un video manipulado que pintaban una imagen falsa y repugnante.
Mateo, con una falsedad repugnante, rompió nuestro compromiso y me despidió en medio del estruendo de la multitud. Mis colegas, antes admiradores, ahora me miraban con desprecio. Él e Isabel se reían, revelando su traición. Mi móvil, lleno de recuerdos y pruebas, fue brutalmente destrozado. Encerrada y sola, Isabel fingió un embarazo y me acusó de agresión, asegurándose Mateo de que esas mentiras se difundieran por toda la prensa.
El dolor de la humillación se mezclaba con una furia helada. Me habían despojado de mi carrera, reputación y futuro por la ambición de un hombre y su amante. ¿Cómo podía la justicia estar tan ciega? ¿Podrían realmente salirse con la suya, dejándome arruinada para siempre mientras se burlaban de mí como una "huérfana sin contactos" ?
Pero una chispa se encendió cuando la escuché. ¡Yo era Sofía Romero, de la poderosa familia Romero de Jerez de la Frontera! Con una furia inquebrantable, envié un mensaje a mi primo Alejandro desde mi viejo portátil, dispuesta a desatar una tormenta que les haría arrepentirse de haber nacido.
La noche de la celebración, Madrid era una constelación de luces a nuestros pies. Estábamos en el ático de la Torre Solara, el rascacielos que yo había diseñado y que mi prometido, Mateo, se atribuía. Era la culminación de tres años de mi vida.
La fiesta estaba en su apogeo. Mateo, director de la firma, sonreía radiante, recibiendo felicitaciones. A su lado, su asistente personal, Isabel, repartía gruesos sobres con bonificaciones.
Pasó por delante de todos los arquitectos, entregando sonrisas y dinero.
Cuando llegó a mí, su sonrisa se borró.
Pasó de largo, ignorándome por completo. El murmullo de la fiesta se detuvo. Todos los ojos se clavaron en mí.
Isabel cogió un micrófono.
"Quiero hacer un brindis especial", dijo, su voz resonando en el silencio. "Por el verdadero talento".
Levantó su copa hacia Mateo.
"Y también quiero desenmascarar a las trepadoras que usan su cuerpo para conseguir lo que quieren".
Su mirada me atravesó. La pantalla gigante detrás de ella, que antes mostraba imágenes del edificio, se encendió de repente.
Apareció una foto mía en una cena con el señor García, un inversor clave. Luego otra, riendo en un evento con el cliente principal. Las fotos, sacadas de contexto, creaban una narrativa sucia y falsa.
La humillación era un fuego que me subía por el cuello.
La imagen final era un vídeo. Un hombre increíblemente atractivo me llevaba en brazos, inconsciente, a la entrada de un hotel de lujo en Sevilla.
El murmullo se convirtió en un clamor de desprecio.
"Ese es mi primo", susurré, pero nadie me oyó.
Mateo se acercó a mí, su rostro una máscara de dolor fingido.
"Sofía, ¿cómo has podido?", su voz era un látigo. "Creía que me amabas. Creía que éramos un equipo".
"Mateo, no es lo que parece. Puedo explicarlo".
"¿Explicar qué? ¿Que te acuestas con nuestros clientes para conseguir contratos? ¿Que me has estado engañando todo este tiempo?".
Me arrojó una carta al pecho. Era mi despido.
"Eres una vergüenza para esta firma. Recoge tus cosas y lárgate".
Miré a mis compañeros. Los que ayer me admiraban, hoy me miraban con asco. Oí risas.
"Así que así es como lo hacías".
"Pensaba que era brillante, pero solo es una puta".
Fue entonces cuando lo noté. Mateo e Isabel llevaban ropa de diseñador a juego. Un traje de él, un vestido de ella, del mismo tejido, del mismo color. Su relación era un secreto a voces, y yo era la única que no lo sabía. La tonta enamorada.
Me di la vuelta, rota. Solo quería desaparecer.
Al intentar salir, el jefe de recursos humanos me bloqueó el paso. Sostenía una carpeta.
"Sofía, tienes que firmar esto".
Era un acuerdo de confidencialidad y no competencia. Una mordaza legal.
"No voy a firmar nada", dije con la voz temblorosa.
"Si no firmas", dijo el hombre con frialdad, "la empresa te demandará por conducta inmoral y daños a nuestra reputación. Te arruinaremos".
Mateo se acercó, su rostro torcido por la rabia.
"Dame tu móvil".
"¿Por qué?".
"Tiene pruebas de tus... negocios", escupió la palabra. "Es propiedad de la empresa".
"Es mi móvil personal".
Isabel se rió. "Seguro que está lleno de fotos comprometedoras. Dánoslo".
Forcejearon conmigo. Mateo me lo arrancó de las manos. Intentó desbloquearlo.
"¿Cuál es la contraseña?".
Lo miré a los ojos, el último hilo de amor por él se rompió.
"La fecha de nuestro aniversario".
Se quedó en blanco. No la recordaba. Su rostro se contrajo de furia y vergüenza. Isabel, a su lado, lo miraba con impaciencia.
"No tengo tiempo para tus juegos", gritó Mateo.
Y con una violencia que nunca le había visto, estrelló mi móvil contra el suelo. La pantalla se hizo añicos, llevándose con ella las fotos de mi familia, las pruebas de mi inocencia, la foto de mi primo Alejandro y yo en la Feria de Abril.
"Ahora no tienes nada", siseó Isabel, satisfecha.
"Eres una cualquiera, Sofía", dijo Mateo, inclinándose hacia mí. "Me aseguraré de que no vuelvas a trabajar como arquitecta en tu vida. Tu nombre será barro en esta profesión".
Sentí que me ahogaba. El aire del ático de lujo era irrespirable.
"No sabes con quién te estás metiendo", logré decir, aunque mi voz sonaba débil.
Isabel soltó una carcajada. "¿Con quién? ¿Con una huérfana sin contactos que se abre de piernas para subir?".
La rabia me dio una fuerza que no sabía que tenía. Los miré fijamente, a él, a ella.
"Soy Sofía Romero. De la familia Romero de Jerez de la Frontera".
Hubo un silencio. Luego, una explosión de risas. Mis compañeros, los que antes me respetaban, se burlaban abiertamente.
"¿Romero? ¿Como los toreros?", se mofó uno. "¿Ahora también eres de la realeza?".
Mateo negó con la cabeza, como si le diera pena mi locura. "Estás delirando. Vete de aquí antes de que llame a seguridad".
Me di la vuelta. Caminé hacia el ascensor entre las burlas y las miradas de desprecio. Cada paso era una tortura. Pero mientras las puertas se cerraban, los miré por última vez.
"Vais a pagar por esto. Os lo juro. Haré que os arrepintáis de haber nacido".
Las puertas se cerraron, reflejando sus rostros sonrientes y victoriosos.