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El Error del Magnate Ruso

El Error del Magnate Ruso

Autor: : DaniM
Género: Romance
Hace cinco años, Sienna Moore cometió el mayor error de su vida: enamorarse de Nikolai Volkov. Lo que para la inocente pasante fue una semana de pasión inolvidable, para el implacable CEO ruso no fue más que un pasatiempo antes de regresar a Moscú. Cuando Sienna descubrió que estaba embarazada, intentó buscarlo, solo para chocar contra un muro de desprecio y amenazas levantado por el círculo de hierro del magnate. Sola y con el corazón roto, Sienna desapareció para proteger a su hija. Hoy, Nikolai es más frío y letal que nunca. Durante un viaje de negocios a una pequeña ciudad para absorber una empresa local, su mundo de hielo se resquebraja al cruzarse con una niña de cuatro años en un restaurante. Una niña con su misma mirada desafiante y sus inconfundibles ojos azul hielo. Convencido de que Sienna le ocultó a su heredera por puro egoísmo, Nikolai desata su furia. Con el poder de sus millones y un ejército de abogados, le da un ultimátum despiadado: o se mudan a su mansión bajo sus reglas, o le quitará a la niña para siempre. Nikolai cree que ha comprado a una prisionera sumisa, pero pronto descubrirá que la dulce pasante que dejó atrás es ahora una madre leona dispuesta a todo, y que el verdadero engaño ha estado oculto en su propia casa durante años.

Capítulo 1 Ojos de hielo

El aburrimiento era una sensación que Nikolai Volkov rara vez se permitía experimentar. Para un hombre cuyo imperio financiero se extendía desde las frías estepas de Moscú hasta los rascacielos de cristal de Wall Street, el tiempo era la única moneda que no podía fabricar. Sin embargo, en ese preciso instante, sentado en la cabecera de una mesa de banquete cubierta con un mantel de lino barato que olía a cloro, sentía que los segundos se arrastraban con una lentitud agonizante.

Estaba en Oak Creek, un pueblo en medio de la nada, cuyo único reclamo de fama era una fábrica de componentes electrónicos que, hasta hacía una hora, pertenecía a la familia Miller. Ahora, le pertenecía a él.

Nikolai hizo girar el líquido ámbar en su vaso de cristal grueso. Ni siquiera era un buen whisky; rasparía su garganta como papel de lija, así que no tenía intención de beberlo. Su mirada gélida, de un azul tan pálido y penetrante que parecía tallado en hielo siberiano, barrió la sala del club de campo local. Los candelabros de latón imitaban torpemente la grandeza, y la alfombra color burdeos estaba desgastada por décadas de recepciones mediocres.

Al otro lado de la mesa, Thomas Miller, un hombre corpulento de sesenta años que sudaba profusamente dentro de un traje que le quedaba pequeño, firmaba los últimos documentos de cesión. Las manos le temblaban. Su esposa sollozaba en silencio a su lado, apretando una servilleta de papel.

Nikolai no sintió absolutamente nada. Ni una punzada de culpa, ni una gota de piedad. En el mundo de los negocios, o eras el depredador o eras la presa. Miller había tomado malas decisiones financieras, se había ahogado en deudas, y Nikolai simplemente había olido la sangre en el agua. La adquisición hostil había sido limpia, despiadada y eficiente. Como todo lo que hacía el CEO de Volkov Industries.

-Todo... todo está en orden, señor Volkov -tartamudeó el abogado local, deslizando la carpeta de cuero a través de la mesa con un respeto que rayaba en el terror.

Nikolai ni siquiera miró los papeles. Hizo un leve gesto con su mano izquierda, donde el peso de su Rolex de platino brillaba bajo la luz amarillenta. Su jefe de seguridad y mano derecha, Yuri, dio un paso adelante desde las sombras y tomó la carpeta.

-La transferencia de fondos se completará a las ocho de la mañana de mañana -dijo Nikolai. Su voz era un barítono profundo, suave pero cargado de un poder oscuro que hizo que la temperatura de la habitación pareció descender diez grados-. Asegúrense de que las instalaciones estén vacías para el mediodía. Mis ingenieros llegarán el jueves.

Sin esperar respuesta, ni ofrecer un apretón de manos de consolación, Nikolai se puso de pie. Se abotonó la chaqueta de su traje Brioni hecho a medida, una armadura de seda y lana negra que contrastaba brutalmente con la mediocridad del lugar.

-Señor Volkov, nosotros... organizamos una cena en el salón principal para celebrar... -intentó decir el alcalde de Oak Creek, secándose la frente con un pañuelo.

-Tengo un vuelo a Nueva York en dos horas -cortó Nikolai, sin molestarse en ocultar su desdén-. Disfruten de la cena.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida privada del club, dejando atrás una estela de silencio sepulcral. Necesitaba aire. El olor a miedo y desesperación mezclado con perfume barato le estaba provocando una jaqueca. Mientras avanzaba por un pasillo lateral, tenuemente iluminado y decorado con fotografías descoloridas de torneos de golf de los años ochenta, aflojó ligeramente el nudo de su corbata de seda.

Estaba exhausto. No físicamente, su cuerpo era una máquina perfeccionada en el gimnasio a base de disciplina marcial, sino mentalmente. Había construido un imperio implacable, tenía más dinero del que podría gastar en diez vidas, mujeres hermosas y dispuestas que calentaban su cama y desaparecían antes del amanecer, y un poder que hacía temblar a los gobiernos. Y sin embargo, había un vacío constante rugiendo en su interior. Una bestia insatisfecha que ninguna adquisición lograba calmar.

De repente, sus pensamientos oscuros se vieron interrumpidos por un golpe seco contra su rodilla derecha.

Nikolai se detuvo en seco. Sus instintos se activaron al instante, los músculos de su mandíbula se tensaron y miró hacia abajo con una furia fría y contenida, esperando encontrar a algún camarero torpe o a un adulador ebrio que se había atrevido a invadir su espacio personal.

Pero no había ningún adulto.

A la altura de sus muslos, una niña pequeña acababa de rebotar contra su pierna. Llevaba un vestido azul marino que parecía de buena calidad pero sin lujos, y unos pequeños zapatos de charol negro. Tenía el cabello oscuro, un mar de rizos castaños casi negros que caían en un desorden encantador alrededor de su rostro infantil.

Nikolai odiaba a los niños. Eran ruidosos, irracionales, sucios y representaban una pérdida de control absoluta. Estaba a punto de apartarse con disgusto y llamar a gritos a quien fuera responsable de la pequeña molestia, cuando la niña se frotó la frente, retrocedió un paso y, en lugar de echarse a llorar, cruzó sus pequeños brazos sobre el pecho.

-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.

La voz era aguda, infantil, pero destilaba una autoridad ridícula para alguien que apenas superaba el metro de estatura. Nikolai, el hombre que hacía llorar a banqueros multimillonarios con solo alzar una ceja, se quedó petrificado.

No fue la audacia de la niña lo que lo paralizó.

Fue el momento en que ella levantó el rostro para mirarlo.

El corazón de Nikolai, una máquina rítmica y fría que nunca fallaba, dio un vuelco violento en su pecho. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran propinado un golpe directo en el estómago.

La niña tenía el ceño fruncido, una expresión de arrogancia obstinada que él había visto en el espejo cada mañana de su vida. Pero eso no era lo peor. Eran sus ojos.

Desde un rostro pálido y de mejillas redondas, lo observaban dos óvalos de un azul tan intenso, tan pálido y tan cruelmente claro que parecían fragmentos de un glaciar siberiano. Eran los ojos de los Volkov. Sus ojos. No una aproximación. No un tono similar. Eran la réplica genética exacta de su propia mirada.

El tiempo pareció detenerse en aquel pasillo de mala muerte. El ruido de los platos del restaurante a lo lejos se desvaneció, convirtiéndose en un zumbido sordo en sus oídos. Nikolai se quedó mirando a la criatura. Tenía quizás cuatro años. Cuatro años. La mente calculadora del magnate, capaz de procesar algoritmos financieros complejos en segundos, comenzó a hacer matemáticas a una velocidad vertiginosa.

Cuatro años de edad significaba que la concepción había ocurrido hace cinco años.

Hace cinco años. Nueva York. El invierno.

Una pasante inocente con una sonrisa que lograba derretir sus defensas. Una semana de pasión irracional, consumidora, que lo hizo olvidar sus propias reglas. Una promesa susurrada en la oscuridad antes de que él tuviera que volar a Moscú de emergencia por la muerte de su padre. Sienna.

El nombre resonó en su mente como un disparo en una habitación cerrada. Sienna Moore. La mujer que había desaparecido de la faz de la tierra poco después de que él se marchara. La mujer que, según el informe de seguridad que su secretaria Elena le había entregado semanas después, había renunciado a su puesto tras vaciar una cuenta bancaria y aceptar un trabajo en el extranjero. Nikolai había creído que ella solo era una cazafortunas más, que había tomado el pago por su silencio y había huido. La había odiado por ello. Había congelado su propio corazón para no recordar el calor de la piel de ella contra la suya.

Y ahora, frente a él, desafiándolo con una mirada que era un espejo genético perfecto, estaba la prueba viviente de la mentira.

-¿No vas a pedir perdón? -exigió la pequeña, sacándolo bruscamente de su torbellino mental. La niña pateó el suelo con su zapatito, perdiendo la paciencia-. Mi mami dice que si chocas, pides perdón. Eres muy maleducado.

Nikolai abrió la boca, pero por primera vez en su vida adulta, el gran CEO ruso, el hombre al que los medios llamaban el "Zar de Hielo", no encontró las palabras. Sus rodillas parecieron perder firmeza y, movido por una fuerza invisible, comenzó a agacharse lentamente, su costoso traje rozando la alfombra gastada. Quería acercar su mano gigante al rostro de la pequeña, necesitaba comprobar si era un espejismo cruel creado por el agotamiento, si la niña desaparecía al tacto.

-¿Cómo te llamas, pequeña? -La voz le salió ronca, irreconocible, un susurro roto que arañó su garganta.

La niña lo miró con sospecha, retrocediendo medio paso.

-No hablo con extraños grandes y malos -respondió ella, alzando la barbilla con un orgullo que era dolorosamente familiar.

Nikolai sintió una presión aplastante en el pecho. Era suya. No necesitaba una prueba de ADN de mil dólares en un laboratorio suizo. Lo sabía en su sangre, en sus huesos, en el latido salvaje de su pulso. Esta criatura diminuta, valiente y con mirada de loba era suya.

Antes de que pudiera asimilar la magnitud de lo que eso significaba, antes de que pudiera procesar la traición, el engaño, y la furia ciega y volcánica que comenzaba a hervir en la boca de su estómago, un sonido cruzó el pasillo.

Fue como un trueno en un día despejado.

-¡Mila! ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!

El sonido de esos tacones bajos acercándose apresuradamente por el corredor, pero, sobre todo, la melodía de esa voz. Dulce, ligeramente entrecortada por el pánico, con ese suave tono cálido que lo había perseguido en pesadillas febriles durante mil ochocientas noches.

Los músculos de Nikolai se tensaron hasta doler. Sus grandes manos se cerraron en puños con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos y las uñas se clavaron en sus palmas. Todo el oxígeno fue succionado del pasillo.

Lentamente, como un depredador que acaba de escuchar el crujido de una rama seca en la oscuridad del bosque, Nikolai Volkov se puso de pie en toda su imponente altura. Alzó la cabeza y sus gélidos ojos azules se clavaron en la figura femenina que acababa de doblar la esquina al final del pasillo.

La respiración de la mujer se cortó de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, oscuros y aterrorizados. La bandeja que llevaba en las manos resbaló, chocando contra el suelo con un estrépito metálico que hizo eco por todo el corredor.

Era ella. Sienna.

Estaba más madura, más delgada, sin la ropa de diseñador que las mujeres de su mundo solían llevar, pero era indiscutiblemente ella. Y en su rostro, Nikolai no vio sorpresa ni confusión. Solo vio un pánico absoluto y devorador. El pánico de alguien que ha estado huyendo y sabe que acaba de ser atrapada.

El Zar de Hielo sintió cómo la sangre en sus venas dejaba de ser hielo para convertirse en fuego líquido. El engaño estaba frente a él. Le habían robado su sangre. Le habían robado cuatro años.

Y Nikolai Volkov nunca perdonaba a quienes le robaban.

Capítulo 2 El fantasma que regresó

Los pies de Sienna Moore latían con un dolor sordo y rítmico, una queja silenciosa tras acumular doce horas seguidas de pie con unos zapatos negros de suela barata. El aire en el interior del Oak Creek Country Club estaba viciado, espeso con el olor a pollo asado, salsa de champiñones de lata y la cera abrillantadora que el personal de limpieza aplicaba a los suelos de madera desgastada.

Sienna, con su uniforme de gerente de sala impecablemente planchado aunque descolorido por los lavados, se frotó la sien derecha. La jaqueca amenazaba con instalarse detrás de sus ojos, pero se obligó a sonreír mientras le indicaba a uno de los camareros adolescentes que recogiera las copas rotas de la mesa cuatro.

-Casi terminamos, Sienna -le susurró Martha, la jefa de cocina, pasándole un pequeño plato con un trozo de pastel de chocolate a escondidas-. Llévale esto a tu pequeña. Ha sido un ángel toda la tarde.

La sonrisa de Sienna, esta vez, fue genuina, alcanzando sus ojos oscuros y borrando por un instante el cansancio de su rostro.

-Gracias, Martha. Eres un salvavidas.

Mila. Su ancla, su luz, su razón para respirar cada mañana cuando el peso del mundo amenazaba con aplastarla. Sienna tomó el plato y se dirigió hacia la pequeña sala de descanso del personal, ubicada al final de un pasillo lúgubre que conectaba la cocina con los baños de los salones privados.

Mientras caminaba, su mente comenzó a hacer los cálculos habituales, una rutina aritmética de supervivencia. Si lograba hacer horas extras este fin de semana en el banquete de bodas, podría pagar la reparación del calentador de agua antes de que llegara el invierno y, con suerte, le sobraría lo suficiente para comprarle a Mila ese estuche de colores profesionales que no paraba de mirar en el escaparate de la papelería. El quinto cumpleaños de su hija estaba a la vuelta de la esquina. Cinco años.

Sienna tragó saliva, sintiendo un nudo familiar en la garganta. Cinco años desde que su vida se había partido en dos. Cinco años desde que había sido una joven e ingenua pasante en Nueva York, llena de sueños y ambiciones corporativas, hasta que chocó contra el muro de hielo y fuego que era Nikolai Volkov.

No pienses en él, se regañó a sí misma con dureza. Era una regla de oro. Pensar en Nikolai era abrir una puerta a un abismo de dolor que no se podía permitir. El recuerdo de esa semana de pasión devoradora en su ático, la forma en que sus grandes manos la habían tocado como si fuera lo más preciado del mundo, y luego... la brutal y gélida caída.

El doloroso recuerdo de las llamadas sin respuesta. El pánico al ver las dos líneas rosadas en la prueba de embarazo. Y, finalmente, la humillación aplastante cuando logró comunicarse con la oficina privada de presidencia, solo para que la secretaria personal de Nikolai, una mujer con voz de víbora llamada Elena, la destrozara: "El señor Volkov no tiene interés en su patético intento de extorsión, señorita Moore. Mujeres como usted sobran en su cama. Si vuelve a llamar, si intenta acercarse a él con este cuento del embarazo, nuestros abogados se encargarán de arruinar su vida hasta que no le quede nada. Desaparezca".

Y Sienna lo había hecho. Aterrorizada por el poder de un multimillonario ruso y su séquito de destructores legales, había vaciado su pequeña cuenta de ahorros, había cambiado de número, se había mudado a tres estados de distancia y había enterrado su pasado para convertirse simplemente en la "mamá de Mila". Había construido una trinchera inexpugnable alrededor de su hija.

Al llegar a la sala de descanso, empujó la puerta con la cadera.

-Cariño, mira lo que Martha te ha... -Las palabras murieron en sus labios.

La pequeña mesa plegable estaba cubierta de crayones, pero la silla estaba vacía.

Un escalofrío de alarma, frío y punzante, le recorrió la espina dorsal. Mila era una niña obediente, pero también increíblemente curiosa y audaz. A veces, las reglas de "no salir del cuarto" se perdían ante la tentación de explorar.

-¿Mila? -llamó, dejando el plato sobre la mesa y saliendo de nuevo al pasillo.

Miró hacia la cocina. Nadie la había visto. El pánico maternal, ese instinto primitivo y abrumador, comenzó a bombear adrenalina en su sangre. Aceleró el paso, sus tacones bajos repicando contra la alfombra raída del pasillo lateral. Quizás había ido al baño. Sí, tenía que ser eso.

Agarró una bandeja de plata vacía que algún camarero descuidado había dejado sobre una mesa auxiliar y se dirigió hacia los baños de la zona VIP. El pasillo estaba en penumbra. A medida que se acercaba, escuchó la vocecita inconfundible de su hija.

-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.

Sienna suspiró, aliviada de escucharla sana y salva, aunque mortificada por la falta de tacto de su pequeña de cuatro años.

-¡Mila! -exclamó Sienna, apresurando el paso y doblando la esquina-. ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!

Estaba dispuesta a disculparse profusamente con el cliente, a hacer una reverencia si era necesario para no perder su empleo. Pero entonces, sus ojos se alzaron desde la pequeña figura de su hija hacia el hombre que se erguía frente a ella.

El tiempo se detuvo. El oxígeno desapareció del pasillo como si hubieran abierto una escotilla al vacío del espacio.

La bandeja de plata resbaló de sus manos temblorosas. El impacto contra el suelo de madera resonó con un estruendo ensordecedor, un platillo que anunciaba el fin de su mundo pacífico.

Clang.

Sienna dejó de respirar. Sus rodillas amenazaron con ceder, convirtiéndose en agua.

Allí estaba él.

Nikolai Volkov.

No era un holograma, no era un fantasma producto de sus pesadillas. Era real, inmenso, aterradoramente tangible. Su traje a medida envolvía sus anchos hombros como una armadura oscura, y su postura irradiaba una autoridad tan absoluta que hacía que las paredes del pasillo parecieran encogerse a su alrededor. Estaba más imponente que en sus recuerdos, los ángulos de su rostro tallados con mayor dureza, desprovistos de cualquier rastro de la suavidad que ella alguna vez creyó ver en la oscuridad de su habitación en Nueva York.

Y él la estaba mirando.

Los ojos azul hielo, esos mismos ojos que ella veía cada mañana en el rostro de su propia hija, estaban clavados en ella. Durante un microsegundo, Sienna vio la conmoción en el rostro del magnate. Vio cómo las piezas del rompecabezas encajaban en su mente letal. Vio cómo su mirada descendía hacia Mila y luego volvía a ella, y en ese instante, la conmoción fue reemplazada por algo infinitamente peor.

Furia. Una furia pura, fría y calculada.

El instinto de supervivencia, afilado por cinco años de miedo, se apoderó del cuerpo paralizado de Sienna.

-¿Sienna? -La voz de Nikolai fue un trueno bajo y ronco, pronunciando su nombre como si fuera una maldición, un sonido que hizo temblar hasta los cimientos del edificio.

Sienna no respondió. No podía articular palabra. El terror la empujó hacia adelante. En dos zancadas desesperadas, se interpuso entre Nikolai y su hija. Se agachó en un movimiento fluido, agarró a Mila por la cintura y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza feroz.

-¡Mami, me aplastas! -se quejó la pequeña, confundida.

Sienna no la escuchó. No apartó la vista de Nikolai. Era como mirar a los ojos a un lobo siberiano a punto de saltar sobre su presa. El hombre que la había desechado como basura, el hombre cuya gente la había amenazado con destruirla, ahora estaba a un metro de distancia, mirando a la hija que le habían prohibido confesar.

No te la llevarás. No te atrevas a mirar atrás. ¡Corre!

-Nos vamos -logró jadear Sienna, su voz temblando con un terror apenas contenido.

No esperó a ver la reacción de él. No le dio la oportunidad de extender una de esas manos gigantescas. Giró sobre sus talones, abrazando a Mila como si fuera su propio corazón latiendo fuera de su pecho, y corrió.

Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Atravesó la puerta batiente de la cocina empujándola con la espalda, ignorando el grito de sorpresa de Martha y los camareros.

-¡Sienna! ¿Qué pasa? -gritó alguien.

Ella no respondió. Salió por la puerta trasera de emergencias, empujando la barra antipánico de hierro. El aire helado de la noche de otoño la golpeó en el rostro, quemándole los pulmones. Atravesó el estacionamiento de grava, sus zapatos baratos resbalando, casi tropezando, pero el miedo a lo que venía detrás de ella le daba una fuerza sobrehumana.

Llegó a su viejo y oxidado Honda Civic. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo encajar la llave en la cerradura. Abrió la puerta trasera, metió a Mila en su silla de seguridad con manos torpes pero rápidas, abrochó el cinturón sin importarle las protestas de la niña, cerró de un portazo y saltó al asiento del conductor.

Activó los seguros de inmediato. Clic. Encendió el motor, que tosió antes de rugir débilmente. Sienna pisó el acelerador, las llantas derraparon sobre la grava y el coche salió disparado hacia la carretera secundaria que alejaba del club.

Con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el esternón, Sienna miró por el espejo retrovisor. La oscuridad de la noche devoraba el estacionamiento del club, y por un segundo, creyó ver la figura alta y oscura de un hombre saliendo por las puertas traseras, deteniéndose bajo la luz parpadeante de una farola.

Las lágrimas finalmente desbordaron de sus ojos, nublándole la vista.

Había huido. Había escapado del club. Pero mientras agarraba el volante con los nudillos blancos, Sienna Moore supo una verdad aterradora y absoluta, una certeza que le heló la sangre.

Podía conducir hasta el fin del mundo, pero el fantasma de Nikolai Volkov había regresado. Y esta vez, no iba a dejarla escapar. La cacería acababa de empezar.

Capítulo 3 El cazador y su presa

El penthouse de la última planta del único hotel de lujo a cincuenta kilómetros a la redonda parecía demasiado pequeño para contener la furia volcánica de Nikolai Volkov.

Caminaba de un extremo a otro de la amplia sala de estar, como un depredador enjaulado. Afuera, la madrugada de Oak Creek seguía sumida en una oscuridad absoluta, pero dentro de la suite, la luz artificial de las lámparas de diseño iluminaba un rostro esculpido en piedra y furia. Se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando antebrazos tensos donde las venas palpitaban con cada latido de su corazón.

No había dormido. No había comido. Desde el instante en que Sienna Moore había huido de aquel pasillo oscuro con su hija en brazos, el reloj de arena de la paciencia de Nikolai se había hecho añicos.

La puerta de la suite se abrió con un suave clic, y Yuri, su jefe de seguridad y sombra personal, entró en la habitación. El exmilitar ruso, un hombre del tamaño de un armario que rara vez mostraba emociones, llevaba una gruesa carpeta de cuero negro en las manos.

-Lo tengo todo, señor -dijo Yuri, su voz grave resonando en el silencio sepulcral de la habitación. Caminó hasta la mesa de cristal del centro y dejó caer la carpeta con un golpe sordo-. Ha tomado menos de seis horas. No es difícil rastrear a alguien que no tiene los medios para ser invisible.

Nikolai se detuvo en seco. Sus ojos, dos fragmentos de hielo siberiano, se clavaron en el documento. Se acercó lentamente, como si la carpeta estuviera llena de veneno, y la abrió.

Las primeras páginas eran un golpe brutal a su ego y a su lógica. Fotografías de Sienna entrando a un modesto supermercado, fotografías de la niña -su niña- jugando en un parque público con columpios oxidados. Registros bancarios. Facturas atrasadas. Trabajos mediocres: cajera, camarera, y ahora gerente de un club de campo de tercera categoría.

Nikolai pasó las hojas con dedos rígidos, su mente financiera procesando los números. Sienna vivía al borde del abismo económico todos los meses.

-No lo entiendo -murmuró Nikolai, su voz rasposa por la falta de uso en las últimas horas-. ¿Por qué vivir así? Si su objetivo era mi dinero, si era la clásica sanguijuela corporativa que mi secretaria describió, ¿por qué no apareció en mi puerta con la prensa hace cuatro años?

Yuri guardó silencio. Su trabajo no era teorizar sobre la psicología humana, sino entregar hechos. Y el hecho más devastador estaba en la última página.

Nikolai la sacó. Era una copia certificada de un acta de nacimiento del estado. Sus ojos escanearon las líneas con rapidez letal hasta detenerse en el centro de la página.

Nombre del menor: Mila Moore.

Fecha de nacimiento: 14 de mayo. Madre: Sienna Moore.

Padre: Un espacio en blanco. Una línea vacía e insultante.

El cristal del vaso de whisky que Nikolai sostenía en su mano izquierda estalló en pedazos. El sonido del cristal roto y el líquido ambarino salpicando la costosa alfombra hizo que Yuri diera un paso adelante, pero Nikolai levantó una mano manchada de sangre para detenerlo. No sentía el corte en su palma. Solo sentía el fuego abrasador de la traición quemándole las entrañas.

Desconocido. Había sido borrado de la existencia de su propia sangre.

-Es una estratega -siseó Nikolai, arrojando el documento manchado sobre la mesa, convenciendo a su propia mente herida de la peor versión posible de la historia-. Es mucho más calculadora de lo que creía. Sabía que si me presentaba un bebé recién nacido, yo dudaría. Pediría pruebas, exigiría un control total. Pero esperar cuatro años... Esperar a que la niña creciera, a que fuera mi copia exacta para que ningún juez en este país pudiera negar la paternidad... Es el chantaje perfecto. Quería asegurarse de que el precio por mi hija fuera astronómico.

Nikolai agarró una toalla del minibar, se envolvió la mano sangrante y miró a Yuri con una frialdad que congelaría el infierno.

-Prepara los coches. Vamos a hacerle una visita.

Eran las seis y media de la mañana cuando un convoy de tres SUV Mercedes-Benz negras, tintadas y blindadas, rompió el silencio de un modesto vecindario de casas adosadas en las afueras de Oak Creek. El contraste entre los vehículos multimillonarios y las aceras agrietadas, los céspedes mal cuidados y los buzones oxidados era obsceno.

El vehículo central se detuvo frente a la casa número 42. La pintura blanca de la fachada se estaba pelando y el techo necesitaba reparaciones urgentes. Nikolai bajó del coche antes de que su chófer pudiera abrirle la puerta. El aire gélido del amanecer le golpeó el rostro, pero no hizo nada para enfriar su ira. Llevaba un abrigo negro de cachemira sobre su camisa blanca, luciendo como un verdugo a punto de ejecutar una sentencia.

Caminó por el estrecho sendero de cemento, ignorando un triciclo de plástico rosa abandonado en el jardín delantero. El simple hecho de ver el juguete le provocó una punzada de dolor físico en el pecho. Cuatro años de cumpleaños perdidos. Cuatro años de primeros pasos, primeras palabras, todo robado por la avaricia de una mujer.

No se molestó en buscar un timbre. Nikolai levantó su puño y golpeó la puerta de madera delgada con tres golpes secos y autoritarios que resonaron como disparos en la quietud de la mañana.

Pasaron diez segundos interminables. Luego, el sonido de varios cerrojos destrabándose con torpeza.

La puerta se abrió unos centímetros, retenida por una frágil cadena de seguridad. El rostro de Sienna apareció en la rendija. Estaba pálida como un fantasma, con ojeras oscuras bajo sus ojos marrones y el cabello recogido en un moño desordenado. Llevaba una bata de algodón gastada. Al ver a Nikolai llenando el marco de su puerta, flanqueado por dos hombres armados en la acera, el terror absoluto distorsionó sus facciones.

Intentó cerrar la puerta de golpe, pero Nikolai fue más rápido. Su bota de cuero italiano se interpuso en el umbral, bloqueando el movimiento con la fuerza de un muro de carga.

-Abre la puerta, Sienna -ordenó, su voz bajando una octava, suave pero letalmente peligrosa-. O haré que mis hombres la echen abajo y despertaremos a tu hija. Tú decides.

Sienna dejó escapar un sollozo ahogado. Sus manos temblaban violentamente cuando desenganchó la cadena. Nikolai empujó la puerta y entró, obligándola a retroceder hasta el centro de su minúsculo salón.

El lugar olía a vainilla barata y a café recién hecho. Había dibujos infantiles pegados con cinta adhesiva en las paredes desconchadas y mantas dobladas sobre un sofá de segunda mano. Nikolai lo escrutó todo con desdén antes de clavar su mirada en la mujer que temblaba frente a él.

-¿Qué quieres? -susurró Sienna, abrazándose a sí misma protectoramente. Sus ojos viajaban frenéticamente de él a la puerta cerrada-. ¡No tienes derecho a estar aquí! ¡Vete!

-¿Derecho? -Nikolai soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor. Metió la mano izquierda en su abrigo y sacó el acta de nacimiento arrugada, arrojándola a los pies de ella-. ¿Hablas de derechos, Sienna? Explícame esto. Padre desconocido.

Sienna miró el papel en el suelo, pero no lo recogió. Levantó la barbilla, intentando invocar una valentía que claramente no sentía.

-Es la verdad. El padre de Mila no existe en nuestras vidas.

En un movimiento tan rápido que ella no pudo esquivarlo, Nikolai acortó la distancia entre ambos. No la tocó, pero se inclinó sobre ella, su enorme estatura acorralándola psicológicamente. Sienna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-¡Me robaste a mi hija! -rugió Nikolai, su control finalmente fracturándose. Las paredes de la pequeña casa parecieron temblar-. ¡Me quitaste cuatro años de su vida! ¿Cuál era tu plan maestro, maldita sea? ¿Esconderte hasta que estuvieras desesperada? ¿Esperar a que ella fuera lo suficientemente grande para que yo no pudiera negar que es una Volkov, y así asegurar que el cheque de tu extorsión tuviera más ceros? ¡Dímelo!

El impacto de las acusaciones pareció golpear a Sienna físicamente. Sus ojos se abrieron de par en par, la confusión y la estupefacción desplazando temporalmente al miedo.

-¿Extorsión? -repitió, su voz temblando por la incredulidad antes de transformarse en una furia materna candente-. ¿De qué demonios estás hablando? ¡Tú me ignoraste! ¡Tú me desechaste!

-¡No te atrevas a mentirme! -bramó Nikolai, señalándola con un dedo acusador-. ¡Desapareciste el mismo día que vaciaste tu cuenta bancaria! Tomaste el dinero que te pagaba mi empresa y huiste como la cazafortunas cobarde que eres.

-¡No me fui por tu estúpido dinero! -Sienna gritó de vuelta, las lágrimas finalmente derramándose por sus mejillas. El dolor de hace cinco años estalló en su pecho como una granada-. ¡Traté de decírtelo! Cuando descubrí que estaba embarazada, llamé a tu oficina privada docenas de veces. ¡Supliqué hablar contigo!

Nikolai la miró con asco, negando con la cabeza.

-Es una mentira patética. Nadie bloquea una llamada para mí si es importante. Yo controlo todo en mi mundo, Sienna.

-¡Pues entonces no te importó! -sollozó ella, golpeando el pecho de Nikolai con ambas manos. Fue como golpear una pared de ladrillos, él ni siquiera se inmutó-. ¡Tu secretaria me lo dejó muy claro! Elena me llamó. Me dijo que eras consciente de mi "patético intento de embarazo" y que si me acercaba a ti, tus abogados me destruirían. ¡Me amenazaron con arruinarme la vida y quitarme a mi bebé! ¡Tenía veintidós años y estaba sola! ¡Huí para protegerla de ti!

Nikolai se quedó paralizado. El nombre de Elena, su secretaria personal y la mujer en quien confiaba para manejar su vida desde hacía una década, flotó en el aire entre ellos como una toxina. Por una fracción de segundo, la duda nubló la mente calculadora de Nikolai. La desesperación en los ojos de Sienna era tan cruda, tan visceralmente real, que desafiaba toda la lógica de su expediente de seguridad.

Pero el Zar de Hielo no construyó un imperio confiando en las lágrimas de una mujer. Él confiaba en los hechos. Y el hecho era que ella le había ocultado a su hija.

-¿Elena? -Nikolai endureció su expresión, erigiendo de nuevo sus muros de acero-. Un intento de desviar la culpa bastante pobre. Elena ejecuta mis órdenes, no las inventa. Nunca recibí un solo mensaje tuyo, y ciertamente nunca ordené amenazarte. Todo esto -hizo un gesto abarcando la casa miserable-, toda esta pobreza, es producto de tu propia cobardía y tus mentiras.

-¡No estoy mintiendo! -Sienna gritó, su voz desgarrándose-. ¡Eres un monstruo despiadado, exactamente como dijeron que serías!

-Soy exactamente el monstruo que necesito ser -respondió Nikolai, su voz bajando a un susurro glacial que heló la sangre de Sienna-. Llora todo lo que quieras, Sienna. Finge ser la víctima. No me importa. Porque el tiempo de tus juegos se ha acabado.

Nikolai retrocedió un paso, alisando el frontal de su abrigo con precisión metódica. Su mirada barrió el pasillo que conducía a las habitaciones traseras.

-He venido a llevarme lo que me pertenece.

Sienna sintió que el mundo giraba a su alrededor. Se interpuso en su camino, extendiendo los brazos.

-¡No te la llevarás! ¡Sobre mi cadáver!

Nikolai la miró desde su altura, sus ojos azules carentes de toda piedad.

-Eso puede arreglarse, Sienna. Prepárate. Tienes una hora antes de que mi equipo legal y yo te mostremos lo que realmente significa perderlo todo.

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