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El Sabor de Venganza como el Jerez Fino

El Sabor de Venganza como el Jerez Fino

Autor: : Survivor
Género: Moderno
Regresé a mi hogar en Jerez, a la finca familiar de las Bodegas Solera Real, para darle una sorpresa a mi hermana Lucía. Esperaba encontrarla plácidamente estudiando, preparándose para heredar nuestro negocio. Pero lo que hallé me heló la sangre. Lucía, mi dulce hermana, estaba en el patio principal, de rodillas sobre las piedras calientes, fregando el suelo con harapos y las manos en carne viva. Su mirada, vacía, tardó en reconocerme. "Los criados solo bebemos agua," susurró. Mi madrastra Isabel apareció, la sonrisa de un depredador, y mi padre, Ricardo, asintió cobardemente a sus crueldades. Me inmovilizaron, me quitaron el medallón de mi madre, mi herencia. Vi cómo Lucía, como un autómata, repetía que estaba "feliz" y se arrastró para beber agua sucia de un cuenco para perros. Era la humillación más cruel imaginable. La rabia y la desesperación me invadieron al ver a mi hermana reducida a eso. ¿Cómo pudieron aniquilarla de tal manera? ¿Dónde estaban nuestros aliados, los que una vez protegieron nuestro legado? Estaba sola, rodeada de caras hostiles, y mi propia familia me había traicionado. Fue entonces cuando la cargué en mis brazos y, a regañadientes, la arranqué de ese infierno, llevándola a un hospital. El médico confirmó mis peores temores: desnutrición severa, deshidratación, y un cuerpo cubierto de contusiones, cicatrices y quemaduras de cigarrillo. Con cada desgarradora palabra, una furia fría se encendió en mi interior. Sabía lo que tenía que hacer. Volvería por ellos, y juro por mi madre que lo pagarían con creces.

Introducción

Regresé a mi hogar en Jerez, a la finca familiar de las Bodegas Solera Real, para darle una sorpresa a mi hermana Lucía.

Esperaba encontrarla plácidamente estudiando, preparándose para heredar nuestro negocio.

Pero lo que hallé me heló la sangre.

Lucía, mi dulce hermana, estaba en el patio principal, de rodillas sobre las piedras calientes, fregando el suelo con harapos y las manos en carne viva.

Su mirada, vacía, tardó en reconocerme.

"Los criados solo bebemos agua," susurró.

Mi madrastra Isabel apareció, la sonrisa de un depredador, y mi padre, Ricardo, asintió cobardemente a sus crueldades.

Me inmovilizaron, me quitaron el medallón de mi madre, mi herencia.

Vi cómo Lucía, como un autómata, repetía que estaba "feliz" y se arrastró para beber agua sucia de un cuenco para perros.

Era la humillación más cruel imaginable.

La rabia y la desesperación me invadieron al ver a mi hermana reducida a eso.

¿Cómo pudieron aniquilarla de tal manera?

¿Dónde estaban nuestros aliados, los que una vez protegieron nuestro legado?

Estaba sola, rodeada de caras hostiles, y mi propia familia me había traicionado.

Fue entonces cuando la cargué en mis brazos y, a regañadientes, la arranqué de ese infierno, llevándola a un hospital.

El médico confirmó mis peores temores: desnutrición severa, deshidratación, y un cuerpo cubierto de contusiones, cicatrices y quemaduras de cigarrillo.

Con cada desgarradora palabra, una furia fría se encendió en mi interior.

Sabía lo que tenía que hacer.

Volvería por ellos, y juro por mi madre que lo pagarían con creces.

Capítulo 1

Llegué a la finca familiar en Jerez de la Frontera sin avisar, quería darle una sorpresa a mi hermana Lucía.

Habían pasado años desde que me fui a Mendoza a perfeccionar mi arte como enóloga, años en los que las "Bodegas Solera Real" habían quedado en manos de mi padre y su nueva esposa.

Imaginaba encontrar a Lucía en la biblioteca, estudiando para tomar las riendas del negocio, como correspondía a una De la Vega.

En cambio, la encontré en el patio principal, arrodillada sobre las piedras calientes.

Fregaba el suelo con un cepillo duro, vestida con harapos que no eran suyos. Su pelo estaba sucio y sus manos, en carne viva.

Me acerqué, el corazón hecho un nudo en la garganta.

"Lucía, ¿qué haces?"

Levantó la vista, pero su mirada estaba vacía, perdida. Tardó un segundo en reconocerme.

"Sofía."

Su voz era un susurro.

"El jerez fino es para los señores, Sofía. Los criados solo bebemos agua."

Me quedé helada, sin entender. Antes de que pudiera responder, una voz a mi espalda me interrumpió.

"Vaya, vaya, la heredera ha vuelto."

Me giré. Era Isabel, mi madrastra. Su vientre de embarazada era una curva prominente bajo un vestido caro. En su cuello, brillando al sol, colgaba el medallón de mi madre, una de las dos mitades de la Llave Maestra de la bodega.

Su sonrisa era puro veneno.

"Tu hermana es un poco rebelde. Dice que prefiere las tareas humildes al estudio. Hay que dejar que la gente encuentre su lugar, ¿no crees?"

Detrás de ella apareció mi padre, Ricardo. Su rostro, normalmente débil, ahora mostraba una dureza que no le conocía.

"Lucía nos ha decepcionado a todos", dijo, sin mirarme a los ojos. "Isabel tiene razón. Es terca."

Miré a mi alrededor. Los capataces y trabajadores leales a mi madre, los que me vieron crecer, ya no estaban. En su lugar, había caras desconocidas, hombres rudos que me miraban con hostilidad. Eran la gente de Isabel.

Sentí un dolor agudo, una rabia fría.

"Lucía, levanta. Nos vamos de aquí."

Intenté ayudarla a ponerse en pie, pero se encogió, aterrorizada.

"No puedo", murmuró. "Debo quedarme en mi sitio o la Señora se enfadará."

La "Señora". Así llamaba a Isabel.

Isabel soltó una carcajada. A su lado, un joven arrogante, al que reconocí como su sobrino Javier, se burló.

"Parece que la criada no quiere irse con la señorita."

Isabel hizo un gesto con la cabeza.

"Javier, trae un poco de agua para la trabajadora. Y tú, Lucía, sírvenos. Pero descalza. El suelo está sucio y no queremos que estropees tus zapatos."

Era una humillación calculada. Javier le quitó bruscamente las alpargatas a mi hermana. No pude soportarlo más.

"¡Basta ya!"

Me abalancé hacia Isabel, pero dos de sus nuevos guardias me sujetaron por los brazos. Eran fuertes, me inmovilizaron sin esfuerzo.

"Registrad su equipaje", ordenó Isabel con calma. "Busco algo que me pertenece. La otra mitad del medallón."

Capítulo 2

Los guardias me arrastraron hacia la casa, ignorando mis protestas. Mi padre no hizo nada, solo miraba al suelo como un cobarde.

"¡Tú no eres nadie aquí!", le grité a Isabel. "Ese medallón es de mi madre, es el legado de los De la Vega."

Ella se rio en mi cara.

"Tu madre está muerta, Sofía. Y los De la Vega necesitan un heredero varón, algo que tu madre nunca pudo darle a tu padre. Yo se lo daré."

Su mano acarició su vientre, una promesa y una amenaza.

"Esta casa, estas bodegas, me pertenecen ahora."

Mi padre asintió, cómplice.

"Isabel es mi esposa. Su hijo será el heredero. Tú solo eres una hija."

La rabia me cegó.

"¿Un heredero? ¿Tú?", le espeté a mi padre. "Te atreves a hablar de herederos cuando sabes perfectamente que no puedes tenerlos."

El rostro de mi padre se puso pálido. Isabel lo miró, confundida.

"¿De qué habla esta loca, Ricardo?"

"¡Hablo del accidente de caballo, padre! ¡El que tuviste hace años! ¡El que te dejó estéril! Un secreto que mi madre guardó para proteger tu estúpido orgullo de hombre."

La verdad explotó en el patio como una bomba. Ricardo se abalanzó sobre mí, con el rostro descompuesto por la furia.

"¡Cállate! ¡Mentirosa!"

Me abofeteó. El golpe fue tan fuerte que mi cabeza rebotó contra el hombro de uno de los guardias. El sabor a sangre llenó mi boca.

Me mantuve firme, mirándolo con desprecio.

"Golpéame todo lo que quieras. No cambiará la verdad. El hijo que esa mujer espera no es tuyo."

"¡Claro que es mío!", gritó él, desesperado.

Isabel intervino, poniendo una mano sobre el pecho de mi padre, fingiendo calmarlo.

"Cariño, no le hagas caso. Está celosa. Sabe que su tiempo aquí ha terminado. Ella no es la dueña de nada."

Se volvió hacia mí, su voz un susurro peligroso.

"Tú no eres dueña ni del aire que respiras en esta finca, Sofía."

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