Volví a la hacienda familiar después de cuatro años, solo para visitar la tumba de mis padres y cerrar un capítulo doloroso.
En un mes, me casaría con Mateo en Madrid y finalmente sería feliz, lejos del pasado que aún me atormentaba.
Pero mi regreso no fue tranquilo.
Alejandro, mi ex tutor y el hombre de quien estuve locamente enamorada, estaba comprometido con Camila, mi rival de toda la vida y la persona que me hizo la adolescencia un infierno.
Lo más impactante fue su ceguera: Camila me humillaba abiertamente, me incriminaba en accidentes y mentía descaradamente, pero Alejandro siempre le creía a ella.
Mis intentos de hablar con él, de mostrarle mi nueva vida y mi genuina felicidad con Mateo, eran recibidos con desdén y rechazo.
Él tildaba mi compromiso de "farsa" destinada a arruinar el suyo.
La injusticia era insoportable.
¿Cómo podía la persona que me crio, mi supuesto protector, creer siempre lo peor de mí y caer tan fácilmente en las trampas de Camila?
La confusión me invadía: ¿por qué se había vuelto tan distante y cruel?
Parecía que todos los años de mi vida a su lado no significaban nada.
Cada vez que intentaba acercarme, él me empujaba más lejos.
Pero ya no era la niña indefensa.
Agotada de sus manipulaciones, me prometí que esta sería la última vez.
En el día de mi boda con Mateo, supe que era el momento de mi verdad.
Frente a él, a todos, y a la mujer que me había despreciado, haría una elección.
Decidí que mi felicidad no dependiera de su aprobación, sino de mi propia voluntad.
Cuatro años. Hacía cuatro años que no pisaba la Hacienda El Paraíso.
El aire de la sabana de Bogotá, fresco y con olor a tierra húmeda y café, me golpeó en la cara. Nada había cambiado. Los cafetales se extendían hasta donde alcanzaba la vista, verdes y ordenados bajo el cielo gris.
Pero yo sí había cambiado.
Volvía a Colombia solo por una razón: visitar la tumba de mis padres en el aniversario de su muerte. Después de eso, regresaría a Madrid para casarme y no volvería jamás.
Un flashback rápido, no deseado, cruzó mi mente. Yo, con dieciocho años, temblando frente a él en su despacho.
"¿Qué es esto, Isabela?"
La voz de Alejandro Vargas era un témpano de hielo. Sobre su escritorio de caoba estaba mi cuaderno de bocetos, abierto en la página donde lo había dibujado a él, sin camisa, con una expresión que solo existía en mis sueños.
"Son solo dibujos, tío Alejandro."
"No me llames así con esa mirada en los ojos," siseó, su rostro una máscara de furia y algo más, algo que en ese momento no entendí. "Te vas a Madrid. A estudiar. Y no volverás hasta que yo te lo permita."
Esa fue la última vez que lo vi. Su prohibición fue una sentencia.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo, sacándome de mis pensamientos. Era Mateo.
"¿Llegaste bien, mi amor?"
Su voz, cálida y tranquila, era mi ancla.
"Sí, acabo de llegar a la hacienda. Todo está... igual."
"Solo un par de días, Isa. Luego vuelves a casa, a nuestra casa. Y en un mes, serás la señora Soler."
Sonreí. Una sonrisa genuina, algo que no había hecho en este lugar desde que era una niña.
"Te amo, Mateo."
"Y yo a ti. Cuídate."
Colgué justo cuando un coche deportivo de color rojo brillante entraba por el camino de grava, levantando una nube de polvo. Se detuvo bruscamente frente a la casa principal.
De él bajó Camila Torres.
La misma Camila que me había hecho la vida imposible en cada competición ecuestre durante nuestra adolescencia. Su sonrisa era tan falsa como siempre, sus ojos afilados como cuchillos.
"Vaya, vaya. Miren a quién trajo el viento," dijo, mirándome de arriba abajo con desdén. "La huérfana pródiga regresa."
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.
Alejandro apareció en el umbral. A sus cuarenta y dos años, se veía más imponente que nunca. El poder emanaba de él. Su mirada pasó por encima de mí y se posó en Camila con una suavidad que me robó el aliento.
"Camila, amor, no seas dura con ella," dijo, y luego se dirigió a mí, su voz volviéndose fría de nuevo. "Isabela. Saluda a mi prometida."
Mi cerebro se detuvo. ¿Prometida? ¿Él y Camila?
"Pero, Alejandro, ella..." intenté decir, recordar en voz alta la crueldad, las trampas, las humillaciones.
"Basta," me cortó en seco. Su mirada era una advertencia. "Camila es la mujer con la que me voy a casar. Aprenderás a respetarla."
No había comprensión en sus ojos. Solo una orden.
"No te preocupes, no me quedaré mucho tiempo," dije, mi voz más firme de lo que me sentía. "Solo vine a visitar a mis padres."
Él asintió, como si mi presencia fuera una simple molestia que debía tolerar.
En mi interior, tomé una decisión. Visitaría la tumba mañana, y me iría esa misma tarde. No necesitaba su permiso, ni su hospitalidad. Cerraría este capítulo para siempre.
Esa noche, en la cena, intenté hablar con él. Quería decirle que me iba a casar, invitarlo formalmente a mi boda en Madrid. Un último gesto de la niña que una vez lo adoró.
"Alejandro, hay algo que necesito decirte," comencé, justo cuando la empleada servía el tinto.
Pero Camila fue más rápida. Con un movimiento brusco y supuestamente accidental, volcó la jarra de café hirviendo sobre su propio brazo.
"¡Ahhh!" gritó, sus ojos llenándose de lágrimas. "¡Isabela, cómo pudiste!"
Alejandro se levantó de un salto. Ni siquiera me miró. Su atención estaba toda en Camila, en su piel enrojecida.
"¿¡Qué has hecho!?" me gritó, su voz llena de una furia que me paralizó. "¡No llevas ni un día aquí y ya estás causando problemas! ¡Fuera de mi vista!"
Se llevó a Camila en brazos, dejándome sola en el comedor, con el olor a café quemado y la injusticia pegada a mi piel.
El hospital olía a antiséptico y a la hipocresía de Camila.
Estaba sentada en una cama, con el brazo vendado, mientras Alejandro la atendía con una devoción que me revolvía el estómago.
"Isa, sé que no lo hiciste a propósito," dijo Camila con una voz débil y lastimera. "Pero me duele mucho. Discúlpate y lo olvidaremos todo."
Alejandro se giró hacia mí, su rostro era una máscara de impaciencia.
"¿Has oído? Discúlpate."
Me negué a moverme.
"Yo no hice nada."
La decepción en el rostro de Alejandro fue instantánea. Camila suspiró, como si mi terquedad la agotara.
"Está bien, Alejandro. No la presiones. Quizás todavía está resentida conmigo por el pasado."
Su manipulación era tan obvia, pero él no la veía.
"Isabela, te he dicho que te disculpes," insistió Alejandro, su voz bajando a un tono peligroso. "¿O es que la educación que te di no sirvió de nada?"
La injusticia era un nudo en mi garganta. Pero vi la determinación en sus ojos. No iba a escucharme. Nunca lo hacía.
"Lo siento," dije, las palabras sabiendo a ceniza en mi boca.
Vi un destello de algo en los ojos de Alejandro. ¿Era alivio? ¿O una punzada de culpa? Desapareció tan rápido que no pude estar segura.
"Necesito tomar aire," dije, buscando una excusa para huir de esa habitación sofocante.
Me di cuenta de que la gente solo ve lo que quiere ver. Y Alejandro quería ver a Camila como una víctima y a mí como la agresora.
Cuando salí al pasillo, él me siguió.
"Camila necesita descansar. Te quedarás aquí esta noche y la cuidarás," me ordenó, como si yo fuera una de sus empleadas.
Asentí en silencio.
"Y una cosa más," añadió, su voz dura. "Pronto seré su esposo. Espero que dejes de lado cualquier... idea tonta que puedas tener. Olvida el pasado."
"Ya lo he olvidado," intenté decir. "De hecho, yo también me voy a casar..."
"No me interesan tus excusas," me interrumpió, dándose la vuelta y volviendo a la habitación.
No pude evitarlo. La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.
"¿Por qué ella, Alejandro? ¿Por qué la prefieres a ella?"
Se detuvo en la puerta, pero no se giró.
"Porque ella no es una niña caprichosa que dibuja fantasías prohibidas," dijo, y cada palabra fue un golpe. "Ella es una mujer. Y no es mi responsabilidad."
Entró y cerró la puerta, dejándome sola en el pasillo.
Esa noche fue un infierno. Camila me hizo levantarme cada diez minutos por un vaso de agua, para acomodarle la almohada, para buscarle una revista. Tareas triviales, diseñadas para humillarme.
A la mañana siguiente, con ojeras y el alma por los suelos, Camila me sonrió dulcemente.
"Esta noche hay una pequeña fiesta en la hacienda para celebrar nuestro compromiso. Tienes que venir, Isabela."
"Estoy cansada. Prefiero..."
"Vendrás," dijo la voz de Alejandro desde la puerta. No era una pregunta. Era una orden.
Me sentí atrapada. Forzada a presenciar la celebración de mi propio reemplazo.