El frío abrazo de la decepción me asfixiaba, mientras mi vestido de novia, antes un sueño, yacía ahora sucio bajo mis rodillas en el piso de un club nocturno.
Ricardo, mi prometido hasta hacía unas horas, me miraba con desprecio, sus palabras goteando veneno: "¿Por qué tenías que ser tan estúpida, Ximena? ¿Por qué tenías que meterte en mis asuntos?"
La verdad de sus fraudes, de los materiales de mala calidad en sus construcciones, era un sabor amargo en mi boca.
Creí que al exponerlo lo salvaba, pero solo aceleré mi propia caída.
Me arrojó a las manos de un hombre corpulento con una sonrisa cruel: "Diviértete. Asegúrate de que entienda su nuevo lugar."
Mi mundo se desmoronó: fui arrastrada, humillada, traicionada por el hombre que creí amar.
Luego llegó la noticia: mi padre, Don Fernando, un urbanista respetado, acusado de corrupción.
Y el "héroe" que lo denunció, el hombre elogiado por todos, era Ricardo Vargas.
La desesperación me consumió, el dolor y la humillación eran insoportables.
Cerré los ojos, deseando que todo terminara.
Y entonces, desperté.
El aroma a café y chilaquiles de mi madre me envolvió, la luz del sol inundaba mi habitación de la infancia.
Era hoy.
El día en que los padres de Ricardo Vargas vendrían a pedir mi mano.
Los vi en nuestra sala, sus sonrisas fingidas, sus ojos llenos de codicia.
La señora Vargas me vio y se levantó, exclamando: "¡Ximena, querida! Cada día estás más hermosa. Ricardo no deja de hablar de ti."
Recordé sus verdaderas palabras de mi vida pasada: "Esa tonta de Ximena, si no fuera por el estatus de su padre, ¿quién se fijaría en ella? Ricardo solo la está usando para conseguir los contratos."
Mi padre me miró con cariño: "¿Hija, qué dices?"
Tomé una bocanada de aire, levanté la barbilla y los miré directamente.
Mi voz, clara y firme, resonó en la habitación: "Lo siento, pero no puedo aceptar."
El silencio fue sepulcral.
"Ricardo Vargas no se casará conmigo," continué, mi voz cortando el aire. "Él no es digno."
El aire frío y húmedo del club nocturno se pegaba a mi piel, un olor a perfume barato y alcohol derramado llenaba mis pulmones. Estaba de rodillas en el suelo, con el vestido de novia blanco, ahora manchado y sucio, arrugado bajo mi cuerpo tembloroso.
Ricardo, el hombre que hasta hace unas horas era mi prometido, me miraba desde arriba, su rostro perfecto torcido en una mueca de desprecio.
"Ximena, Ximena," dijo, su voz goteando un falso pesar. "Eres una arquitecta tan brillante, diseñaste el rascacielos más alto de la ciudad. ¿Pero por qué tenías que ser tan estúpida? ¿Por qué tenías que meterte en mis asuntos?"
La traición era un sabor amargo en mi boca. Había descubierto sus fraudes, los materiales de mala calidad, las estructuras inseguras que ponían en riesgo miles de vidas. Pensé que, al revelarlo, lo estaba salvando de un desastre mayor.
Qué ingenua.
"Si no hubieras expuesto mis tratos," continuó Ricardo, agachándose para que su aliento me diera en la cara, "mi socio, 'El Buitre', no me habría abandonado. Ahora, tengo que pagar un precio muy alto. Y tú, mi querida Ximena, eres el primer pago. Este es el precio por interponerte en mi camino."
Me empujó hacia un hombre corpulento que me agarró del brazo. "Diviértete," le dijo Ricardo con una sonrisa. "Asegúrate de que entienda su nuevo lugar."
En ese momento, mientras me arrastraban por un pasillo oscuro, lo entendí todo. Él nunca me amó. Fui solo una herramienta, un escalón en su ambición desmedida.
Le pedí el divorcio. Él solo se rio.
"No te apresures, mi amor. Tengo otro espectáculo para ti."
Tres meses después, la noticia llegó a mis oídos como un trueno. Mi padre, Don Fernando Díaz, un urbanista respetado y honrado, fue acusado de corrupción. Su reputación, construida a lo largo de una vida de integridad, fue destruida en un solo día.
Y el héroe que "denunció" la corrupción, el hombre elogiado por los altos mandos y la prensa, no era otro que Ricardo Vargas.
La desesperación me consumió. El dolor, la humillación, la destrucción de mi familia... todo era demasiado. Cerré los ojos, deseando que todo terminara.
Y entonces, desperté.
El olor a café recién hecho y a los chilaquiles que mi madre preparaba los domingos llenó mis sentidos. La luz del sol se filtraba por la ventana de mi habitación, la misma habitación de mi infancia.
Estaba viva. Estaba en casa.
Me levanté de la cama, confundida. Mis manos temblaban mientras tocaba mi rostro. No había cicatrices, no había rastro del sufrimiento. Miré el calendario en la pared. La fecha me heló la sangre.
Era hoy.
El día en que los padres de Ricardo venían a casa a pedir mi mano.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mi trance.
"¿Ximena, hija? ¿Ya estás despierta? Los señores Vargas llegaron."
La voz de mi madre, cálida y llena de alegría. La misma alegría que yo sentí una vez.
Me vestí mecánicamente, mi mente corriendo a mil por hora. No era un sueño. Había vuelto. Tenía una segunda oportunidad.
Bajé las escaleras y los vi. Los padres de Ricardo, sentados en nuestra sala, con sonrisas humildes y falsas en sus rostros. Mi padre, Don Fernando, conversaba con ellos amablemente, sin saber la clase de víboras que había dejado entrar en su casa.
La señora Vargas me vio y se levantó de inmediato, sus ojos brillando con una codicia mal disimulada.
"¡Ximena, querida! Cada día estás más hermosa. Ricardo no deja de hablar de ti."
Recordé sus palabras en mi vida pasada, en una fiesta, después de que me casé con Ricardo. "Esa tonta de Ximena, si no fuera por el estatus de su padre, ¿quién se fijaría en ella? Ricardo solo la está usando para conseguir los contratos de la ciudad."
Mi corazón, que pensé que se había convertido en piedra, sintió una punzada de dolor.
El señor Vargas, un hombre de apariencia sencilla pero con ojos astutos, asintió. "Mi Ricardo es un buen muchacho, pero es muy testarudo. Sin ti, Ximena, no sé qué sería de él. Necesita a alguien como tú, de una buena familia, para guiarlo."
Mentiras. Todo eran mentiras.
La señora Vargas se acercó a mi padre, su voz temblando con lágrimas de cocodrilo.
"Don Fernando, sé que nuestro Ricardo no es suficiente para su hija. Nuestra familia es humilde, no tenemos el prestigio de los Díaz. Pero le juro que mi hijo la ama. Hará cualquier cosa por ella."
Se arrodilló, tratando de agarrar la pierna del pantalón de mi padre, en un acto de humillación calculada.
"Por favor, acepte que nuestro hijo se una a su familia. Permítale casarse con Ximena."
Mi padre, un hombre de buen corazón, se apresuró a levantarla, incómodo y conmovido por su actuación.
"Señora Vargas, por favor, levántese. No hay necesidad de esto..."
Pero yo no me moví. Me quedé quieta, observando la escena con una frialdad que me sorprendió a mí misma. Recordé la cara de esta misma mujer cuando me vio en el burdel, una mirada de triunfo y desprecio. "Te lo advertí," me dijo en silencio con sus ojos, "no eres lo suficientemente buena para mi hijo."
El amor que una vez sentí por Ricardo se había convertido en cenizas. La ingenua Ximena que se sonrojaba con sus halagos había muerto en ese club nocturno. La que estaba aquí ahora solo sentía un frío glacial.
Todos me miraban, esperando mi respuesta. Esperando que me sonrojara, que aceptara con timidez, que corriera a los brazos de mi "amado" Ricardo.
Mi padre me miró con una sonrisa cálida. "Hija, ¿qué dices?"
Respiré hondo. Levanté la barbilla y miré directamente a los ojos de los padres de Ricardo.
Mi voz salió clara y firme, sin un atisbo de duda.
"Lo siento, pero no puedo aceptar."
El silencio en la habitación fue absoluto. Las sonrisas se congelaron en los rostros de los Vargas. Mi padre me miró, confundido.
"Ricardo Vargas no se casará conmigo," continué, mi voz cortando el aire. "Él no es digno."
---
La señora Vargas fue la primera en reaccionar. Su rostro pasó de la conmoción a la ofensa en un instante. Forzó una risa nerviosa.
"¡Ay, Ximena! Qué bromista eres. Casi me das un susto de muerte. Sé que a veces Ricardo puede ser un poco tonto y quizás te hizo enojar, pero..."
"No estoy bromeando," la interrumpí, mi tono tan frío como el hielo. "Y no estoy enojada. Simplemente estoy diciendo la verdad."
La madre de Ricardo parpadeó, su máscara de humildad comenzaba a resquebrajarse.
"Pero... ¿por qué? ¿Es por esa chica, por Sofía? ¡Te juro que no es nada! Ricardo ya rompió con ella. Solo te ama a ti, Ximena. ¡Eres el amor de su vida!"
Sofía. El nombre me golpeó por un segundo. En mi vida anterior, había creído ciegamente sus mentiras sobre ella. Pero ahora, sabía la verdad. Ricardo no solo no había roto con ella, sino que planeaba mantenerla como su amante después de nuestra boda.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.
"¿De verdad? Qué curioso," dije con una calma que los descolocó. "Porque hace apenas dos días, los vi juntos entrando a un hotel. Parecían muy... cercanos."
El rostro de la señora Vargas se puso pálido. Empezó a tartamudear.
"Eso... eso es un malentendido. Seguro que te equivocaste de persona..."
"No me equivoqué," afirmé. "Pero no importa. Incluso si no fuera por ella, mi respuesta sería la misma." Miré a mis padres, que me observaban con preocupación. "La razón es muy simple. Ya tengo a alguien en mi corazón."
Esta vez, el silencio fue aún más profundo. Incluso mi padre me miró con total sorpresa.
"¡Imposible!" gritó la señora Vargas, perdiendo por completo la compostura. "¡Eso es mentira! ¡Toda la ciudad sabe cuánto amas a mi Ricardo! ¡Lo has seguido como una sombra desde la preparatoria! ¿Cómo podrías tener a alguien más? ¡Estás inventando esto para hacerlo sentir mal!"
Su desprecio era palpable. Para ella, yo era solo una chica tonta y obsesionada, indigna de su "precioso" hijo, pero útil por el estatus de mi familia. La ironía era dolorosa.
Tenía razón en una cosa. La antigua Ximena estaba locamente enamorada de Ricardo. Pero esa Ximena ya no existía.
Mi mirada recorrió la habitación, más allá de los rostros horrorizados de los Vargas, más allá de mis padres confundidos. Se posó en un joven que estaba de pie, en silencio, cerca de la puerta del estudio de mi padre.
Era Alejandro Torres. Un joven ingeniero civil que trabajaba en la firma de mi padre. En mi vida anterior, él era solo un colega más, un chico callado y trabajador que apenas notaba. Pero después de mi caída, después de que todos me abandonaron, él fue el único que intentó ayudarme. Me pasó información en secreto, me advirtió sobre los movimientos de Ricardo, incluso intentó sacar a mi padre de la cárcel, arriesgando su propia carrera.
Al final, Ricardo lo descubrió y lo arruinó. Lo despidieron y lo acusaron falsamente de robo, terminando en la miseria. Pero nunca me culpó. Su lealtad fue un pequeño faro de luz en mi oscuridad absoluta.
Ahora, al verlo de nuevo, joven y lleno de un potencial que nadie más veía, mi corazón tomó una decisión.
Caminé directamente hacia él, ignorando las miradas de todos. Alejandro me miró, sorprendido, sus ojos marrones llenos de confusión. Llevaba unos planos enrollados en la mano, probablemente había venido a discutir un proyecto con mi padre.
Me paré frente a él. Agarré su mano. Estaba callosa por el trabajo, pero era fuerte y firme. Me volví hacia todos, levantando nuestras manos unidas para que las vieran.
"Les presento a Alejandro Torres," anuncié con una voz clara y resonante que llenó cada rincón de la sala. "Él es el hombre que amo. Él es mi futuro esposo."
El caos estalló. Los padres de Ricardo se quedaron boquiabiertos, mi madre ahogó un grito y mi padre se puso de pie de un salto.
Pero yo solo miraba a Alejandro. Él estaba paralizado, sus ojos abiertos como platos, mirándome como si me hubiera vuelto loca.
Me incliné hacia él y susurré, para que solo él pudiera oír.
"Alejandro, sé que esto es repentino y no tiene sentido para ti ahora. Pero, por favor, confía en mí. Te necesito. En mi vida anterior... tú fuiste el único que fue bueno conmigo. Ahora, quiero devolverte el favor. Quiero darte todo lo que te mereces."
Sus ojos buscaron los míos, buscando una señal de locura. Pero solo encontraron determinación.
"Cásate conmigo," le dije, mi voz ahora un ruego suave. "Entra en la familia Díaz. Te prometo que no te arrepentirás."
---