El rascacielos de Thorne Enterprises se erguía en el corazón del distrito financiero como un monumento al triunfo absoluto. Construido con paneles de cristal oscuro y vigas de acero titanio, reflejaba las luces de la ciudad que, a esa hora de la noche, parecía postrada a sus pies. En el piso más alto, las risas amortiguadas, el tintineo de las copas de cristal de baccarat y las melodías suaves de un cuarteto de cuerdas daban la bienvenida a la noche más importante en la vida de Alexander Thorne.
Alex se ajustó los gemelos de oro de sus puños antes de salir al balcón privado que comunicaba con el gran salón de baile. El aire de la noche era fresco, un contraste perfecto con el calor asfixiante de la adulación que flotaba en el interior. A sus veintiocho años, Alex no solo era el CEO más joven en la historia de la corporación familiar, sino también el más brillante. Bajo su dirección, las acciones de la empresa se habían triplicado, expandiendo el imperio tecnológico hacia fronteras que su difunto padre solo se había atrevido a soñar. La junta directiva, usualmente compuesta por hombres de negocios cínicos y difíciles de complacer, lo idolatraba. Lo veían como un rey Midas moderno; cada decisión que tomaba se convertía en oro, cada estrategia era un jaque mate perfecto para sus competidores.
Sin embargo, para Alex, todo ese poder y fortuna no significaban nada sin la mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa.
-Te vas a congelar aquí afuera -una voz suave, como una caricia de terciopelo, interrumpió sus pensamientos.
Alex sonrió antes de darse la vuelta. Elena Ross caminaba hacia él, sosteniendo una copa de champán. Se veía espectacular. Llevaba un vestido de seda blanca ajustado al cuerpo que caía en ondas elegantes hasta el suelo, resaltando sus facciones aristocráticas y sus intensos ojos. Elena era la heredera de la dinastía Ross, una corporación rival con la que Thorne Enterprises había competido durante décadas. Pero lo de ellos no era un matrimonio por conveniencia corporativa, un acuerdo frío firmado sobre un escritorio. Era amor real, un romance que había florecido en las altas esferas de la sociedad hasta volverse inquebrantable.
-Solo necesitaba un momento para asimilarlo todo -dijo Alex, rodeando la cintura de Elena con el brazo y atrayéndola hacia su pecho. El aroma a jazmín y sándalo de su perfume lo inundó, calmando cualquier rastro de tensión en sus hombros-. Míralos ahí dentro. Todos están esperando el anuncio.
-Están esperando ver al hombre perfecto asegurar su futuro perfecto -respondió Elena con una sonrisa radiante, apoyando la mano en el pecho de Alex. El enorme diamante de su anillo de compromiso provisional capturó la luz de la luna, destellando con fuerza-. ¿Estás nervioso, Alexander?
-¿El CEO de Thorne Enterprises nervioso? Jamás -bromeó él, besando suavemente la frente de su prometida-. Pero el hombre que te ama está ansioso. Llevo esperando este día desde el momento en que te conocí.
Elena lo miró a los ojos, y por un segundo, la profundidad de su mirada reflejó una devoción absoluta. Ella confiaba en él. Sabía que Alex era un hombre de palabra, protector, inteligente y con una brújula moral inquebrantable. Era el líder que la empresa necesitaba y el compañero que ella siempre había soñado.
-Es hora -dijo Elena, indicando con la cabeza el interior del salón, donde los camareros ya comenzaban a organizar a los invitados para el gran anuncio.
Alex asintió, tomó la mano de Elena y caminaron juntos de regreso al Salón Imperial. En cuanto la pareja cruzó las puertas de cristal, un murmullo de expectación recorrió la sala. Los hombres más influyentes del país, inversores extranjeros y miembros de la junta directiva abrieron paso de inmediato, mirándolos con una mezcla de respeto y envidia bien disimulada.
Al fondo del salón, de pie cerca del estrado principal, un hombre observaba la escena con una copa de whisky en la mano. Su rostro era idéntico al de Alex; la misma mandíbula fuerte, los mismos ojos oscuros, la misma estructura ósea perfecta. Era Damian Thorne, el hermano gemelo de Alex. Sin embargo, a pesar de compartir el mismo rostro, la energía que emanaba de Damian era completamente distinta. Mientras Alex proyectaba seguridad y magnetismo, Damian vestía su traje de diseñador con una especie de resentimiento latente, una tensión rígida que trataba de ahogar en alcohol.
Alex divisó a su hermano y le dedicó un leve asentimiento con la cabeza antes de subir al estrado junto a Elena. El maestro de ceremonias golpeó suavemente su copa con una cuchara de plata, atrayendo la atención total de los presentes. El silencio se apoderó de la opulenta habitación.
-Buenas noches a todos -comenzó Alex, y su voz, profunda, segura y llena de carisma, resonó a través del sistema de audio del salón-. Les agradezco profundamente que nos acompañen esta noche. Thorne Enterprises ha alcanzado hitos históricos este trimestre, y todo se debe al esfuerzo conjunto de nuestra junta directiva y el equipo que confía en nuestra visión. Pero hoy no los he citado aquí solo para hablar de negocios o de gráficos financieros.
Alex miró a Elena, tomándola de la mano. Ella le sonrió, sus mejillas ligeramente sonrojadas bajo las luces del escenario.
-Hoy quiero compartir con ustedes el logro más grande de mi vida. La señorita Elena Ross ha aceptado ser mi esposa. Este compromiso no solo une a dos familias, sino que sella una promesa de amor, lealtad y futuro. Próximamente celebraremos la boda del año, y quería que todos ustedes, quienes han sido testigos del crecimiento de esta empresa, fueran los primeros en saberlo. ¡Salud!
Alex levantó su copa. El salón estalló en un aplauso unánime y ensordecedor. Los miembros de la junta directiva vitorearon con entusiasmo, sabiendo que la unión de los Thorne con los Ross crearía un monopolio prácticamente indestructible en el mercado. Los flashes de los fotógrafos contratados para el evento privado comenzaron a destellar, capturando el momento exacto en que Alex rodeó la nuca de Elena y la besó con pasión en medio del escenario. Fue un beso largo, lleno de promesas implícitas, un sello de propiedad mutua ante los ojos del mundo.
Cuando se separaron, los invitados se acercaron en masa para felicitarlos.
-¡Felicidades, Alexander! ¡Una jugada magistral tanto en el amor como en los negocios! -exclamó Arthur Pendelton, uno de los miembros más antiguos y respetados de la junta directiva, estrechando la mano de Alex con vigor-. Tu padre estaría orgulloso de ver en lo que has convertido este imperio. Tienes el mundo a tus pies, muchacho. Una vida perfecta.
-Gracias, Arthur. Nada de esto habría sido posible sin el apoyo de la junta -respondió Alex con modestia, ganándose aún más el respeto del viejo inversor.
Mientras Elena se quedaba conversando con un grupo de empresarias, Alex se abrió paso entre la multitud para buscar un momento con su hermano. Encontró a Damian en una esquina apartada, ordenando su cuarto whisky de la noche.
-Damian -dijo Alex, acercándose a él con una sonrisa sincera-. No te vi acercarte a felicitar a Elena. ¿Está todo bien?
Damian forzó una sonrisa torcida, balanceando el líquido ámbar en su vaso antes de mirar a su gemelo. En sus ojos oscuros parpadeó por una fracción de segundo un destello de pura envidia, un veneno negro que llevaba años cultivándose en su pecho, pero que sabía enmascarar muy bien.
-Por supuesto, hermano -dijo Damian, extendiendo la mano para darle una palmada en el hombro a Alex-. Felicidades. El CEO brillante se queda con la chica hermosa y los millones de la junta. Es la historia perfecta. El hermano mayor siempre se queda con la mejor parte del pastel, ¿no es así?
-Ambos somos dueños de este legado, Damian. Sabes que hay un lugar para ti en la toma de decisiones si dejas de lado las distracciones -replicó Alex con un tono suave pero firme. Sabía que su hermano se sentía eclipsado, pero también conocía el potencial de Damian si este se enfocaba.
-Claro, el gran e impecable Alexander siempre dando consejos -murmuró Damian con un deje de ironía, apurando el trago de un solo golpe-. Disfruta tu noche, Alex. Te lo mereces. Realmente... tienes una vida perfecta. Nadie podría quitártela.
Damian le dio la espalda y se alejó hacia la salida del salón, dejando a Alex con una sutil sensación de incomodidad que desapareció rápidamente cuando Elena volvió a tomar su brazo, devolviéndolo a su realidad idílica.
Alex miró a su alrededor. El dinero, el prestigio, el respeto de los hombres más poderosos del país, y la mujer de sus sueños a su lado. Se sentía invencible. Estaba en la cima del mundo, convencido de que nada ni nadie podría derrumbar el imperio que había construido, sin sospechar que la persona que compartía su propio rostro ya estaba tejiendo la red que lo dejaría caer al abismo.
La resaca de la opulenta fiesta de compromiso aún flotaba en el aire de la ciudad, pero en el piso cuarenta de Thorne Enterprises, la atmósfera no compartía la ligereza del champán de la noche anterior. El sol de la mañana se filtraba de manera imponente a través de los ventanales de la oficina presidencial, iluminando el pulido escritorio de caoba donde Alexander Thorne revisaba con obsesiva atención una serie de carpetas digitales cifradas. Su rostro, habitualmente sereno y magnético, se mantenía rígido, transformado en una máscara de fría incredulidad.
Frente a él, Arthur Pendelton, el veterano miembro de la junta directiva, se frotaba las sienes con evidente preocupación. Había sido él quien, siguiendo una anomalía rutinaria en la división de desarrollo tecnológico, había destapado la caja de Pandora.
-Ojalá me equivocara, Alex -dijo Arthur con voz apagada, rompiendo el sepulcral silencio de la habitación-. Pero las firmas digitales no mienten. Los desvíos se han estado realizando durante los últimos catorce meses a través de una red de empresas fantasma con sede en las Islas Caimán. Cuarenta y cinco millones de dólares han desaparecido del fondo de reserva de la empresa. Y el acceso biométrico utilizado para autorizar cada una de las transferencias... pertenece a tu hermano.
Alex cerró la computadora portátil de un golpe seco. El eco del impacto resonó en la vasta oficina como un disparo. Quería gritar, quería convencerse de que se trataba de un elaborado hackeo externo, de una trampa de la competencia para desestabilizar la fusión con los Ross. Pero deep down, conocía la verdad. Conocía las debilidades de Damian: su adicción a las apuestas de alto nivel en los bajos fondos de la ciudad, su resentimiento crónico y su desesperado intento por mantener un estilo de vida de playboy que sus ingresos legítimos como vicepresidente no podían sostener.
-Déjame esto a mí, Arthur -ordenó Alex, y su voz destilaba una autoridad gélida que hizo que el anciano consejero enderezara la espalda-. No le digas nada a la junta directiva todavía. Ni una palabra a Elena o a su familia. Si esto se filtra a la prensa antes de la fusión, las acciones se desplomará y el nombre de nuestra familia quedará arrastrado por el fango.
-Tienes veinticuatro horas, muchacho -advirtió Arthur, levantándose de la silla con pesadez-. Legalmente, si no reporto esto, me convierto en cómplice. Amo el legado de tu padre, pero no iré a prisión por los caprichos de Damian.
En cuanto Arthur abandonó la oficina, Alex presionó el intercomunicador de su escritorio.
-Sarah, cancela todas mis reuniones de la mañana. Y dile a mi hermano que lo quiero en mi oficina. Ahora mismo.
Diez minutos después, las puertas dobles de la oficina se abrieron con brusquedad. Damian Thorne entró luciendo un traje de diseñador gris claro, con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa cínica dibujada en los labios. A diferencia de Alex, que vestía de un azul marino impecable y proyectaba el peso del liderazgo, Damian exudaba una arrogancia defensiva, el clásico mecanismo de defensa de quien se sabe inferior pero se niega a agachar la cabeza.
-¿A qué se debe tanta urgencia, hermano? -preguntó Damian, dejándose caer en uno de los sofás de cuero frente al escritorio, estirando las piernas con deliberada falta de respeto-. Pensé que estarías ocupado en la cama con Elena, celebrando que finalmente atrapaste a la gallina de los huevos de oro de los Ross.
Alex no respondió de inmediato. Se levantó lentamente de su silla, caminó hacia los ventanales y contempló la ciudad por unos segundos antes de girarse para mirar directamente a su gemelo. Sus ojos oscuros, idénticos en forma a los de Damian pero infinitamente más profundos, estaban fijos en él.
-¿Hasta cuándo pensabas seguir haciéndolo, Damian? -preguntó Alex con un tono peligrosamente calmado.
Damian parpadeó, pero no perdió la compostura. Forzó una risa corta.
-¿Hacer qué? ¿Vivir mi vida? ¿O es que ahora también vas a regular las horas que paso en el club?
Alex caminó de vuelta al escritorio, tomó una tableta y la arrojó sobre el sofá, justo al lado de las piernas de su hermano.
-Cuarenta y cinco millones de dólares, Damian. Apex Solutions, Vanguard Holding, Thorne Cybernetics... Todas corporaciones de papel que creaste utilizando tus credenciales de seguridad de nivel cinco. El dinero de la reserva tecnológica de la empresa fue transferido directamente a cuentas a tu nombre para pagar tus deudas con los sindicatos de apuestas de la costa este. ¿Realmente pensaste que Arthur no se daría cuenta? ¿Que yo no me daría cuenta?
La sonrisa de Damian se desvaneció instantáneamente. Su rostro se volvió pálido por un segundo, antes de que una oleada de ira tiñera su cuello de rojo. Se puso de pie de un salto, arrojando la tableta al suelo. La máscara de indiferencia se había roto, revelando el monstruo de la envidia que lo carcomía por dentro.
-¡Estoy harto de tus sermones de hermano mayor perfecto! -rugió Damian, dando un paso hacia el escritorio y golpeando la madera con el puño-. ¿Cuarenta y cinco millones? ¡Eso es una miseria comparado con lo que la empresa genera gracias al apellido que yo también llevo! Mi padre nos dejó este imperio a ambos, pero tú actúas como si fueras el único dueño del rascacielos. Me diste una vicepresidencia de adorno, Alex. Una maldita oficina en el piso inferior para que firme papeles sin importancia mientras tú te llevas los aplausos, las portadas de las revistas y a la mujer más hermosa de la alta sociedad.
-Te di la vicepresidencia para protegerte, ¡porque sabía que no tenías la disciplina para manejar el peso de la junta directiva! -respondió Alex, elevando la voz por primera vez, su paciencia llegando al límite-. ¡Cada vez que te di una responsabilidad real, la arruinaste! Te cubrí cuando perdiste el contrato en Tokio, te cubrí cuando la prensa te fotografió borracho con modelos en Mónaco... Pero esto es un delito federal, Damian. Has robado a los inversores. Has robado a la empresa que nuestro padre construyó con su sangre.
Damian soltó una carcajada amarga, llena de veneno. Caminó por la oficina, gesticulando con las manos llenas de resentimiento.
-¿Nuestro padre? Él te amaba a ti. Siempre fuiste el heredero dorado, el genio matemático, el orgullo de la familia. A mí solo me veía como el gemelo sobrante, la copia defectuosa que llegó cinco minutos tarde al mundo. Todo lo que tienes, Alex... todo lo que tocas de manera tan perfecta, debería ser mitad mío. El dinero, el respeto, el poder... incluso Elena. Ella me miraba a mí primero en la universidad, ¿lo recuerdas? Pero tuviste que intervenir con tu maldito encanto de salvador para robármela también.
Alex sintió una punzada de dolor en el pecho. Sabía que Damian guardaba rencor, pero nunca había imaginado la magnitud del odio que su hermano albergaba hacia él. Ver su propio rostro deformado por una mueca de tanta maldad y codicia era una experiencia perturbadora.
-No voy a discutir tus complejos de inferioridad aquí, Damian -dijo Alex, recuperando el control de sus emociones y adoptando la postura inflexible del CEO-. Esto es lo que va a pasar: tienes exactamente veinticuatro horas para devolver cada centavo a las cuentas de la reserva. Llama a tus contactos, vende tus acciones privadas, deshazte de tus malditos autos de lujo o de tu yate. No me importa cómo lo hagas, pero ese dinero tiene que estar reflejado en los libros mañana a primera hora.
Damian lo miró fijamente, con los puños temblando a los costados de su cuerpo.
-¿Y si no lo hago? -desafió Damian, entornando los ojos-. ¿Qué vas a hacer, hermano? ¿Vas a ensuciar el sagrado apellido Thorne?
Alex apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante, sosteniendo la mirada de su gemelo con una firmeza implacable.
-Si mañana a las nueve de la mañana ese dinero no está de vuelta, yo mismo firmaré la denuncia ante el FBI. Te entregaré a las autoridades, Damian. Perderás tu apellido, tus derechos en la empresa, tu libertad y pasarás los próximos veinte años en una prisión federal. No voy a permitir que destruyas la vida de miles de empleados y el futuro de esta compañía por tu egoísmo. Tómalo como una advertencia. La única que vas a recibir.
Damian apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo de su rostro comenzó a parpadear. El silencio regresó a la oficina, pero esta vez estaba cargado de una tensión letal. Sabía que Alex no estaba faranduleando; su hermano era un hombre de principios inquebrantables, incapaz de corromperse, incluso por lazos de sangre.
Sin decir una sola palabra más, Damian dio la vuelta, caminó hacia la salida y azotó la puerta al salir, dejando a Alex solo en la inmensidad de su oficina.
Mientras caminaba a toda prisa por el pasillo hacia el ascensor privado, la mente de Damian trabajaba a una velocidad frenética, consumida por un odio ciego y desesperado. No tenía forma de conseguir cuarenta y cinco millones de dólares en veinticuatro horas; ya lo había gastado todo. No iba a ir a prisión. No iba a permitir que Alex lo destruyera por completo mientras él seguía viviendo su idilio perfecto.
Al entrar al ascensor, Damian sacó su teléfono satelital y marcó un número privado que solo usaba para emergencias extremas en el submundo de la ciudad. El ascensor comenzó a descender, y reflejado en el espejo de la cabina, el rostro de Damian se transformó en una mueca de absoluta frialdad.
-Tengo un trabajo para ti -siseó Damian en cuanto respondieron al otro lado de la línea-. Necesito que prepares algo esta misma noche. Un accidente. Un fallo mecánico en el auto de mi hermano. Y asegúrate de que no haya sobrevivientes.
El tic-tac del reloj de pared en el ático de Damian Thorne sonaba como una cuenta regresiva hacia su propia ejecución. El segundero avanzaba sin piedad, devorando las veinticuatro horas que su hermano le había concedido. Sobre la mesa de centro de cristal, tres teléfonos celulares vibraban casi en simultáneo, mostrando mensajes urgentes de prestamistas, corredores de bolsa clandestinos y mafiosos del submundo corporativo. Todos decían lo mismo: era imposible mover cuarenta y cinco millones de dólares en menos de un día sin encender las alarmas del Tesoro Nacional.
Damian arrojó su vaso de whisky contra la chimenea. El cristal se hizo añicos y las llamas devoraron el alcohol con un rugido azulado que iluminó las sombras de la habitación.
-¡Maldito seas, Alexander! -siseó, hundiéndose las manos en el cabello desordenado.
La desesperación es un ácido que corroe la moral de un hombre hasta dejar solo sus instintos más primitivos. Damian caminó de un lado a otro, con la respiración agitada. La amenaza de Alex era real. Su hermano no dudaría en entregarlo al FBI. Para Alex, la empresa y el legado familiar eran deidades sagradas; no dudaría en sacrificar a su propio gemelo en el altar de la justicia y la rectitud. Mañana a las nueve de la mañana, la vida de lujos, trajes a medida, respeto y privilegios de Damian terminaría abruptamente. Sería arrastrado esposado frente a las cámaras de televisión, convertido en la vergüenza de la alta sociedad.
No podía permitirlo. No iría a prisión.
Fue en ese instante de pura oscuridad mental cuando la semilla de un pensamiento perverso comenzó a germinar en su cerebro. Al principio, la idea le pareció una locura absurda, un delirio nacido del pánico. Pero a medida que la analizaba, la locura cobraba una lógica fría, perfecta y matemática.
Si Alex desaparecía, la auditoría se detendría. Si Alex moría, el único heredero de las acciones mayoritarias de Thorne Enterprises sería él. Pero la muerte de Alex no solucionaba el problema principal: la junta directiva y Arthur Pendelton jamás aceptarían a Damian como el nuevo líder absoluto; lo obligarían a vender o lo someterían a una vigilancia extrema. Para obtener la fortuna, el control total del imperio y, por supuesto, a Elena Ross, la muerte de su hermano no era suficiente.
Tenía que convertirse en él.
Damian se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que dominaba el pasillo de su ático. Se miró fijamente. Estudió la curva de su mandíbula, la distancia entre sus ojos, la forma de sus labios. Eran idénticos. Compartían el mismo mapa genético, la misma voz, las mismas huellas dactilares. Durante toda su vida, esa similitud absoluta había sido su mayor maldición, la razón por la cual el mundo siempre los confundía y terminaba comparándolo desfavorablemente con el "gemelo dorado". Pero ahora, esa misma maldición se transformaba en su boleto hacia la libertad absoluta y la gloria.
Si Alexander Thorne moría en un trágico accidente, pero el mundo creía que el fallecido era Damian, el impostor heredaría la vida perfecta de la víctima. Nadie dudaría. Nadie haría preguntas. Elena lloraría la pérdida de su "cuñado de adorno" durante un par de días, y luego continuaría con los planes de la boda del año junto al hombre que creía amar.
-Tú tienes la vida perfecta, Alex -susurró Damian a su propio reflejo, y una sonrisa macabra, desprovista de cualquier rastro de humanidad, cruzó sus labios-. Es justo que me toque disfrutarla a mí.
Damian sabía que contratar a un sicario externo era demasiado peligroso. Los asesinos a sueldo dejaban un rastro de llamadas, transferencias bancarias y cabos sueltos que la policía o los investigadores de seguros podrían rastrear tarde o temprano. Si quería que el crimen fuera perfecto, él mismo tenía que ensuciarse las manos. Nadie debía saberlo. El secreto moriría con Alexander.
A las dos de la madrugada, la tormenta que se había estado gestando sobre la ciudad finalmente estalló. Relámpagos rasgaban el cielo nocturno y una lluvia torrencial golpeaba con violencia los cristales de los rascacielos. Damian se vistió con ropa completamente negra: jeans oscuros, una chaqueta impermeable con capucha y guantes de cuero ajustados. Salió de su edificio por la salida de servicio, evitando deliberadamente las cámaras principales, y se subió a un vehículo alquilado bajo un nombre falso semanas atrás para sus escapadas nocturnas.
El rascacielos de Thorne Enterprises lucía desierto a esa hora. Damian condujo directo hacia el estacionamiento subterráneo, descendiendo hasta el nivel P4, el área VIP reservada exclusivamente para los altos ejecutivos. Gracias a su pase biométrico de nivel cinco, las barreras de seguridad se abrieron sin emitir una sola alarma.
Estacionó a unos metros de distancia y bajó del auto, sosteniendo una pequeña caja de herramientas mecánicas que había comprado en una ferretería de los suburbios. El estacionamiento era un laberinto de concreto ecoico, iluminado por luces de neón parpadeantes que proyectaban sombras alargadas en las paredes. El único sonido era el goteo lejano de una tubería y el zumbido de los extractores de aire.
Allí estaba. El imponente Maybach deportivo de Alexander, una obra de arte de la ingeniería automotriz de color negro satinado. Alex siempre insistía en conducir él mismo cuando se trataba de viajes nocturnos o reuniones privadas fuera de la ciudad. Damian sabía que, según la agenda digital de la empresa, Alex tenía programado un viaje a primera hora de la mañana hacia una planta de ensamblaje en las afueras, cruzando la peligrosa carretera de la ladera norte, una ruta conocida por sus curvas cerradas y sus barrancos pronunciados.
La tormenta perfecta. El escenario perfecto.
Damian se deslizó debajo del chasis del auto de su hermano. El frío del suelo de concreto le caló los huesos, pero la adrenalina que corría por sus venas lo mantenía alerta, con los sentidos agudizados por una mezcla de terror y euforia. Con una linterna táctica sujeta entre los dientes, localizó el sistema de frenado antibloqueo del vehículo.
Sus manos, expertas gracias a los años que pasó coleccionando y modificando autos deportivos en su juventud, se movieron con una precisión quirúrgica. No cortó los cables de freno por completo; eso habría encendido una luz de advertencia en el tablero digital de Alex en cuanto encendiera el motor. Damian era más retorcido. Utilizó una pinza de presión para aflojar sutilmente el conector principal del líquido de frenos y aplicó un compuesto químico corrosivo de acción lenta en las mangueras de alta presión.
El plan era milimétrico: el auto encendería con normalidad. Los frenos funcionarían perfectamente durante los primeros quince o veinte kilómetros en terreno plano. Pero en cuanto Alex subiera a la carretera de la montaña y comenzara a aplicar presión constante y repetida en las bajadas pronunciadas, la fricción, el calor y la presión del fluido romperían la manguera debilitada por el corrosivo. El líquido se vaciaría en cuestión de segundos, dejando el pesado vehículo sin capacidad de detenerse a más de cien kilómetros por hora en medio de un acantilado.
-Un trágico fallo mecánico debido a la falta de mantenimiento o a un defecto de fábrica -murmuró Damian, mientras apretaba el último tornillo suelto. Un sudor frío le perlaba la frente-. La junta directiva culpará a la marca del auto. El seguro pagará millones. Y Alexander Thorne descansará en paz bajo la tierra.
De repente, el sonido de unos pasos pesados resonó en el concreto del estacionamiento. Damian se congeló bajo el auto, apagando la linterna de inmediato. El corazón le latía con tanta fuerza que temió que el intruso pudiera escucharlo.
A través del espacio entre el suelo y el chasis, vio las botas de un guardia de seguridad del rascacielos. El hombre caminaba perezosamente, haciendo girar una linterna de mano, cumpliendo con su ronda rutinaria de la madrugada. La luz de la linterna barrió el costado del Maybach.
Si el guardia se agachaba, todo habría terminado.
Damian contuvo la respiración, apretando la llave inglesa contra su pecho. En su mente, una fría resolución tomó forma: si el guardia lo descubría, tendría que matarlo allí mismo y alterar todo el plan. No iba a detenerse ahora. Estaba a un paso de la gloria.
Afortunadamente, el guardia asumió que el auto del CEO simplemente estaba estacionado esperando el amanecer, bostezó y continuó su camino hacia el hueco del ascensor. En cuanto el eco de las puertas metálicas al cerrarse decretó el regreso del silencio, Damian se deslizó hacia afuera del chasis.
Se puso de pie, limpiándose el polvo de la chaqueta. Miró el auto de su hermano una última vez. El trabajo estaba hecho. La trampa mortal estaba lista para cerrarse sobre su presa.
Regresó a su auto alquilado y salió del rascacielos. Mientras conducía de vuelta bajo la intensa lluvia, Damian sintonizó la radio del auto, escuchando los reportes del clima que predecían una visibilidad casi nula en la carretera del norte debido a la densa niebla matutina. Todo conspiraba a su favor.
Al llegar a su ático, se quitó la ropa mojada y la guardó en una bolsa plástica para quemarla más tarde. Se vistió con un pijama de seda idéntico al que Alex solía usar y se sentó en su sillón, esperando el amanecer. Faltaban pocas horas para que el teléfono sonara con la noticia del fatal accidente.
Damian levantó una copa vacía hacia el horizonte grisáceo de la ciudad que empezaba a despertar.
-Adiós, Alexander -dijo al vacío, con una mirada inyectada de pura locura y ambición-. Gracias por dejarme un imperio tan perfecto.