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El Oro Siempre Brilla

El Oro Siempre Brilla

Autor: : Nert Stiefez
Género: Urban romance
El pesado aire del salón, cargado de perfumes caros y conversaciones vacías, me asfixiaba. Yo, Sofía, la promesa del diseño de moda, ahora era solo una camarera más, mis manos temblorosas por el cansancio. Entonces los vi: Carlos, mi primer amor, y Laura, mi alma gemela, brillando bajo el candelabro principal, ella aferrada a su brazo con un vestido que ¡ay, qué ironía! era mi diseño robado. Ellos, la pareja dorada, habían construido su imperio sobre mis ruinas. Laura me vio. Sus ojos, antes cálidos, ahora me taladraban con desprecio. Sonriendo, me hizo una seña, y como si fuera un accidente, derramó champaña fría sobre mi uniforme barato. La risa contenida a mi alrededor fue un golpe físico. La humillación me quemó el rostro, más que la mancha gélida en mi pecho. Me quedé paralizada, mientras se alejaban, riendo, dejándome ahogarme en la injusticia de todo. Corrí desesperada al callejón, las lágrimas nublando mi vista. Mi sueño de toda la vida, mi beca, mis diseños, todo me lo habían arrebatado. Me habían traicionado, robado y dejado en la miseria. Cerré los ojos, deseando con cada fibra de mi ser una segunda oportunidad. Una oportunidad para vengarme, para reclamar lo que era mío. Solo una oportunidad. Y entonces, el milagro. El olor a basura y champaña desapareció. Abrí los ojos, estaba sentada en mi pupitre, el pizarrón marcaba: tres meses antes de la audición para la beca. ¡Había vuelto! Pero al mirar por la ventana, el corazón se me heló. Carlos, sobre una banca, proclamaba su amor a Laura en voz alta. Él también recordaba. Había renacido, y estaba jugando su carta antes, asegurando a su cómplice. Su "romance" era una declaración de guerra. Pero la humillación del callejón se transformó en una helada calma. Muy bien, Carlos. Esto lo jugaremos a mi manera. Y esta vez, no voy a perder.

Introducción

El pesado aire del salón, cargado de perfumes caros y conversaciones vacías, me asfixiaba. Yo, Sofía, la promesa del diseño de moda, ahora era solo una camarera más, mis manos temblorosas por el cansancio.

Entonces los vi: Carlos, mi primer amor, y Laura, mi alma gemela, brillando bajo el candelabro principal, ella aferrada a su brazo con un vestido que ¡ay, qué ironía! era mi diseño robado. Ellos, la pareja dorada, habían construido su imperio sobre mis ruinas.

Laura me vio. Sus ojos, antes cálidos, ahora me taladraban con desprecio. Sonriendo, me hizo una seña, y como si fuera un accidente, derramó champaña fría sobre mi uniforme barato.

La risa contenida a mi alrededor fue un golpe físico. La humillación me quemó el rostro, más que la mancha gélida en mi pecho. Me quedé paralizada, mientras se alejaban, riendo, dejándome ahogarme en la injusticia de todo.

Corrí desesperada al callejón, las lágrimas nublando mi vista. Mi sueño de toda la vida, mi beca, mis diseños, todo me lo habían arrebatado. Me habían traicionado, robado y dejado en la miseria.

Cerré los ojos, deseando con cada fibra de mi ser una segunda oportunidad. Una oportunidad para vengarme, para reclamar lo que era mío. Solo una oportunidad.

Y entonces, el milagro. El olor a basura y champaña desapareció. Abrí los ojos, estaba sentada en mi pupitre, el pizarrón marcaba: tres meses antes de la audición para la beca. ¡Había vuelto!

Pero al mirar por la ventana, el corazón se me heló. Carlos, sobre una banca, proclamaba su amor a Laura en voz alta. Él también recordaba. Había renacido, y estaba jugando su carta antes, asegurando a su cómplice.

Su "romance" era una declaración de guerra. Pero la humillación del callejón se transformó en una helada calma. Muy bien, Carlos. Esto lo jugaremos a mi manera. Y esta vez, no voy a perder.

Capítulo 1

El aire del salón de eventos se sentía pesado, cargado con el perfume caro y las conversaciones vacías de la élite de la moda, un mundo que me había masticado y escupido sin piedad, dejándome solo los restos. Yo, Sofía, una vez la promesa más brillante de mi generación de diseñadores, ahora llevaba una bandeja con copas de champaña, vestida con un uniforme negro y barato que me apretaba en los lugares equivocados. Mis manos, que antes dibujaban sueños sobre tela, ahora solo temblaban por el cansancio de una doble jornada.

Y entonces los vi.

Carlos y Laura, de pie bajo el candelabro principal, eran el centro de todas las miradas. Él, con un traje a la medida que gritaba éxito, y ella, aferrada a su brazo, con un vestido de alta costura que yo sabía, con una punzada de dolor, que estaba basado en uno de mis viejos bocetos. Eran la pareja dorada de la industria, su ascenso construido sobre mis ruinas.

Laura me vio. Sus ojos, antes llenos de la calidez de la mejor amiga, ahora me miraban con un desprecio frío y calculado. Sonrió, una sonrisa afilada, y me hizo una seña para que me acercara.

-Sofía, qué sorpresa verte aquí. Veo que por fin encontraste tu lugar en la industria.

Su voz era dulce como el veneno. Carlos ni siquiera se dignó a mirarme, su atención fija en un pez gordo al otro lado de la sala.

Antes de que pudiera responder, Laura movió su copa "accidentalmente", derramando el líquido helado y pegajoso sobre mi uniforme.

-¡Ay, qué torpe soy! -exclamó, con una falsa consternación que no engañaba a nadie-. Espero que no te metas en problemas.

La risa contenida de los que los rodeaban fue como un golpe físico. La humillación me quemaba la cara, más que la mancha fría en mi pecho. Me quedé ahí, paralizada, mientras ella se alejaba riendo en voz baja con Carlos.

Desesperada, corrí hacia la salida de servicio, con las lágrimas nublándome la vista. Me apoyé contra la pared fría de un callejón apestoso, el sonido de la fiesta de lujo amortiguado por la puerta. La injusticia era tan grande, tan abrumadora, que sentía que me ahogaba. Recordé mi sueño, el que tenía desde niña: convertirme en una diseñadora reconocida, ver mis creaciones cobrar vida. Todo me lo habían arrebatado. Carlos, mi primer amor, y Laura, mi hermana del alma, me habían traicionado, manipulándome para que perdiera la beca que era mi única oportunidad, robando mis diseños y dejándome en la miseria.

Cerré los ojos con fuerza, deseando con cada fibra de mi ser una segunda oportunidad. Una oportunidad para vengarme, para reclamar lo que era mío.

Solo una oportunidad.

Cuando volví a abrir los ojos, el olor a basura y champaña barata había desaparecido. En su lugar, el aire olía a gis y a desinfectante de pino. Estaba sentada en un pupitre de madera, la luz del sol de la tarde entraba por los grandes ventanales de un salón de clases. Mi salón de clases. El pizarrón al frente tenía la fecha escrita con una caligrafía pulcra: tres meses antes de la audición para la beca.

Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Miré mis manos. Eran las manos de una joven de dieciocho años, sin callos por el trabajo de mesera, suaves y listas para crear.

Había vuelto.

Un alboroto en el patio me sacó de mi estupor. Miré por la ventana y sentí que se me helaba la sangre.

En el centro del patio de la preparatoria, Carlos estaba de pie sobre una banca, sosteniendo un ramo de rosas tan grande que apenas podía ver por encima de él. A su lado, Laura fingía sorpresa, llevándose una mano a la boca mientras las amigas que los rodeaban chillaban de emoción.

-¡Laura! -gritó Carlos, su voz resonando en todo el patio-. ¡Desde que te vi, supe que eras la única! ¡Quiero que todo el mundo sepa que tú y yo vamos a estar juntos para siempre!

Mi mente se quedó en blanco por un segundo. Esto no había pasado en mi vida anterior. En mi vida anterior, en este punto, Carlos y yo todavía éramos novios, y su traición aún no se había manifestado.

Entonces lo comprendí. La forma en que Carlos miraba a Laura, con una posesividad y una seguridad que no correspondían a un simple enamoramiento adolescente. La forma en que Laura aceptaba el homenaje, no con la timidez de una chica sorprendida, sino con la arrogancia de quien sabe que se lo merece todo.

Él también había renacido.

Carlos también recordaba el futuro. Y había decidido empezar su jugada antes, asegurando a su cómplice desde el principio.

El ramo de rosas, los gritos, toda la escena era una declaración, no solo de amor para Laura, sino de guerra para mí. Era un mensaje claro: "He vuelto, y esta vez, me aseguraré de que no tengas ni la más mínima oportunidad."

Mientras todos aplaudían el "romance" de Carlos y Laura, yo sentí una calma gélida apoderarse de mí. La humillación y la desesperación del callejón todavía estaban frescas en mi memoria. Pero ahora, se habían transformado en algo más duro, más afilado: una determinación de acero.

Muy bien, Carlos. Pensé, mi mirada fija en su rostro triunfante. Tú has hecho tu movimiento. Ahora me toca a mí.

Y esta vez, no voy a perder.

Laura aceptó las rosas y le dio a Carlos un beso en la mejilla, pero noté algo. Su sonrisa era un poco forzada, su cuerpo estaba rígido. A pesar de la actuación, parecía incómoda, casi ansiosa. Quizás la atención tan pública y descarada no era exactamente lo que ella esperaba. O quizás, en el fondo, una parte de ella sentía la falsedad de todo el espectáculo.

Carlos, sin embargo, estaba en su elemento. Ignoraba por completo la sutil incomodidad de Laura, demasiado absorto en su propio grandioso gesto. Para él, esto no era solo sobre Laura; era sobre marcar su territorio, sobre demostrar su poder desde el primer día de esta nueva vida. Su arrogancia era tan palpable que casi podía saborearla en el aire.

Aparté la vista de la ventana. Dejarlos disfrutar de su momento. Su triunfo era superficial, construido sobre mentiras y recuerdos robados de un futuro que ya no existía. Mi camino era diferente.

Abrí mi mochila. Dentro estaban mis libros de texto y un cuaderno de bocetos medio lleno. Lo abrí en una página en blanco y saqué un lápiz. Sentí el grafito familiar contra mis dedos y respiré hondo. Mientras el resto del mundo se distraía con el circo de Carlos, yo tenía trabajo que hacer.

Empecé a repasar las fórmulas de física en mi mente; luego, las fechas clave de historia universal. Para mi sorpresa, el conocimiento fluía con una facilidad increíble. Los años de lucha, de trabajos agotadores y de noches sin dormir no habían borrado lo que había aprendido. Al contrario, la madurez y la desesperación habían forjado mi mente, haciéndola más aguda, más enfocada. Esta era mi ventaja. Carlos confiaba en su conocimiento del futuro para cortar esquinas. Yo usaría mi conocimiento del pasado para construir una base inquebrantable.

La campana sonó, marcando el fin del receso. Los estudiantes comenzaron a entrar al salón, todavía cuchicheando sobre el espectáculo en el patio. Me sumergí en mi libro de texto, ignorándolos.

Carlos y Laura entraron juntos, rodeados de su séquito de admiradores. Pasaron junto a mi pupitre. Esperaba que me ignoraran. Me equivoqué.

-Vaya, vaya, miren quién está aquí -dijo Carlos en voz alta, deteniéndose justo a mi lado-. La ratita de biblioteca, siempre con la nariz metida en los libros.

Sentí que todas las miradas de la clase se clavaban en mí.

-Algunos preferimos estudiar a montar espectáculos, Carlos.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba. No levanté la vista del libro.

Carlos soltó una risa burlona.

-¿Estudiar? ¿Y de qué te sirve? Al final del día, lo que importa son las conexiones, el talento de verdad. No solo memorizar cosas inútiles.

Con un movimiento "descuidado", su codo golpeó la pila de libros y cuadernos que tenía en la orilla del pupitre. Todo cayó al suelo con un estruendo. Mis bocetos, mis apuntes, todo desparramado a sus pies.

Laura soltó una risita.

-Ten más cuidado, amor. No querrás dañar el valioso material de estudio de Sofía.

La provocación era obvia, la malicia apenas disimulada. El Carlos de mi vida pasada era manipulador, pero sutil. Este nuevo Carlos era descarado, agresivo. Su éxito robado lo había vuelto soberbio.

Lentamente, sin decir una palabra, me agaché. Mantuvo mi rostro impasible, mi corazón latiendo con un ritmo frío y constante. Con calma, empecé a recoger mis cosas, una por una. No iba a darles la satisfacción de verme enojada o humillada. No otra vez.

Levanté la vista y mis ojos se encontraron con los de Carlos. Su sonrisa se desvaneció un poco al ver la ausencia total de reacción en mi cara.

-No te preocupes, Carlos -dije, mi voz tranquila pero cortante-. No necesito tus conexiones. Mi talento hablará por sí mismo.

Me levanté, coloqué mis cosas de nuevo sobre el pupitre y volví a mi libro, como si él y Laura no fueran más que una molesta corriente de aire que ya había pasado. La clase quedó en silencio, y por primera vez, la sonrisa de Carlos vaciló por completo.

El juego había comenzado. Y esta vez, yo dictaba las reglas.

Capítulo 2

Carlos se inclinó sobre mi pupitre, su voz un susurro venenoso que solo yo podía oír en medio del murmullo de la clase.

-Ten mucho cuidado, Sofía. A veces, los accidentes pasan. Especialmente antes de eventos importantes. Uno nunca sabe cuándo le pueden temblar las manos.

La sangre se me heló en las venas. La amenaza era inconfundible, una daga directa a la herida más profunda de mi vida pasada. Mis uñas se clavaron en la palma de mi mano, el pequeño dolor me anclaba al presente, impidiendo que el pánico me abrumara. Él recordaba. Recordaba exactamente cómo me había destruido.

En un instante, la memoria me golpeó con la fuerza de un tren.

Estaba en el pequeño estudio que había improvisado en mi habitación, la noche antes de la audición final para la beca. Había trabajado durante meses en mi portafolio, una colección inspirada en la arquitectura de Luis Barragán, llena de colores vibrantes y líneas audaces. Era la obra de mi vida.

Laura entró con dos tazas humeantes.

-Te traje tu té de manzanilla con miel -dijo, con su sonrisa de siempre-. Para que te relajes. Has estado trabajando demasiado.

Confié en ella. Era mi mejor amiga. Bebí el té mientras le daba los últimos toques a mi presentación. Pero a la mañana siguiente, cuando me desperté, mis manos temblaban incontrolablemente. Un temblor violento que me impedía sostener un lápiz, y mucho menos manejar las delicadas telas de mi proyecto final. En la audición, mi presentación fue un desastre. Mis manos no me obedecían, mi voz temblaba, las telas se me caían. Los jueces me miraron con lástima.

Laura, que también competía, presentó una colección sospechosamente similar a la mía, pero ejecutada con una calma impecable. Ganó la beca. Más tarde, vi a Carlos esperándola afuera, y la forma en que la besó no dejaba lugar a dudas. Me lo habían quitado todo, juntos. El té no era para relajarme, estaba adulterado.

Ahora, en este salón de clases, el recuerdo de esa traición se sentía tan real como la madera del pupitre bajo mis dedos. Carlos y Laura. No solo me habían robado el futuro, se habían burlado de mi confianza más profunda. Eran crueles.

Pero también eran estúpidos.

Su arrogancia era su mayor debilidad. Creían que, por tener los recuerdos del futuro, la victoria ya era suya. No contaban con que yo también recordaba. Y no contaban con que su camino hacia el "éxito" estaba lleno de trampas que ellos mismos se estaban poniendo.

Mi venganza no sería un enfrentamiento directo y ruidoso. Eso era lo que Carlos quería. Mi venganza sería verlo autodestruirse. Yo solo necesitaba concentrarme, trabajar el doble de duro y ver cómo su propio castillo de naipes se derrumbaba.

Y ya estaba empezando a suceder.

Carlos, convencido de que su "genialidad" lo llevaría al éxito sin esfuerzo, dejó de prestar atención en clase. Su mente no estaba en la preparatoria. Estaba planeando cómo recrear su vida de lujos lo más rápido posible. Empezó a faltar a las clases de la tarde para irse con Laura a centros comerciales caros.

Lo escuché presumir con sus amigos en el pasillo.

-La prepa es una pérdida de tiempo. Yo ya sé lo que necesito para triunfar.

Su "triunfo" consistía en comprarle a Laura los tenis de edición limitada que ella quería, el último modelo de celular, cenas en restaurantes que claramente no podía permitirse. Para financiar su estilo de vida, tomó un trabajo de medio tiempo en una cafetería, pero el sueldo de un estudiante no era suficiente. Pronto, los rumores empezaron a correr: Carlos le "pedía prestado" dinero a sus compañeros y no lo devolvía. Su billetera siempre estaba vacía, su rostro a menudo tenso por la presión de mantener las apariencias.

Laura, por su parte, estaba encantada. Se deleitaba en la atención y los regalos. Dejó de hacer sus tareas, confiando en que Carlos, el "futuro genio", de alguna manera la arrastraría con él hacia el éxito. Se convirtió en la reina de un reino de plástico, vacío y sin futuro.

Una tarde, mientras yo salía de la biblioteca después de una sesión de estudio intensivo, el director anunció por los altavoces los nombres de los estudiantes con múltiples faltas injustificadas que recibirían una advertencia formal.

El nombre de Carlos resonó en los pasillos silenciosos.

Poco después, lo vi más a menudo con un grupo de chicos mayores, conocidos por meterse en problemas, por fumar detrás del gimnasio y por sus dudosas formas de conseguir dinero. Estaba cayendo, y ni siquiera se daba cuenta.

Un día, al bajar las escaleras, me topé con ellos. Carlos, Laura y su nueva pandilla bloqueaban el paso.

-Miren a quién tenemos aquí -dijo uno de los chicos, con una sonrisa desagradable-. La señorita perfecta.

Carlos me miró de arriba abajo, con una mueca de desdén.

-¿Todavía perdiendo el tiempo con esos libros, Sofía? Hay vida más allá de las calificaciones. Deberías probarla alguna vez.

Laura se rio, aferrada a su brazo.

-Déjala, amor. Algunas personas simplemente nacen para ser aburridas.

La pandilla se rio con ellos. En mi vida pasada, sus palabras me habrían herido profundamente. Ahora, solo sentía una extraña mezcla de lástima y desprecio.

Estaban tan ciegos. Tan perdidos en su propia arrogancia.

Los miré a todos, uno por uno, y luego mis ojos se posaron en Carlos. No dije nada. Mi silencio pareció ponerlo más nervioso que cualquier insulto.

Se estaban hundiendo solos. Yo no necesitaba empujarlos. Solo tenía que asegurarme de no estar cerca cuando finalmente tocaran fondo.

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