Mi nombre es Javier, hijo mayor del alcalde en un tranquilo pueblo vinícola riojano. Uno esperaría respeto; yo, solo he conocido una maldición.
Cada prometida que amo me abandona tras un rito en la misteriosa "Bodega del Santo Patrón". Entran esperanzadas, salen rotas, llenas de pánico y repulsión, susurrando que soy un demonio.
Mi padre y hermanos me castigan y humillan sin cesar, convirtiéndome en el monstruo del pueblo. Busco ayuda en mi tía Inés, luego en la policía, y hasta en mi abuelo, un célebre periodista. Pero tras visitar la bodega, cada uno de ellos me rechaza con la misma mirada de asco, convencidos de mi depravación, hasta el punto de forzarme a un "suicidio purificador".
¿Qué verdad horrible esconde esa bodega que convierte el amor en odio, y a mis seres queridos en verdugos? ¿Soy realmente un depravado, un monstruo ignoto para mí mismo? La confusión y el dolor me consumen.
Tras sobrevivir a la caída y fingir locura para escapar a un psiquiátrico, no hay vuelta atrás. Ahora ya no huyo; voy a desenterrar lo que sea que se oculte en ese lugar maldito. Y sospecho que mi primera prometida, Sofía, desaparecida hace años, guarda la clave de este infierno.
Mi nombre es Javier, y soy el hijo mayor del alcalde. En este pueblo, eso debería significar algo.
Para mí, significa que estoy maldito.
Cada mujer que he amado, cada mujer con la que he intentado casarme, me ha abandonado. Todas después de lo mismo.
El ritual.
Una estúpida tradición de nuestro pueblo vinícola. Cualquier mujer que se case con un miembro de una familia fundadora debe visitar la Bodega del Santo Patrón para recibir una "bendición".
Pero de esa bodega nadie sale bendecido. Salen rotas.
Y siempre me culpan a mí.
Elena, mi nueva prometida, está a punto de entrar. Ella no cree en estas cosas.
"Es solo una vieja bodega, Javi. No te preocupes", me dijo esta mañana, besándome.
Ahora, de pie frente a la pesada puerta de roble, su sonrisa es menos segura.
Mi padre, Ricardo, el alcalde, pone una mano en su hombro. Su sonrisa es ancha y pública, la que usa para las fotos.
"Es solo un momento, hija. Para honrar a nuestros ancestros".
No me mira. Nunca lo hace en estos momentos.
Mis dos hermanos menores están detrás de él, con la misma expresión de suficiencia. Son cómplices. Siempre lo son.
Elena me mira una última vez, buscando apoyo. Solo puedo encogerme de hombros. ¿Qué puedo decirle? ¿Que huya?
Lo intenté con la última. No funcionó.
Mi padre guía a Elena al interior. La puerta se cierra con un sonido sordo y final.
Espero. El aire de La Rioja, normalmente lleno de olor a vino y tierra húmeda, se siente pesado, cargado de algo malo.
Pasan diez minutos. Quince.
Entonces, oigo un grito. Un grito ahogado, lleno de terror.
La puerta se abre de golpe.
Elena sale. No, esa no es Elena. Su cara está desfigurada por el pánico y el asco. Sus ojos, que antes me miraban con amor, ahora están llenos de odio.
Me mira.
"Demonio".
Su voz es un susurro roto.
"¡Eres un demonio!".
Se lanza hacia mí, con las uñas extendidas como garras. Intenta arañarme la cara.
La detengo, sujetando sus muñecas.
"Elena, ¿qué has visto? ¿Qué te han dicho?".
Ella solo solloza, una mezcla de rabia y miedo.
"¡Suéltame, depravado! ¡No me toques!".
Mi padre sale de la bodega, con el rostro serio y compungido.
"Ya ves lo que provocas", me dice, con la voz baja para que solo yo la oiga.
Luego, se vuelve hacia la pequeña multitud de curiosos que se ha reunido.
"Mi hijo... ha deshonrado a nuestra familia de nuevo. Pido disculpas en su nombre".
Aprovechando mi confusión, me suelta una bofetada. Fuerte. El sonido resuena en el silencio.
Caigo al suelo. El sabor a sangre llena mi boca.
Elena grita y huye, corriendo por la calle del pueblo sin mirar atrás.
Mi padre se inclina sobre mí.
"Levántate, inútil. Tienes que aprender tu lección".
Me da una patada en las costillas. Luego otra. Mis hermanos no hacen nada. Solo miran.
Nadie en el pueblo hace nada. Solo miran.
Porque yo soy Javier. El maldito. La vergüenza.
Y esta es mi vida.
El dolor en mis costillas es agudo, pero el dolor en mi alma es peor.
Esa noche, encerrado en mi habitación, hago lo único que se me ocurre. Llamo a mi tía Inés, la hermana de mi madre.
Vive en Logroño, lejos de la locura de este pueblo.
"¿Qué ha pasado ahora, Javier?", pregunta, su voz cargada de preocupación.
Le cuento todo. La llegada de Elena, el ritual, su reacción, la paliza de mi padre.
"¡Ese hombre es un monstruo!", grita Inés por el teléfono. "¡Voy para allá ahora mismo! ¡Nadie le pone una mano encima a mi sobrino!".
Cuelga. Por primera vez en mucho tiempo, siento una chispa de esperanza. Alguien de fuera. Alguien que no está bajo el hechizo de este lugar.
Inés llega a la mañana siguiente, furiosa. Entra en casa sin llamar a la puerta.
"¡Ricardo!", grita. "¿Dónde estás, cobarde?".
Mi padre baja las escaleras, con una calma exasperante.
"Inés, qué sorpresa. No esperaba tu visita".
"¡He venido a llevarme a Javier! ¡No voy a permitir que sigas abusando de él!".
Mi padre suspira, como si estuviera tratando con una niña.
"Inés, no entiendes la situación. Es... delicada. Hay cosas de familia que no se airean".
"¡No me vengas con secretos! ¡He visto los moratones de Javier!".
"Si de verdad quieres entender", dice mi padre, acercándose a ella, "si de verdad quieres ayudar a tu sobrino, tienes que saber la verdad. Toda la verdad. Ven conmigo".
Señala hacia la puerta. Hacia la calle. Hacia la Bodega del Santo Patrón.
"No", digo desde el umbral de mi habitación. "Tía, no vayas".
Inés me mira. Su rostro se suaviza.
"Tranquilo, cariño. No voy a caer en sus trucos. Solo voy a escuchar lo que este sinvergüenza tiene que decir. Luego nos iremos de aquí, te lo prometo".
Mira a mi padre con desafío.
"Vamos. Muéstrame tu gran secreto".
Salen de casa. Mis hermanos, desde el salón, se ríen por lo bajo.
Espero. El tiempo se estira de nuevo. Cada segundo es una tortura.
Pasa media hora.
Oigo la puerta principal abrirse.
Bajo corriendo las escaleras.
Mi tía Inés está en el recibidor. Mi padre está detrás de ella, con la misma expresión satisfecha.
"¿Tía?", pregunto, con el corazón en un puño.
Ella levanta la cabeza. Su rostro es una máscara de repulsión. La misma que vi en Elena. La misma que he visto en todas.
"No te me acerques", sisea.
Da un paso atrás, como si mi sola presencia la contaminara.
"Tenías razón, Ricardo", le dice a mi padre, sin apartar la vista de mí. "No sabía... no podía imaginarlo".
Se vuelve hacia mí. Sus ojos, que siempre me habían mirado con cariño, ahora están llenos de un desprecio helador.
"Eres una vergüenza. Tu madre se moriría de pena si te viera".
Levanta la mano y me abofetea. En el mismo lado que mi padre.
El dolor es sordo, pero la traición quema como el fuego.
"No vuelvas a llamarme nunca más", dice.
Se da la vuelta y se va.
La puerta se cierra. La esperanza se va con ella.
Estoy solo. Completamente solo.