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El Retorno de Ximena: Renacer y Luchar

El Retorno de Ximena: Renacer y Luchar

Autor: : Easy Reading.
Género: Fantasía
El recuerdo de la sangre sobre las sábanas blancas del hospital me perseguía, un eco de la vida donde perdí a mi anhelado bebé. Pero ahora, con los ojos bien abiertos, sentía el sudor frío en mi nuca: había regresado a mi lujosa hacienda, embarazada y con la aterradora habilidad de escuchar los pensamientos más oscuros de los demás. Mi hijastra, la dulce Sofía, me ofreció un té de hierbas que, en su mente, era para "limpiarme por dentro" y librarse de los herederos que me arrebataban a su padre y su fortuna. Fernando, mi esposo, ciego de amor y negación, me creyó paranoica, acusándome de aterrorizar a su hija cuando intenté exponerla. La primera grieta en nuestra confianza se había abierto, y yo ya no era la ingenua Ximena; ahora, llena de una fría determinación, iba a luchar por mi vida y la de mis hijos, sola contra todos.

Introducción

El recuerdo de la sangre sobre las sábanas blancas del hospital me perseguía, un eco de la vida donde perdí a mi anhelado bebé.

Pero ahora, con los ojos bien abiertos, sentía el sudor frío en mi nuca: había regresado a mi lujosa hacienda, embarazada y con la aterradora habilidad de escuchar los pensamientos más oscuros de los demás.

Mi hijastra, la dulce Sofía, me ofreció un té de hierbas que, en su mente, era para "limpiarme por dentro" y librarse de los herederos que me arrebataban a su padre y su fortuna.

Fernando, mi esposo, ciego de amor y negación, me creyó paranoica, acusándome de aterrorizar a su hija cuando intenté exponerla.

La primera grieta en nuestra confianza se había abierto, y yo ya no era la ingenua Ximena; ahora, llena de una fría determinación, iba a luchar por mi vida y la de mis hijos, sola contra todos.

Capítulo 1

El recuerdo de la sangre sobre las sábanas blancas del hospital era una imagen que me atormentaba, un eco de una vida pasada que se sentía demasiado real. En esa otra vida, había perdido a mi bebé, un hijo que anhelaba con toda mi alma, todo por confiar ciegamente en las personas que me rodeaban. Esa tragedia me rompió, pero también despertó algo dentro de mí, una habilidad extraña y aterradora, la capacidad de escuchar los pensamientos más oscuros y secretos de los demás. Era como un susurro constante en el fondo de mi mente, una verdad que nadie más podía oír.

Ahora, con los ojos bien abiertos, sentía el sudor frío en mi nuca. No estaba en el hospital. Estaba en mi cama, en la lujosa hacienda de mi esposo, Fernando. El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de lino, y el aroma a café recién hecho llegaba desde la cocina. Estaba embarazada, y el bebé, no, los bebés que llevaba dentro, estaban a salvo. Había regresado. Había renacido en un momento crucial, justo antes de que la tragedia ocurriera.

Mi mano fue instintivamente a mi vientre, todavía plano pero lleno de promesas. Esta vez sería diferente. Esta vez, usaría esta maldición a mi favor.

Escuché los pasos de Fernando subiendo la escalera. Entró a la habitación con una sonrisa radiante, esa sonrisa que me había enamorado.

"Buenos días, mi amor. ¿Cómo amaneció la futura mamá más hermosa de todo Jalisco?"

Se sentó a mi lado y me besó la frente. Su mente era un libro abierto para mí, lleno de amor genuino, planes para la cuna, y la emoción por nuestra creciente familia. No había malicia en él, solo una peligrosa ingenuidad.

"Fernando," le dije, mi voz un poco más firme de lo normal, "anoche tuve un mal sueño. Soñé que alguien intentaba hacerme daño, a mí y a nuestro bebé."

Su ceño se frunció, la preocupación reemplazando su alegría.

"Tranquila, Ximena. Fue solo una pesadilla. Aquí nadie te haría daño. Yo te protegeré."

Sabía que lo decía en serio, pero su protección no era suficiente. Él no veía el peligro que yo sí.

Justo en ese momento, oímos unos golpecitos en la puerta.

"¿Pá? ¿Ximena? ¿Están despiertos?"

Era la voz dulce y cantarina de Sofía, la hija de dieciséis años de Fernando de su matrimonio anterior. Mi hijastra.

"Adelante, mi niña," dijo Fernando con cariño.

La puerta se abrió y apareció Sofía, sosteniendo una bandeja con una taza de té humeante. Llevaba un vestido de verano blanco que la hacía parecer un ángel. Su sonrisa era inocente, sus ojos grandes y expresivos. Una fachada perfecta.

"Te traje un té de hierbas, Ximena," dijo con dulzura. "Mi abuela decía que es muy bueno para las náuseas del embarazo. Es un remedio casero, completamente natural."

Se acercó a la cama, su movimiento era grácil y estudiado. Pero mientras su boca decía palabras amables, su mente gritaba una historia completamente diferente.

"Tómalo, estúpida. Bébetelo todo. Este té especial que me dio mi tío Roberto te limpiará por dentro. Adiós al heredero. Papá volverá a ser solo mío, y toda su fortuna también."

El veneno en sus pensamientos era tan potente que sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era el mismo té. La pesadilla era un recuerdo. Iba a suceder de nuevo.

Mi corazón martilleaba en mi pecho, pero mi rostro se mantuvo sereno. Miré la taza que me ofrecía, el líquido de un color ámbar oscuro. Olía a manzanilla y a algo más, algo metálico y amargo.

"Gracias, Sofía. Qué amable de tu parte," dije, mi voz sonando calmada.

Tomé la taza con una mano temblorosa. Fernando me sonreía, orgulloso de la relación que creía que su hija y yo teníamos. Sofía me miraba con una expectación depredadora mal disimulada.

Levanté la taza hacia mis labios, pero en el último segundo, me detuve.

"Sabes, ahora que lo huelo bien," dije, fingiendo curiosidad, "tiene un aroma un poco extraño. ¿Qué hierbas dijiste que tenía?"

La sonrisa de Sofía vaciló por una fracción de segundo.

"Mierda. ¿Se dio cuenta? No, imposible. Solo bébelo."

"Oh, solo manzanilla, jengibre... cosas así. Cosas que mi abuela usaba," respondió ella, tratando de mantener su tono casual.

Fernando intervino, ajeno a la tensión.

"Mi amor, Sofía solo quiere cuidarte. No seas desconfiada."

Ignoré a Fernando y miré directamente a los ojos de Sofía.

"Huele a ruda," dije, mi voz baja y cortante. "Y la ruda es una hierba abortiva, Sofía. ¿Lo sabías?"

El color desapareció del rostro de Sofía. El shock en su cara era genuino, no por mi acusación, sino porque la habían descubierto. El silencio en la habitación se volvió pesado, denso.

Fernando nos miraba, confundido. "¿Ruda? ¿De qué hablas, Ximena? Sofía no haría algo así."

Pero yo no le quitaba los ojos de encima a la adolescente. Vi el pánico en su interior antes de que su rostro se transformara. Sus labios temblaron, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo desgarrador brotó de su garganta.

"¡No! ¡Yo no sabía! ¡Lo juro!" gritó, dejando caer la bandeja al suelo. La taza se hizo añicos, y el té se derramó sobre la alfombra cara. "¡Solo quería ayudarte, Ximena! ¿Por qué piensas algo tan horrible de mí?"

Se lanzó a los brazos de su padre, llorando desconsoladamente, interpretando el papel de la niña herida e incomprendida a la perfección.

Fernando la abrazó con fuerza, lanzándome una mirada de reproche.

"¡Ximena, mira lo que has hecho! ¡Es solo una niña!"

Mientras él la consolaba, yo llamé a una de las empleadas de la casa.

"Consuelo, por favor, trae un paño y recoge un poco de este líquido. Y llama al doctor Ramírez. Dile que es una emergencia. Que necesito que analice una muestra de inmediato."

Consuelo, una mujer mayor que me tenía aprecio, vio la seriedad en mi rostro y asintió sin hacer preguntas. Recogió un trozo de tela, lo empapó en el charco de té y salió rápidamente de la habitación.

Fernando seguía abrazando a su hija sollozante.

"Esto es ridículo, Ximena. Estás exagerando."

"¿Estoy exagerando, Fernando?" repliqué, mi voz temblando de una ira contenida. "Tu hija casi me envenena, a mí y a tu futuro hijo, y ¿crees que estoy exagerando?"

Él me miró, su lealtad dividida. Amaba a su hija con una ceguera que me aterraba. Y en ese momento, a pesar de todo, a pesar del peligro evidente, vi en su mente que una parte de él quería creerle a ella. Quería creer que yo estaba equivocada, paranoica por el embarazo. La primera grieta en nuestra confianza se había abierto, y Sofía, la pequeña víbora, la había creado.

Capítulo 2

"¡Es una adolescente, por el amor de Dios! ¿Cómo puedes acusarla de algo tan monstruoso?" me espetó Fernando, una vez que Sofía, todavía sollozando, se hubo encerrado en su habitación. Su voz era una mezcla de incredulidad y enojo.

Su mente era un torbellino. "Ximena está hormonal. El embarazo la tiene sensible. Sofía es incapaz de hacer daño, solo es una niña que cometió un error inocente. ¿Cómo pudo confundir las hierbas? Tal vez su tío Roberto le jugó una mala broma..."

Ver su justificación, su negación a enfrentar la verdad, me llenó de una fría decepción. Discutir no serviría de nada. Tenía que ser más inteligente.

"Quizás tienes razón, Fernando," dije, suavizando mi tono y bajando la mirada. "Tal vez reaccioné de forma exagerada. Las hormonas, el miedo... solo me asusté mucho."

Vi un destello de alivio en su rostro y en sus pensamientos. Era más fácil para él creer que yo estaba equivocada que aceptar que su hija era un monstruo.

"Sabía que entraría en razón. Pobre Ximena, debe estar muy asustada. Tengo que cuidarla mejor."

Me acerqué y lo abracé. "Lo siento, mi amor. No debí acusar a Sofía así. Hablaré con ella más tarde."

Él me devolvió el abrazo, apretándome con fuerza. "Está bien, mi vida. Todo está bien."

Pero nada estaba bien. Mientras lo abrazaba, mi mente estaba fría y calculadora. Este era solo el primer round. Había ganado esta pequeña batalla al evitar el veneno, pero la guerra apenas comenzaba. Y la estaba peleando sola.

Un par de días después, el doctor Ramírez confirmó mis sospechas. La muestra de té contenía altas concentraciones de ruda y otra hierba tóxica, una combinación que sin duda habría provocado un aborto espontáneo. Fernando se puso pálido al oír el informe, pero cuando enfrentó a Sofía, ella se deshizo en un mar de lágrimas de nuevo, jurando que había tomado las hierbas del jardín y que no tenía idea de su efecto. Dijo que tal vez las había confundido con otra planta. Fernando, desesperado por mantener la paz en su hogar, aceptó su explicación y simplemente le prohibió volver a preparar "remedios caseros" . Para él, el asunto estaba zanjado. Para mí, era una declaración de guerra.

Esa noche, Fernando organizó una gran cena en la hacienda para anunciar oficialmente mi embarazo a sus socios y amigos más cercanos. La casa estaba llena de gente, música y risas. Él estaba radiante, de pie en el centro del gran salón, con una mano en mi espalda.

"¡Amigos, familia!" exclamó, su voz resonando con orgullo. "Ximena y yo tenemos una noticia maravillosa que compartir. ¡No vamos a tener un hijo... vamos a tener tres! ¡Vienen trillizos en camino!"

Un murmullo de asombro y felicitaciones recorrió la sala. La gente se acercaba a abrazarnos, a desearnos lo mejor. Me sentí momentáneamente envuelta en una burbuja de felicidad, pero una mirada me devolvió a la cruda realidad.

Al otro lado del salón, de pie cerca de la barra, había un hombre que no había visto antes. Era de mediana edad, con el cabello grasiento peinado hacia atrás y una sonrisa servil que no llegaba a sus ojos pequeños y astutos. Llevaba un traje que parecía un poco apretado y demasiado brillante. Observaba la escena con una mirada calculadora, una mirada de buitre. Vi a Sofía acercarse a él discretamente. Era su tío, Roberto. El hombre que, según los pensamientos de Sofía, le había proporcionado el veneno.

Me excusé de un grupo de señoras felicitándome y me moví hacia un rincón más oscuro del patio, fingiendo tomar aire fresco, pero manteniéndolos a la vista a través de la gran ventana. Mi habilidad se agudizó con la concentración.

Vi a Roberto susurrarle algo a Sofía. Ella asintió, con una expresión sombría. Entonces, vi cómo ella le pasaba discretamente un fajo de billetes. Él lo tomó rápidamente y se lo guardó en el bolsillo interior de su saco, dándole una palmadita en el hombro.

Me concentré en sus pensamientos, filtrando el ruido de la fiesta.

La mente de Roberto era un pozo negro de codicia. "Tres... mierda, tres herederos. Eso complica las cosas. Elena se va a poner como loca. Esta mocosa tiene que actuar rápido si quiere ver algo de la lana de su papi. Por ahora, este dinero me sirve para pagar unas deudas. Pero vamos a necesitar más, mucho más."

El pensamiento de Sofía era aún más escalofriante. "Tres bastardos. Tres de ellos quitándome lo que es mío. No lo voy a permitir. El té no funcionó, pero el tío Roberto tiene otras ideas. Ideas más... permanentes. Y mamá estará de acuerdo. Papá tiene que entender que yo soy su única hija. La única que importa."

Un escalofrío me recorrió entera. Elena. Su madre. La mujer que los abandonó a ella y a Fernando cuando Sofía era solo una niña y Fernando aún no era el magnate del tequila que era hoy. Sabía que había reaparecido en sus vidas recientemente, pero no imaginaba que estuviera involucrada en esto. Era una conspiración familiar, un nido de víboras.

Sentí una oleada de náuseas, y esta vez no tenía nada que ver con el embarazo. Volví a entrar a la fiesta, con el corazón latiendo con fuerza. Tenía que mantenerme cerca de Fernando. Tenía que estar alerta.

Más tarde esa noche, cuando la mayoría de los invitados se habían ido, Sofía se acercó a mí con un plato de postre. Era un flan napolitano, el favorito de Fernando, y sabía que a mí también me gustaba.

"Ximena, te traje un poco de flan," dijo, con la misma sonrisa inocente de siempre. "Para que recuperes energías. Cuidar de tres bebés debe ser agotador."

Me tendió el plato. La miré a los ojos y me concentré.

"Cómetelo. Esta vez no es veneno. Es algo mejor. Un somnífero muy potente que me consiguió el tío. Cuando estés profundamente dormida, haré que parezca que te resbalaste en las escaleras. Un trágico accidente. Papá estará devastado, pero yo estaré ahí para consolarlo. Y los pequeños problemas desaparecerán para siempre."

La sangre se me heló en las venas. La audacia, la crueldad... era inimaginable.

Tomé el plato de sus manos, mi corazón una piedra de hielo en mi pecho. La fiesta seguía con los últimos invitados, todos riendo y bebiendo en el salón principal. Era el momento. Tenía que exponerla, aquí y ahora.

"Gracias, Sofía," dije en voz alta, atrayendo la atención de Fernando y de los que quedaban cerca. "Se ve delicioso."

Luego, me giré hacia el gran danés de Fernando, Brutus, que descansaba a los pies de su amo.

"Pero creo que Brutus también quiere un poco, ¿verdad, chico?"

Antes de que nadie pudiera reaccionar, puse el plato en el suelo. Brutus, feliz, se acercó y lamió el flan con entusiasmo, terminándoselo en segundos.

Sofía soltó un grito ahogado. "¡No! ¡Ximena, qué haces!"

Su rostro estaba pálido de pánico.

"¿Qué pasa, Sofía?" pregunté, mi voz llena de una falsa inocencia. "Solo es flan, ¿no?"

Todos nos miraban. Fernando se levantó, confundido. "Ximena, ¿por qué le diste el flan al perro?"

No respondí. Todos miramos a Brutus. El enorme perro dio un par de vueltas, gimió suavemente, y luego se desplomó en el suelo, profundamente dormido, roncando de una manera anormalmente ruidosa.

Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Nadie respiraba.

Me giré lentamente para enfrentar a Sofía, cuyo rostro era una máscara de puro terror.

"Parece que el flan estaba un poco... fuerte," dije, mi voz resonando en el silencio. "¿Qué le pusiste, Sofía? ¿Querías que durmiera tan profundamente como Brutus? ¿Quizás para que tuviera un 'accidente' en las escaleras?"

Cada palabra era una bofetada. La expuse frente a todos. La máscara de niña buena se hizo añicos, revelando al monstruo que había debajo. La guerra había estallado.

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