El funeral de mi padre, un respetado guitarrista de flamenco, era un día de dolor y silencio en Sevilla.
Mientras ajustaba su camisa blanca en el ataúd, una fina cicatriz roja en su pecho me heló la sangre: era quirúrgica y fresca.
Mi padre murió en un accidente, sin tiempo para cirugías.
La verdad llegó con un mensaje de texto brutal: "El corazón de tu padre fue donado. Consentimiento firmado por Mateo Vargas, familiar más cercano".
Mateo, mi prometido de seis años, el hombre por quien lo dejé todo, había entregado el corazón de mi padre a Carmen, mi mejor amiga.
«Carmen lo necesitaba», dijo él con descaro, «su corazón estaba fallando y lleva a mi hijo en su vientre. Necesitaba ese corazón para sobrevivir».
Mi mundo se hizo pedazos: mi padre, mi prometido, mi amiga... todo era una mentira, y él pretendía que aceptara a su bastardo.
Cuando cancelé la boda, su respuesta fue arrastrarme y arrojarme a la oscura y asfixiante bodega, la peor de mis pesadillas.
Emergí, empapada y cojeando, solo para escucharlos burlarse de mí y su promesa de que "dependerá de mí y aprenderá".
La humillación hirvió en mis venas, pero la impotencia de la justicia "normal" me asfixiaba.
Un solo número brilló entonces en mi mente, uno que juré jamás volver a marcar.
Javier, el Patriarca, el hombre al que había abandonado por Mateo, era mi única esperanza, aunque el precio fuera un juramento de boda que cambiaría mi destino para siempre.
«Me casaré contigo», le respondí, mi voz firme, mientras la oscuridad de la habitación de mi padre sellaba el pacto.
El funeral de mi padre, un respetado guitarrista de flamenco, se celebró en una mañana soleada en Sevilla. El aire estaba pesado, lleno del aroma de los naranjos y de un dolor silencioso.
Yo, Isabella, su única hija, me mantenía de pie junto al ataúd abierto, vestida de luto riguroso. Mis manos temblaban mientras ajustaba la camisa blanca de mi padre.
Fue entonces cuando lo vi.
Justo en el centro de su pecho, asomando por el cuello de la camisa, había una línea roja y fina, casi invisible. Una cicatriz.
Era fresca, quirúrgica, con los puntos aún visibles si te acercabas lo suficiente.
Mi respiración se detuvo. Mi padre no había tenido ninguna operación. Murió en un accidente de coche, un choque repentino y fatal. No había tiempo para cirugías.
Un frío terrible me recorrió la espalda. Algo estaba terriblemente mal.
Esa misma tarde, después de que todos los dolientes se hubieran marchado, usé mis viejos contactos, los pocos que me quedaban de mi vida anterior, para hacer una llamada. Una sola llamada a un médico del hospital principal.
La respuesta llegó en menos de una hora, un mensaje de texto escueto y brutal.
"El corazón de tu padre fue donado. Consentimiento firmado por Mateo Vargas, familiar más cercano."
Mateo. Mi prometido desde hace seis años. El hombre por el que había renunciado a mi familia, a mi poder, a todo.
Mis dedos se quedaron helados sobre la pantalla del teléfono. El mundo se desdibujó a mi alrededor. La traición era un veneno que se extendía rápido, quemando cada vena de mi cuerpo.
Marqué su número. Cada tono de llamada era una tortura. Finalmente, contestó.
"Isabella, cariño, estoy ocupado. ¿Pasa algo?"
Su voz era tranquila, como si nada.
"¿Firmaste un consentimiento de donación para el corazón de mi padre, Mateo?"
Hubo un silencio. No de sorpresa, sino de cálculo.
"Ah, eso," dijo con una ligereza que me revolvió el estómago. "Sí, lo hice."
"¿Por qué?" mi voz era un susurro roto, apenas audible.
"Carmen lo necesitaba," respondió Mateo, su tono tan casual como si hablara del tiempo. "Su corazón estaba fallando. Tu padre ya estaba muerto, Isabella. Su corazón no le servía de nada."
Carmen. Mi mejor amiga. Mi compañera de baile.
"¿Le diste el corazón de mi padre a Carmen?" la incredulidad luchaba contra la rabia que subía por mi garganta.
"Sí. Y deberías estar agradecida," continuó él, su voz adquiriendo un filo de impaciencia. "Carmen está embarazada. Lleva a mi hijo en su vientre. Necesitaba ese corazón para sobrevivir, para darle un nieto a tu padre, por así decirlo."
El teléfono casi se me cae de la mano. Cada palabra era un golpe, una humillación. Mi padre. Mi prometido. Mi mejor amiga. Mi vida entera era una mentira.
"¿Tu hijo?"
"Sí, mi hijo. Tu padre habría querido que su nieto viviera. Considéralo su última contribución a la familia."
La lógica retorcida, la crueldad absoluta de sus palabras me dejaron sin aire.
"Tú y yo nos vamos a casar, Isabella. No hagas un drama de esto," su voz se volvió autoritaria, fría. "El niño nacerá, lo registraremos a tu nombre si eso te hace sentir mejor. Serás su madre. Seguirás siendo mi esposa. Todo seguirá igual."
"Cancela la boda, Mateo."
"¿Qué has dicho?"
"He dicho que canceles la boda. Se acabó."
Su risa fue corta y cruel. "No seas ridícula. Estás dolida, lo entiendo. Pero superarás esto. Eres fuerte. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a ver cómo está Carmen. El médico dice que necesita descanso absoluto."
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono, un objeto inútil en mi mano. El dolor era tan inmenso que no podía llorar. Era una herida demasiado profunda, demasiado sucia.
La justicia no existía en su mundo. Y por los medios normales, yo nunca la conseguiría.
Solo había un camino. Un camino que había abandonado hacía seis años.
Con los dedos temblando, busqué en mis contactos un número que había jurado no volver a marcar jamás.
Javier. El Patriarca de mi antigua familia.