Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Moderno > El Sueño Previsto que Nadie Cree
El Sueño Previsto que Nadie Cree

El Sueño Previsto que Nadie Cree

Autor: : Gabbi Galt
Género: Moderno
Mi pesadilla no era solo un sueño, era una premonición. Embarazada de siete meses, vi con vívidos detalles a los "Sombras" masacrar mi aldea: la señora Elena, los niños, y a mí misma, desangrándome. Desesperada, rogué a mi esposo Mateo, capitán de la guardia, que no dejara el pueblo indefenso. Pero su orgullo, avivado por su amante Camila, lo cegó. Él partió con todos los hombres armados, abandonándonos a mujeres y niños. El horror se desató. Los "Sombras" atacaron, masacrando a los indefensos. Cuando los hombres regresaron, Camila me acusó de traidora. Y Mateo, ¡mi propio esposo!, me pateó el vientre brutalmente, arrebatándome a nuestro bebé. ¿Cómo mi sincera advertencia, mi amor por el pueblo, me condenó a tal infierno? Fui arrastrada, rota y sangrando, al poste de la vergüenza, acusada por aquellos a quienes intenté salvar. La injusticia era insoportable. Justo cuando iban a lincharme, Sofía, la hermana de Mateo, emergió de las ruinas con niños supervivientes. Su voz desgarradora reveló la cobardía y negligencia de Mateo y Camila. El odio de la multitud se desvió. Mi desesperación se transformó en fría determinación. Me levanté. La venganza sería mi único consuelo.

Introducción

Mi pesadilla no era solo un sueño, era una premonición. Embarazada de siete meses, vi con vívidos detalles a los "Sombras" masacrar mi aldea: la señora Elena, los niños, y a mí misma, desangrándome.

Desesperada, rogué a mi esposo Mateo, capitán de la guardia, que no dejara el pueblo indefenso. Pero su orgullo, avivado por su amante Camila, lo cegó. Él partió con todos los hombres armados, abandonándonos a mujeres y niños.

El horror se desató. Los "Sombras" atacaron, masacrando a los indefensos. Cuando los hombres regresaron, Camila me acusó de traidora. Y Mateo, ¡mi propio esposo!, me pateó el vientre brutalmente, arrebatándome a nuestro bebé.

¿Cómo mi sincera advertencia, mi amor por el pueblo, me condenó a tal infierno? Fui arrastrada, rota y sangrando, al poste de la vergüenza, acusada por aquellos a quienes intenté salvar. La injusticia era insoportable.

Justo cuando iban a lincharme, Sofía, la hermana de Mateo, emergió de las ruinas con niños supervivientes. Su voz desgarradora reveló la cobardía y negligencia de Mateo y Camila. El odio de la multitud se desvió. Mi desesperación se transformó en fría determinación. Me levanté. La venganza sería mi único consuelo.

Capítulo 1

La pesadilla me arrancó del sueño con un sudor helado.

Sangre. Gritos. El olor a pólvora y a carne quemada. Hombres con rostros cubiertos por sombras, sus ojos brillando como los de los depredadores en la noche. Los Sombras.

Irrumpían en nuestro pueblo, disparando a todo lo que se movía. Vi a la señora Elena, la que siempre me regalaba mangos, caer junto a su puesto de frutas. Vi a los niños, sus juegos interrumpidos por el terror.

Y me vi a mí, en el suelo de la plaza, con el vientre desgarrado.

Desperté jadeando, con la mano sobre mi propio vientre, donde mi bebé de siete meses se movía suavemente, ajeno a mi terror. El aire de la madrugada en la finca de café era fresco, pero yo sentía un frío que me calaba los huesos.

Esto no era un sueño. Era un aviso.

Me levanté y corrí a buscar a Mateo. Lo encontré junto al único camión del pueblo, puliendo el parachoques con un orgullo infantil. A su lado, Camila le ofrecía un vaso de agua, sonriéndole con esa boca roja y brillante que parecía fuera de lugar en nuestra aldea.

"Mateo", dije, con la voz temblorosa. "No podemos ir al festival del pueblo vecino."

Él frunció el ceño, su vanidad herida.

"¿De qué hablas, Isabela? Todo está listo. Es nuestra oportunidad de mostrarles a esos fanfarrones quién manda en estas montañas."

"Tuve una visión. Una premonición. Los Sombras van a atacar. Atacarán cuando el pueblo esté vacío, cuando solo estemos las mujeres y los niños."

Mateo soltó una carcajada, una risa amarga que no le había oído nunca.

"¿Una visión? ¿Ahora eres una bruja?"

Camila se acercó, pasando un brazo por el hombro de Mateo. Su perfume dulce y caro me revolvió el estómago.

"Cariño, no le hagas caso", susurró ella, pero lo suficientemente alto para que yo la oyera. "Solo está celosa. No soporta que vayamos a divertirnos, a tener un poco de vida social. Quiere que te quedes aquí, encerrado con ella."

La palabra "celosa" fue como un veneno. La mirada de Mateo se endureció. Su inseguridad, siempre latente, se convirtió en rabia.

"Ya oíste, Isabela. Estás siendo histérica. No vas a arruinar esto. Es importante para la reputación de nuestra guardia."

"¿Qué reputación? ¿La que construyó mi padre?", repliqué, el dolor afilando mi voz. "Él nunca habría dejado el pueblo indefenso por un desfile estúpido."

"¡No te atrevas a mencionarlo!", gritó. "¡Yo soy el capitán ahora!"

Se dio la vuelta y subió al camión. Los otros hombres de la guardia, jóvenes y ansiosos por impresionar a su nuevo líder, lo siguieron, riendo y bromeando.

"¡Mateo, por favor!", supliqué, agarrando la puerta del camión. "¡Piensa en nuestro hijo!"

Él me apartó la mano con brusquedad. Su rostro era una máscara de desprecio.

"Tú y tu hijo estarán bien. Deja de ser tan dramática."

Camila me lanzó una última mirada triunfante desde el asiento del copiloto.

Y se fueron. El motor del camión rugió, llevándose a todos los hombres armados, todas las armas, y toda nuestra protección.

Dejándonos solas para enfrentar a las sombras.

Capítulo 2

El polvo que levantó el camión todavía flotaba en el aire cuando corrí a buscar a Sofía. Era la hermana pequeña de Mateo, pero su corazón siempre había estado más cerca del mío. La encontré en su casa, tejiendo una pequeña manta para el bebé.

"Sofía, tienes que ayudarme", le dije, sin aliento. "Tienes que hacer que vuelvan."

Le conté la pesadilla, la certeza helada en mi pecho. Sus ojos se llenaron de miedo. Ella me creyó. Siempre lo hacía.

"Iré a hablar con él", dijo, dejando la manta a un lado. "No puede ser tan necio."

Pero lo era.

Esperé en la entrada del pueblo, rezando. Media hora después, Sofía volvió. Sola. Con la marca roja de una mano en su mejilla. Las lágrimas corrían por su rostro.

"Dijo... dijo que tú me lavaste el cerebro", sollozó. "Me acusó de conspirar contigo para avergonzarlo. Me golpeó, Isabela. Mi propio hermano me golpeó."

La abracé, mi propia rabia mezclándose con la desesperación. Mateo no solo nos había traicionado, se había convertido en un monstruo.

No había más opciones. Si la ayuda no venía a nosotros, yo iría a buscarla.

"Cuida de las demás", le dije a Sofía, mi voz sonando extrañamente calmada. "Llévalas a la iglesia. Es el lugar más seguro. Atranquen la puerta."

Corrí a casa. En el establo, solo quedaba nuestra vieja mula, Rocinante. Mi padre solía decir que era más terca que un político, pero también más leal. Le puse la silla de montar con manos temblorosas.

El camino a San Miguel, el pueblo aliado más cercano, era un sendero de cabras que serpenteaba por el filo de la montaña. Peligroso en el mejor de los días. Para una mujer embarazada, era una locura.

Pero el miedo a mi visión era más grande que el miedo a la montaña.

Monté a Rocinante y me adentré en la selva. El sol comenzaba a calentar, pero la sombra de los árboles mantenía el camino húmedo y resbaladizo. Cada paso de la mula era un riesgo calculado. Mi vientre se tensaba con cada sacudida.

"Aguanta, mi niño", susurré, acariciando mi barriga. "Mamá nos va a salvar."

Había avanzado quizás dos kilómetros cuando escuché el sonido de otro animal detrás de mí. Mi corazón dio un vuelco. ¿Tan pronto?

Me giré, esperando ver el rostro de un asesino.

Pero era Javier. El segundo al mando de Mateo, su sombra más fiel. Su rostro, normalmente amable, estaba cerrado y severo.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022