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El Guardaespaldas que Salvó mi Alma

El Guardaespaldas que Salvó mi Alma

Autor: : Bing Xia Luo
Género: Romance
La furgoneta me dejó tirada en una nube de polvo, mi cuerpo temblaba, mi traje de flamenca hecho jirones. Ni el dolor de las piedras ni el calor sofocante podían apagar el vacío inmenso dentro de mí. Un Mercedes negro se detuvo y, para mi horror silencioso, Mateo, mi hermanastro, me recibió con desprecio, regañándome por mi "aspecto vergonzoso" que dañaba el "orgullo familiar". Mientras me arrastraban de vuelta a la mansión, una jaula dorada, recordé las risas de mis secuestradores: "Tu hermanito no tiene prisa por pagar... 400.000 euros es mucho por una bailaora adoptada". Días después, mi padre adoptivo me entregó una vieja guitarra, la única herencia de mis padres biológicos, valuada en 400.000 euros: la misma cantidad exacta del rescate. Mateo lo sabía; él me había dejado pudrirme. La humillación culminó cuando mi hermanastro intentó arrebatarme mi último refugio: mi estudio de baile. En ese momento, una furia gélida encendió una decisión inquebrantable en mi pecho. Ya no era una víctima; era hora de huir y que el mundo supiera la verdad.

Introducción

La furgoneta me dejó tirada en una nube de polvo, mi cuerpo temblaba, mi traje de flamenca hecho jirones.

Ni el dolor de las piedras ni el calor sofocante podían apagar el vacío inmenso dentro de mí.

Un Mercedes negro se detuvo y, para mi horror silencioso, Mateo, mi hermanastro, me recibió con desprecio, regañándome por mi "aspecto vergonzoso" que dañaba el "orgullo familiar".

Mientras me arrastraban de vuelta a la mansión, una jaula dorada, recordé las risas de mis secuestradores: "Tu hermanito no tiene prisa por pagar... 400.000 euros es mucho por una bailaora adoptada".

Días después, mi padre adoptivo me entregó una vieja guitarra, la única herencia de mis padres biológicos, valuada en 400.000 euros: la misma cantidad exacta del rescate.

Mateo lo sabía; él me había dejado pudrirme.

La humillación culminó cuando mi hermanastro intentó arrebatarme mi último refugio: mi estudio de baile.

En ese momento, una furia gélida encendió una decisión inquebrantable en mi pecho.

Ya no era una víctima; era hora de huir y que el mundo supiera la verdad.

Capítulo 1

La furgoneta se detuvo con una sacudida en el arcén polvoriento de una carretera secundaria a las afueras de Sevilla.

La puerta lateral se abrió con un chirrido metálico.

Dos hombres me empujaron fuera.

Caí de rodillas sobre la grava, mis manos desnudas se rasparon con las piedras afiladas.

El motor rugió y el vehículo desapareció, dejándome en una nube de polvo y el silencio sofocante de la tarde andaluza.

Me quedé allí, arrodillada, sin moverme.

El sol quemaba mi nuca.

Mi traje de flamenco, el que llevaba puesto el día que me secuestraron, estaba hecho jirones. La tela roja, antes vibrante, ahora era un trapo sucio y desgarrado que apenas cubría mi cuerpo. Mis pies estaban descalzos, cubiertos de mugre y pequeñas heridas.

No sentía nada. Ni el dolor de las piedras, ni el calor, ni el miedo.

Solo un vacío inmenso.

Un coche de lujo, un Mercedes negro, se detuvo a mi lado.

Javier, el guardaespaldas de Mateo, bajó del asiento del conductor. Su rostro, normalmente impasible, mostró una sombra de sorpresa. No dijo nada. Solo se quitó la chaqueta del traje, se acercó y me la puso sobre los hombros.

Me ayudó a levantarme con cuidado, como si fuera de cristal.

Me guio hasta el asiento trasero del coche.

La puerta se cerró y el aire acondicionado me golpeó la piel.

Mateo Romero estaba sentado frente a mí. Mi hermanastro. El heredero de la fortuna de las bodegas Romero.

No me miró. Su vista estaba fija en la tableta que sostenía en sus manos.

Llevaba un traje impecable, sin una sola arruga. Olía a una colonia cara y a vino de Jerez.

El silencio se alargó, solo roto por el suave murmullo del motor.

Finalmente, habló, sin levantar la vista.

"Los tabloides se van a dar un festín con esto."

Su voz era fría, cortante.

"Mira qué aspecto tienes. ¿No podías haberte arreglado un poco antes de aparecer? Esto es una vergüenza para la familia."

Levanté la cabeza lentamente. Mis ojos se encontraron con los suyos por un instante. Eran duros, llenos de desprecio.

"Lo siento," susurré. Mi voz era un hilo ronco, casi inaudible. "Lo siento, Mateo."

Él bufó, un sonido de pura irritación.

"Tus disculpas no sirven de nada ahora. El daño ya está hecho."

Volvió a mirar su tableta, descartándome por completo.

Me encogí en mi asiento, apretando la chaqueta de Javier contra mi pecho. El olor de su colonia barata y a tabaco era extrañamente reconfortante.

Javier nos observaba por el espejo retrovisor. Su mirada era una mezcla de lástima y algo más, algo que no pude descifrar.

El coche se puso en marcha, llevándome de vuelta a la mansión que nunca había sentido como un hogar.

Sabía por qué Mateo estaba tan enfadado.

No era por mi aspecto.

Era porque había vuelto.

Durante mi cautiverio, mis secuestradores me lo dejaron muy claro.

"Tu hermanito no tiene prisa por pagar," me decían entre risas. "Dice que 400.000 euros es mucho dinero por una bailaora adoptada."

"Parece que quiere darte una lección. Que aprendas cuál es tu lugar."

Y yo lo había aprendido.

Mi vida dependía de su capricho. Mi supervivencia, de su generosidad.

Por eso, al volver, solo podía susurrar una y otra vez la misma palabra.

"Lo siento."

Capítulo 2

La mansión de los Romero era un palacio blanco rodeado de jardines perfectamente cuidados. Un oasis de riqueza en medio de la campiña andaluza.

Para mí, era una jaula dorada.

Los señores Romero, mis padres adoptivos, me recibieron con abrazos y lágrimas. Estaban preocupados, horrorizados por mi estado. Pero su preocupación era superficial, como todo en su mundo.

"Pobrecita, mira cómo estás," decía la señora Romero, mientras me apartaba un mechón de pelo sucio de la cara con sus dedos enjoyados. "Pero ya estás en casa, ya estás a salvo."

No estaba a salvo.

Me llevaron a mi habitación, un cuarto enorme con vistas al jardín. Me bañaron, me vistieron con ropa limpia y suave. Pero la suciedad que sentía no se iba con agua y jabón.

Esa noche, organizaron una cena para "celebrar" mi regreso.

La mesa del comedor era larguísima, cubierta con un mantel de lino blanco y llena de cubiertos de plata y copas de cristal.

Los señores Romero se sentaron en los extremos. Mateo a la derecha de su padre. Y a su lado, Carmen, su asistente personal.

Carmen era hermosa, sofisticada. Llevaba un vestido de seda negro que resaltaba su figura. Me sonrió con una dulzura falsa que me revolvió el estómago.

"Isabella, querida, nos tenías a todos con el corazón en un puño," dijo con voz melosa. "Pero mírate, tan fuerte. Eres toda una superviviente."

No dije nada. Solo bajé la mirada a mi plato.

Sirvieron la cena. Un solomillo con salsa de vino de Jerez, mi plato favorito antes del secuestro.

El olor de la carne cocinada, la visión de la salsa oscura...

Un flash.

La imagen de un trozo de carne en mal estado, grisácea, flotando en un caldo grasiento. El único alimento que me daban mis captores durante semanas.

Mi estómago se contrajo violentamente.

Me tapé la boca con la mano y sentí cómo la bilis subía por mi garganta.

"Perdón," conseguí articular. "Tengo que... tengo que ir al baño."

Me levanté bruscamente, tirando la silla hacia atrás. Corrí fuera del comedor, hacia el baño más cercano, y vomité todo lo que no había comido.

Cuando volví, temblando, todos me miraban.

Los señores Romero, con una mezcla de confusión y lástima.

Mateo, con una expresión de pura irritación. Vi un destello de algo más en sus ojos, ¿culpa?, pero desapareció tan rápido como había llegado.

Carmen, en cambio, sonreía sutilmente.

"Pobre chica," dijo, colocando su mano sobre el brazo de Mateo. "Tanto lujo debe ser abrumador después de lo que ha pasado. Quizás no está acostumbrada."

Sus palabras eran un veneno envuelto en seda.

Me estaba llamando ingrata. Salvaje.

Y lo peor es que funcionó.

"Carmen tiene razón," dijo Mateo, con su tono gélido. "Le estamos dando demasiado. Necesita tiempo para... adaptarse."

Miré a mis padres adoptivos, buscando apoyo. Pero ellos solo asintieron, sin entender nada.

"Sí, hijo, tienes razón. Isabella, cariño, ¿por qué no vas a tu cuarto a descansar?"

Me limité a asentir, incapaz de hablar.

"Lo siento," susurré de nuevo. "Siento haber arruinado la cena."

Mientras subía las escaleras, escuché la risa suave de Carmen y la voz de Mateo, ya relajada, hablando de negocios.

En mi habitación, me acurruqué en la cama.

La jaula dorada se había cerrado a mi alrededor. Y esta vez, sentía que no había escapatoria.

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