Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > El Precio de la venganza: Embarazada del CEO
El Precio de la venganza: Embarazada del CEO

El Precio de la venganza: Embarazada del CEO

Autor: : Librosromanticos
Género: Romance
En el corazón de un Berlín gris y despiadado, Emma Hoffmann vive una existencia diseñada para el aislamiento. Restauradora de arte, amante de la estética coquette y fiel a una disciplina de vida que protege su frágil salud y su aversión al contacto físico, Emma solo tiene un ancla en el mundo: su tía Heidi. Pero cuando una enfermedad terminal y una deuda de honor la ponen contra las cuerdas, Emma se ve obligada a entrar en la guarida del lobo. ​Noah Becker, el gélido CEO de un imperio automotriz y tecnológico, no cree en el azar, solo en el cálculo y la venganza. Durante quince años ha esperado el momento de cobrarle a la sangre Hoffmann el incendio que destruyó a su familia. Su propuesta es tan eficiente como cruel: un cuarto de millón de euros a cambio de que Emma geste a su heredero y desaparezca de su vida para siempre. ​Atrapada en una mansión de cristal y sombras, donde cada paso es monitoreado por procesadores de última generación y cada silencio es roto por la hostilidad de una prometida corporativa, Emma deberá sobrevivir a una transacción que amenaza con devorar su identidad. Sin embargo, en medio del vacío acústico de sus auriculares lila y sus rituales de nutrición limpia, algo inesperado comienza a vibrar. ​Noah, el hombre que diseñó un contrato para despojarla de todo, empieza a descubrir que no hay algoritmo capaz de predecir el impacto de la seda sobre el acero. En una guerra silenciosa de voluntades, ambos aprenderán que la arquitectura más resistente no es la que se construye con cemento y poder, sino la que se levanta, latido a latido, en el refugio de lo compartido.

Capítulo 1 01

El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico y monótono, el único sonido que se atrevía a romper el pesado silencio de la habitación 412 del Hospital Charité de Berlín. Emma Hoffmann estaba sentada en la silla de vinilo junto a la cama, con las rodillas encogidas contra el pecho. En su regazo descansaba su refugio: un diario visual de estilo scrapbook. Con movimientos precisos y delicados, pegaba un trozo de encaje antiguo junto a un boceto a lápiz, aplicando suaves acuarelas en tonos lila y rosa pastel.

Era un contraste violento; su arte desbordaba una ternura y una estética romántica que la cruda realidad médica a su alrededor se empeñaba en aplastar.

Emma odiaba los hospitales. No solo por lo que representaban, sino por el bullicio constante de los pasillos, la abrumadora cantidad de personas y la inevitable invasión del espacio personal. Prefería mil veces la soledad absoluta de su pequeño estudio de restauración, rodeada del olor a óleo y madera vieja, donde el mundo exterior y sus multitudes no podían alcanzarla. Instintivamente, encogió los hombros cuando la puerta se abrió de golpe, rehuyendo cualquier posibilidad de contacto físico o saludo convencional.

El doctor Müller entró, con el rostro ensombrecido y una carpeta gris en las manos.

-Señorita Hoffmann -murmuró el médico, manteniendo una distancia profesional que Emma agradeció en silencio-. He revisado el caso de su tía Heidi con la junta médica.

Emma cerró su libreta de golpe. El crujido del papel pareció resonar en toda la habitación.

-El tratamiento experimental en Suiza... -comenzó ella, con la voz apenas por encima de un susurro.

-Es su única opción para detener el avance de la enfermedad -la interrumpió Müller con suavidad-. Pero la administración ha sido clara. El seguro no cubrirá un procedimiento internacional no estándar. Necesitan el pago por adelantado para asegurar la plaza clínica antes del viernes. Doscientos cincuenta mil euros.

El número cayó sobre Emma como un bloque de cemento. Doscientos cincuenta mil euros. Podría vender los pocos muebles de su apartamento, empeñar los antiguos relicarios de su madre, trabajar en la cafetería cien horas a la semana, y no reuniría ni una fracción de esa cantidad.

-Tiene que haber una prórroga, un plan de financiación... -suplicó Emma, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso.

-Lo siento mucho, Emma. Si los fondos no son transferidos en cuarenta y ocho horas, le darán la plaza a otro paciente.

Cuando el médico salió, Emma se acercó a la cama. Heidi, la mujer que la había criado con una dulzura inagotable, dormía bajo el efecto de los analgésicos. Se veía tan frágil. Emma le rozó suavemente la mano, conteniendo las lágrimas para no perturbar la paz de su tía. No iba a dejarla morir. Haría lo que fuera necesario.

A varios kilómetros de allí, en el último piso de la imponente Torre Becker en Potsdamer Platz, el mundo era de cristal, acero y control absoluto.

Noah Becker estaba de pie frente al inmenso ventanal que le ofrecía una vista panorámica de Berlín bajo la lluvia. La ciudad parecía un tablero de ajedrez a sus pies, y él, el único jugador con derecho a mover las piezas. Llevaba puestos unos auriculares de alta fidelidad con cancelación de ruido activa; prefería sumergirse en el vacío acústico perfecto antes que escuchar el zumbido inútil de la metrópolis.

Se quitó los auriculares cuando la luz roja de su intercomunicador parpadeó. Era su asistente personal.

-Señor Becker. El informe del Hospital Charité acaba de llegar.

Noah se giró lentamente. Su impecable traje oscuro se ajustaba a su postura militar, heredada no de un ejército, sino de años de construir muros de hielo alrededor de su propia humanidad. Caminó hacia su escritorio de caoba y abrió el archivo digital en su tableta.

-¿La prórroga? -preguntó Noah, su voz fría y carente de cualquier inflexión emocional.

-Denegada, tal como usted instruyó a la junta directiva a través del fondo de donaciones, señor. La señorita Hoffmann tiene hasta el viernes para conseguir un cuarto de millón de euros, o su tía perderá la oportunidad del tratamiento en Suiza.

Noah deslizó el dedo por la pantalla. Apareció una fotografía de Emma. Ojos grandes y expresivos, cabello castaño cayendo en ondas suaves, una bufanda lila anudada al cuello. Se veía exactamente igual que hace años, inocente y completamente ajena al pecado imperdonable de su sangre. El abuelo de esa chica había encubierto la negligencia que mató a su hermano menor en aquel incendio maldito. Los Hoffmann habían conservado su dinero y su libertad, mientras la familia de Noah quedaba reducida a cenizas.

Ahora, los papeles se habían invertido. El abuelo Hoffmann estaba muerto, la fortuna familiar derrochada por pésimas gestiones de terceros, y Emma era la última de su línea.

-Está acorralada -murmuró Noah, y una sombra de satisfacción letal cruzó sus ojos claros-. Perfecto. Prepara el contrato. Que no falte ni una sola cláusula.

-Señor... -titubeó el asistente-. ¿Está seguro de que la querrá a *ella* para...?

-¿Para gestar a mi heredero? -Noah clavó su mirada en el empleado, helándole la sangre-. No estoy buscando una madre amorosa, Müller. Estoy cobrando una deuda. La quiero en la oficina de mi abogado en menos de dos horas.

La lluvia berlinesa arreciaba contra los cristales de la pequeña panadería de la esquina del hospital. Emma estaba sentada en la mesa más alejada de la puerta, buscando asilarse del ruido de las máquinas de café y las conversaciones ajenas. Frente a ella, un simple té de hierbas y una galleta integral de avena alta en fibra; su estómago, cerrado por el estrés, rechazaba cualquier cosa procesada o cargada de azúcares refinados. Masticaba mecánicamente, mientras en su mente los números bailaban en una danza macabra.

Había llamado al banco. Había llamado a prestamistas. Nadie iba a arriesgar un cuarto de millón de euros por una estudiante de restauración de veintiún años sin avales.

De repente, la campanilla del local sonó y un hombre de impecable traje gris se abrió paso entre las mesas, dirigiéndose directamente hacia ella. Emma tensó los hombros, deseando poder fundirse con la pared.

-¿Señorita Emma Hoffmann? -preguntó el hombre, deteniéndose a una distancia prudencial.

-¿Quién lo pregunta? -respondió ella a la defensiva, dejando la galleta sobre el plato de porcelana.

El hombre metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una tarjeta negra, gruesa y minimalista, con un escudo grabado en relieve que Emma reconoció al instante. Industrias Becker. Era el conglomerado automotriz y tecnológico más poderoso del país.

-Mi nombre es Klaus. Trabajo para el señor Noah Becker. Mi jefe es un ávido coleccionista de arte clásico y ha estado siguiendo de cerca su trabajo de restauración en la academia.

Emma frunció el ceño.

-Soy solo una estudiante. Aún no tomo comisiones privadas de ese calibre.

-El señor Becker tiene un proyecto muy... específico y confidencial que requiere sus habilidades de inmediato -Klaus hizo una pausa calculada, bajando la voz-. Está dispuesto a ofrecer un pago por adelantado de trescientos mil euros en el momento de la firma del contrato.

El corazón de Emma se detuvo. Trescientos mil euros. Era exactamente lo que necesitaba, más un margen para los cuidados postoperatorios de Heidi. Era un milagro. Un maldito y sospechoso milagro caído del cielo de Berlín.

-¿Por qué yo? -preguntó, la desconfianza asomándose en su voz temblorosa.

-El señor Becker no discute sus decisiones con el personal. Sin embargo, me pidió que le informara que su tiempo es limitado. El coche está afuera. Si desea escuchar la propuesta completa, debe venir conmigo ahora.

Emma miró por la ventana. Un sedán negro, oscuro y amenazante, esperaba bajo la lluvia. Pensó en su libreta de bocetos, en los tonos pastel que amaba, en la quietud de su vida que estaba a punto de perder. Y luego pensó en la respiración dificultosa de la tía Heidi en la cama del hospital.

No tenía opción.

Se levantó, recogió su abrigo y siguió al hombre hacia el coche, caminando directamente hacia las fauces de un lobo que llevaba quince años esperándola en la oscuridad.

Capítulo 2 02

El trayecto en el ascensor hacia el último piso de la Torre Becker fue asfixiante. A pesar de que la cabina estaba vacía a excepción de Klaus y ella, Emma sentía que las paredes de cristal y acero se cerraban a su alrededor. El edificio entero exhalaba una atmósfera de poder aséptico y calculador, un mundo diametralmente opuesto a las texturas cálidas, los colores pastel y la tranquila soledad de su estudio de arte.

Cuando las puertas se abrieron con un suave siseo, Emma se encontró en un vestíbulo inmenso, dominado por mármol negro y líneas minimalistas. No había cuadros, ni plantas, ni un solo atisbo de imperfección humana. Aferró la correa de su bolso con fuerza, sintiendo el reconfortante peso de su diario estilo *scrapbook* contra su costado; era su única ancla a la realidad en medio de aquel mausoleo corporativo.

Klaus la guio hacia una puerta doble de roble oscuro al final del pasillo.

-El señor Becker la está esperando -indicó el hombre, abriendo una de las hojas y haciéndose a un lado para dejarla pasar. No entró con ella. Simplemente cerró la puerta a sus espaldas, dejando a Emma atrapada en la guarida del CEO.

La oficina era tan inmensa e intimidante como el resto del edificio. Detrás de un escritorio de cristal y metal, recortado contra la tormenta que azotaba Berlín al otro lado del ventanal, estaba Noah Becker.

Emma se detuvo en seco. Las fotografías en las revistas financieras no le hacían justicia. Era alto, de una presencia abrumadora, con facciones esculpidas con la misma dureza del mármol que adornaba su vestíbulo. Sus ojos, de un azul tan claro que rozaba el gris, se clavaron en ella con la precisión de un bisturí. No había calidez en esa mirada, solo un cálculo gélido y, si Emma no se equivocaba, un destello de hostilidad contenida.

Noah no se acercó a saludarla. No hizo el amago de extenderle la mano, rompiendo la convención social básica. Emma soltó un imperceptible suspiro de alivio; odiaba los apretones de manos obligados y el contacto físico con extraños, prefería mantener su burbuja intacta.

-Señorita Hoffmann -la voz de Noah era grave, un barítono profundo que resonó en el silencio de la oficina-. Tome asiento.

Emma caminó con rigidez hacia una de las sillas frente al escritorio, manteniéndose erguida, negándose a dejarse empequeñecer por la opulencia del lugar.

-Su asistente mencionó un proyecto de restauración urgente -comenzó ella, yendo directo al grano para enmascarar su nerviosismo-. Si me permite ver las piezas o el catálogo, puedo evaluar si estoy capacitada para el trabajo, aunque sigo pensando que sobreestiman mis...

-No hay ninguna obra de arte, Emma.

La interrupción fue cortante, seca. El uso de su nombre de pila la descolocó.

Noah se sentó lentamente en su sillón de cuero. Abrió una gaveta y extrajo una carpeta negra y gruesa, deslizándola sobre la superficie de cristal hasta que quedó frente a ella.

-¿No hay obra de arte? -repitió Emma, frunciendo el ceño-. No entiendo. Me ofrecieron un pago adelantado de trescientos mil euros.

-El dinero es real. La oferta sigue en pie. El trabajo, sin embargo, requiere un tipo de entrega diferente. -Noah entrelazó las manos sobre el escritorio, observándola como un depredador que ya ha cerrado la jaula-. Abre la carpeta.

Con dedos temblorosos, Emma levantó la cubierta de cartón. Lo primero que vio fue un documento legal con el membrete del bufete Wagner & Asociados. El título, en letras negritas, le robó el aliento.

*Contrato Privado de Gestación, Compensación Económica y Cesión Total de Derechos Filiales.*

Emma parpadeó, sintiendo que una ola de frío le recorría la espina dorsal. Leyó las primeras líneas, mareada por la jerga legal, pero las palabras clave saltaban a la vista como luces de neón: *Concepción natural*, *Exclusividad*, *Cesión absoluta e irrevocable de la custodia*, *Confidencialidad absoluta*.

-¿Qué es esto? -preguntó, alzando la vista. Su voz temblaba.

-Una solución a nuestros respectivos problemas -respondió Noah sin inmutarse-. Yo necesito un heredero legítimo para consolidar el control absoluto de mi junta directiva antes de fin de año. Tú necesitas doscientos cincuenta mil euros para trasladar a Heidi Meyer a la clínica en Zúrich antes del viernes. Los cincuenta mil restantes son para tus gastos personales durante el periodo de gestación.

El terror se apoderó de Emma. Él lo sabía. Sabía exactamente cuánto necesitaba y para qué. Había investigado su miseria, su vulnerabilidad, y la había cuantificado.

-Está usted enfermo -susurró Emma, poniéndose de pie de golpe. La silla raspó violentamente contra el suelo-. Esto es... esto es tráfico de personas. Es aberrante. Me largo de aquí.

Dio media vuelta, dispuesta a huir de aquel despacho asfixiante.

-Vete, entonces -dijo Noah, su voz serena y letal golpeando la espalda de Emma y deteniéndola a medio paso-. Sal por esa puerta, regresa al hospital Charité, siéntate en esa silla de vinilo y observa cómo desconectan a la única familia que te queda porque su sobrina tuvo demasiados escrúpulos para salvarle la vida.

Emma se quedó paralizada. Las palabras de Noah fueron como puñaladas directas a su corazón. Se giró lentamente, con los ojos anegados en lágrimas de rabia e impotencia.

-¿Por qué yo? -le gritó, perdiendo por fin la compostura, su naturaleza tímida y dócil aplastada por la desesperación-. Hay agencias. Hay cientos de mujeres dispuestas a esto por la mitad de ese dinero. ¿Por qué apuntar a alguien que está acorralada?

Noah sostuvo su mirada lacrimosa sin que un solo músculo de su rostro se alterara. Por un segundo microscópico, los fantasmas de su propio pasado rugieron en su mente: el humo, el fuego, el nombre *Hoffmann* en los informes encubiertos. Pero enterró la venganza bajo su perfecta fachada de hombre de negocios.

-No me interesan las agencias. Busco características genéticas específicas, un historial familiar sin anomalías médicas severas, y sobre todo, discreción -mintió Noah con fluidez profesional-. Tu perfil encaja. Eres joven, sana, no tienes lazos románticos ni un estilo de vida público que atraiga a la prensa. Además, tu situación económica me garantiza tu absoluta cooperación.

Emma sintió náuseas. Él estaba comprando no solo su cuerpo, sino su desesperación. Le estaba pidiendo que llevara una vida en su vientre, la suya y la de él, para luego arrancársela de los brazos. Le estaba pidiendo que sacrificara su inocencia en la cama de un desconocido frío y calculador. Era una locura. Era inmoral.

-No puedo hacerlo -sollozó Emma, abrazándose a sí misma, buscando consuelo en el tacto áspero de su propio abrigo-. No puedo tener un bebé y luego... entregárselo como si fuera un paquete.

-No te estoy pidiendo que lo cries, te pido que lo incubes -replicó Noah, levantándose en toda su imponente altura. Caminó lentamente alrededor del escritorio hasta quedar a un par de metros de ella. Su presencia era abrumadora-. En el momento en que des a luz, tu parte del trato termina. Volverás a tu vida, a tu estudio de arte, a tu tía sana y salva. Nadie sabrá jamás de este acuerdo.

Emma miró el contrato sobre el escritorio. La tinta negra parecía una sentencia de muerte para su alma, pero un salvavidas para Heidi. Pensó en la suave voz de su tía cantándole cuando era niña, en las sopas calientes en invierno, en cómo hipotecó su propia vida para pagarle las clases de arte.

*¿Cuánto vale la vida de quien amas?* se preguntó Emma, sintiendo que su corazón, bondadoso y soñador, se fracturaba irremediablemente.

Noah levantó su reloj de pulsera con elegancia calculada.

-El banco cierra transferencias internacionales a las cinco de la tarde de mañana. Tienes hasta el mediodía para firmar este documento y someterte a las pruebas médicas iniciales en mi clínica privada. De lo contrario, la oferta expira y la clínica en Suiza cederá la plaza.

-Es un monstruo -susurró ella, mirándolo con un odio recién nacido, puro y cristalino.

-Soy un hombre de negocios que ofrece capital a cambio de un activo -corrigió Noah, sin rastro de ofensa en su tono. Volvió a sentarse y retomó su tableta, descartándola visualmente-. Llévate la carpeta, Emma. Léela. Llora. Maldíceme. Pero mañana a las doce, te quiero aquí.

Emma tomó la carpeta con manos trémulas, la apretó contra su pecho junto a su diario scrapbook, y salió corriendo de la oficina, huyendo del rascacielos como si el mismo diablo la estuviera persiguiendo. No sabía que el verdadero infierno no estaba en firmar ese papel, sino en enamorarse del demonio que lo había redactado.

Capítulo 3 03

El trayecto en el U-Bahn de regreso a su apartamento fue una tortura. A esa hora, los vagones del metro de Berlín estaban atestados de cuerpos húmedos por la lluvia, abrigos empapados y conversaciones estridentes. Emma se encogió en un rincón junto a las puertas, detestando la proximidad forzada y el roce accidental de los extraños contra sus hombros. Siempre había preferido el aislamiento, el espacio personal inquebrantable, y aquella multitud la asfixiaba casi tanto como la propuesta de Noah Becker.

Con manos temblorosas, rebuscó en su bolso hasta encontrar sus auriculares de diadema. No eran unos auriculares cualquiera; había ahorrado durante meses para permitirse un equipo con cancelación de ruido activa de la más alta fidelidad técnica. Al encenderlos, el zumbido de los motores, las voces y la opresión del vagón desaparecieron, reemplazados por un silencio sepulcral, seguido de una melodía instrumental suave con agudos nítidos y bajos profundos. Cerró los ojos, intentando que la música lavara la suciedad que sentía impregnada en su piel desde que salió de la Torre Becker, pero la imagen de los fríos ojos grises de Noah seguía grabada en el interior de sus párpados.

Al llegar a su pequeño piso en el barrio de Kreuzberg, el silencio la recibió como una bofetada. El apartamento estaba impregnado del aroma a lavanda que su tía Heidi solía rociar en las cortinas. Todo allí le recordaba a ella: el pequeño sillón de lectura, las tazas de porcelana desportilladas, los lienzos a medio terminar apoyados contra la pared, teñidos de sus característicos tonos lila y rosa.

Emma arrojó la pesada carpeta negra sobre la diminuta mesa de la cocina como si quemara.

Necesitaba recuperar el control. Su mente era un torbellino de pánico y dilemas morales, así que recurrió a la única rutina que le proporcionaba una ilusión de orden en medio del caos: su estricto régimen alimenticio. Encendió la estufa y, con movimientos mecánicos, comenzó a preparar su cena. Hirvió una porción exacta de granos integrales y cocinó brócoli al vapor. Desde que la salud de Heidi había empeorado, Emma había eliminado por completo los azúcares refinados y los alimentos ultraprocesados de su vida, aferrándose a esa disciplina basada en la fibra y la nutrición limpia como un ancla para no volverse loca.

Se sentó a la mesa con su tazón humeante, pero al dar el primer bocado de arroz integral, un nudo en la garganta le impidió tragar.

La carpeta negra seguía allí, burlándose de ella.

Respiró hondo, apartó su cena intacta y abrió el documento. Las páginas, impresas en un papel grueso y opulento, detallaban el desmantelamiento legal de su futuro.

*Cláusula 4: De la concepción y la gestación.* El contrato estipulaba que la concepción se llevaría a cabo de manera "natural" en los días óptimos de su ciclo, bajo la supervisión médica exclusiva de los especialistas del señor Becker. No habría intimidad emocional, solo un acto mecánico con un propósito definido.

*Cláusula 12: De la residencia.* A partir de la confirmación del embarazo, la gestante deberá trasladarse a la residencia principal del señor Becker, sometiéndose a una dieta, horarios y restricciones de movilidad dictados por el equipo de seguridad y salud de la familia.

*Cláusula 25: De la cesión total.* Inmediatamente después del parto, la gestante renunciará a cualquier derecho legal, moral o físico sobre el menor. Se le prohíbe cualquier intento de contacto futuro. La penalización por incumplimiento implicaba la ruina financiera y penal absoluta.

Emma dejó caer la cabeza entre las manos, enredando los dedos en su cabello castaño. Era un suicidio emocional. Se imaginó llevando a un bebé durante nueve meses, sintiendo sus patadas, escuchando su corazón, solo para entregarlo a los brazos fríos de un hombre de hielo que lo veía como un simple "activo" corporativo. El dolor fantasma de esa pérdida futura le atravesó el pecho con tanta fuerza que soltó un sollozo ahogado.

El sonido de su teléfono vibrando sobre la mesa la sobresaltó. En la pantalla brillaba el número del Hospital Charité.

El corazón de Emma se detuvo. Deslizó el dedo por la pantalla con pánico.

-¿Diga? -su voz apenas fue un hilo.

-¿Señorita Hoffmann? Habla la enfermera de turno en la planta cuatro -dijo una voz compasiva, pero apresurada-. Su tía ha tenido una crisis respiratoria grave hace unos minutos. Hemos logrado estabilizarla, pero el doctor Müller me ha pedido que le informe que sus pulmones están cediendo más rápido de lo previsto. Si no es trasladada a la clínica en Suiza para el procedimiento experimental a más tardar el viernes por la noche... me temo que no pasará del fin de semana.

La habitación entera dio vueltas.

-Estaré... estaré allí a primera hora -susurró Emma, y la llamada se cortó.

No había tiempo para el orgullo. No había tiempo para la moralidad ni para proteger su propio corazón. El ultimátum no era del arrogante CEO en su torre de cristal; el ultimátum era de la muerte misma, que venía a reclamar a la única persona que la había amado en este mundo.

Miró el contrato. La frialdad de los términos ya no le parecía una amenaza, sino un peaje sangriento que debía pagar. Agarró un bolígrafo de tinta negra, destapándolo con ferocidad. Buscó la última página, donde una línea de puntos esperaba su nombre bajo la palabra *Gestante/Cedente*.

Su mano tembló tanto que la punta del bolígrafo rasgó levemente el papel. Trató de visualizar la sonrisa de Heidi, el sonido de su risa, para darse el valor necesario. Y trazó su firma. Letra a letra. Sellando un pacto con el diablo que la llevaría directo al infierno.

A las once y cincuenta de la mañana del día siguiente, el mismo sedán negro la dejó en las puertas de la Torre Becker. Esta vez, la lluvia había cesado, pero un cielo gris y opresivo cubría Berlín. Emma llevaba el contrato firmado dentro de su bolso, junto con una pequeña maleta de mano. Había leído la letra pequeña: las pruebas médicas comenzaban el mismo día de la firma.

Subió al último piso sin necesidad de escolta. La recepcionista del inmenso vestíbulo de mármol asintió con la cabeza al verla, como si ya estuviera esperando a la víctima del sacrificio, y le indicó que pasara directamente.

Cuando Emma empujó las gruesas puertas de roble, encontró a Noah Becker exactamente en la misma posición que el día anterior, de pie frente al ventanal, observando la ciudad. Llevaba un traje azul marino impecable que acentuaba la frialdad de sus ojos cuando se giró para mirarla.

No mostró sorpresa. Ni triunfo. Solo la fría satisfacción de una ecuación matemática resuelta a su favor.

Emma caminó hasta el escritorio. Sus movimientos eran rígidos, su expresión una máscara de apatía forzada que había construido durante toda la noche. Sacó la carpeta negra y la dejó caer sobre la superficie de cristal con un golpe sordo.

-Está firmado -dijo Emma. Su voz sonó ronca, vacía-. Quiero que el hospital de Suiza reciba la transferencia en la próxima hora, señor Becker. Y quiero el comprobante en mi correo antes de salir de esta habitación rumbo a su clínica.

Noah bajó la mirada hacia la carpeta, abriéndola con lentitud exasperante para verificar la firma en la última página.

-Mis abogados ya tienen la orden. La transferencia se liberará en el momento en que nuestro médico confirme que estás en óptimas condiciones para iniciar el ciclo esta misma semana.

Emma sintió que se ahogaba bajo la intensidad de la mirada de Noah. Era un hombre hermoso, sí, de una masculinidad arrolladora, pero estaba tan vacío por dentro que daba escalofríos.

-Hagamos esto de una vez -dijo ella, alzando la barbilla en un intento de conservar algo de dignidad-. Pero que quede algo claro, señor Becker. Me está comprando. Está comprando mi cuerpo y el fruto que salga de él, porque tiene el dinero para hacerlo. Pero jamás, escúcheme bien, jamás será el dueño de mi voluntad. Terminaré este contrato, salvaré a mi tía, y cuando le entregue a su hijo, borraré su existencia de mi memoria.

Noah dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Emma tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aroma a sándalo y lluvia que desprendía el CEO la envolvió, enviando advertencia irracional a todos los nervios de su cuerpo.

-Eso es exactamente lo que espero, Emma -murmuró Noah, su voz baja y rasposa vibrando en el espacio entre ambos-. Sin apegos. Sin dramas. Una transacción impecable.

Se miraron en silencio, declarando una guerra silenciosa que ninguno de los dos estaba preparado para librar. Noah presionó un botón en su escritorio.

-Klaus la acompañará al ala médica -indicó, volviendo a su postura gélida-. Bienvenida a Industrias Becker, señorita Hoffmann. Su tiempo ya no le pertenece.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022