El Salón de Baile del Círculo de Bellas Artes olía a una mezcla muy específica de éxito y decadencia: cera para madera antigua, perfume francés de trescientos euros y el rastro metálico del champán helado. Para Elena Casal, ese olor era la esencia misma de su padre. Un aroma que proyectaba una seguridad que ella, como arquitecta acostumbrada a estructuras tangibles, siempre había encontrado sospechosa.
Elena ajustó el tirante de su vestido negro, sintiéndose como una intrusa en un templo. Había pasado diez años construyendo una vida de hormigón y cristal, lejos de las metáforas y las intrigas de la industria editorial, pero allí estaba, sentada en la mesa presidencial. A su derecha, una silla vacía esperaba al hombre de la noche.
-Está nervioso -susurró Marcos, el director adjunto de Editorial Legado, inclinándose hacia ella. Marcos llevaba veinte años siendo la sombra de Julián, un hombre cuya lealtad era tan absoluta que rozaba la ceguera.
-Mi padre no se pone nervioso, Marcos. Mi padre "genera expectativa" -respondió Elena con una ironía que no llegó a ocultar su propia inquietud.
En el otro extremo del salón, cerca de una de las columnas monumentales, una figura destacaba por su inmovilidad. Adrián Varo. Elena lo reconoció antes de verlo de frente. Tenía la misma postura depredadora de siempre: los hombros relajados, la barbilla ligeramente alzada, sosteniendo una tablet en lugar de una copa de cristal. Adrián no estaba allí para celebrar; estaba allí para auditar. Como CEO de Vértice Digital, él representaba todo lo que Julián despreciaba: la literatura como "contenido", el libro como "dato". Pero también era el hombre que, cinco años atrás, Elena había creído amar.
Adrián levantó su copa hacia ella en un saludo silencioso y gélido. Sabía algo. Elena lo sintió en la boca del estómago.
Las luces parpadearon y el murmullo de la élite cultural madrileña se extinguió. Julián Casal emergió de las sombras del lateral del escenario. A sus setenta y dos años, seguía siendo una figura imponente. Su melena plateada brillaba bajo los focos y su paso era firme, casi marcial. El aplauso fue unánime, un estallido de respeto hacia el hombre que había mantenido a flote la alta literatura en español durante cuatro décadas.
Julián se colocó tras el atril de madera noble. No llevaba papeles. Nunca los llevaba. Se jactaba de tener una memoria fotográfica que le permitía recitar poemas enteros en tres idiomas.
-La memoria -comenzó Julián, y su voz de barítono llenó el salón sin necesidad de esfuerzo-, es el único archivo que no admite copias de seguridad.
Hubo una risa ligera en la audiencia. Era una pulla directa a los "hombres digitales" como Adrián Varo.
-He pasado cuarenta años rodeado de palabras -continuó-. Palabras que sobreviven a guerras, a crisis económicas y a la tiranía de la inmediatez. En Editorial Legado, siempre hemos creído que un libro es un contrato de permanencia entre el autor y el tiempo.
Elena relajó los hombros. Era el discurso perfecto. Julián estaba "encendido", usando esa retórica que mezclaba la erudición con la calidez humana. Durante quince minutos, construyó una catedral de ideas. Habló de la importancia de la pausa, de la belleza del papel rugoso y de cómo la cultura es lo único que nos separa del caos.
Adrián Varo, desde su columna, no apartaba los ojos de Julián. Su expresión era la de un entomólogo observando un espécimen bajo el microscopio.
-Pero nadie camina solo en esta selva de papel -dijo Julián, bajando el tono de voz para el cierre emocional-. Este premio a la trayectoria no me pertenece a mí. Le pertenece a la persona que, en 1982, decidió que mi sueño de publicar libros de poesía en un garaje no era una locura. A la mujer que fue el primer lector de cada manuscrito y el último baluarte de mi cordura.
Elena sintió un nudo en la garganta. Sabía que venía el nombre de su madre, Marta. Era el ritual. El homenaje que Julián rendía en cada ocasión importante desde que ella falleció.
Julián hizo una pausa. Fue una pausa un segundo más larga de lo habitual.
-Quiero dedicarle este honor a... -Julián se detuvo de nuevo.
El silencio, que hasta entonces había sido de respetuosa admiración, empezó a transformarse. Se volvió denso. Elena vio cómo la mano izquierda de su padre, apoyada en el atril, empezaba a presionar la madera hasta que los nudillos se volvieron blancos.
-A mi... -Julián carraspeó. Sus ojos, antes chispeantes, se fijaron en un punto inexistente en el fondo del salón.
Elena se inclinó hacia adelante, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. "Dilo, papá. Marta. Solo tienes que decir Marta", pensó con una urgencia que le quemaba.
Julián abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Por un instante, la máscara de confianza se desmoronó. Sus ojos se volvieron hacia la mesa presidencial, buscando a Elena. En ese segundo, ella no vio al gigante de la edición; vio a un náufrago pidiendo aire. Fue un grito silencioso que solo ella pudo escuchar.
-... A mi mujer -dijo finalmente. La palabra salió seca, genérica, desprovista del nombre propio que la hacía única-. A ella. Gracias.
Julián bajó del escenario casi antes de que los aplausos comenzaran. Fueron aplausos confusos, interrumpidos por susurros. El Rey de la Palabra acababa de perder la palabra más importante de su vida.
Cuando Julián llegó a la mesa, no miró a nadie. Se sentó y tomó una servilleta, doblándola una y otra vez con una precisión obsesiva.
-Julián, ha sido... magnífico -balbuceó Marcos, intentando salvar la situación.
-Me ha cegado un foco -cortó Julián. Su voz era ahora una cuchilla de hielo-. No veía las caras. Un deslumbramiento, eso es todo.
-Padre... -empezó Elena, poniendo una mano sobre la suya.
Julián la apartó con una brusquedad que la dejó sin aliento. -Estoy bien, Elena. No me analices como si fuera uno de tus edificios en ruinas.
Antes de que ella pudiera responder, una sombra se proyectó sobre la mesa. Adrián Varo estaba allí, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.
-Felicidades, Julián -dijo Adrián. Su tono era suave, casi compasivo, lo que lo hacía doblemente peligroso-. Un discurso... revelador. Especialmente el final. La memoria, como bien dijiste, no admite copias de seguridad.
Julián se puso en pie, recuperando su estatura, aunque Elena notó que le temblaba ligeramente el mentón.
-Varo. No sabía que dejaban entrar a algoritmos en el Círculo de Bellas Artes.
-Vine a ver la historia, Julián. Pero me parece que lo que he visto es el epílogo.
Adrián miró a Elena. Hubo un destello de algo parecido a la lástima en sus ojos, o quizás era simple anticipación. -Elena, qué alegría verte de vuelta en el fango. Te queda bien el luto.
-No es un luto, Adrián. Es una gala -respondió ella con la mandíbula apretada.
-Dales tiempo -dijo él antes de darse la vuelta-. Las dos cosas suelen parecerse mucho al final.
Adrián se alejó, perdiéndose entre la multitud que ya empezaba a especular. Elena miró a su padre. Julián estaba mirando su copa vacía, con una expresión de vacío absoluto que la aterrorizó más que cualquier amenaza de Adrián.
En ese momento, Elena Casal supo que su vida como arquitecta había terminado. No podía dejar que la biblioteca de su padre se quemara mientras ella miraba desde la distancia. La estructura de Editorial Legado estaba fallando, y el cimiento principal, la mente de Julián, acababa de mostrar su primera grieta irreparable.
Adrián Varo no creía en las casualidades, creía en las métricas. Para él, el mundo no se dividía entre buenos y malos, sino entre sistemas eficientes y sistemas obsoletos. Y Julián Casal, con toda su pompa, sus trajes de sastre y su retórica decimonónica, era el sistema más obsoleto que conocía.
Desde la penumbra de la balconada del Salón de Baile, Adrián observaba la escena de la mesa presidencial. Sostenía su copa de agua mineral -nunca bebía alcohol en eventos de trabajo, y para él todo era trabajo- con la precisión de un cirujano. Había visto el tropiezo. No solo lo había visto; lo había grabado mentalmente en alta definición.
-Un segundo y medio -susurró Adrián para sí mismo.
Ese había sido el tiempo exacto que la mente de Julián se había quedado en blanco. Un segundo y medio de estática total antes de que el "Gran Editor" tuviera que recurrir a un sustantivo común para nombrar al amor de su vida. Para el resto de los invitados, había sido un desliz emocional, un bache de la edad. Para Adrián, fue la señal de que el servidor central de Editorial Legado se estaba corrompiendo.
-¿Buscando fallos en el código, Adrián?
Él no se inmutó. Conocía esa voz. Era una voz que solía sonar en su oído en la oscuridad de su apartamento años atrás, antes de que la ambición se interpusiera entre ambos. Se giró lentamente para encontrar a Elena Casal. Ella se veía cansada, pero sus ojos proyectaban una luz defensiva, casi eléctrica.
-Los fallos no se buscan, Elena. Se manifiestan -respondió Adrián, dedicándole una sonrisa que era más un despliegue de dientes que un gesto de calidez-. Tu padre ha dado un espectáculo magnífico. Es una pena que el final haya sido... impreciso.
-Mi padre está cansado, Adrián. Lleva cuarenta años cargando con esta industria mientras gente como tú intenta convertirla en una sección de "estilo de vida" para aplicaciones móviles.
Adrián dio un paso hacia ella, invadiendo ese espacio personal que ella intentaba proteger con su lenguaje corporal.
-La nostalgia es un mal modelo de negocio -dijo él, bajando el tono-. Editorial Legado es un portaaviones hundiéndose. Tiene el catálogo de autores más prestigioso de Europa, pero no tiene combustible. Tú lo sabes. Por eso te fuiste a construir casas de cristal, porque no soportabas el olor a polvo y a negación que hay en los despachos de tu padre.
-Vine porque me lo pidió. Nada más.
-Viniste porque viste la grieta -la interrumpió él-. No me mientas a mí, Elena. Nos conocemos demasiado bien. Sabes que Julián no solo ha olvidado un nombre esta noche. Sabes que se le están borrando las páginas.
Elena apretó los puños. Por un momento, Adrián pensó que ella le golpearía, o que quizás lloraría. Pero ella era una Casal; el orgullo era su armadura natural.
-Si crees que vas a usar un pequeño lapsus para lanzar una de tus buitres-operaciones, estás perdiendo el tiempo. Yo estoy aquí ahora. Y no voy a dejar que desmanteles su vida.
Adrián soltó una risa suave, casi paternal. -No quiero desmantelar su vida. Quiero salvar su obra. Vértice Digital puede darle a esos libros la inmortalidad que el papel ya no les garantiza. Solo necesito que el Rey se baje del trono antes de que se caiga de él y rompa la corona.
-El Rey no se va a ningún lado -sentenció Elena antes de darle la espalda y alejarse hacia la salida.
Adrián la vio marchar, admirando por un segundo la línea recta de sus hombros. Ella era el único obstáculo real. Julián era el pasado, pero Elena era una variable que no había terminado de calcular.
Sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla iluminó su rostro con un brillo azulado y frío. Abrió una aplicación de mensajería encriptada y escribió un nombre: Marcos.
Adrián: "Ha pasado. Julián está perdiendo el hilo. Necesito los informes de ventas del último trimestre y la lista de autores con contratos por renovar antes de las 8 AM. No me falles ahora."
Guardó el teléfono justo cuando el presidente del Círculo de Bellas Artes se acercaba a él para despedirse. Adrián recuperó su máscara de cortesía corporativa, estrechó manos y repartió tarjetas digitales.
Al salir al aire fresco de la calle Alcalá, el frío de Madrid le golpeó el rostro, pero él solo sentía la adrenalina de la caza. Se subió a la parte trasera de su coche negro, donde su asistente ya le esperaba con una tablet encendida.
-Señor Varo, el clip del discurso de Casal ya está empezando a circular en Twitter. Algunos usuarios están notando el silencio del final -dijo el asistente sin preámbulos.
-No lo alimentes todavía -ordenó Adrián-. Deja que la duda crezca sola. La gente ama a los ídolos, pero le fascina ver cómo se rompen. Quiero un informe detallado sobre la salud financiera de Legado. Si Julián está fallando, sus firmas también. Mañana por la mañana quiero una lista de sus tres autores más vendidos. Les ofreceremos el doble de lo que Julián les paga, más una campaña de marketing que no dependa de si su editor recuerda quiénes son.
-¿Y la hija, señor? ¿Elena Casal?
Adrián miró por la ventanilla. Vio el coche de Julián y Elena alejarse entre el tráfico.
-Elena cree que la editorial es un edificio que puede rehabilitar -dijo Adrián, con un tono casi melancólico-. No entiende que esto no es arquitectura. Es una demolición controlada. Y yo soy el único que tiene los planos.
Elena no había pegado ojo. Se había quedado en el cuarto de invitados, ese que todavía conservaba sus libros de bachillerato y un olor a lavanda que le resultaba asfixiante. A las siete de la mañana, el sonido de la cafetera italiana reclamó su atención.
En la cocina, Julián Casal ya estaba vestido. No llevaba el pijama de seda que le correspondía a un hombre de su edad un domingo por la mañana; llevaba una camisa azul Oxford perfectamente planchada y sus gemelos de plata. Estaba sentado a la mesa, leyendo El País con una lupa de aumento, como si estuviera buscando una errata que pudiera salvarle la vida.
-Buenos días, Elena -dijo él, sin levantar la vista. Su voz era firme, la misma que usaba para negociar anticipos de seis cifras-. Te he preparado un café. Solo, como a ti te gusta.
Elena se quedó en el umbral, observándolo. Parecía el de siempre. El hombre que podía recitar la genealogía de los Buendía de memoria. Por un segundo, ella quiso creer. Quiso que lo de anoche hubiera sido, efectivamente, un espejismo.
-Gracias, papá. ¿Cómo te encuentras?
Julián bajó el periódico con una lentitud estudiada. Su rostro era una máscara de absoluta normalidad.
-¿Cómo me voy a encontrar? Magnífico. Un poco de resaca de adrenalina, supongo. Esos eventos son agotadores a mi edad. El Círculo de Bellas Artes debería revisar la iluminación de ese salón; esos focos halógenos son criminales. Me provocaron una migraña con aura a mitad del discurso. Casi no veía la primera fila.
-Papá, no fue la luz -dijo Elena, sentándose frente a él-. Te quedaste en blanco. Olvidaste el nombre de mamá.
Julián soltó una carcajada seca, un sonido corto que no llegó a sus ojos.
-No seas melodramática, Elena. No lo olvidé. Simplemente me pareció que "mi mujer" tenía un peso más universal en ese contexto. "Marta" es un nombre, pero "mi mujer" es una institución. Fue una elección estilística. -Bebió un sorbo de café y volvió al periódico-. Deberías dejar de proyectar tus ansiedades estructurales en mí. No soy uno de tus edificios con aluminosis.
-Ayer no sabías quién era Alberto, el director de la Biblioteca Nacional -insistió ella, bajando la voz-. Y hace una semana te encontré en el pasillo preguntando dónde estaba el baño en una casa en la que llevas viviendo treinta años.
El silencio que siguió fue denso como el plomo. Julián dejó la taza sobre el plato con un clac metálico que pareció un disparo. Cuando levantó la vista, la lucidez agresiva estaba allí, pero también un rastro de miedo animal en el fondo de sus pupilas.
-He tenido una vida larga y llena de nombres, fechas y citas -dijo Julián, midiendo cada sílaba-. A veces, el archivo se satura. Es fatiga, Elena. Nada más. No voy a permitir que conviertas un par de despistes en un diagnóstico de tragedia griega. Tengo una editorial que dirigir y un catálogo que proteger de hienas como Adrián Varo.
-Adrián sabe que te pasa algo, papá. Estaba allí. Lo vio.
Julián se puso en pie bruscamente. -¡Adrián Varo no ve más que lo que su ambición le permite! Si ese muchacho cree que puede heredar mi trono porque ayer tuve un deslumbramiento, es que no aprendió nada de mí.
Julián salió de la cocina hacia su despacho, pero en la puerta se detuvo. Dudó. Sus dedos rozaron el marco de madera como si estuviera reconociendo el terreno. Elena lo siguió con la mirada, con el corazón encogido.
-Papá... -llamó ella suavemente.
-Estoy bien, Elena -repitió él, sin girarse-. Vuelve a tus planos. Aquí no hay nada que rehabilitar.
Elena esperó a escuchar el cierre de la puerta del despacho. Sabía que no estaba bien. Un hombre que está bien no se viste de gala para desayunar un domingo solo para demostrar que todavía puede abrocharse los botones.
Caminó hacia el recibidor y tomó el bolso. Al hacerlo, vio el teléfono fijo de la entrada. La luz del contestador parpadeaba. Por un impulso que no supo explicar, pulsó el botón de reproducción.
"Julián, soy Marcos. He recibido el mensaje de Varo. Está presionando con lo de los contratos de los autores estrella. Dice que si no cerramos la auditoría externa para el martes, filtrará lo del 'incidente' de la gala a la prensa financiera. Llámame. Tenemos que decidir qué versión vamos a dar."
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Marcos. El hombre de confianza. El que le servía el café a Julián y le guardaba los secretos. Estaba hablando con Adrián. Estaba negociando el funeral de la empresa mientras el cuerpo de Julián todavía estaba caliente.
No era solo una enfermedad. Era una conspiración de pasillo. Elena no volvió a su estudio de arquitectura. Se sentó en el suelo del recibidor, sacó su agenda y escribió un solo nombre en la página del lunes: Adrián Varo.
Si Adrián quería jugar a la demolición, ella iba a enseñarle que nadie conoce mejor una estructura que quien sabe dónde están sus puntos de ruptura.