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El Hilo del Destino Que Tejo

El Hilo del Destino Que Tejo

Autor: : Lewie Parenti
Género: Moderno
Durante diez años, mi vida en la suntuosa hacienda de Mateo fue una existencia opulenta, pero vacía, marcada por la indiferencia y el desprecio disimulado. En la fiesta de dieciocho años de su hermana Sofía, la niña que crié, la nueva amante de Mateo, Valentina, me ofreció un "té de hierbas" con una sonrisa fría y calculada. Minutos después, un dolor desgarrador me consumió desde el vientre; la sangre que corrió por mis piernas confirmó mi peor temor: me habían envenenado para provocar un aborto y así, en mi agonía, me forzaron a firmar los papeles del divorcio. En el gélido suelo de mármol, Sofía, la misma a quien acuné, me escupió que una "mujer de pueblo" como yo nunca mereció su apellido ni darle un heredero a Mateo, y la traición superó cualquier dolor físico. Pero mientras firmaba, mi mano no tembló; con el morral de mi abuela y la promesa de una deuda pagada, me levanté decidida a reconstruir mi vida en la tierra que me vio nacer, transformando mi dolor en la fuerza para un nuevo y auténtico comienzo. Mi partida fue el primer hilo de una trama de resistencia, empoderamiento y revelaciones que sacudirían los cimientos de quienes creyeron haberme quebrado.

Introducción

Durante diez años, mi vida en la suntuosa hacienda de Mateo fue una existencia opulenta, pero vacía, marcada por la indiferencia y el desprecio disimulado.

En la fiesta de dieciocho años de su hermana Sofía, la niña que crié, la nueva amante de Mateo, Valentina, me ofreció un "té de hierbas" con una sonrisa fría y calculada.

Minutos después, un dolor desgarrador me consumió desde el vientre; la sangre que corrió por mis piernas confirmó mi peor temor: me habían envenenado para provocar un aborto y así, en mi agonía, me forzaron a firmar los papeles del divorcio.

En el gélido suelo de mármol, Sofía, la misma a quien acuné, me escupió que una "mujer de pueblo" como yo nunca mereció su apellido ni darle un heredero a Mateo, y la traición superó cualquier dolor físico.

Pero mientras firmaba, mi mano no tembló; con el morral de mi abuela y la promesa de una deuda pagada, me levanté decidida a reconstruir mi vida en la tierra que me vio nacer, transformando mi dolor en la fuerza para un nuevo y auténtico comienzo.

Mi partida fue el primer hilo de una trama de resistencia, empoderamiento y revelaciones que sacudirían los cimientos de quienes creyeron haberme quebrado.

Capítulo 1

La música de la hacienda en Cuernavaca era demasiado fuerte, una mezcla de pop extranjero y reguetón que vibraba en mi pecho. Era la fiesta de dieciocho años de Sofía, la hermana menor de mi esposo, Mateo.

Una niña que yo había criado.

La vi reír con sus amigas, todas vestidas con ropa de diseñador, con esa arrogancia fácil de la gente que nunca ha conocido la necesidad.

"Xóchitl, ven", me llamó Valentina, la nueva amante de Mateo, su voz arrastrando las palabras con desprecio.

Sostenía una taza de té humeante.

"Sofía y yo preparamos esto para ti, es un té especial de hierbas para relajarte, te ves tan tensa".

Sofía asintió, su mirada era fría, irreconocible.

"Bébelo, cuñada. Es para que el bebé esté fuerte".

Miré la taza, luego a sus caras. Sabía que mentían, sus sonrisas no llegaban a sus ojos. Pero estaba cansada de pelear, cansada de los diez años de desprecio silencioso en la casa de Mateo.

Bebí el té.

El sabor era amargo, extraño.

Media hora después, un calambre agudo me dobló. El dolor era un fuego que se extendía desde mi vientre. Corrí al baño, tropezando con los caros tapetes persas.

Cuando la sangre empezó a correr por mis piernas, supe lo que habían hecho.

Me deslicé por la pared hasta el suelo de mármol frío.

La puerta se abrió. Eran ellas. Valentina me lanzó una carpeta a las piernas.

"Son los papeles del divorcio. Fírmalos".

Sofía se agachó, su rostro joven torcido por el odio.

"Una mujer de pueblo como tú no merece llevar el apellido de mi familia. Nunca lo mereciste".

"Y ciertamente", añadió Valentina, revisando su manicura, "no mereces darle un heredero a Mateo".

Las miré, a la niña que había acunado en mis brazos y a la mujer que ocupaba la cama de mi esposo. El dolor físico era inmenso, pero algo más profundo se había roto.

No dije nada. Mi silencio pareció enfurecerlas más.

"¿No vas a rogar?", se burló Sofía. "¿No vas a llorar?".

Cogí la pluma que Valentina me ofrecía. Mi mano no temblaba.

Encontré la línea y firmé mi nombre: Xóchitl. Solo Xóchitl.

Mi matrimonio, el pacto de diez años, había terminado.

Capítulo 2

Cuando salí del baño, la fiesta seguía en su apogeo. Nadie notó mi vestido manchado, nadie notó el vacío en mis ojos.

Subí las escaleras hasta la habitación que había sido mía durante una década. Era un espacio lujoso y ajeno, lleno de muebles que no había elegido y arte que no entendía.

No empaqué nada.

Dejé los vestidos de seda, las joyas, los zapatos. Todo se sentía como un disfraz que finalmente podía quitarme.

Mi única posesión verdadera estaba en el fondo del armario: un pequeño morral tejido, regalo de mi abuela.

Lo abrí. Dentro, junto a unas hierbas secas, había una nota doblada, su letra temblorosa pero firme.

"Cuando la deuda se pague, tu espíritu será libre".

Apreté el papel en mi mano. La deuda estaba pagada. Con sangre.

Bajé las escaleras, con el morral colgado del hombro, pasando entre los invitados borrachos y felices.

Mateo me vio en la puerta. Su rostro, normalmente seguro y arrogante, se llenó de una extraña clase de pánico.

"¿A dónde vas?".

No le respondí. Seguí caminando hacia la oscuridad del jardín.

Me agarró del brazo. Su toque no era de amor, era de miedo.

"Xóchitl, no puedes irte. La promesa... el juramento que le hice a tu abuela...".

"El juramento se cumplió", dije, mi voz sonaba hueca, lejana. "Diez años. La deuda está pagada".

"No, no lo entiendes", susurró, su miedo era casi palpable. "No es solo el tiempo. Es... ella. Las consecuencias".

Me solté de su agarre con una calma que lo sorprendió.

"Esas son tus consecuencias, Mateo. No las mías".

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta de la hacienda, sin mirar atrás.

Podía sentir su mirada en mi espalda, no la de un esposo que pierde a su mujer, sino la de un hombre supersticioso que teme a la maldición que cree haber desatado.

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