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El alfa prisionero

El alfa prisionero

Autor: : Madison Scott
Género: Hombre Lobo
Emma ha crecido con las historias sobre brujas y hombres lobos que le contaba su madre. Por culpa de esa obsesión, vivió recluida junto a su hermano mellizo la mayor parte de su vida. El día en que un misterioso folleto llegó a la puerta de su cabaña, Emma debió desconfiar y recordar todas las advertencias que le daba su fallecida madre. ¿Cómo pudo llegar aquel papel a su pequeño hogar alejado del mundo exterior? La idea de comenzar una nueva vida en un pueblo de Alaska junto a su hermano mellizo, era demasiado tentadora como para dejarla pasar. Sin pensarlo demasiado, ambos hermanos abandonaron todo lo conocido para embarcarse en un viaje que los llevaría a lo que ellos creían que era un idílico pueblo, pero apenas llegaron, se dieron cuenta de que aquel lugar no era lo que esperaban. En especial, cuando un enorme, musculoso y atractivo hombre, apareció desnudo en la puerta de su nueva casa mientras les exigía que se marcharan y, para colmo, no dejaba de llamarla bruja. Su primer pensamiento fue escapar. ¿El problema? Quien entraba en Silvershade Summit nunca podría salir y Emma estaba atrapada en aquel lugar con ese loco hombre que no solo la exasperaba, también ponía todas sus hormonas a punto de ebullición. Asher llevaba ciento cincuenta años prisionero en aquel pueblo junto a su manada y todo por culpa de una bruja. El alfa odiaba a las de su clase por más que, para romper la maldición, una bruja debía llegar Silvershade Summit y unirse a él como su compañera de vida. ¡Él jamás se uniría a una bruja, aunque eso significara la liberación! Lo que Asher no esperaba, era que la mujer a la que aborrecía sin conocerla, volviera loco a su lobo y no lograra pensar en otra cosa que no fuera en poseerla.

Capítulo 1 1

El viento le azotaba el rostro con fuerza. Mientras, Emma corría con su hermano mellizo tras ella. Se habían escapado de la vigilancia de su madre por culpa de esa voz que llevaba días acosándola y, sin darse cuenta, ambos se internaron en el bosque. En ese instante, una fuerte tormenta amenazaba con soltar toda su furia sobre la tierra hasta empaparlos.

-¡Date prisa, Ethan, corre más rápido! -lo incitó Emma al notar que su hermano se había tropezado con una piedra y se había detenido.

-No puedo correr -jadeó el niño de ocho años, con su rizado cabello pelirrojo revuelto y se llevó la mano al tobillo-. Me duele mucho.

Emma miró por unos segundos hacia la dirección donde se encontraba la pequeña casa donde vivían. Estaban cada vez más cerca, pero, por momentos, el camino parecía deformarse y el humo de la chimenea se filtraba por el tubo del techo dándole un aspecto siniestro que le provocó un escalofrío.

Su madre no les permitía adentrarse en el bosque y, hasta ese instante, siempre habían obedecido a pesar de que nunca les contó el motivo de esa prohibición, pero aquella extraña voz que llevaba días torturándola, la obligó a seguirla sin medir las consecuencias.

Emma se detuvo y regresó sus pasos para ayudar a su hermano. Se agachó para mirarle el tobillo, e infló las mejillas en señal de desesperación cuando la voz de su madre se escuchó a los lejos, llamándolos.

-Mamá nos castigará si se entera de que desobedecimos -murmuró Emma, con los ojos humedecidos por las lágrimas producto de la desesperación y del miedo-. ¿Te puedes levantar? -Señaló el tobillo hinchado de su hermano.

Ethan asintió con la cabeza, se agarró al tronco del árbol con una mano y a Emma con la otra para alzarse, pero su rostro contraído por el dolor decía sin palabras que no sería capaz de dar un paso.

-Creo que sí, pero no podré correr. Déjame aquí, Emma -pidió el niño con un tono de voz que quería mostrar valentía-. Tú llegarás primero y entretendrás a mamá, yo intentaré ir a casa poco a poco.

A Emma no le convencía el plan de su hermano y menos dejarlo en el bosque cuando el sol parecía alejarse del horizonte con demasiada rapidez. La noche caería muy rápido y no podría quedarse tranquila si lo abandonaba a su suerte. Para colmo, estaba herido e indefenso.

-No, no te dejaré, eres mi responsabilidad. No pienso marcharme y menos cuando es culpa mía que estemos aquí. No estaríamos en problemas si yo no hubiera escuchado esa voz.

-¡No soy tu responsabilidad! -se quejó Ethan con ese orgullo que ya lo acompañaba desde niño-. Soy un hombre, tú solo eres una niña demasiado tonta que persigue voces y nos mete en problemas.

Emma no tomó en cuenta las palabras de su hermano y entornó los párpados a la vez que bufaba, sabía que eran producto del dolor que tenía en el tobillo y de la desesperación por no poder continuar corriendo para escaparse del castigo.

-Soy la hermana mayor, nací un minuto antes que tú, así que es mi deber protegerte. Agárrate de mí y te ayudaré a caminar -le pidió.

En el momento en que Ethan intentó colocar el pie en el suelo, el dolor lo hizo trastabillar y perder el equilibrio. Emma intentó sujetarlo de los brazos, sin éxito y su hermano terminó por sostenerse de la cadena del medallón que llevaba colgado. Era una reliquia familiar, ambos hermanos llevaban uno y tenían prohibido quitárselo.

Sintió el fuerte tirón en el cuello y la cadena cedió hasta romperse. El grito de su madre llamándolos se mezcló con el de Emma al ver a su hermano caer de espaldas y golpearse la cabeza.

Su primer instinto fue arrodillarse en el suelo para socorrer a Ethan, pero se quedó petrificada al ver que el medallón de su hermano comenzaba a brillar sobre su pecho. De pronto, la extraña voz de esa mujer que la había obligado a perseguirla por el bosque, llegó a sus oídos y opacó todo los demás a su alrededor.

El sonido de los truenos lejanos se silenciaron por unos segundos, los gritos de su madre quedaron en el olvido, el viento dejó de silbar entre las hojas de los árboles, sus piernas parecían haberse enraizado al suelo y su mirada no podía ver otra cosa que la luz cegadora que escapaba del medallón de su hermano y que levitaba sobre su pecho.

Su colgante tenía la forma de un sol y el de su hermano era una luna llena, ambos encajaban como si hubieran sido creados para estar unidos. La cadena del medallón de su hermano también se rompió y escapó volando hasta caer junto al de ella.

Su hermano abrió los ojos en el ese instante, la miró, primero confuso por el golpe y después comenzó a observarla, horrorizado. Emma quería preguntar qué ocurría para que la mirara de esa forma, estaba muy asustada.

La oscuridad había caído de golpe, unos rayos monstruosos surcaban el cielo y ella solo era una niña que intentaba parecer una adulta, pero encontrarse en mitad del bosque, junto a su mellizo, herido, no ayudaba demasiado.

-¡Emma, tu cabello! -jadeó Ethan sin apartar los ojos de ella-. ¡Ya no es rojo!

Ambos medallones se habían unido y en ese instante formaban uno solo, levitaban en el aire sin dejar de emitir una intensa luz.

-¿Qué le ocurre a mi...? -Emma no logró completar la frase, sus labios se entreabrieron al ver como el cabello rojizo de su hermano comenzaba a perder su color y a tornarse plateado-. Ethan, ¡¿qué está pasando?! Tengo mucho miedo.

Un coro de voces comenzó a escucharse cada vez con más fuerza, parecía rodearlos. Los cercaba cada vez más a la vez que unas sombras sin cuerpos formaban un círculo alrededor de ellos. Aquellos monstruos sobrenaturales recitaban alguna especie de conjuro en una lengua desconocida. Emma se tiró al suelo y se acostó junto a su hermano para buscar su protección. Si iban a morir ese día, al menos lo harían juntos, de la misma forma en la que llegaron al mundo.

Un calor intenso recorrió su cuerpo y a eso le siguió un estallido interno de poder que parecía querer disolver en pequeñas moléculas cada parte de su cuerpo. Dolía, pero su garganta estaba cerrada y era incapaz de gritar.

Supo que su hermano estaba pasando por lo mismo por la forma en la que le agarraba de los brazos y le clavaba los dedos en la carne. Ethan tenía en ese instante el cabello plateado y sus ojos marrones comenzaron a transformarse para convertirse en dos orbes que brillaban con la misma luz que emitían los medallones. Emma vio como Ethan perdía el conocimiento de nuevo y por más que intentó luchar por no perder la consciencia, cayó junto a él, desplomada.

Lo último que escuchó antes de perder el sentido, fueron los gritos de su madre pronunciando sus nombres, eran alaridos de horror y después de eso, todo se desvaneció.

***

Cuando Emma despertó, se encontraba en la seguridad de su habitación y de su mullida cama. Por unos instantes, se llenó de paz al pensar en que todo lo ocurrido había sido una pesadilla, pero al mirar a su alrededor y ver a su madre a los pies de la cama de su hermano mientras le vendaba con cuidado el tobillo, supo que lo ocurrido había sido real.

-Mamá -pronunció con la voz ronca, casi como si no perteneciera a sí misma.

Su madre no la miró, continuó con la vista fija en su hermano que continuaba inconsciente y movía las manos con rapidez colocándole el vendaje en el tobillo inflamado.

-No tengan miedo, mamá arreglará esto -la escuchó balbucear y de vez en cuando se llevaba la mano al rostro para limpiarse las lágrimas-. Esos malditos lobos no conseguirán llevarse a mis hijos, no, no, yo no lo consentiré. Mi niña no caerá en manos de esos monstruos.

Emma no comprendía nada de lo que su madre decía y comenzaba a tener demasiado miedo al ver que su hermano no despertaba.

-Mamá -repitió con la voz temblorosa-. ¿Qué ocurrió? ¿Ethan está bien? -sin importar lo que dijera, su madre parecía estar enfrascada en su propio mundo y no la miraba. En su desesperación, Emma alzó el brazo para señalarla y gritó-: ¡Mamá, te estoy hablando!

Con aquel movimiento, el cuerpo de su madre se alzó en el aire, levitaba y la mujer la miró con el terror dibujado en sus facciones. Emma bajó el brazo con rapidez, asustada por lo que acababa de ocurrir y el cuerpo de su madre salió despedido hacia el suelo con demasiada fuerza.

-Emma... No hagas nada -jadeó su madre con la voz dolorida por el golpe-. No te muevas, hija, no sabes controlarlo.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, estaba aterrada, pero a la vez sentía en su interior una fuerza que deseaba emerger y que no quería detenerse.

-Mami, tengo miedo -lloriqueó, sin dejar de mirar sus manos como si esos apéndices ya no le pertenecieran.

Emma agarró un mechón de su largo cabello y lo observó con la esperanza de ver el tono rojizo que caracterizaba a su familia, pero lo que encontró fue un color plateado, casi blanco. El mismo color que le había visto a su hermano en el bosque y que seguía conservando.

Su madre se levantó del suelo, se llevó la mano a la cadera y se la frotó como si le doliera. Después la miró con cariño a pesar de que el daño se lo había provocado ella.

No sabía cómo o de qué forma, Emma provocó ese accidente, pero estaba segura de que esa fuerza había escapado de su interior.

-Tranquila, pequeña, te prometo que ese hombre no te encontrará. Tu hermano y tú estarán a salvo.

-¿Q-quién? -logró pronunciar a pesar de tener atenazado un nudo en la garganta.

Su madre negó con la cabeza, parecía no querer hablar, pero terminó por hacerlo.

-Los lobos, niña, ya conoces la leyenda de nuestra familia. Esos hombres monstruosos que se convierten en animales salvajes y destrozan a jóvenes inocentes como tú. No permitiré que te ocurra lo mismo que a tu tatarabuela, no te unirás a ninguno de su clase. Confía en mí, borraré tus recuerdos y los de tu hermano, ataré de nuevo vuestra magia y tendrán una vida normal, lo prometo. Esos lobos seguirán malditos, así sea lo último que haga.

Emma quiso continuar preguntando, quería saber a qué clase de maldición se refería. Ella conocía la leyenda, pero era eso, una historia que le contaban a los niños para entretenerlos, no era real. Quería entender qué era toda esa locura de hombres que se convertían en lobos y por qué los querrían a su hermano y a ella, pero su madre se acercó a su cama, colocó la mano sobre su frente y antes de perder el conocimiento escuchó a su madre decir:

-Cuando despiertes, todo habrá vuelto a la normalidad y no recordarás nada.

Capítulo 2 2

Diecisiete años después...

-Un gran viaje comienza cuando das un primer paso hacia tu destino y estoy segura de que vamos en el camino correcto -murmuró Emma ante la mirada cansada de su hermano.

Puede que se estuviera tomando con demasiada seriedad aquel cambio y que estuviera más filosófica que de costumbre, pero en el último año su existencia había sido un caos.

A sus veinticinco años, ambos hermanos se sentían perdidos. Sus vidas transcurrieron en la soledad de su cabaña junto al bosque, alejados de la sociedad y bajo la estricta vigilancia de su fallecida madre.

La última petición que les hizo fue que se mantuvieran en aquel lugar, que no salieran del bosque y que siempre estuvieran unidos. Al menos, continuaban juntos, en eso no le habían fallado.

-Quien no arriesga no gana, ¿no? -Ethan repitió las mismas palabras que Emma le había estado diciendo sin parar durante el último mes-. Quizá mamá exageraba, hemos llegado hasta aquí y quitando esa mirada apreciativa que me echó aquella pechugona en la estación del ferry, nadie nos trató mal. Estoy deseando tener la oportunidad de agarrar un par de tetas como esas.

Emma le metió un codazo a su hermano en el estómago y le sacó el aire.

-Hemos vendido lo poco que teníamos, dejado nuestra casa y desobedecido la última voluntad de nuestra madre, gastado gran parte del dinero que conseguimos en llegar hasta aquí y tú en lo único que piensas es en tener la oportunidad de agarrar... ¡Esas cosas! -se quejó Emma.

Se calló el pensamiento recurrente que siempre tenía y que se había intensificado desde que comenzaron a planear su nueva vida. Desde que aquella señal del destino llegó a su casa en forma de una propaganda de papel que planeó hasta caer en la entrada de su cabaña, sus pensamientos habían estado inundados de imágenes de un leñador, barbón, musculoso, que cortara la leña para la chimenea y que la abrazara en sus fornidos brazos cuando el frío de Alaska calara sus huesos.

Pero no pensaba reconocerlo y menos frente a su hermano.

-Vamos, Emma, no seas cínica y me digas que tú no quieres. Mamá fue muy buena con nosotros, pero estaba un poco trastornada siempre repitiendo ese cuento de niños sobre la maldición que pesa sobre nuestra familia y eso de que provenimos de un largo legado de brujos. ¡Ja! ¿Hombres lobos? ¿Brujas? -se burló su hermano-. Me duele pensar que todo este tiempo solo nos mantuvo engañados para tenernos junto a ella y que no hiciéramos nuestra vida. Lo más paranormal que hay en nosotros es que tengas veinticinco años y que sigas casta y pura. Yo al menos he aprovechado este último año de libertad y me metí en la cama de algunas mujeres.

Emma no pudo rebatirlo, ese pensamiento de libertad se enraizó cuando ambos hermanos cumplieron los dieciocho años y comenzaron a cuestionarse su vida de aislamiento social. Su madre siempre decía que el bosque les daba todo lo necesario para vivir y que no necesitaban más, que allí estaban seguros, pero nunca les explicaba de qué los protegía.

Cuando el alzhéimer de su madre comenzó a avanzar, las historias que contaba sobre sus supuestos antepasados eran cada vez más sobrecogedoras y poco creíbles. ¿Quién iba a creerse que su tatarabuela se había enamorado de un hombre lobo? Podría creerse que se hubiera enamorado hasta la locura de algún hombre, pero esos seres sobrenaturales ni siquiera existían.

Además, según las historias de su madre, su tatarabuela era una poderosa bruja que mantuvo una relación muy ardiente con el alfa de un clan de hombres lobos, iban a casarse y estaban muy enamorados, pero un día él encontró a su pareja predestinada y abandonó a su tatarabuela dejándola destrozada. No conforme con eso, también intentó matarla para librarse de ella y del hijo que crecía en su vientre. Al final no lo consiguió, ella pudo maldecirlos y escapar.

Lo peor de aquella historia, y que su madre se las contó antes de fallecer como si fuera algo real, era que su tatarabuela había hechizado al clan familiar para que la magia no despertara en sus predecesores y menos el gen de hombre lobo que su hijo había heredado. Lo más inverosímil de todo fue que, según su madre, la magia regresaría en la quinta generación y esos no era otros que ellos. Cuando eso sucediera, la bruja que nacería rompería la maldición y finalizaría lo que su tatarabuela no logró llevar a cabo.

Emma intentó que su madre le explicara más a pesar de creer que eran los desvaríos de una persona enferma, pero para ella parecía ser importante explicarles y ambos hermanos la escucharon con atención.

Pese a eso, su madre falleció antes de contarlo todo. Ahora nunca sabrían cómo la supuesta bruja rompería esa maldición.

-Imagina que esa historia fuera verdad, eso significaría que uno de nosotros sería un licántropo y aparte de los pelos en el pecho, no te veo muy peludo -bromeó Emma para quitarse un poco la ansiedad que aquel largo viaje le estaba ocasionando.

Ethan alzó una ceja y se removió en el asiento, incómodo.

-Si algún día me pongo a aullar a la luna será mejor que me dispares con una bala de plata. Prefiero ser el brujo y que tú seas la bola de pelos.

Una hora después, tras concluir el viaje en ferry que los dejó en la ciudad de Prince Rupert, aun debían llegar al pueblito que se anunciaba en el folleto que los trajo hasta allí. Se dirigieron a la estación de autobuses, pero cuando intentaron comprar el boleto, descubrieron que nadie había escuchado hablar de Silvershade Summit.

Abatidos, y con sus pocas pertenencias colocadas en el suelo, se miraron sin saber qué hacer a continuación.

-Hemos caído en una estafa -farfulló Emma e intentó contener las lágrimas-. ¿Qué vamos a hacer? Nadie ha oído hablar de ese lugar y se rieron de nosotros.

- No, me niego a creer eso, lo que ha ocurrido es que su acento es distinto y no lo entendiste bien -la tranquilizó Ethan, pero su postura y el movimiento acelerado de su pie golpeando el suelo, indicaban que estaba igual de nervioso que ella-. Lo que en realidad dijo fue: «estúpidos extranjeros que se creen todas las leyendas, ¡el siguiente!», después comenzó a reírse, pero no de nosotros, fue de su propia incultura por trabajar en este lugar y ni siquiera saber orientarse.

Emma quería creer a su hermano más que nada, estaba agotada, se sentía sucia del largo viaje, hambrienta porque habían intentado aminorar los gastos todo lo posible y a mitad de su camino agotaron las reservas de comida que llevaban. Deseaba llegar a Silvershade Summit, encontrar un lugar para descansar y después ponerse a buscar un trabajo.

-¡¿Por qué no me dijiste que no?! -gritó Emma cuando el miedo, los nervios y el frío que se le calaba hasta los huesos comenzaron a hacer mella en su cuerpo-. ¡Vamos a morir congelados!

Ethan la miró como si le hubieran salido tres cabezas y estuviera a punto de convertirse en Cerbero.

-¿Que yo te dijera que no? Dios me libre de llevarte la contraria con ese carácter que te gastas, quiero continuar con vida. Además, yo te dije que aquí hacia un poco de frío y te pareció muy bien la idea.

-¡Un poco de frío! Un poco de frío -repitió y sintió el castañeo de los dientes-. Un poco de frío no son 15° bajo cero. A esta temperatura se me va a congelar el cerebro y siento a punto de la gangrena los deditos de los pies.

-Quien dice un poco de frío dice mucho frío, son detallitos, pero ¿de quién fue la idea? -Ethan la miró con esa expresión que decía: «ya gané», pero, lo que menos necesitaba Emma en esos momentos, era perder una batalla dialéctica con su hermano-. Porque te recuerdo que fuiste tú la que tomaste aquel folleto como una señal del destino. Creías que lo mejor era vender todo y mudarnos para comenzar de cero.

-Puede que yo tuviera la idea, pero pudiste negarte y aun así escogiste venir a este congelador en el culo del mundo, Ethan. ¡La culpa es tuya... y mía también por siempre hacerte caso! -terminó por gritar y unir los labios en señal de enfado.

-Estoy seguro al 99% de que yo no lo escogí, recuerdo haberte dicho que quería vivir en la playa y no en un congelador. Además, tus palabras fueron: «Siempre quise ir a Alaska, ¿te imaginas? Un pueblito perdido, nieve, una cabaña, leñadores. Ethan quiero un leñador. ¿Te imaginas asomarte a la ventana y ver a un macho de esos cortándote la leña?». Así que yo di por hecho que no había más opciones porque no las mencionaste.

Emma se frotó el cuello e hizo un mohín de disgusto. Ethan tenía toda la razón, decirlo no era lo mismo que pensarlo, pero perder una discusión no estaba en su vocabulario y no iba a comenzar ese día.

-Te doy la razón, ahora que lo pienso, quizá fui yo la que ofrecí venir hasta aquí con mucha insistencia. -Ethan esbozó una sonrisa de victoria y cuando estaba a punto de gritar: «¡Te lo dije!», Emma alzó el dedo índice y lo detuvo-. ¡Pero lo pensé y siendo mellizos era tu obligación leerme el pensamiento! Así que no te sacudas las culpas porque yo pensé que quizá Alaska no era tan buena opción para comenzar de nuevo. Deberías tomar en cuenta mis pensamientos, serías un mejor hermano.

La expresión de victoria de Ethan se esfumó tan pronto como llegó. Los hombros se le cayeron en señal de derrota y negó con la cabeza. Su hermano era inteligente y sabía cuándo soltar el hacha de guerra. Ella nunca daría su brazo a torcer.

-Contra esa explicación no puedo hacer nada, tienes razón, lo siento por no haber leído tus pensamientos y no haberlos tomado en cuenta. No volverá a suceder. -Emma le dio una palmadita en la espalda para consolarlo e intentó sonreír.

-Ahora ya poco podemos hacer, quizá lo mejor será que busquemos algún lugar...

Sus palabras fueron detenidas cuando una mujer mayor se acercó a ellos y ambos se la quedaron mirándola con curiosidad. A Emma le recordó un poco a su madre, tenía unos rasgos familiares y para rematar el mismo color plateado que ellos en su cabello.

-No quise interrumpir, pero escuché que querían ir a Silvershade Summit, yo podría llevarlos. Los dejaría cerca, voy en esa dirección.

-¡¿De verdad?! -gritó Emma, emocionada y abrazó a la mujer como si la conociera de toda la vida.

-Por supuesto -dijo y después le pareció escuchar que bajaba su tono de voz y murmuraba-. He esperado mucho tiempo a que llegaran.

Emma sacudió la cabeza, seguro el frío y el cansancio la estaban haciendo imaginar cosas. La mujer comenzó a alejarse y ella se apresuró a levantar sus pertenencias del suelo, pero su hermano la sostuvo del brazo.

-No me gusta, no creo que sea buena idea que vayamos con ella. ¿No te parece muy raro? Sentí que todos los vellos del cuerpo se me erizaban.

-Será que ya te estás transformando en hombre lobo -bromeó Emma y le quitó importancia. La verdad era que algo en su interior la estaba alertando, pero tenía tantas ganas de llegar que decidió hacer a un lado su intuición-. Es solo una anciana y nosotros somos dos, ¿qué podría hacernos? Hazme caso que para eso soy la hermana mayor. Vamos antes de que se marche y nos quedemos aquí varados.

-¡Solo por un minuto! -se quejó Ethan, pero agarró sus pertenencias y ambos siguieron a la anciana sin saber que estaban a punto de hacer lo que su madre tanto quiso evitar.

Capítulo 3 3

La amable anciana no mintió cuando les dijo que ella los llevaría. Les permitió cargar sus pertenencias en el coche y Emma se sentó en el asiento del copiloto a pesar de las expresiones de enfado de su hermano.

Ethan era demasiado sobreprotector con ella, siempre lo había sido, pero desde que su madre falleció ese comportamiento se incrementó de forma considerable.

Al parecer, a su hermano la adorable anciana le causaba escalofríos y solo accedió a que los llevara porque no tenían otra opción. En algún momento, no supo precisar si habían pasado minutos u horas desde que entraron al coche, ambos se quedaron dormidos.

Fue muy extraño, al menos lo era para su hermano ya que él no bajaría tanto sus defensas como para caer en un sueño profundo, pero Emma lo achacó al cansancio del viaje desde Pensilvania a Alaska. Cuando abrió los ojos, el paisaje que había a su alrededor ya no era el de la ciudad.

Se encontraban en mitad de las montañas, en una carretera estrecha y con una vista de riscos y nieve que cubría todo lo que estaba a la vista. La temperatura había disminuido de forma considerable y no pudo evitar llevarse las manos a los labios para calentárselas con su propio aliento.

-Ya hemos llegado -dijo la anciana y se dio la vuelta para tocarle la rodilla a Ethan y despertarlo-. Desde aquí continúan solos, pero no tiene pérdida.

Emma miró a través de las ventanas del coche y regresó su visión a la anciana.

-Pero aquí no hay nada... -Se frotó la garganta para intentar disimular el manojo de nervios en el que se estaba convirtiendo. De solo pensar que iban a dejarlos abandonados en mitad de aquella montaña nevada para morir de hipotermia, le hacía sentir unas inmensas ganas de echarse a llorar.

Su hermano parpadeó, abrió los ojos y dio un brinco al darse cuenta de que se había dormido. Observó a su alrededor y su primer impulso fue acercase al asiento frente a él y colocarle una mano en el hombro. Sabía que intentaba decirle sin palabras que él la iba a cuidar, solo que era complicado creer que en ese instante su hermano se convertiría en algún superhéroe que los sacara de allí como por arte de magia.

-Para los ojos correctos Silvershade Summit se mostrará -murmuró la anciana con una risita nada halagüeña, después sostuvo dos gorritos de lana y le dio uno a ella y otro a su hermano-. Ponédselos para que puedan ocultar su cabello.

Emma lo tomó y no dudó un instante en colocarlo sobre su cabeza porque se moría de frío, su hermano fue más reticente, pero al ver que ella le hacía señales para que no fuera tan grosero y aceptara el regalo, acabó por acceder.

-Muchas gracias, la verdad es que tengo bastante frío y ya no siento las orejas -balbuceó Emma a la vez que la anciana se acercaba a ella y comenzaba a esconder los mechones sueltos de su cabello debajo del gorro-. ¿Está segura de que es aquí? Tal vez mis ojos no sean los correctos y tenga una miopía tan agravada como para no ver otra cosa que nieve.

-O la demencia senil la hizo equivocarse de camino -murmuró su hermano-. Eso o que es una homicida que aprovecha sus arrugas para atraer a sus víctimas y llevarlos hasta a la nada para después asesinarlos a sangre fría, pero eso no ocurrirá en mi guardia. Conmigo se equivoca, ancianita del demonio.

Ethan no vio venir el golpe, la mujer le golpeó en la frente con la palma de su mano abierta y después comenzó a carcajearse.

-Me agradas, es bueno que seas desconfiado. -A la anciana no pareció importarle el comportamiento de su hermano, ella tomó su pequeño bolso, lo abrió y sacó de él una foto en la que se mostraba una cabaña pequeña, pero que se veía muy acogedora-. Aquí vivirán, solo tienen que seguir el camino a la izquierda y podrán verla. La he mantenido intacta para cuando llegaran.

Emma sostuvo la foto que le mostraba, pero fue incapaz de mirarla porque estaba perdida en las palabras de la anciana.

-¡¿De qué está usted hablando?! ¿A qué se refiere con que vamos a vivir ahí? ¡Señora, usted desvaría! Aquí no hay nada -se quejó su hermano, pero la anciana lo calló solo con su mirada.

Por más que Ethan intentaba abrir la boca para continuar despotricando, no podía.

-Tu hermana me llamó antes de venir para alquilar mi cabaña -dijo la mujer con toda la naturalidad y Emma abrió los ojos con asombro.

-¿Qué yo qué? -jadeó, y de pronto, la anciana le tocó el brazo, la miró con intensidad y el recuerdo de haberla llamado y acordado con ella alquilar esa cabaña se aferró con fuerza en su mente-. Qué raro, cómo pude olvidarlo, tiene razón, yo la llamé.

-¿Emma, estás segura? -balbuceó Ethan que parecía haberse liberado de lo que fuera que lo mantenía en silencio.

-Sí, eso creo -respondió sin estar muy conforme con las palabras que escapaban de su boca.

-Vayan, que se hace tarde y ya esperé demasiado. Recuerden, solo sigan recto y cuando vean el pueblo continúen por el camino de la izquierda y llegaran sin mayor problema. -La mujer le colocó a Emma una llave de tamaño considerable y que no parecía que abriera una cerradura actual.

Era de hierro y bastante pesada.

Con renuencia salieron del coche, tomaron sus pertenencias y dieron unos pasos hacia la dirección que la mujer les indicaba. Emma iba a regresar sus pasos para decirle a la anciana que allí no había nada y pedirle que los llevara de vuelta a la estación, pero su hermano la agarró del brazo y la incitó a continuar el camino.

-No pienso regresar con esa loca, no importa si tenemos que refugiarnos en una cueva y cazar un mamut.

-Los mamut se extinguieron, Ethan, será mejor que regresemos, seguro se confundió. -Al dar el siguiente paso, sintió cómo pasaba una barrera invisible y frente a ella un bonito pueblo de montaña se alzó frente a sus ojos-. ¡¿Pero cómo es posible?!

Ambos miraron hacia atrás para decirle adiós a la anciana, pero cuando lo hicieron se dieron cuenta que del coche y de ella ya no quedaba rastro.

-Esa mujer es lo más raro que me encontré en mi vida -masculló su hermano-, pero al final tenía razón, hemos llegado. Solo espero que de verdad exista esa casa porque aquí en confianza, se me están congelando las bolas.

***

Asher sintió el cambio en el ambiente desde antes de que su beta irrumpiera en su casa con el rostro desencajado por la preocupación.

-¡Alfa! -gritó y se detuvo frente a él con la respiración agitada-. La barrera mágica ha sido vulnerada, unos intrusos consiguieron traspasarla.

Tras las palabras de su beta, Asher se quedó en silencio. Tenía muchas preguntas, quería saberlo todo, pero por unos instantes se sintió incapaz de hablar.

La última vez que alguien pudo entrar o salir de Silvershade Summit, el hogar de su manada, fue hace ciento cincuenta años y todo por una maldita bruja despechada. Esa mujer no se conformó con provocar que el antiguo alfa no tuviera descendencia, además se ensañó con todos los que vivían allí negándoles el derecho de encontrar a su pareja destinada.

Nunca deberían haber permitido que una bruja viviera en sus tierras, esos seres eran desleales, mentirosos y todo lo que tocaban lo destruían. Una sola mujer había sido la culpable de que su manada estuviera en decadencia, de que cada vez murieran más jóvenes y todo por el error de aquel alfa que no fue capaz de guardarse su calentura.

¡Revolcarse con una bruja! ¡Qué horror! Por suerte, el abuelo de Asher retó al alfa para apropiarse del liderazgo de la manada y desde ese momento ese honor había recaído en su familia.

Él nunca aceptaría a una bruja en su vida, aunque eso rompiera la maldición. ¿Cómo podría fiarse de las palabras de una mujer de esa calaña? Si había sido capaz de condenar a toda su gente por las acciones de uno solo, todo lo que pudo salir de su boca solo fue una mentira.

-Alfa, ¿me escucha? -su beta volvió a hablar al ver que Asher no reaccionaba-. Ningún ser puede traspasar la barrera mágica, nadie puede entrar o salir, excepto la bruja que romperá la maldición.

Asher sintió que cada vello de su cuerpo se encrespaba y los colmillos de su lobo luchaban por emerger para transformarse. Solo escuchar nombrar a esa bruja le provocaba una rabia que no podía controlar.

Llevaba escuchando esa historia desde que tenía recuerdos y no podía creer que su manada tuviera puesta toda su esperanza en la llegada de la misma clase de ser que los maldijo.

-¡No la necesitamos! -gritó y su beta dio un paso atrás al ver como sus ojos verdes cambiaban de color y se volvían dorados-. En ciento cincuenta años nadie conoció a su pareja destinada y sobrevivimos. No lo necesitamos, cuando haga la ceremonia de unión con Astrid el resto de la manada verá que es posible vivir sin encontrar a su mate.

-Pero alfa...

-¡No hay más que hablar! -gritó fuera de sí.

Asher más que nadie quería que la maldición se rompiera, no soportaba a Astrid, pero ella era la mejor opción. Era una de las lobas más fuertes, su familia siempre había sido leal y le parecía atractiva, pero cada vez que se le acercaba moviendo sus exuberantes caderas y llamándolo «mi amor», deseaba arrancarle la cabeza.

No podía explicar su reacción, pero su lobo se negaba a aceptarla porque sentía que estaba dándole un lugar que no le correspondía, pero si lo que su beta decía era cierto y por fin alguien había logrado traspasar esa barrera, significaba que sería él quien tendría que sacrificarse para que la maldición se rompiera.

Haría muchas cosas por salvar a su manada, pero formar un vínculo con una maldita bruja no estaba entre ellas.

Asher pudo ver que la alegría que su rostro había mostrado cuando llegó a su casa para darle la noticia, mutaba a una expresión de tristeza y aceptación. Su beta nunca rebatiría sus órdenes, aunque no estuviera de acuerdo con ellas.

-Entonces, ¿qué quiere que hagamos con los intrusos? -preguntó-. Los vieron dirigirse a la casa de la bruja.

-¿Intrusos? ¿Hay más de uno? -Su beta asintió con la cabeza.

-Un hombre y una mujer, ¿quiere que los detenga y los traiga para interrogarlos? -ofreció, pero por la forma en que lo pronunciaba parecía estar rogando que no se lo pidiera-. Quizá podríamos vigilarlos, alfa y ver qué tan peligrosos pueden ser. No sentí magia en ellos.

Asher gruñó, fue un sonido que escapó directo de su pecho. Desde que había sentido las nuevas presencias su lobo estaba inquieto y no había dejado de luchar en contra de su transformación. Al ver que ya era incapaz de controlarlo, algo que nunca le había ocurrido ni cuando tuvo su primer cambio, miró a su beta y dijo:

-¡Yo mismo iré! -bramó y justo después, su ropa quedó desgarrada en el suelo por la abrupta transformación.

Su lobo corrió, enloquecido y empujado por una fuerza extraña hacia el lugar que todos evitaban, la casa de esa bruja. Puede que allí ya no viviera nadie, pero ver que ni el paso del tiempo provocaba que la estructura se estropeara era un recordatorio constante de la maldición.

Era increíble como aquella propiedad parecía mantenerse por sí sola, como si su ocupante la hubiera abandonado el día anterior y no hace más de un siglo. Incluso el huerto estaba cuidado y parecía replantarse solo.

Conforme la distancia se acortaba, su lobo parecía cada vez más incontrolable. Usó toda su fuerza de voluntad para detenerse de forma abrupta cuando visualizó a una mujer frente a la puerta de la casa de la bruja.

Cuando su lobo la vio, sintió unos deseos insanos de querer saltar sobre ella... Y montarla. ¡¿Cómo era posible?! La sensación era tan inquietante que se sentía incapaz de detener los movimientos de su cola como si fuera un perrito dándole la bienvenida a su amo.

La mujer se agachó para recoger la nieve del suelo e hizo una bola con ella para lanzársela en la espalda a un hombre que se encontraba inspeccionando el lugar.

-¡Mira, Ethan! -gritó y su risa resonó en el aire al ver que la bola de nieve le pegaba en la cabeza a su acompañante.

¿Ese hombre sería su pareja? El pensamiento provocó que su lobo abandonara el estado de felicidad en el que se encontraba y comenzara a gruñir con el deseo de acabar con ese tal Ethan. Antes de que lo llevara a cabo, Asher tomó el control y volvió a transformarse en humano, no sin antes necesitar mucho esfuerzo.

Desnudo, arrodillado en la nieve y furioso porque su miembro se encontraba alzado, endurecido y dispuesto a saludar a esa mujer a la que ya aborrecía sin conocerla, se levantó del suelo sin importarle su falta de ropa y gritó:

-¡¿Quiénes son y qué hacen en mi territorio?! -Asher, que solo tenía ojos para la mujer que tenía enfrente, pudo esperar muchas reacciones de ella menos la que tuvo al fijarse en él.

Con un enorme gorro de lana y una bufanda que casi le cubría todos sus rasgos y tan abrigada como si el clima de aquel lugar fuese demasiado para ella y tuviera que envolverse en mil capas de ropa, la vio llevarse las manos al rostro para ocultar un grito tras ellas, para después bajarlas, mirarlo con la boca abierta y decir:

-Madre santa de todos los penes enormes, es el leñador con el siempre soñé.

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