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El Mariachi Quebró Mi Amor

El Mariachi Quebró Mi Amor

Autor: : Orange
Género: Suspense
La música de mariachi aún vibraba en el aire de Ciudad de México, pero para mí, Ricardo Mendoza, era solo el telón de fondo de mi irremediable invisibilidad, el \"novio de Sofía Del Valle\", la chef de moda, a quien le había dedicado siete años de mi vida. Pero esa noche, en su fiesta de celebración, el brillo de Sofía se convirtió en una sombra insoportable cuando su exnovio, Alejandro "El Gourmet" Sánchez, no dejó de lanzarle miradas cómplices que terminaron en un \"accidente\" dramático de Sofía en los brazos de Alejandro, dejándome como el idiota con la guitarra. Ver a Alejandro cargarla como un héroe y después alardear sobre sus \"viejos tiempos\" frente a mí, me hizo sentir la humillación quemarme la cara, mientras sus amigos me observaban con burla y compasión. ¿Cómo era posible que después de tantos años de sacrificarme por ella, de convertirme en su "tapete", ella me tratara con ese desprecio, con esa crueldad pública, sin una pizca de arrepentimiento? Pero en ese instante, algo se rompió dentro de mí. Un lobo que había estado dormido durante siete años, finalmente mostró los dientes. Respondí con una calma glacial que la desarmó, les di la espalda y, por primera vez, actué por mí: la red de seguridad de Sofía, se había roto.

Introducción

La música de mariachi aún vibraba en el aire de Ciudad de México, pero para mí, Ricardo Mendoza, era solo el telón de fondo de mi irremediable invisibilidad, el \"novio de Sofía Del Valle\", la chef de moda, a quien le había dedicado siete años de mi vida.

Pero esa noche, en su fiesta de celebración, el brillo de Sofía se convirtió en una sombra insoportable cuando su exnovio, Alejandro "El Gourmet" Sánchez, no dejó de lanzarle miradas cómplices que terminaron en un \"accidente\" dramático de Sofía en los brazos de Alejandro, dejándome como el idiota con la guitarra.

Ver a Alejandro cargarla como un héroe y después alardear sobre sus \"viejos tiempos\" frente a mí, me hizo sentir la humillación quemarme la cara, mientras sus amigos me observaban con burla y compasión.

¿Cómo era posible que después de tantos años de sacrificarme por ella, de convertirme en su "tapete", ella me tratara con ese desprecio, con esa crueldad pública, sin una pizca de arrepentimiento?

Pero en ese instante, algo se rompió dentro de mí. Un lobo que había estado dormido durante siete años, finalmente mostró los dientes. Respondí con una calma glacial que la desarmó, les di la espalda y, por primera vez, actué por mí: la red de seguridad de Sofía, se había roto.

Capítulo 1

La música de mariachi se apagó, pero el murmullo de la fiesta en casa de Sofía seguía vibrando en el aire. Era una de esas noches en la Ciudad de México donde el calor del día se rendía ante una brisa fresca que entraba por el balcón. Yo sostenía mi guitarra, el único objeto que me hacía sentir menos como un adorno en la vida de mi novia y más como Ricardo Mendoza. Para el resto, era solo el novio de Sofía Del Valle, la prometedora chef cuyo nombre ya sonaba en los círculos más exclusivos de la gastronomía.

Llevábamos siete años juntos. Siete años en los que aprendí a hacerme pequeño para que ella pudiera brillar más.

La fiesta era por su más reciente éxito: una reseña espectacular en la revista culinaria más importante del país. El autor de esa reseña, Alejandro "El Gourmet" Sánchez, estaba aquí. Y no era una coincidencia. Alejandro no solo era el crítico de moda, también era el exnovio de Sofía.

Lo vi moverse por la sala con la seguridad de un depredador. Su traje caro contrastaba con mi sencillo traje de charro, que ahora sentía fuera de lugar. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, una sonrisa burlona se dibujaba en su cara.

De repente, un grito ahogado vino del pasillo que llevaba a los baños.

"¡Ayuda!"

Era la voz de Sofía.

La gente se giró. Antes de que yo pudiera reaccionar, Alejandro ya estaba corriendo hacia allá. Me quedé paralizado, con la guitarra en las manos, sintiendo las miradas de todos sobre mí. Unos segundos después, Alejandro salió del pasillo cargando a Sofía en brazos, como un héroe de película.

"Se resbaló en el baño, el piso estaba mojado", anunció Alejandro a la multitud, con una voz falsamente preocupada.

Sofía tenía los ojos cerrados, el cabello un poco revuelto y su vestido de diseñador ligeramente desarreglado. Parecía una damisela en apuros. Pero yo la conocía. Conocía cada uno de sus gestos. Esto era un teatro, y yo era el único espectador que no aplaudía.

Alejandro la depositó con cuidado en el sofá más grande, y la gente se arremolinó a su alrededor. Él se arrodilló a su lado, le acarició la mejilla y le susurró algo al oído. Sofía abrió los ojos lentamente y le sonrió, una sonrisa íntima que yo no había recibido en meses.

La tensión en la sala era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. La amiga de Sofía, Isabella "La Fiera" Gómez, se acercó a mí.

"Ricardo, no hagas una escena. Sabes cómo es Sofía, le encanta la atención".

Pero no era solo eso. Alejandro levantó la vista y me miró directamente. Su sonrisa ahora era de pura victoria.

"Recuerdo cuando se cayó de la cama en nuestro viejo departamento en la Condesa. Tenía la misma cara de susto. Le tuve que dar un masaje en los pies toda la noche para que se calmara".

El comentario cayó como una bomba. Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Algunos amigos de Sofía soltaron risitas nerviosas. Sentí la sangre subir a mi cara, una humillación pública, cocinada a fuego lento. Todos esperaban mi reacción: un grito, un golpe, un escándalo.

Pero algo dentro de mí, algo que había estado dormido durante siete años, se movió.

Respiré hondo. Miré a Alejandro, luego a Sofía, que ahora me observaba con una mezcla de desafío y nerviosismo.

Avancé hacia ellos, con una calma que sorprendió a todos, incluyéndome a mí.

"Qué bueno que estás aquí para cuidarla, Alejandro".

Me detuve frente al sofá.

"De hecho, mi habitación está al fondo a la derecha. Es más cómoda que el sofá. Llévala allí para que puedan 'resolver sus asuntos' con más privacidad. No quiero que se sienta incómoda".

La sonrisa de Alejandro se congeló. Sofía me miró con incredulidad, como si no reconociera al hombre que tenía enfrente. El murmullo de la gente se convirtió en un silencio sepulcral.

No esperé una respuesta. Les di la espalda y caminé hacia el balcón, sintiendo docenas de ojos clavados en mi nuca.

Mi corazón latía con fuerza, no de ira, sino de una extraña y dolorosa liberación. Durante siete años, había sido el tapete de Sofía. El mariachi de pueblo que tuvo la suerte de salir con la reina de la cocina. Había aguantado desplantes, humillaciones y el desprecio silencioso de su familia y amigos.

Recordé la vez que vendí la guitarra de mi abuelo, mi posesión más preciada, para comprarle un collar de diamantes para su cumpleaños. Ella lo miró, sonrió forzadamente y dijo: "Gracias, mi amor. Aunque no es mi estilo". Nunca se lo puso.

Recordé las innumerables veces que canceló nuestros planes a última hora para ir a un evento "importante" con gente de su círculo, dejándome solo con la cena que había preparado para ella.

"Siempre eres tan comprensivo, Ricardo. Por eso te amo".

Esa era su frase. Su manera de justificar cada una de sus acciones egoístas. Y yo, cegado por el amor, me lo creía.

La puerta del balcón se abrió de golpe. Era Sofía. Su cara estaba roja de furia.

"¿Se puede saber qué demonios fue eso, Ricardo?"

Su voz era un susurro enojado.

"¿Humillarme así, delante de todos mis amigos? ¿De mi familia?"

"¿Humillarte?", pregunté, sin voltear a verla. Mi voz sonó extrañamente tranquila. "Yo solo ofrecí una solución práctica. Parecían muy cómodos juntos".

"¡Eres un idiota! ¡Estás insinuando que te estoy engañando!"

Me giré para enfrentarla. Por primera vez en mucho tiempo, la miré a los ojos sin miedo.

"Yo no estoy insinuando nada, Sofía. Tú y él son los que están actuando. Yo solo les di el escenario".

Se quedó sin palabras por un segundo, su boca abierta en una mueca de asombro.

"Estás arruinando mi noche. Mi gran noche".

"No, Sofía. Tú la arruinaste cuando decidiste montar este circo".

"¡Me voy! ¡No puedo soportar tu actitud!", dijo, esperando que yo la detuviera, que le rogara que se quedara. Como siempre hacía.

"Está bien", dije simplemente. "Que te vaya bien".

Se quedó helada.

"¿Qué?"

"Dije que está bien. Si quieres irte, vete. Pero yo me quedo. Esta también es mi casa, ¿recuerdas?"

"¡Eres increíble! ¡Siempre arruinándolo todo! ¡Eres un aguafiestas!", gritó, antes de darse la vuelta y entrar de nuevo a la sala, dando un portazo.

Me quedé solo en el balcón, escuchando el murmullo de la fiesta reanudarse, más bajo esta vez. La brisa nocturna se sentía bien en mi cara acalorada. No sentía triunfo. No sentía alegría. Solo un vacío profundo y agotador.

La gota que derramó el vaso no había sido el comentario de Alejandro, ni la caída fingida de Sofía. Había sido mi propia reacción. La calma. La indiferencia.

Algo se había roto dentro de mí esa noche. Y supe, con una certeza aterradora, que ya no había vuelta atrás.

El lobo sumiso finalmente estaba mostrando los dientes.

Capítulo 2

No me moví del balcón. Escuchaba las risas forzadas y las conversaciones que intentaban sonar normales dentro de la casa. Decidí quedarme. Irme sería darle la razón a Sofía, sería admitir que era el "aguafiestas". Pero quedarme no significaba participar en su juego.

Saqué mi teléfono y unos audífonos. Busqué una vieja grabación de un concierto en Garibaldi, cuando todavía tocaba con mis amigos de la infancia, antes de que la vida de Sofía absorbiera la mía. La voz potente de los mariachis llenó mis oídos, ahogando el ruido de la fiesta. Cerré los ojos y me concentré en la música, en los acordes de la vihuela, en el lamento del guitarrón. Era mi mundo, un mundo que había abandonado por ella.

Mi mente se abstrajo por completo. Dejé de pensar en Sofía, en Alejandro, en la humillación. Solo existía la música. Sentí una paz que no había experimentado en años. Era como encontrar un oasis en medio del desierto de mi relación.

Después de un rato, que pudieron ser minutos u horas, sentí una presencia a mi lado. Abrí los ojos. Era Isabella, la abogada, mirándome con una expresión indescifrable.

"¿Estás bien?", preguntó.

Me quité un audífono. "¿Por qué no lo estaría?"

Ella sonrió de lado. "Buena respuesta. Pero allá adentro las cosas se están poniendo... interesantes".

No pregunté. No quería saber. Pero ella continuó de todos modos.

"Sofía llevó a Alejandro a tu habitación. Dijo que le dolía la cabeza y necesitaba descansar. La puerta está cerrada".

Sentí un pinchazo de dolor, pero fue débil, lejano. Como un eco de una herida antigua.

"Bueno, espero que descanse", dije, y volví a ponerme el audífono.

Isabella se quedó mirándome, claramente sorprendida por mi falta de reacción. Se encogió de hombros y volvió a entrar.

La música siguió sonando, pero ahora mi mente estaba un poco más presente. Podía escuchar, por encima de los violines, los murmullos de un grupo de personas que se había reunido cerca de la puerta del balcón.

"Pobre güey", dijo una voz masculina que no reconocí. "Le están poniendo los cuernos en su propia casa y ni se inmuta".

"Shhh, te va a escuchar", susurró una mujer.

"¿Y qué? Es un naco con suerte. Sofía es demasiado para él. Era cuestión de tiempo".

Apreté la mandíbula. El viejo Ricardo se habría encogido, habría buscado un rincón para esconder su vergüenza. Pero el nuevo Ricardo, el que nació esta noche, estaba harto.

Me levanté, me quité los audífonos y caminé directamente hacia el grupo. Eran tres, dos hombres y una mujer, todos amigos de Sofía del club de polo. Me miraron con pánico, como niños atrapados haciendo una travesura.

"¿Decían algo de mí?", pregunté, mi voz tranquila pero firme.

El que había hablado, un tipo rubio con una camisa rosa, tartamudeó. "No, no, para nada. Solo comentábamos... la música".

"Ah, la música", dije, asintiendo lentamente. "Sí, es buena. Es de mi tierra. No creo que en su club de polo escuchen mucho de esto, ¿verdad? A menos que sea para que los meseros se sientan como en casa".

La mujer ahogó una risa nerviosa. El tipo de la camisa rosa se puso rojo.

"Oye, no tienes por qué ser grosero".

"¿Grosero yo? Yo solo hice un comentario sobre música. Ustedes, en cambio, estaban hablando de mi vida personal. Si tienen alguna duda, pregúntenme directamente. Soy bueno para responder".

Se quedaron callados, mirándome con una nueva clase de respeto, o tal vez miedo. Les di la espalda y me dirigí a la barra para servirme un vaso de agua.

Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió. Salió Alejandro, arreglándose el cuello de la camisa. Tenía el pelo ligeramente despeinado y una sonrisa de satisfacción en el rostro. Caminó directamente hacia mí.

"Tu habitación es... acogedora", dijo, con claro doble sentido. "Aunque la cama rechina un poco. Deberías arreglarla".

Esperaba una explosión. Esperaba que lo agarrara del cuello de su camisa de seda. En lugar de eso, le sonreí.

"Gracias por el dato, Alejandro. Lo tendré en cuenta. De hecho, pensaba cambiarla. ¿Tienes alguna recomendación? Una que aguante... mucho movimiento".

La sonrisa de Alejandro vaciló. No esperaba esa respuesta. Estaba jugando su juego, pero con mis propias reglas.

"No te preocupes por Sofía", continuó, intentando recuperar el control. "Solo estaba un poco mareada. La ayudé a recostarse".

"No estoy preocupado", le aseguré. "Confío en ti. Se ve que sabes cómo 'ayudar' a las mujeres mareadas. Tienes experiencia".

Le di una palmada en el hombro y me alejé, dejándolo allí, confundido y frustrado. Me senté en un rincón y saqué un pequeño cuaderno y un lápiz. Era un viejo hábito. Cuando algo me molestaba o me inspiraba, escribía. Empecé a trazar las notas de una nueva canción, una melodía que hablaba de cadenas rotas y lobos que aprenden a aullar de nuevo.

Me sumergí tanto en mi trabajo que no me di cuenta de que Sofía había salido de la habitación y ahora estaba de pie frente a mí, con los brazos cruzados.

"¿Qué estás haciendo?"

Levanté la vista. "Escribiendo".

"¿Escribiendo? ¿Ahora? ¡Estoy pasando por una crisis, Ricardo, y tú te pones a escribir cancioncitas!"

"Mi 'cancioncita' es mi trabajo, Sofía. El que paga la mitad de las cuentas de esta casa. Incluyendo el agua que usaste para mojar el piso del baño".

Su rostro se contrajo en una mueca de furia.

"¡Eres un insensible! ¡No te importa nada!"

"Al contrario", dije, cerrando mi cuaderno. "Por primera vez en mucho tiempo, me estoy empezando a importar a mí mismo".

Ella me miró, y en sus ojos vi algo que nunca antes había visto: miedo. El miedo de un titiritero que se da cuenta de que sus hilos han sido cortados.

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