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El Diablo y Mi Corazón Roto

El Diablo y Mi Corazón Roto

Autor: : Guobao
Género: Suspense
El aroma a café rancio y papel viejo se había vuelto el perfume de mi vida, un recordatorio constante de la urgencia que me consumía. Faltaban menos de veinticuatro horas para que mi reportaje expusiera a Diego "El Diablo" Garmendia como el asesino que le arrebató la vida a mi hermana Sofía. Su muerte, catalogada por la policía como un simple "ajuste de cuentas", era en realidad un crimen encubierto por aquellos que juraron proteger. La traición se hizo palpable cuando "El Zorro", mi informante, reveló que el Comandante Ramírez, el mismo que me prometió justicia en el funeral de Sofía, se reunía en secreto con los hombres de "El Diablo" para "cerrar el caso" e inventar "pistas falsas". No podía creer que la corrupción llegara tan lejos, que la vida de mi hermana fuera solo un número en sus juegos de poder. La rabia me consumió, y con una determinación inquebrantable, decidí enfrentar a Ramírez y exponer la verdad que intentaban ocultar, aunque eso significara poner mi propia vida en riesgo.

Introducción

El aroma a café rancio y papel viejo se había vuelto el perfume de mi vida, un recordatorio constante de la urgencia que me consumía.

Faltaban menos de veinticuatro horas para que mi reportaje expusiera a Diego "El Diablo" Garmendia como el asesino que le arrebató la vida a mi hermana Sofía.

Su muerte, catalogada por la policía como un simple "ajuste de cuentas", era en realidad un crimen encubierto por aquellos que juraron proteger.

La traición se hizo palpable cuando "El Zorro", mi informante, reveló que el Comandante Ramírez, el mismo que me prometió justicia en el funeral de Sofía, se reunía en secreto con los hombres de "El Diablo" para "cerrar el caso" e inventar "pistas falsas".

No podía creer que la corrupción llegara tan lejos, que la vida de mi hermana fuera solo un número en sus juegos de poder.

La rabia me consumió, y con una determinación inquebrantable, decidí enfrentar a Ramírez y exponer la verdad que intentaban ocultar, aunque eso significara poner mi propia vida en riesgo.

Capítulo 1

El olor a café rancio y papel viejo llenaba mi pequeño departamento, un aroma que se había convertido en el perfume de mi vida durante los últimos seis meses, el aire era pesado, casi tanto como el cansancio que sentía en los huesos, pero no podía parar, no ahora.

Faltaban menos de veinticuatro horas.

Veinticuatro horas para que mi reportaje saliera a la luz, para que el nombre de Diego "El Diablo" dejara de ser sinónimo de empresario respetable y se convirtiera en lo que realmente era: el de un asesino.

Mi hermana, Sofía.

Su rostro sonriente me miraba desde una fotografía pegada en la pared, justo encima de un enjambre de recortes de periódico, notas adhesivas y mapas con círculos rojos, su muerte no fue un "ajuste de cuentas" como la policía lo llamó, no fue un "daño colateral" en una guerra que no era suya.

Fue un asesinato, y yo iba a demostrarlo.

El teléfono vibró sobre la mesa, mostrando un número bloqueado, solo podía ser una persona.

"¿Qué tienes?", respondí sin rodeos.

"Están nerviosos", dijo la voz rasposa al otro lado, la voz de "El Zorro", mi informante, mi única ancla en este infierno. "El Diablo movió una gran cantidad de dinero anoche, y el Comandante Ramírez acaba de tener una reunión a puerta cerrada con dos de sus hombres de mayor confianza".

Ramírez.

El jefe de la policía, el hombre que me había dado unas palmaditas en la espalda en el funeral de Sofía, prometiendo justicia, sus palabras ahora sonaban huecas, podridas.

"¿Escuchaste algo de la reunión?", pregunté, mientras mis dedos volaban sobre el teclado, anotando cada palabra.

"Solo fragmentos", admitió El Zorro. "Algo sobre 'cerrar el caso', 'pistas falsas' y 'la periodista molesta'".

Esa era yo. La periodista molesta.

"Tengo que ir a la comisaría", dije, mi decisión tomada en un instante. "Tengo que verle la cara a Ramírez".

"Es peligroso, Ximena", advirtió El Zorro. "Estás demasiado cerca".

"Es por eso que tengo que ir ahora", insistí. "Gracias, Zorro".

Colgué antes de que pudiera intentar detenerme.

Me puse la primera chaqueta que encontré y salí a la calle, el aire de la Ciudad de México me golpeó la cara, una mezcla de contaminación y vida que de alguna manera me hizo sentir más despierta, la comisaría estaba a solo unas cuadras, un edificio de concreto gris que se suponía que representaba seguridad pero que para mí solo representaba corrupción.

Entré como si tuviera todo el derecho del mundo, con la cabeza en alto, ignorando las miradas de los oficiales, encontré a Ramírez saliendo de su oficina, hablando en voz baja con otro oficial.

"...asegúrate de que el informe final mencione un robo que salió mal, y que la familia reciba la notificación oficial mañana", le decía Ramírez, su voz tranquila y autoritaria.

Mi sangre se heló, estaban hablando del caso de Sofía, estaban cerrándolo, enterrándolo bajo una mentira.

"Comandante Ramírez", lo llamé, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.

Se dio la vuelta, su sorpresa apenas visible detrás de una máscara de profesionalismo.

"Señorita... Ximena", dijo, fingiendo recordar mi nombre. "¿En qué puedo ayudarla?".

"Quería preguntarle sobre el caso de mi hermana, Sofía", dije, mirándolo directamente a los ojos. "Me llegó información de que podría estar relacionado con el cartel de Diego Garmendia".

La mención del nombre de "El Diablo" hizo que su mandíbula se tensara por una fracción de segundo.

"Esa es una acusación muy grave, señorita", dijo, su tono volviéndose frío. "No tenemos ninguna evidencia que vincule al señor Garmendia con ningún acto criminal, y mucho menos con la trágica muerte de su hermana".

Mencionó a Sofía con una frialdad que me revolvió el estómago.

"¿Trágica muerte?", repetí, sintiendo una ola de ira. "Fue un asesinato, Comandante, y usted lo sabe".

Di un paso adelante, mi voz bajando a un susurro furioso.

"Y sé que usted está involucrado, sé que está encubriéndolo".

Ramírez no se inmutó, su rostro era una piedra, me miró, y por primera vez, vi algo más allá de la falsa compasión, vi una amenaza.

"Le sugiero que tenga mucho cuidado con lo que dice, señorita", su voz era baja, casi un silbido. "La Ciudad de México puede ser un lugar muy peligroso para las periodistas que hacen demasiadas preguntas, su hermana es un ejemplo de ello, sería una pena que usted terminara igual".

Mi corazón se detuvo, no fue solo una amenaza, fue una confesión.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándome sola en medio del pasillo, temblando no de miedo, sino de una rabia pura y helada, ya no se trataba solo de justicia para Sofía.

Se trataba de una guerra, y yo acababa de recibir el primer disparo.

La venganza tenía un precio, y yo estaba dispuesta a pagarlo.

Capítulo 2

Salí de la comisaría con las palabras de Ramírez resonando en mi cabeza, cada sílaba un eco de la corrupción que había jurado exponer, la calle parecía más oscura, las sombras más largas, cada transeúnte una amenaza potencial.

Apenas llegué a mi departamento, cerré la puerta con tres cerrojos y me apoyé contra ella, tratando de calmar mi respiración.

Saqué mi teléfono y marqué el número de El Zorro.

"¡Tenías razón!", le espeté en cuanto contestó, mi voz un torbellino de pánico y furia. "¡Ramírez lo admitió! ¡Prácticamente me dijo que me matarían como a Sofía!".

"Te dije que no fueras", la voz de El Zorro era grave, sin rastro de "te lo dije", solo una profunda preocupación. "Ahora saben que sabes, Ximena, esto cambia todo".

"¿Qué se supone que haga? ¿Sentarme a esperar mientras entierran el caso de mi hermana con mentiras?", grité, caminando de un lado a otro de la habitación. "¡Tengo que publicar la historia ahora!".

"No", dijo él, su tono tajante me detuvo en seco. "Si publicas ahora, te matarán antes de que la noticia llegue a los quioscos por la mañana, y todo habrá sido en vano".

Tenía razón, la frustración me quemaba por dentro, era como estar atada de manos y pies.

"Entonces, ¿qué?", pregunté, mi voz rota por la impotencia. "Soy una periodista, mi única arma son las palabras, si no puedo usarlas, estoy indefensa".

"No estás indefensa", respondió. "Pero tienes que seguir las reglas de este juego, no las tuyas, por ahora, te quedas quieta, no contactas a nadie, no escribes nada, te conviertes en un fantasma".

Las reglas, odiaba esas reglas, me hacían sentir como una cobarde, pero la vida de Sofía ya se había perdido por imprudencia, no podía permitir que la mía terminara igual.

Mientras El Zorro me daba instrucciones, una llamada entrante apareció en mi pantalla, un número que no reconocí, pero que me heló la sangre.

Era de la oficina de Diego Garmendia.

"Zorro, espera", le susurré al teléfono. "Me está llamando".

Un silencio tenso se apoderó de la línea.

"Contesta", dijo El Zorro finalmente. "Ponlo en altavoz, sé amable, sé sumisa, sé la periodista que solo busca una entrevista, no dejes que note nada".

Respiré hondo y contesté la llamada.

"¿Bueno?".

"¿Hablo con la señorita Ximena Vargas?", una voz de mujer, profesional y fría, sonó al otro lado.

"Soy yo", respondí, intentando que mi voz sonara normal.

"Le llamo de parte del señor Diego Garmendia, ha leído algunos de sus artículos y está muy impresionado con su trabajo, le gustaría concederle una entrevista exclusiva".

Una entrevista, era una trampa, una invitación a la boca del lobo.

El Diablo quería verme, quería medirme, quería ver si yo era la "periodista molesta" de la que le habló Ramírez.

"¿Una entrevista?", repetí, fingiendo sorpresa y halago. "Wow, yo... no sé qué decir, sería un honor".

"Excelente", dijo la mujer. "El señor Garmendia la espera mañana a las cinco de la tarde en sus oficinas corporativas, sea puntual".

Y colgó.

El silencio en mi departamento era ensordecedor.

"Zorro, ¿escuchaste?", susurré.

"Lo escuché", respondió, su voz más tensa que nunca. "Quiere jugar contigo, Ximena, quiere intimidarte en su propio terreno".

"Tengo que ir", dije, aunque cada fibra de mi ser gritaba que corriera en dirección contraria. "Es una oportunidad, si puedo grabarlo, si puedo hacer que diga algo...".

"Irás", me interrumpió El Zorro. "Pero lo harás a mi manera, te pondrás un micrófono, pero no para grabar la conversación, sino para que yo pueda escuchar todo en tiempo real, si algo sale mal, si dice la palabra clave que acordemos, entro".

"¿Entras? ¿Cómo que entras? ¡Es el edificio más seguro de la ciudad!", exclamé.

"Tengo mis maneras", dijo, y su tono no dejaba lugar a dudas. "Ahora escúchame, la palabra clave será 'justicia', si sientes que estás en peligro, si te amenaza directamente, di la palabra 'justicia' de la forma más natural que puedas, ¿entendido?".

Asentí, aunque él no podía verme. "Entendido".

"Bien", dijo. "Ahora, ve a dormir, mañana tienes que actuar como si fuera el mejor día de tu carrera, tienes que sonreírle al diablo, y tienes que hacerlo de forma convincente".

Colgué el teléfono y me miré en el reflejo oscuro de la ventana, la mujer que me devolvía la mirada estaba pálida, con ojeras profundas, pero en sus ojos había una chispa de determinación.

Tenía que hacerlo, por Sofía.

Me acercaría al fuego, aunque me quemara, le sonreiría al diablo, con la esperanza de que, en su arrogancia, se delatara.

Y si no lo hacía, al menos sabría que había mirado al asesino de mi hermana a los ojos y no había parpadeado.

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