El frío de la piedra se me metía hasta los huesos, el mismo frío que sentí el día que me ejecutaron.
Mi prometida, Isabella, aquella a quien le entregué mi confianza y mi corazón, junto con mi supuesto mejor amigo, Adrián, el huérfano que mi padre acogió, nos traicionaron, acusándonos de conspiración contra el Duque, mi propio padre.
Las falsas lágrimas de Isabella y la falsa preocupación de Adrián fueron el preludio de la tortura en las mazmorras y, finalmente, del patíbulo.
Morí sin entender por qué mi propio padre, cegado por la confianza en esos traidores, firmó nuestra sentencia de muerte, por qué nadie nos creyó, por qué el destino fue tan cruel.
Pero, entonces, abrí los ojos, jadeando, no entre cadenas, sino en mi propia cama, en el palacio, el día de mi compromiso con Isabella: el día en que todo comenzó a salir mal.
No estábamos muertos, habíamos vuelto, y esta vez, el juego cambiaría.
El frío de la piedra se metía en mis huesos, un frío que ya no era de este mundo, era el frío de la muerte que se acercaba, la última caricia antes del final, mi hermano Nico estaba a mi lado, apenas respirando, su cuerpo roto era un espejo del mío, ambos arrodillados en el sucio suelo de la mazmorra, esperando la hora.
Podía oír a la multitud afuera, un murmullo sordo que pedía sangre, nuestra sangre.
Habíamos sido los hijos predilectos del Duque, los herederos de la casa Velasco, ahora éramos solo traidores sentenciados, todo se había derrumbado tan rápido, como un castillo de naipes golpeado por un viento furioso.
La traición había llegado vestida de amor y amistad, Isabella, mi prometida, la mujer a la que le había entregado mi confianza, nos vendió, y lo hizo junto a Adrián, el hombre que consideraba mi amigo más cercano, un huérfano que mi padre acogió y que creció a nuestra sombra, siempre sumiso, siempre agradecido, o eso creíamos.
Los recuerdo a ambos, parados frente a nosotros mientras los guardias nos encadenaban, Isabella con los ojos llenos de lágrimas falsas, Adrián con una expresión de dolor fingido, sus palabras fueron veneno puro, "Leo, ¿cómo pudiste traicionar a tu propio padre?" , dijo ella, su voz quebrada por la mentira, Adrián solo negaba con la cabeza, como si no pudiera creer nuestra "maldad" .
Nos acusaron de conspirar para derrocar al Duque, nuestro propio padre, presentaron pruebas falsas, cartas forjadas, testimonios comprados, y nuestro padre, cegado por la confianza que tenía en ellos, nos creyó culpables, su dolor se transformó en una furia helada que nos condenó sin dudar.
Los días en la mazmorra fueron un infierno sin fin, nos torturaron, no para obtener información, sino por puro placer sádico, querían quebrarnos el espíritu antes de quebrarnos el cuello, cada golpe, cada herida, era un recordatorio de nuestra estupidez, de nuestra ceguera.
Nico, mi valiente Nico, nunca se quejó, solo me miraba con sus ojos, que perdían el brillo día a día, y susurraba, "Resiste, hermano, no les des la satisfacción" .
Pero la resistencia tiene un límite, y el nuestro había llegado, la puerta de la celda rechinó al abrirse, la luz de las antorchas nos cegó por un momento, eran los verdugos.
"Es la hora" , dijo uno de ellos, su voz era grave y sin emoción.
Nos arrastraron fuera, por los pasillos oscuros y húmedos, hacia el patio donde el cadalso nos esperaba, el aire fresco de la noche se sintió como una bofetada, el cielo estaba lleno de estrellas, indiferentes a nuestro destino.
Mientras subíamos los escalones de madera, vi a Isabella y a Adrián entre la multitud, junto a mi padre, ella se aferraba al brazo de Adrián, su rostro era una máscara de tristeza perfecta, él la consolaba, susurrándole al oído, ya tomando el lugar que me correspondía.
En ese momento, todo el dolor físico desapareció, reemplazado por un odio tan puro y absoluto que me quemó por dentro, era un fuego que ni la muerte podría apagar.
El verdugo me puso la soga al cuello, la sentí áspera contra mi piel, miré a Nico por última vez, él me devolvió la mirada, y en sus ojos no vi miedo, solo una profunda tristeza y un amor infinito.
"Lo siento, Nico" , logré decir.
"No, yo lo siento, Leo" , respondió él.
El suelo desapareció bajo mis pies, la soga se apretó, mis pulmones gritaban por aire, la oscuridad me envolvió... y luego... nada.
Un parpadeo.
Un dolor agudo en la cabeza, como si me hubieran golpeado.
Abrí los ojos de golpe, jadeando, buscando aire, pero no estaba en el cadalso, no sentía la soga, estaba en mi propia habitación, en el palacio, la luz del sol de la mañana entraba por la ventana, bañando la estancia en un tono dorado y cálido.
¿Un sueño? ¿Una pesadilla terriblemente vívida?
Miré mis manos, no tenían las heridas de la tortura, mi cuerpo no dolía, me levanté de la cama, confundido, y me miré en el espejo, era yo, pero más joven, sin las marcas del sufrimiento, sin la sombra de la muerte en mis ojos.
La puerta de mi habitación se abrió de repente y Nico entró corriendo, su rostro estaba pálido, sus ojos abiertos por el pánico y la incredulidad, se detuvo en seco al verme.
Nos quedamos mirando el uno al otro por un largo segundo, el aire se llenó de una tensión que solo nosotros podíamos entender, no hacían falta palabras, en su mirada vi el mismo horror, la misma confusión y el mismo recuerdo terrible que ardía en mi mente, la mazmorra, la tortura, el cadalso.
Él también lo recordaba todo.
No estábamos muertos, habíamos vuelto.
"Leo..." , susurró, su voz temblaba.
En ese instante, oímos la voz del heraldo en el patio principal, su anuncio resonó por todo el palacio, claro y fuerte, "¡Por orden de Su Gracia el Duque, hoy se anunciará el compromiso oficial entre su primogénito, Lord Leo Velasco, y la honorable Lady Isabella de la casa aledaña!" .
Ese era el día, el día en que todo comenzó a ir mal, el día del anuncio de mi compromiso, el primer paso hacia nuestra destrucción.
La incredulidad en el rostro de Nico se transformó en una furia fría y determinada, una furia que reflejaba la mía.
No era un sueño, era una segunda oportunidad.
Una oportunidad para la venganza.
Sin decir una palabra más, me enderecé, mi mente se aclaró, el miedo y la confusión fueron reemplazados por una resolución de acero, Nico asintió, entendiendo perfectamente lo que pensaba.
Esta vez, las cosas serían diferentes.
Salimos de la habitación y caminamos con paso firme hacia el Gran Salón, donde nuestro padre, el Duque, estaba a punto de sellar nuestro destino una vez más, pero esta vez, nosotros escribiríamos el final.
El Gran Salón estaba lleno de nobles y cortesanos, todos vestidos con sus mejores galas, el aire vibraba con murmullos de anticipación y felicitaciones fingidas, en el centro, en su trono elevado, estaba mi padre, el Duque, con una rara sonrisa en su rostro, a su lado, Isabella sonreía, radiante y hermosa, una víbora disfrazada de ángel.
Justo cuando mi padre se aclaró la garganta para comenzar su discurso, para atarme a esa mujer que nos llevaría a la ruina, di un paso al frente.
"Padre" .
Mi voz resonó en el repentino silencio, todas las cabezas se giraron hacia mí, las sonrisas se congelaron, los murmullos cesaron, mi padre me miró, su expresión cambió de la alegría a la sorpresa, y luego a una ligera irritación.
"Leo, ¿qué sucede? Estoy a punto de hacer un anuncio importante" .
"Lo sé, padre" , respondí, mi voz era firme, sin rastro de la duda que me habría consumido en mi vida anterior, "Y es sobre ese anuncio que debo hablar, he tomado una decisión, no puedo casarme con Lady Isabella" .
Un jadeo colectivo recorrió la sala, vi la cara de Isabella, su sonrisa se desvaneció y fue reemplazada por una máscara de pura conmoción y humillación, sus ojos se clavaron en los míos, buscando una explicación que no pensaba darle.
Mi padre se levantó de su trono, su rostro se ensombreció, "¿Qué locura es esta, Leo? ¿Te has vuelto loco? El acuerdo está hecho, las familias han dado su palabra" .
"Mi palabra es la que importa en mi matrimonio" , repliqué, manteniendo su mirada, "Y digo que no habrá boda, en su lugar, pido otra cosa, envíame a las Tierras del Norte, déjame tomar el mando de la guarnición en la frontera" .
El silencio que siguió fue aún más profundo, las Tierras del Norte eran un exilio helado y peligroso, una tierra de conflictos constantes con las tribus salvajes, un lugar donde los nobles iban a morir o a ser olvidados, nadie pedía ir allí voluntariamente.
Mi padre me miraba como si me hubiera crecido una segunda cabeza, "¿Rechazas a la heredera de una de las casas más ricas para ir a congelarte en un páramo olvidado? ¿Has perdido el juicio?" .
"Mi juicio nunca ha sido más claro, padre" , insistí, "Mi lugar está en el Norte, sirviendo al ducado en la frontera, no aquí, en la corte" .
Nico dio un paso al frente y se puso a mi lado, su apoyo era silencioso pero inquebrantable, "Iré con él, padre" .
La incredulidad en el rostro del Duque era total, miró de mí a Nico, y luego a la pálida y furiosa Isabella, la situación se le había escapado de las manos, humillar públicamente a una casa noble aliada era un desastre diplomático, pero forzar a sus dos hijos a un exilio autoimpuesto era una locura.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, suspiró, una mezcla de ira y resignación en su gesto, "Que así sea" , dijo con voz grave, "Si esa es tu decisión, no te detendré, prepara tus cosas, partirás al amanecer" .
Luego, se volvió hacia la multitud, su voz era tensa, "El anuncio queda pospuesto" .
Se levantó y abandonó el salón sin mirar a nadie, la tensión se rompió y la sala estalló en susurros y miradas furtivas, habíamos logrado lo primero, habíamos desviado el tren de nuestro destino de su vía mortal.
Cuando la multitud comenzó a dispersarse, Nico y yo nos miramos, no había alegría en nuestros rostros, solo la sombría satisfacción de una batalla ganada, nos dirigimos a una terraza vacía, lejos de los oídos curiosos.
Apenas estuvimos solos, Nico me agarró por los hombros, sus ojos brillaban con una intensidad feroz, "Lo hicimos, Leo, cambiamos el futuro" .
Lo abracé con fuerza, un abrazo que llevaba el peso de la muerte y el alivio de una segunda vida, "Sí, lo hicimos" , susurré contra su hombro, "Este es solo el primer paso, Nico, el camino será largo" .
"Lo sé" , dijo, su voz ahogada por la emoción, "Pero esta vez lo recorreremos juntos, y preparados" .
Nos separamos, y por primera vez desde nuestro despertar, una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro, era la sonrisa amarga de alguien que ha vuelto del infierno para cobrar sus deudas.
Mientras volvíamos a nuestros aposentos, varios nobles se nos acercaron, sus rostros mostraban una falsa admiración, "Lord Leo, qué valiente decisión" , dijo uno, "Servir en el Norte es un gran honor" .
"Le deseamos la mejor de las suertes" , añadió otro, sus ojos delataban que en realidad nos daban por muertos.
Asentí con frialdad, aceptando sus hipócritas felicitaciones, sabía que se alegraban de vernos lejos de la corte, lejos del poder.
Entonces, lo vi, Adrián se acercaba a nosotros, su rostro era una obra maestra de preocupación y tristeza, caminaba con los hombros caídos, como si llevara el peso del mundo sobre ellos.
"Leo, Nico" , dijo con voz suave, deteniéndose frente a nosotros, "Acabo de enterarme, no puedo creerlo" .
Me quedé mirándolo fijamente, estudiando cada gesto, cada matiz de su actuación, era perfecto, el amigo leal y desconsolado.
"¿Por qué hiciste esto, Leo?" , preguntó, sus ojos suplicantes, "Isabella está completamente devastada, encerrada en su habitación, se niega a ver a nadie, la has humillado frente a toda la corte" .
Sentí la ira subir por mi garganta como bilis caliente, pero la contuve, mi rostro permaneció impasible, esta vez, no caería en su juego.