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El Precio De Tu Desprecio

El Precio De Tu Desprecio

Autor: : Yi Ye
Género: Romance
Luciana Castillo, la bailaora de flamenco más aclamada de Sevilla, creía haber construido un mundo de pasión y arte junto a su amado Máximo Lawrence, el hombre que le prometió sueños en cada nota de su guitarra. Pensaba que su futuro, el nuestro, era tan brillante como el sol andaluz que nos bañaba. Pero esa ilusión estalló en mil pedazos la noche que regresé a nuestro apartamento y lo encontré celebrando con sus amigos, esos cachorros de la alta sociedad, no nuestra vida, sino una cruel apuesta que lo cambió todo. Máximo había ganado un Hispano-Suiza clásico, ¿el precio? Mi amor, mi herencia, mi familia, mi vida entera. Había sido el premio de un juego diseñado para humillarme. En segundos, fui repudiada por mi propia gente, calumniada por la sociedad que antes me idolatraba y despojada de todo. De estrella a limpiadora, fregando suelos pegajosos para ganarme la vida, solo para que Máximo y sus amigos me encontraran y se rieran de mi miseria. Me ofrecieron ser su "querida", su amante, su juguete. ¿Cómo era posible que el hombre que juró amarme, pudiera ser tan cruel? ¿Qué clase de monstruo era este, que se deleitaba en mi caída? La humillación era insoportable, pero encendió una chispa de fuego helado en mi corazón. En ese instante de dolor y furia, ya no había vuelta atrás. La jugada de Máximo no me rompió, me reconfiguró. Cogí el teléfono, mis últimas monedas, y marqué un número, el de Catalina Salazar, su prometida. Una guerra acababa de comenzar, con mis nuevas reglas.

Introducción

Luciana Castillo, la bailaora de flamenco más aclamada de Sevilla, creía haber construido un mundo de pasión y arte junto a su amado Máximo Lawrence, el hombre que le prometió sueños en cada nota de su guitarra. Pensaba que su futuro, el nuestro, era tan brillante como el sol andaluz que nos bañaba.

Pero esa ilusión estalló en mil pedazos la noche que regresé a nuestro apartamento y lo encontré celebrando con sus amigos, esos cachorros de la alta sociedad, no nuestra vida, sino una cruel apuesta que lo cambió todo. Máximo había ganado un Hispano-Suiza clásico, ¿el precio? Mi amor, mi herencia, mi familia, mi vida entera. Había sido el premio de un juego diseñado para humillarme.

En segundos, fui repudiada por mi propia gente, calumniada por la sociedad que antes me idolatraba y despojada de todo. De estrella a limpiadora, fregando suelos pegajosos para ganarme la vida, solo para que Máximo y sus amigos me encontraran y se rieran de mi miseria. Me ofrecieron ser su "querida", su amante, su juguete.

¿Cómo era posible que el hombre que juró amarme, pudiera ser tan cruel? ¿Qué clase de monstruo era este, que se deleitaba en mi caída? La humillación era insoportable, pero encendió una chispa de fuego helado en mi corazón.

En ese instante de dolor y furia, ya no había vuelta atrás. La jugada de Máximo no me rompió, me reconfiguró. Cogí el teléfono, mis últimas monedas, y marqué un número, el de Catalina Salazar, su prometida. Una guerra acababa de comenzar, con mis nuevas reglas.

Capítulo 1

Regresé al pequeño apartamento encima del tablao de Triana, el lugar donde creí que habíamos construido nuestro mundo.

La puerta estaba abierta. Dentro, no estaba Máximo esperándome. Estaban sus amigos, los cachorros de la alta sociedad andaluza, bebiendo y riendo a carcajadas.

Y allí estaba él, Máximo Lawrence, apoyado con aire indiferente en el capó de un Hispano-Suiza clásico, impecable, brillante. El coche que me dijo que era el sueño de su vida.

Mi primo, el que ahora heredaría mi lugar en la dinastía Castillo, también estaba allí, con una copa en la mano, sonriendo.

Máximo me vio y su sonrisa se ensanchó.

"Luciana, querida. Llegas justo a tiempo para celebrar."

Uno de sus amigos gritó: "¡Por Máximo, que ha ganado la apuesta más difícil! ¡Domar a la fiera de los Castillo!"

El aire se me fue de los pulmones. La traición era una cosa fría y pesada en mi estómago.

"¿Una apuesta?"

Mi voz salió rota.

Máximo se encogió de hombros, sin soltar su copa.

"El coche, Luciana. El coche valía la pena, ¿no crees?"

Lo miré. Miré a mi primo, que desvió la mirada. Miré el coche. Todo por un coche. Mi herencia, mi familia, mi corazón. Todo lo había tirado por un hombre que se disfrazó de guitarrista humilde para ganar un coche clásico.

Me acerqué a él, paso a paso. Él pensó que iba a suplicar, a llorar. Su expresión era de pura arrogancia.

"Máximo," dije, mi voz ahora firme.

"¿Sí, mi amor?"

Intentó tocarme la cara, pero me aparté.

Mis ojos se fijaron en una vieja guitarra decorativa que colgaba en la pared, una de las pocas cosas que quedaban de mi vida anterior.

La agarré. Pesaba.

Y con toda la rabia, todo el dolor y toda la humillación que sentía, la estrellé contra su cabeza.

El sonido fue seco, ahogado. La guitarra se hizo añicos.

Él se tambaleó, aturdido, llevándose una mano a la sien. La sangre empezó a manchar sus dedos.

Sus amigos se quedaron en silencio, boquiabiertos.

Máximo me miró, no con ira, sino con una extraña sorpresa. Luego, una sonrisa torcida apareció en sus labios.

"Brava," susurró.

Me dejó ir.

Se subió a su Hispano-Suiza, el motor rugió y desapareció en la noche de Sevilla, dejándome sola con los restos de una guitarra y una vida destrozada.

Capítulo 2

Me quedé sin nada.

La familia Castillo me repudió oficialmente. Mi nombre fue borrado de los carteles, de los programas, de la historia de nuestra dinastía de flamenco.

La alta sociedad sevillana, incitada por el círculo de Máximo, me dio la espalda. Las mismas personas que antes me adulaban ahora susurraban a mi paso.

"La bailaora que se enamoró de una mentira."

"Lo dejó todo por un don nadie que resultó ser Máximo Lawrence. Qué estúpida."

Perdí mi reputación. Ningún tablao de prestigio quería contratarme. Era la mujer que había atacado a un Lawrence. Era un escándalo.

Mi dinero se acabó rápido. Vendí las pocas joyas que me quedaban.

Pronto, solo me quedaba el orgullo, y eso no pagaba el alquiler.

Terminé aceptando un trabajo de limpieza en una pequeña peña flamenca en un barrio alejado. Un lugar donde, años atrás, había actuado como estrella invitada.

Ahora, fregaba los suelos pegajosos de cerveza y vino, limpiaba los baños y escuchaba el eco de un zapateado que ya no era el mío.

Me reía sola a veces, con una risa amarga. La gran Luciana Castillo, de rodillas, con un cubo y una fregona.

Una noche, mientras limpiaba las mesas después del cierre, los oí entrar.

Eran Máximo y sus amigos.

Se sentaron en la mejor mesa, pidiendo el vino más caro. No me vieron al principio.

Estaban celebrando algo. Sus risas resonaban en el local vacío.

"Máximo, tienes que contarlo otra vez. ¿Cómo se sintió cuando te golpeó con la guitarra?"

Máximo sonrió, tocándose una pequeña cicatriz casi invisible en la sien. "Fue... emocionante. Tiene carácter, la chica."

Entonces, uno de ellos me vio.

"Mira, mira a quién tenemos aquí. La reina del flamenco, ahora la reina de la fregona."

Todos se giraron. Sus miradas eran crueles, divertidas.

Máximo me miró fijamente. No había arrepentimiento en sus ojos. Solo una fría curiosidad, como si estuviera observando a un animal exótico en una jaula.

Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de rabia y vergüenza. Apreté el trapo húmedo en mi mano hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

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