Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Suspense > El Desprecio de Mi Adelita
El Desprecio de Mi Adelita

El Desprecio de Mi Adelita

Autor: : SEVERINO DELIZ
Género: Suspense
El olor a tierra mojada y a llanta quemada todavía se aferraba a mi nariz. La camioneta de Lupita se detuvo a centímetros de mi cabeza, dejándome destrozado, un amasijo de huesos rotos bajo su peso. Desde el suelo, vi a Lupita, mi "Adelita", bajar del vehículo, con una calma aterradora, sin una pizca de preocupación. "¿Por qué, Lupita?" , apenas pude susurrar, mientras mi visión se desvanecía. Ella ni siquiera me miró; sus ojos fijos en Ricardo "El Rico" Sánchez, mi rival de jaripeos, el "compadre" de toda su vida, quien se acercaba para abrazarla en posesión descarada. "Porque ya no te necesitamos, Alex" , dijo Ricardo, con una voz llena de triunfo que aún no comprendía. Por primera vez, Lupita bajó la mirada hacia mí, y en sus ojos vi un desprecio frío y calculado que me heló la sangre. "Tres años, Alex" , su voz tan plana como una lápida, "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto." Un dolor mucho más profundo que el de mis huesos rotos me atravesó, el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad. Ricardo se burló, "¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?" Lupita sonrió, una mueca torcida y fea. "Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto." Me aferré a un recuerdo: hace tres años, en el jaripeo, salvé a Lupita de un toro desenfrenado, destrozando mi carrera taurina. "¿Accidente?" , se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable." Ricardo se arrodilló a mi lado. "Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora," sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro." Todo había sido un engaño: su devoción, mi "accidente", los tres años a su lado como un perro fiel, cuidándola y amándola. Fue un plan meticuloso para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos. "Ahora yo seré el campeón" , dijo Ricardo. "Viviremos para siempre, Alex" , añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones." La traición fue tan vasta que casi ahogaba mi dolor físico; mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro, todo reducido a una vil mentira. Miré la casa y el rancho que mi abuelo me heredó, las luces encendidas; ya no eran míos. En medio de mi agonía, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí: ellos querían el don, pero desconocían el tormento que traía consigo. "¿Lo quieren?" , dije, mi voz extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo." En mi mente, concentré mi energía en el don, deseando que se transfiriera a ellos y los consumiera. Quería liberarme, aunque fuera lo último que hiciera. Lupita y Ricardo sonrieron con codicia, sin idea del infierno que acababan de heredar.

Introducción

El olor a tierra mojada y a llanta quemada todavía se aferraba a mi nariz.

La camioneta de Lupita se detuvo a centímetros de mi cabeza, dejándome destrozado, un amasijo de huesos rotos bajo su peso.

Desde el suelo, vi a Lupita, mi "Adelita", bajar del vehículo, con una calma aterradora, sin una pizca de preocupación.

"¿Por qué, Lupita?" , apenas pude susurrar, mientras mi visión se desvanecía.

Ella ni siquiera me miró; sus ojos fijos en Ricardo "El Rico" Sánchez, mi rival de jaripeos, el "compadre" de toda su vida, quien se acercaba para abrazarla en posesión descarada.

"Porque ya no te necesitamos, Alex" , dijo Ricardo, con una voz llena de triunfo que aún no comprendía.

Por primera vez, Lupita bajó la mirada hacia mí, y en sus ojos vi un desprecio frío y calculado que me heló la sangre.

"Tres años, Alex" , su voz tan plana como una lápida, "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto."

Un dolor mucho más profundo que el de mis huesos rotos me atravesó, el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad.

Ricardo se burló, "¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?"

Lupita sonrió, una mueca torcida y fea.

"Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto."

Me aferré a un recuerdo: hace tres años, en el jaripeo, salvé a Lupita de un toro desenfrenado, destrozando mi carrera taurina.

"¿Accidente?" , se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable."

Ricardo se arrodilló a mi lado.

"Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora," sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro."

Todo había sido un engaño: su devoción, mi "accidente", los tres años a su lado como un perro fiel, cuidándola y amándola.

Fue un plan meticuloso para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos.

"Ahora yo seré el campeón" , dijo Ricardo.

"Viviremos para siempre, Alex" , añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones."

La traición fue tan vasta que casi ahogaba mi dolor físico; mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro, todo reducido a una vil mentira.

Miré la casa y el rancho que mi abuelo me heredó, las luces encendidas; ya no eran míos.

En medio de mi agonía, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí: ellos querían el don, pero desconocían el tormento que traía consigo.

"¿Lo quieren?" , dije, mi voz extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo."

En mi mente, concentré mi energía en el don, deseando que se transfiriera a ellos y los consumiera.

Quería liberarme, aunque fuera lo último que hiciera.

Lupita y Ricardo sonrieron con codicia, sin idea del infierno que acababan de heredar.

Capítulo 1

El olor a tierra mojada y a llanta quemada llenó mis pulmones, mezclándose con el sabor metálico de la sangre en mi boca. La camioneta de Lupita se detuvo a solo unos centímetros de mi cabeza, el motor todavía rugiendo como una bestia satisfecha. Mis piernas estaban destrozadas, un amasijo de dolor y huesos rotos bajo el peso del vehículo.

Desde el suelo, vi cómo la puerta del conductor se abría. Mi Lupita, mi "Adelita", la mujer por la que había renunciado a todo, bajó con una calma que me heló la sangre. No había pánico en su rostro, ni una pizca de la preocupación que uno esperaría de alguien que acaba de atropellar al hombre que dice amar.

"¿Por qué, Lupita?", logré susurrar, mientras la conciencia se me iba y venía como una mala señal de radio.

Ella ni siquiera me miró. Sus ojos estaban fijos en la puerta del copiloto, de donde bajó Ricardo "El Rico" Sánchez. Mi rival en los jaripeos, el "compadre" de toda la vida de Lupita. Se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros, una posesión descarada.

"Porque ya no te necesitamos, Alex", dijo Ricardo, su voz llena de un triunfo que no entendía.

Lupita finalmente bajó la vista hacia mí, y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes: un desprecio frío, calculado.

"Tres años, Alex", dijo ella, su voz tan plana como una lápida. "Tres años cuidándome, haciéndote el mártir. Todo para esto".

Un dolor agudo, mucho más profundo que el de mis huesos rotos, me atravesó. No era un dolor físico. Era el "castigo del don", la maldición que venía con mi habilidad. Un tormento que me carcomía cada vez que usaba mi don para ayudar a otros, especialmente a ella. Ahora, sin razón aparente, el castigo se sentía como mil agujas incandescentes recorriendo cada nervio de mi cuerpo.

Jadeé, tratando de controlar el espasmo que me sacudía.

Ricardo se rio, una carcajada seca y cruel.

"¿Te duele? Qué bueno. Es lo que te mereces por ser tan estúpido. ¿De verdad creíste que una mujer como Lupita se iba a quedar con un lisiado como tú por amor?".

Lupita sonrió, una mueca torcida y fea.

"Te lo advertí, compadre. Te dije que era demasiado noble, demasiado tonto".

Mi mente, nublada por el dolor, se aferró a un recuerdo. Hace tres años, en el jaripeo más grande de la región. El toro, un demonio de media tonelada, había saltado el ruedo. La gente corría, gritaba. Lupita se había quedado paralizada, justo en la trayectoria de la bestia. Sin pensarlo, espoleé a mi caballo, "Relámpago", y me interpuse. El impacto me destrozó la cadera y la pierna, acabando con mi carrera como charro, con mis sueños de lazo. Pero la salvé. La había salvado.

O eso creía yo.

"El accidente...", musité, la verdad empezando a formarse en mi cabeza como una pesadilla. "El jaripeo...".

"¿Accidente?", se burló Lupita. "No hubo ningún accidente, Alex. Todo fue planeado. Necesitábamos que renunciaras a tu don, que te quedaras vulnerable".

"¿El don?", pregunté, confundido.

Ricardo se arrodilló a mi lado, su cara demasiado cerca de la mía. Su aliento olía a tequila caro y a victoria.

"Tu habilidad con los caballos, con el lazo. Esa conexión mágica que te hacía el mejor. No es solo talento, ¿verdad, Alex? Es un 'sistema', un poder que te da éxito. Y ahora", sonrió, mostrando sus dientes blancos, "es nuestro".

Me reveló que todo fue un engaño. El "accidente", su supuesta devoción, los tres años que pasé a su lado como un perro fiel, cuidándola, amándola. Todo había sido un plan meticulosamente orquestado por ella y Ricardo, su amor de la infancia, para robarme mi "don de charro" y con él, vivir para siempre en la gloria de los jaripeos.

"Ahora yo seré el campeón", dijo Ricardo, poniéndose de pie. "Y Lupita estará a mi lado, como siempre debió ser".

"Viviremos para siempre, Alex", añadió Lupita, con una chispa de locura en los ojos. "En la cima. Sin dolor, sin limitaciones".

La traición era tan vasta, tan profunda, que casi ahogaba el dolor físico. Mi amor, mi amistad, mi carrera, mi futuro... todo reducido a una mentira.

Miré la casa que había sido mi hogar, el rancho que mi abuelo me había heredado. Vi las luces encendidas, y supe que ya no era mío. Se lo habían llevado todo.

Y entonces, en medio de la agonía y la desesperación, una idea extraña y liberadora se apoderó de mí. El "castigo del don". El dolor que me consumía. Ellos querían el don, pero no conocían el precio. No sabían del tormento que venía con él.

"¿Lo quieren?", dije, mi voz sonando extrañamente fuerte. "Tómenlo. Es suyo".

En mi mente, me concentré en el don, en esa energía que fluía en mis venas. Y con toda la fuerza de mi voluntad, deseé que se transfiriera a ellos. Que los consumiera a ellos.

Quería liberarme. Aunque fuera lo último que hiciera.

Lupita y Ricardo se miraron, confundidos por un segundo, y luego sonrieron con codicia. No tenían idea del infierno que acababan de heredar.

Capítulo 2

Un calor intenso fluyó desde mi pecho hacia mis piernas rotas. No era el calor del dolor, sino algo diferente, como si un peso que había cargado durante años finalmente se estuviera levantando. En mi mente, sentí la conexión con el "don" aflojarse, estirarse como una liga a punto de romperse. Era una sensación agridulce. Estaba perdiendo la esencia de lo que me definía como charro, pero también me estaba liberando de un tormento silencioso.

Lupita y Ricardo no sintieron nada. Estaban demasiado ocupados celebrando su victoria. Se abrazaron y se besaron sobre mi cuerpo destrozado, sus risas resonando en la noche fría. Eran la imagen perfecta de la codicia satisfecha, ciegos a la trampa que acababan de activar.

De repente, una voz resonó en la mente de los tres. No era una voz humana. Era fría, impersonal, metálica. La voz del "sistema".

[Transferencia de 'Don de Charro' iniciada del anfitrión Alejandro Ramírez a los nuevos anfitriones Guadalupe Fernández y Ricardo Sánchez.]

Lupita y Ricardo se separaron de golpe, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.

"¿Qué fue eso?", preguntó Lupita, su voz temblando por primera vez.

"Es el don", dijo Ricardo, con una mezcla de miedo y euforia. "¡Está funcionando! ¡Lo tenemos!".

[La transferencia requiere la vinculación de los nuevos anfitriones. Anfitriona Guadalupe Fernández, por favor, seleccione su objetivo de lealtad.]

Una luz tenue, visible solo para nosotros, envolvió a Lupita. Ella miró a Ricardo, sus ojos brillando con ambición.

"Tú, mi amor", dijo sin dudarlo. "Te elijo a ti, Ricardo. Para siempre".

[Anfitrión Ricardo Sánchez, por favor, seleccione su objetivo de lealtad.]

La misma luz envolvió a Ricardo. Él tomó la cara de Lupita entre sus manos.

"Y yo te elijo a ti, mi reina. Juntos conquistaremos el mundo".

Sus palabras estaban llenas de una pasión fingida, un teatro para un público invisible. Creyeron que estaban sellando un pacto de amor eterno, cuando en realidad estaban forjando las cadenas de su propia prisión.

[Vinculación confirmada. Guadalupe Fernández y Ricardo Sánchez están ahora vinculados al 'Don de Charro'. La transferencia se completará en 72 horas.]

La voz del sistema se desvaneció, dejándonos en un silencio tenso. Lupita y Ricardo se miraron, sonriendo, creyendo que habían ganado el premio mayor.

"¿Oíste eso, compadre?", dijo Ricardo, su arrogancia regresando con toda su fuerza. "Ahora somos los dueños del don. Para siempre".

[Como gesto de finalización de contrato, las heridas del anfitrión original, Alejandro Ramírez, serán sanadas a un nivel funcional. Tiene 72 horas para despedirse antes de la transferencia final.]

Sentí cómo mis huesos se realineaban, cómo la piel se cerraba. El dolor agudo se transformó en una molestia sorda. No era una curación completa, pero era suficiente. Me puse de pie lentamente, mis piernas temblorosas pero firmes. La camioneta ya no estaba sobre mí; Lupita la había movido en algún momento, demasiado absorta en su nuevo "poder".

Lupita y Ricardo me miraron con sorpresa, luego con desdén.

"Mira, el sistema es generoso", se burló Lupita. "Te da una última oportunidad para que veas lo que perdiste".

"No perdí nada", respondí, mi voz tranquila. "Ustedes lo hicieron".

Ricardo soltó una carcajada.

"No seas ridículo, Alex. Tenemos el poder de ser los mejores charros de la historia. La fama, el dinero, la gloria... todo será nuestro. ¿Y tú qué tienes?".

"Libertad", dije, y por primera vez en mucho tiempo, la palabra se sintió real.

Se quedaron en silencio, sin entender. Para ellos, el don era una herramienta para la gloria. Nunca se les ocurrió que esa herramienta tenía reglas. Reglas que yo había sufrido en silencio durante años. Reglas que ellos estaban a punto de aprender de la manera más dolorosa.

Me di la vuelta y comencé a caminar, alejándome del rancho que una vez fue mi hogar, de la mujer que una vez amé y del hombre que una vez llamé amigo. Cada paso era un poco más firme que el anterior. El "castigo del don" había desaparecido por completo. El dolor crónico en mis articulaciones, las migrañas cegadoras, la fatiga constante... todo se había ido. Me sentía ligero, vacío, pero libre.

Tenía 72 horas. Y solo había una persona a la que necesitaba ver. Mi abuelo, Don Chente.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022