Odiaba a mi hermano Gabriel. Me culpaba por la muerte de nuestros padres y me trataba como basura. Mi prima Ximena, a quien él adoraba, me hacía la vida un infierno en secreto.
Cuando por fin encontré el amor y el valor para enfrentarlo y escapar de esa casa, un coche me atropelló y morí.
Ahora, como un fantasma, lo veo consumirse por la culpa.
"¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente?", gritaba, sin saber que yo flotaba a su lado.
Él no tenía idea de que su preciada Ximena era la víbora que me había atormentado durante años, ni que su indiferencia me había empujado a la tumba.
Pero la muerte no fue el final. Fue el comienzo de mi venganza.
Ahora, atrapada entre dos mundos, observo cómo la verdad sale a la luz, destruyendo todo lo que él creía saber y arrastrándolo a una locura de la que no podrá escapar.
Capítulo 1
Renata POV:
Lo odiaba. Odiaba a Gabriel, mi propio hermano, con una intensidad que quemaba mi alma hasta mucho después de que mi cuerpo hubiera dejado de existir. ¿Por qué, Gabriel? ¿Por qué nunca pudiste verme? ¿Por qué el odio era lo único que tenías para ofrecerme?
Su voz resonaba en mi memoria, fría como el hielo de un invierno eterno. "No sé de qué hablas, Renata. Siempre fuiste un problema. Un peso." Cada palabra era una bofetada. Cada vez. Anoche, el destino decidió que mi sufrimiento había durado demasiado. Una luz cegadora. El chirrido de unos neumáticos. Y luego, nada.
Mi vida se apagó en un instante. Un impacto brutal, seco, que me arrancó de la existencia. Pero yo lo veía. Ahora, él se arrastraba por la casa, una sombra de lo que fue. Su mente, antes tan aguda, ahora era un laberinto de culpa y arrepentimiento. Se había vuelto loco, poco a poco. Loco por mí.
La muerte. Paradójicamente, la muerte me trajo una paz que la vida jamás me concedió. Fue como quitarme un peso de siglos de encima. Tenía dieciocho años. Dieciocho años de respirar un aire que siempre me pareció enrarecido, sucio. Ahora, por fin, era libre.
El golpe me lanzó por los aires. Sentí un dolor punzante, como mil agujas atravesándome, pero fue fugaz. Un breve estallido de sensaciones antes de la oscuridad. Agradecí que fuera rápido. Agradecí no haber tenido tiempo de sentir el miedo paralizante, de luchar por una vida que no quería.
Mi cuerpo. Bueno, lo que quedaba de él. Estaba destrozado, irreconocible en algunos lugares. Una muñeca de trapo rota en el asfalto. Pero yo no era mi cuerpo. Yo era una brisa fría, un susurro invisible que flotaba sobre la escena. Podía verlo todo, sentirlo todo, pero ya nada me afectaba físicamente.
La gente se agolpaba. Sus rostros eran un lienzo de horror y piedad. Murmullos de "Qué tragedia", "Tan joven", "Pobre criatura". Lágrimas sinceras, al menos esas sí lo eran. Mi nueva forma, esta alma errante, siguió a mi cuerpo inerte. Floté junto a la ambulancia, observando cómo mi envoltorio mortal era tratado con una delicadeza que nunca conocí en vida.
En el hospital, las luces eran blancas y frías. Manos expertas examinaron lo que quedaba de mí. Susurros médicos, términos que ya no importaban. Después, el destino final de todos los cuerpos: la morgue. Una sala aún más fría, con más luces blancas. Fui depositada en una de esas gavetas metálicas.
Unos minutos después, una enfermera y un médico revisaron mi ropa destrozada. Buscaban algo, una pista, un nombre. No encontraron nada. Ni cartera, ni identificación, ni teléfono. Era una incógnita, incluso en la muerte. La enfermera suspiró. "Qué lástima. Tan joven, y mira qué cara tan bonita tenía antes del impacto."
El médico asintió con tristeza. "Parece menor de edad. Pobre de su familia, si es que la tiene. El dolor que sentirán..." Ah, sí. La ironía. Mi cartera, mi teléfono, todo lo que me conectaba con el mundo, había desaparecido la noche anterior. Robado. Qué conveniente para mi hermano. Mi identificación, mis tarjetas, incluso el poco dinero que tenía. Y mi teléfono, el único medio para contactar con Daniela y Tristán.
El robo ocurrió justo después de la última gran pelea con Gabriel. ¿Coincidencia? Ya no creía en ellas. La verdad es que no recuerdo todo lo que llevaba. Mi mente estaba hecha un desastre esa noche. Dolor, rabia, y la desesperación de escapar. La enfermera, una mujer de mediana edad con ojos cansados, me limpió con delicadeza. Vi una lágrima silenciosa rodar por su mejilla. Una lágrima por una desconocida. Algo que Gabriel nunca me dio.
Me pregunté qué expresión tendría Gabriel cuando se enterara. ¿Horror? ¿Sorpresa? ¿O quizás una extraña sensación de alivio? Mi alma, ahora libre, quería respuestas. ¿Cuánto tardaría en venir por mí? ¿O simplemente me dejaría pudrirme en este frío cajón, olvidado, como siempre?
Renata POV:
Floté de regreso a esa mansión. Ese lugar al que una vez llamé hogar, aunque nunca sentí su calor. La casa era tan grande, tan lujosa, pero siempre estuvo vacía. Era un mausoleo envuelto en mármol y silencio, un espejo perfecto de mi propia vida. Nada me había dado allí más que un techo sobre mi cabeza.
Gabriel estaba en su estudio. Las luces de los focos de la mesa de trabajo proyectaban sombras afiladas en los contornos de su rostro, haciendo que sus rasgos parecieran aún más duros. Su mandíbula, tensa, y sus ojos, irritados, delataban su humor. Estaba furioso. Se movía sin descanso, golpeando el escritorio.
Consultó su reloj con impaciencia. Cinco minutos. Diez. Quince. Luego lanzó el teléfono sobre la mesa, con un sonido hueco y molesto. Intentó llamar de nuevo, pero nadie contestó. Por fin, harto, gritó, "¡Maldita sea!" Y colgó con la fuerza suficiente para que el aparato rebotara.
En un arrebato de rabia, barrió todo lo que había sobre el escritorio al suelo. Plumas, papeles, una taza de café a medio beber. Todo. Los objetos se dispersaron con un estruendo seco. Gabriel siempre había sido así. Explosivo. Con un temperamento que se encendía como la pólvora.
"¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente? ¡Te has vuelto tan rebelde!" Era mi nombre, pero no el mío. Era el nombre de un fantasma que había huido de las calles donde me habían dejado. Se quejó de que lo había borrado de mi teléfono. "¡Ni siquiera me tienes en tus contactos! ¡¿Qué clase de hermana eres?!"
Siguió con su rutina de destrucción, golpeando la mesa, maldiciendo al aire. "¡Que te den! ¡Ojalá te vayas y no regreses nunca! ¡Ojalá te mueras!"
Sus palabras me atravesaron. A pesar de todo, a pesar de estar muerta, una punzada de dolor helado se clavó en lo que quedaba de mi corazón. Era una sensación tan familiar, tan esperada, que casi me hizo sonreír con amargura. No pude contener la tristeza que afloró a mi alma, una tristeza que la muerte no había logrado borrar.
"Ya estoy muerta, Gabriel," susurré, aunque él no podía oírme. "Y aun así, tus palabras duelen más que el golpe que me quitó la vida."
El sol se ponía por la ventana, el último rayo de luz se desvanecía en el horizonte. Con él, sentí que la última chispa de calor que me quedaba también se extinguía. Dejé de ser una presencia triste, y me convertí en un eco congelado. La soledad era mi única compañera.
Renata POV:
El odio de Gabriel no era infundado, lo sabía. Aunque lo que él creía era una verdad distorsionada, una sombra oscura que había consumido su alma. Él me culpaba. Me culpaba por la muerte de nuestros padres, o más bien... de nuestra madre.
Mi madre murió el día que yo nací. Un accidente de coche camino al hospital. Un impacto frontal. Yo, un bebé prematuro, fui sacada de su vientre en una cesárea de emergencia. Ella no lo resistió. Se fue conmigo llegando al mundo. Fue un intercambio cruel. Vida por vida.
Años después, supe que sus últimas palabras no fueron de reproche, sino de amor. "Dile a mi pequeña Renata que la amo. Que siempre la amaré. Que la perdone, Gabriel." Lo escuché del propio Gabriel, en una de sus noches de borrachera. Su voz, pastosa y llena de dolor, liberó esa confesión. Cuando estaba sobrio, era un muro de hielo. Nunca me miraba, nunca me hablaba, a menos que fuera para regañarme o para decirme lo mucho que le pesaba mi existencia.
Nuestro padre... él también se fue. Hace poco. Se suicidó. Me enteré por los periódicos. Gabriel me impidió leer la carta de despedida de papá. "No te incumbe," dijo. Me prohibió ir al funeral. "No mereces estar allí." Quizás tenía razón. Quizás papá tampoco quería verme.
Gabriel, diez años mayor que yo, creció con el peso del mundo sobre sus hombros. Nuestro padre, ahogado en la pena por la muerte de mamá, hundió la empresa familiar en la ruina. Gabriel, un genio en la arquitectura, se graduó de la universidad antes de tiempo. Con veintidós años, tomó las riendas de la empresa. La levantó de las cenizas. La hizo prosperar. La convirtió en un imperio.
Su vida no fue fácil, para nada. Lo veía. Sus ojeras, su espalda encorvada por el cansancio. A veces, cuando llegaba tarde, le dejaba una bebida para la resaca en su mesita de noche. Le preparaba comida casera para que no se arruinara el estómago. Le compraba gotas para los ojos, vitaminas, e incluso le cambié la lámpara de su estudio por una mejor, todo con el dinero que ahorraba de mi mesada. Hacía lo mismo que mamá. Planchaba su ropa, esperando que, de alguna manera, sintiera mi cariño.
Quería aliviar su carga, aunque fuera en silencio. Sin Gabriel, yo no tendría nada. No viviría en esta casa que, a pesar de su frialdad, era un hogar. Aunque no me importaba el lujo. Solo quería una familia. Quería que Gabriel supiera que me preocupaba por él.