Mateo Vargas, un apasionado bandoneonista, sacrificialmente vendió todo su patrimonio musical para financiar el carísimo tratamiento de su supuestamente moribunda novia, Isabella.
Pero al llegar al hospital, su mundo se desplomó: Isabella, riendo con sus amigas, revelaba que su "enfermedad" era una farsa, parte de un cruel "desafío" para torturarlo por haber ganado un premio de tango sobre su ex-amante.
La humillación era insoportable. Él, su corazón destrozado, fue públicamente incriminado en una redada falsa. Días después, fue engañado cruelmente para ir a una mansión abandonada donde Isabella y su cómplice planeaban quemarlo vivo.
¿Cómo podía el amor de su vida ser tan perverso? El dolor físico era ínfimo comparado con la traición que le desgarraba el alma. La ira, el asco y la incredulidad se mezclaban con la devastación de su inocente amor.
Pero Mateo no pereció. Fingió su muerte y huyó a España, renaciendo como "El Fantasma del Arrabal", un misterioso músico. Años después, de vuelta en Buenos Aires, un accidente fortuito lo reunió con Isabella. Con una obsesión enfermiza, ella lo "rescató" y lo encerró en su opulenta prisión, forzándolo a una boda pública. Allí, en la cima de su venganza, Mateo, el maestro del tango, se preparó para orquestar la caída final de Isabella.
Mateo Vargas corrió hacia el hospital.
Isabella, su Isabella, estaba muriendo.
Una enfermedad rara, un tratamiento experimental carísimo en el extranjero.
Él no tenía dinero, solo sus tangos.
Su único patrimonio.
Vendió los derechos de todas sus composiciones.
El dinero llegó a una cuenta anónima, como exigía la "fundación" que cubría el tratamiento.
Por Isabella, lo daba todo.
Llegó al hospital, al cuarto donde Isabella supuestamente convalecía.
Las amigas de ella, Sofía y Camila, estaban en la puerta.
"Mateo, qué generoso," dijo Sofía con una sonrisa extraña.
"Isabella necesita descansar ahora," añadió Camila, empujándolo suavemente hacia afuera. "Ve a casa, te llamaremos."
Mateo asintió, agotado pero aliviado.
Al doblar el pasillo, escuchó risas.
Risas fuertes, burlonas.
Se detuvo.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
Regresó sigilosamente.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
Espió.
Isabella estaba sentada en la cama, perfectamente sana, mirando su celular.
Sus amigas la rodeaban, riendo a carcajadas.
"¡Ese idiota de Mateo se lo creyó todo!" exclamó Sofía.
"¡Qué ingenuo! ¡Vendió hasta el alma por ti!" se burló Camila.
Isabella sonrió, una sonrisa fría, calculadora.
"Fue el desafío número 96, queridas. Quedan tres para los 99."
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
¿Desafío? ¿Noventa y seis?
Se apoyó contra la pared, el aire le faltaba.
La voz de Isabella continuó, llena de veneno.
"Ese muerto de hambre me quitó el Gran Premio de Tango 'Bandoneón de Oro'. Julián debía ganarlo. Se lo prometí a Julián."
Julián Torres. El pintor mediocre, el protegido de Isabella.
"Juré vengarme 99 veces antes de deshacerme de él. Y lo estoy cumpliendo."
Mateo recordó.
Años cortejando a Isabella. Años de indiferencia.
Y de repente, ella aceptó su amor.
Un amor que era una trampa. Una elaborada, cruel venganza.
El dolor era físico.
Un puñal en el pecho, retorciéndose.
Le dolía el estómago, la cabeza le daba vueltas.
Quería gritar, romperlo todo.
Pero solo pudo sentir cómo las lágrimas calientes corrían por su rostro.
La humillación lo quemaba por dentro.
Se tapó la boca para no vomitar.
Huyó de allí.
Corrió sin ver, chocando con la gente.
Las risas de Isabella y sus amigas resonaban en sus oídos como martillazos.
Llegó a su pequeño departamento, el que Isabella le había "facilitado".
Para tenerlo controlado, ahora lo entendía.
Se miró al espejo.
Un rostro pálido, demacrado, con los ojos rojos e hinchados.
Un idiota. Un completo idiota.
En ese momento sonó su teléfono.
Un número desconocido.
Contestó con voz temblorosa.
Era su tío, un luthier en Sevilla, España. Un tío lejano del que apenas sabía nada.
"Mateo, muchacho, supe lo de tu madre... hace tiempo. Y ahora... bueno, las noticias vuelan. Escuché que no estás bien. Soy viejo, no tengo hijos. Necesito un aprendiz, alguien que herede mi taller. Vente a Sevilla. Empieza de nuevo."
Sevilla. Lejos. Muy lejos.
Una nueva vida. Lejos de ella.
Colgó.
Una decisión se formó en su mente, fría y dura como el acero.
"Ya no la amo," se dijo Mateo a su reflejo.
Su voz era un susurro ronco, pero firme.
El corazón seguía hecho pedazos, pero la rabia empezaba a secar las lágrimas.
Abrió el armario.
Sacó su bandoneón, su compañero de vida.
Sus partituras, arrugadas y llenas de anotaciones.
Todo lo demás, cada regalo, cada nota, cada recuerdo de Isabella, lo tiró al suelo.
Hizo una pila en el centro del pequeño salón.
Le prendió fuego.
Las llamas consumieron las mentiras, los falsos te amo, las esperanzas rotas.
El humo negro llenó la habitación.
Recordó el primer beso.
La primera vez que ella le dijo "te amo".
Sus manos temblaron al recordar la ilusión que sintió.
Cada palabra, cada caricia, había sido una actuación.
Una cruel burla.
La puerta se abrió.
Isabella entró, con una expresión de fingida preocupación.
"Mateo, cariño, ¿qué es este olor? ¿Estás bien?"
Vio la pila de cenizas humeantes.
Su rostro cambió sutilmente. Una chispa de sorpresa, rápidamente controlada.
"¿Qué significa esto, Mateo?"
Él la miró, sus ojos vacíos de cualquier emoción que ella pudiera reconocer.
"Estoy limpiando," dijo con frialdad.
Ella se acercó, intentó tomar su mano.
"Estaba tan preocupada por ti. El médico dijo que mi recuperación fue milagrosa."
Su actuación era impecable.
Pero él ya había visto detrás del telón.
"Me alegro por ti," respondió él, apartando la mano.
Isabella frunció el ceño ligeramente.
Notó su frialdad, la ausencia de la adoración habitual en sus ojos.
Algo no estaba bien.
"Mateo, ¿qué te pasa? Estás... diferente."
Él se encogió de hombros.
"Quizás el humo me afectó."
Ella forzó una sonrisa.
"Bueno, para celebrar mi milagrosa recuperación, y tu generosidad... he reservado una mesa en el mejor restaurante. Una cena de celebración, solo tú y yo."
Una cena.
Otra trampa, seguramente.
Pero él ya no era el mismo Mateo.
"Claro," aceptó él, con una calma que la desconcertó. "Me encantaría."