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El Divorcio que me Salvó

El Divorcio que me Salvó

Autor: : TheShadowNigth
Género: Romance
Una vida nueva, una apariencia nueva, una ciudad nueva, todo por escapar de quien la lastimó y tratar de ser feliz... Luego de escapar de su ex y hacer su mejor esfuerzo para intentar reconstruir su vida, Tzatzi se encuentra sola, en su nuevo departamento, con un cambio de imagen radical y con una bolsa enorme se comida china en sus manos... pero sin la llave de su casa para poder volver a entrar. Solo le queda una opción: pedirle ayuda a su vecino, el cual le dijeron que no es muy amistoso. Aun así, ella se arriesga, y cuando él aparece solo en toalla y observándola con una ceja alzada, obviamente interrumpido por ella en la ducha, digamos que podría tratarse del vaticinio de la locura que será su relación a partir de ahora, ¿no les parece? Si quieren saber cómo es que pueden relacionarse un "duende de metro y medio alocado y patoso" y un "gigante demasiado serio para su bien", entonces continúen leyendo y atrévanse a averiguar si un matrimonio tan horrible como el de ella se puede superar, y si el amor puede conseguir que los traumas queden en el pasado.

Capítulo 1 Prólogo

Acelero a fondo, mi respiración al mismo ritmo que el motor del auto, mis manos temblando tanto que necesito apretar el volante con fuerza para que no pierda el control del auto. Las lágrimas empapan mi rostro y me nublan la vista, cosa que me preocupa de que surja la posibilidad de que choque, cosa que no quiero porque él podría encontrarme. La sola idea me pone más tensa y que me muerda el labio de forma inconsciente, haciendo que el dolor nuevamente estalle en mí, pues la hinchazón y la herida se ha puesto peor con cada minuto que pasa.

Maldito infeliz, deslizo momentáneamente la mirada hacia el espejo retrovisor y el rostro aterrado y magullado que me la devuelve, casi no lo reconozco. Otra vez herida, otra vez con las marcas de su violencia injustificada hacia mí, con esos puños que tantas veces me dejaron secuelas que no quería que en el hospital vieran para que no me hicieran preguntas... No puedo creer todavía que lo estoy consiguiendo, aún no estoy segura, el miedo de volver a fallar me tiene tan tensa como un cable de acero. Las lágrimas vuelven a deslizarse por mi rostro y la mejilla que, por más que está roja, no se ha abultado aún. ¿Qué hago ahora? ¿A dónde iré? Que él llegara antes, causó que tuviera la oportunidad de intentar detenerme de esa manera tan suya, y casi me olvidara de la mitad de mis cosas, no obstante, conseguí escaparme y eso es lo importante. Ésta vez no pudo detenerme.

Tengo que encontrar un motel donde pueda ocultarme: gracias a Dios que no va a poder rastrearme por tarjetas, porque las cancelé todas y saqué todo el dinero de mis cuentas antes de irme. Luego veré a dónde puedo ir y le avisaré a mi abogado para que se haga cargo de todo, no quiero volver a ver a Marcos en lo que me quede de vida.

Unos cuantos kilómetros más adelante, un enorme cartel luminoso me avisa de un posible escondite y, en cuanto la entrada se hace presente, no lo dudo y enfilo la trompa del auto en ella, estacionando para luego taparme la parte baja del rostro con un barbijo para que nadie vea mis heridas. Lo único que me falta es que llamen a la policía, ¿y si él se entera de esa manera que estoy aquí por eso?

¿Por qué no podía ser un profesor, contador o cualquier otra cosa y no un maldito policía? ¡CON UN DEMONIO, MALDITO INFELIZ, OJALÁ TE MUERAS!

Respiro profundo y me armo de valor, entrando a la recepción para pedir un cuarto y desaparecer dentro en menos de cinco minutos. Con la puerta cerrada y sola conmigo misma, por fin me permito quebrarme por completo y dejar salir todo el miedo, el dolor y la angustia que me han agobiado por el último par de meses, maldiciéndome a mí misma por haber sido tan tonta de dejarme engañar por ese desgraciado por tanto tiempo. Gracias a Dios que tuve la posibilidad de escapar, quién sabe si hubiera podido hacerlo luego o ese desgraciado me habría matado antes...

Ahora lo que importa es cómo seguir, ¿qué haré o a dónde iré? Tengo la suerte que no muchos tienen, de que mi trabajo puedo hacerlo de cualquier sitio, que no estoy anclada a una oficina ni nada similar, o de lo contrario, estaría desempleada directamente. La única cosa que necesito resolver ahora, es que requiero una nueva computadora y un nuevo teléfono, algo que ese desgraciado no pueda rastrear, y hasta entonces, me mantendré con el dinero de mis ahorros que saqué de mis cuentas.

Cuando finalmente me repongo lo suficiente, saco fotos a las heridas para tener registro válido para conseguir el divorcio con causa, me meto en la ducha, me limpio la herida del rostro, la del brazo y la de las costillas (que parece ser solo un golpe, nada roto o el dolor sería mucho peor y lo sé por experiencia) y me meto en la cama para tratar de descansar, mañana será un largo día y buscaré tanto los aparatos que mencioné, como un departamento en un sitio muy lejano, donde él no pueda siquiera imaginar que estaré.

Escucho autos llegar e irse, y todos me ponen nerviosa, pasos cerca que hacen que me tense, no obstante, hago un esfuerzo y termino por quedarme dormida, no dejaré que gane, volveré a ser feliz y no va a poder impedírmelo, mi mejor venganza es poder seguir con mi vida a pesar de él. Ni siquiera me interesa obtener algo más de él que solo el divorcio, por mí que se pudra: soy lo más importante y me trataré a mí misma como tal.

Miserable.

Cuando el sol del nuevo día me da en el rostro, respiro profundo y me muevo con cuidado por el dolor, tomando una otra pastilla como la de anoche para calmarme y vistiéndome para empezar. Lo dije anoche, tengo mucho que hacer hoy, mi nueva vida es hoy, empieza el día de hoy y nada ni nadie va a detenerme.

Capítulo 2 1° Un inicio y... ¡Ups!

Respiro profundo y reviso con la mirada el enorme edificio de ladrillo visto que está frente a mí, la verdad es que me gustó desde el primer momento que vi su foto en la página de la inmobiliaria y, ahora que lo tengo frente a mí, es muchísimo mejor de lo que esperaba.

La puerta del frente es de color negro brillante y con gruesos cristales que dan a una recepción amplia, de suelo de loza gris veteada de negro, con paredes de color crema y detalles metálicos plateados. La verdad es muy bonito. Sin bajarme del auto, ingreso en el garaje subterráneo y estaciono en el aparcamiento que me tocaría y voy al portaequipaje, sacando las dos valijas, los dos bolsos y mi mochila pequeña donde tengo todos mis papeles.

Hago un par de viajes para llevar todo hasta el ascensor que hay aquí abajo para ir al piso que me toca y vuelvo a hacer lo mismo una vez que llego, solo que dejo todo a penas en el pasillo fuera del ascensor para no molestar a nadie que quiera usarlo y no se lleve mis pertenencias si lo llaman y yo no he terminado de descargar.

Ahora mismo me encantaría tener a alguna de mis amigas que pudieran ayudarme con esto, lo de mudarse sola es mucho más difícil de lo que parece, pero ese desgraciado las alejó porque representaban un peligro para sus abusos. Si alguna hubiera visto las heridas que ese malnacido me hacía, lo más probable es que las cosas hubieran ido mal para él, no eran del tipo de las que se quedaban con los brazos cruzados y no lo iba a permitir. Él me obligó a alejarme de ellas, porque no lo habrías hecho por su cuenta.

El recuerdo del grupo feliz que éramos antes de él, me arranca una lágrima amarga de tristeza que no puedo controlar, mas me repongo lo más rápido que puedo y me la limpio antes de que deje una dolorosa marca.

Como sea, entre tirones y empujones, llevo todo hasta la puerta del que ahora es mi nuevo departamento y empiezo a buscar las llaves en el desastre que es mi mochila, teniendo que darla vuelta y vaciarla porque, cómo no, no las encuentro. ¿Será que habrá un día en mi vida donde no pierda algo? Finalmente aparecen cuando ya no queda nada dentro, apretadas en un pliegue de la tela, y abro mi nuevo hogar, encontrando un bonito departamento amueblado con gusto relajado, con grandes sillones de telas suaves, alfombras afelpadas, muebles de madera obscura, una chimenea de esas eléctricas y un enorme ventanal que da a un gran balcón.

Entro las cosas y simplemente me dejo caer sobre el sillón con cansancio, no solo físico por el esfuerzo del traslado de mis cosas, sino mental por todo lo que he pasado en el último par de semanas. Conducir por días enteros, cambiar de auto vendiendo el mío y comprando un usado para que no puedan encontrarme, hacer miles de kilómetros y comer comida chatarra en la carretera mientras busco un nuevo lugar donde vivir y estar segura... Una maldita locura agotadora. Ahora básicamente estoy del otro lado del país y no me importa, porque solo me siento un poco más segura con esa distancia de por medio, y no sé si no debí haberme ido del país y volar a otro continente. Quizás un océano de por medio sea suficiente...

Niego con la cabeza y me levanto rápido: no puedo dejar que me afecte tanto, tengo que seguir con mi vida, y con eso en mente empiezo a acomodar mis cosas por el departamento, a los sitios donde deben estar. Con la ropa, los productos de aseo personal y los adornos en su sitio, éste lugar se siente cada vez más como un hogar y menos como un escondite.

Cuando coloco la foto de mis amigas y yo, siento el impulso de marcar esos números que me sé de memoria, pero desecho ese impulso y simplemente continúo hasta que todo está organizado y que la noche ha caído. Mi estómago gruñe y me doy cuenta de que no tengo nada en la heladera, que no tengo con qué cocinar, y que no pensé en todos los aditamentos que necesitaré además de los muebles... Gruño molesta y saco el teléfono mientras me acomodo sobre el sofá, es incluso más cómodo de lo que esperaba.

Encuentro un local de sushi a poco menos de cinco calles, el cual tiene opciones muy tentadoras y me pido un combo con varias piezas, un wok de salmón y arroz y otro de pulpo y una botella de sake. Incluso unas bombas de salmón en tempura. Tardará cerca de media hora, lo que me da tiempo suficiente para una ducha, así que arrojo el celular a la cama y me meto en el baño, quitándome la ropa con cuidado pues aún estoy adolorida.

En el espejo grande que hay aquí, que cubre casi toda una pared, puedo ver a la criatura delgada y pálida en la que me he convertido. Nunca fui muy morena o grande, de hecho, a penas mido metro y medio, que es una de las razones por las que ese imbécil creía que era un juguete y no una persona, sin embargo, estoy hecha un desastre, soy una sombra de mí misma, una que tiene que recobrar quien una vez fue.

La gran mancha en mi abdomen, que una vez fue roja, violeta y negra, ahora está amarilla y verde, desapareciendo casi por completo, aunque aún duele con ciertos movimientos o toques. Se fue más rápido lo de mi rostro y mi brazo que esto, supongo que porque mi torso se la ha pasado presionado con tanto tiempo en el auto. Niego con la cabeza, termino de quitarme la ropa y me meto bajo la lluvia de la ducha, notando también una enorme diferencia que hay ahora con quien era antes: mi cabello.

El largo casi por la cadera se ha ido, ahora a penas si tengo unas cuantas mechas a penas largas que forman un corte pixie de color negro azulado. El rojo furioso que antes me caracterizaba se ha ido y ya casi ni soy yo, mas ahora tengo que ser ésta persona para poder sobrevivir y permanecer incógnita por mi bien.

Salgo del agua luego de aclararme completamente el jabón y me envuelvo en una toalla, empezando a secarme cuando escucho el tono polifónico del teléfono que no he personalizado aún, ¿quién puede ser? Nadie tiene ese número.

Asustada, corro a verlo, viendo esos dígitos que me hacen temblar como una maldita gelatina. Estoy tan mal que casi se me cae el aparato cuando lo tomo para contestar, y la voz del otro lado me hace respirar profundo y relajado en cuanto atiendo: el número del restaurante. ¡IDIOTA! Claro que le di mi teléfono para que me llamaran cuando vinieran hacia aquí...

Siento deseos de darme de cabezazos contra la pared y me apuro a vestirme, bajando las escaleras a toda prisa para ir a buscar mi pedido. El chico con la enorme bolsa de papel del otro lado del vidrio me hace un gesto y presiono el botón junto a la puerta para abrirla, aceptando el pedido y dándole el dinero junto con la propia, cosa que lo hace sonreír. Seguro piensa que tendré invitados con la cantidad de lo que pedí, mas no podría estar más equivocado aunque quisiera: que tenga el tamaño de un gnomo de jardín no hace que mi estómago y apetito sean acordes a él.

Estoy llena de sorpresas...

Vuelvo a subir (ésta vez en el ascensor, ni loca vuelvo a subir esas escaleras con esto en las manos) y enfilo hacia mi departamento, solo para darme cuenta de un detalle: abrí la puerta de abajo con el botón junto a ésta, porque no llevé mis llaves, salí tan rápido que ni siquiera las registré, y ahora que volví, no tengo forma de entrar a mi casa. Ni siquiera un teléfono para llamar a un cerrajero, ¿qué carajo hago ahora?

Dejo la bolsa en el suelo y gruño frustrada, ¡MALDITA SEA! Me siento en junto a la bolsa y pienso en qué hacer mientras abro la bolsa y saco una de las cajas de wok y unos palitos y empiezo a comer. No voy a dejar que se desperdicie, recién hecho es lo mejor...

Luego del tercer bocado, caigo en algo: ya no estoy con ese desgraciado, lo que implica que no tengo porqué limitar mi interacción con los vecinos, nada me pasará si hablo con ellos, al fin van a poder ayudarme sin consecuencias. Y con eso en mente, me levanto aún con la caja con los palillos en mano y me acerco a la puerta más cercana a la mía, la cual está muy silenciosa, pero solo hay otros tres departamentos en éste piso y, según la vendedora, solo éste está habitado. ¿Estará el inquilino en casa? Porque sino, tendré que buscar a alguien en otros pisos.

Me arriesgo y llamo a la puerta, sin escuchar nada por unos instantes, hasta que (antes de que vuelva a tocar) unos pesados pasos se dejan oír acercándose del otro lado de la madera.

El olor del wok hace gruñir mi estómago en el momento justo cuando la puerta se abre y el color me sube a las mejillas tan rápido por la vergüenza, como me baja por el hombre ENORME frente a mí, con el cabello igual de mojado que yo y con solo una toalla cubriendo su cintura.

-Ay mamá...

Capítulo 3 2° Momentos absurdos

-Yo-yo lo-lo si-si-siento no quise... ay por Dios, lo lamento solo... me quedé afuera de mi departamento y... y no tengo forma de contactar a un cerrajero... o-olvidé el teléfono y las llaves adentro y bueno... la verdad yo... ay por favor Tzatsi cállate de una vez que estás haciendo el ridículo.

Aprieto mi mano contra mi boca para evitar seguir hablando como una máquina y para dejar de parecer una desquiciada ante mi vecino, el cual me observa con una ceja alzada como si esperara a que me callara. Bonita primera impresión...

La verdad es que sé que tengo un problema que tengo que arreglar sobre mi tema por los hombres, porque soy consciente de que no todos son ese infeliz maldito, que hay gente que es muy buena y su cromosoma es XY, soy perfectamente consciente de ese hecho, pero mi persona reacciona por sí sola y sé que no es algo que vaya a desaparecer. El inconveniente aquí es que, si bien he podido fingir que todo está bien hasta ahora con los individuos del género masculino con los que me he cruzado en el último par de semanas, que este gigante me abriera la puerta fue demasiado.

Cuando creo que finalmente podré hablar con más calma y normalidad, bajo mi mano, aclaro mi garganta e intento iniciar nuevamente, ésta vez, pareciendo una persona en su sano juicio.

-Ok, sé lo que esto parece, no soy una loca o paciente psiquiátrica, solo me puse nerviosa y cuando eso pasa, soy una ametralladora de decir tonterías. Me disculpo por eso. Empecemos de nuevo, sé que esto es poco usual, sin embargo, soy nueva y necesito su ayuda. Mi nombre es Tzatsi, como dije, soy su nueva vecina y, por falta de costumbre y prisa, me quedé fuera de mi casa. Lamento molestarlo, evidentemente en la ducha, pero quería saber si sería mucha molestia el que pudiese usar su teléfono para llamar a un cerrajero y que viniera a abrirme la puerta.

Esos penetrantes ojos verdes, que me recuerdan al musgo fresco, me observan desde arriba en silencio por unos momentos, como si estuviera considerando si debería cerrarme la puerta en el rostro y ahorrarse el problema que es evidente que le estoy trayendo, o si va a ser un buen samaritano y ayudar a la ridícula vecina loca que tiene ahora enfrente.

Estoy por dar por sentado que quizás es extranjero y no me entiende o quizás es mudo, hasta que termina suspirando con evidente cansancio y se frota los ojos con los dedos como si intentara relajarse.

Cuando finalmente habla, su voz es ronca, como de fumador de tiempo, y me hace estremecer cada célula, como si vibraran en la misma frecuencia, aunque consigo mantenerme y que no se note.

-Tengo el celular cargando, pasa y puedes usarlo. El teléfono del cerrajero está pegado en el refrigerador, con el sistema de cerraduras de aquí, es algo que suele ocurrir. Te recomendaría que, si eres del tipo despistado, ocultes alguna llave en un sitio del edificio que puedas recordar y que no puedan encontrar así como así, para evitar tener que volver a pagar por una cerradura y llave nuevas en cada oportunidad.

-Es un buen consejo...

-Pasa.

-Ahora va, tengo que buscar mi comida.

Su ceja vuelve a alzarse y no digo nada, simplemente me apresuro a juntar la bolsa de papel antes de ingresar al departamento de mi vecino gigante. La verdad es que es bastante bonito, decorado con buen gusto, aunque demasiado masculino, casi frío. Se nota que por aquí no ha pasado una mujer en, quizás, mucho tiempo.

No puedo decir nada al respecto, después de todo, me acabo de mudar y estoy recién volviendo a poder tener una buena perspectiva de mí misma y de lo que me gusta o quiero, soy la menos indicada para opinar de las decoraciones de una casa ajena.

Sillones grandes, muebles de madera maciza de colores apagados, aunque bonitos, cuadros de paisajes tranquilos, sobre todo nocturnos y de playas o bosques, electrodomésticos de acero inoxidable y mesadas de cuarzo negro... Lindo, pero frío. Siento que estoy en el set de fotos de una revista de decoración.

Con la bolsa en mano, no estoy segura de dónde sería bueno dejar el paquete, me aterra ensuciar algo con esto, pero mi vecino parece notar mi predicamento y, aún con solo la toalla en la cadera, me quita la bolsa con calma y la deja sobre la mesada de la isla.

-El teléfono está conectado ahí, junto al refrigerador y el número está en uno de los imanes, llama con tranquilidad, puedes esperar aquí hasta que llegue. Si me necesitas, llámame, estaré en el baño.

-Gracias, pero... aún no sé tu nombre.

-Julio.

-Es un placer.

No dice nada más, simplemente asiente y se aleja hacia el pasillo, el cual es igual estructuralmente a de mi departamento, aunque en espejo. Los lugares son iguales, el diseño es el mismo, solo que espejado, invertido en disposición. No inspecciono mucho más, simplemente me acerco al teléfono y, como ya tiene toda su carga, lo suelto del enchufe para poder marcar. Entonces recuerdo que puede que necesite su contraseña, patrón o huella para desbloquearlo, y estoy por llamarlo, cuando con solo apretar el botón, la pantalla se activa sola.

-¿Quién hoy en día no pone seguridad en su teléfono?

Niego y simplemente busco el número que me dijo para llamar. Menos de diez minutos después, estoy sentada en la barra de la isla, terminando de comer lo que me quedaba del wok empezado, sabiendo que está tibio y que no hay que desperdiciar. Al menos está rico.

Los pesados pasos vuelven a escucharse, solo que ésta vez es evidente que no son descalzos, sino con calzado, y poco después, el corpachón de mi vecino aparece en la cocina, ahora vestido con un vaquero obscuro desgastado del frente, botas parecidas a las de los motoristas y una camiseta negra lisa de cuello de pico que, para ser honesta, le queda de muerte. El cabello negro echado hacia el frente, con las puntas acariciando sus obscuras cejas, le da ese aire maquiavélico que me impacta junto con esa mirada verde intensa.

-¿Qué dijo el cerrajero?

-Que estará aquí en cuarenta y cinco minutos como temprano. Está ocupado ahora mismo, al parecer, y una duende de metro y medio, con una gran bolsa de comida japonesa y con un cerebro despistado que olvidó tanto su teléfono como sus llaves dentro de su departamento, no está entre sus prioridades justo ahora.

-Sí, eso suena como Patrick.

-¿Te gusta el sushi o los woks de arroz y mariscos? ¿O quizás las bombas de salmón y queso phila en tempura? Es todo lo que puedo ofrecerte ahora mismo por tu ayuda.

Su ceja se vuelve a alzar mientras observa la bolsa que es casi de la mitad de mi estatura y devuelve su atención a mí.

-¿Planeabas tener invitados?

-Para ser franca, la verdad no. Puede que mida metro y cincuenta, mas mi estómago no parece enterado de ese hecho. La verdad es que todo eso era para mí...

-¿Es una broma?

-Qué más quisiera, sin embargo, es mi triste realidad. Mi ex solía...

La sola mención de ese desgraciado me hace morderme la lengua y bajo mi mirada al embace ahora vacío, con los pocos arroces que aún quedan luego de que me comiera todo lo demás. Ha ahogado tanto mi vida que ya no puedo decir más de cinco frases sin que se inmiscuya en el tema de forma involuntaria.

-¿Tu ex qué?

La voz de Julio me hace alzar la mirada a su rostro curioso y trato de quitarle hierro al asunto, haciendo como si no fuera nada.

-Nada solo... solía decir que comía demasiado. Que le daba vergüenza llevarme a comer en público porque parecía un barril sin fondo. Que tenía suerte de tener buen metabolismo o hace mucho que me habría convertido en una bola de grasa.

No dice nada, simplemente se acerca a la bolsa y la abre, sacando uno de los paquetes y unos palillos para empezar a comer el contenido: un wok de arroz y pulpo.

-La verdad, si dijo eso era un idiota. Si tienes buen metabolismo, úsalo, muchas mujeres matarían por poder comer lo que quisieran sin preocuparse de subir de peso. Además, esto está delicioso y no hay que desperdiciar la oportunidad de comer bien cuando se puede.

La simpleza casi sin emociones con la que habla, me causa cierta gracia y decido sacar yo otro paquete, siendo ésta vez una bandeja de piezas de sushi. La abro y como un par con mucho gusto, sintiéndome relajada por comer con alguien por primera vez en mucho tiempo sin que me juzguen por lo que ingiero, ya sea en variedad o cantidad.

Incluso hasta se roba un par de piezas de mi bandeja, lo cual me resulta un poco cómico.

Comemos en silencio, uno cómodo y tranquilo, el cual ninguno parece tener la necesidad de romper, y para cuando me quiero dar cuenta, ya no hay nada en la bolsa y los empaques vacíos están esparcidos por la mesada.

Como si estuviéramos sincronizados, nos ponemos a juntar todo y a meterlo en la bolsa principal, hasta que ambos queremos tomar el último y rápidamente retiro mi mano de la suya: la diferencia de tamaño es casi apabullante, pues estoy segura de que una de las suyas es casi el doble de las mías, ¿cómo es eso posible?

Sin saber qué hacer o decir, porque sé que seguramente por mi culpa es que el ambiente está tan tenso, miro la hora en el reloj que hay en la pared y noto que ha pasado casi media hora, lo que significa que aún faltan como mínimo, otros quince minutos. ¿Debería irme?

Aparentemente ajeno a mi duda interna con respecto a qué hacer, Julio termina de limpiar todo y de desechar los empaques en el cesto de basura para luego mirarme con ese rostro serio y neutro. ¿Este hombre no sonríe jamás? Quizás mi presencia le molesta, después de todo, soy una intrusa en su casa.

-Bueno, creo que... creo que ya debería irme.

-¿Patrick no dijo que cuarenta y cinco minutos mínimo? A penas si ha pasado media hora y él no es precisamente puntual.

-¿Y entonces por qué me lo recomendaste?

-Porque es el único en la zona y no se puede evitar el que se aproveche de eso. Estoy seguro de que si otro cerrajero viniera a instalarse por aquí, se haría millonario.

-Bueno, de todas formas, ya he invadido demasiado tu hogar, lo mejor sería que me retirara, ¿no crees?

-¿Planeas quedarte sentada en el suelo del pasillo hasta que tu trasero quede frío y plano? Eso sería un desperdicio.

Ante la broma dicha con esa seriedad, no puedo evitar echarme a reír como foca con epilepsia, al punto de que hasta me caigo de la banqueta y quedo de espaldas en el suelo.

-¡TZATSI!

Por la falta de aire debida al golpe, mi voz es a penas un susurro ahogado.

-Creo que me rompí el sentido del humor. Síp, definitivamente algo se rompió.

Y damas y caballeros, he aquí otro típico momento Tzatsi, o sea, otro momento ridículo y de vergüenza pura. Cambio de look, cambio de vida, pero sigo siendo el desastre patoso que implica ser yo. ¡TRÁGAME TIERRA!

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