POV DE JEANE
El apellido Malhore solía abrir puertas de oro en esta ciudad. Ahora, solo sirve para que la gente cierre sus ventanas y se asegure de que las cerraduras estén puestas.
Caminé por el pasillo de la Torre Redd sintiendo que mis tacones baratos hacían demasiado ruido sobre el mármol pulido. Mi traje sastre estaba desgastado en los puños, y el hambre de la mañana -esa que ya se había vuelto una constante en mi vida- me provocaba un ligero temblor en las manos. Pero me obligué a erguir la espalda. Mi padre me enseñó que, aunque no te quede ni un centavo, el orgullo es lo último que se entrega.
-La oficina del señor Redd es la última a la derecha -dijo una secretaria cuya mirada recorrió mi ropa con un desprecio mal disimulado-. No le gusta esperar.
Asentí sin decir palabra. No estaba allí para hacer amigos. Estaba allí porque Asher Redd era el único hombre con el poder suficiente para detener la subasta de la casa de mi padre. Y también porque, según los documentos que encontré en la caja fuerte familiar, Asher le debía la vida a mi apellido.
Abrí las puertas dobles de cristal ahumado.
El despacho era inmenso, minimalista y tan frío como un glaciar. Detrás de un escritorio de obsidiana, estaba él. Asher Redd.
No levantó la vista de su tablet. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás, y su traje gris marengo parecía una armadura de mil dólares. Tenía esa mandíbula afilada que veía en las revistas de negocios, pero de cerca, el aura de peligro que desprendía era casi asfixiante.
-Tienes tres minutos, Malhore -dijo su voz. Era grave, con un matiz metálico que me erizó los vellos de la nuca-. Y ya has gastado treinta segundos respirando mi aire.
-Vengo por la deuda de 1998 -solté de golpe, plantándome frente a su escritorio.
Asher dejó la tablet lentamente. Levantó la vista y sus ojos grises, tormentosos y gélidos, chocaron contra los míos. Sentí un impacto en el pecho. No era solo un hombre guapo; era un depredador que acababa de detectar una presa en su territorio.
-¿La deuda de 1998? -Se reclinó en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos y fuertes-. Tu padre murió arruinado, Jeane. Los Malhore no tienen deudas que cobrar, solo cenizas que limpiar.
-Mi padre salvó a tu familia de la bancarrota cuando tu abuelo apostó el imperio Redd en Macao -dije, tratando de que mi voz no temblara-. Hay un pagaré. Un compromiso de honor que tu familia nunca liquidó. Necesito ese dinero hoy.
Asher soltó una carcajada seca, carente de humor. Se puso en pie y me di cuenta de lo alto que era. Dominaba el espacio con una facilidad insultante. Caminó alrededor del escritorio, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume: sándalo, bourbon y algo puramente masculino que me hizo retroceder un paso hasta chocar contra la pared de cristal.
-El honor no es una moneda que aceptemos en este edificio -susurró, inclinándose hacia mí. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo-. Sé exactamente por qué estás aquí. Sé que el banco te quita la mansión mañana. Sé que tu hermano está en una clínica que no puedes pagar. Y sé... -Hizo una pausa, su mirada descendió por mi cuello hasta detenerse en mi pecho, haciéndome sentir desnuda- ...que vendrías a buscarme.
Me quedé helada.
-¿Lo sabías?
-Yo provoqué la quiebra de los Malhore, Jeane -confesó con una sonrisa cruel-. Compré a tus proveedores. Soborné a tus contadores. Corté cada salida que tenías hasta que solo quedó una puerta abierta: la mía.
El aire se escapó de mis pulmones. La rabia empezó a hervir en mi sangre, superando al miedo. Levanté la mano para abofetearlo, pero sus dedos atraparon mi muñeca en el aire con una fuerza de hierro. Me pegó contra el cristal, su cuerpo bloqueando cualquier escape.
-Suéltame, psicópata -siseé, forcejeando.
-No me obligues a usar la fuerza, todavía no -su voz bajó a un tono peligrosamente bajo-. No quiero tu pagaré viejo. No quiero tu orgullo. Quiero algo que solo tú puedes darme.
-No me voy a acostar contigo por dinero -escupí, aunque mi cuerpo reaccionaba de forma traicionera a su cercanía.
-No quiero una noche, Jeane. Quiero un año. Y quiero un heredero.
Me quedé sin palabras. Sus ojos recorrían mi rostro con una intensidad devoradora.
-Mi abuelo dejó una cláusula -continuó él, su pulgar acariciando la piel sensible de mi muñeca de una forma que no sabía si era una caricia o una amenaza-. Si no tengo un hijo antes de cumplir los treinta, pierdo el control mayoritario de Redd Enterprises. Tú tienes la sangre aristocrática que mi linaje necesita para ser respetado, y la desesperación suficiente para ser mi esposa de papel.
-Estás loco. Busca a una mujer que te quiera.
-Las mujeres que me quieren son aburridas. Yo quiero a alguien que me odie tanto que cada vez que la toque, sea una batalla.
Asher soltó mi mano y regresó a su escritorio. Sacó un sobre de cuero negro y lo lanzó sobre la mesa.
-Ahí está el contrato. Un año de matrimonio. Un heredero varón. A cambio, tu hermano recibe el mejor tratamiento del mundo, la mansión Malhore vuelve a tu nombre y te daré una asignación mensual que te hará olvidar que alguna vez fuiste pobre.
Miré el sobre como si fuera una serpiente venenosa.
-¿Y si me niego?
Asher volvió a mirar su tablet, dándome a entender que la conversación estaba terminando.
-Entonces sal de aquí. Pero para cuando llegues al lobby, tu hermano habrá sido trasladado a un hospital público, y mañana verás cómo las máquinas de demolición tiran abajo los recuerdos de tu padre.
Mis rodillas amenazaron con fallar. Era un monstruo. Un demonio vestido de Armani que me había cazado sistemáticamente hasta acorralarme en este piso 50.
-Tienes diez segundos para decidir, Jeane -dijo sin mirarme-. Nueve... ocho...
Miré por la ventana. La ciudad se extendía a mis pies, indiferente a mi tragedia. Pensé en mi hermano, en su rostro pálido, en la promesa que le hice a mi padre en su lecho de muerte.
-Siete... seis...
Caminé hacia el escritorio. Mi mano temblaba cuando tomé la pluma estilográfica que descansaba sobre el contrato. El peso del oro se sentía como plomo.
-Cinco... cuatro...
-Lo haré -dije, mi voz apenas un susurro quebrado-. Pero quiero que sepas algo, Asher Redd.
Él levantó la vista, una chispa de triunfo oscuro bailando en sus ojos.
-Dime.
-Puedes comprar mi nombre. Puedes comprar mi cuerpo para darte ese hijo. Pero juro que haré que cada día de este año sea un infierno para ti. No voy a ser tu esposa, voy a ser tu peor pesadilla.
Asher se puso en pie lentamente. Se acercó a mí, tomó la pluma de mi mano y la dejó a un lado. Luego, deslizó sus dedos por mi barbilla, obligándome a mirarlo.
-Eso espero, Jeane -murmuró, su aliento rozando mis labios-. Porque no hay nada que me guste más que una presa que muerde antes de ser domada. Firma. Ahora.
Firmé. El nombre "Jeane Malhore" quedó estampado en el papel, vendiéndole mi vida al hombre que había destruido a mi familia.
No sabía que, en ese momento, el contrato no era solo por un bebé. Era el inicio de una guerra de la que ninguno de los dos saldría ileso. Y lo peor de todo es que, mientras lo veía sonreír, una parte de mí, una parte oscura y prohibida, deseó que me atrapara para siempre.
POV DE JEANE
La tinta de mi firma aún estaba fresca sobre el papel cuando el silencio sepulcral del despacho fue interrumpido por el vibrar histérico de mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta. Miré a Asher. Él ni siquiera parpadeó; se limitó a observar mi reacción con la curiosidad de un científico diseccionando a un insecto.
Saqué el móvil. Era la Clínica San Judas. Mi corazón dio un vuelco.
-¿Dígame? -mi voz salió más aguda de lo que pretendía.
-¿Señorita Malhore? Habla el jefe de seguridad. Lamentamos informarle que los servicios médicos de su hermano, Leo Malhore, han sido suspendidos por falta de pago acumulado. Estamos procediendo con su traslado a la red de salud pública en este momento.
-¿Qué? ¡No! -El pánico me subió por la garganta como ácido-. No pueden moverlo. Leo está conectado a un respirador asistido la mitad del día, su condición es crítica. ¡Les dije que conseguiría el dinero hoy mismo!
-Lo sentimos, señorita. Las órdenes vienen de la nueva administración. El traslado ya empezó.
Colgaron. El mundo se desdibujó frente a mis ojos. Mi hermano, lo único que me quedaba en este mundo, estaba siendo tratado como mercancía defectuosa por culpa de mi cuenta bancaria en cero.
Miré a Asher. Él estaba allí, impecable, ajustándose los gemelos de oro de sus mangas con una calma exasperante.
-Fuiste tú -susurré. El aire en la habitación parecía haberse agotado-. Tú diste la orden.
Asher levantó una ceja, ladeando la cabeza con una elegancia depredadora.
-La Clínica San Judas era una propiedad insolvente, Jeane. La compré hace exactamente veinte minutos, justo antes de que entraras por esa puerta. Ahora es una subsidiaria de Redd Health.
-¡Es un hospital, no un tablero de ajedrez! -grité, golpeando su escritorio de obsidiana con ambas manos-. ¡Leo puede morir si lo mueven! Detenlo, Asher. Por favor. Ya firmé tu maldito contrato, ¡detenlo!
Él se levantó lentamente. No había rastro de compasión en sus ojos grises; solo una determinación gélida que me hizo sentir pequeña, insignificante. Rodeó el escritorio y se detuvo a centímetros de mí. Su presencia era como una pared de concreto; me obligaba a mirar hacia arriba, a reconocer su dominio.
-Tu firma en el papel es solo el inicio, Jeane. Pero aún no has entregado el contrato físicamente a mi abogado. No eres "mi propiedad" hasta que yo lo decida.
-¡Ya acepté! ¡Haré lo que quieras! -Las lágrimas de frustración empezaron a escocer en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer-. Solo salva a mi hermano.
Asher sacó su propio teléfono, un dispositivo elegante que parecía un arma en sus manos. Marcó un número rápido sin dejar de mirarme a los ojos.
-Soy Redd. Cancelen el traslado del paciente Malhore. Habitación VIP, cuidados intensivos permanentes y el mejor equipo de neurología del país. A partir de ahora, su supervivencia es la prioridad absoluta de la clínica. Si él tiene un solo rasguño, cerraré ese lugar con todos ustedes adentro.
Colgó sin esperar respuesta. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica que me hacía zumbar los oídos.
-Ya está hecho -dijo, guardando el móvil-. Tu hermano está a salvo. A cambio, tu vida me pertenece. Cada suspiro, cada pensamiento y cada centímetro de esa piel que ahora mismo está temblando frente a mí.
Tragué saliva. La realidad de lo que acababa de hacer me golpeó como un mazo. Había salvado a Leo, pero a cambio, me había convertido en la concubina legal de un sociópata.
-Hay una cosa más -dije, tratando de recuperar un gramo de mi dignidad. Tomé el contrato de la mesa y saqué una pluma de mi bolso-. Voy a añadir una cláusula adicional. Un anexo de comportamiento.
Asher soltó un bufido de risa que me enfureció.
-¿Un anexo? Eres valiente, Malhore. Te lo concedo. ¿Qué dice tu pequeña cláusula?
-"Queda estrictamente prohibido cualquier vínculo emocional" -leí mientras escribía rápido en el margen del papel-. "No habrá besos, no habrá afecto, no habrá intimidad más allá de lo estrictamente necesario para la concepción del heredero. El sexo será una transacción, nada más. Tú no me amas, yo te odio, y así se quedará hasta el último día".
Terminé de escribir y lo miré con desafío. Pensé que se enojaría. Pensé que rompería el contrato. Pero Asher hizo algo mucho peor.
Se acercó tanto que pude sentir el calor de su aliento en mi oreja. Su mano subió por mi brazo, dejando un rastro de fuego a su paso, hasta que sus dedos se enredaron con fuerza en mi cabello, tirando ligeramente de mi cabeza hacia atrás para que lo mirara.
-¿Prohibido enamorarse? -su voz era un ronroneo peligroso-. Jeane, cariño... para enamorarse se necesita un corazón. Yo no tengo uno, y el tuyo está demasiado ocupado odiándome como para sentir otra cosa.
Tomó el papel de mis manos. Mis ojos se abrieron de par en par cuando vi que, con una parsimonia insultante, rompió la esquina donde yo había escrito la cláusula y la dejó caer al suelo como basura.
-No habrá reglas en mi cama, Jeane -sentenció. Sus ojos descendieron a mis labios, y por un segundo, creí que me besaría ahí mismo, con la furia de un incendio-. El contrato dice que eres mi esposa. Y yo no acepto esposas a medias. Si quiero besarte hasta que olvides tu propio nombre, lo haré. Si quiero que me supliques que no me detenga, lo harás.
-Jamás te suplicaré nada -siseé, aunque mi corazón latía desbocado contra mis costillas.
-Todas dicen eso al principio -él sonrió, y fue la imagen más aterradora y hermosa que había visto nunca-. Recoge tus cosas. Te vas de tu casa hoy mismo. Mi chofer te llevará a la mansión Redd en una hora.
-¿Hoy? ¡Tengo que ver a mi hermano! ¡Tengo que empacar mi vida!
-Tu vieja vida terminó en el momento en que estampaste tu apellido junto al mío -Asher caminó hacia la puerta de su despacho y la abrió de par en par, dándome la señal de salida-. De Leo se encargan mis médicos. De tus maletas se encarga mi personal. Tú solo tienes que encargarte de una cosa: prepararte para nuestra noche de bodas. Porque no pienso perder ni un solo segundo para reclamar lo que he comprado.
Salí del despacho con las piernas temblando. Mientras caminaba por el pasillo de cristal, sentí su mirada clavada en mi espalda, como la de un cazador que finalmente tiene a su presa en la red.
Había salvado a mi hermano, sí. Pero al entrar en el ascensor y ver mi reflejo en el espejo, ya no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Ya no era Jeane Malhore. Era el trofeo de Asher Redd. Y lo peor de todo no era el miedo a lo que él pudiera hacerme... sino el terror de descubrir que, bajo el odio, mi cuerpo había reaccionado a su toque como si hubiera estado esperando a su dueño toda la vida.
POV DE JEANE
El coche negro que me transportaba parecía un ataúd de lujo deslizándose por las colinas más exclusivas de la ciudad. A través de los cristales tintados, el mundo se veía gris, una metáfora perfecta para mi nueva realidad. No llevaba maletas. Asher se había encargado de recordarme que nada de mi "pobre y patética vida anterior" tenía cabida en su imperio.
Cuando los enormes portones de hierro forjado con la letra R se abrieron, contuve el aliento. La Mansión Redd no era una casa; era un monumento a la arrogancia. Una estructura de mármol blanco y cristal que se alzaba contra el cielo como un desafío.
El chofer detuvo el vehículo frente a la escalinata principal. Al bajar, el aire de la montaña me golpeó el rostro, pero no se sentía fresco. Se sentía pesado.
-Bienvenida a casa, señora Redd -dijo el chofer con una voz monótona que me dio escalofríos.
-No me llame así -susurré, pero él ya estaba cerrando la puerta.
Caminé hacia la entrada, pero un destello de movimiento a mi derecha me hizo girar la cabeza. Más allá de los setos perfectamente podados que delimitaban la propiedad, se alzaba otra mansión, casi tan imponente como la de Asher. En el balcón, una mujer de cabellos rubios platinados y un vestido rojo que gritaba "dinero" me observaba. Sostenía una copa de cristal y, al cruzar miradas conmigo, no me dedicó una sonrisa, sino una mueca de puro veneno.
-¿Quién es ella? -le pregunté a la mujer mayor que me esperaba en la puerta, vestida con un uniforme de ama de llaves impecable.
-Es la señorita Bianca Thorne, la dueña de la propiedad colindante -respondió la mujer sin emoción-. Y la mujer que, hasta hace dos semanas, iba a ocupar su lugar como la esposa del señor Redd.
El primer golpe del día. Asher no solo me había comprado, sino que me había instalado justo en frente de la mujer que había despreciado por mí. No era una coincidencia. A Asher Redd no le bastaba con ganar; necesitaba que todos los que lo rodeaban vieran cómo movía las piezas a su antojo. Bianca Thorne no era solo una vecina; era un recordatorio constante de que yo solo era una herramienta en un juego de poder.
-Sígame, señora -ordenó la mujer, cuyo nombre supe después era la señora Halloway-. El señor la espera arriba.
El interior de la mansión era aún más frío que el despacho de Asher. Arte abstracto que parecía gritar de dolor en las paredes y suelos tan pulidos que temía dejar la marca de mi propia desesperación en ellos. Subimos por una escalera de caracol que parecía no tener fin hasta llegar a un pasillo iluminado por luces tenues.
-Esta es su suite -dijo Halloway, abriendo una puerta de madera de nogal.
La habitación era inmensa. Una cama king size vestida con sábanas de seda color perla, un vestidor que parecía una boutique de París y una vista impresionante a los jardines. Pero algo no encajaba. Mis ojos recorrieron las paredes de papel tapiz caro hasta que se detuvieron en una puerta de madera oscura en la esquina opuesta a la entrada principal.
Caminé hacia ella y puse la mano en el pomo. Estaba cerrada.
-¿A dónde lleva esto? -pregunté.
-Esa puerta comunica directamente con el ala privada del señor Redd -respondió la voz profunda y vibrante de Asher tras de mí.
Di un salto, girándome para encontrarlo apoyado en el marco de la entrada principal. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía los primeros botones de su camisa blanca desabrochados. Se veía menos como un CEO y más como un hombre que acababa de regresar de una cacería exitosa.
-¿Comunica con tu habitación? -mi voz tembló-. Quiero una llave. Ahora mismo.
Asher caminó hacia mí con esa parsimonia que me ponía los pelos de punta. Se detuvo frente a la puerta secreta y golpeó la madera con los nudillos.
-No hay llaves, Jeane. Al menos no para ti. El cerrojo solo funciona desde mi lado. Yo decido cuándo se abre. Yo decido cuándo entro.
-¡Eso es una invasión! -exclamé, golpeando su pecho con un puño cerrado que él atrapó con una facilidad insultante-. El contrato decía convivencia, no... no esto.
-El contrato dice que eres mi esposa -me recordó, apretando mis dedos con una fuerza que no llegaba a doler, pero que me mantenía anclada a él-. Y una esposa no tiene secretos para su marido. Esta puerta estará abierta cada noche. No esperaré a que me des permiso para reclamar lo que es mío por derecho legal y biológico.
Me soltó bruscamente y se dirigió a una pequeña caja de terciopelo azul que descansaba sobre la cómoda.
-Halloway -llamó Asher.
El ama de llaves y dos sirvientas más entraron en la habitación de inmediato, formando una fila perfecta al pie de la cama. Sus miradas estaban fijas en el suelo, como si temieran que respirar demasiado fuerte pudiera molestar al amo de la casa.
-Quiero que todos en esta casa lo tengan claro desde hoy -dijo Asher, su voz llenando cada rincón de la habitación con una autoridad absoluta-. Esta mujer es la señora de la casa. Su palabra es la mía. Pero sobre todo...
Se acercó a mí y abrió la caja de terciopelo. En su interior, un collar de diamantes y zafiros brillaba con una luz casi ofensiva. Los zafiros eran del mismo azul profundo que los ojos de una tormenta.
-Este collar perteneció a mi madre -continuó él, sacándolo de la caja-. Es la joya más valiosa de la familia Redd. Solo la mujer del heredero tiene derecho a portarla.
-No lo quiero -dije, retrocediendo-. Esas joyas tienen sangre, Asher. Sé cómo las obtuvo tu familia.
-No te estoy preguntando si las quieres -siseó él.
Me tomó por los hombros y me obligó a darme la vuelta, quedando de espaldas a él y de frente a las sirvientas. Sentí el frío del metal rozando mi garganta mientras él abrochaba el cierre del collar. Sus dedos largos rozaron la nuca de mi cuello, enviando una descarga eléctrica que odié con cada fibra de mi ser.
Asher me sujetó por la cintura, pegando mi espalda a su pecho, y nos miró a través del espejo del tocador.
-Mírate, Jeane -susurró cerca de mi oído, para que solo yo pudiera escucharlo-. Mírate bien.
En el reflejo, las sirvientas nos observaban con una mezcla de envidia y asombro. El collar pesaba sobre mi cuello como una cadena de oro. A pesar de mi ropa desgastada y mi rostro pálido, los zafiros me hacían ver como parte de la realeza que siempre desprecié.
-Ahora todos saben a quién le perteneces -dijo Asher en voz alta para el personal-. Este collar es mi marca. Si alguna vez intentas quitártelo, o si alguien en esta casa se atreve a faltarte al respeto, recordarán que lo que lleva Jeane en el cuello vale más que las vidas de todos ustedes juntas. Pueden retirarse.
Las mujeres hicieron una reverencia rápida y salieron casi corriendo. Me quedé a solas con él, atrapada en su abrazo de hierro, sintiendo el latido de su corazón contra mi espalda.
-¿Ya eres feliz? -le pregunté con amargura-. ¿Ya me has marcado como a uno de tus caballos de carreras?
Asher hundió el rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma con una intensidad que me hizo flaquear.
-Los caballos son más fáciles de domar, Jeane -murmuró, su voz vibrando contra mi piel-. Tú vas a darme mucho más trabajo. Y eso es exactamente lo que me mantiene interesado.
Me soltó tan rápido como me había atrapado y se dirigió a la puerta secreta. Antes de cruzarla, se giró hacia mí con una sonrisa depredadora.
-Báñate. Ponte algo de seda. Y no cierres los ojos, Jeane. Porque cuando esa puerta se abra esta noche, no será para hablar de negocios.
La puerta se cerró con un "clic" definitivo. Me quedé sola en la inmensidad de la suite, rodeada de lujos que se sentían como espinas. Llevé mi mano al collar de su madre y tiré de él, pero el cierre era complejo y firme.
Caminé hacia el balcón, necesitando aire. Al salir, Bianca Thorne seguía allí, en la mansión de al lado. Levantó su copa hacia mí en un brindis silencioso que parecía una promesa de guerra.
Me toqué el vientre aún plano. El heredero prohibido. La deuda de sangre. La puerta sin cerrojo.
La bienvenida a la Mansión Redd no había sido un sueño; era el inicio de la pesadilla más hermosa y peligrosa de mi vida. Y lo peor de todo era que, mientras el sol se ponía, me sorprendí mirando esa puerta oscura en la esquina, esperando, con un miedo que se sentía como deseo, el momento en que Asher decidiera entrar.