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El Precio de Mi Corazón

El Precio de Mi Corazón

Autor: : Ning Ruoshui
Género: Romance
Diez años. Diez años de mi vida dedicados a Alejandro Vargas, el músico al que amaba con locura y para quien yo, Sofía Romero, una compositora llena de sueños, era solo su "perrita faldera". Fui su sombra, su asistente, la mujer a la que humillaba públicamente mientras usaba mi talento sin pudor. Pero la última humillación fue la gota que derramó el vaso: tras revelarle un falso diagnóstico fatal de cáncer cerebral, aquel hombre que me despreció por una década se arrodilló, pidiéndome matrimonio. No era amor ni arrepentimiento; era un macabro plan para arrebatarme el corazón y dárselo a Camila Flores, su "alma gemela" y mi rival, quien supuestamente agonizaba y necesitaba un trasplante. La traición me aplastó, pero en medio de mi dolor, ¿cómo pudieron mis supuestos seres amados idear un complot tan monstruoso para mi muerte? No había cáncer, no había muerte inminente, solo una farsa cruel. Decidí que la Sofía humillada moriría, y en su lugar, renacería una mujer sin miedo, lista para darles una lección inolvidable: en lugar de mi corazón, les daría un infierno que jamás olvidarían.

Introducción

Diez años.

Diez años de mi vida dedicados a Alejandro Vargas, el músico al que amaba con locura y para quien yo, Sofía Romero, una compositora llena de sueños, era solo su "perrita faldera".

Fui su sombra, su asistente, la mujer a la que humillaba públicamente mientras usaba mi talento sin pudor.

Pero la última humillación fue la gota que derramó el vaso: tras revelarle un falso diagnóstico fatal de cáncer cerebral, aquel hombre que me despreció por una década se arrodilló, pidiéndome matrimonio.

No era amor ni arrepentimiento; era un macabro plan para arrebatarme el corazón y dárselo a Camila Flores, su "alma gemela" y mi rival, quien supuestamente agonizaba y necesitaba un trasplante.

La traición me aplastó, pero en medio de mi dolor, ¿cómo pudieron mis supuestos seres amados idear un complot tan monstruoso para mi muerte?

No había cáncer, no había muerte inminente, solo una farsa cruel.

Decidí que la Sofía humillada moriría, y en su lugar, renacería una mujer sin miedo, lista para darles una lección inolvidable: en lugar de mi corazón, les daría un infierno que jamás olvidarían.

Capítulo 1

Diez años.

Habían pasado diez años desde que me enamoré perdidamente de Alejandro Vargas.

Diez años en los que me convertí en su sombra, su asistente, su "perrita faldera". Así me llamaban sus amigos, y él nunca lo negó.

Yo, Sofía Romero, una compositora con más sueños que realidades, le entregué una década de mi vida, esperando una migaja de su afecto.

Esta noche, la lluvia golpeaba las ventanas de mi pequeño departamento con furia, un reflejo perfecto de la tormenta en mi interior. Tenía un dolor de cabeza terrible y un mareo que no me dejaba en paz desde hacía días.

El teléfono sonó, y mi corazón dio un vuelco estúpido, como siempre.

Era él.

"Sofía, ¿dónde estás? Necesito que me traigas la partitura que está sobre mi piano. Es urgente".

Su voz era fría, exigente, sin un "¿cómo estás?".

"Estoy en casa, no me siento muy bien, Alejandro".

"No me importa, Sofía. Camila la necesita para su práctica de mañana. Tráela ahora".

Camila Flores. Su "alma gemela". La pianista de corazón frágil que siempre necesitaba algo. Y yo siempre era la encargada de conseguirlo.

"Pero está lloviendo a cántaros, y..."

"Te dije que es urgente".

Colgó.

Sin más, me levanté, el mareo haciéndome ver puntos negros. Me puse un impermeable sobre la ropa de casa y salí a la noche hostil.

El estudio de Alejandro no estaba lejos, pero la lluvia era tan densa que el camino se sentía eterno. El agua helada se colaba por mis zapatos y me empapaba los pantalones.

Cuando llegué, temblando de frío y con el cuerpo cortado, entré sin tocar. Era una de mis pocas "ventajas".

Él estaba en el sofá, con una copa de vino en la mano, viendo a Camila tocar el piano. No se giró a verme.

"Déjala ahí y vete".

Mis ojos se posaron en la música que Camila tocaba. Era mi melodía. Una pieza que había compuesto la semana pasada, una que le había mostrado a Alejandro en un momento de tonta esperanza. Le había dicho que era lo más personal que había escrito.

Él se la había dado a ella.

"Esa canción...", mi voz salió como un susurro roto.

Camila se detuvo y me miró con una sonrisa condescendiente.

"¿Te gusta? Alejandro la escribió para mí. Dice que captura la fragilidad de mi alma".

Alejandro ni siquiera me miró. Solo asintió, dándole la razón a ella.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No era solo la humillación, era el robo, la anulación total de mi existencia.

El mareo volvió con más fuerza. Me apoyé en la pared, tratando de respirar.

"Ya déjate de dramas, Sofía, y lárgate. Arruinas el ambiente", dijo Alejandro, finalmente volteando a verme con puro fastidio en la cara.

No pude responder. El dolor de cabeza se convirtió en una punzada insoportable, y todo se volvió negro.

...

Los días siguientes fueron un borrón. Desperté en mi cama, no sé cómo llegué. Alejandro nunca llamó.

El malestar no se iba, así que finalmente fui al médico.

Después de una serie de estudios, me senté frente a un hombre de bata blanca que me miraba con lástima.

"Señorita Romero... lo lamento mucho. Es cáncer cerebral. En una etapa muy avanzada".

La palabra "terminal" flotó en el aire, aunque no la dijo directamente. Me dio tres meses de vida. Como máximo.

Salí del consultorio en un estado de shock. El mundo seguía girando, los autos pasaban, la gente reía, pero para mí, todo se había detenido.

En un impulso de no sé qué, de necesidad de un último anclaje, llamé a Alejandro.

Le conté todo, con la voz plana, sin lágrimas.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, por primera vez en años, escuché algo que sonó como preocupación.

"¿Dónde estás? Voy por ti".

Esa noche, Alejandro fue diferente. Me llevó a cenar a un lugar caro. Me tomó de la mano. Me miró a los ojos.

"Sofía, he sido un idiota. No me di cuenta de lo que tenía hasta que estuve a punto de perderlo".

Mi corazón, estúpido y traicionero, empezó a latir con una esperanza enfermiza.

"Quiero cuidar de ti estos últimos meses. Quiero que seas mi esposa".

Se arrodilló. Sacó un anillo.

La gente en el restaurante aplaudió. Yo, en mi niebla de dolor y enfermedad, solo podía llorar.

Le dije que sí.

Los días siguientes fueron un sueño extraño. Alejandro era atento, casi cariñoso. Camila había desaparecido del mapa. Por primera vez, sentía que él me elegía a mí.

Pero había algo raro. Insistía en que me hiciera más estudios en una clínica específica, la misma donde trataban a Camila. Hablaba mucho de la donación de órganos, de lo noble que era dar vida después de la muerte.

Una tarde, mientras él estaba en una reunión, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Camila.

"¿Ya la convenciste? Los médicos dicen que mi corazón no aguantará mucho más. Necesito que firme los papeles de donación antes de que sea tarde. Tu futura 'esposa' tiene un corazón muy compatible con el mío".

Leí el mensaje una, dos, tres veces. El aire se escapó de mis pulmones.

No era amor. No era arrepentimiento.

Era una sentencia de muerte con una fachada de boda.

Quería mis órganos. Quería mi corazón para dárselo a ella.

El mundo se me vino encima. La traición era tan profunda, tan monstruosa, que eclipsaba incluso el diagnóstico de cáncer.

En ese momento de lucidez absoluta, de dolor puro, recordé algo. El médico que me diagnosticó... tenía el mismo apellido que el cardiólogo de Camila. Y la clínica a la que Alejandro insistía que fuera... era la misma.

Con manos temblorosas, busqué en internet. Encontré mi expediente de otro hospital, de un chequeo general que me había hecho hacía seis meses. Estaba perfectamente sana.

Llamé a Ricardo "Ricky" Torres, mi amigo de la infancia, el único que nunca me había juzgado. Le conté todo, el supuesto cáncer, la propuesta, el mensaje de Camila.

"Ricky, ¿puedes conseguirme una cita con otro oncólogo? Uno de confianza. Mañana mismo".

Al día siguiente, mientras Alejandro planeaba nuestra "boda express", yo estaba en otro hospital, repitiendo los estudios.

El nuevo médico miró los resultados, luego me miró a mí, confundido.

"Señorita Romero, no sé quién le dijo que tenía cáncer, pero está completamente equivocada. Tiene un cuadro de estrés agudo y anemia, probablemente por mala alimentación y agotamiento. Pero no hay ningún tumor. Está sana".

Sana.

Estaba sana.

No me iba a morir.

La alegría debería haberme inundado, pero en su lugar, sentí un frío glacial.

No me iba a morir, pero ellos habían planeado mi muerte. Habían jugado con mi vida y mis sentimientos de la forma más cruel imaginable.

La Sofía que había aguantado diez años de humillaciones murió en ese consultorio.

La que salió de ahí era otra persona.

Una persona que iba a hacerles pagar por todo.

Regresé a casa y Alejandro me recibió con una sonrisa radiante.

"Amor, ya está casi todo listo para la boda. En una semana serás la señora Vargas".

Lo miré, y por primera vez, no sentí amor. Solo un profundo y helado desprecio.

Le sonreí de vuelta, una sonrisa que no llegó a mis ojos.

"No puedo esperar, Alejandro. Será el día más feliz de mi vida".

Mentí. Porque el día más feliz de mi vida no sería mi boda.

Sería el día de su ruina.

Capítulo 2

Desperté sola en la fría habitación del hospital. La luz blanca del techo me lastimaba los ojos, y un pitido monótono era el único sonido de fondo.

No había flores. No había una nota. No había rastro de Alejandro.

Una enfermera entró a cambiar mi suero.

"¿Cómo se siente, señorita?", preguntó con amabilidad profesional.

"¿Dónde está... Alejandro Vargas? Él estaba conmigo".

La enfermera frunció el ceño, tratando de recordar.

"Ah, el músico famoso. Se fue hace horas. Una señorita muy pálida se sintió mal, y él se la llevó. Dijo que era una emergencia".

Camila.

Por supuesto.

Ni siquiera mi desmayo, mi evidente estado de salud precario, fue más importante que un malestar de Camila. Una oleada de amargura me subió por la garganta. ¿Qué esperaba? ¿Que de repente le importara?

Cerré los ojos, y un recuerdo vino a mí sin ser llamado.

Fue al principio, cuando apenas empezábamos a salir. Yo tenía diecinueve años, él veintidós. Éramos solo dos estudiantes de música llenos de sueños. Una tarde, en el parque, le mostré mi primera composición seria. Él la leyó con atención, sus ojos brillando.

"Sofía, esto es... increíble. Tienes un don. Nunca dejes que nadie te diga lo contrario".

Ese día, me besó por primera vez. Y yo le creí. Creí que veía mi talento, que me veía a mí.

El recuerdo se agrió, cambiando de escena. Un año después, en una fiesta. Alejandro ya empezaba a ser conocido. Ahí fue donde conoció a Camila, la hija de un productor influyente, con su historia trágica de un corazón enfermo.

Recuerdo estar buscándolo y encontrarlo en un balcón. Él estaba escuchando a Camila hablar, con la misma mirada de fascinación que una vez me dedicó a mí.

Cuando me acerqué, él me presentó de una forma extraña.

"Camila, ella es Sofía. Me ayuda con algunas cosas de música".

¿Ayuda? Éramos novios. Yo era su colaboradora, su musa. Pero en ese momento, frente a Camila, me redujo a una simple asistente.

Ese fue el principio del fin.

El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos. No era Alejandro. Eran dos de sus amigos, Mateo y Daniel, con unas sonrisas burlonas en la cara.

"¡Vaya, vaya! Miren a la bella durmiente", dijo Mateo, dejando unas flores baratas en la mesita de noche.

"Alejandro nos dijo que te desmayaste. Qué dramática, Sofi", añadió Daniel.

"¿Dónde está él?", pregunté, ignorando sus pullas.

Mateo soltó una carcajada.

"¿No te enteraste? Ganó la apuesta".

Lo miré sin comprender.

"¿Qué apuesta?".

"Hace años, cuando empezaste a pegártele como chicle, Alejandro apostó con nosotros que no aguantarías más de un año de su trato. Yo dije que dos. Pero mírate, diez años después, sigues aquí, moviendo la colita. Nos ganó a todos. Nos debe una buena borrachera".

Cada palabra era un golpe. Una apuesta. Mi amor, mi dedicación, mi dolor... todo había sido el tema de una broma cruel durante una década.

Las lágrimas que no había derramado por el cáncer, ni por la traición, empezaron a brotar, calientes y llenas de rabia.

"Lárguense. Fuera de aquí", siseé.

Se rieron y se fueron, dejándome sola con los pedazos de mi humillación.

Cuando finalmente me dieron el alta, fui a mi departamento. Sobre la cama, había una pequeña caja. Dentro, estaba mi pulsera. La pulsera de plata que mi madre me había dado antes de morir. Se la había dado a Alejandro la noche de la "propuesta". Le dije que, ya que me iba a morir, quería que tuviera lo más valioso para mí.

Ahora me la devolvía. Estaba rota. Un eslabón estaba aplastado, como si alguien la hubiera pisado sin cuidado.

El mensaje era claro. Ni siquiera mi último deseo, mi objeto más sagrado, tenía valor para él.

Me senté en el suelo, con la pulsera rota en la mano, y lloré hasta que no me quedaron fuerzas.

Fue entonces cuando mi laptop sonó con la notificación de un correo nuevo. Era de Ricky.

Asunto: ¡La oportunidad de tu vida!

"Sofi, ¿te acuerdas de la Beca de Composición de la Academia de Música de Viena? ¡La abrieron de nuevo! Envié tu portafolio sin que supieras (perdón por el atrevimiento, pero eres demasiado talentosa para desperdiciarte). ¡Y les encantó! Quieren entrevistarte. Es una beca completa, con estancia y todo. Es tu oportunidad de escapar, de ser tú. Por favor, piénsalo".

Viena. Lejos de Alejandro, lejos de Camila, lejos de esta vida miserable.

Una pequeña llama de esperanza se encendió en mi pecho.

Esa noche, Alejandro apareció en mi puerta. No para ver cómo estaba, sino para darme órdenes.

"Mañana tenemos que ir a ver los salones para la boda. Y necesito que me ayudes a terminar los arreglos de una nueva canción para Camila".

Lo miré, sintiendo una calma extraña, una distancia gélida.

"Alejandro, estaba pensando... ¿y si me voy? Hay una oportunidad en Viena...".

Él soltó una carcajada, tan fuerte y genuina que me heló la sangre.

"¿Viena? ¿Tú? Por favor, Sofía, no seas ridícula. ¿Quién te crees que eres? Tu lugar está aquí, a mi lado. Ahora que estás enferma, más que nunca. Deja de soñar despierta y sé útil".

Lo miré fijamente, la llama de esperanza ahora convertida en un fuego gélido de determinación. Ya no había dolor, no había amor. Solo un vacío y una decisión.

"Tienes razón", le dije, con una voz tan tranquila que hasta a mí me sorprendió. "Qué tontería la mía".

Él sonrió, satisfecho, creyendo que había ganado una vez más.

"Así me gusta. Ahora, sobre esos arreglos...".

Mientras él hablaba, yo ya no lo escuchaba. Mi mente estaba en otro lugar. Estaba planeando mi partida. Pero no sería una huida silenciosa.

Sería un portazo tan fuerte que haría temblar sus cimientos.

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