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El Gran Regreso de la Exesposa

El Gran Regreso de la Exesposa

Autor: : Gong Mo Xi o
Género: Urban romance
Mi esposo, Braulio, se suponía que era el amor de mi vida, el hombre que prometió protegerme para siempre. En lugar de eso, fue quien más me destrozó el corazón. Me obligó a firmar los papeles del divorcio, acusándome de espionaje corporativo y de sabotear proyectos de la empresa. Todo esto mientras su primer amor, Helena, quien supuestamente estaba muerta, reaparecía embarazada de su hijo. Mi familia ya no estaba, mi madre me había desheredado y mi padre murió mientras yo trabajaba hasta tarde, una decisión de la que me arrepentiría por siempre. Me estaba muriendo, sufría un cáncer en etapa terminal, y él ni siquiera lo sabía, o no le importaba. Estaba demasiado ocupado con Helena, quien era alérgica a las flores que yo cuidaba para él, las que él amaba porque Helena las amaba. Me acusó de tener una aventura con mi hermano adoptivo, Camilo, que también era mi médico, la única persona que de verdad se preocupaba por mí. Me llamó asquerosa, un esqueleto, y me dijo que nadie me amaba. Tenía tanto miedo de que, si me defendía, perdería hasta el derecho de escuchar su voz por teléfono. Era tan débil, tan patética. Pero no iba a dejar que ganara. Firmé los papeles del divorcio, entregándole el Grupo Garza, la empresa que siempre quiso destruir. Fingí mi muerte, esperando que por fin fuera feliz. Pero me equivoqué. Tres años después, regresé como Aurora Morgan, una mujer poderosa con una nueva identidad, lista para hacerle pagar por todo lo que me había hecho.

Capítulo 1

Mi esposo, Braulio, se suponía que era el amor de mi vida, el hombre que prometió protegerme para siempre. En lugar de eso, fue quien más me destrozó el corazón.

Me obligó a firmar los papeles del divorcio, acusándome de espionaje corporativo y de sabotear proyectos de la empresa. Todo esto mientras su primer amor, Helena, quien supuestamente estaba muerta, reaparecía embarazada de su hijo.

Mi familia ya no estaba, mi madre me había desheredado y mi padre murió mientras yo trabajaba hasta tarde, una decisión de la que me arrepentiría por siempre. Me estaba muriendo, sufría un cáncer en etapa terminal, y él ni siquiera lo sabía, o no le importaba. Estaba demasiado ocupado con Helena, quien era alérgica a las flores que yo cuidaba para él, las que él amaba porque Helena las amaba.

Me acusó de tener una aventura con mi hermano adoptivo, Camilo, que también era mi médico, la única persona que de verdad se preocupaba por mí. Me llamó asquerosa, un esqueleto, y me dijo que nadie me amaba.

Tenía tanto miedo de que, si me defendía, perdería hasta el derecho de escuchar su voz por teléfono. Era tan débil, tan patética.

Pero no iba a dejar que ganara.

Firmé los papeles del divorcio, entregándole el Grupo Garza, la empresa que siempre quiso destruir.

Fingí mi muerte, esperando que por fin fuera feliz.

Pero me equivoqué.

Tres años después, regresé como Aurora Morgan, una mujer poderosa con una nueva identidad, lista para hacerle pagar por todo lo que me había hecho.

Capítulo 1

El despacho de abogados del Grupo Garza siempre era frío, el aire denso con el aroma a papel y a una ambición silenciosa. Era un lugar de poder, y se suponía que Elisa Garza era su reina.

-Yo, Elisa Garza, en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, declaro por la presente que este es mi último testamento y voluntad.

Su voz era suave, pero resonó en la silenciosa habitación.

Daniela Durán, su principal asesora legal y su amiga más antigua, la observaba con el ceño fruncido por la preocupación. Elisa estaba lejos de tener un cuerpo sano. Estaba frágil, la vida parecía escapársele un poco más cada día.

-Lego todo mi patrimonio, incluyendo todas mis acciones en el Grupo Garza, mis propiedades personales y todos los demás activos, a una sola persona.

El bolígrafo en la mano de Daniela se detuvo. Sabía lo que venía.

-A mi esposo, Braulio Montes.

El nombre quedó suspendido en el aire, un recordatorio de un amor jamás correspondido.

Daniela finalmente rompió el protocolo.

-Elisa, ¿estás segura de esto?

-Estoy segura, Daniela.

-Al menos déjame traerte un poco de agua. O llamar a un doctor. Estás pálida como un fantasma.

Elisa negó con la cabeza, una leve sonrisa en sus labios.

-No, necesito llegar a casa.

-¿Para qué? -suplicó Daniela, con la voz ligeramente quebrada-. Ni siquiera va a estar ahí.

-Tengo que prepararle la cena.

Era un deber que había cumplido cada día de sus cuatro años de matrimonio. Un deber que él jamás había reconocido comiéndose su comida.

Recordó las incontables noches, las cenas perfectamente preparadas enfriándose sobre la mesa, su esperanza desvaneciéndose con el sol poniente.

Una profunda sensación de pérdida se instaló en su pecho, un dolor familiar.

-Nos vemos mañana, Daniela.

Elisa se puso de pie, sus movimientos lentos y deliberados.

Salió de la oficina, su figura delgada y frágil contra las enormes puertas de cristal.

Daniela la vio irse, un pensamiento amargo cruzando su mente. Elisa Garza, la aclamada heredera de Monterrey, ahora no era más que una sombra, aferrada a un hombre que la despreciaba.

El camino a casa fue silencioso. Las luces de la ciudad se difuminaban en largas estelas de color, reflejando las lágrimas que se acumulaban en los ojos de Elisa pero que nunca caían.

Sacó su celular, su pulgar flotando sobre el nombre de él. Presionó el botón de llamar.

Sonó varias veces antes de que contestara.

-¿Qué quieres?

Su voz era tan fría como siempre.

-Braulio -dijo ella, el nombre una suave caricia.

-No me llames así -espetó él-. Me da asco.

El dolor familiar se retorció en sus entrañas. Lo había llamado así desde que eran niños, cuando él le había prometido protegerla para siempre.

Entonces, escuchó otra voz de fondo, la voz de una mujer, suave y dulce.

-Braulio, ¿quién es?

Su tono se suavizó al instante.

-Nadie importante.

A Elisa se le cortó la respiración.

-No vuelvas a llamarme a menos que sea para firmar los papeles del divorcio -dijo él, su voz cargada de desprecio.

Intentó mantener la voz firme, ocultar el temblor.

-Te tendré la cena lista.

La línea se cortó.

Se quedó mirando el teléfono, el silencio del coche amplificando el zumbido en sus oídos. Una sola lágrima finalmente escapó, trazando un camino frío por su mejilla.

Era tan débil. Tan patética.

Tenía tanto miedo de que, si se defendía, perdería hasta el derecho de escuchar su voz por teléfono.

Cuando llegó a su villa, el lugar estaba oscuro y vacío. Era una casa que él había mandado a diseñar para su primer amor, llena de cosas a las que ella era alérgica pero que nunca se había atrevido a quitar.

Fue a la cocina, un espacio que había transformado de un territorio desconocido a su único santuario. Había aprendido a cocinar para él, un mundo muy alejado de las salas de juntas y los balances que le habían enseñado.

La casa estaba fría, resonando con una soledad profunda. Puso un poco de música suave, la melodía un débil escudo contra el silencio.

El reloj pasó de la medianoche. No iba a volver a casa.

Limpió la comida intacta, su corazón como un peso de plomo en el pecho. Justo cuando estaba a punto de apagar las luces e ir a su cama vacía, escuchó la puerta principal abrirse.

La esperanza, esa cosa tonta y obstinada, se encendió en su pecho.

Él entró, trayendo consigo una ráfaga de aire frío de la noche. Olía al perfume de otra mujer.

-Braulio, ya volviste -dijo ella, su voz llena de un alivio que no pudo ocultar-. ¿Tienes hambre? Puedo calentarte algo de comida.

Se acercó para tomar su abrigo.

De repente, la agarró, su agarre era como de hierro, y la empujó contra la pared. Sus ojos estaban oscuros por una mezcla de alcohol y algo más, algo posesivo y cruel.

El corazón de Elisa martilleaba contra sus costillas. Tenía miedo.

-Braulio, ¿qué estás haciendo?

Él se inclinó, sus labios a punto de aplastar los de ella, pero el sonido de su nombre en sus labios pareció devolverle un poco la sobriedad. Retrocedió como si se hubiera quemado.

-No me toques -gruñó, su voz un rugido bajo-. Me das asco.

Se dio la vuelta y subió las escaleras, dejándola temblando contra la pared.

El latigazo emocional le revolvió el estómago y una oleada de náuseas la invadió. Siempre era así. Un momento de esperanza, seguido de un golpe aplastante de realidad.

¿Por qué la odiaba tanto? No podía entenderlo.

Se recompuso, la vergüenza pegada a ella como una segunda piel. Subió y preparó en silencio su pijama y un vaso de leche tibia, colocándolos junto a su cama como siempre hacía.

Esperó durante mucho tiempo.

Finalmente salió de la ducha, con una toalla colgada a la cadera. Ni siquiera la miró.

Miró los papeles del divorcio en su mesita de noche, los que ella no había firmado. Luego se volvió hacia ella, su rostro una máscara de furia helada.

-Quiero el divorcio, Elisa.

Ella lo miró fijamente, su mundo girando sobre su eje.

-¿Por qué? ¿Por qué ahora?

Él la miró, y las palabras que pronunció a continuación destrozaron lo que quedaba de su corazón.

-Porque Helena ha vuelto.

Capítulo 2

Helena ha vuelto.

Las palabras eran una sentencia de muerte. Elisa siempre había sabido de Helena Linares, la mujer que Braulio amaba, la mujer que supuestamente había muerto en un accidente años atrás.

Siempre se había dicho a sí misma que no podía competir con un recuerdo. Una persona muerta era intocable.

Pero ahora el fantasma había vuelto a la vida.

-No -susurró Elisa, su voz temblorosa-. Braulio, estamos casados. Soy tu esposa.

Él se burló, un sonido cruel y sin humor.

-¿Esposa? ¿De verdad crees que mereces ese título?

No pudo responder. La villa estaba llena de la presencia de Helena. El jardín estaba lleno de las flores favoritas de Helena, a las que Elisa era alérgica. La decoración, los colores, el aire mismo que respiraba pertenecían a otra mujer.

Aquí no tenía nada. Ni una sola cosa era suya.

Se tragó el dolor, intentándolo una última vez.

-Braulio, no tengo a dónde más ir. Eres todo lo que tengo.

Su familia ya no estaba. Su padre había fallecido y su madre la había desheredado por casarse con Braulio, cuya familia supuestamente los Garza habían arruinado. Había estado trabajando hasta tarde la noche en que su padre tuvo el infarto, una elección que lamentaría el resto de su vida.

-La única familia que tengo es Helena -dijo él, su voz desprovista de cualquier emoción. Estaba declarando un hecho.

Las palabras la cortaron más profundo que cualquier cuchillo. Durante cuatro años, había creído que eran una familia, una rota, pero familia al fin y al cabo.

Se puso una camisa limpia y se fue sin decir una palabra más, el portazo de la entrada resonando en la casa cavernosa.

La dejó con los papeles del divorcio.

Se quedó sola en la oscuridad, un dolor agudo irradiando desde su estómago. Estaba empeorando.

Buscó a tientas sus pastillas, tragándose un puñado sin agua.

-No quiero el divorcio -susurró a la habitación vacía-. Braulio, por favor... no me dejes.

Su súplica se perdió en el silencio. Cerró los ojos, la oscuridad dentro de ella igualando la noche de afuera.

Odiaba las gardenias. La dulzura empalagosa de las flores le mareaba. Y era alérgica a ellas. Sin embargo, todo el jardín estaba lleno de ellas porque a Helena le encantaban.

Daniela la llevaba al hospital. Elisa no podía parar de toser.

-Elisa, déjame que alguien quite esas malditas flores -dijo Daniela, con los nudillos blancos en el volante.

-No -dijo Elisa débilmente-. Se enojaría.

Sabía que no se trataba de las flores. Se trataba de la mujer que representaban. Braulio lo vería como un ataque a la memoria de Helena.

Llegaron al hospital. Su médico, Camilo Solís, la estaba esperando. También era su hermano adoptivo, la única familia real que le quedaba. Los Garza lo habían acogido después de que sus padres murieran, y él siempre la había protegido ferozmente.

Sostenía los resultados de su último escáner, su rostro sombrío.

-Elisa, no puedes seguir haciendo esto -dijo, su voz tensa de ira y preocupación.

-¿Qué tan grave es? -preguntó ella, su voz apenas un susurro.

-Si continúas descuidando tu tratamiento y dejas que tu estado emocional se deteriore... te quedan tres meses. Como mucho.

Agarró el informe de diagnóstico, sus dedos se pusieron blancos. Tres meses.

La voz de Camilo se suavizó ligeramente.

-¿Dónde está él? ¿Dónde está Braulio?

-Está ocupado -mintió ella, las palabras sabiendo a ceniza en su boca.

-¿Ocupado? -la voz de Camilo se alzó de nuevo-. ¿Ocupado haciendo qué? ¿Tiene alguna idea de por lo que estás pasando?

Inmediatamente se arrepintió de su tono duro.

-Lo siento, Eli.

Suspiró, pasándose una mano por el pelo.

-Podemos empezar con cuidados paliativos. Ayudará a manejar el dolor.

-Está bien -dijo ella, aceptando su destino.

Salió de su consultorio, las palabras del médico resonando en su mente. Tres meses.

Caminó por el pasillo aturdida, su mente entumecida.

Se detuvo en seco.

Al otro lado del pasillo, Braulio empujaba a una mujer en una silla de ruedas. La mujer reía, con la cabeza echada hacia atrás mientras lo miraba.

Elisa la reconoció al instante, incluso después de todos estos años. Helena Linares.

Estaba viva.

Entonces escuchó la voz de Helena, clara y triunfante, flotar a través del espacio.

-Braulio, estoy embarazada.

Capítulo 3

La lluvia caía en una llovizna fría y constante, a juego con la desolación en el corazón de Elisa. No sabía a dónde ir, cómo escapar de los escombros de su vida.

Mandó a su chófer a casa, queriendo estar sola.

Caminó sin rumbo por las calles de la ciudad, una figura solitaria bajo un paraguas negro. La bulliciosa ciudad, con sus luces brillantes y multitudes felices, solo la hacía sentir más aislada.

Se detuvo frente a una pequeña tienda de música. Sonaba una canción triste, la letra contaba una historia de amor y pérdida que se sentía dolorosamente familiar.

"Promesas... ¿para qué son las promesas?"

Se quedó allí durante mucho tiempo, la palabra "promesa" resonando en su mente.

Recordó la primera vez que conoció a Braulio. Era una niña perdida y asustada, recién encontrada por la adinerada familia Garza después de haber estado perdida durante años. Él era el chico de oro de la familia Montes, amigo de su hermano mayor.

Le había prometido protegerla entonces. La había llamado su hermanita.

Ella lo había llamado "Braulio", como todos los demás. Era un término de cariño, un símbolo de su cercanía.

¿Cuándo se había torcido todo? ¿Fue cuando su familia cayó en desgracia, un desastre del que él culpaba a su padre? ¿Fue cuando se vio obligado a casarse con ella para salvar lo que quedaba de su empresa?

La lluvia se convirtió en un aguacero. Cayó la noche.

Volvió a casa, a una casa vacía y una cama fría. El sueño no ofrecía escapatoria. Su enfermedad traía consigo pesadillas terribles.

Soñó que Braulio la dejaba, que estaba con Helena, sus manos entrelazadas. En el sueño, él la miraba con puro odio.

-Tú eres la que le quitó todo -la acusaba.

Un toque frío en su mejilla la despertó.

Abrió los ojos y vio el rostro de Braulio cerniéndose sobre ella, su expresión fría e indescifrable en la penumbra.

-Braulio -murmuró, todavía medio dormida.

Él frunció el ceño.

-Estabas teniendo una pesadilla. Gritando un nombre.

-Camilo -dijo ella, intentando sentarse. No quería que él supiera de su enfermedad-. Solo estaba soñando con mi hermano.

Él la interrumpió.

-¿Tu hermano? ¿O tu amante?

La acusación la golpeó como un golpe físico.

-¿De qué estás hablando?

-No te hagas la tonta conmigo, Elisa -se burló-. Te vi con él. En el hospital. ¿Crees que soy un idiota?

La agarró, atrayéndola en un abrazo brusco. El olor de él, una mezcla de lluvia y algo únicamente suyo, llenó sus sentidos.

Luchó contra él, la injusticia de su acusación la hacía sentir enferma.

-¡Es mi doctor! ¡Y mi hermano!

Él confundió su resistencia con culpa. Su agarre se apretó, sus acciones se volvieron más contundentes, más castigadoras.

Un hilo de calor corrió de su nariz. Sabía que era sangre, pero él estaba detrás de ella y no lo vería.

De repente, se detuvo. Sus ojos se posaron en el frasco de pastillas en su mesita de noche.

-No olvides tomar tu medicina -dijo, su voz goteando sarcasmo.

Recordó su conversación con Helena en el hospital. Le había prometido llevar a Helena con los mejores doctores. Estaba preocupado por la salud de Helena.

El pensamiento fue una nueva ola de dolor. Sintió la garganta apretada y no pudo hablar.

No durmió el resto de la noche.

A la mañana siguiente, su teléfono sonó, estridente y urgente. Era su asistente.

-Señorita Garza, hay un problema en la empresa. Varios de nuestros proyectos clave han sido saboteados. Y... y la señorita Linares está aquí, afirmando que es la heredera legítima.

Elisa sintió un escalofrío recorrer su espalda.

-Lo sé. Voy en camino.

Se vistió y se dirigió a la oficina, su mente un torbellino de dolor y confusión.

En el camino, se reclinó y cerró los ojos, los recuerdos inundándola. Recordó haber sido encontrada, la confusión de su nueva vida. Recordó a otra niña, Helena, que había sido confundida con ella, viviendo su vida durante años. Cuando la verdad salió a la luz, Helena se quedó en la familia, tratada como una princesa, mientras que Elisa siempre fue la extraña, el reemplazo.

Llegó al último piso. La puerta de su oficina estaba abierta.

Helena estaba sentada en una silla de ruedas, una sonrisa de suficiencia en su rostro. Braulio estaba a su lado, su mano descansando protectoramente sobre su hombro.

-Miren quién está aquí -dijo Helena, su voz goteando falsa compasión-. Pobre Elisa. Te ves terrible.

Elisa no respondió. Solo miró a Braulio.

De repente, aparecieron dos guardias de seguridad.

-Señorita Garza -dijo uno de ellos, su voz firme-. Está acusada de espionaje corporativo y de sabotear proyectos de la empresa. Por favor, acompáñenos.

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