Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > El Precio De Su Arrogancia
El Precio De Su Arrogancia

El Precio De Su Arrogancia

Autor: : Feng Zhi Kui
Género: Romance
Diez días antes de mi boda, estaba sentado en el balcón, enrollando pacientemente un cigarro para Lina, un ritual que ella amaba. Era mi acto de devoción, un recordatorio de cómo había renunciado a mi herencia, al imperio vinícola de mi familia en La Rioja, todo por ella. De repente, la voz suave de su nuevo becario, Flynn, llenó el silencio: "Lina, ¿también le enrollas los cigarros a mano a él?". Su risa fue corta y despectiva, un sonido helado que nunca había dirigido hacia mí. Luego, las palabras que destrozaron mi mundo: "Claro que no. Él es solo un perrito faldero que tengo a mi lado. Tú, Flynn, tú eres mi esperanza para el futuro". El cigarro a medio terminar se deshizo entre mis dedos. El aroma del tabaco, antes sinónimo de lujo y amor, ahora apestaba a traición. ¿Un "perrito faldero"? ¿Así me veía ella después de cinco años, después de que soportara su desprecio, de que aceptara su falso "apoyo" financiero que era en realidad mi propio dinero canalizado? Ella creyó que me tenía domesticado, que su secreto estaba a salvo. Pero lo que no sabía era que, en ese instante, mientras su risa resonaba en mis oídos y la joya de la abuela volaba por el balcón, yo ya estaba marcando un número que no llamaba desde hacía cinco años. La partida de ajedrez acababa de empezar, y yo iba a reclamar cada pieza.

Introducción

Diez días antes de mi boda, estaba sentado en el balcón, enrollando pacientemente un cigarro para Lina, un ritual que ella amaba. Era mi acto de devoción, un recordatorio de cómo había renunciado a mi herencia, al imperio vinícola de mi familia en La Rioja, todo por ella.

De repente, la voz suave de su nuevo becario, Flynn, llenó el silencio: "Lina, ¿también le enrollas los cigarros a mano a él?".

Su risa fue corta y despectiva, un sonido helado que nunca había dirigido hacia mí.

Luego, las palabras que destrozaron mi mundo: "Claro que no. Él es solo un perrito faldero que tengo a mi lado. Tú, Flynn, tú eres mi esperanza para el futuro".

El cigarro a medio terminar se deshizo entre mis dedos. El aroma del tabaco, antes sinónimo de lujo y amor, ahora apestaba a traición.

¿Un "perrito faldero"? ¿Así me veía ella después de cinco años, después de que soportara su desprecio, de que aceptara su falso "apoyo" financiero que era en realidad mi propio dinero canalizado?

Ella creyó que me tenía domesticado, que su secreto estaba a salvo.

Pero lo que no sabía era que, en ese instante, mientras su risa resonaba en mis oídos y la joya de la abuela volaba por el balcón, yo ya estaba marcando un número que no llamaba desde hacía cinco años.

La partida de ajedrez acababa de empezar, y yo iba a reclamar cada pieza.

Capítulo 1

Diez días antes de la boda, el aroma del tabaco cubano y del cuero viejo llenaba nuestro apartamento en Madrid.

Estaba sentado en el balcón, con las manos expertas de un artesano, enrollando pacientemente un cigarro para Lina. Era un ritual que ella amaba, una de las muchas pequeñas cosas que yo hacía para demostrarle mi devoción.

Su teléfono, olvidado sobre la mesita de café, de repente cobró vida. Era una transmisión en vivo de Instagram. No le di importancia, probablemente una de sus colegas del banco.

Pero entonces, una voz joven y suave, que reconocí como la de su nuevo becario, Flynn, llenó el silencio.

"Lina, ¿también le enrollas los cigarros a mano a él?"

La risa de Lina fue corta y despectiva, un sonido que nunca había dirigido hacia mí.

"Claro que no. Él es solo un perrito faldero que tengo a mi lado. Tú, Flynn, tú eres mi esperanza para el futuro".

El cigarro a medio terminar se deshizo entre mis dedos. El tabaco, que antes olía a lujo y amor, ahora apestaba a traición.

Me quedé inmóvil, el zumbido de la ciudad abajo se desvaneció. Cada palabra era un golpe directo, demoliendo los cinco años de amor que había construido para ella, ladrillo a ladrillo.

El "perrito faldero". Así me veía ella. El hombre que había renunciado a su herencia, al imperio vinícola de su familia en La Rioja, todo por estar con ella. El hombre que trabajaba como peón en una bodega local, aceptando su "apoyo" financiero para no levantar sospechas.

Mi corazón, que había latido solo para ella, se sentía hueco y frío.

Con un movimiento lento y deliberado, me levanté. Fui a nuestra habitación y abrí el cajón de la mesita de noche. Dentro había una pequeña caja de terciopelo. La abrí. Un antiguo relicario de plata, con nuestros nombres, "Máximo & Lina", grabados en él. Era el anillo de compromiso de mi abuela. Iba a pedírselo esta noche.

Lo tomé en mi mano, sentí su peso frío, y sin dudarlo, lo lancé por el balcón. No escuché el sonido de su caída, solo el eco de la risa de Lina en mi cabeza.

Saqué mi teléfono. Mi pulgar se detuvo sobre el contacto de mi padre. Hacía cinco años que no hablábamos. Le di a llamar.

Respondió al primer tono.

"Máximo". Su voz era grave, sin sorpresa, como si hubiera estado esperando esta llamada todo este tiempo.

"Padre", dije, mi propia voz sonaba extraña, desprovista de emoción. "Acepto".

Hubo una pausa. "¿Aceptas qué, hijo?"

"El acuerdo. El matrimonio con Scarlett Castillo. Acepto. Pero tengo una condición".

"Dime".

"Quiero que Bodegas Sullivan termine todos los contratos y colaboraciones con el banco de inversión de Lina Ramírez. Inmediatamente".

"Considera hecho", respondió mi padre, y por primera vez en años, escuché un atisbo de calidez en su tono. "Bienvenido a casa, Máximo".

Colgué.

Mi siguiente llamada fue a la finca donde se celebraría la boda.

"Hola, llamo de parte de Máximo Sullivan, por la boda del día 24".

"Sí, señor Sullivan, ¿en qué puedo ayudarle?"

"Necesito hacer un cambio en la reserva", dije, mi voz firme como el acero. "Hay que cambiar el nombre de la novia. Ya no es Lina Ramírez".

"¿Disculpe?", la voz al otro lado sonaba confundida.

"La nueva novia es Scarlett. Scarlett Castillo".

Capítulo 2

Cuando Lina regresó esa noche, yo ya había borrado cualquier rastro de mi dolor.

Entró sonriendo, dejando su maletín de diseñador en el suelo. "¿Hueles eso? Te traje tu paella favorita".

Abrió el recipiente. El olor a marisco llenó el aire, un olor que sabía que me provocaba una reacción alérgica grave. Flynn, supe por sus publicaciones en redes sociales, era un amante del marisco.

"Gracias, Lina, pero no tengo hambre", dije con calma, sin apartar la vista del libro que estaba leyendo.

Ella frunció el ceño, no acostumbrada a mi falta de entusiasmo. "¿Qué te pasa? Ni siquiera me has saludado con un beso".

Se acercó para besarme, pero me aparté sutilmente. "Estoy cansado. Ha sido un día largo en la bodega".

Su rostro se endureció. La confusión dio paso a la irritación. "¿Cansado? ¿De qué puedes estar cansado? Pasas tus días haciendo trabajos de baja categoría mientras yo construyo un imperio. Deberías estar agradecido de que te mantengo".

"Tienes razón", dije, cerrando el libro. "Quizás he sido un ingrato".

Mi sumisión pareció apaciguarla momentáneamente. Pero la frialdad en mis ojos, una novedad para ella, la inquietó. Pasó los siguientes días observándome, tratando de descifrar mi cambio de actitud.

Yo era distante, educado pero frío. Ya no le preparaba el café por la mañana. Ya no le masajeaba los pies después de un largo día. Ya no le enrollaba sus cigarros.

La dinámica de poder en nuestra relación, que ella siempre había controlado, se había invertido. Y no le gustaba.

"¡Máximo, no entiendo qué te pasa!", explotó una tarde. "¡Actúas como si fueras otra persona! ¿Has olvidado tu lugar? ¿Has olvidado quién paga las facturas de este lujoso apartamento?".

"No, Lina, no lo he olvidado", respondí, mirándola directamente a los ojos. "Y es por eso que me voy".

Su rostro palideció. "¿Qué? ¿Irte a dónde? No tienes a dónde ir".

"Vuelvo a casa. A La Rioja".

Empecé a empacar mis pocas pertenencias en una maleta vieja. Ropa sencilla, algunos libros, nada que delatara mi verdadera vida.

El pánico se apoderó de ella. Su ira se transformó en una súplica desesperada. "¡No, Máximo, no puedes irte! ¡Te necesito! ¡Lo siento, he estado estresada con el trabajo! ¡No quise decir lo que dije!".

"No importa, Lina", dije, sin detenerme.

Al día siguiente, cuando la maleta estaba junto a la puerta, intentó una táctica diferente. Me llamó, su voz débil y temblorosa.

"Máximo... no me siento bien. Creo que tengo fiebre. ¿Puedes... puedes venir a cuidarme?".

Era la misma táctica que había usado años atrás para que me quedara en Madrid en lugar de ir al funeral de mi abuelo. Pero esta vez, yo sabía la verdad.

Abrí Instagram. Navegué hasta el perfil de Flynn. Tenía una nueva historia, visible solo para un selecto grupo de "amigos cercanos", del que yo, irónicamente, formaba parte.

La foto mostraba un termómetro marcando una temperatura normal, junto a una taza de té y un plato de sopa. El pie de foto decía: "Cuidando a mi jefa. Noche de mimos". Una foto posterior, de esa misma mañana, los mostraba a ambos sonriendo a la cámara, con los restos del desayuno en la mesa.

Mi corazón, ya hecho añicos, no sintió nada. Solo un frío vacío.

Cogí mi maleta. "Lo siento, Lina", dije al teléfono. "Estoy seguro de que Flynn puede cuidarte. Parece que ya lo está haciendo".

Colgué antes de que pudiera responder y bloqueé su número. Salí del apartamento sin mirar atrás, dejando atrás la vida que había construido sobre una mentira, y me dirigí hacia la verdad que me esperaba en casa.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022