Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > El Reemplazo Perfecto
El Reemplazo Perfecto

El Reemplazo Perfecto

Autor: : DaniM
Género: Romance
Julian Blackwood es un hombre que no cree en el azar, solo en los resultados. Cuando su prometida, la heredera socialité Bianca Thorne, lo abandona minutos antes de una "boda del siglo" diseñada para sellar la fusión empresarial más grande del país, Julian no se desespera; simplemente cambia de pieza en el tablero. En lugar de cancelar la ceremonia y enfrentar la ruina mediática, Julian señala a la mujer que todos los presentes han ignorado durante años: Iris Thorne, la hermana menor de la novia, una mujer brillante pero relegada a las sombras por su propia familia. Bajo la amenaza de destruir el legado Thorne esa misma tarde, Julian le ofrece un trato: casarse con él en ese instante. Lo que Julian no sospecha es que Iris no acepta por miedo ni por lealtad familiar. Iris ha vivido años soportando el desprecio de unos padres que la consideran "el repuesto" y la ambición de una hermana que siempre le robó el crédito. Para ella, el apellido Blackwood no es una jaula, sino el arma que necesitaba.

Capítulo 1 La Fuga

El aroma a lirios blancos en la suite nupcial del Hotel Grand Imperial era tan intenso que resultaba asfixiante. Para cualquier otra persona, aquel perfume representaría la pureza y el inicio de una vida compartida; para Iris Thorne, era el olor de la hipocresía.

Iris se mantenía en una esquina, casi fundida con las pesadas cortinas de terciopelo, observando el caos que se desarrollaba frente a ella. Había pasado toda su vida así: siendo una espectadora en la primera fila del show de los Thorne. Sus manos, entrelazadas frente a su traje sastre gris acero, no temblaban. A diferencia de las estilistas que corrían de un lado a otro o de su madre, que estaba al borde de un colapso nervioso, Iris era una balsa de aceite en medio de un naufragio.

-¡No puede ser! ¡Esto es una pesadilla! -el grito de Eleanor Thorne desgarró el aire.

La madre de Iris sostenía una hoja de papel de hilo con una caligrafía apresurada que Iris reconoció de inmediato. Era la letra de Bianca. Elegante, caprichosa y, en esta ocasión, devastadora.

-¿Qué dice la nota, Eleanor? -la voz de Arthur Thorne, el patriarca, sonó como un trueno contenido. El hombre caminaba de un lado a otro, ajustándose los gemelos de oro con una violencia que delataba su pánico. No era el pánico de un padre que pierde a su hija; era el pánico de un empresario que ve cómo su mayor inversor se le escapa entre los dedos.

-Se ha ido con él, Arthur. Se ha ido con ese... ese instructor de equitación -sollozó Eleanor, desplomándose en una silla de estilo Luis XV-. Dice que Julian Blackwood es "un bloque de hielo sin alma" y que no puede condenarse a una vida sin pasión.

Arthur Thorne se puso lívido.

-¡Maldita sea! ¡Pasión! -golpeó la mesa de tocador, haciendo que los frascos de perfume de cristal tintinearan-. ¡Esa estúpida nos ha condenado a todos! La fusión se firma mañana después de la recepción. Si Julian no tiene a una Thorne legalmente unida a él antes de que abran los mercados el lunes, ejecutará la deuda del holding. ¡Nos quedaremos en la calle!

Iris, desde su rincón, permitió que una pequeña y gélida sonrisa curvara la comisura de sus labios. Así que Bianca finalmente había tenido el valor de huir. Irónico. Durante años, Bianca le había quitado todo a Iris: sus juguetes, la atención de sus padres, incluso los méritos de sus informes financieros que Iris redactaba en secreto para que su hermana brillara en las reuniones de la junta. Y ahora, en el momento en que más se la necesitaba para salvar el cuello de la familia, Bianca simplemente se había evaporado, dejando tras de sí un vestido de novia de cincuenta mil dólares y un incendio forestal que amenazaba con consumirlos a todos.

-Iris -la voz de su padre la sacó de sus pensamientos.

Ella levantó la mirada. Arthur la observaba como si la viera por primera vez en años. No había afecto en esos ojos, solo el brillo depredador de un hombre que ha encontrado una salida de emergencia.

-¿Dónde has estado? No digas nada. Ven aquí -ordenó Arthur.

Iris caminó con paso tranquilo hacia el centro de la habitación. Sus zapatos de tacón bajo sonaban con una cadencia metálica sobre el suelo de mármol.

-Aquí he estado siempre, padre. ¿En qué puedo ayudarte?

-Mírala, Eleanor -dijo Arthur, ignorando el tono sarcástico de su hija menor-. Tiene la misma altura. El mismo color de ojos. Con el velo puesto y el maquillaje adecuado, nadie en la iglesia se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde para dar marcha atrás.

Eleanor dejó de llorar de golpe. Se secó las lágrimas con un pañuelo de encaje y analizó a Iris con una frialdad clínica que a cualquier otra hija le habría roto el corazón. A Iris solo le confirmó lo que ya sabía: para ellos, ella no era más que un activo de reserva.

-El cabello es un desastre -dictaminó Eleanor, levantándose y rodeando a Iris como si fuera un caballo de exhibición-. Y está demasiado delgada. Pero... el velo de encaje antiguo de la abuela es opaco. Si mantenemos la iluminación baja en la catedral y ella camina con la cabeza gacha... podría funcionar.

-No -dijo Iris. Su voz fue baja, pero cortó el aire como una cuchilla.

Sus padres se congelaron.

-¿Qué has dicho? -preguntó Arthur, entrecerrando los ojos.

-He dicho que no -repitió Iris, cruzándose de brazos-. No soy un repuesto, ni una doble de cuerpo. Bianca decidió que su "pasión" valía más que vuestro imperio. Yo no tengo por qué pagar sus platos rotos.

-¡Es tu deber familiar! -rugió Arthur, acercándose a ella hasta que Iris pudo oler su locura-. Si Julian Blackwood sale de esa iglesia sin una esposa Thorne, mañana serás una indigente. ¿Es eso lo que quieres? ¿Vivir en la miseria?

Iris soltó una risa seca y carente de humor.

-Padre, he vivido en la miseria emocional desde que nací en esta casa. El dinero es lo único que me habéis dado, y si se acaba, al menos estaré libre de vosotros.

La bofetada de Arthur fue rápida, pero Iris no se movió. Su mejilla ardió, pero sus ojos permanecieron fijos en los de su padre, cargados de un odio que llevaba años madurando en la oscuridad.

-Te pondrás ese vestido aunque tenga que arrastrarte por el pasillo -siseó Arthur.

En ese momento, la pesada puerta doble del camerino se abrió de par en par. El jefe de seguridad de los Blackwood entró, seguido de una figura que hizo que el aire en la habitación pareciera descender diez grados de golpe.

Julian Blackwood.

Llevaba un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura alta y atlética. Su rostro era una máscara de perfección aristocrática: pómulos altos, una nariz recta y unos ojos grises que parecían capaces de leer los pecados de cualquiera. No parecía un novio ansioso; parecía un verdugo que llegaba para ejecutar una sentencia.

-Se acabó el tiempo, Arthur -dijo Julian. Su voz era un barítono profundo, suave pero cargado de una amenaza implícita-. Los invitados están impacientes. El sacerdote está en el altar. Y mis informantes me dicen que hay un coche cruzando la frontera estatal con Bianca Thorne en el asiento del pasajero.

Eleanor soltó un grito ahogado y se cubrió la boca. Arthur retrocedió, su prepotencia desapareciendo ante la presencia del hombre que realmente poseía sus vidas.

Julian no miró a los padres. Su mirada, afilada como un escalpelo, se posó directamente en Iris. La recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la marca roja que la mano de Arthur había dejado en su mejilla.

Iris no bajó la mirada. Por primera vez en su vida, sintió que alguien la veía realmente, no como la sombra de Bianca, sino como una entidad separada.

Julian caminó hacia ella. El espacio personal de Iris fue invadido por un aroma a sándalo y metal frío. Se detuvo a escasos centímetros de ella.

-Así que tú eres la otra -dijo Julian. No era una pregunta.

-Me llamo Iris -respondió ella, manteniendo la voz firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

-Iris -repitió él, probando el nombre como si fuera un concepto nuevo-. Tu padre acaba de sugerir que ocupes el lugar de tu hermana. ¿Qué opinas de eso?

Iris sintió la mirada desesperada de sus padres, suplicándole en silencio que mintiera, que aceptara, que los salvara. Miró a Julian y vio en él algo que reconoció de inmediato: ambición pura y una ausencia total de sentimientos sentimentales. Él no quería a Bianca; quería la fusión.

-Opino que es un trato terrible para mí -respondió Iris-. A menos que cambien las condiciones.

Julian arqueó una ceja, visiblemente intrigado. Un destello de algo parecido a la diversión cruzó sus ojos grises, pero desapareció tan rápido como llegó.

-Eres una negociadora. Me gusta. Arthur, Eleanor, salid. Ahora.

-Pero Julian, la ceremonia... -empezó Eleanor.

-¡Fuera! -el comando de Julian fue absoluto.

Los padres de Iris salieron de la habitación como perros apaleados, cerrando la puerta tras de ellos. Iris se quedó a solas con el hombre más poderoso de la ciudad, el hombre que se suponía debía ser su cuñado en diez minutos.

Julian se acercó al tocador, tomó una toallita húmeda y se la extendió a Iris.

-Límpiate esa mejilla. No me gusta que mi propiedad parezca dañada.

-No soy tu propiedad -replicó Iris, ignorando la toallita.

-Todavía no -Julian dejó la toallita y se apoyó contra el tocador, cruzando las piernas-. Hablemos de negocios, Iris. Bianca me ha humillado públicamente. Tu familia me debe una compensación que no pueden pagar con dinero. Necesito una esposa para calmar a los accionistas y cerrar la fusión de los Thorne. Tú necesitas... bueno, por la mirada que les diste, diría que necesitas una salida de este nido de víboras y un poco de justicia.

Iris dio un paso hacia él.

-No quiero un poco de justicia, Julian. Quiero destruirlos. Quiero ver cómo les quitas hasta el último centavo y luego quiero ser yo quien sostenga la escritura de sus propiedades.

Julian la observó en silencio durante un largo momento. El caos de hace unos minutos parecía haber quedado fuera de la habitación. En ese espacio, solo quedaban dos depredadores calculando el valor del otro.

-Si te pones ese vestido y caminas hacia mí, te daré las herramientas -dijo Julian, su voz volviéndose peligrosamente suave-. Te daré mi apellido, mis abogados y mi protección. A cambio, serás la esposa perfecta ante las cámaras. Cumplirás con cada evento, cada cena y cada fotografía. Y cuando hayamos terminado con ellos, firmaremos el divorcio y serás libre y rica.

Iris miró el vestido de novia que colgaba en el maniquí. El encaje blanco parecía ahora una armadura. Se giró hacia Julian y, por primera vez, le tendió la mano.

-No quiero el divorcio al final, Julian. Quiero un porcentaje del holding Thorne una vez que lo absorbas.

Julian soltó una carcajada corta y ronca. Tomó la mano de Iris. Su agarre fue firme, posesivo y ardiente.

-Trato hecho, Sra. Blackwood. Ahora, ponte el maldito vestido. Tenemos una boda que salvar.

Iris Thorne caminó hacia el maniquí. El caos había terminado. La guerra acababa de empezar.

Capítulo 2 El Velo de la Discordia

El peso del vestido de Bianca era físico y simbólico. Mientras las costureras, bajo las órdenes gélidas de Julian, hacían ajustes de emergencia con alfileres ocultos para adaptar la seda a la figura más esbelta de Iris, ella se miraba en el espejo. El encaje francés cubría sus brazos y el escote corazón resaltaba una palidez que no era de nervios, sino de determinación.

-El velo -ordenó Julian desde la puerta. No se había ido; se había quedado allí, supervisando la transformación como un general que inspecciona su nueva arma.

Cuando la fina malla de encaje antiguo cayó sobre el rostro de Iris, el mundo se volvió borroso y suave. Sus ojos, antes afilados, ahora eran solo dos sombras oscuras tras la tela.

-Nadie debe ver tu rostro hasta que el sacerdote diga que puedes descubrirte -instruyó Julian, acercándose a ella-. Camina con la barbilla en alto. Si alguien nota la diferencia antes de los votos, la narrativa se nos escapa. Eres Bianca Thorne, la novia radiante. Al menos por los próximos treinta minutos.

Iris sintió el frío del anillo de compromiso de su hermana, que Julian le había arrebatado a su madre para ponérselo a ella, aunque le quedaba ligeramente grande.

-No seré Bianca -susurró Iris, su voz filtrándose por el velo-. Seré la mujer que salvará tu reputación, Julian. No lo olvides.

Julian no respondió con palabras. Se limitó a ofrecerle el brazo. El contacto a través de la tela de su esmoquin era sólido, una columna de apoyo en medio de un terremoto inminente.

El trayecto hacia la catedral de San Judas en la limusina fue un silencio sepulcral. Fuera, los paparazzi lanzaban destellos que rebotaban en los cristales tintados. Adentro, Iris repasaba mentalmente los estados financieros del Grupo Thorne. Sabía que la división de logística era la joya de la corona que su padre escondía, y sabía que Julian la quería. Ella se la entregaría en bandeja de plata, pero solo después de haberla usado para asfixiar la influencia de su progenitor.

Al llegar a la iglesia, las puertas de roble macizo se abrieron, revelando un pasillo que parecía infinito. Quinientas personas se pusieron de pie al unísono. El murmullo de admiración subió por las bóvedas góticas como un incienso invisible.

-Es el momento -dijo Julian, soltando su brazo para adelantarse hacia el altar, tal como dictaba el protocolo. Él debía esperarla allí.

Iris se quedó sola en el umbral. Su padre, Arthur Thorne, se colocó a su lado. Su rostro estaba rojo por el esfuerzo de fingir una sonrisa paternal, pero sus dedos apretaron el codo de Iris con una fuerza que prometía moretones.

-Ni una palabra, Iris -siseó él entre dientes, mientras la marcha nupcial empezaba a sonar-. Camina, sonríe y reza para que Julian mantenga su parte del trato o te juro que desearás no haber nacido.

-Ya deseo eso cada vez que te veo, padre -respondió ella con una calma que lo hizo tambalearse-. Ahora camina. Tienes una función que cumplir.

El descenso por el pasillo fue un borrón de rostros. Iris veía las siluetas de las "amigas" de Bianca, las joyas de las matronas de la ciudad y los socios de Julian. Cada paso que daba con los zapatos de seda blanca era un paso hacia una nueva identidad. Sentía el escrutinio. Los invitados comentaban lo "misteriosa" que se veía la novia con el velo tan bajo, lo "etérea" de su figura.

En el altar, Julian Blackwood la esperaba. No parecía un hombre enamorado; parecía un rey recibiendo un tributo de guerra. Sus ojos grises estaban fijos en ella, perforando el encaje del velo.

Cuando Arthur llegó al final del pasillo, tuvo que entregar la mano de Iris a Julian. Fue un momento cargado de una ironía sangrienta. Arthur entregaba a la hija que odiaba al hombre que planeaba destruirlo, creyendo que estaba comprando su salvación. Julian tomó la mano de Iris con una firmeza que hizo que Arthur retrocediera instintivamente.

La ceremonia fue una neblina de latín y promesas vacías. Iris escuchaba las palabras del sacerdote sobre la fidelidad y el amor eterno, y tenía que reprimir el deseo de reír. Estaban en un templo, ante Dios y la sociedad, sellando un pacto de odio y ambición.

-Julian Blackwood, ¿aceptas a esta mujer como tu esposa? -preguntó el clérigo.

-Acepto -la voz de Julian resonó, clara y absoluta. No hubo vacilación. Él sabía exactamente a quién estaba aceptando: no a la mujer que amaba, sino a la mujer que le servía.

-Y tú, Bianca Thorne...

Un escalofrío recorrió la columna de Iris. El nombre de su hermana resonó como una acusación. Por un segundo, el pánico la atenazó. Si decía "Acepto" bajo ese nombre, ¿sería legal? Julian apretó sus dedos, un recordatorio silencioso de su contrato privado.

-Yo, Iris Thorne, acepto -dijo ella, elevando la voz lo suficiente para que las primeras filas escucharan el cambio de nombre.

Un susurro eléctrico recorrió la catedral. Las cabezas se inclinaron unas hacia otras. "¿Ha dicho Iris?", "¿Dónde está Bianca?". Arthur Thorne, en la primera fila, parecía a punto de sufrir un infarto. Eleanor se cubrió la boca con el pañuelo.

El sacerdote, confundido, miró a Julian. Julian no se inmutó.

-Continúe -ordenó Julian con una autoridad que no admitía réplicas-. El nombre en la licencia matrimonial que firmaremos en la sacristía es el que importa. Proceda.

El clérigo, intimidado por el poder que emanaba de Blackwood, tragó saliva y continuó.

-Por el poder que me ha sido otorgado, yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Este era el momento crítico. Julian se giró hacia ella. Sus manos, grandes y seguras, se posaron en los bordes del velo. Lo levantó lentamente, revelando el rostro de Iris al mundo.

El silencio fue absoluto durante tres segundos. Luego, el caos contenido. No era la belleza clásica y solar de Bianca; era la belleza lunar, fría y afilada de Iris. Sus ojos verdes desafiaban a cada invitado a decir algo.

Julian la miró. Por un breve instante, la máscara del CEO implacable se agrietó. No esperaba que ella se viera tan... imperial. Iris no parecía una víctima de las circunstancias; parecía la dueña del lugar.

Él se inclinó. Sus labios rozaron los de ella. Fue un beso casto para la galería, pero Iris sintió la chispa de una conexión peligrosa. Había fuego bajo el hielo de Julian Blackwood, y ese fuego ahora le pertenecía a ella por contrato.

-Bienvenida a la familia, Iris -susurró él contra sus labios, de modo que solo ella pudiera oírlo-. Espero que estés lista para el banquete. Los lobos están hambrientos.

Al girarse para salir de la iglesia, Iris vio a sus padres. Su madre estaba lívida y su padre tenía una expresión de furia que habría asustado a cualquiera. Iris simplemente les dedicó una inclinación de cabeza perfecta, la clase de saludo que una reina le da a sus vasallos más problemáticos.

Mientras caminaban por el pasillo central, ahora como los nuevos esposos Blackwood, los flashes de las cámaras eran constantes. Los periodistas gritaban preguntas desde la entrada: "¿Dónde está Bianca?", "¿Es esto una alianza planeada?", "¿Qué pasará con la fusión?".

Julian no se detuvo. Mantenía a Iris pegada a su costado, protegiéndola con su cuerpo mientras se abrían paso hacia el coche.

Una vez dentro del vehículo, con las puertas cerradas y el estruendo de la multitud amortiguado, Iris soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Se quitó un alfiler que le estaba enterrando en el hombro y miró a Julian.

-Lo logramos -dijo ella.

-Esto solo ha sido la entrada, Iris -Julian sacó su teléfono y empezó a revisar las noticias que ya inundaban las redes-. Tus padres intentarán hablar contigo en la recepción. Intentarán manipularte o castigarte por el cambio de nombre frente al altar.

-Que lo intenten -Iris se recostó en el cuero del asiento-. Ya no soy la hija invisible de Arthur Thorne. Soy la esposa de Julian Blackwood. Y según nuestro contrato, tú eres el único que tiene derecho a exigirme algo.

Julian la observó de reojo. Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.

-Me gusta cómo aprendes, Iris. Pero no te confíes. Tu padre es un hombre desesperado, y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa para no perder su dinero. Incluso de vender a su otra hija dos veces.

-Esta vez -dijo Iris, mirando por la ventana cómo se alejaban de la iglesia-, el precio lo pongo yo.

Capítulo 3 El Banquete de las Víboras

El salón de baile del Hotel Grand Imperial era un monumento a la opulencia excesiva. Lámparas de cristal de Baccarat colgaban del techo como estalactitas de luz, y las mesas estaban cubiertas de manteles de seda con cubiertos de plata grabados con las iniciales de los Blackwood y los Thorne. Pero para Iris, el ambiente no era de celebración, sino de asedio.

Al entrar al salón del brazo de Julian, el murmullo de quinientos invitados cesó de golpe antes de transformarse en un siseo constante de chismes. La noticia del "cambio de novia" en el altar se había propagado por las redes sociales más rápido que el champán por las copas.

-Mantén la cabeza alta -murmuró Julian, sin mover apenas los labios-. Eres la mujer más poderosa en este salón. Si tú no parpadeas, ellos tampoco lo harán.

-No tengo intención de parpadear, Julian -respondió Iris con una calma gélida-. Solo estoy contando cuántas de estas personas le deben dinero a mi padre y cuántas están listas para abandonarlo ahora que yo soy la que tiene tu apellido.

Julian soltó una risa seca, un sonido que atrajo la mirada de varias matronas de la alta sociedad. Era la primera vez que veían al "Rey de Hielo" de la ciudad mostrar algo parecido a una emoción.

No pasaron ni diez minutos antes de que los Thorne hicieran su movimiento. Arthur y Eleanor interceptaron a la pareja cerca de la pirámide de copas de cristal. Arthur estaba rojo, sus ojos inyectados en sangre, mientras que Eleanor mantenía una expresión de mártir herida, con un pañuelo de seda apretado contra su pecho.

-Necesitamos hablar. Ahora -siseó Arthur, tratando de mantener una sonrisa falsa para los fotógrafos que acechaban a pocos metros.

-No creo que este sea el momento, Arthur -dijo Julian, su voz resonando con una autoridad que hizo que los invitados cercanos retrocedieran un paso-. Mi esposa y yo tenemos invitados que atender.

-¿Tu esposa? -Eleanor sollozó, su voz cargada de veneno-. ¡Es una impostora! ¡Iris, cómo pudiste hacernos esto! Humillar a tu familia de esa manera, robándole el lugar a tu hermana...

Iris se soltó del brazo de Julian y dio un paso hacia su madre. La diferencia de altura era mínima, pero la postura de Iris la hacía parecer un gigante frente a la mujer que la había ignorado durante veinticuatro años.

-¿Robarle su lugar? -Iris arqueó una ceja-. Bianca huyó, madre. Tiró su "lugar" a la basura por un capricho. Yo no robé nada; simplemente recogí los restos del imperio que ustedes estaban a punto de perder por su incompetencia al criar a una hija tan irresponsable.

-¡Cállate! -Arthur dio un paso hacia ella, pero Julian se interpuso de inmediato, su figura imponente bloqueando cualquier avance del patriarca Thorne-. No le hables así a tu madre. ¡Sigues siendo mi hija y me debes obediencia!

-Técnicamente, Arthur -intervino Julian, su tono era peligrosamente suave-, ella es una Blackwood ahora. Y según la ley y nuestro acuerdo prenupcial, ella solo responde ante mí. Si intentas tocarla o insultarla en mi presencia, consideraré que el Grupo Thorne ha roto las cláusulas de respeto mutuo del contrato de fusión. ¿Sabes lo que eso significa para tus acciones por la mañana?

Arthur Thorne se quedó sin aire. El color desapareció de su rostro, dejando una máscara gris de derrota y odio. Sabía que Julian no bromeaba. La fusión era lo único que mantenía a los acreedores alejados de su puerta.

-Iris, por favor -suplicó Eleanor, cambiando de táctica al ver que la agresión no funcionaba-. Somos tu familia. Bianca cometió un error, está arrepentida... nos llamó hace una hora. Quiere volver y arreglar las cosas.

Iris sintió una punzada de náuseas. Bianca siempre volvía cuando se le acababa el dinero o la novedad, y sus padres siempre le abrían las puertas, sin importar a quién pisotearan en el proceso.

-Es tarde para Bianca -dijo Iris con firmeza-. Ella decidió ser una fugitiva. Yo decidí ser la Sra. Blackwood. Y para que quede claro: a partir de mañana, todas las comunicaciones del Grupo Thorne con la oficina de Julian deberán pasar por mi despacho. He sido nombrada Directora de Enlace de la Fusión.

Arthur abrió los ojos como platos.

-¡Eso no estaba en el trato! Julian, no puedes darle ese poder a esta... a esta niña. Ella no sabe nada de negocios.

Julian miró a Iris y luego a Arthur. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro.

-Te equivocas, Arthur. Iris ha estado redactando tus informes de auditoría interna durante los últimos tres años. Lo sé porque reconozco su estilo analítico. Es mucho más competente que tú, y ciertamente más útil que Bianca. Ella es mi Directora de Enlace. Acéptalo o retírate de la mesa.

El silencio que siguió fue delicioso para Iris. Ver a su padre, el hombre que la había llamado "invisible" y "mediocre" toda su vida, humillado por el hombre más poderoso de la industria, fue mejor que cualquier champán.

Los Thorne se retiraron, derrotados por el momento, perdiéndose entre la multitud. Iris sintió la adrenalina recorrer sus venas, pero también una extraña sensación de vacío. La venganza sabía bien, pero era fría.

-Lo hiciste bien -dijo Julian, ofreciéndole de nuevo su brazo-. Pero esto es solo el principio. Bianca no se quedará de brazos cruzados si tus padres la están alentando a volver. Ella es el cabo suelto que puede arruinarlo todo si la prensa descubre que nuestro matrimonio fue una "sustitución forzada" y no una elección.

-¿Y qué sugieres? -preguntó Iris, apoyando su cabeza ligeramente hacia él para simular intimidad ante un fotógrafo cercano.

-Mañana daremos una rueda de prensa -respondió Julian-. Diremos que Bianca y yo rompimos hace semanas en secreto, y que tú y yo hemos estado viviendo un romance apasionado a espaldas de todos. Diremos que la boda siempre fue para ti.

Iris lo miró a los ojos. El gris de las pupilas de Julian era hipnótico.

-¿Y la gente lo creerá?

-Si actuamos lo suficientemente bien, lo creerán. La gente ama un escándalo que termina en "amor verdadero". Solo tenemos que ser convincentes.

En ese momento, la música de la orquesta cambió a un vals lento. El maestro de ceremonias anunció el primer baile de los recién casados. Julian guio a Iris hacia el centro de la pista. El reflector cayó sobre ellos, convirtiendo el vestido de Iris en una armadura de luz plateada.

Él puso una mano en su cintura y la otra tomó la suya. Empezaron a moverse con una gracia que sorprendió a los presentes. Iris nunca había tomado clases formales de baile -esos privilegios eran para Bianca-, pero tenía un instinto natural para seguir el ritmo de Julian.

-Bailas como si hubieras nacido para esto -comentó él, acercándola más de lo necesario para la coreografía.

-He pasado años observando desde las sombras, Julian. Aprendí a bailar viendo a Bianca, aprendí finanzas leyendo tus informes, aprendí a odiar viendo a mis padres. Soy una experta en aprender lo que necesito para sobrevivir.

Julian la hizo girar y luego la recuperó en sus brazos, su rostro a milímetros del de ella.

-Sobrevivir ya no es suficiente, Iris. Ahora tienes que reinar. Y para reinar a mi lado, vas a tener que ser más implacable que cualquiera de esas víboras que nos miran.

-No te preocupes por eso -susurró ella, sintiendo el calor de su cuerpo a través de las capas de seda-. El odio es un combustible excelente.

Mientras el vals llegaba a su fin, Iris vio una figura conocida en la entrada lateral del salón. Era una mujer con un vestido de cóctel rojo, ocultando su rostro tras unas gafas de sol, pero Iris reconocería esa forma de caminar en cualquier lugar.

Era Bianca. Había vuelto antes de lo esperado.

Iris apretó el hombro de Julian.

-Tenemos un problema. El "cabo suelto" acaba de entrar por la puerta trasera.

Julian no se giró. Simplemente sonrió de una manera que heló la sangre de Iris.

-No es un problema, Iris. Es una oportunidad. Vamos a enseñarle a tu hermana qué pasa cuando intentas reclamar un trono que ya no te pertenece.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022