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El amante perdido

El amante perdido

Autor: : Luisa Barbieri
Género: Romance
Kazumi y Shiro eran unos adolescentes cuando por azares del destino se dejaron de ver. Ella, al tener una prodigiosa inteligencia, inició sus estudios en Medicina a la edad de 13 años. Cuatro años después partiría hacia los Estados Unidos para seguir creciendo en la profesión que eligió. Él, al ser un huérfano pobre, terminó un tiempo viviendo bajo las garras de una mala mujer de la que se pudo zafar cuando terminó la escuela. Desde ese día trabajaría sin cesar con tal de ahorrar el dinero suficiente para emprender su propio negocio y salir adelante en la vida. Cuando se volvieron a encontrar, ella era una mujer de 23 años, una médica exitosa, pero con muy baja autoestima al tener una familia que solo le ofrecía palabras hirientes y desmotivadoras, y tras el casamiento de su hermana menor con su ex prometido decidió alejarse de la casa paterna y vivir sola. En cambio, él era un hombre de 27 años que no había podido continuar con sus estudios, que trabajaba todo el día, todos los días, para poder sobrevivir, teniendo como principal motivación para continuar subsistiendo en ese mundo la ilusión de volver a ver a aquella niña de quien se enamoró a primera vista cuando la conoció. El reencuentro lo pone a él como su salvador al defenderla de dos borrachos que la acosaban. Los maravillosos y únicos ojos dorados de Shiro hicieron que Kazumi lo reconociera y la amistad que habían forjado hace más de 10 años regresaría como si el tiempo no hubiera pasado para ellos. El volverla a ver le sirvió para afirmar su amor por ella y el volverlo a ver le sirvió para darse cuenta que había alguien en ese mundo que era capaz de amarla y que quería compartirlo todo con ella. Sin importar las diferencias entre ellos, ambos estaban dispuestos a dejarse llevar por los sentimientos que tenían uno para el otro, hasta que la noticia del verdadero origen de Shiro llegó. El joven huérfano que creció en la pobreza resultó ser el nieto de uno de los hombres más ricos de Japón y heredero de su fortuna al no haber otro descendiente varón a quien podría entregarle el legado familiar. La nueva vida de Shiro le permitió tener la ayuda que necesitaba para convertirse en el hombre digno de ganarse el amor de Kazumi, algo que esperaba hacer para poder confesarle lo que sentía por ella. Kazumi, con tantas dudas sobre su valor como mujer por los maltratos recibidos por su familia, quiso que él tuviera la oportunidad de conocer el mundo, conocer a otras maravillosas y bellas personas antes de decidir si era ella a quien quería como esposa. Pero ¿será bueno para ese amor, después de haberse mantenido tantos años alejados, esperar más tiempo para decidir si son el uno para el otro? El amante perdido, segunda novela de la serie narrativa Historias con un amante japonés llega para contarnos sobre el amor de Kazumi y Shiro, uno que nació en la inocencia, se fortaleció al ser el motor para seguir adelante y será la brújula para no volverse a perder en el camino de la vida. Obra registrada en SAFE CREATIVE Bajo el código 2304144047647 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ©

Capítulo 1 .

Kazumi tenía media hora de retraso. Un parto que se complicó terminó siendo una cesárea y no había cirujano disponible para atender la emergencia, por lo que ella se ofreció a hacerla, aunque su turno ya había terminado y sabía que llegaría tarde a la cena que la Familia Higuchi ofrecía por el cumpleaños de Yuki, el primogénito y mejor amigo de Naoki, su prometido.

Sin embargo, dos vidas estaban en peligro: una mujer que, si moría, dejaba en orfandad a una niña de tres años y a un hombre con el corazón destrozado al convertirse en viudo, y un bebé varón que aún no sabía nada de lo que le deparaba el futuro. Kazumi lo único que hizo fue priorizar entre dos vidas y la diversión, porque eso era lo que para ella significaba la cena por el cumpleaños de Yuki, decidiéndose por salvar a la madre y al bebé, evitando que una familia pierda a dos de sus miembros.

Para intentar llegar no tan retrasada Kazumi solo tomó una rápida ducha, se puso el vestido y se calzó los tacones que ya había preparado para esa ocasión. No tuvo tiempo para peinarse ni maquillarse. Al ser médica cirujana no solía usar esmalte en las uñas de las manos, por lo que estas no lucían tan femeninas y glamurosas con una estilizada manicura. Cuando llegó al restaurante en donde los padres de Yuki habían reservado todo el segundo piso para festejar el vigésimo séptimo cumpleaños de su hijo mayor, Naoki la esperaba en la puerta con un semblante que era una alerta de que nadie se le acerque porque estaba a punto de reventar por la ira que acumulaba al no poder ingresar a celebrar con su mejor amigo ya que debía esperar a su novia que aún no llegaba.

-Perdón por la tardanza, Naoki, pero se presentó una emergencia, una madre presentó complicaciones... -ella quería explicar la situación para que su novio pudiera comprender la importancia de lo que estuvo haciendo y por lo que llegó tarde, pero él la interrumpió bruscamente.

-¡Cállate, que no me interesa escuchar tus ridículas excusas! –dijo Naoki elevando la voz y haciendo callar a Kazumi-. No existe en este mundo nada que te justifique por haber llegado tarde. Hace dos semanas que te informé sobre la cena sorpresa que los padres de Yuki estaban preparando para celebrarle el cumpleaños número veintisiete, te pedí que organices tu tiempo porque era importante para mí que me acompañes, que todos nos vean juntos y felices ya que en tres meses nos casamos, pero una vez más me demuestras que no te importa absolutamente nada lo que yo siento, lo que yo quiero.

-Naoki, soy médica, cirujana, hubo una emergencia y ningún otro cirujano disponible. Si yo no me ofrecía a hacer la cirugía una madre y su bebé hubieran muerto. Ahora esa familia sonríe feliz porque han podido recibir a un nuevo miembro, y no están llorando porque deban hacer los funerales de dos de ellos –la voz de Kazumi denotaba tristeza. Ella amaba su profesión y sabía lo importante que era por las palabras de agradecimiento que siempre recibía de sus pacientes y los familiares de estos, pero parecía que, para la gente a su alrededor -sus padres, su hermana y novio- no significaba nada el hecho de poder salvar una vida.

-¿Y? ¿Tu profesión te impide que puedas cumplir con tus obligaciones? –Kazumi no entendió a lo que se refería Naoki-. Eres mi novia por encima de cualquier otra responsabilidad que tengas, y primero estoy yo con mis necesidades, luego todo lo demás –a Kazumi le pareció demasiado egoísta la manera de pensar de su prometido.

-Pero... -ella quería seguir insistiendo con el argumento de que una vida es más importante que cualquier reunión social o relación, intentando que Naoki se diera cuenta que hay cosas más trascendentales que sus necesidades de figuración social, pero él no dejó que hablara al empezar a criticarla.

-Pero nada, Kazumi. Tienes que comprender el sacrificio que estoy haciendo al aceptar casarme contigo –la médica puso cara de duda al no entender por qué sería un sacrificio casarse con ella-. Eres una mujer simple, sin gracia, nunca luces bonita ni arreglada, pareciera que vienes de una familia pobre que debe trabajar más de doce horas diarias para sobrevivir en vez de una pudiente y adinerada. Llevarte de mi brazo no me suma nada provechoso, ya que todo el mundo al verte comenta lo desarreglada que se te ve. Ahora mismo mira cómo has venido. Parece que unos pájaros hubieran hecho un nido sobre tu cabeza y luces demacrada sin nada de maquillaje. Y mejor no digo nada de tus manos, siempre llevas las uñas descuidadas –su lacio cabello oscuro se había alborotado un poco por el viento primaveral al abrir la ventana para que el aire circulara en el interior del vehículo, ya que el aire acondicionado estaba averiado. Su rostro lucía ojeras porque acababa de salir de una guardia de amanecida que duró más de la cuenta por los casos adicionales que tuvo que atender. Y sus uñas, pues, ella no podía tener de esas que son acrílicas, de más de cinco centímetros de largo y con aplicaciones de pedrería-. Mañana, a primera hora hablaré con tu padre para cancelar la boda –soltó Naoki y Kazumi dejó de mirar el suelo de la entrada al restaurante y se enfocó en él.

-¿Qué has dicho? –fue lo único que se le ocurrió decir en ese momento a la médica con mucha preocupación.

-Que no me voy a casar contigo.

-Naoki, este matrimonio ha sido concertado por nuestros padres para consolidar sus relaciones comerciales. Si no nos casamos, mi familia tendrá problemas, ya que tu padre ha puesto como condición para hacer al negocio del mío el principal proveedor de telares de su fábrica de muebles que se realice nuestro matrimonio.

-Debiste pensar en ello antes de llegar tarde esta noche.

-Naoki, por favor, recapacita. Entiende que mi labor es de servicio social, que debo estar disponible para ayudar a quien necesite ser intervenido quirúrgicamente de emergencia –ella trataba de mantener la calma, aunque desde que empezó a criticarla por su apariencia tuvo unas fuertes ganas de querer llorar al sentirse despreciada.

-Entonces mayor razón para que este matrimonio no se lleve a cabo –soltó Naoki y ella no supo qué decir-. Dentro de unos meses, cuando mi padre se jubile, seré el Director General de Muebles Yamazaki, y voy a necesitar que mi esposa esté dedicada a mí a tiempo completo. Luego vendrán los hijos, que serán el futuro de la Familia Yamazaki, por lo que necesitarán que su madre sea una mujer que se ocupe, críe y cuide de ellos sin anteponer a nada ni a nadie, que no sea yo, antes que ellos –Kazumi empezaba a llorar. Naoki pensaba que lo hacía porque se había enamorado de él, algo que le alimentaba el ego alzado que ya tenía, pero en verdad la médica lloraba porque lo que le estaba diciendo era lo mismo que en los últimos meses sus padres le estuvieron repitiendo sin cesar al verla que descuidaba la relación con Naoki por entusiasmarse con su carrera profesional. A Kazumi le dolía que nadie de su familia o círculo social cercano, como su prometido, pudieran reconocer que lo que hacía todos los días en el hospital donde trabajaba era de vital importancia.

-Naoki, por favor... -decía Kazumi apretando las manos que llevaba pegadas a su cuerpo mientras las lágrimas caían por su rostro. Ella estaba pensando en su padre, en lo que perdería económicamente al no tener la oportunidad de abastecer a una de las grandes empresas fabricantes de muebles en todo Japón, algo que para su progenitor era de vida o muerte.

-No me ruegues, Kazumi. La verdad es que nunca me gustaste. Te miro y como mujer no llamas mi atención. Como te dije, estuve dispuesto a sacrificarme por una cuestión de negocios, para hacerle un favor a tu padre que siempre ha sido muy atento con mi familia y conmigo en particular, pero no me iba a casar contigo por amor o por atracción. No seas ingenua y deja de pensar que un hombre como yo se iba a fijar en una mujer fea como tú.

Naoki dio media vuelta e ingresó al restaurante en donde se desarrollaba la cena en honor de su mejor amigo y dejó sola a Kazumi envuelta en un mar de lágrimas. La joven médica caminó hacia el chico del servicio de valet parking y le pidió su vehículo. El muchacho la miró con pena, ya que había escuchado todo lo que le dijo su novio. Al valet parking no le parecía que Kazumi fuera fea y que luciera descuidada. La joven tenía una muy bonita piel y sus rasgos naturales, sin nada de maquillaje, eran casi perfectos, además que su muy blanco tono de piel hacía un perfecto contraste con su oscuro cabello que caía delicadamente sobre sus hombros, que esa noche de primavera cercana al inicio del verano estaban desnudos por el corte del vestido que llevaba. Poniendo atención en su figura, el cuerpo de Kazumi no estaba nada mal. No sería como el de una protagonista de los manga o anime hentai –en la cultura manga y anime, el estilo hentai es el que retrata las escenas de relaciones sexuales de manera explícita, o sea, el manga o anime para adultos-, con unos enormes senos, pero lucía proporcionado, como el de una mujer y no el de una niña.

Ya en su auto, Kazumi se permitió llorar con aún más emoción. Con su tardanza acababa de hacer que su padre pierda una gran oportunidad que estuvo esperando por años, ya que el contrato con Muebles Yamazaki cubriría toda la planilla de su empresa, los gastos y costos mensuales y aún quedaba una muy buena ganancia, por lo que el resto de contratos que ya tenía asegurados con otras empresas más pequeñas eran ganancias fijas. Así su padre podría dejar de trabajar tan extenuantemente como lo había hecho los últimos diez años para sacar de la quiebra a la empresa familiar que heredó -la Importadora Shimizu- y que su tío Kenta, hermano menor de su progenitor, había puesto en riesgo por darse la gran vida y caer en vicios.

Esa misma noche, al llegar a la casa de la Familia Shimizu, Kazumi fue llamaba por su padre, quien se encontraba en el estudio. Kenzo Shimizu era un hombre que se sentía muy defraudado de su hija mayor, ya que pensó que todo el talento que había en ella serviría para hacer crecer el negocio familiar, pero los intereses de Kazumi no fueron los mismos que los de su progenitor, por lo que terminó estudiando otra carrera muy distinta a la de Administración de Negocios, Contabilidad o Economía, las cuales hubieran servido para los propósitos que tenía Kenzo.

-¿Qué ha sucedido con Naoki, Kazumi? –preguntó con notorio cansancio el padre.

-No pude llegar a tiempo para el inicio de la cena por la celebración del cumpleaños de su mejor amigo y... -Kazumi no podía continuar hablando. Aunque su padre fuera estricto con ella y nada cariñoso, ella se preocupaba por él y no quería darle una mala noticia al verlo extenuado por el arduo trabajo que realizaba, ya que él solo ejercía las labores de cuatro empleados, a quienes no podría pagar un sueldo porque aún debía aplicar políticas de austeridad para mantener a flote el negocio.

-¡Habla de una buena vez! –dijo Kenzo con notorio mal humor.

-Me dijo que mañana temprano hablaría contigo para cancelar la boda –la médica miraba el suelo de parqué del estudio mientras le daba la mala noticia a su padre.

-Sentí que estaba algo alterado, molesto, cuando hace una media hora me llamó para pedirme que lo atienda mañana a primera hora en las oficinas de la importadora –dijo Kenzo suspirando cansado-. ¿Sabes lo que pasará si no te casas? –Kazumi asintió con la cabeza-. ¿Y no pudiste esforzarte en hacer feliz a tu prometido? –a la médica le dolía que su padre la culpara por completo del fracaso de la relación que sostenía con Naoki, una que fue pactada por él y su par Yamazaki.

-Solo llegué tarde porque debí realizar una cesárea para salvar la vida de una joven madre y la de su bebé.

-¿Sabes cuál es tu problema? –dijo su padre y ella solo negó con la cabeza mientras seguía mirando el suelo de parqué-. Que pones a cualquiera por encima de tu familia –Kazumi sentía que las lágrimas llenaban sus ojos y que si pestañeaba iban a caer sobre ese bonito, brillante y nada barato de mantener en buen estado piso de parqué-. Tanto talento e inteligencia por las puras.

Kazumi tenía veintitrés años y tres especialidades médicas en su haber. Era un prodigio de la Medicina, superior a otros que ya habían enorgullecido a Japón con su buen desempeño en la investigación médica. Era la hija mayor de Kenzo y Akane Shimizu, con quienes no compartía nada en común. Su padre era un hombre que solo pensaba, hablaba y gustaba de los negocios que involucraban a su empresa, por lo que conversar con él se tornaba un poco difícil y tedioso para la médica. Y esto era así porque se había obsesionado tanto con no perder la importadora que su padre había dejado como única herencia para él y su hermano menor cuando este último la arriesgó por sus deudas de juego, práctica ilegal en Japón, pero eso no impide que los ampones que las cobran puedan quitarte lo que posees legalmente.

Por otro lado, su madre era una mujer que con un bajísimo promedio había culminado la escuela, así que no gustaba de leer ni estudiar, solo le importaba los vestidos, los accesorios de lujo y participar en todas las reuniones sociales posibles. Si con su padre podía hablar poco, con su madre no podía conversar en lo absoluto, ya que Kazumi no tenía tiempo para dedicarse a aprender sobre moda y seguirles el paso a los cambios que constantemente se dan en esa área. Mucho menos le interesaba saber sobre la vida de las demás personas de la alta sociedad, ya que ella creía que era de mala educación estar hablando sobre alguien que no está presente en la conversación y no puede defenderse o aclarar algún hecho comprometedor en el cual se le esté involucrando.

Con esos padres, ella se sentía extraña en su familia, en la casa que debería sentir como su hogar. En cambio, su hermana menor Suki era una digna hija de Kenzo y Akane Shimizu, ya que estudiaba Administración de Negocios y le encantaba estar a la moda y ser invitada a todos los eventos de la alta sociedad de Tokio, a los cuales no faltaba. Suki no era brillante como Kazumi, pero se esforzaba para conseguir sus objetivos, los cuales no eran muy ambiciosos. Ella solo quería poder casarse con un hombre adinerado, guapo y que sea bueno en la cama. Suki era de un carácter liberal, pero que aparentaba inocencia y candidez cuando en realidad era una mujer muy hábil en temas de alcoba. A sus veinte años ya había estado con varios hombres, pero ninguno tenía las tres características que buscaba en uno, por lo que se había mantenido soltera y nada interesada por pactar algún tipo de relación, hasta que conoció a Naoki, su futuro cuñado, en la intimidad. Suki era la más interesada en que el matrimonio de su hermana no se diera por dos motivos: porque quería a Naoki para ella y porque desde niña detestaba a Kazumi.

Suki era muy parecida a su madre Akane, gustaba de tener la atención de todos, pero cuando llegaba a la escuela, todos los maestros prestaban más atención a Kazumi que a ella porque la hermana mayor era un prodigio que los profesores querían poner a prueba en todo momento. Por ello la relación entre las hermanas fue siempre muy fría y llena de envidia por parte de la menor, pero todo empeoró cuando Kazumi aprobó el examen que decidió tomar incentivada por sus profesores, el cual ocasionó que a los doce años dejara el primer año de secundaria inferior para pasar al salón del último año de secundaria superior, graduándose de la escuela cinco años antes de lo debido. Que la foto de su hermana mayor saliera en los diarios y que la prensa televisiva la entrevistara por ser una niña genio, hizo que el rencor en Suki creciera desmedidamente porque su gran ego no soportaba que su hermana llamara la atención de todos y ella no.

-Disculpa, padre, que me entrometa, pero fue inevitable que pudiera escuchar la conversación que sostienes con mi hermana al estar la puerta del estudio abierta –empezaba a hablar Suki, quien no escuchó por casualidad, sino que lo hizo adrede porque sabe que cada vez que su padre pide hablar con Kazumi es para llamarle la atención, cosa que a la hija menor le fascina escuchar por la envidia que guardaba por su hermana mayor-. Si Naoki quiere cancelar el matrimonio con mi hermana, yo hablaré con él para convencerlo de que no lo haga.

-Mi querida Suki, ¿harías eso por papá? –preguntó Kenzo cansado, pero con un notorio amor en su mirada, algo que Kazumi nunca encontraba para ella en los ojos de su padre.

-¡Claro que sí, papito! Tú sabes que yo te quiero mucho. Sé lo que te esfuerzas a diario para sacar adelante a la importadora y quiero ayudarte a que ya no estés trabajando tan arduamente. Mereces poder relajarte y dedicarte a pasar más tiempo con tu familia –Suki se había acercado a su padre, tomado sus manos y dejado un beso en ellas. De reojo miraba a su hermana, quien no dejaba de mirar el suelo del estudio por lo apenada que se sentía. En su interior, Suki gozaba ver así a Kazumi, rebajada a la nada, un sentir muy insano en una relación entre hermanos, pero la hija menor de Los Shimizu era una mujer muy egoísta, vanidosa, déspota y malcriada, así que no se podía esperar que proviniera de ella algo diferente -. Ahora mismo me voy a comunicar con Naoki para consultarle cuándo podemos hablar de este tema, así tu cita de mañana con él se cancela.

-Gracias, hijita, mi niña bonita –soltó Kenzo besando las manos de Suki-. Deberías aprender de tu hermana menor, Kazumi, y ser un poco más empática con tu familia. Retírate a descansar, ya es hora de que todos lo hagamos –Kazumi solo pudo emitir un débil «lo siento mucho, padre», y se retiró del estudio.

Suki llamó a Naoki, quien le contestó casi de inmediato. Esos dos ya se habían conocido íntimamente hace un par de meses atrás, en el cumpleaños número veintitrés de la médica. El joven Yamazaki quería pasar la noche con ella, ya que, al estar comprometidos, era un hecho que se casarían, pero Kazumi no quiso, ya que no lo amaba y ella estaba completamente segura que solo después del matrimonio estaría obligada a tener que consumar la relación, pero no antes. El rechazo hizo que Naoki se llenara de ira y decidiera pasar la noche con la primera mujer que se le cruzara en el camino, la cual fue Suki. Desde esa noche la hija menor de Kenzo y Akane Shimizu supo que Naoki era el hombre que quería para ella, pero saber que debía casarse con su hermana por el bien de la empresa familiar la había contenido de hacer todo lo posible e imposible por impedir ese matrimonio, por lo que no desaprovecharía esta oportunidad que se le presentaba.

-¿A qué debo tu llamada, Suki? Has estado evadiéndome desde esa noche en la que fuiste mía –soltó Naoki con una voz ronca, deseosa por tener a Suki una vez más.

-Lo hacía porque el matrimonio con mi hermana era necesario para la tranquilidad de mi padre y estabilidad económica de mi familia, pero ahora que me he enterado de que quieres cancelar la boda, creo que es una oportunidad para decirte lo que quiero –dijo Suki sonriendo al escuchar que a Naoki ya lo tenía atrapado.

-Entonces no te detengas y dímelo.

-Te quiero a ti, Naoki Yamazaki. Desde que pasamos juntos esa noche no he podido dejar de pensar en ti –la melosa voz de Suki hizo que el interés que despertó en Naoki ardiera con más fuerza.

-Suki, paso por ti en media hora. Lo que tengas que decirme, quiero que me lo digas mirándome a la cara.

-Pero ¿y el cumpleaños de Yuki?

-Tu hermana ya se encargó de malograrme este momento junto a mi amigo, así que pudo excusarme diciendo que tengo que ir a verla. En media hora paso por ti. Espérame en la esquina posterior de tu casa, no quiero que me vean o reconozcan mi auto.

Esa noche nuevamente ese par se burlaba de Kazumi y se enredaban entre las sábanas del placer pecaminoso que era su romance, ya que todo comenzó por darle la contra a la médica, y algo que nace de la ira, la envidia, el rencor no es bueno ni puro. Suki convenció a Naoki a no cancelar la boda, sino a hablar con su padre para que realicen un cambio de novia. El joven Yamazaki estaba embrujado por la destreza de la hija menor de Los Shimizu en la cama que no dudó en aceptar lo que le pedía, y a primera hora de la mañana siguiente buscó a su padre para hablar sobre su futura boda. Al principio el padre de Naoki no quería dar su brazo a torcer porque lo normal era que él, al ser el primer hijo de su familia que se casaba, lo haga con la hija mayor de Los Shimizu, pero Naoki señaló un largo listado de motivos que tenía para no aceptar a Kazumi como su esposa, algo con lo que el padre estuvo de acuerdo, así que propuso cancelar la boda. Sin embargo, Naoki le dijo que no quería cancelarla, sino que cambiaran a la novia. Al padre no le pareció bien lo que pedía su hijo, pero considerando que así Kenzo Shimizu podría aún cerrar trato con él sin problemas terminó aceptando la propuesta de su hijo.

Esa mañana, Naoki y su padre se presentaron en la casa de Los Shimizu para hablar sobre el cambio de novia para la boda de sus hijos. El padre de Naoki expuso el deseo de su hijo por contraer matrimonio con una Shimizu, pero no con Kazumi, sino con Suki. «Ella heredará tu empresa por estar interesada en los negocios de tu familia, no como tu hija mayor que es médica, por lo que no seguirá con tu legado. Si Suki es la esposa de Naoki, mi hijo será quien dirija tu empresa, así nuestros negocios se unificarán y se harán más fuertes. Además, mi hijo será más feliz con Suki, quien es muy bella y atenta con él». Kenzo aceptó la propuesta sin pensar en los sentimientos de Kazumi, quien no amaba a Naoki, pero el que la estuvieran haciendo a un lado después de haber comunicado el compromiso de ella con el heredero Yamazaki a la alta sociedad de Tokio no la dejaba bien parada.

Kazumi estaba bajando las escaleras para irse a trabajar cuando vio a Naoki junto a su padre salir del estudio de Kenzo hablando muy alegres. Ella apuró el paso para saludar a su prometido y futuro suegro, ya que quería resarcir el error que tuvo la noche anterior para evitar que su progenitor se vea perjudicado. Naoki la miraba con desprecio y el padre de este con un poco de pena, ya que le hubiera encantado que esa joven tan talentosa sea parte de su familia, pero, tras escuchar los motivos de su hijo para despreciarla, entendió que ella no era la adecuada para brillar al lado de Naoki, ya que ambos estaban interesados en temas distintos. Kazumi iba a empezar a disculparse por lo sucedido anteriormente, pero su padre la detuvo, diciéndole que lo espere en su estudio mientras despedía a las visitas.

-El padre de Naoki ha venido a primera hora de la mañana a hablar conmigo sobre el cambio de novia para la boda –dijo Kenzo ni bien entró al estudio mientras caminaba para sentarse en su silla detrás de su escritorio. Kazumi lo miraba sorprendida, pero aliviada a la vez, ya que su padre no perdería el contrato que tanto esperaba concretar, aunque ella quedara como una repudiada-. ¿Entiendes que este cambio no te favorece en lo absoluto ante una futura posibilidad de conseguir un matrimonio para ti? –preguntó Kenzo mirando con algo de pena a su hija mayor, ya que al casarse la menor antes que ella no la dejaba en una buena posición ante el resto de familias de la alta sociedad japonesa.

-Eso es lo de menos, padre. Estaba preocupada porque perdiera el contrato por el cual ha luchado tanto, y me alegra saber que no será así –Kazumi tenía un noble corazón que nadie en su familia se merecía ni compartía con la joven médica.

-Bien, me alegra tu actitud de aceptación. Ahora puedes ir a hacer tu día. Debo comunicar el cambio a tu madre y a Suki, con quien tendremos que asistir hoy a la cena que Los Yamazaki ofrecerán para formalizar el nuevo compromiso. No te preocupes si no puedes participar de ella, ya que preferimos que no lo hagas porque puede ser incómodo para ti –sin decir más, Kenzo dejó su silla y se retiró del estudio. Kazumi juntó sus manos y agradeció que todo se haya solucionado favorablemente para su padre, para su familia y para ella, ya que aceptar casarse solo lo hizo por ayudar a Kenzo y que los suyos no perdieran las comodidades a las que estaban acostumbrados, mas no porque le interesara Naoki.

La mañana se desarrollaba tranquila. No hubo cirugías de emergencia, solo las programadas muy temprano para luego atender algunas consultas. Toda hacía ver que después del almuerzo podría dedicarle un par de horas al trabajo administrativo y de ahí a casa, a descansar. Sin embargo, después del almuerzo su hermana menor la estuvo buscando en el hospital, hasta que dio con ella, y si Suki quería hablar con Kazumi no era justamente para felicitar, halagar o compartir una buena noticia con la médica.

-Hasta que pude dar contigo –dijo Suki al ingresar al consultorio de Kazumi sin saludar ni agradecer a su hermana por dejarla pasar.

-El hospital es grande y nunca se sabe en donde voy a estar por las labores que tengo asignada –se excusó Kazumi lamentando una vez más no poder tener una bonita relación con su hermana menor.

-No he venido para hablar contigo sobre tu tan importante labor en este lugar. ¿Ya te enteraste de la buena nueva? –en el rostro de Suki se notaba las ganas que tenía de humillar una vez más a su hermana-. Hoy por la mañana el padre de Naoki habló con papá y le pidió que yo sea la novia con quien su hijo se case.

-Felicitaciones, Suki. Serás una hermosa novia –dijo Kazumi con una sonrisa e hizo una reverencia de 90° grados.

-¿Estás feliz por mí? No te creo. De seguro estás que revientas porque te quité a tu prometido, pero era algo que se veía venir, soy más bella y agradable que tú, cualquiera me prefiere a mí por encima de ti –decía Suki y Kazumi se imaginaba los recursos que su hermana había utilizado para convencer a Naoki de que ella fuera la nueva novia. La médica sabía de la vida lasciva que su hermana tenía a escondidas de sus padres, ya que, sin proponérselo, se topó con su historial clínico al hacer una auditoría al área de Ginecología, enterándose que su hermana ya se había realizado un aborto a los diecinueve años. Al ser menor de edad –la mayoría de edad en Japón es cuando se cumple los veinte años-, había falsificado la firma de su padre y reconocía el nombre del supuesto novio y padre de la criatura, el hijo de una familia reconocida que en ese momento tenía novia y ahora ya era un hombre casado. Todo lo que Kazumi sabía de Suki lo podía usar en su contra, pero ella no era como su hermana menor.

-En verdad que sí lo estoy, Suki. Naoki es un buen hombre que tiene muchas cualidades, pero no lo amo. Si acepté fue solo para ayudar a papá. En cambio, tú sí lo amas, así que serás feliz con él, y eso me alegra mucho –aunque Suki estaba obteniendo lo que quería, le molestaba que de alguna manera le estuviera haciendo un favor a Kazumi.

-Bueno, como sea. La boda será la fecha que ya estaba apartada, para no dilatar por más tiempo la firma del contrato que le interesa a papá. Esta noche será la cena entre ambas familias, pero te pido que no asistas, evítate ese mal momento. Con mamá ya nos comunicamos con el atelier que estaba preparando el vestido, ya que ahora será mío. Siento mucho tener que casarme primero, hermanita, pero así tenía que ser. La más bonita siempre es la que debe obtener lo mejor de lo mejor –dijo Suki y caminó hacia la puerta del consultorio-. Ah, y la lista de invitados cambiará, obviamente. Ya no necesitamos comunicar la unión de las Familias Yamazaki y Shimizu a tanto médico, solo a lo selecto del empresariado de Tokio. Ahora me voy, tengo mejores cosas que hacer que estar perdiendo mi tiempo contigo, hermanita –y Suki salió del consultorio sin decir más. «No sé por qué presiento que este nuevo compromiso me va a causar más sufrimiento que cuando yo era la novia», se dijo a sí misma Kazumi y continuó realizando su trabajo administrativo.

Capítulo 2 .

Tres meses eran los que faltaban para el día de la boda desde la noche en que Los Shimizu y Los Yamazaki se reunieron para cenar y comunicar a sus familias el cambio de la novia. A la madre de Naoki no le agradaba Suki, pero el ver a su hijo feliz, algo que no aparentaba al lado de Kazumi, hizo que acepte a la nueva novia. Al enterarse las amigas de Suki que esta se casaría pronto llegaron a la casa de Los Shimizu al día siguiente para felicitar a la dichosa prometida.

La hija menor de Los Shimizu sonreía conteniendo las ganas de reír socarronamente, ya que quería burlarse de su hermana en todo momento, pero se controlaba porque nunca ella debía quedar como la mala de la película. Sus amigas, pobres niñas sin cerebro ni mayor aspiración que la de conseguir esposo adinerado, la llenaban de halagos y buenos deseos.

Esa mañana empezaba el día libre de Kazumi, algo que no se daba muy seguido porque la médica ofrecía sus días de reposo a realizar alguna actividad de ayuda social que manejaba el hospital donde trabajaba, pero ese día quería relajarse, ya que la tensión que sufrió al creer que por su culpa su padre perdería el contrato de su vida la había afectado, pero no contó con que las malcriadas de las amigas de su hermana llegarían para malograrle el día de descanso. Aprovechando que el clima se tornaba más cálido, la médica vistió un bikini azulino que le lucía muy bien y fue a la piscina a nadar un rato, luego tomaría un poco de sol y leería un libro. Su hermana, quien la vio disfrutando sola de ese relajante momento de esparcimiento decidió que debía alegrar su día arruinando el de Kazumi.

Suki y sus amigas caminaron hacia la piscina para tomar unas bebidas mientras se relajaban apreciando la belleza del jardín posterior de la casa de Los Shimizu, pero al ver a Kazumi, a quien le quedaba muy bien ese bikini, mejor que a muchas de ellas, cuyos cuerpos parecían de pequeñas púberes sin desarrollar, decidieron empezar a fastidiar a la médica, a quien su educación y buen corazón le impedía ignorar a las arpías amigas de su hermana menor. Kazumi las saludó con un «buenos días» y una ligera reverencia, ya que ellas eran menores, pero estas, con un ego por encima de los límites de normalidad, creían que la médica las saludaba no por ser educada, sino porque ellas eran superiores, cosa que solo en sus pequeños cerebros podría concebirse, ya que ellas, en su mayoría sin estudios, solo esperaban que llegue el día en que se oficializaran sus matrimonios y así ser alguien en la vida, puesto que no tenían talentos ni ambiciones que las hicieran llamativas ante la comunidad.

-¿Y tú qué haces aquí? –soltó una de las amigas de Suki-. Pensé que en tu grandioso trabajo no te daban días libres.

-Sí tengo días libres, pero suelo ofrecerlos para el voluntariado, excepto hoy que sí necesitaba descansar un poco –respondió educadamente Kazumi, algo que esas tipas no se merecían.

-¿Es un Roxy? –preguntó otra de las amigas por el bikini que lucía Kazumi, quien asintió con la cabeza-. Demasiado bikini para tan mal lucido cuerpo –dijo y todas empezaron a reír.

-Déjenla en paz –dijo Suki y Kazumi por un instante pensó que su hermana la defendería del ataque de sus amigas-, ya bastante tiene con haber sido despreciada por Naoki y su familia –agregó Suki y todas rieron. Sin muchas ganas de seguir sufriendo los ataques de esas mujeres, Kazumi tomó sus cosas y se retiró hacia su habitación.

Kazumi no entendía por qué, desde niña, recibía maltratos de Suki. Ella sabía que su hermana era de esa clase de personas que necesitan llamar la atención y acapararlo todo para sentirse bien, pero de ahí a ser rencorosa porque ella pudo aparecer en televisión o en los diarios y revistas por las entrevistas que le solicitaban al ser interesante para el público la difusión de sus logros académicos y los descubrimientos médicos que iba alcanzando, no tenía sentido. A la médica ni siquiera le gustaba ni la pasaba bien cuando era entrevistada o tenía que participar en una sesión de fotos para algún medio escrito, pero eso era algo que su hermana nunca sabría, ya que ellas no eran de hablar ni de compartir momentos juntas.

Aunque toda su vida se sintió sola en esa casa, ya que ni sus padres ni su hermana compartían algo de interés con ella, Kazumi no podía abandonar ese lugar en donde creció. Desde que inició la residencia en el Hospital Mayo Clinic -en Jacksonville, Florida, Estados Unidos-, empezó a amasar su propia fortuna, ya que no era de gustos lujosos ni de ostentar ante los demás. No manejaba un deportivo ni vestía prendas de marcas exclusivas, tampoco era de comprarse joyas o accesorios caros, así fue como en su cuenta de ahorros en el banco tenía una suma de seis ceros a la derecha, en dólares americanos, que su familia desconocía. Con todo ese dinero podría comprar su propio espacio e iniciar una vida lejos de ellos, pero Kazumi, por más que viera el rencor en los ojos de Suki, el desprecio en los de su madre y la decepción en los de su padre, no podía sentir lo mismo por ellos. Para ella, ellos eran su familia.

El tiempo pasó entre las vociferaciones de la madre Shimizu y Suki sobre los preparativos de la boda. La ilusión que mostraba su progenitora no la había visto cuando ella era la novia, algo que la entristeció. Su padre cada día lucía menos cansado al haber contratado a dos profesionales para que se hicieran cargo de una parte del trabajo que él realizaba en la importadora. En algún momento se tuvo que ver cara a cara con Naoki, quien la miraba con una sonrisita de burla en el rostro y cada vez que podía besar a Suki lo hacía mirándola a ella. Kazumi sabía que su exnovio nunca entendió que ella no estaba enamorada de él, pero no haría nada para romper con esa idea, ya que, si él se sentía mejor pensando que había alguien sufriendo por su causa, pues que así lo creyera, a ella no le haría daño. O eso pensó.

A una semana de la boda, Kenzo les da la noticia de que Naoki se mudaría a vivir con ellos en vez de ser Suki quien lo haga hacia la Mansión Yamazaki. Todo hubiera estado bien si días previos Naoki no hubiera llegado al hospital donde trabajaba Kazumi para hacerle una propuesta nada agradable.

-¿Puedes repetir lo que acabas de decir? –pidió Kazumi pensando que había escuchado mal.

-Que si quieres podemos ser amantes –ella no salía de su asombro al escucharlo nuevamente proponerle algo tremendamente irracional.

-¿Por qué yo querría ser tu amante? –preguntó Kazumi sin aún entender la lógica en la que se había basado Naoki para proponerle tremenda estupidez.

-Por cómo me miras cada vez que me ves con Suki –definitivamente el ego inflado de un hombre puede hacer que no vea de manera correcta la realidad. Ella nunca coqueteó ni mostró interés por él, ¿acaso era incapaz de ver que ella estaba feliz de no ser la mujer que estuviera comprometida en matrimonio con él?

-Naoki, creo que te estás confundiendo. Tú a mí no me gustas. Por eso estoy contenta de que te cases con mi hermana, así no estoy obligada a compartir mi vida con alguien solo por ayudar a mi padre –Kazumi estaba siendo muy sincera en ese momento que explicaba sus sentimientos a Naoki, pero este, egoísta y vanidoso, no entendería.

-Comprendo que te tienes que hacer la difícil porque no se te ha hecho fácil aceptar que te dejé por tu hermana, pero ella me convenía más al ser bella y estar dispuesta a dedicarse a mí.

-Naoki, escúchate. Ella es bella, yo no lo soy. Me lo has dicho miles de veces, que no soy una mujer femenina ni llamativa, ¿por qué querrías que fuera tu amante?

-Porque creo que tienes potencial y yo lo quiero descubrir –Naoki empezaba a encapricharse con Kazumi tras el comentario que hiciera un amigo extranjero de Yuki.

La Familia Tanaka celebraba los cincuenta años de la amada esposa y habían participado de la reunión a todas las familias de su círculo social, entre ellas a Los Shimizu, pero más por Kazumi, quien era la médica que salvó la vida del menor de los nietos que padecía de leucemia, enfermedad que habían mantenido en secreto. En esa oportunidad, Kazumi asistió acompañada de otros médicos que eran parte del grupo que ella lideraba en la investigación sobre células madres, cuyos avances ayudaron enormemente al nieto Tanaka. Esa noche, la médica sonreía y lucía un brillo singular al estar rodeada de personas con quienes se sentía a gusto. Un atractivo suizo, amigo de Yuki, no dejaba de mirarla embobado, algo que todos notaron cuando preguntó por ella. A Naoki le sorprendió que un hombre como él se sintiera atraído por Kazumi, ya que el extranjero era de buena apariencia y llamaba la atención de todas las mujeres presentes en la reunión. Cuando Yuki le dijo que no valía la pena estar detrás de ella porque solo tenía tiempo para su profesión, el suizo se lamentó que así fuera, y empezó a describir la belleza que encontraba en sus facciones, en sus dulces e inocentes expresiones, en su femenino movimiento, con ese bonito cuerpo que ocultaba tras un vestido nada favorecedor porque es obvio que no quería llamar la atención. Naoki escuchaba lo que el extranjero decía mientras miraba a Kazumi, y al haber estado tan cerca de tener una joya que se mantenía oculta, quiso que sea suya otra vez.

-Lo siento, pero no estoy dispuesta a ser la amante de nadie –dijo con un tono muy serio y directo Kazumi, con una postura autoritaria que nunca le había visto usar.

-Piénsalo. Sé que nos la vamos a pasar muy bien. Tu hermana ni cuenta se dará al entretenerla con una tarjeta de crédito ilimitada. Yo puedo venir al hospital y después de pasar un buen rato en este espacio podríamos irnos a otro lado. Tengo un apartamento de soltero que haríamos nuestro nido de amor y sé que te encantará sentir la emoción de vivir algo prohibido conmigo –Naoki se acercó lo suficiente a Kazumi para acariciar la mejilla de la médica, pero esta golpeó la mano de su casi cuñado y lo alejó.

-Te quiero fuera de mi consultorio ahora mismo, Naoki Yamazaki –dijo Kazumi molesta. El joven sonrió de lado, dejó el asiento en el que se encontraba enfrente de la médica y se dirigió hacia la puerta.

-No creas que no seguiré insistiendo, Kazumi. Han hecho que mi interés por ti despierte y no voy a parar hasta conseguir lo que quiero –después de decir eso, Naoki cerró la puerta y Kazumi quedó a solas en su consultorio.

Kazumi protestó ante sus padres y hermana al escuchar que Naoki sería quien se mude a la casa de Los Shimizu. Era la primera vez que la médica no acataba una decisión que avalara su padre, algo que llamó la atención de todos. Y Suki aprovechó para hacer que Kazumi quede mal parada ante sus progenitores.

-¿Qué sucede, hermanita? ¿Acaso quieres que me vaya y, con el tiempo, la casa sea solo para ti? –acusó Suki de esta manera a Kazumi de querer quedarse con la propiedad que sería la herencia de ambas.

-No es eso, es que lo normal es que la mujer deje a su familia y se una a la de su esposo.

-Pero eso no será así en esta oportunidad. Naoki no quiere que Suki viva en la Mansión Yamazaki porque sus tres hermanos menores estarán ahí, y al tener una esposa joven y bella no quiere malos entendidos ni situaciones comprometedoras –explicó Akane los motivos que tenía el futuro esposo de su hija para no habitar en la casa de la Familia Yamazaki.

-¿Y yo, qué? Ante la lógica de Naoki, ¿que el venga a vivir a esta casa no es una situación incómoda para mí? –soltó Kazumi molesta porque el muy miserable de su casi cuñado estaba armando la situación propicia para tener que verlo todos los días y a cada momento.

-¿Te atreves a insinuar que mi Naoki podría faltarte el respeto? –preguntó burlonamente Suki-. Es más probable que seas tú quien empiece a estar detrás de mi esposo. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta de cómo lo miras? –insinuó Suki y la paciencia de Kazumi se agotó.

-¡Bien! Hagan lo que quieran, que venga a vivir quien quiera a esta casa. Yo me voy –dijo la médica y caminó hacia su habitación, sin importarle que su padre le exigía que se detenga y regrese a continuar con la conversación.

Encerrada en el espacio en que podía estar libre de su familia empezó a buscar la tarjeta de presentación del corredor de bienes raíces que le había ofrecido sus servicios y un buen trato si alguna vez lo necesitaba tras haber salvado la vida de su madre hace meses atrás. Lo llamó y le pidió que encontrara lo más pronto posible una propiedad en donde una mujer sola pueda vivir cómoda y segura, que esté cerca al hospital donde trabajaba y que el edificio o condominio cuente con una administración que le pueda brindar servicios domésticos de calidad. Tres días después Kazumi estuvo visitando junto al corredor tres propiedades, quedando encantada con el penthouse ubicado en un exclusivo edificio en el barrio de Ginza. Aunque la zona era de alto tráfico y continuo movimiento por ser comercial, la propiedad contaba con aislamiento sonoro, por lo que quien la habitara no sufriría el estrés del ruido de las trajinadas calles. Después de coordinar con el banco la transferencia del importe total del costo del penthouse, firmó el contrato de compra-venta y Kazumi acababa de adquirir su primera propiedad.

Un día antes de la boda hizo sus maletas y se trasladó a lo que sería su nuevo hogar. Quiso despedirse de sus padres, pero ninguno le prestó la debida atención porque se sentían ofendidos, como si el no querer compartir el mismo espacio con quien hasta haces unos meses atrás iba a ser su esposo estuviera mal, claro que ellos no sabían de la propuesta indecorosa que le hiciera Naoki a su hija mayor, pero igual no le creerían si se los dijera. Así fue como Kazumi dejó el hogar paterno para ir al suyo propio y comenzar una nueva vida, la cual esperaba que fuera mucho mejor que aquella que había tenido durante sus primeros veintitrés años al lado de su familia.

Ya instalada en el penthouse recibió una llamada de Suki. Su hermana menor se escuchaba triste y sentida sobre el no haber podido despedirse de ella antes de que abandonara el hogar en donde crecieron juntas. A Kazumi le sorprendió muchísimo escuchar a Suki con pena porque ya no la vería más por los rincones de la casa Shimizu, pero a la vez se alegró al pensar que quizás su hermana empezaba a extrañarla y que así la relación entre ellas podría mejorar. Ella había decidido no asistir a la boda, pero Suki le pidió que no olvidara acompañarla durante la ceremonia y en la celebración, lo que haría que la médica cambiara de opinión al no dejar de ir al casamiento de su hermana menor, aunque el novio sea Naoki.

Había separado un turno en un salón de belleza para que le ayudaran a arreglar su cabello y le hicieran un adecuado maquillaje para la ocasión, ya que no quería lucir mal el día de la boda de su hermana, para que Suki se sintiera orgullosa de ella. Sin embargo, un gran accidente de tránsito, por un problema en los frenos de unos de los vehículos que ocasionó un aparatoso choque que afectó a más de diez autos, llevó al hospital donde trabajaba a cuatro pacientes de gravedad que necesitaban ser intervenidos quirúrgicamente con suma urgencia, por lo que no pudo salir a la hora que había planeado y perdió su turno en el salón de belleza.

Con apenas el tiempo justo pudo llegar a su apartamento para ducharse y vestir el atuendo que había planificado para esa tarde. Manejó apuradamente hacia la iglesia católica en donde sería la boda, ya que Suki quería vivir una boda occidental, aunque no fueran los novios practicantes de esa creencia religiosa. Temiendo no lucir a la altura que la majestuosa celebración ameritaba, rogó porque nadie la notara, pasar desapercibida y no avergonzar a su hermana, quien estaba empezando a sentir cariño por ella. A la ceremonia llegó retrasada, por lo que nadie notó su presencia al sentarse en una de las últimas bancas del recinto religioso. Cuando era el momento de que los novios salieran y arrojar sobre ellos el arroz y pétalos blancos que simbolizaban la dicha, prosperidad, felicidad y buenaventura en el matrimonio, mantuvo su bajo perfil al mezclarse entre los empleados de la iglesia que se unieron a los invitados a la boda para lazar a los novios aquellos detalles que le deseaban lo mejor para esa nueva etapa que juntos comenzaban.

Al llegar a las instalaciones del hotel cinco estrellas en donde se realizaría la celebración de la boda, Kazumi se dirigió hacia la habitación en donde su hermana, junto a su madre y amigas, estaba preparándose para hacer su gran ingreso al salón de la fiesta. Ella entró ilusionada de poder abrazar a su hermana menor para desearle que sea muy feliz, para decirle que ese día no solo comenzaba su nueva vida como una mujer casada, sino que podría empezar también una mejor relación entre ellas. Kazumi, con su inmenso corazón, uno demasiado bondadoso y puro, había creído que su hermana en verdad la extrañaba, por lo que fue a verla el día de su boda, sin saber que en realidad todo era una vil mentira para hacer que vaya y dejarla en ridículo.

-¿Así que mi voz sentida y quejidos triste sí te convencieron y viniste? –dijo Suki con una sonrisa burlona-. ¿Cómo se te ocurre que querría que vinieras si siempre luces así de desaliñada? Me avergüenzas –Akane miraba seria la escena, pero en ningún momento intentó que Suki no abusara de Kazumi.

-Lo siento, hermana. Hubo un serio accidente de tránsito y necesitaban mi ayuda, por ello perdí la cita en el salón de belleza. No debí venir –dijo Kazumi apenada porque avergonzaba a su hermana.

-Al menos no has perdido tu dinero tratando de que te hagan lucir bien porque eso es imposible –soltó una de las amigas de Suki y todas rieron, excepto Akane.

-¿Y en dónde compraste ese vestido? Definitivamente no tienes buen gusto para nada –señaló otra amiga de la novia. En verdad el vestido de estilo grecorromano le quedaba muy bien a la médica, se amoldaba perfectamente a su cuerpo y resaltaba sus pechos, pero esas envidiosas nunca le dirían la verdad a Kazumi.

-Es una dicha para la Familia Yamazaki que Naoki abriera los ojos y decidiera cambiar de novia, sino el pobre estaría uniendo su vida a este desastre de mujer –mencionó otra de las amigas, haciendo que continúen las risas burlonas en contra de Kazumi.

-Pensé que en verdad me extrañabas, hermana, que el no verme en el hogar donde crecimos juntas te afectaba, que por fin te dabas cuenta que podemos llevarnos bien y tener una bonita relación fraternal –dijo Kazumi aguantando las ganas de llorar al sentirse atacada por los comentarios que soltaban sobre ella.

-Ingenua Kazumi –dijo Suki acercándose a la médica con una notoria pose de superioridad-. ¿En verdad creíste que algún día yo podría voltear a mirarte y desear tener una buena relación contigo? Ni en tus sueños ni en mis pesadillas, hermanita. El agua y el aceite no se mezclan, así como nosotras nunca vamos a tener una relación amical. Perdiste la oportunidad de ser mi amiga cuando decidiste destacar y opacarme. Recuerda que yo soy la bonita, la mujer a la que todos envidian y voltean a mirar, pero tú empezaste a llamar la atención al ser inteligente y logrando proezas académicas que yo no podía alcanzar, todo por querer estar por encima de mí.

-¡Eso no es verdad! –protestó Kazumi llorando-. Yo nunca quise quitarte la atención de nadie, pero tampoco podía dejar de ser yo, no podía matar mi talento, lo único que tengo y hace que sea Kazumi Shimizu.

-¡Eres patética, egoísta y una mala hermana mayor! –el narcicismo de Suki no le permitía ver que la patética, egoísta y mala hermana era ella por no aplaudir el talento de Kazumi, uno muy diferente a los que ella tenía, pero que no descubriría al ser un ser banal.

-Suki, yo solo quería desearte que seas muy feliz –dijo Kazumi extendiendo los brazos, pidiéndole a su hermana menor un abrazo, pero lo único que obtuvo de ella fue un durísimo jalón de cabellos y que rompiera una de las tiras de su vestido.

-Trágate tus palabras, sé que son falsas. Y ahora lárgate, que me avergüenzas. Este es mi día, mi momento, y no quiero que me lo arruines –Kazumi no sabía qué hacer, estaba tan dolida que no atinaba a moverse-. ¿Acaso eres sorda? ¡Lárgate de una buena vez! ¡Tú no eres mi hermana, no eres nada mío!

Y con el corazón destrozado por una de las personas que más amaba y en quien quiso confiar, Kazumi salió corriendo de las instalaciones del hotel. En su llanto por el dolor que sentía, olvidó que tenía su auto aparcado en el estacionamiento del hotel y se alejó corriendo del lugar. Como la gente que andaba por ahí empezaba a mirarla de manera extraña y comentaba sin saber lo que le ocurría, empezó a dirigir su andar hacia calles apartadas de la gran avenida en donde se encontraba el hotel del cual quería alejarse lo más rápido posible. Estuvo corriendo sin rumbo y llorando amargamente por varios minutos, hasta que el tropezar con su mismo vestido la hizo caer sobre el asfalto de la calle y detenerse. Al levantar la mirada y darse cuenta que no sabía en dónde se encontraba, la joven médica sintió un poco de miedo. Tokio podía ser una ciudad segura, pero había zonas en las que podías toparte con gente nada agradable, dispuesta a hacer bastante daño a aquel que vieran indefenso, y ella, en ese momento, era una presa fácil.

Al no tener consigo su celular y poder chequear el GPS para saber hacia donde moverse, empezó a caminar abrazándose a sí misma para sentirse segura. Había caminado un par de cuadras cuando de un pasadizo salieron un par de hombre de aspecto sucio y que se notaban que habían bebido más de la cuenta. Kazumi hizo como que no los vio y siguió su camino, pero esos hombres no iban a dejar que se vaya así nomás esa hermosa mujer que andaba con un vestido que marcaba muy bien su figura, una que hacía que la lascivia de esos asquerosos hombres despierte.

-¿A dónde vas, preciosa? ¿Acaso estás perdida? –preguntó el más alto de esos extraños.

-Vamos, belleza, no nos ignores que podemos ayudarte a sentirte segura a nuestro lado –dijo el otro más pequeño, pero que se notaba que era el peor de ese par porque empezó a jugar con un cuchillo que sacó de uno de los bolsillos de sus pantalones.

-Oye, guarda eso, que la vas a asustar –dijo el alto al ver a su compañero con el arma cortopunzante en la mano.

-¿Esto? No, preciosa, que no te asuste, a ti no te haría daño, es solo para protegernos del mal que hay por aquí –Kazumi empezó a caminar un poco más rápido. Quería correr, pero el tobillo le dolía un poco tras la caída que sufrió y sabía que esos hombres podrían alcanzarla sin problemas-. Vamos, bonita, ven con nosotros, la vas a pasar bien –dijo el bajito del cuchillo y se acercó lo suficiente para tocarle el brazo.

-¡No me toque! –gritó Kazumi notoriamente asustada.

-¡A mí nadie me da órdenes, mujer! –dijo el más pequeño y se acercó lo suficiente para meter su mano entre las piernas de Kazumi. La médica gritó un fuerte «¡suéltame!», aterrada por como ese hombre se atrevió a tocarla de esa manera. En eso, sin que se lo esperara, el hombre que la estaba atacando se alejó bruscamente de ella. Por la fuerza, ella cayó sentada, pero no se golpeó contra el pavimento, ya que un cuerpo la sostuvo y la ayudó a apoyarse en el suelo sin que se hiriera.

Al abrir los ojos, porque por el miedo que sentía los cerró con mucha fuerza, vio a un tercer hombre que peleaba contra los dos borrachos que la estaban molestando. El primero en alejarse corriendo fue el ebrio más alto, pero el pequeño, envalentonado por el cuchillo que portaba, se quedó a darle pelea a quien salió en ayuda de Kazumi. Al principio el agresor de la médica parecía que podría dejar mal herido a su defensor, pero este sabía pelear y desarmó al borracho, luego le propinó un par de patadas, una en el estómago y otra en la cara, lo que hizo que el tipo cayera aparatosamente, golpeándose la cabeza contra la acera y perdiera momentáneamente el conocimiento.

-¿Se encuentra bien? ¿Acaso la hirieron? –preguntó el defensor de Kazumi, quien resultó ser un joven hombre que ella calculaba que tendría la edad de Naoki por la fuerza de su voz y la complexión atlética que tenía. Al mirar el rostro de su defensor se encontró con unos bonitos y muy llamativos ojos dorados. ¿Un japonés de ojos dorados? Eso es algo muy inusual, ya que en esa raza no es común encontrar a alguien con ojos del color de la mezcla perfecta entre el tono de la miel y el brillo del sol. Y el recuerdo de ese par de ojos que por primera vez vio, hace once años atrás, cuando apenas era una niña de doce años, llegó, y con él el nombre de ese amable, muy educado y guapo adolescente a quien llegó a considerar su amigo, a quien ayudaba a estudiar cuando iba a la casa de su amiga Reiko cada vez que podía, secreto que le guardaban su chofer y su guardaespaldas.

-¿Shiro? –Kazumi soltó ese nombre esperando que quien tenía enfrente de ella sea en realidad el amigo de la adolescencia que no pudo volver a ver porque sus vidas dieron giros inesperados cuando ella terminó la escuela y él no tuvo un lugar seguro en donde quedarse a vivir.

-¿Kazumi? –la voz de él pronunciando su nombre le sonó muy dulce. Si supiera que para él escuchar su voz mencionando el suyo le pareció como si un ángel lo estuviera llamando. La médica, que no dejaba de temblar, se aferró al cuerpo de su amigo reencontrado con un abrazo que él respondió sin dudar-. Tranquila, todo está bien, estás a salvo –decía él mientras acariciaba sus cabellos, esos hermosos cabellos oscuros de la muchacha con la que soñaba todas las noches, esperando algún día volverla a ver. Y ese día al fin llegó.

Capítulo 3 .

Cuando Kazumi empezó el primer año de secundaria inferior sus profesores no necesitaron más que un solo día para darse cuenta que esa niña perdería su tiempo cursando normalmente esos años de estudio hasta terminar la escuela. Así fue que hablaron con el Director del plantel para proponerle que solicite un examen diagnóstico escolar para Kazumi, ya que estaban seguros que la niña ya tenía los conocimientos del nivel secundaria inferior y superior por completo.

Y es que en sus tiempos libres y vacaciones ella se encerraba en la biblioteca de su casa y leía todos los libros que podía, por lo que aprendió antes de ir a la escuela todo sobre las materias que le impartirían durante los años de secundaria. El director aceptó la propuesta y dos días después estaban los representantes del distrito escolar en las instalaciones del colegio listos para aplicar el examen.

Kazumi no dudó en aceptar el ser evaluada por los representantes del Ministerio de Educación y sus padres no se pudieron negar presionados por el revuelo que despertó entre las importantes familias de su círculo social la posibilidad de que tuvieran una hija genio. Suki detestaba que su hermana acaparara la atención de todos y que a donde fuera acompañando a su madre alguien tuviera que preguntar por Kazumi. Tras dar el examen, el cual terminó mucho antes del tiempo estimado, indicaron que ella ya estaba preparada para dejar la escuela y empezar la universidad, pero los pedagogos opinaron que al ser apenas una niña sería mejor que ese año cursara con los alumnos de la última clase de secundaria superior y de ahí fuera a la universidad, de paso que se acostumbraba a tener que estudiar con adolescentes mayores cuando ella apenas era una púber. Así Kazumi dejó a sus compañeros con los que había compartido el nivel elemental para pasar al salón donde los alumnos de la última clase de secundaria superior desarrollaban los cursos.

Sus nuevos compañeros no fueron tan amables como la niña prodigio se lo esperaba. Estos se burlaban de ella y solían hacer comentarios en doble sentido sobre su aún no formado cuerpo, los cuales ella no entendía. Al no maquillarse ni buscar estar cerca de los chicos era discriminada por sus compañeras, y los muchachos simplemente la ignoraban a no llamar su atención. Consciente de que era completamente imposible que pudiera tener un buen trato con sus compañeros al tener intereses diferentes porque las edades de ellos fluctuaban entre los diecisiete y dieciocho años, mientras que ella apenas había cumplido los doce, Kazumi no se preocupó en lo que pensaran ni dijeran, sino en terminar ese año escolar, el último que tendría, con la mejor calificación, no de la clase ni del distrito, sino de la ciudad.

Al demostrar que por más ofensivos que fueran, ella no retrocedería en su objetivo de ser la mejor de la clase, poco a poco dejaron de fastidiarla y más bien empezaron a admirarla, pero no intentaron acercársele porque Kazumi no permitía que lo hicieran al ser cortante con todos ellos, excepto con una compañera que desde el primer día que llegó a ese salón le mostró que sí estaba interesada en su amistad: Reiko Itakura. La escuela de la niña prodigio era privada, una de las mejores del país, en donde los muy adinerados o los muy talentosos podían estudiar. Reiko era del grupo de los talentosos al estar ahí por una beca, por lo que sabía lo que significaba ser diferente, más ella cuando su familia ni siquiera era de escala media en la sociedad, sino que eran pobres. La muerte de su padre dejó a su madre y a ella en una situación precaria, en donde sobrevivir no era fácil, pero Reiko resultó ser una alumna brillante, dedicada y disciplinada, por lo que pudo ganar una beca y estudiar los seis años de educación secundaria en esa escuela. Claro está que por ser la chica pobre de la clase no era bien vista ni la más popular, pero la respetaban por tener un carácter decidido que la hacía ser una excelente oradora y la campeona distrital en esa arte.

Reiko y Kazumi pasaban el tiempo juntas durante el almuerzo y los minutos de descanso; hacían los trabajos grupales juntas y solían hablar sobre otros temas, como sus autores favoritos, su música predilecta y otros pasatiempos que tuvieran. Así la amistad nació entre ellas y pudieron contarse algunos secretos, como que Reiko aún extrañaba a su padre, aunque este haya fallecido hace ocho años, y que a Kazumi le dolía no poder tener una relación bonita con su hermana y con su madre, ya que ambas no gustaban de lo mismo que a ella le interesaba. Reiko se dio cuenta que el dinero no era lo que hacía feliz a las personas al encontrar tanta tristeza en Kazumi, y esta comprendió que, por más que el tiempo pase, hay personas que nunca se dejan de extrañar.

Dos meses después de haber iniciado las clases, los mejores alumnos de cada salón debían quedarse y reunirse para coordinar con los profesores la participación de la escuela en las competencias académicas anuales. Así fue que el tiempo se extendió y pasaban de las 9 pm cuando se desocuparon y pudieron ir a casa. Todos los alumnos no presentaban problemas para ir a sus hogares, excepto Reiko, que vivía en una zona no muy bonita ni segura cerca de Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. Ahí solían llegar gente apegada al mal vivir, a los placeres pecaminosos, a los vicios, por lo que podían ser peligrosos al no haber forjado el carácter adecuado para contener el grado de maldad que pudieran guardar en su interior. Reiko jamás le diría a Kazumi que tenía miedo de llegar a esa hora a su casa porque al ser mayor debía mostrar seguridad y valentía, pero la niña prodigio se imaginaba lo que su amiga sentía y le preguntó si podía conocer su casa al llevarla hacia ella en el auto que manejaba el chofer y acompañaba el guardaespaldas que su padre dispuso para ella. Reiko no se negó, aunque fue muy categórica al afirmar que a dónde irían no era un bonito lugar. «Siempre he creído que la belleza de un lugar lo determina la clase de personas que encuentras ahí, así que tu hogar debe ser un espacio agradable y acogedor», respondió Kazumi a la advertencia de su amiga, y tras agradecer con la mirada las palabras de la niña prodigio enrumbaron sonriendo hacia la casa de Reiko.

Al ingresar al barrio rojo, Kazumi quedó anonadada por las luces de neón y los llamativos letreros. Había mucha gente andando de aquí para allá y varios negocios que parecían que recién abrían. El olor de la zona era delicioso por los varios pequeños restaurantes que atendían en los callejones. Al alejarse un poco de esa área comercial, estaría la zona urbana pobre de Tokio en donde vivía Reiko junto a su madre. La niña prodigio estaba muy emocionada porque iba a conocer a la madre de su amiga, una mujer que se la imaginaba como una superheroína para haber salido adelante con una hija, ya que no se imaginaba que su madre pudiera hacerlo si su padre muriera. A Reiko le daba un poco de vergüenza que Kazumi conozca donde vivía, pero cuando la vio tan animada e ilusionada, supo que, si notaba un cambio en el rostro de su pequeña amiga, sería por la duda o el asombro, más nunca por el asco o el rechazo.

Reiko estaba a punto de introducir la llave de su casa en la cerradura de la puerta cuando de repente esta se abrió y apareció un jovencito del cual Kazumi nunca antes había escuchado a su amiga hablar sobre él. El muchacho quedó en silencio, admirando a Kazumi, a quien se le hacía muy raro por cómo la miraba. En eso la niña prodigio notó un detalle que llamó su atención y se acercó al jovencito, quien empezó a ponerse nerviosos.

-Tus ojos son como el sol y la miel. Debes ser una persona muy especial porque puedes calentar y endulzar la vida de quienes te rodean –dijo Kazumi queriendo tocar la cara del jovencito, pero se contuvo al saber que no estaría bien hacerlo. Luego se alejó un par de pasos y le ofreció una sonrisa, de esas que se antojan tiernas y dulces porque quien te la ofrece cierra por completo los ojos y extiende a todo lo que puede la línea de la sonrisa.

-Kazumi, él es Shiro, un amigo que vive con nosotras desde hace seis años. No te comenté sobre él porque no sabía cómo explicar nuestra relación –el jovencito prestó atención a lo que decía Reiko y a la expresión que pusiera la niña prodigio sobre lo que escuchaba.

-¿Acaso son novios? –preguntó Kazumi inocentemente. Reiko suspiró algo molesta, pero no con su amiga, sino porque lo que acababa de decir todo el mundo lo suponía, mientras que el jovencito negaba frenéticamente con las manos y cabeza.

-No. Shiro quedó huérfano a los diez años y mi mamá era amiga de su madre. Al no tener a nadie que cuide de él, nosotras lo acogimos. La única relación que nos une es la amistad –dijo Reiko y Shiro le ofreció el puño para que la amiga de la niña prodigio lo saludara chocándolo con su mano cerrada.

-¿Y es mudo? –preguntó muy bajito Kazumi, ya que hasta ese momento no le había escuchado hablar al muchacho.

-¡Claro que no! –dijo Shiro protestando, pero no porque estuviera molesto, sino porque le preocupaba que Kazumi encontrara en él algo que pudiera provocar que decida mantenerlo lejos de ella.

-Vaya, tiene voz y es muy bonita –que Kazumi haya dicho eso con la inocencia que sus doce años le proveían, hizo que Shiro se sonrojara, Reiko lo notara y empezara a reír porque acababa de darse cuenta que su amigo gustaba de su amiga.

-Mejor pasemos a casa, Kazumi, para que te conozca mamá –y así entraron a la humilde propiedad ambas amigas.

La niña se retiró los zapatos y los colocó a un lado de la puerta, ya que la casa era tan pequeña que no contaba con un recibidor de visitas como había en la suya. Shiro de inmediato se acercó a ella y puso en el suelo, enfrente de la niña, un par de sandalias, que eran demasiado grandes, para que las calce. Kazumi miró los pies descalzos del muchacho y supo que le estaba ofreciendo sus sandalias para que no tuviera frío al caminar sin zapatos. Ella se las colocó y luego le agradeció con una reverencia y unas palabras: «Tenía razón, eres cálido como el sol y dulce como la miel». Shiro se esforzaba por no demostrar lo feliz que estaba al escuchar tan bonitas palabras que le ofrecían con esa tierna voz, y Reiko sonreía al ver a su amigo tan contento, algo que desde que su madre partiera de este mundo no había notado.

La madre de Reiko, Maeko san, salió de la pequeña cocina con un gran tazón de ramen. Tras saludar a la invitada de su hija, le pidió que los acompañara a cenar, cosa que la niña aceptó, pero primero debía avisar a su chofer y guardaespaldas para que ellos fueran a hacer lo mismo. Después de terminar la deliciosa comida, Kazumi volvió a agradecerles por acogerla en su hogar y ser tan buenos con ella y prometió que la próxima vez que los visitaría ella se encargaría de llevar la cena. A Shiro le encantó escuchar que Kazumi volvería, ya que toda la velada se la pasó observando cada movimiento de la niña. El muchacho había sido flechado, fue amor a primera vista, y estaría mal si él no fuera tan o más inocente que ella, ya que a sus dieciséis años Shiro no conocía de maldad y era muy pudoroso, por eso el encanto de una inocente niña lo cautivó.

Cada semana Kazumi visitaba a Reiko, Maeko san y Shiro en la casita donde vivían. Con ayuda del chofer y guardaespaldas compraba la comida que llevaba para que los cuatro cenaran. Mientras que la madre viuda y la amiga preparaban algo más para complementar la cena, Shiro le pedía ayuda a la niña prodigio con su tarea de Matemáticas, ya que estaba en el segundo año de secundaria superior y, según él, se le complicaba un poco entender los problemas de geometría y trigonometría. Para ella no era un problema enseñarle a su nuevo amigo, pero Reiko siempre le ofrecía una mirada desaprobatoria a Shiro, algo que al principio lo hacía sentir mal, pero luego ya no le importaba. Así esos dos empezaron a tratarse y a estimarse mutuamente, a conocerse y entablar una fuerte amistad.

El año escolar siguió su curso y llegó a su fin con el inicio nuevamente de la primavera. Shiro aún tenía un año más que estudiar para terminar la escuela, mientras que Reiko y Kazumi estaban a la espera de los resultados de sus promedios para saber a qué universidad asistirían. La niña prodigio obtuvo un ponderado nunca antes visto y eso hizo que el Gobierno Japonés, a través del Ministerio de Educación, le propusiera estudiar la carrera que ella quisiera en la mejor universidad de todo el país: la Universidad de Tokio. Kenzo pensó que su hija elegiría Economía, para de algún modo trabajar en la empresa familiar mientras conseguía esposo, pero Kazumi decidió estudiar Medicina, y con eso alejaría por completo a su padre de ella. En el caso de Reiko, la joven había participado en un programa de becas para estudiar en el extranjero, ganando una que la llevaría a Italia, a la ciudad de Nápoles, a estudiar Arquitectura.

Ante la noticia de que Reiko tenía la posibilidad de estudiar una costosa carrera completamente gratis, ofreciéndole un lugar donde vivir y tres comidas al día, más un bono para gastos personales, Maeko san decidió vender todo lo que tenía para ir junto a su hija a vivir esa nueva aventura, ya que Reiko era lo único que le quedaba en la vida y no quería dejarla sola. Lo malo de tomar esa decisión era que Shiro se quedaba solo, sin quien lo acogiera, cuando aún no tenía la edad suficiente para aplicar a un empleo formal, ya que debía terminar la escuela para hacerlo, aunque aún fuera un menor de edad para la ley japonesa, ya que se es mayor e independiente al cumplir veinte años.

Maeko san le prometió a Shiro que no se quedaría solo, que hablaría con una buena conocida para que lo alojara y alimentara a cambio de una paga, ya que el jovencito hacía pequeños trabajos los fines de semanas en algunos negocios de Kabukicho, cuyos dueños conocían su historia de orfandad y así buscaban apoyarlo para que saliera adelante. Kazumi también le prometió que seguiría yendo a buscarlo y que le invitaría a cenar seguido. Esto último era lo que más quería: seguir viendo a la niña prodigio que se había robado su corazón. Shiro no quería alejarse de ella, dejarle de hablar, ya que quería verla crecer y tener la oportunidad, cuando ella ya sea una mujer, de decirle todo lo que sentía por ella, y mantenía la esperanza de que ella respondiera favorablemente a sus sentimientos.

Una semana antes de que Maeko san y Reiko partieran hacia Nápoles, la viuda llevó al muchacho a conocer a quien le ofrecería alimento y cobijo hasta que pudiera conseguir un trabajo estable que le permitiera mantenerse y ser independiente por completo. Yumei Takahashi era el nombre de la mujer a la que Maeko san le había hablado de Shiro para que lo ayude por un año. Al compartir el nombre de la difunta madre del muchacho, tanto él como Maeko san pensaron que sería una acertada decisión dejarla encargada de él, algo que no sería así. Yumei significa sueño, pero para Shiro esa mujer se convertiría en su peor pesadilla.

Cuando Yumei Takahashi vio al joven Shiro Morita, con apenas diecisiete años, despertó en ella el deseo por él. Takahashi san era una joven viuda que, al igual que Maeko san, no llegaba a los cuarenta años. Maeko san la conocía por ser la "mama" o encargada de un snack en Kabukicho, como se les llama a esos negocios en los que los hombres van a beber y platicar entre ellos, comiendo algunos aperitivos que la mama preparaba u ofrecía, como calamar seco, pero en realidad ese negocio era solo una fachada, ya que ahí jalaba a los hombres para que luego fueran a un motel en donde los esperaban las prostitutas que contrataban. Al estar por tantos años en esa vida mundana, Takahashi san se desvirtuó, y al haber quedado viuda y sin hijos a los veintiocho años, calmaba sus ganas de tener un hombre entre sus sábanas ofreciéndose ella misma a aquellos clientes que llamaran su atención.

Shiro, además de tener unos llamativos ojos, era un muchacho atractivo. A sus diecisiete años superaba el 1.80 m y lucía atlético por andar de trabajo en trabajo, muchos de los cuales le exigían levantar pesadas cargas que hacían que sus músculos se desarrollen y definan, marcando tentadoramente diferentes zonas de su juvenil cuerpo. Sus facciones eran finas y varoniles, su cabello, el cual lo llevaba largo hasta el mentón, caía con unas finas hondas entre las cuales se escondía su bonita y exótica mirada. Además, era un poco tímido y reservado, algo que le agradó a Takahashi san, ya que sería fácil de dominar y manejarlo a su antojo.

Tras irse Reiko y Maeko san al aeropuerto, Shiro caminó con sus pocas cosas hacía la austera vivienda de Takahashi san. El jovencito solo tenía consigo un bolso para el mercado con algo de ropa, que aparte de sus uniformes de la escuela eran dos pares de pantalones, unos cuatro polos, una bufanda y una casaca, además de algunas piezas de ropa interior que no llegaban ni a la media docena. En otro bolso llevaba sus zapatos, los cuales eran un par de deportivos y unos de color negro para el colegio, un par de deportivos que calzaba los fines de semana mientras trabajaba y las sandalias, las cuales usaba para andar por casa y cuando se bañaba. Además de esos bultos llevaba su mochila en donde cargaba sus cuadernos y libros de la escuela.

Cuando murió la madre de Shiro los prestamistas a los que había recurrido para costear algunos gastos que no podía enfrentar al dejar de trabajar por el cáncer de mamas que padeció, el cual era muy agresivo y fue descubierto en etapa terminal, se cobraron arrebatándole al pequeño de diez años que quedaba en orfandad todos los enseres que tuvieran algo de valor que había en su pobre vivienda. Lo único que pudo rescatar fue una foto de su madre, una en la que se veía el mar detrás de ella, en donde la recordada progenitora lucía muy joven y sonreía con amor porque el padre de Shiro fue quien estaba al otro lado de la cámara captando ese momento en el que, de seguro, le pareció que ella era la mujer más hermosa del mundo, algo que también pensaba Shiro hasta que conoció a Kazumi. Esa foto, que guardaba entre las hojas de un poemario que a su madre le gustaba leer, la llevaba siempre consigo, así como las rimas, algunas alegres, otras tristes y muchas románticas, que su madre amaba recitarle desde que era un bebé.

Shiro estaba muy nervioso. Se detuvo enfrente de la puerta de entrada de la vivienda de Takahashi san. Aferrando fuertemente sus manos a las asas de las bolsas y mochila en donde llevaba sus pocas pertenencias, sintió la necesidad de alejarse de ahí, como si algo le dijera que no se acerque a ese lugar, a esa mujer. Por varios minutos se quedó parado sin hacer nada, debatiéndose si debía o no avisar sobre su presencia al golpear la vieja y muy maltratada puerta. Al final decidió que mejor era irse, pero antes de que pudiera dar el primer paso, el cual era decisivo y necesario para que en él aparecieran las ganas de no dejar de andar, alejándose de aquella propiedad, de aquella mujer y de todo lo que sufriría posteriormente, Takahashi san abrió la puerta. Al ver a Shiro cargando sus cosas lo invitó a entrar, y este ingresó sin tomar en cuenta lo que su intuición le alertaba.

El jovencito estaba tan nervioso que no se había percatado de la ropa que portaba la viuda. Ella solo llevaba una bata que si enfocabas bien la vista podías notar la piel de ciertas zonas íntimas de su cuerpo. Al notar la incomodidad de Shiro, la viuda pensó que este se había dado cuenta que debajo de esa prenda ella no traía más ropa, y que, al ser un adolescente deseoso de contacto físico, de descubrir el cuerpo femenino y conocer cómo satisfacer sexualmente a una mujer, su nerviosismo se debía a que no sabía cómo comportarse ante tal escena. Ese pensamiento la animó a ser directa desde un inicio con el muchacho.

-Esta será tu habitación. Deja tus cosas en ella y luego ven hacia la cocina –el jovencito solo asintió con una reverencia, ya que en ningún momento pudo pronunciar palabra ni mirar a quien le hablaba. Después de hacer lo que le pidieron, caminó hacia la cocina. Él ya conocía la distribución de la pequeña casa porque el día en que fue con Maeko san para hablar sobre si sería posible acogerlo mientras cursaba el último año de secundaria superior pudo observar el espacio de esa propiedad, por lo que no se le hizo difícil encontrar a la viuda.

-Ya dejé mis pertenencias en donde me indicó, Takahashi san –dijo Shiro aún sin notar las intenciones de esa mujer. Tenía las palmas de las manos pegadas a los muslos, como si estuviera en posición de atención y seguía fijando la mirada en el suelo.

-Shiro, ¿ya has podido conocer a una mujer en la intimidad? –preguntó la viuda mientras cortaba una rebanada de manzana.

-¿A qué se refiere, Takahashi san? –preguntó levantando la mirada, la cual mostraba duda e inocencia.

-¿A que, si has visto, tocado, una mujer desnuda? –la viuda se acercó a él con el trozo de manzana que había cortado en una de sus manos, mientras que con la otra desataba el nudo que mantenía su bata cerrada.

-¡No! Yo respeto a Kazumi –soltó sin pensar en lo que decía. La viuda se detuvo y su expresión facial lucía enojada.

-¿Quién es Kazumi? –preguntó malhumorada.

-La niña que me gusta. ¿A eso se refería? ¿A si la he tocado? Es que ella es a la única que se me antoja querer tocar –casi en un murmullo, sonrojado y sin saber claramente el por qué confesó tremendo secreto a aquella mujer que recién estaba conociendo, Shiro respondió sinceramente.

-¿Qué edad tiene? –quiso saber la viuda.

-Acaba de cumplir trece años –la experimentada mujer empezó a reír a carcajadas, mientras que Shiro no entendía por qué reía su nueva casera.

-Shiro, yo hablo de mujer. ¿Acaso crees que ella tenga esto? –y le mostró uno de sus pechos al abrir la bata que portaba. El jovencito retrocedió asustado, ya que no se esperaba que la viuda hiciera eso-. ¿Has tocado alguna vez el cuerpo de una mujer de verdad, querido Shiro?

-N-no –soltó mirando hacia un lado, ya que no se sentía bien prestándole atención a la viuda.

-¿Y alguna mujer te ha tocado íntimamente? –el jovencito no notó que la viuda se acercaba a él. Ella llevó una de sus manos hacia la entrepierna de Shiro y apretó suavemente. Al no gustarle lo que la viuda estaba haciendo, se alejó de ella corriendo hacia la habitación en donde había dejado los tres bultos con los que llegó-. ¿Qué crees que haces? –le preguntó la viuda al verlo salir de la habitación junto a sus pertenencias.

-Me voy. Creo que es una muy mala idea que me quede con usted –dijo Shiro sin mirar a la mujer, caminando hacia donde estaba la puerta de salida.

-¿Y a dónde piensas ir? No tienes a nadie que pueda ver por ti. Si te quedas conmigo tendrás donde dormir y comida caliente, hasta tendrás con quien pasar la noche divertidamente –y nuevamente la viuda quiso tocarlo en su zona íntima, pero él la alejó al apartarla con el brazo, haciendo que la mujer trastabillara al enredarse con su propia bata.

-Lo siento. Lo que me ofrece es muy poco para lo que me pide hacer –dijo Shiro seguro de lo que hacía y continuó caminando hacia la puerta.

-Ahora que llegó la primavera y vendrá el verano podrás dormir en las calles, pero cuando el otoño comience regresarás a mí rogándome porque te abra mi puerta. Y ten la seguridad que así lo haré, siempre y cuando tú te quieras meter entre mis piernas y pagarme con placer el hospedaje y la comida que te daré –soltó la viuda con una voz que parecía que le estaba echando una maldición. Shiro solo siguió caminando y no paró hasta que se supo seguro.

Al necesitar un espacio en el que pudiera dejar lo poco que tenía, usar el baño y dormir, aunque sea, en el suelo de un pequeño espacio techado, Shiro caminó hacia la escuela pública donde estudiaba esperando que alguien pudiera brindarle una mano. Como faltaba una semana para el inicio de las clases, el colegio estaba vacío. Sin saber qué hacer se sentó sobre la acera y empezó a llorar. Más que preocuparle en dónde viviría, lloraba por el bochornoso momento que esa mujer le hizo pasar. Si Shiro hubiera sido un muchacho sin pudor ni moral no lo hubiera pensado dos veces y hubiera aceptado la propuesta de la viuda, pero él ya había entregado su corazón a Kazumi, aunque esta misma no lo supiera, y no quería traicionar a su corazón ni a la niña que ya amaba al enredarse por necesidad con una mujer que podría ser su madre. El encargado de la seguridad de un edificio de estacionamientos que quedaba a dos cuadras de su escuela lo vio llorando cuando pasó por donde él estaba sentado y desesperanzado. El hombre mayor se acercó a él para preguntarle si de alguna manera lo podía ayudar, y él le contó entre sollozos lo que le acababa de ocurrir.

-La vida es dura, muchacho, y en ella te toparás con personas como esa mujer, y aún peores que ella. Sin embargo, por más que golpee la vida, aún hay personas que no olvidamos que lo que damos será lo que recibimos. Así que ven conmigo, no tengo mucho que darte, pero al menos no estarás durmiendo bajo las estrellas y podrás dejar tus pertenencias mientras vas a la escuela –secándose las lágrimas con su camiseta, Shiro agradeció al hombre mayor lo que estaba haciendo por él y le preguntó su nombre-. Soy Daiki Hashimura. Puedes llamarme como quieras, pero siempre con respeto –y tras recibir la sonrisa del noble hombre entrado en años, Shiro suspiró algo aliviado y marchó al lado de su nuevo amigo.

Hashimura san vivía en un pequeño cuarto con baño que estaba destinado para el guardia de seguridad de ese edificio de parqueo. Para fortuna de Shiro, el anciano tenía un camarote de dos niveles en su habitación, por lo que no dormiría sobre el duro suelo. El jovencito le agradeció nuevamente por la ayuda que le brindaba, pero ahora lo hacía con una reverencia de 90° grados.

-Se nota que eres un muchacho de nobles sentimientos y bien educado. ¿Acaso eres un niño rico que ha caído en desgracia? –bromeó el guardia con el muchacho.

-No, siempre he sido pobre, y desde los diez años huérfano –el hombre mayor lamentó cómo la vida había maltratado a su nuevo joven amigo-. ¿Por qué esa pregunta, Hashimura san?

-Por tus ojos. No son comunes.

-Mi madre me comentó que heredé los ojos de mi padre, a quien no conocí. Él murió antes de que yo naciera –sin madre y sin padre, Shiro era una presa fácil para personas con muy malas intenciones, pensó el hombre mayor.

-¿Y él era extranjero?

-No. Él era japonés, se apellidaba Morita, pero heredó de su madre, mi abuela, esta característica que es una mutación muy particular. Mamá me contaba que no solo mi padre tenía los ojos del color del ámbar, sino sus hermanas, mis tías, también tenían ese particular matiz de ojos.

-¿Y en dónde están tus tías? ¿Las conoces?

-No. Mamá no se llevaba bien con la familia de mi padre, y, cuando este murió, perdió todo contacto con ellos. Antes de morir trató de encontrarlos para que yo no me quedara solo, pero no pudo dar con ellos. Si no los he buscado es porque creo que ellos no quieren saber de mí. Mamá estaba sola en el mundo hasta que conoció a papá, así que ellos debieron saber que cuando papá murió, mamá y yo nos quedábamos solos, por lo que pudieron buscarnos y aceptarnos en su familia, pero no lo hicieron. Supongo que al ser hijo de la mujer que despreciaron, también lo hicieron conmigo.

Al vivir con su nuevo amigo Shiro cambió su rutina para poder ayudarle en lo que pudiera, tener tiempo para estudiar y para seguir trabajando los fines de semana. Aunque sus clases empezaban a las 8 am, el muchacho se despertaba a las 5 am para limpiar el baño y la caseta en donde debía pasar todo el día cuidando el ingreso y salida de vehículos Hashimura san, preparaba el desayuno con los insumos que su nuevo amigo compraba y ayudaba al repartidor de periódicos a surtir la máquina expendedora. Luego iba a la escuela y regresaba a las 5 pm. Llegaba a ayudar en lo que el noble hombre mayor necesitara y a preparar la cena. A partir de las 9 pm empezaba a hacer sus deberes escolares hasta la medianoche. Los fines de semana en vez de ir a la escuela iba a trabajar haciendo trabajos de limpieza y reparación en los diferentes negocios en Kabukicho, siempre evitando ir por la zona en que quedaba el snack que atendía la viuda Takahashi, aunque ese negocio abría a partir de las 6 pm. Así estuvo viviendo Shiro hasta mediados de agosto, mes en el que su nuevo amigo ya no pudo ayudarlo más al enfermar.

Daiki Hashimura tenía setenta años cuando se topó con Shiro y quiso ayudarlo, pero su salud no estaba del todo bien. El hombre mayor había desarrollado una afección cardiaca que debía ser atendida con una cirugía y de ahí dejar de trabajar arduamente como lo hacía. Al encontrarse a un desvalido jovencito pospuso sus planes de dejar el trabajo para que le realicen la cirugía y retirarse a vivir con su hijo en la ciudad de Fukuoka, de donde era oriundo, por lo que tendría una seria recaída a principios del mes de agosto. El hijo de Hashimura san llegó a coordinar la cirugía de su padre y a disponer su traslado. Al saber la situación del muchacho quiso ayudarlo y le propuso que vaya con ellos a Fukuoka, pero Shiro no quería dejar Tokio.

El principal motivo para no dejar la capital era que no perdía las esperanzas de encontrarse nuevamente con Kazumi. Confiando que todo estaría bien, Shiro junto a Reiko, antes de que esta marchara hacia Italia, le mostraron a la niña la nueva casa en donde viviría el muchacho, pero él no le pidió la dirección de su casa a su querida niña, ni siquiera un número telefónico al cual pudiera contactarse con ella. Por ayudar a su amigo Hashimura san y trabajar en los negocios de Kabukicho, Shiro no había podido ir hasta la Universidad de Tokio e intentar encontrársela en los alrededores del campus, ya que con la facha que tenía por sus malaspectosas ropas no lo dejarían ingresar a la institución educativa.

El hijo de Hashimura san habló con el dueño del edificio de parqueo para pedirle que el muchacho pudiera refugiarse en el cuarto en el que había sido acogido por su padre, pero el hombre de negocios no quiso, ya que solo podía hacerlo si se quedaba con el empleo que estaba dejando el hombre mayor al jubilarse, pero Shiro tampoco quería dejar la escuela, así que no le quedó de otra que cargar con sus pocas cosas e irse a buscar en dónde podría vivir por los meses más duros del año, los que acogen a las húmedas y frías estaciones de otoño e invierno.

Una semana Shiro soportó dormir en la intemperie. Trataba de refugiarse dentro de algún juego de un parque o en algún callejón, pero el frío de la lluvia le calaba hasta los huesos, y eso que recién empezaba setiembre. Entre los dueños de los negocios de Kabukicho intentó encontrar algún lugar en donde pudiera quedarse, pero fue inútil, ya que los negocios funcionaban de noche, haciendo imposible que pudiera refugiarse en ellos. Al no saber qué hacer, el recuerdo de las últimas palabras que le dijera la viuda Takahashi llegaron, y él pensó que eso había sido una maldición que esa mala mujer le había lanzado. «Tendré que volver donde ella y acceder a todo lo que me pida. Si muero no volveré a ver a Kazumi, así que, si tengo que pasar por la denigrante experiencia de tener que vivir con esa mujer para algún día volver a ver a mi niña, lo haré. Es solo cosa de unos meses para terminar la escuela y dejar ese lugar que, ya imagino, será un infierno».

Teniendo bien en claro el por qué regresaba a la casa de Takahashi san, Shiro golpeó la puerta. Un hombre la abrió, solo vestía los pantalones y aparentaba unos treinta y algo de años. El desconocido preguntó a Shiro, de muy mala manera, sobre qué quería. Este le dijo su nombre y preguntó por la viuda. Como la vivienda no era muy grande, la dueña de casa pudo escuchar la voz del muchacho preguntando por ella. Takahashi san había amanecido con un cliente de su snack con el que usualmente tenía encuentros íntimos clandestinos, ya que el hombre era casado. La viuda, aunque podía tener a cualquier espécimen del sexo opuesto en su cama porque no era de mal ver, estaba obsesionada con Shiro, así que vistió su bata, calzó sus sandalias, tomó el resto de la ropa y zapatos de su acompañante de turno y salió hacia la puerta principal.

-Ya es hora que te marches, Isao –soltó la viuda entregándole sus pertenencias al hombre. Este, quien la conocía bien, pudo notar el interés de la mujer por el muchacho, por lo que protestó.

-¿Me echas para revolcarte con uno que es casi un niño? –dijo el amante de turno de Takahashi san mientras se calzaba y terminaba de vestirse.

-Él es mi sobrino, y tú estás de más aquí –se excusó la viuda.

-Sobrino... sí, claro –soltó con burla el hombre llamado Isao y luego miró a Shiro-. No tienes cara de ser como nosotros, debes estar aquí por necesidad –dedujo lo último al barrer con la mirada a Shiro y notar que sus ropas y calzado no era de los mejores-. Cuando puedas, huye; ella no es una buena mujer –dijo el hombre y se retiró de la propiedad.

-¡Imbécil! Como si fueras alguien de honor para dar tu opinión sobre mí –dijo la viuda jalando a Shiro para hacerlo entrar y cerrar la puerta-. Te dije que regresarías cuando el clima no te permitiera vivir como un mendigo –soltó Takahashi san acercándose a Shiro. El muchacho lamentaba su fortuna al tener que sucumbir ante esa mala mujer solo por haberse quedado solo en la vida a temprana edad. En eso llegó a su mente desde su memoria el rostro sonriente de Kazumi cuando le dijo que era cálido como el sol y dulce como la miel, y le bastó para tragarse su lamento y encarar la situación para sobrevivir.

-Tenía razón, nunca iba a lograrlo solo –dijo Shiro mirando a la mujer sin expresión en su mirada.

-Dejemos algo bien claro, muchacho –empezó a hablar la viuda al notar que en la mirada de Shiro no había ninguna emoción para ella-. Tú tienes algo que quiero y yo te puedo brindar un lugar donde vivir y comida. No es necesario que me des el poco dinero que te pagan por los trabajos que realizas los fines de semana, ese úsalo para mejorar tu vestimenta y calzado. Tampoco te pido que te enamores de mí, solo que tu cuerpo responda como yo quiero. Si estás pensando en otra mientras estoy encima de ti, no me interesa mientras me des lo que quiero –la viuda comenzó a caminar hacia la habitación que sería del jovencito cargando una de las bolsas que este llevaba consigo. Él la siguió manteniendo la misma inexpresiva mirada-. Ah, y tampoco es que a cada rato voy a querer estar sobre ti, yo también tengo que trabajar para ganarme el sustento. Cumplirás sin contratiempos con tus deberes de la escuela y los compromisos laborales que tengas. Ten, esta es la llave de la puerta de entrada –tomó la mano de Shiro y puso sobre su palma una pequeña llave plateada-. Ahora esta será tu casa, y yo, cuando quiera, seré tu mujer –la viuda se acercó a Shiro y posó sus manos sobre el abdomen del muchacho, sintiendo de inmediato los músculos marcados que tenía en esa zona, despertando en ella el deseo de tenerlo entre sus piernas.

-Ahora debo irme a uno de los moteles de Aihara san, ya que debo arreglar unas puertas y ventanas, además de ayudar con la pintura –soltó Shiro dando a entender que en ese momento no podía acceder a los caprichos de la viuda. Aihara san era prácticamente el dueño de todo en Kabukicho, un yakuza con mucho poder en el barrio rojo, el proxeneta mayor, ya que nadie se prostituía en esa zona sin que él lo supiera, debiendo pagar un tributo para obtener el permiso, y si Shiro estaba trabajando para él, debía ser puntual y cumplir con sus horas laborales, sino se metería en problemas.

-No te preocupes, ve y cumple con tu trabajo. Cuando regreses, antes que yo me vaya al mío, me darás lo que quiero de ti.

El muchacho estuvo pensativo durante las horas en que estuvo haciendo el trabajo de carpintería y pintura en ese motel en Kabukicho. Como nunca antes lo había hecho, empezó a observar a todos los que tenía a su alrededor, llegando a la conclusión de que todos tenían vicios que dominaban sus vidas, y que por ello trabajaban en ese barrio donde se podía encontrar todas las formas posibles en las que se puede pecar. Para esas personas era algo normal ser así: beber hasta perder la consciencia; acercarse a una mujer y consultar por su precio como si estuviera preguntándole su nombre o edad; golpear hasta matar a quien no quería o podía pagar las deudas de apuestas; perder la mente fumando, aspirando o inyectándose cualquier droga que les ayude a alejarse de la horrible realidad en la que estaban sumergidos. Vivían sin preguntarse qué pasará mañana, sin tener objetivos que alcanzar, sin sueños que cumplir. Aunque reían, no eran felices; se les notaba el miedo, la tristeza, el enojo, el asco, la desesperación, pero parecía que no sabían identificar esas emociones y solo las cubrían aparentando alegría, que viviendo en ese libertinaje era como querían terminar sus días. Shiro entendió que él era diferente a ellos; que él sí tenía sueños, aspiraciones; que sí pensaba en un mañana, y que sabía que la vida que llevaba no era la máxima expresión de la felicidad porque estaba solo. La imagen de Kazumi, su niña, como él la llamaba, llegó a su mente y pudo sonreír, aunque sabía que después de sucumbir a los deseos de la viuda Takahashi iba a llorar y detestarse a sí mismo por no haber encontrado otra forma de sobrevivir.

Eran las 4 pm cuando regresó a la vivienda en donde se cobijaría de la lluvia y el frío por los meses otoñales e invernales. Abrió la puerta con la llave que le entregara la viuda y fue hacia su habitación. Shiro esperaba descansar, aunque sea unos minutos, sobre la cama que no tenía idea si era cómoda o no, pero Takahashi san no lo dejó, ya que lo esperaba desnuda sobre la cama. Él solo desvió la mirada hacia una de las paredes de la habitación. Para darse ánimo y pasar ese incómodo momento se repetía a sí mismo que todo era por sobrevivir para volver a ver a Kazumi. La viuda dejó la cama del muchacho, caminó hacia él y comenzó a despojarlo de la vieja y sucia ropa que vestía después de una ardua jornada de trabajo manual. Al estar desnudo, lo llevó hacia el baño para que tomara una ducha, la cual hubiera sido gratificante, si no fuera por el constante manoseo que sufrió por la depravada viuda.

Al estar completamente limpio, la experimentada mujer lo llevó a su habitación. Ya sobre la cama de la viuda, esta comenzó a besar y lamer cada rincón del cuerpo de Shiro, excepto su cara, ya que ella no era de besar cuando solo se trataba de sexo. Con sus manos la viuda masturbó al muchacho, el cual solo atinó a cerrar los ojos e imaginarse a Kazumi de unos veinticinco años besándolo, tocándolo, lamiéndolo, chupándolo, todo lo que Takahashi san le hacía. Al recrear esa imagen en su mente, el cuerpo de Shiro respondió al estímulo táctil de la viuda, quien, tras colocar un preservativo en el falo erecto del muchacho, lo introdujo en su vagina al sentarse sobre él. El movimiento constante vertical que rítmicamente le ofrecía esa mujer empezó a gustarle, pero por haberse enfocado agudamente en lo que recreaba su mente, no era consciente que quien le ofrecía ese placer era alguien más y no una adulta Kazumi. Al llegar al clímax y lograr el orgasmo al eyacular, Shiro soltó entre gruñidos el nombre de su niña.

La hora avanzaba y al tener que ir para abrir el snack donde trabajaba, la viuda se alejó de Shiro para asearse, vestir sus ropas y salir de la vivienda, dejándolo solo con sus pensamientos, emociones y sentimientos al muchacho. Cuando escuchó que la puerta se cerró, las lágrimas empezaron a caer de los ojos del jovencito. En ese momento no sabía con certeza la razón de su llanto: si era porque prácticamente había sido violado o porque extrañaba de sobremanera los días en que vivía con Maeko san y Reiko, esperando deseoso el momento en que llegara Kazumi para compartir un bonito tiempo con ellos, a quienes consideraba sus amigos. Shiro sentía que algo se había quebrado en él, pero se obligó a restaurarlo y a continuar, ya que no podía dejarse vencer por esa situación, no cuando tenía tantos sueños que quería hacer realidad, en especial uno que era el que lo mantenía cuerdo y con la esperanza al 100 %: volver a ver a Kazumi para decirle todo lo que sentía por ella.

Después de llorar por casi una hora, con los ojos hinchados y sintiéndose sucio, Shiro aseó su cuerpo, vistió el único pijama que tenía y sin cenar se fue a dormir a su habitación. En un solo día le habían pasado tantas cosas: había tenido que doblegar su orgullo y dignidad para regresar a tocar la puerta de Takahashi san; había descubierto que estaba rodeado de gente viciosa y corrompida que sufría porque ese estado pecaminoso solo les producía una falsa felicidad; había conocido el tacto de una mujer sobre su piel y el calor interior del cuerpo femenino sin desearlo; había llorado como hace mucho no lo hacía, que fue cuando murió su madre, y había reafirmado que su propósito de querer salir del hoyo donde se encontraba tenía nombre y apellido: Kazumi Shimizu.

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