Mi vida era un sueño en el soleado Sevilla, esposa del famoso torero Máximo y madre de nuestros dos niños, Leo y Sofía.
Pero el Día de la Feria, las risas de mis hijos se convirtieron en gritos cuando la amante de Máximo, Scarlett, nos secuestró a punta de pistola y nos llevó a un tentadero privado.
Allí, delante de mis ojos, Máximo, el hombre que juró amarme, se rió de mi sufrimiento, me negó y, peor aún, bajo la cruel mirada de Scarlett, apuñaló a nuestros hijos con las banderillas que un torero usa en la plaza.
El golpe final llegó cuando mi marido se arrodilló ante mí, clamando inocencia y prometiendo venganza, como si no hubiera sido él mismo quien había matado a nuestros pequeños.
A través de las lágrimas que no podía contener, una única certeza heló mi corazón: mi dolor sería ahora el arma más afilada en una venganza que él jamás vería venir.
El sol de Sevilla calentaba el cuero de los asientos del coche, un calor familiar y reconfortante. Mis hijos, Leo y Sofía, reían en el asiento trasero, emocionados por la Feria de Abril y la promesa de algodón de azúcar y paseos en calesa. Hoy cumplían seis años.
"Mamá, ¿papá vendrá pronto?" preguntó Sofía, sus ojos grandes y oscuros, iguales a los de su padre, brillando de expectación.
"Claro, mi amor," le aseguré, ajustando el clavel rojo en mi pelo. "Papá está terminando en la plaza, pero nos encontrará allí. Ya sabes cómo es, el gran Matador no puede hacer esperar a su público."
Pero nunca llegamos a la feria.
En una calle estrecha y adoquinada, una furgoneta negra nos cortó el paso. Dos hombres corpulentos salieron, sus rostros impasibles. El pánico me heló la sangre. Intenté dar marcha atrás, pero otro coche bloqueó la salida. Rompieron la ventanilla, el sonido del cristal haciéndose añicos se mezcló con los gritos de mis hijos. Me sacaron a rastras del coche, me taparon los ojos con una venda áspera y me amordazaron con un paño que olía a cloro.
Me empujaron dentro de la furgoneta. Solo podía oír los sollozos aterrorizados de Leo y Sofía. Intenté gritar, decirles que mamá estaba aquí, que todo iría bien, pero solo un gemido ahogado salió de mi garganta.
El viaje fue corto. El olor a polvo, sudor animal y sangre seca me dijo dónde estábamos antes de que me quitaran la venda: una plaza de toros de entrenamiento privada, un tentadero aislado en mitad de la nada.
Y entonces la vi. Scarlett Ramirez, apoyada con aire casual en la barrera, vestida con un traje de luces femenino hecho a medida que brillaba obscenamente bajo el sol. Su sonrisa era un corte rojo y cruel en su rostro perfectamente maquillado.
Mis hijos estaban allí, colgados de los postes de madera que se usan para entrenar, sus pequeños cuerpos balanceándose como muñecos de trapo.
"Lina, querida," dijo Scarlett, su voz goteando un falso dulzor. "Qué sorpresa verte. Pensé que estarías ocupada horneando un pastel o algo así."
Se acercó, sus tacones resonando en el suelo polvoriento.
"Verás, Máximo necesita un poco de práctica antes de la gran corrida de esta noche. Y he pensado que podríamos proporcionarle un incentivo... especial."
El horror me paralizó. Luché contra mis ataduras, el pánico dándome una fuerza que no sabía que tenía.
"¡Máximo! ¡Máximo, por favor!" grité contra la mordaza, el sonido distorsionado y patético.
Justo en ese momento, él llegó. Mi marido. El "Príncipe de los Toreros". Caminaba con esa arrogancia suya, impecable en su ropa de calle. Vio a Scarlett, luego a mí, una mujer atada y amordazada, y finalmente a los niños.
Una sonrisa lenta y perezosa se dibujó en su rostro.
"Scarlett, mi vida, siempre tan creativa," dijo, su voz era la misma que usaba para susurrarme palabras de amor por la noche. Se acercó a ella y la besó, un beso largo y posesivo, justo delante de mí.
Luego, su mirada se posó en mí, fría y despectiva.
"¿Y quién es esta loca? ¿Alguna fan obsesionada?"
Mi mundo se hizo añicos. El hombre al que le había entregado mi vida, mi carrera, mi fortuna familiar, el padre de mis hijos, me miraba como si fuera una completa desconocida.
"Máximo, soy yo, ¡soy Lina!" mi voz era un murmullo ahogado por la tela, incomprensible.
Me retorcí, intentando desesperadamente que me reconociera. Señalé a los niños, luego a mí misma, mis ojos suplicando.
Él solo se rio. Una risa hueca que resonó en la plaza vacía.
"Parece que está tratando de decir algo," se burló, acercándose a mí. Se agachó, su rostro a centímetros del mío. El olor de su colonia, la misma que le regalé por nuestro aniversario, me revolvió el estómago.
"Tranquila, mujer. Todo acabará pronto."
Su teléfono sonó. Lo sacó del bolsillo con un gesto elegante. Miré la pantalla. Era mi propio número. Lo había programado para que mi foto apareciera cuando llamara. Nuestra foto de boda.
Él contestó, poniendo una voz cargada de amor y preocupación.
"¿Cariño? ¿Lina, mi amor, dónde estáis? Os estoy esperando. Los niños deben estar tan emocionados."
Una pausa. Escuchaba mis propios gritos ahogados a través del teléfono que él sostenía.
"¿Qué es ese ruido? ¿Estás bien? No te oigo bien, mi vida. Estoy aquí, en la joyería, mirando un regalito para Sofía. ¿Crees que le gustará más el collar de perlas o el de diamantes?"
Me miró directamente a los ojos mientras hablaba, una crueldad helada en su sonrisa. La venda me apretaba, las lágrimas me quemaban la piel, pero no podía apartar la vista de la monstruosidad que tenía delante.
Scarlett aplaudió suavemente.
"Qué romántico. Eres un marido tan devoto, Máximo."
"Siempre, mi reina," respondió él, sin dejar de mirarme. "Mi familia es lo primero."
Colgó la llamada. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Se giró hacia Scarlett.
"Bueno, ¿empezamos la función?"