El frío de la habitación me golpeaba el rostro, un recordatorio gélido de mi último aliento en esa otra vida, la que acababa de terminar.
El dolor en mi pecho no era físico, era el peso de la traición de mi propia sangre, mi prima Isabella.
Su sonrisa triunfante, la expulsión, la falsa acusación, el honor robado por el diseño de mi abuela... todo se repetía como una pesadilla interminable.
Caí en la oscuridad, el fin.
Pero reabrí los ojos, el corazón como un tambor. La luz solar en mi viejo cuarto de la academia, la fecha del concurso. No estaba muerta, había regresado.
Al instante previo de la catástrofe.
Los recuerdos inundaron mi mente: los ojos de serpiente de Isabella, la espalda de Marco, la soledad y desesperación. ¿Cómo pudieron esos a quienes amaba y confiaba, destruirme tan fríamente?
En mi vieja vida, ¿fui tan ingenua, tan ciega, para no ver la manipulación, el veneno disfrazado de miel?
Esta vez, no. Esta vez, el conocimiento es mi arma y el dolor mi combustible.
La puerta se abrió suavemente. ¡Ahí estaba ella, Isabella, con la misma sonrisa falsa, la bandeja de té y la mirada codiciosa!
Se acercaba a mi escritorio, a mi boceto. Pero esta vez, la ingenua Sofía había muerto.
No permitiré que este destino se repita. Se acabó el juego. La venganza es un plato que se sirve frío, y yo tengo un banquete esperando.
El aire frío de la habitación me golpeaba el rostro, un frío que parecía venir de la muerte misma, un recuerdo helado de mi último aliento en esa otra vida, la que acababa de terminar. El dolor en mi pecho no era físico, era el peso de una traición tan profunda que me había ahogado, la traición de mi propia sangre, mi prima Isabella. La imagen de su sonrisa triunfante mientras yo era expulsada del escenario, acusada falsamente, despojada de todo, se repetía en mi mente como una pesadilla sin fin.
Me habían quitado mi beca, mi futuro, mi honor, y todo por un diseño de vestuario que ella me robó, un diseño que era el alma de mi baile, el legado de mi abuela.
Y luego, la oscuridad. Una caída al vacío, el fin.
Pero ahora... ahora estaba aquí.
Abrí los ojos de golpe, el corazón latiéndome con una fuerza brutal en la garganta. La luz del sol se filtraba por la ventana de mi antiguo cuarto en la academia, el mismo cuarto del que fui expulsada. Mi mano temblorosa buscó mi teléfono sobre la mesita de noche, la pantalla se iluminó mostrando la fecha, el día del concurso, el día en que todo se derrumbó.
No estaba muerta, había regresado.
Había regresado al momento justo antes de la catástrofe.
Los recuerdos de esa vida pasada me inundaron como una marea violenta, cada detalle, cada humillación, cada lágrima. Recordé cómo Isabella, con sus ojos de serpiente y su voz melosa, se había acercado a mi mesa de trabajo. Recordé cómo Marco, mi prometido, me dio la espalda, creyendo sus mentiras. Recordé la soledad, la desesperación, el frío final.
Pero esta vez, el conocimiento era mi arma, el dolor era mi combustible.
La puerta de mi habitación se abrió suavemente y allí estaba ella, Isabella, con la misma sonrisa falsa y la misma mirada codiciosa que recordaba tan bien. Llevaba una bandeja con té, una ofrenda de paz antes de la guerra que solo yo sabía que estaba a punto de desatar.
"Sofía, primita, te traje un té para los nervios," dijo, su voz era puro veneno endulzado. Sus ojos se desviaron hacia mi escritorio, donde reposaba el boceto del vestido de flamenco, el diseño rojo y negro que representaba mi corazón.
En mi vida pasada, le había sonreído, ingenua, y le había permitido acercarse.
Esta vez no.
Me levanté de la cama con un movimiento rápido, mi cuerpo moviéndose con una determinación que la sorprendió. Me interpuse entre ella y el escritorio, bloqueando su camino.
"¿Qué haces, Isabella?" mi voz sonó fría, desprovista de la calidez que siempre le había ofrecido.
Ella parpadeó, confundida por mi repentino cambio. "Solo... solo quería ver tu diseño de cerca, es hermoso..."
"No," la interrumpí, mi mirada fija en la suya, sin pestañear. "Sé exactamente lo que quieres."
Sin esperar su respuesta, tomé el boceto de mi escritorio y lo sostuve contra mi pecho. Luego, con una calma aterradora, me acerqué a su bolso, que había dejado sobre una silla. Metí la mano y saqué la pequeña cámara que llevaba escondida. La misma cámara con la que había fotografiado mi diseño en la otra vida.
Se la mostré, sosteniéndola frente a su rostro pálido.
"¿También querías ver de cerca con esto?"
El color desapareció por completo de su cara, sus labios se separaron en un jadeo silencioso. El shock en sus ojos era real, puro, delicioso.
"Yo... no sé de qué hablas," tartamudeó.
No le di tiempo a inventar una excusa. Abrí la puerta de mi habitación de par en par, revelando el pasillo donde otras bailarinas se preparaban, y alcé la voz para que todas pudieran oír.
"¡Isabella, mi querida prima, intentando robar mi diseño antes del concurso más importante de nuestras vidas!" declaré con una voz clara y fuerte. "¡Una ladrona en la Academia de Flamenco de la Familia Reyes!"
El pasillo quedó en silencio. Todas las miradas se clavaron en nosotras, en la cámara que sostenía en mi mano y en el rostro aterrorizado de Isabella. La primera batalla por mi nueva vida acababa de comenzar, y esta vez, yo no iba a ser la víctima.
El rostro de Isabella pasó del pánico a una máscara de victimismo en un parpadeo, una transformación que yo ya había visto y sufrido. Las lágrimas brotaron de sus ojos como si fueran un truco de magia, rodando por sus mejillas perfectamente maquilladas. Su cuerpo entero se encogió, haciéndola parecer pequeña e inofensiva.
"Sofía, ¿por qué dices eso?" sollozó, su voz temblorosa y llena de una falsa herida. "Yo nunca haría algo así, eres mi prima, te quiero. Solo vine a desearte suerte, la cámara... es para tomar fotos del ambiente, para nuestros recuerdos."
Las otras bailarinas en el pasillo empezaron a susurrar, algunas con miradas de duda hacia mí. La actuación de Isabella era, como siempre, impecable. Sabía cómo manipular a la gente, cómo usar su aparente fragilidad como un arma.
Pero yo ya no era su público.
"¿Recuerdos?" respondí con una risa seca, sin una pizca de humor. "¿Recuerdos de cómo planeabas presentar mi trabajo como tuyo? ¿De cómo pensabas apuñalarme por la espalda mientras me sonreías a la cara?"
Me acerqué a ella, mi calma contrastaba con su histeria calculada. "No te molestes en mentir, Isabella. Tu tiempo de engañar a todos se ha acabado."
"¡Estás siendo cruel!" gritó ella, aumentando el volumen de su llanto. "¡Solo porque eres la nieta de la directora, Doña Elvira, crees que puedes humillarme así! ¡Siempre has sido así, arrogante!"
Su acusación era inteligente, un intento de volver a los demás en mi contra, pintándome como la privilegiada abusona. Pero yo tenía una respuesta para eso también.
"Mi posición como nieta de la directora no me da el derecho de abusar de nadie," dije, mi voz resonando con autoridad en el pasillo silencioso. "Pero sí me da la responsabilidad de proteger el honor de esta academia, y el plagio, el robo de ideas, es la ofensa más grave que existe aquí. Es una traición a nuestro arte."
La firmeza de mis palabras hizo que algunas de las chicas que dudaban ahora la miraran a ella con sospecha.
"Ahora," continué, mi tono volviéndose más duro, "devuélveme la copia de mi diseño que sé que ya tienes en tu bolso."
Isabella retrocedió, apretando su bolso contra su pecho como si fuera un escudo. "¡Estás loca! ¡No tengo nada!"
Ya no tenía paciencia para sus juegos. Di un paso adelante y le agarré el brazo, mi mano se cerró con una fuerza que la sorprendió. "Dámelo. Ahora."
"¡Suéltame! ¡Me estás lastimando!" chilló, forcejeando.
Fue en ese preciso instante que una voz familiar, una voz que en mi vida pasada me prometió amor eterno y luego me entregó al infierno, cortó el aire.
"¡Sofía! ¿Qué diablos estás haciendo?"
Marco. Mi prometido. Estaba de pie al final del pasillo, con el ceño fruncido y una expresión de desaprobación total en su rostro. Al ver a Isabella llorando y a mí sujetándola del brazo, su conclusión fue inmediata y errónea.
Corrió hacia nosotras y me apartó de Isabella con un empujón, colocándose protectoramente frente a ella.
"¡Mírate! Actuando como una salvaje," me espetó, su voz llena de decepción. "Isabella solo vino a apoyarte y tú la atacas de esta manera. ¿No tienes vergüenza?"
Isabella se escondió detrás de él, sollozando con más fuerza, interpretando su papel a la perfección.
Verlo allí, defendiéndola, revivió el dolor de su traición final en mi otra vida. La ira, fría y afilada, recorrió mis venas.
"Tú no sabes nada, Marco," le dije, mi voz goteando desprecio.
"¡Veo lo suficiente!" replicó él. "Veo que estás acosando a tu prima por celos. ¡Siempre has odiado que ella también tenga talento!"
Me quedé mirándolo, a este hombre que una vez amé, y sentí una pena helada. Era tan ciego, tan fácil de manipular.
"Si no te detienes ahora mismo, Sofía," continuó, su voz bajando a un tono amenazante, "te juro que nuestra relación se verá seriamente afectada. Piensa en tu reputación, en nuestro compromiso. ¿Realmente quieres arruinarlo todo por un capricho?"
La amenaza colgó en el aire, pesada y fea. En mi vida anterior, esas palabras me habrían aterrorizado, me habrían hecho retroceder y disculparme.
Pero la mujer que se disculpaba estaba muerta.