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El Heredero Ya No Quiere Esconder

El Heredero Ya No Quiere Esconder

Autor: : Luo Xi
Género: Urban romance
En la fiesta de fin de semestre, mi novia Valeria, la misma a quien le había entregado dos años de mi vida y mi corazón, me soltó sin anestesia: "No eres lo que necesito". Señaló a Damián, el junior con auto deportivo, y con voz cargada de desprecio, añadió: "Necesito a alguien con futuro, Leo. Alguien que pueda darme la vida que merezco". Mis entrañas ardían mientras sus amigas, víboras con sonrisas maliciosas, se reían y una escupía: "No puedes pasarte la vida con un becado". La humillación pública me golpeó, me desechaban como basura frente a todos. Querían verme arrastrándome, suplicando. Pero no les daría ese gusto. Saqué la pequeña caja de terciopelo azul con el collar que con tanto esfuerzo había comprado para ella, lo abrí, vislumbré por un instante su codicia, y cerré de golpe. "No eres la persona adecuada para recibirlo". No, esto no terminaría así. Mi venganza sería más fría, más precisa. Y con un giro inesperado, vi a Sofía, humillada por los mismos buitres. Una audaz y perfecta idea cruzó mi mente. La guerra apenas comenzaba.

Introducción

En la fiesta de fin de semestre, mi novia Valeria, la misma a quien le había entregado dos años de mi vida y mi corazón, me soltó sin anestesia: "No eres lo que necesito".

Señaló a Damián, el junior con auto deportivo, y con voz cargada de desprecio, añadió: "Necesito a alguien con futuro, Leo. Alguien que pueda darme la vida que merezco".

Mis entrañas ardían mientras sus amigas, víboras con sonrisas maliciosas, se reían y una escupía: "No puedes pasarte la vida con un becado".

La humillación pública me golpeó, me desechaban como basura frente a todos. Querían verme arrastrándome, suplicando. Pero no les daría ese gusto.

Saqué la pequeña caja de terciopelo azul con el collar que con tanto esfuerzo había comprado para ella, lo abrí, vislumbré por un instante su codicia, y cerré de golpe. "No eres la persona adecuada para recibirlo". No, esto no terminaría así. Mi venganza sería más fría, más precisa. Y con un giro inesperado, vi a Sofía, humillada por los mismos buitres. Una audaz y perfecta idea cruzó mi mente. La guerra apenas comenzaba.

Capítulo 1

El salón de eventos de la universidad estaba lleno de ruido y luces brillantes. Era la fiesta de fin de semestre, y todos celebraban. Yo no. Yo estaba parado frente a Valeria, mi novia, sintiendo cómo la música se desvanecía a mi alrededor.

Ella sostenía una copa de champán y me miraba desde arriba, aunque éramos de la misma altura. Su expresión era fría, calculadora.

"Leonardo, tenemos que hablar", dijo, su voz apenas audible sobre la música.

Pero yo ya sabía lo que venía. Llevábamos dos años juntos, dos años en los que yo había hecho todo por ella, creyendo que nuestro amor era real. Fui un idiota.

"¿Qué pasa, Vale?", pregunté, aunque el nudo en mi estómago ya me daba la respuesta.

"Esto no está funcionando", soltó sin rodeos. "Mira, eres un buen chico, de verdad. Pero no eres lo que necesito".

Señaló con la cabeza hacia el otro lado del salón. Ahí estaba Damián, el hijo de un empresario famoso, rodeado de gente que reía de sus chistes malos. Damián, que manejaba un auto deportivo y vestía ropa que costaba más que mi renta de todo el año.

"Necesito a alguien con futuro, Leo. Alguien que pueda darme la vida que merezco", continuó Valeria, su voz cargada de un desprecio que no se molestaba en ocultar.

Sus amigas, un pequeño séquito de víboras, se acercaron, formando un círculo a nuestro alrededor. Sonreían con malicia, disfrutando del espectáculo.

"Valeria tiene razón", dijo una de ellas, creo que se llamaba Ximena. "Ya era hora de que abriera los ojos. No puedes pasarte la vida con un becado".

La palabra "becado" la escupió como si fuera un insulto. Y para ellas, lo era. En esta universidad privada, donde la mayoría pagaba matrículas astronómicas, mi beca por excelencia académica era una marca de inferioridad. La única razón por la que Valeria había salido conmigo era porque, al principio, le pareció "exótico" y "humilde". Esa novedad se había acabado.

Sentí las miradas de todos a nuestro alrededor. El murmullo se convirtió en un silencio expectante. Estaban presenciando mi humillación pública. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de ira y dolor.

"¿Así que es por eso?", logré decir, mi voz sonaba hueca. "¿Por el dinero?".

Valeria se rio, una risa corta y sin alegría.

"No seas tan ingenuo, Leo. No es solo el dinero. Es la ambición, el estatus. Es todo lo que tú no tienes".

Sus palabras me golpearon. No por la verdad que contenían, sino por la crueldad en que las decía. La mujer a la que yo había amado, a la que le había confiado mis sueños, me estaba desechando como basura frente a todos.

"Pero no te preocupes", añadió con una sonrisa falsa. "Seguro encontrarás a alguien a tu nivel".

El grupo de chicas soltó risitas. Sentí cómo la sangre me subía a la cara. Quería gritar, romper algo, pero me contuve. La violencia no era mi estilo. Mi venganza sería más fría, más precisa.

Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta. Saqué una pequeña caja de terciopelo azul. Dentro había un collar de oro blanco con un pequeño diamante, sencillo pero elegante. Había trabajado los últimos seis meses en un trabajo de medio tiempo, ahorrando cada peso para comprarlo. Era su regalo de aniversario.

"Tenía esto para ti", dije, abriendo la caja.

Los ojos de Valeria se abrieron con sorpresa, y por un instante, vi un destello de codicia. El diamante brilló bajo las luces del salón.

"Leo...", empezó a decir, su tono un poco más suave.

Pero yo no la dejé terminar. Cerré la caja con un chasquido.

"Pero tienes razón", dije, mi voz ahora firme y clara. "No eres la persona adecuada para recibirlo".

Su cara se contrajo en una máscara de indignación.

"¿Qué estás haciendo?", siseó.

Ignoré su pregunta. Mi mirada recorrió el salón, buscando una salida, un escape de esta humillación. Y entonces la vi.

En un rincón, cerca de la mesa de bebidas, estaba Sofía. Sofía, la chica callada de la clase de arte, la que siempre se sentaba al fondo y nunca hablaba con nadie. Llevaba un vestido sencillo, probablemente comprado en una tienda de segunda mano, y sostenía un vaso de refresco con ambas manos, como si fuera un ancla. Estaba siendo molestada por el mismo grupo de amigos de Damián. Uno de ellos le dio un "empujoncito" y su refresco se derramó sobre su vestido. Ella no dijo nada, solo bajó la cabeza, su rostro enrojecido de vergüenza mientras ellos se reían.

Nadie la defendió. Nadie hizo nada. En ese momento, una idea cruzó mi mente. Una idea audaz, impulsiva y perfecta.

Con todas las miradas todavía puestas en mí, caminé directamente hacia ella. Pasé junto a Valeria y su grupo, que me miraban sin entender. Los amigos de Damián se callaron cuando me acerqué.

Llegué frente a Sofía. Ella levantó la vista, sus ojos grandes y asustados. Todavía tenía manchas de refresco en el vestido.

"Disculpa", dije suavemente.

Ella solo parpadeó, confundida.

Sin decir una palabra más, abrí la caja de terciopelo azul de nuevo. Saqué el collar de oro blanco y, con cuidado, lo puse alrededor de su cuello. Su piel era suave. El pequeño diamante descansó justo en el hueco de su garganta, brillando contra su piel.

El silencio en el salón era total. Podías oír la caída de un alfiler.

Sofía me miró, con la boca ligeramente abierta. Tocó el collar con la punta de sus dedos, como si no pudiera creer que fuera real.

"¿Por... por qué?", susurró.

"Porque te lo mereces más que nadie en este lugar", le respondí en voz baja, pero lo suficientemente alta para que los que estaban cerca escucharan.

Luego me giré para enfrentar al salón. Mi mirada se encontró con la de Valeria. Su rostro era una mezcla increíble de shock, furia y, por primera vez, una pizca de duda. Sus ojos iban del collar en el cuello de Sofía a mi cara, como si no pudiera procesar lo que acababa de pasar. Había esperado que me fuera arrastrándome, suplicando. No esperaba esto.

No esperaba que mi primera jugada fuera regalar su futuro collar a la chica que ella y sus amigas consideraban la más insignificante del lugar. La guerra apenas comenzaba.

Capítulo 2

Valeria no reaccionó de inmediato. Se quedó paralizada, con la boca entreabierta, su perfecta compostura rota en mil pedazos. Me dio una pequeña satisfacción verla así de descolocada.

"Leonardo, ¿qué crees que estás haciendo?", gritó finalmente, su voz chillona rompiendo el silencio.

No le respondí. Ni siquiera la miré. Mantuve mi atención en Sofía, que seguía temblando ligeramente.

"¿Estás bien?", le pregunté en voz baja.

Ella asintió, aunque sus ojos seguían fijos en el collar, como si fuera un objeto de otro planeta.

"No... no puedo aceptar esto", susurró, intentando desabrochar el broche con dedos torpes.

Puse mi mano sobre la suya suavemente para detenerla.

"Por favor. Quédatelo. Considéralo un regalo por aguantar a esta gente".

Valeria marchó hacia nosotros, sus tacones resonando con furia en el piso de madera.

"¡Quítale eso! ¡Ese collar era para mí!".

Se detuvo justo frente a nosotros, su cara roja de ira. Sus amigas la siguieron como un coro de arpías.

"¡Leo, te está hablando!", exclamó Ximena.

Yo seguía sin mirarla. Me concentré en Sofía, que parecía a punto de desmayarse. La tomé suavemente del brazo.

"Vamos a tomar un poco de aire", le sugerí.

Comenzamos a caminar hacia la terraza, y sentí la mirada de Valeria quemándome la espalda.

"¡No te atrevas a darme la espalda, Leonardo!", gritó, su voz temblando de rabia.

La ignoré por completo. Salir de ese salón era la única respuesta que le daría. Cada paso que daba alejándome de ella era una declaración.

Una vez en la terraza, el aire fresco de la noche nos golpeó. Sofía respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aliento.

"De verdad, no puedo...", comenzó de nuevo, tocando el collar.

"Sí puedes", la interrumpí. "No te pedí permiso".

Me miró con sus grandes ojos cafés, llenos de confusión.

"¿Por qué yo?".

Era una buena pregunta. ¿Por qué ella? Porque vi en ella un reflejo de cómo me sentía yo en ese momento: solo, humillado, invisible para un mundo que solo valora las apariencias.

"Porque eres amable", respondí con sinceridad. "Te he visto en clase. Mientras todos los demás compiten por ser los más populares, tú solo te dedicas a tu arte. Eres genuina".

Un leve sonrojo apareció en sus mejillas.

"Gracias", murmuró, bajando la mirada.

De repente, la puerta de la terraza se abrió de golpe. Era Valeria. Sola esta vez. Su furia se había transformado en una especie de desesperación helada.

"Necesitamos hablar. A solas", dijo, lanzándole una mirada asesina a Sofía.

"Ya dijiste todo lo que tenías que decir", respondí con calma.

"¡No! ¡Tú no entiendes! ¡Lo arruinaste todo!", exclamó, acercándose.

"No, Valeria. Tú lo arruinaste".

Se quedó sin palabras por un segundo, sorprendida por mi firmeza. Luego, su rostro se endureció de nuevo.

"Bien. Quédate con tu... proyecto de caridad", dijo con desdén, mirando a Sofía de arriba abajo. "Cuando te canses de jugar al salvador, no vengas a buscarme".

Se dio la vuelta y se fue, cerrando la puerta con un portazo que resonó en la noche.

Sofía se estremeció.

"Tal vez tiene razón. No quiero causarte problemas", dijo, su voz apenas un hilo.

"Tú no eres el problema. Ellos lo son", afirmé. "Y no te preocupes, sé cómo manejar a gente como ella".

Nos quedamos en silencio un momento, mirando las luces de la ciudad.

"Gracias", dijo finalmente. "Nadie nunca... nadie nunca me había defendido".

"Ya era hora de que alguien lo hiciera".

Regresamos al interior. La fiesta intentaba recuperar su ritmo, pero la gente nos miraba de reojo, susurrando. Decidí que ya había tenido suficiente por una noche.

"¿Quieres que te lleve a casa?", le ofrecí a Sofía.

Ella dudó. "Vivo lejos. Tomo el autobús".

"No esta noche. Yo te llevo".

Aceptó con un tímido asentimiento. Mientras nos dirigíamos a la salida, pasamos por el rincón donde ella había estado antes. Vi su bolso en el suelo, un bolso de tela viejo y gastado. Me agaché para recogerlo. Al hacerlo, algo se cayó.

Era un pequeño cuaderno de dibujo. Se abrió en una página que mostraba el boceto de un vestido de noche, increíblemente detallado y hermoso. Era un diseño original, lleno de talento y sueños. Al lado, había escrito con letra pequeña: "Algún día".

Lo recogí y se lo entregué. Nuestros dedos se rozaron.

"Diseñas muy bien", le dije.

Se sonrojó profundamente y guardó el cuaderno rápidamente en su bolso, como si fuera un secreto que no quería compartir.

"No es nada", mintió.

Pero yo sabía que era todo. Era su sueño, su pasión. Y Valeria y sus amigos se habrían reído de él, igual que se rieron de su vestido y de su refresco derramado.

Salimos del edificio y nos dirigimos a mi auto. Un modelo viejo, discreto, que usaba para mantener mi perfil bajo.

"Gracias de nuevo, Leonardo", dijo Sofía cuando se sentó en el asiento del copiloto.

"De nada, Sofía".

Mientras conducía, vi por el espejo retrovisor. Valeria estaba en la entrada del edificio, observándome ir. A su lado estaba Damián, que le pasaba un brazo por los hombros. Pero ella no lo miraba. Me miraba a mí. Y en su rostro, por primera vez, vi algo que no era arrogancia ni desprecio. Era una sombra de arrepentimiento.

Demasiado tarde. El juego había cambiado.

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