La Feria de Abril de Sevilla estaba en su apogeo.
Como bailaora, mi vida debería haber sido puro arte y pasión.
Pero para mí, era una jaula de oro bajo el control de Máximo.
Él me arrancó del tablao, me obligó a servir a sus amigos mientras él besaba a su amante, Scarlett, delante de todos.
Entre risas, apostaban cuánto tardaría en llorar.
Mientras recogía los billetes, mi corazón se heló al escuchar a Scarlett comentar sobre mi esterilidad y la pérdida de nuestro bebé, una tragedia que ella misma causó.
Máximo, inmutable, respondió: "No necesito que me dé hijos. Para eso hay otras mujeres."
Esa indiferencia me acuchilló.
A pesar del tobillo roto, resultado del empujón de Scarlett por las escaleras y su posterior risa, Máximo me obligó a bailar descalza sobre piedras.
Solo la sangre entre mis piernas me salvó de la humillación, y aun así, él me dejó tirada para consolar a Scarlett.
Después, me inyectó un sedante, permitiendo que Scarlett vertiera aceite hirviendo sobre mi pierna, dejándome una horrible quemadura.
Mi existencia se había vuelto una farsa dolorosa, cada acto de sumisión, una moneda para pagar la deuda de mi tablao.
Pensaban que era débil, sumisa, quebrada.
Pero mientras ellos se regodeaban en mi dolor, yo estaba planeando mi escape.
Mi verdadero dolor era mi disfraz más potente.
Y cuando la última deuda se saldó, finalmente, volví a ser Lina.
La Feria de Abril de Sevilla estaba en su apogeo, pero para mí, no había alegría, solo el peso de la humillación.
Máximo me había arrancado del tablao justo antes de mi actuación más importante del año, todo porque a su amante, Scarlett, se le había antojado fingir un esguince.
Ahora, en la fiesta privada de su finca, la humillación alcanzaba un nuevo nivel.
Máximo me ordenó servir bebidas a sus amigos, un grupo de hombres ricos y superficiales que me miraban con desprecio.
"Muévete, Lina, ¿no ves que Roy tiene la copa vacía?"
Obedecí en silencio, llenando la copa de su socio mientras él, Máximo, besaba a Scarlett delante de todos, sin ningún pudor.
Las risas de sus amigos resonaban en el patio.
"¿Cuánto creéis que aguantará esta vez?" preguntó uno.
"Apuesto cien euros a que llora en menos de diez minutos," dijo otro, lanzando un billete arrugado a mis pies.
Más billetes cayeron al suelo.
Me agaché con calma, recogiendo cada euro. Sus risas no me importaban. Cada billete me acercaba un poco más a mi objetivo: salvar el tablao de mi familia.
El dinero era lo único que importaba. La deuda del tablao estaba casi saldada. Solo un poco más.
Mi sumisión era una actuación, mi dolor una máscara. Mi verdadera meta estaba a punto de cumplirse, y mi libertad era inminente.
Cuando volví a la casa principal, los encontré en el sofá. Scarlett estaba recostada en el regazo de Máximo, y él le acariciaba el pelo.
"Esa bailarina tuya es tan frágil," dijo Scarlett con una voz falsamente dulce. "Con ese cuerpo tan débil, me pregunto si alguna vez podrá darte un hijo. ¿Recuerdas cómo perdió al último? Qué descuido."
Mi sangre se heló. El recuerdo del aborto espontáneo, provocado por un "accidente" que ella misma causó empujándome por las escaleras, volvió con una claridad dolorosa.
Máximo ni siquiera parpadeó.
"No necesito que me dé hijos. Para eso hay otras mujeres."
Su comentario fue un golpe directo, cruel y despectivo. Me di la vuelta y salí al patio frío, luchando por respirar.
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Días después, la lesión en mi tobillo, el "accidente" provocado por Scarlett, seguía doliéndome intensamente. El médico había ordenado reposo absoluto.
Pero esa noche, Máximo tenía otros planes.
"Lina, los invitados están aburridos," dijo, con Scarlett colgada de su brazo. "Baila para ellos."
Lo miré, incrédula. "Máximo, no puedo. El médico dijo..."
"No me importa lo que dijo el médico," me interrumpió, su voz dura como el acero. "Scarlett quiere verte bailar. Ahora."
Scarlett sonrió, una sonrisa sádica disfrazada de inocencia. "Sí, Lina. Un poquito de flamenco. Aquí, en el patio."
El patio era de piedra fría y desigual. Estaba descalza.
"Ponte de pie y baila," ordenó Máximo.
El recuerdo de cómo ocurrió la lesión me golpeó. Estábamos en la bodega. Scarlett "tropezó" y me empujó por un tramo de escaleras. Caí mal, mi tobillo se torció con un chasquido horrible. Máximo estaba allí. Vio cómo Scarlett sonreía mientras yo gritaba de dolor en el suelo. No hizo nada. Solo dijo: "Ten más cuidado, Lina. Estás manchando el suelo de polvo."
Ahora, bajo la mirada de sus invitados, me puse de pie. Cada movimiento era una tortura. La piedra fría quemaba mis pies y el dolor en mi tobillo era insoportable.
Intenté moverme al compás de una música imaginaria, pero mi cuerpo no respondía. El dolor se intensificó, subiendo por mi pierna como fuego.
De repente, sentí un calor húmedo entre mis piernas. Miré hacia abajo. Sangre. Estaba sangrando.
El mundo empezó a dar vueltas. Mi cuerpo se desplomó sobre la piedra fría.
Máximo se acercó, su rostro una máscara de irritación. "¿Qué pasa ahora?"
Pero antes de que pudiera tocarme, Scarlett gimió. "Ay, Máximo, mi cabeza. De repente me duele muchísimo. Creo que me voy a desmayar."
Él se giró al instante, olvidándose de mí.
"Tranquila, cariño. Te llevaré adentro."
La cogió en brazos y se la llevó, dejándome tirada en el suelo, sangrando y temblando de dolor y fiebre.
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