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El Secreto del Héroe

El Secreto del Héroe

Autor: : rabb
Género: Urban romance
El aire acondicionado congelaba mi piel, pero no lograba apaciguar la furia que sentía por dentro. Mi prometido, el Capitán Roy Lawrence, "el héroe de Medellín", estaba en la cama con Sylvia Ramírez, mi supuesta amiga de la infancia. Pero lo más atroz fue escucharlos conspirar: Roy tenía dos hijos secretos con Sylvia, y planeaba robar mi dote para salvar a su familia de la bancarrota. Mi mundo se desmoronó, entre el asco y la traición, apenas pude llegar al baño a vomitar. ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo el hombre al que creía un héroe podía ser una farsa tan cruel? Decidí poner fin a la farsa y buscar mi propia salida. Me quité el anillo y lo arrojé al suelo, dando por terminada la mentira, pero esto fue solo el principio de su venganza. Roy, el "héroe nacional", me humilló en público, tachándome de arribista y mujer sin corazón. Fui el blanco de toda Colombia, la villana. Pero yo, Lina Salazar, una Salazar, nunca me dejaría humillar; me casaría con Máximo Castillo, el enigmático magnate que, extrañamente, siempre me ofreció respeto. Y en esa boda, la verdad que Roy tanto se esforzó por ocultar, saldría a la luz. ¿Podría enfrentar al "héroe" y revelar al monstruo?

Introducción

El aire acondicionado congelaba mi piel, pero no lograba apaciguar la furia que sentía por dentro.

Mi prometido, el Capitán Roy Lawrence, "el héroe de Medellín", estaba en la cama con Sylvia Ramírez, mi supuesta amiga de la infancia.

Pero lo más atroz fue escucharlos conspirar: Roy tenía dos hijos secretos con Sylvia, y planeaba robar mi dote para salvar a su familia de la bancarrota.

Mi mundo se desmoronó, entre el asco y la traición, apenas pude llegar al baño a vomitar.

¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo el hombre al que creía un héroe podía ser una farsa tan cruel?

Decidí poner fin a la farsa y buscar mi propia salida.

Me quité el anillo y lo arrojé al suelo, dando por terminada la mentira, pero esto fue solo el principio de su venganza.

Roy, el "héroe nacional", me humilló en público, tachándome de arribista y mujer sin corazón.

Fui el blanco de toda Colombia, la villana.

Pero yo, Lina Salazar, una Salazar, nunca me dejaría humillar; me casaría con Máximo Castillo, el enigmático magnate que, extrañamente, siempre me ofreció respeto.

Y en esa boda, la verdad que Roy tanto se esforzó por ocultar, saldría a la luz.

¿Podría enfrentar al "héroe" y revelar al monstruo?

Capítulo 1

El aire acondicionado del lujoso apartamento en Bogotá enfriaba mi piel, pero no podía calmar la rabia que sentía por dentro, era una rabia que me quemaba el estómago.

Mi prometido, el Capitán Roy Lawrence, el héroe de Medellín, estaba en la cama con otra mujer.

Y esa mujer era Sylvia Ramírez, mi supuesta amiga de la infancia.

Me escondí detrás de la puerta entreabierta, el corazón me golpeaba tan fuerte que temía que lo escucharan.

Los sonidos que salían de la habitación eran asquerosos, una mezcla de gemidos y el chirrido de la cama que me revolvía el estómago.

"Roy, ¿estás seguro de que esa idiota de Lina no sospecha nada?", susurró la voz de Sylvia, una voz que yo conocía desde que éramos niñas.

"Tranquila, mi amor", respondió Roy, su voz, que tantas veces me había parecido heroica, ahora sonaba hueca y falsa, "ella todavía cree que soy el hombre que la salvó de aquel secuestro, está completamente ciega por mí".

Me mordí el labio para no gritar, la mentira de su heroísmo era la base de toda nuestra relación, una farsa que él había construido para llegar a mi padre y a nuestra fortuna.

"Pero la boda es en dos semanas", insistió Sylvia, "no puedo soportar la idea de que te cases con ella".

Entonces, escuché una tercera voz, una que reconocí al instante, era la madre de Roy, una mujer que siempre me había tratado con una dulzura empalagosa.

"Sylvia, querida, ten paciencia", dijo la señora Lawrence con una frialdad que nunca le había conocido, "es solo un trámite, en cuanto Roy se case con Lina, su dote será nuestra, pagaremos todas las deudas y la hacienda estará a salvo".

"¿Y qué hay de mis hijos?", preguntó Sylvia, su voz llena de angustia, "¿qué hay de nuestros dos hijos, Roy? ¿Van a vivir siempre escondidos?".

Dos hijos.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

No solo me engañaba, no solo planeaba robarme, sino que tenía una familia secreta, una vida entera construida a mis espaldas.

Sentí una náusea violenta, me tapé la boca y corrí hacia el baño del pasillo, vomité todo lo que había en mi estómago, vaciándome por completo, pero la sensación de asco no se iba.

Cuando salí, temblando, la conversación continuaba.

"El niño mayor se parece demasiado a ti, Roy", decía la señora Lawrence, "pero el pequeño... ese nació durante el luto nacional por la tragedia de Armero, nadie sospechará si Sylvia dice que es de otro hombre, un desliz de su pasado".

La frialdad de su plan me heló la sangre, estaban dispuestos a sacrificar la identidad de su propio nieto para mantener su estatus.

No pude más, abrí la puerta de golpe, los tres se giraron, sus rostros una mezcla de sorpresa y pánico.

Sylvia se cubrió con la sábana, Roy se levantó de un salto, su rostro heroico deformado por la culpa.

"Lina...", tartamudeó.

No le dejé hablar, me quité el anillo de compromiso, un diamante enorme que ahora me parecía una piedra sucia, y lo tiré al suelo, el sonido metálico resonó en el silencio.

"Se acabó, Roy", dije, mi voz sonó más fuerte y clara de lo que esperaba, "quédate con tu farsa, con tu amante y con tus hijos".

Me di la vuelta y salí de allí sin mirar atrás, cada paso que daba me alejaba de la mentira y me acercaba a una nueva realidad, una en la que yo, Lina Salazar, no sería la víctima de nadie.

Capítulo 2

Cuando llegué a la mansión de mi familia en Medellín, mi padre me esperaba en su despacho, su rostro serio y preocupado.

No necesité decir mucho, el anillo ausente en mi dedo y la expresión de mi cara lo decían todo.

"Lo descubriste", dijo, no era una pregunta.

Asentí, sin poder hablar, las lágrimas que había contenido finalmente empezaron a caer.

Mi padre me abrazó, su abrazo era firme y protector.

"Llora, hija, saca todo el dolor", me susurró, "y luego, levanta la cabeza, porque una Salazar nunca se deja humillar".

Cuando me calmé, le conté todo: el apartamento, Sylvia, los dos hijos, el plan para robar mi dote.

Mi padre escuchó en silencio, su mandíbula se tensaba con cada palabra que yo decía.

"Ese miserable", gruñó cuando terminé, "jugar con el honor de mi hija, de mi familia...".

Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando los jardines de nuestra casa.

"Hay algo más que debes saber, Lina", dijo después de un largo silencio, "hay otro hombre que pidió tu mano, un hombre de verdad".

Lo miré confundida.

"Máximo Castillo", continuó mi padre, "el dueño del imperio cafetero, un hombre que se hizo a sí mismo, serio, respetado, un hombre de palabra".

Recordaba vagamente a Máximo Castillo, un hombre imponente y silencioso que había visto en algunas galas de sociedad, siempre desde la distancia.

"Mostró interés en ti hace tiempo, pero tú estabas encaprichada con la imagen de héroe de Roy", explicó mi padre, "le dije que ya estabas comprometida, pero él nunca retiró oficialmente su propuesta".

Mi padre se giró para mirarme, sus ojos eran intensos.

"¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que esperaría, que estaba convencido de que 'eventualmente verías la verdad'".

La certeza de Máximo Castillo me sorprendió, era como si él hubiera sabido desde el principio la verdadera naturaleza de Roy.

"Quiero casarme con él", dije, sin dudar.

Mi padre me miró, sorprendido por mi decisión tan rápida.

"Lina, no tienes que precipitarte, no tienes que casarte por despecho".

"No es despecho, papá", le aseguré, mi voz firme, "es pragmatismo, Roy me ofreció una mentira, Máximo Castillo me ofrece estabilidad y respeto, sé lo que elijo".

Mi padre sonrió, una sonrisa de orgullo.

"Esa es mi hija", dijo, "entonces, haré la llamada, los preparativos de la boda se adelantarán, te casarás con un hombre digno de ti".

Esa misma tarde, mi padre hizo el anuncio oficial: mi compromiso con Roy Lawrence estaba roto, y en dos semanas, me casaría con Máximo Castillo.

La noticia cayó como una bomba en la alta sociedad de Medellín.

Y no tardé en descubrir la furia de un hombre humillado.

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