- ¡No quiero! (Exclamo en tono de capricho).
- No se trata de lo que vos querés, se trata de lo que necesitás.
May: ¿No te parece que soy demasiado grande ya para que decidas por mí?
- No (contesta con total tranquilidad, sin siquiera mirarme).
Esos son los típicos momentos en los que menos tolero a mi padre, cuando trata de controlarme, ignorando que ya no soy esa nenita que antes tanto mimaba. Ya crecí, tengo dieciocho años y hace varios meses que soy universitaria. El grave problema es que él no lo entiende, ni lo acepta o....quizás sí, pero a su modo.
Desde que era chica, tratar de ejercer cualquier clase de dominio sobre mi o hacer algo que fuera contra mi voluntad era el primer paso para ganarse mi desprecio y más aún a esta edad. Odio y siempre odié que me digan que hacer. Seré egoísta como dice mamá a veces, pero prefiero aceptar eso y ser independiente en mi vida, no que mis acciones dependan siempre de otras personas.
May: ¿Mi opinión en esta casa nunca cuenta no? (Me mira). ¿Ni siquiera cuando eso cambia algo en mi propia vida?
Suspira y, por primera vez desvía sus ojos de esa pantalla. Se quita los anteojos y los deja colgando del cuello de su camisa azul.
Tomás: Sos cabeza dura eh.
Dice y lo primero que se me pasa por la cabeza es que cambió de opinión. Cierra su notebook y se pone de pie, dejando vacío ese sillón inglés de color negro que siempre suele ocupar cuando está en casa. Visualizo a mamá bajar por las escaleras. Se acerca a nosotros cuando el está por retirarse.
Cathy: ¿A dónde vas? (Pregunta con ese tono alegre que tanto la caracteriza).
Tomás: A trabajar a otro lado, los ataques de tu hija no me dejan concentrarme (dice yéndose).
Luego de dar un par de pasos se voltea.
Tomás: Acordate que el chico nuevo te lleva a la facultad mañana.
Mamá suspira, mientras lo ve desaparecer por ese enorme pasillo que termina en la cocina por un lado y en su oficina por otro. Me dejo caer en el amplio diván, colocado en el centro del salón, delante del hogar a leña, el cual está oscuro, ya que estamos en verano. Ella toma asiento en el sillón de mi padre.
Cathy: ¿Otra vez pelearon?
May: Sabés perfectamente quien empieza las peleas mamá.
Cathy: Y....tu papá dice lo mismo de vos.
May: Mi papá dice cosas que ni él entiende.
Cathy: No digas eso. El problema no es el, sos vos (la miro). Miralo a tu hermano sino, se llevan de diez.
May (suelto una pequeña risa): Porque a Oliver le gusta que lo controlen como a un maniquí y a mi no. En eso somos diferentes...por suerte.
Dicho eso me pongo de pie y abandono el salón, subiendo a mi cuarto. Cierro la puerta detrás de mí, enciendo el Home Theatre y subo el volumen de la música a más no poder. Minutos más tarde, alguien toca la puerta. Lo ignoro. Vuelve a tocar. Bufo y la abro, maldiciendo por dentro.
May: ¿Qué querés? (Cuestiono con enojo al verlo).
- Que bajes el volumen, necesito estudiar y me explotás el cerebro con eso.
May: Uy que pena hermanito (sonrío malévolamente). Chau.
Trato de cerrar la puerta, pero apoya su mano del otro lado de ella y me lo impide.
Oliver: Hablo en serio tarada.
May (suspiro): Está bien, ahora lo bajo. Andate.
Entra, ignorándome y se sienta en la silla de mi escritorio.
Oliver: Te volviste a pelear con el, ¿no?
May: ¿Por? ¿Lo querés consolar nenito de papá?
Oliver: ¿Nunca vas a entender que todo lo que hace lo hace por vos? Es por tu bien, dejá de atacarlo por cualquier cosa.
May: Claro, contrata a un guardaespaldas para que me siga hasta a la facultad y me deje como una idiota adelante de mis amigos y es por mi bien, claro.
Oliver: Es increíble que lo único que te importa es lo que piensen de vos.
May: Andate de mi cuarto y no jodas, ¿sí?
Oliver (suspira): Ni chance de que vos madures.
May: ¡CHAU! (Grito, tirándole una de las pequeñas almohadas que se encuentran desparramadas sobre mi cama).
Finalmente se va y vuelvo a cerrar la puerta con llave. Media hora después, escucho la voz de Luisa, la única persona de la casa que me entiende o, al menos me escucha. Abro la puerta y avisa que está llamándonos a todos a cenar. Le pido que no cuente que me vió, porque no tengo hambre, aunque, honestamente sé que la verdadera razón es que no quiero ni ver la cara de mi padre. Ella promete no decir nada...de todos modos, podría haber estado dormida y ni haber oído su voz.
Le doy una breve leída a mis últimos apuntes de la facultad y, luego de una rápida ducha, me acuesto, lo que es muy raro en mí, debido a que nunca suelo dormir tan temprano.
Abro los ojos y descubro que es de día cuando suena la primera estrofa de "Summer" en mi oído. Esa canción que antes amaba y que luego odié, cuando se convirtió en mi tono de alarma de todas las mañanas. Bufo y me levanto de la forma más lenta y negligente posible. Debido a lo cálido que está el día, bajo usando un short rojo y una musculosa blanca estampada. En la cocina me encuentro con mi mamá, que desayuna mientras intercambia unas palabras con Luisa. Me uno a ellas y, luego de haber comido, salgo de casa. Apenas cierro la puerta, visualizo el Mercedes S600 negro, en el que siempre suelen llevarme a la facultad. Camino hacia el auto con la cabeza agachada, concentrada en mi celular. Cuando me acerco, escucho como alguien abre la puerta y ocupo el lado derecho del asiento trasero, sin siquiera levantar la vista. Segundos después, aun sigo en mi lugar con el teléfono en mis manos cuando una extraña voz me hace reaccionar.
- ¿Se abrocha el cinturón por favor?
May: ¿Qué? (Pregunto, ignorando su presencia).
- Que se abroche el cinturón. Sino no puedo arrancar.
De todos los hombres que alguna vez trabajaron o trabajan para mi padre, nunca nadie me dirigió palabra alguna si no fui yo la que preguntó algo. Me sorprende la actitud de este nuevo guardaespaldas. Levanto la vista con enojo, planeando "callarlo", hacer que encienda el motor sin decir más idioteces y entonces lo veo por primera vez, mirándome con una pequeña sonrisa formada en sus labios, gesto que nunca noté de otros como él.
Obedezco, aunque con algo de enojo por su clara libertad a la hora de relacionarse conmigo. Apenas escucho el chasquido que produce mi cinturón al abrocharse, el sonido del motor del auto hace notar su presencia y el acelera, con su mirada fija en el camino. Veo como rodea la fuente circular de mármol que se encuentra enfrente de la casa y frena al aproximarse al enrejado. Otro de los guardias se acerca, abre ese portón negro y el vuelve a acelerar, saliendo a la calle. Escucho el crujido de las vallas de metal detrás de mí y el choque entre ellas, cerrando la única entrada a la casa.
Observo al chico desconocido varios segundos a través del espejo retrovisor y bajo la mirada al sentir la vibración de mi celular sobre mis piernas.
- Llegamos (dice de repente, sobresaltándome).
Miro a mi alrededor y no tardo en reconocer el campus de la facultad. Me asombra el hecho de haber estado tan distraída con mi teléfono y ni haber notado el recorrido de ese viaje que siempre suele durar más de diez minutos. El apaga el motor y sale del auto, abriendo mi puerta segundos después. Tomo mi mochila vintage, desciendo del vehículo y entonces la vuelve a cerrar.
May: Salgo a las dos (digo mientras guardo mi celular).
- Igual tengo que esperar acá.
May: ¿Vas a esperar más de cinco horas?
Asiente.
May: ¿Para qué?
- Me exigen eso.
May (bufo): Por mi te podés ir. No me sirve de nada que estés acá.
- No puedo.
May: ¿Por? (Pregunto levantando las cejas).
- Me despedirían.
May: Si se enteraran, pero no lo van a hacer. Confiá en mí.
- ¿En serio?
May: Si obvio. Andá.
Vuelve a sonreír y mis ojos no tardan en clavarse en él. No sé porque lo hago, si siempre "maltraté" a los empleados de la casa, excluyendo a Luisa.
- Gracias (dice algo tímido).
May: De nada (contesto yéndome).
Habiendo caminado ya varios pasos, me volteo y lo observo mientras se quita el saco para dejarlo en el asiento trasero, quedando solo en camisa blanca. Se desabrocha los botones de los puños y se remanga casi hasta los codos, aflojando también el nudo de su corbata bordó. Se despeina un poco el pelo, dejando caer un ligero flequillo sobre su frente y sube al auto. Vuelvo a voltear cuando enciende el motor, para así evitar que me vea al pasar. Segundos después el auto ya no aparece a mi vista.
Camino hacia las extensas escaleras que llevan hacia el interior de la facultad de medicina de una de las universidades más caras del país. Estoy por llegar a la puerta cuando alguien me jala del brazo.
May: Ay, tarada...
Mía: ...que sos.
May: ¿Hola no?
Se ríe y me saluda.
Mía: ¿Pero en serio no me viste? ¿Qué estás ciega boluda?
May: Dormida estoy.
Mía: Mmm...para mirar al chico ese no estabas tan dormida.
May: ¿Qué? (Pregunto frunciendo el ceño).
Mía (ríe): Nada, vamos.
En un rato libre que tengo a mitad del día, no me es difícil notar como alguien me mira fijamente desde el otro extremo de la cafetería y tampoco cuesta reconocerlo. El peinado que lleva y la forma de vestir son algo muy típico de él e inconfundibles aún a varios metros. Es Agustín, el chico nerd y tímido con el que siempre suelo cruzarme en el laboratorio. Cuando capta que ya percibí su mirada, se voltea y baja la cabeza, fingiendo que come. Aunque siempre lo negué, creo que comienzo a aceptar la teoría de Mía de que le gusto.
- Acá estoy (dice sentándose delante mío).
May: Ya era hora lenteja.
Mía: La fila es más larga que los bigotes del profesor de anatomía, ¿qué querés que haga?
Me río ante su comentario y abro mi botella de agua mineral.
Mía: Otra vez te mira (comenta haciendo un gesto con los ojos hacia Agustín).
May: Si, ya sé.
Mía: ¿A la salida vamos a la playa?
Recuerdo mi odiosa realidad a partir de hoy. Ya no solo tengo a uno de los choferes de papá detrás mío, sino un guardaespaldas cuyo trabajo consiste en nada más y nada menos que seguirme a donde quiera que yo vaya. Ir a la playa ya no es otro escape de casa, sino que implica ir con él y que se quede ahí, esperándonos y dejando en evidencia que no es solo un amargo chofer, sino algo mucho peor. No quiero que Mía se entere de eso. No quiero que nadie se entere, sería una burla.
Mía: Tomo ese silencio como un sí (dice de la nada, sorprendiéndome).
May: ¿Qué? No, es que yo...
Mía: Vos nada. Vamos sí o sí.
Agrega para luego darle otra mordida a su sándwich, mientras mi cabeza se tortura, tratando de encontrar alguna forma de ocultar que tengo un guardaespaldas y que casualmente es el chico al que tanto miraba, cuyo nombre ni sé.
Termino de juntar todas mis pertenencias y al ponerme de pie visualizo que Mía está hablando con el profesor a unos metros. Como veo que va a tardar, aprovecho para salir del aula y abandonar el edificio a las corridas. Ya estando en el campus, solo me basta con caminar un par de metros para reconocer el auto en el que vine por la mañana. Me acerco y tomo asiento de forma desprevenida. Noto que él se altera.
- Perdón...tendría que haber abierto la puerta yo.
May: No te preocupes, no pasa nada. Te tengo que pedir un favor (digo hablando rápidamente).
- Claro.
May: Date la vuelta.
Se voltea y me mira a los ojos, desentendido.
May: Ahora va a venir una amiga mía para que vayamos a la playa y necesito que finjas que sos solo un chofer.
- ¿Qué?
May: Apenas nos alcances allá te vas.
- No voy a hacer eso (dice con total seriedad).
May: Si.
- No.
May: Lo hacés.
- Dije que no.
Contesta con total tranquilidad, logrando frustrarme al doble.
May: Mirá...lo hacés o le digo a papá que, en vez de esperarme, desapareciste cinco horas mientras yo estaba ahí adentro (manipulo, señalando el edificio de la facultad).
- Pero vos me dijiste que hiciera eso.
May: Pero él no lo sabe. ¿Y a quién te pensás que le va a creer?
Suspira rendido y me doy cuenta de la pequeña decepción que se lleva de mí. Vuelve a girar en su asiento y no dice más nada hasta que Mía aparece, sentándose a mi lado.
Mía: ¿Por qué no me esperaste forra? Te estaba...
De repente ve al chico nuevo y me sonríe pícara. Le lanzo una mirada asesina, evitando que diga algo ridículo y solo suelta una pequeña risa, acomodándose en su lugar.
May: Perdón... ¿qué esperás para arrancar?
Cuestiono en tono de reproche, tratando de relacionarme como siempre hice con los de su tipo, con la esperanza de poder ahorrarme las absurdas ideas que la cabeza de Mía podría imaginar. El obedece algo disgustado, aunque prefiero no quejarme, ni comenzar una discusión. Llegamos en menos de quince minutos y sale del auto, abriéndome la puerta. Mi amiga ya se encuentra a una notable distancia del vehículo y camina hacia la arena. Estoy a punto de bajar cuando...
- ¿Qué le avergüenza?
May: ¿Qué?
- ¿Qué le avergüenza? ¿Tener un guardaespaldas o que ese insoportable sea yo?
Lo miro confundida, quedando muda ante su pregunta, mientras él solo mira en otra dirección, apenado, apoyando uno de sus hombros sobre la puerta abierta. Se me hace extraño que me trate de "usted", si bien ya estoy acostumbrada a eso de parte de todos los hombres que trabajan en casa, ninguno de ellos es tan joven, de una edad tan similar a la mía.
May: No me avergonzás.
Baja su mirada y esta choca con la mía, sonríe tímidamente con ternura en su rostro, pero sin hacer notar sus dientes, haciéndome reaccionar. "¿Por qué dije eso?", me pregunto a mí misma sin despegar mis ojos de los suyos. ¿Por qué su sonrisa me es tan adictiva? ¿Por qué me cuesta tratarlo como a cualquier otro empleado? ¿Por qué lo observé tan hipnotizada esta mañana? Aunque me parezca absurdo, sé que no tengo respuesta alguna para esas preguntas, ni mucho menos para las últimas tres.
Abandono el auto y el cierra la puerta detrás de mí. Me alejo varios metros del auto y vuelvo a escuchar su voz.
- ¿A qué hora vengo? (Pregunta desde lejos).
May (me volteo): EN UNA HORA (Grito para recibir otra mueca de su parte y entrar a la cálida playa).