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El Valle Oculto

El Valle Oculto

Autor: : Dariana del Valle
Género: Fantasía
*En Proceso de Edición, por favor leer hasta el capítulo 05, (No está lista ni completa todavía)* La Historia de una Preciosa niña proveniente de una Familia Millonaria, que trás una Misteriosa Pandemia se muda al Hermoso Páramo de Mérida por su seguridad, a la Gran Cabaña de su tío solitario, donde no sólo se reencontrará con sus amados padres, sino que también descubrirá la cultura y los fascinantes paisajes de Mérida a la vez que encuentra un Valle Mágico y hace amigos especiales que marcarán un valioso lugar en su corazón, dándole alegría y haciéndola florecer como una Rosa.

Capítulo 1 ¿SOLO QUEDÓ UNA NIÑA

CUANDO Jennie Nieves se fue a vivir a la gran cabaña de su tío en Mérida, todos querían tener que ver con ella, decían que era una niña muy hermosa y a la vez misteriosa, y era cierto: su cabello rizado de color negro era corto y abundante, y su piel pálida y sus labios rojos la hacían ver como una muñequita de porcelana.

Su padre era el jefe de una empresa importante, pero sus innumerables obligaciones no le impedían pasar tiempo y divertirse con su querida hija. Su madre, una mujer cariñosa de gran belleza, la amaba y consentía mucho, siempre le preparaba sus comidas favoritas y no le dejaba salir más allá del gran jardín, debido a que es lo más preciado e importante que tienen. Ellos siempre desearon tener hijos, por eso, cuando Jennie nació, en agradecimiento con Dios hicieron un hermoso refugio para personas y animales sin hogar. Eran una familia muy feliz viviendo en Colinas de Valle Arriba, en la bella y diversa ciudad de Caracas.

Así, ellos criaron a una niña hermosa, inteligente, madura y de buen corazón. Cuando cumplió 6 años contrataron a una joven institutriz Barinesa para enseñarle a leer y escribir, a la cual la pequeña Jennie le tomó mucho cariño, y se volvieron amigas. A la niña le gustaba mucho leer y escribir sus pensamientos, que por cierto, eran sabios, escribía breves historias con moralejas para la vida, y después se las mostraba a su mamá, papá, institutriz, empleados y sirvientes, ya que eran las únicas personas alrededor de ella. Jennie no tenía amigos de su edad, creció entre adultos, y no se preocupaba por eso, ella era feliz así como estaba, tampoco veía televisión, solo libros infantiles e informativos, por eso su actitud tierna y madura.

Tenía casi nueve años cuando una mañana despertó malhumorada, y más al ver a su lado un desayuno frío.

–¿Por qué no me despertaron antes de que se enfriara mi desayuno? –se preguntó a si misma–. Voy a ver si hay otra cosa...

Jennie salió de su habitación a buscar algo mejor en la cocina para desayunar.

Esa mañana parecía haber algo misterioso en el aire y nada era como de costumbre. Varios empleados habían desaparecido. Nadie dijo nada a la niña acerca de lo que sucedía y tampoco su mamá fue a verla. A medida que avanzaba la mañana, Jennie se sentía cada vez más sola; se dirigió al jardín y comenzó a jugar bajo un árbol, mientras hacía pequeños ramos de flores, su malhumor fue desapareciendo, al mismo tiempo que cantaba en voz baja.

De pronto, escuchó a su madre. Ella había salido al corredor y hablaba con voz extraña a un joven que más parecía un muchachito. Jennie sabía que era un oficial. La niña los observó fijamente, en particular a su madre, a quien siempre admiraba, era una mujer alta, pelirroja y muy hermosa, de grandes y sonrientes ojos marrones. Sus brillantes ropas parecían flotar y a Jennie le hacía el efecto que siempre estaban cubiertas de estrellas. Pero esa mañana sus ojos no sonreían; al contrario, se veían grandes y asustados mientras le hablaba al joven oficial:

–¿De verdad, es tan seria la situación? –la oyó decir Jennie.

–Muy grave –contestó el joven–. Terrible, señora García. Hace dos semanas que ustedes debieron irse lejos, a las montañas preferiblemente.

La Mamá de Jennie se retorció las manos.

–¡Ya sé que tuvimos que hacerlo! –exclamó–. Sólo nos quedamos para asistir a la reunión de advertencia. ¡Qué tontos fuimos!

En ese momento se escucharon fuertes sonidos y lamentos que provenían de las habitaciones de los sirvientes y empleados. Jennie empezó a temblar de la cabeza a los pies.

–¿Qué pasa?, ¿qué les sucede? –preguntó la señora García.

–Alguien ha muerto –respondió el joven–. Y por los ruidos yo digo que están enmaletando sus cosas para irse.

–¡Dios mío! –se asustó–. ¿Y quién murió?, ¡ven conmigo! ¡Ven! –dijo, y corrió hacia el interior de la gran casa.

A partir de ese momento los hechos se sucedieron en forma terrible y, por fin, Jennie comprendió el misterio de la mañana: Se había declarado una violenta pandemia en todo el estado y las personas morían por cientos. La institutriz se había indispuesto durante la noche y su muerte fue la causa del lamento de los sirvientes y empleados. Antes de finalizar el día, fallecieron otros empleados, y los que aún quedaban vivos huyeron presas del terror. El pánico se extendió por toda la ciudad porque en casi todos los hogares habían víctimas de la enfermedad.

En medio de la confusión y el desconcierto Jennie se escondió en su habitación. Como nadie vino a buscarla, quedó en la más completa ignorancia de los graves sucesos que ocurrían en la casa. Durante muchas horas estuvo sola y a intervalos durmió y lloró. Únicamente sabía que había muchos enfermos y hasta ella llegaban misteriosos y extraños sonidos. En un momento se deslizó hasta el desierto comedor en donde quedaban restos de comida. El desorden de las sillas y platos indicaba que, por alguna razón, alguien los había empujado al levantarse de improviso. La niña comió algunas frutas y galletas, y como tenía sed, se sirvió un vaso de jugo Del Valle que estaba allí medio vacío. Luego, sintiéndose adormecida, volvió a encerrarse en su dormitorio. Los gritos que oía a lo lejos y el ruido de pasos precipitados la asustaban, pero el haber comido le provocó tanto sueño que pronto ya no pudo mantener los ojos abiertos. Se recostó y por largas horas durmió profundamente sin saber lo que pasaba a su alrededor.

Cuando despertó, se quedó tendida mirando hacia la pared. El silencio era absoluto. No se escuchaban voces ni pasos. Jennie pensó que quizás los enfermos se habrían mejorado y todos los problemas estaban ya solucionados. Ahora que su amiga institutriz había muerto, se sentía mal y algo vacía, ya que esa muchacha era su amiga y maestra, como la hermana mayor que nunca tuvo, habían pasado muchas cosas extrañas para Jennie, al punto de que ya no se sentía segura. Jennie lloró, y se preocupaba por cómo estarían los demás, principalmente por cómo estarían sus queridos padres, había sido una noche muy fría. Estaba asustada y también resentida porque nadie se acordó de su existencia. Sin embargo, pensaba, si hubieran mejorado seguramente alguien la recordaría y volvería a buscarla inmediatamente.

Pero no llegó nadie y mientras seguía tendida en su cama, la casa parecía cada vez más y más silenciosa. Repentinamente escuchó algo que se arrastraba bajo la cama. Se dio vuelta y vio deslizarse una pequeña y hermosa serpiente amarilla que la observaba con ojos que parecían joyas.

Jennie no se asustó, pues sabía que ese pequeño animal no le haría daño. Al contrario, más bien parecía querer salir cuanto antes de la habitación. Y en efecto, poco después se deslizó bajo la puerta y desapareció de su vista.

–Qué extraño y silencioso está todo... –se dijo–. Es como si en la casa no hubiera nadie más que la serpiente y yo.

Casi al mismo tiempo escuchó unos pasos que se acercaban. Eran pasos de hombres que entraban en la casa hablando en voz baja. Nadie salió a recibirlos y parecía que ellos mismos abrían puertas y las volvían a cerrar.

–Qué problema vale –oyó decir Jennie–. No quedó nadie aquí, creo que la niña también se fué, oí que tenían una hija, aunque nadie la conoce.

-Obviamente se llevaron a su hija, no sí, la van a dejar aquí sola, nada más a tí se te ocurre.

Cuando unos minutos más tarde abrieron la puerta de la habitación de Jennie, ella se encontraba de pie. Los dos hombres vieron a una pequeña y hermosa niña con el entrecejo fruncido y lágrimas secas en sus ojitos porque estaba empezando a tener hambre y a sentirse abandonada. Uno de los primeros en descubrirla fue un oficial a quien Jennie había visto en compañía de su padre. Parecía cansado y preocupado, mas, al verla, se sorprendió de tal manera que dio un salto hacia atrás.

–¡Víctor! –gritó–. ¡Dios mío! ¡Aquí está la niña!

–¿¡Sí la dejaron!?

–Shhh, ¿cómo te llamas pequeña?

–Jennie Nieves García –respondió ella, pensando que Víctor era muy maleducado al preguntar "¿¡Sí la dejaron!?" Enfrente de ella–. Me quedé dormida cuando se enfermaron todos y recién me desperté. ¿Por qué no vinieron a buscarme?

–¡! –exclamó él volviéndose a su compañero–. ¿Y ahora?

-¿Cómo que "y ahora"? Debemos llevarla con sus padres.

–Mis padres –recordó–. ¿Por qué se olvidaron de mí? –preguntó ella con una expresión confundida y muy triste, casi llorando–. ¿Por qué no llego alguien antes?

Ambos la miraron con pena y Jennie pensó que parpadearon como para librarse de una lágrima.

–¡Pobre pequeñita! –exclamó Víctor–. No ha quedado nadie que pueda venir.

Su acompañante, Santiago, se le quedó mirando frustrado.

De esta extraña y repentina manera, Jennie se imaginó que ya no tenía padre ni madre, que habían muerto durante la noche y los habían sacado rápidamente de la casa. Hasta que uno de los hombres vió una pequeña carta, la cual estaba debajo de la puerta y ellos al llegar la movieron.

–¡Miren esto! Es una carta, seguramente es para tí niñita.

Jennie tomó la carta, la única esperanza que le quedaba, decía: Mi preciosa hija, lamento mucho que hayas tenido que vivir una noche tan fría, pero no te preocupes más, tu padre y yo estamos bien, iremos a Mérida, y tú también, allá es seguro, nos reencontraremos y no habrá enfermedad que nos vuelva a separar. Con mucho amor, Mamá ❤️

Aunque los sirvientes y empleados que sobrevivieron abandonaron el lugar sin acordarse para nada de su existencia, sus padres por nada del mundo se olvidarían de ella, la habían dejado sola porque hicieron contacto con varios enfermos y no querían contagiar a su hija, asi que planearon un viaje a Mérida por separado. Esta era la razón por la cual la casa parecía tan quieta.

Era verdad que allí no se encontraban más que Jennie y la serpiente.

Capítulo 2 EMPIEZA EL VIAJE

Como Jennie nunca se había separado por tanto tiempo de sus cariñosos padres, era muy difícil estar tan lejos de ellos, y ahora que la institutriz había fallecido, se sentía un poco vacía por dentro. Aunque sabía cuidarse por sí misma no podía estar sola, ya que estaba acostumbrada a tener mucha gente a su alrededor en la alegría del hogar. Como era una niña madura, al encontrarse temporalmente sin su familia se centró en el gran viaje que estaba por hacer y en su salud mental, ya que desarrolló un gran miedo a quedarse sola y ser abandonada.

Su mayor preocupación era saber si en la casa en la que se quedaría encontraría gente amable.

Desde un comienzo, ella supo que su estancia en casa del granjero donde le habían mandado sus padres sería por pocos días. Le gustó mucho el lugar, podía estar tranquila y acostumbrarse por el tiempo de su estancia. El granjero, de nombre Aarón, era un buen amigo de sus padres que vivía en los Altos Mirandinos, por eso acordaron que ella se quedara allí mientras salía el avión a Mérida. Él tenía unos trillizos más o menos de la misma edad que ella, los tres varones. Esos niños jugaban siempre. Además, a Jennie le gustaba pasear por la granja, ver a los animales, leer libros en la sombra de un árbol y enseñarle a los hijos del granjero sus historias. Se sentía tranquila de estar en aquellas bellas montañas, también le agradaba mucho la esposa de Aarón, llamada Beatriz, la cual disfrutaba ver cómo Jennie vivía cada nueva experiencia al máximo sorprendiéndose y analizando todo. Todos la trataban bien y la hacían sentir reconfortada, ella, por su parte, también se comportó de una forma agradable. Y por supuesto, sus padres la llamaban 3 veces al día: en la mañana, tarde y noche, estaban muy pendientes y nerviosos por su niña, pues nunca la habían dejado salir y ahora estaba en una granja, rodeada de animales e insectos de todo tipo.

Al finalizar la semana, mientras leía un libro sentada debajo de un árbol, uno de los niños le dijo que había escuchado a sus padres decir que la llevarían a Mérida a casa de su tío Alberto García. La noticia la dejó un poco confusa, porque aunque sabía que iría a Mérida, nunca conoció al tío del que le hablaban, pero igual le alegró saber que, tenía familia allá, también se preguntaba cómo sería él.

–Mis padres dicen que vive en una enorme y desolada cabaña en las montañas –dijo el niño, llamado Felipe–. No recibe visitas y tampoco quiere ver a nadie. Es un hombre solitario, ¿qué extraño, no?

–Mm –asintió Jennie fingiendo desinterés–, supongo que con mis padres y yo hay una excepción, es más, si es solitario y amargado no me preocupa, pasaremos poco tiempo allí de todos modos, pero aún así no puedo evitar desilusionarme un poco, imaginaba a un hombre agradable...– se sentía un poco extraña ante la descripción de aquel familiar misterioso.

Todo el día se la pasó pensando en cómo sería el futuro en casa de su tío. Hasta que llegó el día de su viaje, Aarón y su familia se mostraron cariñosos y sentimentales con la niña, la llenaron de abrazos y palabras de aliento.

–¡Mucha suerte en tu viaje mi niña, que Dios te bendiga! Espero que disfrutes el paisaje, Mérida es muy hermosa– le dijo el buen granjero.

–Gracias señor, apreciaré cada escenario por usted –le respondió dulcemente Jennie.

–¡Chao Jennifer, te extrañaremos! –se despidieron los tres niños haciendo que se le mueva el corazón.

–Les agradezco a todos por haberme dado una bonita experiencia aquí en su linda granjita. Siempre los llevaré en mi corazón.

La familia se conmovió por sus palabras de gratitud. La esposa del granjero tenía una camioneta y Jennie viajaría con ella hasta el aeropuerto, cuando estaban a punto de irse Felipe corrió hacia ella para decirle algo que se le olvidó antes.

–¡Epa!, no olvides seguir escribiendo tus historias, ¡me encantaría que la próxima sea de carreras! –le aconsejó y

a ella le divirtió su propuesta.

–En realidad nunca lo había pensado, pero tienes razón, ¡podría hacer algo que se trate de bicicletas!

Él quedó extrañado, parecía que Jennie no entendió bien a que tipo de carreras se refería.

Todos se rieron y ambas emprendieron su largo viaje, al principio, Jennie admiraba todo lo que veía a través de la ventana.

–Vaya, que lindo es todo, me gusta ver la carretera en vivo.

–¿En vivo? –a Beatriz le pareció gracioso lo que Jennie dijo, ella disfrutaba la compañía y como a la pequeña le fascinaba vivir las cosas, pero al cabo de un rato se empezó a marear.

–¿Qué te parece si frenamos aquí?

–¿Qué?, ¿se termina el viaje? –preguntó Jennie asustada.

–No, no, es un momentito nadamás, me siento mareada y así no puedo manejar...

Ellas se bajaron de la camioneta y conversaron mientras caminaban hacia un café que quedaba cerca.

–Ow... Yo nunca me he mareado así...–Jennie quedó pensativa.

–¿Ah no?, ¿ni siquiera con libros?, ¿no te has mareado al ver televisión? –la esposa del granjero no podía creer que Jennie nunca se hubiera mareado.

–Claro, con todo menos con autos.

–Ahh, así sí, eso es porque nunca has viajado, vas a ver que un rato más de carretera te va a dar náuseas.

"Tiling" sonó la campanita del cafetín cuando llegaron, la pequeña miró hacia arriba para verla, le pareció muy bonita, estaba decorada con un bello listón rojo, como en las películas navideñas.

–Dos bebidas frías por favor, y unos waffles con fresas y chocolate para llevar –pidió Beatriz amablemente.

El café estaba decorado de navidad, y estaba bien, pues era enero, y se veía muy hermoso.

–Como sabrás, el frío calma el estómago revuelto y los mareos, será un viaje muy largo, por eso pedí bebidas frías, no quiero que llegues a Mérida con la cara verde –bromeó.

A Jennie le gustó el chiste, y se rió suavemente, viéndose como una muñeca.

Después de divertirse un rato, Beatriz ya no se sentía tan mal, y volvieron a la camioneta.

Después de un largo rato...

Al fin llegaron al aeropuerto.

–Bueno, hasta aquí llegó nuestro viaje, fue un gusto mami.

–¡El gusto es todo mío! –respondió dulcemente y feliz.

–Espero que nos visites pronto, ahora será la señora López la que te acompañará hacia la gran y misteriosa cabaña de tu tío.

–¡Oh!, ¿y quién es ella? –preguntó con sorpresa.

–Es la ama de llaves de tu tío –luego bajo la voz–, dicen que es muy ruda y seria.

Jennie se preocupó un poco.

–¡Pero tranquila mi niña! Tú te portas muy bien, no serás un problema para ella.

La niña tragó saliva.

–Espero que te encuentres con tus padres pronto.

–Amén, gracias por todo.

Capítulo 3 A MÉRIDA

Ahora, estaba a cargo de la señora López, que la esperaba en la entrada del aeropuerto. Era una mujer catira de mejillas rojas, ojos claros y voluptuoso cuerpo. A Jennie no le agradó mucho, a su vez, al ama de llaves tampoco le simpatizó la niña.

Entretanto Jennie sentía enorme curiosidad por saber detalles acerca de su tío y sobre la casa adonde se dirigían. ¿Qué clase de lugar sería?, ¿le gustaría?, ¿tendría primos? Ella no conocía a ninguno de sus familiares.

Desde que Jennie vivía en casa del granjero sin contar con sus padres ni con la institutriz y tampoco con ninguno de sus empleados y sirvientes, se sentía sola. A menudo le venían a la mente preguntas que antes nunca se le habían ocurrido. Se preguntaba por qué, a diferencia de otros niños, sus padres no la dejaban salir más allá del jardín ni ver televisión, siempre estaba en la casa y no tenía amigos de su edad. Creció conociendo el mundo a través de los libros, tenía a sus cariñosos padres, sus pocos pero entretenidos juguetes, bellos vestidos, deliciosa comida y una agradable institutriz, pero no adorables amiguitos, fieles mascotas, ni hermosos paseos.

Al subir al avión, Jennie se sentó al lado de la ventana con expresión aburrida y preocupada. No tenía nada para leer, por lo que juntó sus pequeñas manos con guantes sobre su falda. Su vestido y abrigo azul la hacían verse muy hermosa, y su cabello negro y rizado sobresalía de su lindo sombrero blanco.

"Pocas veces he visto a una niña así", pensó la señora López. Ella no estaba acostumbrada a ver que niñas de la edad de Jennie se sentaran pensativas y quietas sin hacer nada. Al fin, cansada de observarla, el ama de llaves habló con voz animada.

–Supongo que debo prevenirla –dijo–. La llevo a un lugar bastante grande.

Jennie la miró con interés y se acomodó para escuchar, la señora López se sorprendió un poco y luego de una pausa, sonrió ligeramente y continuó:

–En cierto modo es un lugar moderno, pero un poco deprimente. El señor Alberto está muy orgulloso de su propiedad y la quiere aunque de una manera más bien melancólica. La casa, situada al borde del páramo, fue construida hace setecientos años, y el señor Alberto la remodeló, quedando muy hermosa, es una enorme cabaña, tiene cerca de cincuenta habitaciones, aunque la mayoría está cerrada con llave. Hay valiosas pinturas y cómodos muebles de calidad. Y a su alrededor se extiende un enorme parque con flores y árboles.

La señora López hizo otra pausa y repentinamente dijo:

–Pero no hay nada más.

La descripción de la casa le interesó mucho a Jennie, puesto que difería de todo cuanto ella había conocido hasta el momento. Además, lo nuevo siempre la atraía, no sabía que era una cabaña gigante. Pero no quiso demostrar mucho el interés que sentía porque le daba vergüenza hacer preguntas, prefería que el ama de llaves continuará diciéndole como eran las cosas. La aparente seriedad de la niña era una de las características que se le hacían más inusuales a su acompañante.

–Bueno –dijo ella–. ¿Qué le parece?

–Interesante –contestó la niña–. Es algo nuevo para mí ya que no conozco esa clase de lugares.

Esa rara explicación la hizo reír.

–¡Por favor! –exclamó–. Parece el comentario de una persona mayor que tú, fuera de eso, que bien que te interese, y tu tiempo allá será suficiente para familiarizarte con todo.

–Oh, ¿será mucho?, mis padres vendrán a buscarme para llevarme con ellos.

–Hablando de eso, no se por qué sus padres la han enviado a vivir en la mansión de su tío, a no ser que para ellos y el señor Alberto sea la solución más sencilla. Él no se molestará por usted, se lo aseguro; jamás se ha incomodado por nadie.

Repentinamente se detuvo como si recordara algo que no debía mencionar.

–Él era muy solitario –dijo, finalmente–. Eso lo hizo un joven amargado, a pesar de su dinero y su enorme casa. Sólo cambió cuando se casó.

Aun cuando Jennie no quería demostrar mucho el interés que sentía por lo que la señora López le contaba, la miró con sorpresa. Jamás pensó que el solitario fuera casado. Al darse cuenta de su mirada de atención, el ama de llaves continuó su relato. A ella le gustaba hablar y ésta era una buena manera de acortar el trayecto.

–Era una dulce y bella mujer, él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella. Nadie creyó que esa joven se casaría con él, pero lo hizo. Incluso hubo personas que pensaban que se casaba por su dinero, pero estoy segura de que no fue así.

Cuando ella murió...

Jennie dio un salto involuntario.

–¡Ah, falleció! –exclamó sin querer. En ese momento la niña recordó un cuento que había leído. Este trataba de un pobre dragón y de una doncella, por lo que Jennie sintió mucha pena por su tío.

–Sí, murió –contestó la señora López–. La muerte de su esposa lo convirtió en un hombre muy extraño. Ahora no le interesan las personas, ni quiere ver a nadie. Se pasa la mayor parte del tiempo viajando, y cuando está en su mansión se encierra en el ala oeste y no deja entrar más que al viejo Tomás, quien lo cuidó de niño y lo conoce perfectamente.

Parecía una historia salida de un libro y la niña quedó muy deprimida. La perspectiva de vivir en casa de su tío habría sido más emocionante si la hermosa señora aún viviera.

–No espere ver al señor Alberto, porque le apuesto diez a uno que no lo verá –continuó la señora López–. Tampoco confíe en que encontrará personas con quienes hablar, ya que estaré muy ocupada, pero sí vendré a visitarla de vez en cuando para asegurarme de que esté bien. Tendrá que jugar sola. Se le indicarán las habitaciones a las que puede entrar, pero el jardín es suficientemente grande para usted. Además, no podrá deambular ni husmear dentro de la casa, el señor Alberto no lo aceptará.

–Yo no tengo intenciones de husmear –a Jennie no le gustó lo que sugirió su acompañante–. ¿Y por qué hay tantas reglas?... –preguntó en voz baja encogiéndose de hombros, pensando en lo aburrido que sería estar en aquella gran y misteriosa mansión.

–Porque así son las cosas allá, ¿qué te puedo decir? No es un lugar para niños.

A Jennie definitivamente no le agradó el ama de llaves.

En un momento determinado había sentido compasión por su tío, y esperaba hacerlo sentir mejor con su visita, agradeciendo el alojamiento.

Somnolienta, dio vuelta la cara hacia la ventanilla del avión. Ante sus ojos, el paisaje se volvía cada vez más oscuro, y al observarlo fijamente, sus ojos se fueron cerrando hasta que se quedó dormida.

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