El aire de la discoteca era denso, impregnado de humo, luces de neón que cortaban la penumbra y un ritmo de bajos que Camila sentía golpear directamente en su caja torácica. Pero lo que más la asfixiaba no era el ambiente, sino las sonrisas falsas de sus tíos y la mirada calculadora de su primo Mauricio, quien no dejaba de llenarle la copa.
-Tómate otro trago, prima. Hay que brindar. Gracias a los contactos que haremos hoy, el negocio de la familia por fin va a salir a flote -insistió Mauricio, acercándole un vaso de cristal con un líquido translúcido.
Camila, con apenas dieciocho años y una ingenuidad que pronto le costaría cara, le sonrió con timidez.
-Ya me siento un poco mareada, Mau. De verdad, creo que es mejor que me vaya a casa. La abuela se quedó sola y...
-La abuela está bien, no la uses de excusa -interrumpió su tía Elena, apareciendo de la nada y apretándole el hombro con una fuerza excesiva-. Hoy tienes que ser una buena sobrina. Nos lo debes, después de todo lo que hemos gastado en ti desde que tus padres murieron.
Ese chantaje emocional, el mismo que habían usado durante años, la hizo ceder. Camila aceptó el vaso y le dio un trago largo. El sabor era extrañamente amargo al final, pero no dijo nada.
No pasaron ni diez minutos antes de que el mundo empezara a distorsionarse.
Las luces de neón se convirtieron en ráfagas borrosas. El ruido de la música se amortiguó, como si estuviera bajo el agua, y sus piernas comenzaron a sentirse de plomo. Un frío repentino y un sudor pastoso le recorrieron la nuca.
-Mau... me siento mal. Mucho... muy mal -alcanzó a balbucear, aferrándose al borde de la mesa alta.
-Tranquila, primita. Te voy a llevar a un lugar donde puedas descansar -escuchó la voz de Mauricio, pero sonaba lejana, distorsionada, casi malévola.
Lo siguiente que Camila registró fueron destellos inconexos. El frío de la noche al salir del local, el sonido de las puertas de un automóvil cerrándose y, finalmente, el eco de unos pasos en el pasillo alfombrado de un hotel de un lujo descomunal. No podía mover los brazos; su mente gritaba que corriera, pero sus músculos no respondían a ninguna orden. Estaba atrapada en su propio cuerpo.
-Aquí está lo prometido. Con esto la deuda queda saldada, ¿verdad? -la voz de su tío resonó en la penumbra de una habitación enorme.
-Fuera -respondió otra voz.
Era un barítono profundo, gélido y cargado de una autoridad absoluta que hizo que incluso la neblina de la droga en el cerebro de Camila se agitara con una punzada de pánico instintivo.
Escuchó el clic de la puerta cerrándose. Se había quedado sola. Con él.
La habitación estaba en completa oscuridad, salvo por la luz de la luna que se filtraba a través de un inmenso ventanal, proyectando la silueta de un hombre alto, de hombros imponentes, que se desabrochaba lentamente los botones de la camisa.
Camila intentó retroceder en la enorme cama donde la habían dejado caer, pero solo logró emitir un gemido ahogado. Las lágrimas, calientes y silenciosas, comenzaron a resbalar por sus mejillas.
El hombre se acercó. Camila no podía ver su rostro, solo la sombra de sus facciones afiladas y el brillo de unos ojos que, en la penumbra, parecían de un gris metálico y tormentoso. El aroma que lo envolvía -sándalo, tabaco caro y una fragancia masculina sumamente imponente- se grabó a fuego en la memoria de la joven.
Cuando él se inclinó sobre ella, Camila esperó brutalidad, pero lo que encontró fue una desconcertante mezcla de posesividad y una extraña urgencia. El calor de su piel contrastaba con la frialdad que emanaba de su presencia.
-No llores -le susurró él al oído, con esa voz grave que le erizó la piel-. Fuiste tú quien aceptó venir aquí. Ahora eres mía.
Camila quiso gritar que no, que la habían engañado, pero la droga finalmente la sumergió en una inconsciencia parcial, convirtiendo el resto de la noche en un torbellino de sensaciones táctiles, suspiros ahogados y el dolor de una inocencia arrebatada en la oscuridad.
Horas después, antes del amanecer.
El efecto de la sustancia comenzó a disiparse, dejando a Camila con una migraña cegadora y el cuerpo dolorido. Abrió los ojos lentamente. La habitación seguía en penumbras, iluminada apenas por las luces de los rascacielos de la Ciudad de México a través del ventanal.
A su lado, el hombre dormía profundamente de espaldas, mostrando una musculatura imponente y una cicatriz sutil que le cruzaba el omóplato izquierdo.
El pánico se apoderó de Camila. Con el corazón martilleándole en los oídos, se deslizó fuera de la cama con el mayor cuidado posible. Recogió su vestido rasgado del suelo, sus zapatos y, temblando incontrolablemente, se encerró en el baño de mármol.
Se vistió como pudo, conteniendo los sollozos. Sabía que si salía por la puerta principal de la suite, los guardias del hotel o su propia familia podrían detenerla. Desesperada, miró la pequeña ventana de ventilación del baño que daba hacia una terraza interna del edificio. Con esfuerzo, trepó por el lavabo y, empujada por el más puro instinto de supervivencia, logró escabullirse hacia la libertad de la madrugada, jurando que jamás volvería a mirar atrás.
No imaginaba que, en ese mismo instante, su vida ya había cambiado para siempre. Tampoco sabía que en su vientre ya se gestaba el heredero de la dinastía Santoro.
El crujido del suelo de linóleo desgastado era el único sonido que competía con el pitido rítmico y apagado del monitor cardíaco. Camila Mendoza permanecía de pie junto a la cama de hospital, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, como si intentara contener el dolor físico que le provocaba ver a la única persona que la había amado de verdad reducida a una silueta frágil entre sábanas blancas.
Su abuela, Doña Leonor, dormía bajo el efecto de los sedantes. Su rostro, surcado por las arrugas de una vida de sacrificios, se veía alarmantemente pálido.
-No te vas a ir, abuelita -susurró Camila, acercándose para besar su frente fría-. No me dejes sola. No ahora que por fin regresé.
Cinco años. Habían tenido que pasar cinco largos años de exilio voluntario en un pequeño pueblo de la costa, donde Camila se había ocultado bajo un nombre falso, lavando ropa ajena y limpiando casas con las manos sangrantes para sacar adelante a su bebé. Había huido de la Ciudad de México con una maleta de cartón, el alma rota y el terror de que su familia la encontrara para volver a venderla. Pero el destino, con su ironía habitual, la había traído de vuelta al mismo asfalto del que escapó. La insuficiencia cardíaca de Leonor no podía tratarse en una clínica de provincia; necesitaba tecnología de punta, cirujanos expertos y, sobre todo, una cantidad de dinero ridícula.
La pantalla de su celular se encendió en su bolsillo. Camila lo sacó rápidamente, temiendo que fuera una notificación de cobro del hospital. En su lugar, vio una fotografía que le envió la vecina que se estaba quedando a cargo de su hijo por unas horas.
En la imagen aparecía Mateo, su pequeño de cuatro años. Estaba sentado frente a una computadora de escritorio vieja, con el ceño fruncido en una expresión de concentración absoluta que a Camila siempre le erizaba la piel. Tenía los ojos fijos en una pantalla llena de códigos de programación que ningún niño de su edad debería entender. A sus escasos cuatro años, Mateo no jugaba con carritos ni pelotas; su obsesión eran los sistemas operativos, las redes y los acertijos lógicos. Era un genio en miniatura, un niño extraordinario y, al mismo tiempo, el vivo retrato de la noche que Camila luchaba por olvidar.
Cada vez que Mateo la miraba con esos ojos grises como la tormenta, fríos y analíticos, el corazón de Camila daba un vuelco. El niño no había heredado un solo rasgo de ella. Era la copia exacta del hombre de la suite 405.
-Señora Mendoza -la voz suave de la enfermera de turno la sacó de sus pensamientos. La mujer entró a la habitación con una carpeta médica-. El doctor Suárez ya revisó los últimos análisis. El quirófano está listo para el viernes, pero la administración me pide recordarle que el depósito de cien mil pesos debe quedar liquidado a más tardar el miércoles al mediodía. De lo contrario, el sistema cancela la cirugía automáticamente para asignarla a urgencias.
-Lo sé, enfermera. Mañana mismo tendré el dinero, se lo prometo -mintió Camila, tragándose el nudo de desesperación que amenazaba con ahogarla.
-Espero que sí, por el bien de Doña Leonor. Su corazón no aguantará otra crisis.
Cuando la enfermera salió, Camila se derrumbó en la silla de plástico junto a la cama. Cien mil pesos. En su cuenta bancaria apenas quedaban tres mil, el último residuo de sus ahorros de cinco años. Sus tíos y su primo Mauricio, quienes ahora manejaban una próspera constructora gracias al dinero que habían obtenido la noche que la entregaron, se habían reído en su cara cuando fue a pedirles ayuda el día anterior. "Para nosotros estás muerta desde que te escapaste como una ladrona", le había gritado su tía Elena antes de cerrarle la puerta.
No tenía opciones. Solo le quedaba una carta por jugar, y era la más peligrosa de todas.
Dos horas después, Camila se encontraba en el baño público de una estación de metro, cambiándose de ropa. Se quitó los jeans desgastados y los tenis viejos para ponerse un traje sastre de color azul marino que había comprado en una tienda de saldos de segunda mano. Se maquilló frente al espejo salpicado de agua, ocultando las ojeras de noches sin dormir y peinando su larga cabellera oscura en un moño bajo y profesional.
Cuando terminó, se miró al espejo. Ya no era la niña asustada de dieciocho años a la que habían drogado. Era una madre dispuesta a caminar entre las llamas por su hijo y su abuela.
Tomó la línea del metro que la llevó directamente al corazón financiero de la ciudad. Al salir a la superficie, la imponencia de los rascacielos del Paseo de la Reforma la abrumó, pero sus pies la guiaron con firmeza hacia el edificio más alto y moderno de la avenida: la Torre del Grupo Empresarial Santoro.
El vestíbulo era un monumento a la opulencia. Mármol negro, detalles en oro pulido y guardias de seguridad con trajes impecables que controlaban el acceso con escáneres biométricos. Camila caminó hacia la recepción principal, apretando la correa de su bolso.
-Buenas tardes. Tengo una entrevista para el puesto de asistente de la dirección general. Mi nombre es Camila Mendoza -dijo, forzando una voz segura que no sentía.
La recepcionista la miró de arriba abajo con evidente superioridad, revisó su computadora y finalmente le entregó un pase magnético de visitante.
-Piso treinta y cinco. El señor Santoro no tolera los retrasos. Si llega un minuto tarde, ni se moleste en bajarse del ascensor -advirtió la mujer de manera fría.
Camila asintió y caminó hacia los elevadores de alta velocidad. Mientras el ascensor subía de forma casi instantánea, sintiendo la presión en los oídos, se repitió a sí misma los detalles que había investigado en los cibercafés: Alejandro Santoro, el nuevo director general del imperio. Un hombre joven, educado en Europa, conocido en las páginas de negocios como "el cirujano" por la frialdad con la que reestructuraba empresas, despidiendo a miles de empleados sin pestañear. Los rumores decían que ninguna asistente duraba más de un mes a su servicio debido a su temperamento implacable y sus exigencias inhumanas.
Pero el sueldo que ofrecía el puesto era tres veces mayor que cualquier otra vacante en el mercado, además de un bono de contratación inmediato para quien lograra pasar el periodo de prueba. Ese bono era la salvación de su abuela.
Ding.
Las puertas del piso treinta y cinco se abrieron. El ambiente aquí arriba era diferente; el aire olía a un perfume costoso, una mezcla amaderada y profunda que, por un segundo, hizo que el estómago de Camila se contrajera en una violenta punzada de pánico corporal. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, un eco de memoria táctil que su cerebro intentó descartar de inmediato.
«Es el estrés, Camila. Concéntrate», se ordenó a sí misma, caminando hacia la oficina principal.
La secretaria de recepción del piso, una mujer mayor de aspecto severo, la recibió con una mirada de lástima.
-¿Señorita Mendoza? Llega justo a tiempo. Las últimas tres candidatas salieron de ahí hechas un mar de lágrimas. El señor Santoro está de un humor terrible hoy. Pase de inmediato, no lo haga esperar.
Camila respiró hondo, enderezó la espalda y avanzó hacia las monumentales puertas de madera de nogal que separaban el vestíbulo del despacho presidencial. Colocó la mano sobre la manija de metal frío, sintiendo el sudor frío en sus palmas.
Sabía que detrás de esa puerta se decidía la vida de su abuela y el futuro de Mateo. Con el corazón latiendo desbocado en el pecho, empujó la madera pesada y entró al ojo del huracán.
El despacho era una extensión de la reputación de su dueño: vasto, imponente y gélido. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz crepuscular que se filtraba a través del ventanal de piso a techo, el cual ofrecía una vista panorámica y abrumadora del Paseo de la Reforma. Frente al cristal, dándole la espalda a la puerta, un hombre de hombros anchos y postura impecable revisaba unos documentos. Vestía un traje gris Oxford hecho a la medida que delataba un estatus inalcanzable.
Camila dio dos pasos hacia el interior y la pesada puerta de nogal se cerró a sus espaldas con un clic sordo, aislándola del resto del mundo.
-Cierre la puerta y siéntese -ordenó una voz sin girarse.
Camila se congeló. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe.
Esa voz. No era una voz común; era un barítono profundo, con una textura rasposa y una vibración tan fría que le provocó un escalofrío involuntario. Por un instante, una extraña e incómoda sensación de déjà vu la asaltó. El tono dictatorial y el sutil aroma amaderado que flotaba en el despacho le recordaron vagamente a la atmósfera de la noche en que su vida se arruinó. Sin embargo, Camila sacudió la cabeza mentalmente. «Es el pánico, estás paranoica», se regañó. Un magnate de las altas esferas como el líder del Grupo Santoro no tenía nada que ver con los oscuros manejos de su familia biológica.
Forzó a sus piernas a moverse y caminó hacia una de las sillas de cuero frente al monumental escritorio de caoba.
El hombre se giró lentamente.
Cuando Alejandro Santoro la miró de frente, Camila contuvo el aliento. Tenía facciones afiladas, una mandíbula cuadrada tallada con severidad y un cabello negro perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos eran de un gris tormentoso, penetrantes y calculadores. La intensidad de su mirada la intimidó de inmediato, infundiéndole un respeto casi felino.
Alejandro avanzó hacia el escritorio con la elegancia peligrosa de un depredador. Sin embargo, justo antes de sentarse, sus ojos se clavaron en el rostro de Camila y el implacable CEO se detuvo un milisegundo. Sus cejas perfectas se fruncieron sutilmente y una sombra de desconcierto cruzó por su mirada de piedra.
Por un segundo eterno, el silencio en la oficina fue tan denso que Camila temió que él pudiera escuchar el galope desbocado de su corazón. Alejandro la estudió con fijeza, como si un vago recuerdo intentara abrirse paso en su mente analítica, pero la suite de hace cinco años había estado en completa penumbra y la misteriosa mujer había huido antes del amanecer; no había un rostro claro en su memoria, solo una silueta y un aroma.
Alejandro rompió el contacto visual, se sentó y abrió la carpeta con el currículum de Camila.
-Señorita Mendoza -dijo, arrastrando las palabras con un desapego absoluto-. He visto su historial. Vivió los últimos cinco años en la costa, trabajando en empleos informales y de bajo perfil. No tiene experiencia reciente en corporativos de este nivel. ¿Qué la hace pensar que puede manejar la agenda del director general del Grupo Santoro?
Camila tragó el nudo de angustia en su garganta, enderezó la espalda y adoptó la máscara de profesionalismo que había ensayado.
-Es verdad que no tengo las credenciales recientes de las otras candidatas, señor Santoro -respondió, manteniendo la voz lo más firme posible-. Pero a diferencia de ellas, yo no busco este empleo para hacer carrera o socializar. Necesito este trabajo, y esa necesidad me hace la persona más eficiente que podrá contratar. No me asustan las jornadas largas, no tengo distractores y sé lo que significa trabajar bajo una presión extrema. Si me contrata, le garantizo una lealtad y una precisión absolutas.
Alejandro dejó el papel sobre el escritorio, entrelazó las manos y se inclinó hacia adelante, clavando nuevamente su mirada gris en ella. Una sonrisa cínica, casi imperceptible, adornó sus labios.
-La necesidad suele volver a la gente descuidada o propensa a la desesperación, señorita Mendoza. Y yo detesto los errores. Mis asistentes anteriores se fueron porque no soportaron mi ritmo. No tengo paciencia para las lágrimas ni para las excusas familiares.
-No habrá lágrimas, señor Santoro. Se lo aseguro -replicó ella, sosteniéndole la mirada con una audacia que sorprendió al propio magnate.
Alejandro la estudió en silencio durante varios segundos. Había algo en esa mujer, en la forma en que lo miraba con una mezcla de desafío y un temor profundamente oculto, que lo intrigaba. No se parecía a las herederas superficiales que sus tíos intentaban imponerle. Ella era real, desesperada, pero con un orgullo inquebrantable. Y en ese preciso momento, Alejandro tenía un problema enorme que resolver: el testamento de su abuelo exigía que estuviera casado en menos de un mes para poder asumir la presidencia total del imperio familiar.
Miró a Camila. Una mujer sin conexiones con la alta sociedad, desesperada por dinero, inteligente y con el carácter suficiente para no quebrarse ante él. Era la pieza de ajedrez perfecta para su plan.
-Dígame, señorita Mendoza... -Alejandro cerró la carpeta y se recostó en su silla, adoptando una postura imponente-. Además de ser mi asistente ejecutiva, ¿qué tan buena es siguiendo órdenes fuera de la oficina?
Camila frunció el ceño, alerta.
-No entiendo a qué se refiere, señor Santoro.
Alejandro se tomó un momento, disfrutando el control de la situación.
-Necesito una esposa, señorita Mendoza. Un matrimonio por contrato, estrictamente legal pero completamente falso, por la duración de un año. A cambio, estoy dispuesto a pagarle una suma de dinero que resolverá cualquier necesidad financiera que tenga, además de un bono inmediato esta misma tarde.
Camila abrió los ojos de par en par, sintiendo que el mundo se volvía a poner de cabeza. El frío y calculador millonario que tenía enfrente, un hombre al que acababa de conocer, le estaba proponiendo un matrimonio falso. No tenía idea de los giros crueles del destino, ni de que ese hombre implacable era, en realidad, el padre del hijo que la esperaba en casa.