La vida no era fácil, de ninguna manera lo es para un adole scente, sin embargo, las cosas empiezan a torcerse y a ver se de otro modo que siempre debió quedarse en lo prohibid o, sí, ese que volverse un hecho la condenaba a un infierno, pero Hope era tan arriesgada que no le importó fijarse en é I. Sus ojos azules, su cuerpo formido, tan musculoso y sensu al, esa sonrisa que le daba solo en un cordial saludo, el bes o en la mejilla que ella llevaba en su cabeza a otro nivel. To do eso desarrolló la atracción hacia el magnate, alguien ma yor por quién suspiraba sonoramente, es que era un espéci men perfecto e irresistible. De entre tantos hombres, clavó los ojos en él, lo fijó su blan co. El señor Greenspan se volvió su amor, ese platónico qu e un día dejaría de serlo para ser solo suyo de verdad. Le gustaba pensar que estaban destinados, que un día sus vidas iban a enlazarse y nadie podía separarlos, siquiera su amiga, que no estaba al tanto de que ella moría de r su padre. Solo bastó un segundo para enamorarse, no había vuelta at rás, odiaba la reversa, se quedaba con el ahora deliciosame nte peligroso que causaba Asthon Greenspan.
Hope se sintió humillada. ¿Cómo podía ser tan mala? Ni siquiera merecía ser llamada madre. ¿Y para qué? Parece que no le importaba el peso de esa palabra. Todo lo que hacía era escupir por doquier.
-¡Te odio, te odio y te odio! -repitió incesantemente. La mujer frente a ella la miraba como si quisiera matarla. Sus ojos filosos ya la estaban atravesando de esa manera que podría someter a cualquiera. Sin embargo, a ella no le tenía miedo, solo sentía un profundo odio. Ahora venía a decirle que era una buena para nada, que no servía para nada. Todo eso le afectaba. ¿Es que su crueldad no tenía límites?
-Yo también digo lo mismo. Ni siquiera deberías seguir bajo este mismo techo. No eres y nunca serás mi hija -espetó, dejando helada a la joven. No podía creer sus palabras. ¿Por qué decía que no era su hija? No entendía nada. Ya estaba perdida y sorprendida ante lo que ella decía. Durante mucho tiempo había considerado a esa mujer su madre, pero ahora la trataba de forma vil.
-No es que me sienta orgullosa de tenerte como madre. Ni siquiera mereces que te llame así -la miró profundamente. La ira había transformado sus facciones en rojas y la veía con una mirada implacable. No podía evitarlo, estaba empezando a aborrecer a ese personaje.
En respuesta, la tal Marie sonrió con sorna y se llevó las manos a la cintura. Le dedicó una mirada burlona. Hope no comprendía su forma de ser. ¿Por qué demonios sacaba ahora las garras y se mostraba como una perra?
-No entiendes nada. Tú no eres mi hija. Nunca te llevé en mi vientre. En realidad, eres mi sobrina, pero nunca se te dijo la verdad. Por tu culpa, mi hermana murió. Aun así, estuve dispuesta a tomarte y hacerme cargo de ti. Pero todo este tiempo he vivido viéndote como a ella. Mi pobre hermanita debería estar aquí, no tú -dijo sin filtros ni precaución, soltándole una bomba que dejó a Hope estupefacta. No podía creer que todo lo que Marie había dicho fuera cierto.
¿Cómo es posible que no le hubieran dicho la verdad antes? Quiso correr y encontrar un refugio, pero ahora no podía ni pensar con claridad. Lo que Marie le había dicho la desmoronó.
Saber la noticia sin filtros atrapó su corazón y la dejó en un estado de sorpresa. Todo le cayó como un balde de agua fría. La miró a Marie mientras trataba de procesar toda la información que le había dado. Parecía una pesadilla o un mal sueño.
Aunque Marie nunca se había portado como una mala mujer, ahora que mostraba su otra cara, el alma de Hope se caía a los pies. Esta razón sonaba dolorosa, ya que le decía que era su culpa la muerte de su hermana. Ya no solo sentía rabia, sino también unas ganas enormes de llorar, como si fuera una niña pequeña que necesitaba a alguien a su lado para sentirse segura, unos brazos en los que apoyarse y que le brindaran protección. Además, ansiaba escuchar que todo iba a estar bien, aunque parecía que todo daba un giro bestial y la conducía por un camino completamente distinto al que estaba acostumbrada.
No sabía cómo Marie le había ocultado la verdad durante tanto tiempo, a qué estaba jugando o qué esperaba para confesarle que no era su hija. Había esperado años para decirle eso, simplemente no podía ser cierto. Sin importarle que Marie estaba allí, se sentó en el sofá más cercano de la sala y se puso a llorar sin parar. Necesitaba sacar todo lo que su alma sentía para poder sentirse mejor, al menos más aliviada. A cualquiera le hubiera resultado difícil procesar todo eso. Era una verdad, y no una cualquiera, sino una que explotó y la dejó en ruinas.
Desde ese preciso instante, comenzó a sentirse diferente. Ya no se conocía a sí misma, todo le parecía un montaje y su vida parecía una parodia.
-No es cierto, eso no es verdad -se negaba a aceptarlo. Adolorida por saberse en medio de todo eso, ¿ella era la culpable de que alguien hubiera muerto? Y no cualquier persona, sino su madre. Era peor que recibir un puñetazo en el estómago. Había estado viviendo todo ese tiempo en una absurda mentira y de algún modo se sentía atrapada en ella.
Con las palmas de las manos se cubrió el rostro. No dejaba de llorar. Tenía el corazón lleno de un mar que debía derramarse por sus mejillas. Se sentía destrozada ante la idea de que la mujer frente a ella no era su verdadera madre. Ahora comprendía esa indiferencia, la cual tontamente había ignorado durante toda su vida. Todo el tiempo que estuvo cerca de su madre, no se dio cuenta o simplemente le daba igual.
A raíz de descubrir la verdad, ahora parecía estar bajo el mismo techo que una desconocida. Sus ojos ya no veían a esa mujer como la madre que alguna vez fue, solo quedaba el reflejo de una persona que la odiaba y a quien no merecía ni una mínima parte del cariño que le tenía. Al mismo tiempo, pensó en su padre y lo vio como un mentiroso. Él nunca estuvo dispuesto a contarle la verdad, quizás por temor, vergüenza o algún otro motivo. Incluso podría ser que ni siquiera fuera su verdadero padre biológico, a menos que a su tía no le hubiera importado quedarse con el hombre de su hermana después de que ella perdiera la vida. Esa era otra pregunta que daba vueltas en su cabeza sin parar, y ansiaba obtener una respuesta. Ahora que los secretos se estaban revelando, era tiempo de que ella también conociera la respuesta a esa interrogante.
Y encima Marie, su tía, no había terminado de contar todo. Apenas era el inicio de una realidad que la aplastaría y la dejaría rota como nunca antes había estado. En ese estado de desolación, a Marie no le importó continuar relatando lo ocurrido, lo que la dejó aún más impotente y culpable por un hecho del pasado que probablemente pudo haberse evitado.
-Mi hermana era tan joven. No merecía irse de este mundo por ti; ella tenía muchas cosas por vivir y muchos momentos por escribir, lamentablemente se enamoró del hombre equivocado a la edad errónea y no pensó en las consecuencias de sus actos; yo no la llamaría amor, eso fue algo pasajero y estúpido que la sentenció a la muerte. -hizo una pausa para limpiarse las lágrimas, Hope sorbió por la nariz y se le quedó mirando -. Solo tenía quince años cuando quedó embarazada de ti, y mi madre decía que podíamos hacer algo, que quizás yendo al doctor este podría interrumpir el embarazo, pero optar por un aborto en ese momento era ilegal y además estaban los detalles de que era menor de edad y corría el riesgo de morir en todo el proceso, aún así ya no se podía hacer nada, ya era demasiado tarde puesto que estaba un poco avanzado tenía casi tres meses de embarazo y eso impedía hacer el procedimiento del aborto.
Ella solo quería que terminara de hablar.
-No...
-Todos estábamos destrozados por la situación que mi hermana estaba enfrentando. No merecía estar en esa posición tan peligrosa, a pesar de que se había buscado esa consecuencia por su falta de precaución. No había pensado en las posibles consecuencias al dar muestra de su supuesto amor y ahora se encontraba condenada a vivir con un hijo a tan temprana edad. Sin embargo, la vida le tenía preparado otro destino, uno cruel y fulminante. Durante los primeros meses, todo parecía ir bien. Su barriga crecía de manera normal y acudíamos a las citas médicas para garantizar que el proceso se llevara sin ningún inconveniente. Cumplía con los chequeos y tomaba las medicinas recomendadas. Además, hacía ejercicio para mantenerse saludable. Mi madre estuvo pendiente en todo momento, asegurándose de que siguiera todas las indicaciones. Nunca cometió un error y estuvo cerca de ella, enseñándole todo lo que podía. Cuando llegó el día del parto, todos estábamos bastante nerviosos. Debido a su corta edad, se decidió que sería mejor realizarle una cesárea. Todos estábamos de acuerdo y confiábamos en que todo saldría bien. Pero, lamentablemente, nada ocurrió según lo planeado o lo que los médicos habían pronosticado. Era un martes por la noche y estábamos durmiendo. De repente, sus gritos nos despertaron a todos. El bebé decidió adelantarse y ella estaba prácticamente en trabajo de parto, había roto aguas y se retorcía de dolor en su cama, sintiendo una intensa molestia en todo su cuerpo.
Aclaró que no era su intención permanecer allí meses, mucho menos un año. Sino solo unas pocas semanas, hasta que encontrara un lugar en el que pudiera quedarse y pagar con el sudor de su frente. Por otro lado, al hombre no le importaba si era un año o más tiempo lo que ella iba a durar allí. De hecho, cada vez que pensaba en ese nuevo presente, le gustaba más la idea, una que los iba a conducir a un laberinto de perdición, que ambos no se imaginaban, pero que estaba a punto de comenzar. Justo en ese instante en el que ella había aparecido, se adentró al juego.
-Tómalo, anda. Ni siquiera te estoy haciendo un préstamo. Yo te lo estoy regalando, porque sé que de verdad lo necesitas. Por favor, hazlo por Alicia. Ella también haría lo mismo, por favor. -insistió, y ya no pudo negarse.
-Me agrada más la idea de que sea un préstamo, porque de este modo me hace sentir mal. Ya sabes... -empezó a decir, pero fue interrumpida.
-No aceptaré un solo centavo devuelto. ¿De acuerdo?
-Yo... De acuerdo, gracias. -tomó el dinero, aunque un poco tímida.
Más al estar bajo sus potentes ojos, esos ojos azulados tan hermosos que te llevaban al cielo con solo una mirada, no quería sonar cursi, pero así era cómo su cerebro funcionaba en ese momento. Verlo de esa forma hacía que suspirara por él y sintiera muchas cosas que no debía sentir. No era correcto, no era para nada bien sentirse así. Nunca en su vida pensó experimentar este sentimiento tan profundo hacia un hombre, y menos por el padre de su amiga, alguien mayor que ella. Sinceramente, aunque no lo soltaría nunca, podría incluso ser su padre. Pero el deseo ardía. Sus ojos, de un momento a otro, la timidez dejó de ser un problema y tuvo que apretar los músculos internos de sus piernas porque el deseo se había ido a ese lugar que necesitaba un poco de atención. Y sabía que estaba mal querer ese tipo de contacto con él, simplemente no podía permitírselo. Pero ya estaba pensando demasiado, y a veces no pensar era demasiado difícil cuando se tenía el anhelo clavado en el ser.
Ya era hora de irse, lo mejor era eso, salir de allí rápidamente antes de que las cosas se tornaran más extrañas de lo que ya estaban. Ashton también podía sentir esa necesidad y sabía que sería un problema mucho más serio con ella tan cerca de él. Por ahora, le daba rienda suelta a la locura. No le importaba mantener un poco de cordura. En el desquicio, todo era mejor. El peligro, deliciosamente atractivo, y no iba a renunciar hasta conseguir enredarla en sus sábanas.
La tentación la tenía enfrente y las ansias por darle una mordida a la manzana estaban a pocos centímetros. Esos labios, que al hablar se movían lentamente e incluso al vacilar emitían palabras, él no hacía más que imaginar dándole un beso apasionado. No quería solo un roce, sino llevar las cosas a otro nivel, y estaba seguro de que pronto eso sucedería. Lo único ventajoso de todo esto es que la joven ya no era una niña, para nada. Había crecido y se había convertido en una mujer hermosa. Con su belleza lo hipnotizaba casi sin darse cuenta, y si lo hacía, entonces no lo admitiría. Pero si estaba consciente de todo lo que a él le causaba es que era preciosa.
Puso sus ojos en ella desde la primera vez que la vio, cuando solo tenía 16 años. En ese entonces se sintió como un pedófilo, un imbécil al verla de esa forma. Pero como la muchacha ya no tenía esa edad, sino que era mayor de edad, ya no se sentía culpable. En pocas palabras, lo de ellos se alejaba bastante de lo prohibido.
Y ahora que podía hacerse realidad, no podía estar más ansioso. Ni siquiera le importó llegar tarde a la cita que tenía pautada ese día, todo con tal de permanecer más tiempo cerca de ella y fijarse en la joven más de lo debido. Ahí, le daría todo lo que necesitaría y estaba dispuesto a dejarse llevar por ese sentimiento que sentía.
Más allá del solo deseo que ardía en su piel, lo que sentía hacia ella no se quedaba en una atracción sexual. Para nada, se acercaba a eso que podía llamarse una emoción recóndita y que ella había desnudado. Nunca había sido así, ni siquiera con su ex esposa, de la cual se había divorciado por problemas de infidelidad. La falta no fue de su parte, sino de ella, que lo encontró en la cama con un amigo suyo. Por supuesto, se sintió pésimo y un completo idiota por estar tan ciego todo ese tiempo y no darse cuenta de que ella lo engañaba con su mejor amigo. Desde entonces, se volvió más cerrado y no confiaba en las personas. Pero en la muchacha había recuperado una pequeña parte sin siquiera cruzar la línea aún.
Quizás ella era la solución al desgaste emocional que había tenido en el pasado y le iba a dar completamente las fuerzas que había perdido. Lo veía en su mirada, pero aún era demasiado pronto para asegurar las cosas. Sin embargo, le gustaba pensar que Hope era un ancla. Al fin podría averiguarlo.
Lo único que le preocupaba era cómo su hija podía tomarse las cosas, sabía que jamás Alicia iba a permitir que su padre estuviera con su amiga. Iba a ser todo un escándalo para ella y un golpe muy duro, pero pensar de esa forma era precipitarse a un hecho que ni siquiera había ocurrido. Pero él se aferraba a esa fiesta en la que vio a la muchacha por última vez, con ese hermoso vestido que la hacía ver de más edad y mucho más madura de lo que era en realidad, con todo ese pelo cayendo sobre sus hombros, el escote precioso en su pecho y sus ojos fijos en él. Es que esa noche él tampoco pudo quitarle los ojos de encima, y ella menos, pero ninguno se dijo nada salvo un cruce de palabras que se limitaron a un saludo inicial.
Para él no era ningún secreto que ella estaba interesada en él. Y aunque no se lo hubiera dicho nunca, él podía darse cuenta de eso en sus ojos, y era lo único que, además de su timidez absoluta, lo convencía de poder tener la oportunidad de estar con ella como había querido todo ese tiempo. Algo le decía que podrían compaginar bien, aun así, si tomaba el riesgo, dejaría en claro la situación. No quería un compromiso, no con el panorama indescifrable. Solo sabía que quería besarla, tocarla y sentirla de esa forma especial.
Ansiaba ser el dueño de su cuerpo.