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El Precio de tu Mirada

El Precio de tu Mirada

Autor: Alejandra A
Género: Romance
Él juró destruir a su familia y cobrar venganza hasta el último rastro. Ella solo intentaba sobrevivir a las mentiras de su propio hogar. Cuando los caminos de Caspian y Astrid se cruzan en los campos de la hacienda, el odio debería haber sido la única respuesta... pero una mirada cambia las reglas del juego. Él la persigue creyendo que es su peor enemiga. Ella cae rendida ante un hombre que oculta un peligroso secreto. Y cuando la verdad salga a la luz, descubriector que el destino ya había jugado su propia carta: Astrid no es quien todos creían, y el amor puede ser el arma más destructiva de todas. ¿Podrá el fuego de la pasión perdonar los pecados del pasado, o la venganza destruirá lo único puro que les queda?»
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Capítulo 1 Las cenizas de Los Olivos

El calor de la tarde en la campiña andaluza caía como una losa de plomo sobre los extensos caminos de tierra que serpenteaban entre los olivos centenarios de la Hacienda Los Olivos. Para cualquier transeúnte o viajero ocasional, el paisaje ofrecía una estampa de postal inalterable: la paz imponente del campo sevillano, el verde plateado de las hojas mecidas por una brisa ligera y la promesa silenciosa de una tierra fértil que había alimentado a generaciones enteras. Sin embargo, para Caspian Navarro, aquel trayecto a lomos de su caballo no tenía nada de apacible.

Sentía en el pecho una opresión extraña, un dolor sordo y visceral que le punzaba las sienes y le hacía clamar en silencio contra el destino. Llevaba horas intentando comunicarse sin éxito con su hermano menor, Thiago. Las llamadas al teléfono móvil de su hermano se perdían en el eco monótono de la señal inaccesible, un detalle inusual que encendió todas las alarmas en la mente metódica y protectora de Caspian.

A sus veintitrés años, Caspian se había visto obligado a cargar con el peso de un patriarcado invisible. Tras la temprana pérdida de sus padres, él había asumido el rol de protector, de guía y de muro de contención para Thiago, un joven de espíritu más sensible, soñador y propenso a las tormentas emocionales que el campo a veces no lograba apaciguar. Mientras galopaba con fuerza, sintiendo el crujir de la gravilla bajo los Cascos del animal y el polvo levantándose a su paso, Caspian repasaba mentalmente los últimos acontecimientos. Sabía que Thiago se había metido en un laberinto financiero peligroso. Las cartas amenazantes, las llamadas de acreedores procedentes de Sevilla y, sobre todo, el nombre de los Castelblanco -esa familia de aristócratas urbanos y bodegueros sin escrúpulos- rondaban la cabeza de Thiago como buitres sobre una presa herida. Los Castelblanco habían arrastrado a su hermano a una estafa monumental, despojándolo de una parte importante de las tierras familiares bajo falsas promesas de negocios y contratos trampa redactados con la malicia de quien conoce bien los vacíos de la ley.

Al doblar el último recodo del camino principal, justo donde los majestuosos eucaliptos daban paso a la entrada principal del cortijo, la estampa de la hacienda se abrió ante sus ojos. A primera vista, todo parecía en orden: la fachada blanca de la casona brillaba bajo el sol poniente, las puertas de los establos permanecían entornadas y las herramientas de labranza descansaban en sus sitios habituales. No obstante, un silencio sepulcral, espeso y antinatural flotaba en el ambiente. No se escuchaba el bullicio habitual de los peones, ni el relincho impaciente de los caballos en los corrales, ni el latido cotidiano de un hogar en movimiento. Una sensación gélida recorrió la columna vertebral de Caspian. Detuvo al caballo de un tirón seco, desmontó con agilidad atlética, dejando que las riendas cayeran sueltas sobre la tierra, y avanzó a grandes zancadas hacia el porche principal de la casona.

-¿Thiago? -gritó Caspian, su voz ronca y profunda resonando con fuerza entre los muros de piedra, sin obtener más respuesta que el eco sordo de su propio llamado.

La puerta principal de madera noble estaba entreabierta, cedida apenas unos centímetros, como si alguien la hubiera atravesado de prisa o con indecisión. Caspian la empujó con la palma de la mano, sintiendo que un crujido seco rompía la tensión del momento. El interior de la casa olía a encierro, a polvo antiguo y a una mezcla sutil, casi imperceptible al principio, que hizo que su estómago se contrajera de inmediato. Era un olor metálico, denso, inconfundible para cualquier hombre criado en el campo y acostumbrado a los accidentes de la vida rural: el olor a sangre fresca.

-¡Thiago! -volvió a gritar, esta vez con un matiz de desesperación contenida que comenzó a rasgarle la garganta.

Caminó por el recibidor, ignorando los muebles de roble oscuro y las fotografías familiares que adornaban las paredes. Sus botas resonaban con furia sobre las losas de barro cocido. Se encaminó directamente hacia el estudio privado de su hermano, la estancia donde Thiago solía pasar las noches enteras revisando papeles, sumido en la angustia de las deudas y la presión insoportable de los hombres poderosos de la ciudad. La puerta del despacho estaba cerrada por dentro, pero sin pasador. Caspian no dudó un segundo; levantó la pierna y propinó una patada seca en el centro del madero. La cerradura cedió con violencia, astillando el marco y abriendo la habitación de golpe.

Lo que sus ojos encontraron en el interior detuvo el tiempo, el aire y el latido mismo de su corazón.

La luz del atardecer, filtrándose a través de los ventanales polvorientos, iluminaba la escena con una crudeza macabra. El escritorio de caoba estaba revuelto, con cajones abiertos y documentos esparcidos por el suelo como hojas secas en otoño. Pero el horror no residía en el desorden material, sino en la figura que yacía desplomada junto a la estantería principal.

Era Thiago. Su hermano menor colgaba de una viga de madera del techo, suspendido por una gruesa soga de esparto que parecía haber sido colocada con fría y meticulosa premeditación. Sus brazos pendían inertes a los costados, su rostro pálido mostraba los estragos de la agonía, y sus ojos, abiertos y vidriosos, parecían mirar fijamente al vacío, como si todavía intentaran reclamar justicia contra aquellos que lo habían llevado al límite. A sus pies, una silla de madera volcada yacía sobre la alfombra, y sobre el escritorio, perfectamente visible bajo un pisapapeles de cristal, descansaba una carta escrita de su puño y letra, junto a un contrato de cesión de tierras firmado bajo el membrete de los bodegueros Castelblanco.

Un grito mudo, desgarrador y primitivo brotó desde lo más profundo de las entrañas de Caspian. Por un instante, el mundo exterior desapareció. Las piernas le temblaron por primera vez en su vida, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus botas. Se precipitó hacia adelante, cayendo de rodillas sobre la fría alfombra, y estiró las manos para sostener el cuerpo inerte de su hermano, como si con ese gesto desesperado pudiera devolverle el aliento de la vida.

-¡Thiago! ¡No, no, no! ¡Despierta, por Dios, abre los ojos! -clamaba Caspian, con la voz quebrada en sollozos furiosos mientras sus manos, fuertes y callosas, intentaban inútilmente sostener el peso del cuerpo de su hermano-. ¡Mírame! ¡Mírame, maldita sea!

Pero el cuerpo estaba frío, rígido, despojado de toda chispa vital. Las lágrimas, calientes y amargas, comenzaron a surcar las mejillas curtidas por el sol de Caspian, mezclándose con el sudor y el polvo del camino. Sostuvo la mano sin vida de su hermano entre las suyas, apretándola con tanta fuerza que sus propios nudillos se volvieron blancos. Fue en ese momento preciso, rodeado por el silencio de la hacienda y la ausencia eterna de su única familia, cuando algo dentro de Caspian Navarro se rompió para siempre. La inocencia, la paciencia y la esperanza de resolver las cosas por la vía pacífica murieron allí mismo, colgadas de esa viga de madera.

Con la mano temblorosa, Caspian soltó lentamente el cuerpo de Thiago y se inclinó hacia el escritorio. Sus dedos, manchados de una mezcla de dolor y rabia, tomaron la carta de despedida. Los ojos oscuros y encendidos de furia recorrieron las líneas escritas por su hermano. Thiago detallaba con dolor cómo las amenazas de Dionisio Castelblanco, las exigencias de dinero y la humillación pública a la que lo habían sometido los círculos de la alta sociedad sevillana lo habían acorralado hasta hacerle creer que la única salida digna era la muerte. Las palabras ardían en el papel como brasas encendidas.

Caspian se puso de pie lentamente. Su figura, habitualmente erguida y segura, parecía ahora la de un titán revestido de una oscuridad impenetrable. Sus músculos se tensaron con una fuerza sobrehumana. Caminó hacia la ventana, mirando hacia el horizonte donde el sol terminaba de ocultarse tras los olivos de la hacienda, tragado por una oscuridad espesa y amenazante.

-Me escuchas desde donde estés, hermano... -susurró Caspian, con la voz ronca, rota pero convertida en un hielo indestructible-. Te juro por lo más sagrado que sus lágrimas van a valer sangre. Juro que haré pagar a cada uno de los Castelblanco. No dejaré piedra sobre piedra en su maldito imperio, y el responsable de esto pagará con creces el infierno al que te empujaron. Juro venganza.

El viento de la tarde sopló con fuerza a través de los cristales rotos de la ventana, agitando los papeles del escritorio y haciendo ondear la cortina como si la naturaleza misma respondiera al juramento de guerra que acababa de sellarse en los cimientos de la Hacienda Los Olivos. Aquella noche, el hombre bondadoso y trabajador del campo murió junto al cuerpo de su hermano; en su lugar, nació un cazador frío, paciente y despiadado, dispuesto a infiltrarse en las altas esferas de Sevilla para destruir todo lo que amaban los verdugos de su sangre, sin imaginar que el destino, en su capricho más cruel, pondría en su camino a una mujer de ojos profundos y alma noble que cambiaría por completo las reglas de su propia destrucción.

Capítulo 2 El rastro de la inicial A

La noche se había instalado de golpe sobre la Hacienda Los Olivos, cubriendo los campos de olivos y los caminos de tierra con un manto de sombras densas y opresivas. Dentro del despacho, donde la tragedia se había consumado pocas horas antes, el ambiente era denso, impregnado todavía por el olor acre del metal y la madera rota. Las autoridades locales y el médico forense ya habían cumplido con su sombrío protocolo, retirando el cuerpo sin vida de Thiago y dejando la casona sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujir lejano de las ramas movidas por el viento nocturno.

Caspian Navarro permanecía inmóvil frente al gran escritorio de caoba. La luz parpadeante de una única lámpara de aceite iluminaba su rostro duro, marcado por la rabia y por unas lágrimas secas que le habían dejado surcos salados en las mejillas. Ya no quedaba en él rastro del joven apacible que cultivaba la tierra con ilusión; el dolor se había cristalizado en su interior, transformándose en una determinación de hierro. Con las manos firmes, aunque todavía temblorosas por la adrenalina contenida, comenzó a revisar los cajones que los agentes de la ley habían pasado por alto o desestimado en su prisa por cerrar el caso como un suicidio convencional.

Entre los pliegues de un cuaderno de contabilidad viejo, donde Thiago solía anotar las deudas y las promesas incumplidas de los negocios con la élite de Sevilla, Caspian sintió el tacto de un papel doblado con esmero. Al extraerlo, descubrió que se trataba de una carta manuscrita, distinta a la hoja de despedida que había encontrado colgada en el escritorio. Esta misiva estaba escrita con letra apresurada, casi frenética, manchada en las esquinas por lo que parecían gotas de sudor o lágrimas recientes.

Caspian acercó el papel a la luz de la lámpara y comenzó a leer en voz baja, con la mandíbula tensada hasta el punto de dolerle:

«Caspian, si estás leyendo esto, significa que ya no tengo fuerzas para seguir sosteniendo el peso de su mentira. Me acorralaron. Me hicieron creer que tenía una salida, que ella era diferente, que me amaba y que podíamos empezar de cero lejos de este infierno. Pero todo era parte del juego. Me sedujo, me arrebató los documentos de cesión de las tierras y, cuando estuve completamente en sus manos, se burló de mí diciendo que nunca significó nada. Me destruyó el alma antes de quitarme el patrimonio. Fue ella. Fue la mujer con la inicial A. Ellas manejan los hilos, y yo ya no puedo vivir con la vergüenza de haber arrastrado a nuestra familia a la ruina por culpa de su engaño.»

Las palabras golpearon a Caspian como un puñetazo directo en el diafragma. El aire abandonó sus pulmones de golpe. ¿Una mujer? ¿Ella lo había seducido y manipulado para robarle las tierras antes de empujarlo al suicidio? Hasta ese momento, Caspian creía que la ruina de su hermano se debía exclusivamente a las presiones financieras del patriarca de los Castelblanco, Dionisio. Pero esta carta abría una vía mucho más oscura y personal: una trampa femenina, una jugada sucia donde una mujer de esa familia se había infiltrado en la vida de Thiago para destruirlo desde dentro.

Con el corazón latiéndole desbocado en los oídos, Caspian buscó con desesperación en el interior del mismo cajón. Entre sobres vacíos y recibos bancarios, sus dedos rozaron un pequeño objeto metálico que emitía un brillo sutil bajo la luz tenue. Lo sacó con cautela. Era una pequeña fotografía impresa en papel antiguo, acompañada de un fino collar de plata del que pendía un dije brillante tallado con una letra "A" gótica, elegante y sofisticada.

Caspian depositó el collar sobre la madera del escritorio y acercó la fotografía. La imagen mostraba a dos jóvenes de la alta sociedad sevillana, vestidas con elegancia, posando en los jardines de una mansión urbana. Eran hermanas, sin duda; el parecido en las facciones finas y la postura altiva era innegable. Sin embargo, lo que hizo que el pulso de Caspian se detuviera fue observar los detalles de la estampa: una de ellas miraba a la cámara con una sonrisa fría, calculadora y distante; la otra poseía una expresión más suave, aunque igualmente enigmática. Y lo más perturbador de todo: restinguiendo sobre el cuello de la segunda joven, brillaba exactamente el mismo collar con la inicial "A" que ahora reposaba sobre el escritorio de su hermano muerto.

-La inicial A... -susurró Caspian, con la voz helada, mientras sus dedos acariciaban el frío metal del dije-. ¿Cuál de las dos fuiste? ¿Cuál de las dos usó su belleza para envenenar la mente de mi hermano y dejarlo caer al vacío?

La mente de Caspian comenzó a hilar los datos que tenía. Los informes que había recopilado sobre los Castelblanco mencionaban claramente a las dos hijas de la familia: Ágata Castelblanco, la mayor, conocida por su carácter implacible y su ambición desmedida en los círculos comerciales de Sevilla; y Astrid Castelblanco, la menor, de quien los corrillos sociales apenas hablaban, manteniéndola siempre en un segundo plano, protegida supuestamente por su aparente desinterés en los negocios oscuros de sus padres.

Pero la carta de Thiago era clara y, al mismo tiempo, cruelmente ambigua. Solo mencionaba la inicial A, y el collar con la misma letra podía pertenecer a cualquiera de las dos, o quizás formaba parte de un juego macabro donde ambas estaban involucradas. En la mente de Caspian, la confusión inicial se convirtió en una obsesión febril. Ya no se trataba solo de vengar la memoria de su hermano destruyendo el imperio financiero de los Castelblanco; ahora personalizaba su venganza en el rostro de la mujer que había jugado con los sentimientos de Thiago hasta matarlo.

Caspian se inclinó sobre la mesa, tomando el collar plateado y guardándolo con cuidado en el bolsillo interior de su chaleco, junto al corazón. Luego, tomó la fotografía de las dos hermanas y la fijó con una chincheta en el corcho de la pared, justo frente a su mesa de trabajo, donde la luz de la lámpara iluminaba sus rostros durante las largas horas de insomnio que estaban por venir.

-Voy a encontrarlas -prometió en un murmullo sombrío que parecía resonar en cada rincón de la casona vacía-. Voy a infiltrarme en su mundo, voy a averiguar cuál de las dos llevó a mi hermano a la tumba, y cuando esté frente a ella, haré que pague cada lágrima. No me importará si se llama Ágata o si se llama Astrid; la justicia de los Navarro se va a cobrar con creces.

Esa misma noche, Caspian abandonó el despacho y salió al porche de la hacienda. El aire fresco de la madrugada andaluza le golpeó el rostro, pero ya no sentía frío. Su alma se había acorazado con el metal de la venganza. Sabía que para atrapar a las hijas de los Castelblanco tendría que descender al terreno de sus enemigos, abandonar temporalmente la seguridad de los campos de olivos y adentrarse en los salones de la alta sociedad de Sevilla, donde las sonrisas más bellas solían ocultar las intenciones más crueles.

Los días siguientes en la Hacienda Los Olivos transcurrieron en una atmósfera de preparación silenciosa. Caspian delegó las labores administrativas del campo en el capataz de mayor confianza de la familia, un hombre leal llamado Mateo, mientras él dedicaba cada hora del día a investigar los movimientos públicos y privados de la familia Castelblanco. Descubrió que los bodegueros organizaban frecuentemente eventos benéficos, subastas de caballos de Pura Raza Española y reuniones exclusivas en sus fincas urbanas y bodegas centenarias a las afueras de Sevilla. Era la oportunidad perfecta.

El plan comenzó a tomar forma en su cabeza con la precisión de una maquinaria de relojería. No entraría a los salones de la aristocracia sevillana como un enemigo declarado, sino como un próspero terrateniente e inversionista del sector agrícola interesado en expandir sus alianzas comerciales con los bodegueros más influyentes de la región. Su apellido, los Navarro, aunque respetado en los terrenos rurales, no figuraba en las listas negras de la alta sociedad capitalina, lo que le otorgaba el pasaporte perfecto para cruzar las puertas principales de la mansión Castelblanco sin levantar sospechas.

Antes de partir hacia la capital, Caspian volvió a entrar al estudio por última vez. Se detuvo frente al corcho donde colgaba la fotografía de las dos hermanas. Sus ojos oscuros se detuvieron largo rato en el rostro de aquella que llevaba el collar con la inicial A, intentando descifrar tras la mirada impresa en el papel si se trataba de Ágata, la mujer fría y calculadora que todos conocían en Sevilla, o de Astrid, la joven de aspecto más reservado que parecía vivir al margen de las ambiciones familiares.

-Muy pronto sabré la verdad -se dijo a sí mismo, ajustándose la chaqueta de cuero y tomando las llaves de su todoterreno-. Muy pronto sabré cuál de las dos es la dueña de esta mirada y la responsable de mi dolor.

Con el peso de la carta en el bolsillo, el collar frío pegado a su pecho y la furia guiando cada uno de sus pasos, Caspian Navarro encendió el motor del vehículo y abandonó los linderos de la hacienda. Los neumáticos levantaron una nube de polvo en el camino de tierra mientras se internaba en la carretera que conducía directamente a Sevilla, hacia el corazón del imperio de los Castelblanco, sin imaginar siquiera que el destino, en su capricho más retorcido, estaba a punto de jugarle la partida más peligrosa de su vida, haciéndole confundir los blancos de su venganza y poniendo frente a sus ojos a la única mujer capaz de desarmar su odio con una sola mirada en medio de los campos andaluces.

Capítulo 3 El brillo de los cristales rotos y una mirada ajena

El gran salón de recepciones del Hotel Alfonso XIII, en pleno corazón de Sevilla, brillaba con una intensidad deslumbrante que parecía competir con las estrellas de la noche andaluza. Las lámparas de araña de cristal de roca colgaban de los altos artesonados dorados, proyectando reflejos parpadeantes sobre los vestidos de alta costura, los trajes de etiqueta y las copas de cristal en las que el vino más exclusivo de las bodegas Castelblanco rebosaba sin cesar.

Era la gala anual de la empresa familiar, un evento diseñado con precisión quirúrgica para impresionar a inversores extranjeros, políticos de alto rango y a la élite más rancia de la capital andaluza. Para el patriarca, Dionisio Castelblanco, aquella noche representaba la cúspide del poder y el prestigio social; para su hermana mayor, Ágata, era el escenario perfecto para pavonearse con la seguridad de quien se sabe la heredera natural del imperio; pero para mí, Astrid Castelblanco, aquel lugar siempre se había sentido como una jaula dorada demasiado grande, un escaparate brillante donde mi verdadera pasión -el arte, la tranquilidad de la naturaleza y los proyectos silenciosos- no encajaba en absoluto.

Llevaba un vestido largo de seda en tono verde esmeralda, con un sutil escote en V y la espalda descubierta, ajustado a mi cintura con una elegancia clásica que mi madre, Genoveva, había aprobado tras una larga sesión de críticas frente al espejo. Mi cabello castaño, habitualmente suelto y rebelde, caía esta vez en ondas suaves y perfectamente cuidadas sobre mis hombros, y alrededor de mi cuello descansaba una delicada cadena de plata con un pequeño dije tallado con la letra «A», un obsequio familiar que llevaba como un amuleto silencioso. A mis veintitrés años, me sentía perpetuamente atrapada entre las expectativas de una familia que medía el amor en acciones bursátiles y mi propio deseo de encontrar un sentido auténtico a la vida. Mis padres y Ágata se movían entre los invitados con la sonrisa ensayada de los tiburones corporativos, recibiendo felicitaciones y brindando por el éxito financiero de la compañía. Yo, en cambio, prefería mantenerme cerca de los grandes ventanales que daban a los jardines interiores, buscando un respiro de aire fresco y evadiendo las miradas inquisitivas de los socios que mi padre intentaba imponerme como pretendientes.

No imaginaba en absoluto que, al otro lado de las puertas principales de cristal tallado, acababa de entrar un hombre cuya presencia rompería la noche en mil pedazos.

El bullicio del salón pareció amortiguarse un instante cuando él cruzó el umbral. No vestía el clásico esmoquin negro y aburrido que lucía el resto de los invitados masculinos; llevaba un traje sastre de corte impecable pero de un tono gris oscuro, con la camisa ligeramente desabotonada en el cuello, desprendiendo una elegancia rústica, magnética y peligrosamente masculina que contrastaba con la artificialidad del ambiente. Su cabello oscuro caía ligeramente desordenado sobre su frente, y sus facciones angulosas, tostadas por el sol del campo, le otorgaban el aire de un depredador pacienzudo que ha entrado al territorio de sus presas. Era Caspian Navarro.

En ese momento, yo no sabía quién era. No conocía su nombre, ni los oscuros secretos que cargaba a sus espaldas, ni mucho menos la tragedia que había sacudido los cimientos de la Hacienda Los Olivos días atrás. Para mí, él era simplemente un extraño fascinante, un rostro nuevo que destacaba entre la monotonía de la aristocracia sevillana. Y, sin embargo, desde el preciso instante en que cruzó la mirada conmigo, sentí un escalofrío eléctrico que recorrió toda mi columna vertebral, deteniendo el compás de mi corazón.

Caspian detuvo su andar a unos pocos metros de donde yo me encontraba. Sus ojos oscuros, intensos y cargados de una profundidad insondable, se clavaron en los míos con una fijeza desconcertante. No apartó la vista ni un solo segundo mientras avanzaba lentamente a través del salón, esquivando a los camareros y a los invitados con una naturalidad imponente. Sentí que el calor subía por mis mejillas, obligándome a sostener su mirada sin saber muy bien si debía huir o esperar a que se acercara.

-Buenas noches -su voz resonó baja, ronca y perfectamente modulada, con ese acento andaluz limpio y profundo que parecía acariciar los sentidos-. Debo confesar que, entre tanto brillo artificial y tanto discurso ensayado, encontrar una mirada genuina en este lugar es casi un milagro.

Parpadeé, sorprendida por la audacia de su acercamiento. Nadie de los círculos habituales de mis padres se dirigía a mí de esa manera tan directa, sin rodeos ni protocolos sociales de por medio. Intenté mantener la compostura, levantando ligeramente la barbilla con una sonrisa educada.

-Buenas noches -respondí, intentando que mi voz sonara firme-. Parece que no es muy amante de las grandes galas de la sociedad sevillana, ¿me equivoco?

Caspian esbozó una sonrisa lenta, una curva en sus labios que no llegaba a alcanzar sus ojos, los cuales se mantenían fijos, analizando cada detalle de mi rostro con una intensidad casi devoradora. Se acercó un paso más, lo suficiente para que pudiera percibir el sutil aroma a madera, tabaco rubio y limpio aire de campo que lo acompañaba, un contraste fascinante con los perfumes caros y dulzones del salón.

-Digamos que no suelo frecuentar estos salones -respondió él, deslizando su vista con aparente nonchalance desde mis ojos hasta el collar de plata que descansaba en mi cuello, deteniéndose específicamente en el dije con la letra «A»-. Pero a veces, los viajes más inesperados te conducen exactamente al lugar donde necesitas estar... o donde el destino quiere ponerte a prueba.

Un escalofrío de curiosidad me sacudió por dentro. Sus palabras tenían un doble fondo que en ese momento no supe descifrar, interpretándolo simplemente como la ocurrencia poética de un hombre inteligente y atractivo.

-Pues espero que su viaje a esta gala le resulte al menos interesante, porque de lo contrario me temo que se aburrirá terriblemente -le dije, intentando mantener un tono ligero, aunque sentía que el espacio entre ambos se había vuelto magnético e irrespirable.

-¿Aburrirme? Imposible -replicó Caspian con voz más baja, dando un paso más hasta quedar a apenas unos centímetros de distancia, lo que me obligó a inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para mirarlo-. Sería un pecado imperdonable aburrirse cuando se tiene enfrente a una mujer que, claramente, no pertenece a este circo, aunque lleve su apellido. ¿O me equivoqué de hermana? ¿Eres Ágata o eres Astrid?

Su pregunta me descolocó por completo. Fruncí el ceño, mirándolo con genuina sorpresa.

-Sé diferenciar muy bien a mi hermana mayor cuando la veo -respondí con una mezcla de orgullo y desconcierto-. Soy Astrid. ¿Cómo es que conoces nuestros nombres si es la primera vez que te veo por aquí?

Caspian parpadeó levemente, como si acabara de corregir un cálculo mental urgente, y una chispa extraña brilló en el fondo de sus pupilas oscuras. La confusión inicial de la que me enteraría meses más tarde -el error de cálculo en su plan de venganza, la duda sobre quién era el verdadero objetivo de su furia- se disipó fugazmente tras una sonrisa deslumbrante que desarmó cualquier atisbo de recelo en mi mente.

-Digamos que en mis negocios rurales me gusta estar bien informado sobre las familias más influyentes de la provincia -respondió con total soltura, mintiendo con una maestría aterradora-. Y los Castelblanco son un apellido difícil de pasar por alto. Aunque, viéndote de cerca, me atrevería a decir que tú eres la única razón por la cual este evento merece la pena.

El coqueteo era tan descarado, tan directo y cargado de una sensualidad tan cruda que sentí que el suelo bajo mis tacones se tambaleaba. En mi mundo, los hombres se acercaban a mí por conveniencia, por la posición de mi padre o por la opulencia de nuestras bodegas, utilizando cumplidos vacíos y frases de salón. Pero Caspian no hacía eso. Cada palabra suya parecía un desafío, una caricia invisible que me envolvía y me empujaba a cruzar una línea peligrosa.

-No sé si tus intenciones son halagadoras o peligrosas, caballero... -murmuré, sintiendo que mi respiración se volvía más rápida-. Aún no me has dicho tu nombre.

-Caspian -respondió él sin apartar los ojos de mi boca, extendiendo su mano para rozar apenas con las yemas de sus dedos el dorso de mi mano derecha, en un gesto que quemaba a través de la piel-. Solo Caspian. Y te aseguro, Astrid, que lo último que busco en esta vida es ser inofensivo para ti.

La intensidad de su tono hizo que un calor repentino inundara mi pecho. En ese instante, al otro lado del salón, vi de reojo cómo mi padre, Dionisio, y mi hermana Ágata conversaban con un grupo de inversores franceses, completamente ajenos a la tensión que se cocinaba junto a los ventanales. Si mi padre hubiera sabido que estaba conversando de esa manera tan íntima con un desconocido de aspecto rústico y procedencia rural, habría movido cielo y tierra para apartarme de su lado. Pero yo no quería apartarme. Por primera vez en mi vida, me sentía vista, deseada y profundamente atraída por un hombre que parecía sacado de otra época, un vaquero indomable perdido en medio de la alta sociedad.

Caspian dio un paso más, cerrando casi por completo el espacio entre nosotros, y su rostro se inclinó ligeramente hacia mi oído, de modo que su aliento cálido rozó mi piel cuando volvió a hablar:

-La música va a cambiar dentro de un minuto, Astrid. Y vas a concederme el primer vals de la noche, aunque al patriarca de los Castelblanco le dé un ataque al corazón al vernos juntos. ¿Aceptas el reto?

Un temblor de emoción recorrió todo mi cuerpo. No era rebeldía consciente; era la fuerza gravitacional de una atracción ineludible que me arrastraba hacia él sin remedio. Sin saber que aquel hombre estaba buscando venganza, sin sospechar que su corazón albergaba un dolor mortal y que su cercanía era el primer paso de una tormenta que arrasaría con todo lo que conocía, sonreí con una mezcla de osadía y fascinación.

-Acepto el reto, Caspian -susurré, levantando la mirada hacia sus ojos oscuros justo cuando los primeros acordes de una melodía clásica comenzaron a flotar en el aire del salón-. Demuéstrame de qué estás hecho.

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